viernes, 6 de septiembre de 2019

FUNAMBULAR



















La telaraña inhóspita del yo recuerdo.
¿Es un lugar común? Es una pita.
Hilacha que se conjuga con fuga.
Mirar que dispensa en ácida dulzura.

Decirte toda la verdad perdido juicio sería.
Tino me sobra y supura por los pocos poros.
Distingo apenas cortinado de párpado.
Me comen los pensátiles dispendioses.

No tengo objeto sino el sujeto giratorio.
Dóblome en edad de aquel que habito.
Pero persigo el signo espatulado, añico.

Ahí te veo. Ahí te espero. Ahí disuelvo,
insegurísimo y ligero. Ahí ahí te conocí.
Una tarde que del futuro volvía.



Es día solo junto a la hoguera. De pronto
te he visto en la mirada. Y no es que entienda
nada, ni un alga de allá, en tu riada,
mientras se salta la risa que nada ataja.

Abres la palma y la semilla diseminas.
Pero la sílaba al salir de tu mirada era
vívida y ardía y venía en calma. El biombo
de fondo negro con los nácares astrales

se derrite, se consume, es una vela, toda
la noche en vela, y la secreta sonrisa,
primera luciérnaga encendida por el mirar.

Porque así como asimila una semilla,
asperja la curiosa luz que te encuentra.
Y te descubre despierta, contigo vibra.

  
Las hojas nuncias de aniversarios,
nadie las fija, van con el suelo.
Indómitas nubes siguen la corriente.
A solas en casa de todas las cosas.

Hablan de vos pero me tratan de tú
y traen este presente que nos regala,
quién sabe quién, vida mía que vibras
en la fibra serpentina luz.

Aferrar es a tu lumbre y hambre
mediterráneo como carnero a roca.
No es de pronto que se va miedo

pero se lía al papelito de fumar.
Esta conciencia es coincidir,
amada más acá de cualquier mente.


 (De: Funambular, Cástor y Pólux, 2017)

Reynaldo Jiménez  (Limá, Perú, 1959 -Reside en Buenos Aires, desde 1963)



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