lunes, 22 de junio de 2026

POESÍA REUNIDA -Philip Larkin-


De: ENGAÑOS (1955):



EL SIGUIENTE, POR FAVOR


Siempre demasiado impacientes por el futuro, adquirimos 
la mala costumbre de la esperanza.
Siempre hay algo que se acerca; cada día 
decimos Hasta entonces,

desde un acantilado observamos cómo se aproxima 
la ínfima, nítida y centelleante flota de promesas.
¡Qué lenta es! ¡Y cuánto tiempo pierde 
evitando darse prisa!

Y ahí nos tiene, sujetando los tristes tallos 
de la decepción, pues, aunque nada frustra 
cada gran aproximación, con ostentación de bronce, 
cada maroma definida,

con su pendón, y el mascarón con sus tetas doradas 
arqueándose hacia nosotros, nunca echa el ancla; 
en cuanto se hace presente ya es pasado.
Hasta el final

pensamos que la nave se pondrá al pairo y descargará 
todo lo bueno en nuestras vidas, todo lo que nos deben 
por esperar tanto y con tanto fervor.
Pero nos equivocamos:

Solo un barco nos busca, desconocido, 
de velas negras que remolca un silencio 
inmenso y sin pájaros. A su estela 
ni nacen ni rompen las aguas.



COMPÁS DE TRES TIEMPOS


Esta calle vacía, este cielo restregado hasta lo anodino, 
este aire, que poco se distingue del otoño, 
como un reflejo, constituye el presente: 
un tiempo tradicionalmente amargado, 
un tiempo que los hechos hacen poco aconsejable.

Pero igualmente componen otra cosa:
Este es el futuro que vio nuestra más remota infancia
entre altas casas, bajo nubes viajeras,
que oyó entre una pugna de campanas:
un aire en el que brillaban los planes de los adultos,

al día siguiente será el pasado,
un valle sembrado de irrisorias oportunidades desperdiciadas 
que insensatamente renunciamos a aprovechar.
De esto culpamos a nuestras últimas 
y trilladas perspectivas, a nuestro declive estacional.



SI MI AMADA

Si mi amada algún día se decidiera 
no quedarse en mis ojos,
y saltar, como Alicia, la falda flotando dentro de mi cabeza,

no encontraría sillas ni mesas, 
ni aparadores de caoba con patas de animal, 
ni ascuas sin remover;

el mueble bar no estaría surtido, ni acogedor el lugar junto al fuego, 
no abarrotarían los estantes misales de letra pequeña, 
ni habría un mayordomo borrachín, ni doncellas haraganas:

se vería enredada en el lento avance de una luz indecisa, 
marrón simio, gris pescado, una ristra de círculos infectados 
merodeando como matones, a punto de coagularse;

ilusiones que se encogen al tamaño de un guante de mujer, 
y se extienden como una mancha hacia fuera. También observaría 
el suelo malsano, como la piel de una tumba,

del que asciende una pegajosa sensación de traición,
una estatua griega pateada en las partes, dinero,
la comida para cerdos de los buenos sentimientos. Pero sobre todo

se taparía los oídos ante el incesante recital
entonado por la realidad, lardeado de términos técnicos,
todos con la doble yema del sentido y la refutación del sentido:

pues la murga de ese boletín deshace el mundo como un nudo, 
y oír que el pasado ya ha pasado y el futuro es neutro 
podría derribar a mi amada de su inapreciable pivote.



ENGAÑOS

Naturalmente que me drogaron, tanto que no recobré 
1a conciencia hasta la mañana siguiente. Me horrorizó 
descubrir que me habían deshonrado, y estuve desconsolada
durante días, y lloré como una niña a la que van a matar
o a enviar de vuelta con mi tía.

MAYHEW,

London Labour and the London Poor



Aun tan lejano, puedo saborear el dolor, 
amargo y punzante con tallos, que él te hizo tragar.
La huella esporádica del sol, la brusca y breve
molestia de las ruedas allá en la calle
donde el Londres nupcial mira hacia otro lado,
y la luz, irrefutable y alta y ancha,
impide que cicatrice la herida,
y hace aflorar la vergüenza. Todo ese lento día
tu mente queda abierta como un cajón de cuchillos.

Los suburbios, los años, te han enterrado. No osaría 
consolarte aunque pudiera. ¿Qué se puede decir, 
sino que el sufrimiento es exacto, y que cuando 
el deseo manda, de poco valen las interpretaciones?
Pues poco habría de importarte
haber sido tú menos engañada, sin sentido en esa cama, 
que él, trastabillando al subir la escalera sin aire 
para irrumpir en el desolado desván de la satisfacción.



De: LAS BODAS DE PENTECOSTÉS (1964)


CANCIONES DE AMOR EN LA VEJEZ

Guardaba sus canciones, ocupaban tan poco espacio, 
   le gustaban las tapas: 
una descolorida de estar al sol, 
una con los círculos de un jarrón con agua, 
una pegada, de cuando le dio por poner orden, 
   y coloreada, por su hija; 
y así esperaron, hasta que ya viuda 
las encontró, buscando otra cosa, y se puso

a redescubrir cómo esos acordes francos y sumisos 
  habían dado paso
a esas palabras que los guiones prolongan, 
y la infalible sensación de ser joven 
se extendió como un árbol que despierta en primavera, 
  en el que cantaba esa fresca lozanía, 
esa certeza de tener tiempo por delante 
como cuando las tocó por primera vez. Pero más aún,

el refulgir de ese tan mencionado brillo, el amor, 
  estalló para mostrar 
el vuelo de su luminosa incipiencia, 
que aún prometía solventar, y satisfacer, 
e imponer un orden inmutable. Por ello, 
  esconderlas otra vez, llorar, 
fue duro, sin admitir en parte que 
no lo había conseguido entonces, y no lo haría ahora.



AGUA

Si me invitaran 
a crear una religión 
haría uso del agua.

Ir a la iglesia
implicaría cruzar un vado 
hasta unas ropas secas, distintas;

mi liturgia utilizaría
imágenes de inmersión,
un furioso y devoto empapamiento,

y yo levantaría hacia el este 
un vaso de agua
donde la luz en cualquier ángulo 
se congregaría hasta el infinito.



LOS GRANDES ALMACENES

Los grandes almacenes que venden ropas baratas 
ordenadas sencillamente por tallas 
(Punto, Ropa de Verano, Medias, 
en tostados y grises, marrones y azules) 
evocan el mundo de-lunes-a-viernes de aquellos

que salen al alba de sus casitas pareadas 
para fichar en fábrica, taller u obra.
Pero más allá de las pilas de camisas y pantalones 
se extienden los puestos de Todo para la Noche: 
bodies y minisaltos de cama de nailon

bordados a máquina, finos como blusas, 
color limón, zafiro, verde musgo, rosa, 
se pavonean en grupo. Suponer 
que comparten ese otro mundo, pensar que en él 
hay algo comparable a estas prendas, demuestra

lo distinto y enigmático que es el amor, 
o las mujeres, o lo que hacen, 
o parecen ser en nuestros juveniles 
e irreales deseos: sintéticas, nuevas 
y artificiosas en sus éxtasis.



CURACIÓN POR LA FE

Lentamente las mujeres desfilan hasta el hombre
erguido, de gafas sin montura, pelo plateado,
traje oscuro, cuello blanco. Los ayudantes, infatigables,
las convencen de que avancen hasta su voz y sus manos,
hasta esa cálida lluvia de primavera que es su amorosa atención,
los veinte segundos para cada una. Dime, hija mía,
¿cuál es el problema?, pregunta la voz grave, de acento americano. 
Y, sin pausa apenas, comienza a rezar, 
dirigiendo a Dios hacia ese ojo, esa rodilla.
Bruscamente juntan las cabezas; enseguida, exiliadas

como pensamientos perdidos, quedan en silencio; algunas
se alejan avergonzadas, sin volver a sus vidas
todavía; otras se quedan tiesas, temblando, con un llanto
ronco y escandaloso, como si en su interior aún perviviera
una niña muda e idiota, despertada
por esa muestra de amabilidad, pensando que una voz
por fin les ha hablado, que han aparecido unas manos
que las elevan y aligeran; y tanto júbilo
les traba la lengua, espesa, los ojos supuran dolor, un gentío
sigue agolpándose, dichoso, a la espera de las grandes respuestas.

¡El problema! Con su bigote y su vestido floreado, tiemblan: 
ahora el problema es todo. En todas duerme la sensación 
de haber vivido según el amor.
Para algunas todo sería distinto
de amar a los demás, pero casi todas piensan
en lo que podrían haber hecho de haber sido amadas.
Eso nada lo cura. Un inmenso dolor que se remansa, 
como cuando, al deshelarse, el rígido paisaje llora, 
las va recorriendo lentamente: eso, y la voz que sobre ellas 
dice Hija mía, y todo lo que el tiempo ha rebatido.



PICOS PARDOS

Hace unos veinte años
entraron dos chicas donde yo trabajaba:
un bombón inglés de buena pechuga
y su amiga de gafas con la que me atreví a hablar.
En aquellos días las caras
eran lo que nos levantaba del asiento, y dudo
que nadie tuviera una como la suya:
pero fue con la amiga con quien salí,

y en los siete años posteriores
le escribí más de cuatrocientas cartas,
le di un anillo de diez guineas
que al final me devolvió, y nos vimos
en numerosas ciudades catedralicias
ignoradas por el clero. Creo que
dos veces me encontré con la guapa. Y las dos veces
intentó (o eso me pareció) no reír.

Separarse, después de cinco 
intentos, fue coincidir en que 
yo era demasiado egoísta, retraído 
y fácil de aburrir para poder amar.
En fin, bueno fue saberlo.
En la cartera aún guardo dos fotos
de la guapa pechugona con unos guantes de piel.
Funestos encantos, quizá.



De: OTROS POEMAS 


ALBADA


Trabajo todo el día, y por las noches me emborracho.
Me despierto a las cuatro en una oscuridad callada, y miro. 
Los bordes de las cortinas no tardarán en iluminarse.
Hasta entonces veo lo que siempre ha estado ahí: 
la muerte infatigable, ahora un día entero más cerca, 
que borra todo pensamiento excepto 
cómo y dónde y cuándo moriré.
Árida interrogación: no obstante el temor
de morir, y estar muerto,
centellea de nuevo, te posee, te aterra.

La mente se queda en blanco ante el resplandor. No
por remordimiento -el bien no hecho, el amor no dado,
el tiempo desperdiciado- ni con tristeza porque
una vida pueda tardar tanto en superar
sus malos inicios, y quizá nunca lo consiga;
sino ante la total y perpetua vacuidad,
la segura extinción hacia la que viajamos
y en la que nos perderemos para siempre. No estar
aquí, no estar en ninguna parte,
y pronto; nada más terrible, nada más cierto.

Es un miedo concreto que ningún truco
disipa. Antes lo hacía la religión,
ese vasto brocado musical apolillado
creado para fingir que no morimos nunca,
y ese capcioso discurso que dice Ningún ser racional
puede temer lo que no sentirá, no ver
que eso es lo que tememos: ni vista, ni oído,
ni tacto ni sabor ni olor, nada con que pensar,
nada que amar ni a lo que estar ligado,
el anestésico del que nadie despierta.

Y así permanece al borde de la visión,
una pequeña mancha desenfocada, un escalofrío
permanente que deja todo impulso en indecisión.
Hay muchas cosas que quizá nunca ocurran; esta sí, 
y el comprenderlo es un rugido 
de miedo al crematorio cuando nos pilla 
sin nadie y sin bebida. El valor no sirve: 
significa no asustar a los demás. Tener coraje 
no te salva del último viaje.
Igual muere el llorón que el fanfarrón.

Lentamente se hace de día, y la habitación cobra forma.
Es evidente como un guardarropa, lo que sabemos,
lo que hemos sabido siempre, sabemos que no podemos escapar,
pero no lo aceptamos. Algo tendrá que desaparecer.
Mientras tanto los teléfonos se agazapan, dispuestos a sonar 
en oficinas cerradas, y todo este mundo indiferente, 
intrincado y de alquiler comienza a despertar.
El cielo es blanco como arcilla, sin sol.
Hay trabajo que hacer.
Los carteros, como los médicos, van de casa en casa.

(Del libro homónimo,
Lumen, 2015)

Philip Larkin

(Traducción de Damià Alou)





NEXT: PLEASE


Always too eager for the future, we 
Pick up bad habits of expectancy.
Something is always approaching; every day 
Till then we say,

Watching from a bluff the tiny, clear,
Sparkling armada of promises draw near.
How slow they are! And how much time they waste, 
Refusing to make haste!

Yet still they leave us holding wretched stalks 
Of disappointment, for, though nothing balks 
Each big approach, leaning with brasswork prinked, 
Each rope distinct,

Flagged, and the figurehead with golden tits 
Arching our way, it never anchors; it’s 
No sooner present than it turns to past.
Right to the last

We think each one will heave to and unload 
All good into our lives, all we are owed 
For waiting so devoutly and so long.
But we are wrong:

Only one ship is seeking us, a black-
Sailed unfamiliar, towing at her back 
A huge and birdless silence. In her wake 
No waters breed or break.



TRIPLE TIME

This empty street, this sky to hlandness scoured, 
This air, a little indistinct with autumn 
Like a reflection, constitute the present -
A time traditionally soured,
A time unrecommended by event.

But equally they make up something else:
This is the future furthest childhood saw 
Between long houses, under travelling skies, 
Heard in contending bells -
An air lambent with adult enterprise,

And on another day will be the past,
A valley cropped by fat neglected chances 
That we insensately forbore to fleece.
On this we blame our last
Threadbare perspectives, seasonal decrease.



IF MY DARLING

If my darling were once to decide 
Not to stop at my eyes,
Rut to jump, like Alice, with floating skirt into my head,

She would find no tables and chairs,
No mahogany claw-footed sideboards,
No undisturbed embers;

The tantalus would not be filled, nor the fender-seat cosy,
Nor the shelves stuffed with small-printed books for the Sabbath, 
Nor the butler bibulous, the housemaids lazy:

She would find herself looped with the creep of varying light, 
Monkey-brown, fish-grey, a string of infected circles 
Loitering like bullies, about to coagulate;

Delusions that shrink to the size of a woman’s glove,
Then sicken inclusively outwards. She would also remark 
The unwholesome floor, as it might be the skin of a grave,

From which ascends an adhesive sense of betrayal,
A Grecian statue kicked in the privates, money,
A swill-tub of finer feelings. But most of all

She’d be stopping her ears against the incessant recital 
Intoned by reality, larded with technical terms,
Each one double-yolked with meaning and meanings rebuttal:

For the skirl of that bulletin unpicks the world like a knot,
And to hear how the past is past and the future neuter 
Might knock my darling off her unpriceable pivot.




DECEPTIONS


Of course I was drugged, and so heavily 
I did not regain my consciousness till the next morning. 
I was horrified to discover that I had been ruined, 
and for some days I was inconsolable, and cried 
like a child to be killed or sent back to my aunt. ’

Mayhew ,

London Labour and the London Poor




Even so distant, I can taste the grief,
Bitter and sharp with stalks, he made you gulp.
The sun’s occasional print, the brisk brief 
Worry of wheels along the street outside 
Where bridal London bows the other way,
And light, unanswerable and tall and wide,
Forbids the scar to heal, and drives 
Shame out of hiding. All the unhurried day 
Your mind lay open like a drawer of knives.

Slums, years, have buried you. I would not dare 
Console you if I could. What can be said,
Except that suffering is exact, but where 
Desire takes charge, readings will grow erratic?
For you would hardly care
That you were less deceived, out on that bed,
Than he was, stumbling up the breathless stair 
To burst into fulfilment’s desolate attic.




LOVE SONGS IN AGE


She kept her songs, they took so little space,
   The covers pleased her:
One bleached from lying in a sunny place,
One marked in circles by a vase of water,
One mended, when a tidy fit had seized her,
   And coloured, by her daughter -
So they had waited, till in widowhood 
She found them, looking for something else, and stood

Relearning how each frank submissive chord 
    Had ushered in
Word after sprawling hyphenated word,
And the unfailing sense of being young 
Spread out like a spring-woken tree, wherein 
    That hidden freshness sung,
That certainty of time laid up in store 
As when she played them first. But, even more,

The glare of that much-mentioned brilliance, love, 
    Broke out, to show 
Its bright incipience sailing above,
Still promising to solve, and satisfy,
And set unchangeably in order. So 
    To pile them back, to cry,
Was hard, without lamely admitting how 
It had not done so then, and could not now.




WATER


If I were called in 
To construct a religion 
I should make use of water.

Going to church 
Would entail a fording 
To dry, different clothes;

My liturgy would employ 
Images of sousing,
A furious devout drench,

And I should raise in the east 
A glass of water 
Where any-angled light 
Would congregate endlessly.



THE LARGE COOL STORE


The large cool store selling cheap clothes 
Set out in simple sizes plainly 
(Knitwear, Summer Casuals, Hose,
In browns and greys, maroon and navy) 
Conjures the weekday world of those

Who leave at dawn low terraced houses 
Timed for factory, yard and site.
But past the heaps of shirts and trousers 
Spread the stands of Modes For Night: 
Machine-embroidered, thin as blouses,

Lemon, sapphire, moss-green, rose 
Bri-Nylon Baby-Dolls and Shorties 
Flounce in clusters. To suppose 
They share that world, to think their sort is 
Matched by something in it, shows

How separate and unearthly love is,
Or women are, or what they do,
Or in our young unreal wishes 
Seem to be: synthetic, new,
And natureless in ecstasies.


FAITH HEALING


Slowly the women file to where he stands 
Upright in rimless glasses, silver hair,
Dark suit, white collar. Stewards tirelessly 
Persuade them onwards to his voice and hands,
Within whose warm spring rain of loving care 
Each dwells some twenty seconds. Now, dear child, 
What’s wrong, the deep American voice demands,
And, scarcely pausing, goes into a prayer 
Directing God about this eye, that knee.
Their heads are clasped abruptly; then, exiled

Like losing thoughts, they go in silence; some
Sheepishly stray, not back into their lives
Just yet; but some stay stiff, twitching and loud
With deep hoarse tears, as if a kind of dumb
And idiot child within them still survives
To re-awake at kindness, thinking a voice
At last calls them alone, that hands have come
To lift and lighten; and such joy arrives
Their thick tongues blort, their eyes squeeze grief, a crowd
Of huge unheard answers jam and rejoice -

What’s wrong! Moustached in flowered frocks they shake: 
By now, all’s wrong. In everyone there sleeps 
A sense of life lived according to love.
To some it means the difference they could make 
By loving others, but across most it sweeps 
As all they might have done had they been loved.
That nothing cures. An immense slackening ache,
As when, thawing, the rigid landscape weeps,
Spreads slowly through them - that, and the voice above 
Saying Dear child, and all time has disproved.



WILD OATS



About twenty years ago
Two girls came in where I worked -
A bosomy English rose
And her friend in specs I could talk to.
Faces in those days sparked
The whole shooting-match off, and I doubt
If ever one had like hers:
But it was the friend I took out,

And in seven years after that 
Wrote over four hundred letters,
Gave a ten-guinea ring 
I got back in the end, and met 
At numerous cathedral cities 
Unknown to the clergy. I believe 
I met beautiful twice. She was trying 
Both times (so I thought) not to laugh.

Farting after about five 
Rehearsals, was an agreement 
That I was too selfish, withdrawn,
And easily bored to love.
Well, useful to get that learnt.
In my wallet are still two snaps 
Of bosomy rose with fur gloves on.
Unlucky charms, perhaps.



AUBADE


I work all day, and get half-drunk at night.
Waking at four to soundless dark, I stare.
In time the curtain-edges will grow light.
Till then I see what’s really always there:
Unresting death, a whole day nearer now,
Making all thought impossible but how 
And where and when I shall myself die.
Arid interrogation: yet the dread 
Of dying, and being dead,
Flashes afresh to hold and horrify.

The mind blanks at the glare. Not in remorse 
- The good not done, the love not given, time 
Torn off unused - nor wretchedly because 
An only life can take so long to climb 
Clear of its wrong beginnings, and may never;
But at the total emptiness for ever,
The sure extinction that we travel to 
And shall be lost in always. Not to be here,
Not to be anywhere,
And soon; nothing more terrible, nothing more true.

This is a special way of being afraid 
No trick dispels. Religion used to try,
That vast moth-eaten musical brocade 
Created to pretend we never die,
And specious stuff that says No rational being 
Can fear a thing it will not feel, not seeing 
That this is what we fear - no sight, no sound,
No touch or taste or smell, nothing to think with, 
Nothing to love or link with,
The anaesthetic from which none come round.

And so it stays just on the edge of vision,
A small unfocused blur, a standing chill
That slows eacn impulse down to indecision.
Most things may never happen: this one will,
And realisation of it rages out 
In furnace-fear when we are caught without 
People or drink. Courage is no good:
It means not scaring others. Being brave 
Lets on one off the grave.
Death is no different whined at than withstood.

Slowly light strengthens, and the room takes shape. 
It stands plain as a wardrobe, what we know,
Have always know, know that we can’t escape,
Yet can’t accept. One side will have to go. 
Meanwhile telephones crouch, getting ready to ring 
In locked-up offices, and all the uncaring 
Intricate rented world begins to rouse.
The sky is white as clay, with no sun.
Work has to be done.
Postmen like doctors go from house to house.




Poeta, novelista y crítico, Philip Larkin nació en 1922, en Coventry, Inglaterra y murió en 1985. Hizo sus estudios secundarios en el King VIII School y posteriormente ingresó a la Universidad de Oxford, donde empezó a ser conocido como poeta. Su primer volumen de poesía, El engaño (1955), hizo que se reconociera su importancia como escritor al denunciar el entusiasmo político de la década de 1930 y los excesos emocionales de la poesía de la década de 1940. Larkin dijo una vez que su biografía podía empezar a los veintún años sin omitir nada importante. El escritor llegaría a ser considerado como uno de los poetas británicos más representativos del grupo The Movement, surgido en Gran Bretaña durante los años cincuenta. Otras obras destacables son El barco del norte (1945), una colección de poemas en la línea de W. B. Yeats y Las bodas de Pentecostés (1964). También fue novelista: Jill (1946) y Una chica en invierno (1947). Larkin fue bibliotecario de la Universidad de Hull a partir de 1955 y crítico de jazz del diario The Daily Telegraph (1961-1971. Escritura solicitada (1982) es un volumen de ensayos misceláneos. Su último libro de poemas es “Ventanas altas” - High 
Windows, 1974, London: Faber and Faber.


Biografía en solapa
de su poesía reunida:

Philip Larkin (1922-1985) fue uno de los poetas más radicalmente británicos del siglo xx. Apenas salió de Inglaterra y vivió casi toda su vida en Hull, donde trabajó como bibliotecario de la universidad. Compañero de generación y gran amigo de Kingsley Amis, fue también un gran aficionado al jazz. En poesía, se afilió a una tradición que va de Thomas Hardy a Edward Thomas. Sus libros de madurez, sobre todo Las bodas de Pentecostés y Ventanas altas, fueron notables éxitos comerciales.


Pueden LEER una amplia selección de su último libro "Ventanas altas"(1974) y todos sus poemas y ensayos en esta Biblioteca: AQUÍ


IMAGEN: Philip Larkin-Autorretrato con Rolleiflex-1957 



 

No hay comentarios:

Publicar un comentario