Uno
El pasto recién cortado
desprende ese aliento
de lo que fue dividido:
una parte
quedará aferrada a la tierra
la otra
será solo paja.
Tengamos la cabeza en estado de verano
no hay necesidad de pensar cuando todo brilla.
Desde la sombra aparecés en cuadro
entre árboles que alguien plantó para refrescar la siesta,
un cuerpo vigoroso que avanza
y se recorta
como si el tiempo no hubiera deteriorado tejidos
como si nunca
lo hubiera enfermado
tampoco ahora, de repente.
O es mi memoria
que fijó una foto mental.
La belleza. No es ningún secreto.
No me avergüenza decir que lo amé por su belleza.
***
El hombre con el que vivo me dijo:
voy a adorarte, pero también voy a ser
tu casa segura.
Una casa propia
que responda a todos tus problemas es la respuesta
a todos los míos.
Yo me quedé al borde de la puerta
para cuidarlo.
Algunos días solo le pongo más tronquitos al fuego
y me siento a esperar.
Otros me muevo como un tornado que se lleva
todo lo que no está amarrado.
¿Acaso no hicimos un pacto como si fuera para siempre?
¿Para qué queremos lo que no resiste?
Las calles subían como viboritas
nos fascinaban la piedra antigua y las casas
que se encimaban para que,
con un giro de cabeza,
siempre apareciera el mar:
un dios turquesa socializado como prueba
de que todos nacimos del mismo corazón de
agua.
Comprábamos fiambre quesos pan
un plavac,
el único vino que podíamos nombrar.
A la habitación le decíamos covacha,
si
estirabas el brazo
podías tocar las vigas que sostenían el
techo,
pero si te sentabas en la terraza a mirar
las lucecitas del puerto
sentías que nadie se animaría a destruir
la belleza del mundo.
Anoté:
el aroma del aceite de oliva que nos dio la
dueña
su risa cuando le decíamos gracias
el traguito ardiente
que no podíamos rechazarle al marido,
un veterano que nos quería contar
cómo cruzó fronteras entre tiros para
finalmente
hacerles lugar en su casa a los turistas
enamorados,
el jamón crudo que pagamos
con billetes del Este
bajo el halo del poeta militante
que sentado en la mesa del fondo de El
Pulpito
enrollaba fetas de bordes finos como hebras
de seda
y dicen que decía
nada mejor en esta vida que el jamón de la
Costa Dálmata.
Un lugar de fantasía, una bandera
blanca que levantamos
cada vez que estamos por apretar
el botón de guerra privada.
Dos
Nuestra hija
quiere hablar de la muerte,
pero es tarde y nos ve
cansados, acá en la cocina
a la espera de que la noche
alimente esta inercia doméstica
que para ella es la coronación del tedio y
para nosotros, un pacto
de corriente continua
que, si se cortara,
nos dejaría a oscuras.
En cambio, amontona
las migas en el borde
de la mesa, no las barre
con la palma de la mano, las deja
ahí, como puntos suspensivos, pide
un poco de vino, pregunta
como si fuéramos
parientes lejanos, solo unidos
por un gesto familiar, el trazado
de las cejas, un modo
de torcer la boca: “¿por qué
tuvieron hijes?”.
Los platos sucios a nuestras espaldas, mañana
habrá que lavarlos y será
lo primero que alguno de los dos
haga en el día.
(Del libro homónimo, Caleta Olivia, 2026)
Fernanda Nicolini
Fernanda Nicolini (1979). Nació en Morón, creció en Mar del Plata y vive en Buenos Aires desde los 18 años. Cursó cinco años de Derecho pero se recibió de periodista. Fue redactora en las revistas Llegas a Buenos Aires, TXT y Noticias y en el diario Crítica de la Argentina, y dirigió Brando. Escribió los libros de poesía Ruta 2 (Gog y Magog) y El cuerpo en la batalla (Caleta Olivia) y cuentos en diversas compilaciones. Es coautora con Alicia Beltrami de Los Oesterheld, la biografía familiar del autor de El Eternauta. Participó del libro Perón y el gremio de prensa, editado por Sipreba, en el que recupera el paso de Rodolfo Walsh por la CGT de los Argentinos. Actualmente trabaja como editora, colabora con La Agenda Revista y dicta talleres de escritura.

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