martes, 9 de febrero de 2016

LOS MALOS NEGOCIOS

 




Era un día de diciembre, uno más del último
verano en que mis padres residieron en el pueblo
antes de radicarse en la ciudad junto al mar.
Ahora tengo muchos: veranos y recuerdos.
Diez años después, a mi padre, mientras dormía,
le llevó unos segundos morir, cuando el corazón
averiado le dijo basta. Mi madre murió varios
años después que mi padre, pero le llevó más
tiempo, y en cada uno de los días, meses y años
de enfermedad lenta, permaneció despierta
hasta volver irreconocible, mientras su corazón
resistía las horas y los minutos interminables.

Ese año, nada, nadie, ninguno de nosotros,
se quedaría sin hacer su viaje personal al centro
de la realidad; muchas cosas parecían explotar
por causas muy complejas, o por nada, y tal vez
sea o no sea el motivo para que ese día de verano
vuelva como un recuerdo inconfundible.
Aunque sabía que debías seguir con tus clases
en la escuela, me acercaba a la ventana sólo
porque deseaba verte llegar a la casa de mis padres
en tu Fiat verde agua para una comida familiar.
A la espera del llamado a la mesa fui al living
y me puse a dibujar en un papel granulado.
Cuando dibujé tu cara aparecieron varios ojos.
Después dibujé una boca, tu boca, y muy cerca
de la boca un lunar, tu lunar, por el que sería
capaz de reconocerte entre miles de mujeres.
Volví a dibujarte una y otra vez, y más ojos
aparecieron en tu cara. Almorzamos en el
comedor y después del postre volví al living.

Acá siguen/seguimos, los protagonistas,
en el lugar borroso, con una prosa presente,
y ocurren cosas en apariencia insignificantes.
Mi madre repasa la mesa, lava los platos.
Mi padre fuma y piensa en sus malos negocios.
-¿Sabés, Carlitos, para que sirven los
ministros de economía? Para fundirnos.
Habla poco, y poco es el consuelo que puedo
ofrecer para buscar una salida a su contrariedad.
Mi mano, de nuevo en el dibujo, se deja llevar
en medio de las dudas y los temblores del pulso.
Mi padre me pregunta por qué me paso las horas
dibujando. Me escucha, piensa, fuma, no habla,
me mira con una resignación que no parece
destinada a mí. Oigo su carraspeo insistente de
fumador en medio de sus preocupaciones : cómo
llegar a fin de mes, qué vender, qué comprar
para vender, y cómo hacerlo, y a dónde ir por
algo de dinero, cuando lo había perdido casi
todo. Mi padre siempre reía, tenía gracia
para animar las reuniones como un actor sin
libreto; no hay fotografía en la que no se lo vea
con un sonrisa maliciosa que trama una
ocurrencia. Ahora no ríe, y lo que trama es
de otra naturaleza. Me pregunta si dibujar
es una manera de matar el tiempo. No veo
que espere respuesta, y se queda pensando.
-Hay que pensar, todo el tiempo hay
que pensar cómo salir de esta situación.

Parece una de las versiones de la escultura
del hombre que piensa, de Auguste Rodin.
El tiempo, que es uno y distinto de todos,
entra por la puerta, por la ventana, o por algún 
lugar que no soy capaz de ver; el tiempo entra
también para mi madre que ya ha terminado 
de lavar la vajilla y nos sirve unas tazas de té.
Mi hermano menor se cuelga de mis hombros,
le pone otra agitación al mediodía, por cosas
menos preocupantes que los malos negocios.

En esos momentos de la sobremesa tus ojos
en el papel se habían multiplicado, tus ojos que
me miraban, tus ojos que miraban a mi padre.
tus ojos que miraban la escena y no decían nada,
sólo bajaban los párpados con cierta comprensible
piedad. Encerraban y resguardaban con pudor
lo que a mis ojos les partía el alma mirar.



Juan Carlos Moisés



Juan Carlos Moisés. Poeta argentino nacido en Sarmiento, Provincia de Chubut, en 1954. Publicó Poemas encontrados en un huevo (1977); Ese otro buen poema (1983), Querido mundo (1988), Animal teórico (2004), Museo de varias artes (2006) y Palabras en juego (2006), Museo de varias artes (2006) y Esta boca es nuestra (2009). En narrativa: La velocidad de la infancia (2010) y Baile del artista rengo (2012). Es autor y director de teatro. Algunas de sus obras teatrales son: "Desesperando" (1997), La casa vieja (1991), El tragaluz (1994) y La oscuridad (2002). Entre 1990 y 1997 dirigió el grupo de teatro Los comedidosmediante, con el que recorrió la Patagonia y varias provincias argentinas.Además es narrador, dibujante y guionista de historietas. 



lunes, 8 de febrero de 2016

LA MIRADA




























En pintura es necesario atender al valor
de los contrastes y los claroscuros,
cuando una mano los pone en la superficie
lisa del papel o rugosa de la tela para decir
o mostrar algo, y aun puede quedar un
tiempo quieta, expuesta, para que podamos
ver sin urgencias cada tono y color,
hasta acomodar nuestras retinas a una
nueva clase de verdad que conmueva
o incomode, y a veces darnos la chance
de revisar la imperfección de la mirada,
cuando una pintura está hecha para eso.

El artista organiza los elementos
que los sentidos tienen a su disposición
para hacer reflexionar al ojo inexperto
y también al otro, como asimismo puede
tendernos una trampa estética que siempre
nos veremos en la necesidad de resolver
con alguna exigencia de ejercicio visual.
El resultado no será más, ni menos,
que pintura, materia coloreada o, en contraste,
una gama de grises como el Guernica de Picasso
que desde hace varias décadas criminales
expresa lo inexpresable sin necesidad de ver
sangre chorrear de los cuerpos mutilados.

Porque se hay una paradoja es que toda risa tiene
su mueva complementaria, su pincelada atroz.
Lo pienso en invierno , de noche y en martes
trece cuando acabo de ver a un gato blanco
dando pasos cautelosos en la nieve acumulada.

Había comenzado a nevar desde la mañana.
Estuve mirando a través de la ventana
lo que llega, lo que cambia en el jardín,
sobre las ramas de pino, bajo el alumbrado
público de la calle, hasta la aparición
inesperada del gato blanco sobre la nieve.

Blanco sobre blanco, puede tener una explicación
estética. La variante conceptual nos lleva a
pensar en la obra del mismo nombre, de Cazimir 
Malévich, artista ruso, de vanguardia, creador
del suprematismo. La noche y el martes trece,
(Negro sobre negro, Alexander Rodchenko,
artista ruso, ismo similar), se compadecen
de la interpretación plástica y pueden sugerir
alguna que otra pregunta menos para el arte
que para la superstición, de la que el arte hace
muchas veces un oxímoron sin atenuantes.

Obsesión es la palabra con la que Fernando
Kofman, escritor argentino, hurga con mirada
agreste en los límites de esos tópicos verticales
de fe social en el libro Los valores que nos dejaron
las teologías políticas (Buenos Aires, 2013).
No un viaje; un tránsito de ida y vuelta
entre el día y la noche del pensamiento,

La noche, todo lo que abarca esta oscuridad de
junio en el hemisferio sur (Negro sobre blanco,
también Cazimir Malévich), sigue ahí, la veo,
como una nueva intimidación de la que el ojo
abierto tiene que hacerse cargo. Marcel Proust
lo dijo en sencillo: la tarea del escritor no es
imaginar sino percibir. Motivos tuvo para
"creerlo", y no porque la imaginación se haya
ensañado con tantos y tan buenos creyentes
que no han abandonado la costumbre de cruzar
los dedos ante las amenazas de la adversidad.

Me retiro sólo unos pasos de la ventana.
Todavía es martes trece, por algunas horas más.
La nieve sigue acumulándose capullo tras
capullo y el gato blanco no regresó al jardín
para ofrecer una nueva oportunidad a mi mirada.

Muchas veces, quiera o no quiera que sea algo
conocido, lo real cede a la tentación de cambiar,
por un momento o para siempre, su rol ordinario.





Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, 1954)





IMÁGENES: Pinturas del artista ruso Kazimir Malevich : Blanco sobre blanco (1918)  y Negro sobre blanco (1915). 





domingo, 7 de febrero de 2016

Velorio y velódromo



























Una nena prepara su muñeca para hacer un largo viaje. La peina, la viste con sus mejores ropas, improvisa un cinturón con un lazo, le calza unos zapatitos de plástico. Guarda otros vestidos y accesorios en una valija chica. Al momento de partir, deja la muñeca en la casa, abandonada para siempre. 




En esta foto estoy disfrazada de bailarina, al lado está mi hermana. De chica quería ser bailarina pero en vez de bailar me la pasaba dibujando bailarinas y terminé siendo pintora. Mi hermana, que en ese momento quería ser princesa, ahora es música. En el pelo tenemos unas florcitas de tela que se compraban  en la mercería, y nos encantaban.

el enano de Velázquez

Pero me levanto de la siesta y lo veo todo diferente.
Tengo la sensación de que el mundo está pintado. 
El mundo no es real. 
El mundo es hiperreal. 
Chequeo mi correo en la computadora y las letras parecen hechas a mano, pero tratando de disimular, de copiar la tipografía impresa; algunas hasta tienen la tinta medio corrida. Mi ventana no es de vidrio transparente, es un lienzo donde está retratado mi jardín con su planta de oreja de elefante. Tomo una cucharita para revolver el café y puedo ver con claridad las pinceladas, cómo se arma el reflejo, 

sensación,
mundo,
vidrio, lienzo, 
jardín,
cucharita, 
pincelada.

Japón, máquina, pulpo, langostino,
Corrientes, Dorrego,
Holanda, entrevista, pesadilla
Galerista,  Japón, mundial
Florencia.




El miedo al abrir con la mano el ojo de mi padre mientras duerme la siesta.



1

A veces le digo algo a alguien y escucho el ruido de un trapo que se rompe. 
Coincide con alguna frase, como ser: “ayer, al final, les conté de tu enfermedad”. 
Entonces escucho el ruido de un trapo que se rompe. 
Cuando me peleo con alguien no siento olor a quemado, ni se me pone la cara colorada, pero sí escucho el ruido de un trapo que se rompe.

Hay algo que me va a salir de adentro de la oreja.

Veo mi futuro reflejado en el picaporte de la puerta:
 voy a estar leyendo en un bar, pelada.

Para evitarlo tengo que volcar en la cama tendida:

jugo de naranja,

tierra.


En la mesa del bar se cae una maceta,

queda la forma cilíndrica.

Apreté fuerte la tierra, me acordé de mi padre. Todavía latía, o era un terremoto muy suave, de grado bajo, como el que hubo esa vez que decidí no llamarte, y vos tampoco me llamaste, y no nos vimos más.

Cuando vuelan los pájaros arman la forma de otro animal:

seis gorriones arman un rinoceronte y
ocho gorriones arman un león y

mis pulmones son estuches de guitarra.


Es bailarín y tiene cáncer,
me lo contó en la primera cita.
Fue la primera cita más extraña de mi vida,
porque había de esas lucecitas que son como una nieve en los boliches.


Yo quería comprarme un colectivo
y atropellarlo para no tener más problemas.

El tiempo estaba suspendido como una nieve.


Un cáncer inoperable. Fuimos a un bar que ya conocíamos, que tenía todos los bancos de madera: llevamos un destornillador para tallar nuestras iniciales en todas partes. No nos habíamos besado todavía y ya estábamos tallando nuestros nombres en todas partes. 




En la estación de las alergias hay que cambiarlo.
En le estación de la sandía hay que cambiarlo.
Cuando el murciélago hiberna hay que cambiarlo.




No hay un sentido,
sólo ese gesto que hacen las telas cuando
las traspasa el viento, que
no es ni un sí ni un no.


Vio a dos mendigos que dormían juntos en un colchón en la calle,
cada uno orientado hacia un lado como la figura de un naipe.


En la estación que en sentido figurado representa la vejez 
como la caída, el ocaso, 
esa transición entre la vida y la muerte, 
hay que cambiarlo.
Entonces pensó “cuando me diagnostiquen las verrugas 
me voy a vivir con ellos”.



2

A él sólo le importa mi cara.
Mete mi nariz en su boca,
mete su nariz en mi boca.
Del resto de mi cuerpo, nada.


Hay una fina línea de luz que se ve debajo de la puerta como un párpado.

Estoy sentada esperando a que salgas de la tomografía,

pendiente de lo que sucede al otro lado de la puerta: los pasos, los golpes,
el ruido del tomógrafo

es una pintura.



3

Preguntaste por mi árbol de quinotos 
que da frutos 
en invierno.




En los cuadros de Vermeer siempre hay una luz de día muy fuerte que viene de una ventana lateral. A pesar de esa luz, a las mujeres, que representa en sus tareas domésticas, se las ve aisladas, como encerradas. Vermeer borra todos los indicios que pudieran decir algo sobre la vida de quienes pinta. Este despojo les da más claridad a sus cuadros, pero también los vuelve más opacos. Su desconocimiento acerca del futuro o el pasado de las mujeres habla del presente,  y es motivo suficiente para representarlo.




Ayer me fui a dormir angustiada. Tengo problemas y no los puedo resolver. Tengo la llave para resolverlos pero por momentos la tentación es muy grande, es como un molde oscuro en el que uno se aprisiona, y cabe perfectamente, acurrucado.
Mi sufrimiento es muy grande pero no se corresponde con la realidad. 
Escuchaba a ese hombre en la calle gritando:
“Por favor, señora, ayúdeme, ayúdeme, señora, tengo frío.”
Eran las cuatro de la mañana cuando me despertó.
Los gritos parecían venir desde dentro de mi cabeza.
Había gente por la calle, seguramente les gritaba a ellos.
Debía ser alguien enfermo, que había llegado a un punto crítico, y pedía ayuda como un animal. Pedía no desde la conciencia, sino desde la pura necesidad, desde el instinto de sobrevivir.
“No me quiero morir, por favor, señora, ayúdeme”




Mariana López



Mariana López nació en Buenos Aires en 1981. Es artista visual y poeta. En 1998 estudió pintura con Sergio Bazán, a través de una Beca de Antorchas. Estudió Artes y Letras en la UBA. Poesía con Arturo Carrera. Expuso de manera individual y colectiva en Buenos Aires, Rosario,  Nueva York, San Pablo y Frankfurt.  Participó de la edición 2011 de la Beca Kuitca.Poemas suyos fueron incluidos en el volumen Dysfyction II (Frankfurt, 2014) organizado por Mark Von Schlegell. Velorio y Velódromo es su primer libro publicado, Ediciones Vox, 2015)






viernes, 5 de febrero de 2016

ESCOMBRO -Primera parte-



























El talismán

Después de la tormenta
te vi tomar una de
las piedras de hielo
y caminar rumbo al contorno
sombrío de la casa

Ponés la piedra
dentro del congelador
donde yo me asomo
a ver cada tanto aquel
resplandor crepuscular



Rastro de Grace

Después de años vuelvo a ver
algo que te pertenece:
el trazo de tu letra sobre
la madera de la mesa
que encierra dos nombres
dentro de un corazón tallado
como las líneas de la vida
en la mano



El nombre

Desde esta otra orilla
debe resultarle extraño
mi verdadero nombre

El sol del mediodía
le da en los ojos,
el estruendo del agua
la confunde

Un globo asciende
en el aire,
la mujer sonríe, con
alegría, con bondad



Lourdes

Las luces
del tablero
no me dejan dormir.
Me levanto,
tiro de la cadena del baño para
escuchar algo
que me despierte.
Pero doblamos
al llegar a la esquina
rosada siempre.
Y como a esta hora tomamos
una calle directa–
los faros la alumbran.
Casas
que llaman la atención
no sé por qué.
Conversación
en la oscuridad de la cabina.
Cigarrillo encendido.
Veo el perfil de todos.
La estanciera
–entrada al garage,
cada cual
prende luces,
el pasillo y la cocina
el patio, los dormitorios–
la perilla del televisor.
Al llegar
recordamos
poco.



Ensayo

Sentada frente a la ventana
a medida en que la noche se vuelca
dentro de la habitación
va quedándose cada vez más quieta

Los rasgos oscuros ganan lugar
y permanece allí mirándome:
soy su hoja húmeda que arrastro
mientras me voy, es su brillo



Abreviatura (I)

No es lo que todos creen,
en realidad no busco la belleza

Se ahoga y abre una ventana
Esta ventana (la toca)
Cansado busca un poco de aire
Imparte algunas órdenes en silencio

Se oía la hoja del afilador,
el rumor de la calle
Una nena que lloraba,
los insultos de la madre

Mediodía,
se va con un poco de sombra

Recuento de la luz sobre el piso de cemento:

“Vení a comer”

Comen en silencio
aunque plácidos –dos bifes–
Después vendrá
Sólo una llama

La soda que se mezcla
El efecto deseado sobre el blanco
Pan en el aceite, la escalera

de madera hacia el techo poco usada
Se prefiere subir por la reja de la ventana
Un pie a la cornisa Y sujetarse

de una de las vigas del tanque
Así Se llega más rápido



Abreviatura (III)

El cielo, un buen lugar por donde empezar

En la puerta
Ella desenreda las puntas
de su pelo marrón

Él tiene un paquete bajo el brazo

Una escalinata
con los pies pálidos de la mujer
El muchacho tiene un pulóver
grande
que se camufla
con el resto líquido

Ella respira
Se le nota en los hombros
E inclinándose un poco
suelta unas palabras

El hombre hace una señal
de comprensión
mientras empieza a girar despacio
para irse

Él tiene algo que hacer
Sin la obligación de regresar
O regresar dentro de un tiempo
–O de inmediato

Tiene un camino (mecanismo) en su mente
Ella también

Las paredes están llagadas
Los frentes parecen gárgolas
Biseles aceitosos en el cielo

Con la mirada helicoidal
del mismo centro
hacia direcciones opuestas




José Villa






José Villa.  Nació en Martín Coronado, Pcia. de Buenos Aires, Argentina, 1966. Fue director en los años noventa de la célebre revista  18 Whiskys, y formó parte de la editorial Ediciones del Diego, a finales de esa misma década. Desde 2005 edita la revista digital    Atmósfera   (revista-atmosfera.com.ar). Entre 2012 y 2014 fue uno de los editores del sitio web Poesía Argentina, que incluía ebooks, secciones de crítica, ensayo, reseñas, poesía y una Enciclopedia de poetas argentinos, entre otras  cosas; revista que no existe más, pero que se está recuperando en la página web Op.cit,   http://www.opcitpoesia.com/,   que dirige, donde ya se están publicando, además, nuevos materiales. Publicó entre otros textos: Cornmucopia (Trompo de Falopo, Buenos Aires, 1996), 8 poemas (Ediciones del Diego, Buenos Aires, 1998),  Wu (2000); Poemas largos (Ediciones 73, Bariloche, 2005) y Es un campo (Selecciones de Amadeo Mandarino, Buenos Aires, 2006). En el año 2007, Gog y Magog editó "Camino de vacas", su poesía reunida.  Los poemas que publicamos pertenecen a la primera parte de su libro "Escombro" publicado en 2015, por Club Hem editores, en la colección de poesía Ojo de tormenta.





miércoles, 3 de febrero de 2016

LA MITAD ABIERTA



















PERSPECTIVAS 

Si subiéramos rápido tal vez llegaríamos
a ver la puesta del sol desde un último piso
pero nos movemos al ras del suelo
nuestra casa es baja, está lejos, y además
todas las ventanas dan al Este.

Nos alcanza igual
el resplandor rosado de las medianeras
para saber que el día termina
y otra vez quedaron sin hacer las cosas de la lista,
y otra vez preferimos ajustarnos
al reloj de hoy que era no tenerlo.

Me pregunto si en las ventanas más altas
alguien mira nuestros cuerpos diminutos,
pero nunca vamos a saberlo
porque en ese edificio no conocemos a nadie
y el portero dorado tiene tantos botones
que encandila. 



LA MITAD ABIERTA

Como nube herida,
llega a mi ventana
de los techos una gata; 
viene a decirme 
que soy ella
también
en la tormenta 

y como a mis huesos, 
casualmente,
se les ha dado por temblar,
y a mi cabeza por pensar
la muerte, yo le creo, 
le creo y le abro
y me abro así
un tajo: 

en el reflejo soy ahora 
un solo ojo, 
un solo hombro, 
un gesto hachado

y en la mitad abierta,
venido de la noche,
descalzo y blanco
un animal entero.



PASTO 

Me voy por las ramas 
como ardilla hacia arriba
o por el bosque como un ciervo
con mi cabeza de árbol,

o como un pájaro incluso 
¡y hasta libre me creo! 
aunque sólo lleve pasto
hacia un lugar común.



(Del libro: TORO (2015)


Carla Sagulo (Buenos Aires, 1977)



IMAGEN:  Puesta de sol en la Capital de Buenos Aires, por Fernando Nowhere.




lunes, 1 de febrero de 2016

TORO



















1.

Como cuando la gente dice esto es vida
y todos saben que la vida es otra cosa,
porque la vida es todas las cosas, fumábamos 
un cigarrillo en el muelle de las vacaciones.

¡Y cómo brillaba el agua entre las tablas
con esa luz humana que venía de la costa: 
unas lamparitas de colores que auspiciaban 
tragos igualmente coloridos y una fiesta! 

Del otro lado, el horizonte oscuro 
no lograba intimidarnos,
ni los grandes peces dormidos en la noche 
ni la fuerza de las olas que golpeaban la madera.

Nos habíamos sacado los zapatos
porque queríamos sentirnos naturales
y dejamos que nuestros pies también brillaran
colgados del muelle contra el agua,

a ver si se inspiraban, a ver si nos llevaban
a lo hondo de la fiesta con un salto, o por la orilla
sobre el dibujo siempre nuevo de la espuma todo el año.



3.

¿Y qué vamos a hacer con esta lucidez?
Por lo pronto un sumario de momentos celestes:
el arco iris hace un rato, con duraznos en la mano
recién comprados frescos a una mujer cansada, 
caminando por la calle, la única de asfalto, 
falso espejo donde todo se refleja sin embargo:
las estrellas de anoche, la lluvia esta mañana.

El cambio climático 
nos da conversación con el resto de la gente; 
entre nosotros, hablamos simplemente de la luna
dorada y tan cercana,
que parece una promesa que se cumple.

Y cuando se pone blanca, como si el miedo 
hubiera subido finalmente hasta su cara,
somos lobos acá abajo y aullamos olvidados 
del vuelto tintineante de monedas, 
lunas tristes, en este universo de materia



4.

Hoy es la eternidad, dijiste.
Voy a sembrar esa verdad
en esta tierra indócil
porque es la única que hay
(la única tierra).


5.


La calma que precede a la tormenta,
yo no la vi.
Aunque ahora 
que las ramas del pino se cayeron
podamos añorar 
nuestro jardín mientras cargamos 
como una cruz, futuros fuegos.



8.

Miraste el sol de frente
y me llamabas a los gritos
para que yo lo viera igual
que vos, que eras un toro,
torero a la vez y multitud 
en trance.

Ahora, que asedia la sed tus ojos secos, 
dos plazas desiertas y mendigas,
¿cómo hacer para ayudarte
desde mi propio parque en llamas
con el agua de mi cuerpo solamente?




Carla Sagulo



Carla Sagulo nació en Buenos Aires en 1977. Es Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Publicó: El vino de la casa, (Vox, 2007) y Fuego Chico (Ed.Nolu Bonsai, 2009). Los poemas que presentamos pertenecen a su último libro: Toro (2015).





sábado, 30 de enero de 2016

LA PASTILLA DEL VERANO





EL RUIDO DE LA LUZ

I

Azul, la capa de las vírgenes en sus cajas de vidrio
en las esquinas de un país del que vimos tres manzanas
y en cada cuadra una monja,
la puta y el soldado.

Azul, el cielo sin nombres, sin banderas,
atrás del aire de gusanos transparentes
venidos de mirar la pantalla de universo.

Azul, el humo que salía de tu boca
y subía
por el azul de tus ojos
por las pequeñas noches de tus pupilas,
pozos de fuego y agua puros.

II

Al lado del río pusieron manteles.
El sol se sirvió ahí,
entero y blanco.
Todos nos sentamos cerca suyo,
junto a la carne trinchada,
las verduras rozagantes.

En el espejo de las mesas
no vimos el futuro;
había un coro de tontos más allá
aplaudido compasivamente por el miedo
entre gaviotas o seres parecidos
a la felicidad.

III

Tomar agua con las manos,
tomar de esa luz del agua,
como besando las fuentes
en un cuarto de hotel;
el ruido de la luz ‒te acordás?
Era un tubo redondo,
había tanta, se achicaban las pupilas
hasta el punto más mudo ‒apagás?
Y sin embargo, veía todo tanto
que hasta hoy lo sigo viendo:
tu boca, tus ojos abiertos,
¿guardaron hasta hoy
mi cara o algo, mis tetas,
cuando las puse bien cerca de tu cara?



EL HILO

Todo pende de un hilo, 
dijo mi padre en su cumpleaños. 
Estaba hablando de la fragilidad, pero 
más allá de esa afirmación algo dramática,
no se explayó en el origen 
griego ‒tal vez egipcio‒ de la expresión,
más bien habló 
de los ácidos ribonucleicos, 
los homínidos, los protozoos,
los millones de años 
en que la vida se gestó.

Todo pende de un hilo u otro, 
pensé mientras perdía
el hilo de la conversación:
una víscera, un tallo, el fino 
rayo de sol.

Todo pende de un hilo raro,
umbilical, atravesado 
por un hueso limpio,
una recta de agua.

Todo pende de un hilo de agua
incluso las rocas 
que a su paso el río araña.

De un hilo el anzuelo 
y el ojo aterido,
el pez gordo, la presa fácil. 

Todo pende de un hilo:
un hilo de nada
un hilo de voz.



(Del libro "Toro" (2015)



Carla Sagulo (Buenos Aires, 1977)




IMAGEN: Delta del Paraná (Tigre).



jueves, 28 de enero de 2016

EL NOMBRE DE LA REALIDAD




























Lo que hay de común en las sensaciones
es que todas dan forma a la realidad.

Fernando Pessoa, Libro del desasosiego
En nuestro lenguaje de todos los días, mi amor,
le vamos dando nombre a la realidad.
Pero le hacemos creer que es
lo que dice que es.



EL TOMATE

Corto el tomate en la tabla de un tajo,
lo parto en mitades sucesivas,
y para no demorar lo inevitable
sigo cercenando esos pedazos indefensos
hasta hacerlos papilla, y salvo el color
rojo como una mancha de sangre
en el pecho del herido ya no podemos saber
lo que fue alguna vez, bajo nuestro pies,
su raíz hablando una lengua desconocida,
ni lo que será, después de condimentar
a gusto, sentarnos a la mesa familiar
y comenzar a comer sin culpa,
mientras conversamos animados
sobre los temas impiadosos del día.



NO SÉ PENSAR CON LA CABEZA

Del otro lado de las varillas del alambre
vemos gaviotas revolotear sin escándalo
detrás de un tractor que ara la tierra.
Esas imágenes se recortan del resto
y la verdad es que no sabemos
quién elige a quién, ni por qué.
De este lado están las palabras.

Sin salirse de línea la reja rortura la tierra.
Pudiera ser esta lapicera que rasga 
el papel hasta el margen de la hoja,
el límite donde el tractor quiebra el sentido,
gira ciento ochenta grados y vuelve
con la misma parsimonia en otra línea
paralela y sucesiva, mientras van a la siga,
confiadas, a levantar lombrices con el pico
las gaviotas, que con decir gaviotas
basta sin necesidad de adjetivar.

Así es como pienso que pienso mientras
escribo, pero no pienso, porque pienso
como siempre pienso, que no sé pensar
con la cabeza. Pienso como nuestros cuerpos
piensan, como piensan el aire y las gaviotas,
la tierra arada y el tractor en marcha,
y nuestros ojos que miran todo eso.



UN PAPEL EN BLANCO

Hace varios días que no te escribo.
Estamos tan cerca, en la misma casa, 
comemos en la misma mesa,
con los mismos cubiertos, dormimos
bajo el mismo techo y en la misma
cama, que a veces, por la fuerza de
la costumbre, aparte de mensajes
de texto utilitarios, me resulta muy
natural, y hasta gracioso, escribirte
lo que la convención puede llamar
carta o nota que dejo sobre la mesa
con algún tema de la rutina del día,
donde las palabras se cocinan con otro
hervor. Tal vez por eso mismo lo hago,
para tentar a los hechos con la risa y a
la risa con la versatilidad de las formas.
Pero la escritura hecha para vos no tiene
obligaciones formales ni el sentimiento 
explícito es su patrimonio. Se diría
que tampoco los derechos exclusivos
sobre lo que hacemos o dejamos de
hacer son hijos de la premeditación.
Hablar no es sacarse lastre de encima.
Desoír no es taparse los oídos.
A veces tomo un papel en blanco,
lo doblo en dos mitades y lo dejo
sobre tu almohada para que,
cuando llegues rendida de dar clases
a los mocosos despabilados de la escuela,
puedas leer en él todo lo que no son
capaces de decirte mis palabras.



LA PRIMERA INOCENCIA

Estallará la isla del recuerdo
La vida será un acto de candor.
A. Pizarnik, La última inocencia

Entre las inocencias afortunadas
que sucedieron en mi vida
hasta el momento de escribir este poema,
incluido el poema, la primera
de la que tengo memoria me pasó
muy temprano, después de comenzar
a presarle atención a las voces
de la radio eléctrica prendida
sobre el aparador de la cocina.
Creía que locutores de noticieros
y protagonistas de radionovelas
estaban en miniatura en el interior
de la caja de madera y que al final
del día saldrían caminando, callados,
desde atrás, para volverse, como nosotros,
del tamaño natural, pero no salían;
fue así que un día, al sacar con maña
los tornillos de la tapa y mirar, curioso,
dentro de la caja y no ver a nadie, me avivé.

                                                    (a Jorge Curinao)



EL FRACASO

Se puede saber como nadie lo que es el fracaso,
se puede ser un acróbata del fracaso y asegurar
que lo peor está por venir, y que sea lo que sea
aquello que venga, no hará olvidar lo malo
que ya pasó o acaba de pasar.

También , en un acto de piedad, hay quienes
se ofrecen para desalentarnos con el triunfo
sin hacernos desistir de nuestro tonto orgullo.
Pero si el fracaso es el pozo, mientras haya
vida del pozo se sale hacie arriba y de esto
se puede hacer algo más que una especulación.
A veces interviene la abuela, que nos conoce
mejor que ninguno, y con todos y cada uno
de los años encima pone la nota apropiada:
-Mientras no se enamoren del dolor en vano...

                                                (a Concha García)


UN HOMBRE CAMINA SOLO EN EL PAISAJE

Ahora y siempre, según el punto de vista,
el cielo se toca un momento con la tierra.
¿El cielo está en nosotros quiere decirnos?
¿Quiere decir, significar, poner a prueba?
Un hombre camina solo en el paisaje.
Un paisaje con vacas, árboles, nubes, lluvia.
Es una compañía inadvertida pero presente.
Un paisaje que alguien ha visto no puede morir.
Tampoco un paisaje soñado debería morir.
El hombre se acerca a una obra en refacción,
busca, revuelve entre los escombros antes
de que una máquina los cargue en la caja
volcadora de un camión y los deseche
en el relleno de alguna tierra baldía.
El hombre se decepciona de las cosas
inútiles que encuentra, y reniega cuando,
de mala gana, le piden que se aleje de la obra.
Da vueltas como el perro, sin irse ni quedarse.
Oímos lo que dice o intenta decir: a los obreros,
a sí mismo, a nadie, o es posible que a nosotros,
que pasamos caminando en el callejón desierto
y miramos como si fuéramos parte del hecho.
¿El paisaje somos nosotros quiere decirnos?
¿Quiere decir, significar, poner a prueba?
Porque una persona también es una voz.
Y una voz no es un desecho, si es sincera.

                                                   (a Marcelo Leites)



Juan Carlos Moisés


Juan Carlos Moisés. Poeta argentino nacido en Sarmiento, Provincia de Chubut, en 1954. Publicó Poemas encontrados en un huevo (1977); Ese otro buen poema (1983), Querido mundo (1988), Animal teórico (2004), Museo de varias artes (2006) y Palabras en juego (2006), Museo de varias artes (2006) y Esta boca es nuestra (2009). En narrativa: La velocidad de la infancia (2010) y Baile del artista rengo (2012). Es autor y director de teatro. Algunas de sus obras teatrales son: "Desesperando" (1997), La casa vieja (1991), El tragaluz (1994) y La oscuridad (2002). Entre 1990 y 1997 dirigió el grupo de teatro Los comedidosmediante, con el que recorrió la Patagonia y varias provincias argentinas.Además es narrador, dibujante y guionista de historietas. Los poemas seleccionados pertenecen a su último libro de poemas: EL JUGADOR DE FÚTBOL (Ed. La Carta de Oliver, 2015.