jueves, 31 de diciembre de 2020

FIN DE AÑO

 



Siempre habrá un punto de luz, con varios puntitos blancos alrededor
que podrían agrandarse; siempre habrá un punto de luz, que 
aunque pequeño pueda alcanzar la dimensión de un ser humano. 
Eso al menos, es lo que necesitamos creer,
aunque alrededor, la oscuridad ocupe todo el resto del espacio. 
Felicidades. Ojalá podamos pasar junto a nuestros
seres queridos y abrazarnos como siempre, ojalá podamos
encontrarnos, aunque sea con un brindis a media distancia. 
Les mando un abrazo infinito a todos los seguidores, 
a todos los lectores de la Biblio., y los espero nuevamente 
en marzo, después del receso de enero y febrero, meses en los 
cuales este blog permanecerá inactivo. Mientras tanto pueden leer 
o releer las entradas publicadas. Salud para todos. 



Afectosamente,
Marcelo Leites


IMAGEN: La primer imagen del asteroide Vesta (sonda dawn de la NASA).






lunes, 28 de diciembre de 2020

“ULISES” de James Joyce: CLAVES DE LECTURA



 PENÉLOPE -Capítulo XXVIII (el último)
 
            El escándalo que supuso el “Monólogo de Molly Bloom” -en una época se había hecho costumbre publicar este capítulo por separado, con ese título- fue a la vez técnico y moral. Técnico porque estaba escrito sin signos de puntuación, apostrofes ni comillas; moral porque por primera vez una mujer pensaba sobre la página impresa como pensaban las mujeres en la intimidad de sus cerebros.
          Hacia el capítulo 10 se hace evidente que Joyce se está aburrien­do del dispositivo narrativo basado en el monólogo interior, y lo abandona a favor del pastiche de estilos que domina los siete capí­tulos siguientes. Pero sin duda era consciente de que el monólo­go interior era su gran contribución a la historia de la literatura y del pensamiento (y vamos a dar sólo un ejemplo: es leyendo a Joyce que Lacan aprende a escuchar la mente), y quedaría aso­ciado a su nombre para siempre: era esperable que el monólogo interior volviera para la grande finale del cierre: 60 páginas (en la edición de Penguin) de monólogo interior puro, sin diálogo ni voz narrativa.
          En su momento se vio la ausencia de signos de puntuación como índice de la libertad de la mente de Molly, o del carácter natural e instintivo de su pensamiento; de ahí a asociar estas características con “lo femenino” no había más que un paso, que varios críticos, hombres en su mayoría, imprudentemente dieron. Este despar­pajo tipográfico, quizá por tan imitado, hoy en día no impresiona demasiado, y leído en voz alta, el Monólogo no ofrece ninguna dificultad especial. De hecho, como monólogo interior es bastante tímido, y está mucho más cerca del lenguaje comunicativo que los de Bloom y de Stephen, más crípticos, elípticos, imprevisibles. Esto, que puede corresponder a la naturaleza del pensamiento, que tal vez se vuelva más verbal al desplegarse en ausencia de estímulos exteriores, es, además, una necesidad técnica: en los capítulos de Bloom y Stephen la carga denotativa y de sentido se repartía entre el monólogo interior, el narrador y el diálogo; ahora el monólogo interior debe hacerlo todo él solito. Es necesario que se vuelva más comunicativo, más explícito: si no el lector estaría perdido.
          El otro motivo de escándalo es el contenido de la mente de Molly, y el vocabulario que utiliza. Recordemos que estamos saliendo de la época victoriana: se sabía que las amas de casa no hablaban así, al menos las que no eran además prostitutas; pero también se creía que no pensaban así. Joyce descubrió una mujer que pensaba así, hablaba así y también escribía así: las cartas de Nora eran no sólo sexualmente explícitas sino sintácticamente anárquicas, y en lo que otros hubieran visto mera falta de educa­ción, Joyce descubrió un estilo. Como Stephen, era mejor alumno que maestro: donde otros hubieran cedido a la tentación de ense­ñar, él supo aprender.
          Había, sí, en la literatura anterior, heroínas adúlteras y aun desfachatadas, pero fuera el narrador, con su censura, fuera la trama, que al final las reformaba o castigaba, alguien siempre se encargaba de ponerlas en caja. No hay corsé que sujete a Molly, en cambio, y es ella quien tiene sobre sí misma la última palabra. Molly pone fin así a una larga tradición del siglo XIX: es la adúltera sin castigo; y su monólogo, la venganza de Emma Bovary y Anna Karenina.
          Los primeros lectores hacían de Molly una ninfómana porque piensa todo el tiempo en el sexo, pero hay que tener en cuenta que acaba de hacerse de un amante, por primera vez en años, y que se ha pasado toda la tarde con él en la cama. Este es el monó­logo de la noche de ese día agitado, no el de un día cualquiera...
          Si bien en el capítulo no hay signos de puntuación, sí hay mayúsculas; y también espacios que lo dividen en ocho largas oraciones. El número corresponde al cumpleaños de Molly, que también es el de la Virgen: el 8 de septiembre. Además de la implí­cita blasfemia, de la cual Joyce como católico renegado no podía privarse, esta coincidencia nos recuerda que Bloom, Stephen y Molly forman algo así como una trinidad terrena, en la cual Molly vendría a ser la Puta María. Cada capítulo tiene asignada una hora, pero Molly, como Falstaff, no tiene nada que hacer con los relojes, y en el esquema Linati, Joyce da la hora de este como que es también un ocho acostado. El 8 corresponde además a, según diferentes críticos: los genitales femeninos, los hemisferios terrestres, el culo de Molly, la ciudad de Dublin (que es también un culo: dos nalgas divididas por el Liffey), los dos huevos que pide Bloom para el desayuno.
          Joyce escribió a Frank Budgen que este capítulo “Empieza y termina con la palabra femenina sí. Gira como una enorme esfera terrestre lenta segura y regularmente dando vueltas y vueltas y sus cuatro puntos cardinales son los pechos, culo, útero y concha femeninos, expresados por las palabras porque, fondo (en todos los sentidos culo, botón, el último de la clase, el fondo del mar, el fondo de su corazón (1) mujer, sí. Aunque probablemente sea más obsceno que cualquier episodio precedente a mí me parece per­fectamente cuerdo lleno amoral fertilizable indigno de confianza cautivante astuto limitada prudente indiferente Weib”.
 
(1) “bottom (in all senses bottom, button, bottom of the class, bottom of the sea, bottom of his heart)”.
 
Además de enfatizar el carácter asertivo del monólogo (en contraste con el predominio del “no” en el capítulo 1), el “sí” de Molly es un recurso rítmico, un apoyo para la respiración del cuer­po y de la mente, que da al texto una estructura anafórica, como un poema de Walt Whitman o Allen Ginsberg. El “sí” funciona, también, como un shifter o “embragador” que permite pasar de un tema a otro. Y arrancamos:
 
oración 1:   
                     Sí porque anteriormente él jamás había hecho algo parecido a pedir su desayuno en la cama con dos huevos desde el Hotel City Arms en que se le dio por hacerse el enfermo en la cama con su voz quejosa mandándose la parte con esa vieja bruja de la señora Riordan...
 
          Estos dos huevos han hecho correr mucha tinta. En principio la metáfora parece bastante obvia: la casa está en orden, Bloom ha recuperado su masculinidad, el hombre se queda en cama y es la mujer, como corresponde, la que se levanta a hacer el desayuno. Esta ingenua lectura machista, que no goza de muy buena pren­sa en la actualidad, tampoco parece tener mucho sustento en el texto: Molly lo ve como capricho de un día, y espera que al otro todo vuelva a la normalidad, la suya. Y si volvemos al capítulo 4, es evidente que a Bloom le encanta hacer el desayuno y llevárselo a la cama. Lo que ha cambiado, en todo caso, es el carácter asertivo de la demanda: antes, para pedir el desayuno en la cama, Bloom tenía que hacerse el enfermito.
          Aparece la señora Riordan, la Dante del Retrato y el prototipo de la irlandesa mojigata y chupacirios, que tendrá su doble espa­ñola en la señora Rubio, una dueña que parece salida de las pági­nas cervantinas. Apenas comienza el monólogo, Molly se define por contraste:
Si todas las mujeres fueran como ella en contra de los trajes de baño y los escotes naturalmente que nadie le pedía que usara supongo que su piedad provenía de que ningún hombre la miró nunca dos veces espero no ser nunca como ella
 
          Luego comienzan sus elucubraciones sobre las infidelidades de su marido: está segura de que Bloom la engaña, lo ve como inevitable, dado que no tienen relaciones sexuales completas: sí estoy segura acabó en alguna parte se ve por su apetito de todos modos amor no es porque estaría sin comer pensando en ella y el día anterior lo pescó garabateando algo en una carta, a Martha por supuesto, y después lo de besar mi trasero como de costum­bre para disimular no es que me importe dos cominos con quién lo hace o lo hizo antes aunque me gustaría averiguarlo mientras no los tenga a los dos bajo la nariz continuamente como con esa cochina que tuvimos en Ontario Terrace
 
          Esta es Mary Driscoll, que Bloom quería sentar a la mesa de Navidad, y Molly terminó echando por ladrona.
         sí porque él no puede seguramente abstenerse tanto tiempo entonces tiene que hacerlo en algún lado y la última vez que me acabó sobre el trasero la noche que Boylan me dio un fuerte apre­tón en la mano caminando por el Tolka
 
          Bloom ya había hecho referencia a este momento, en el capítu­lo 8: fue hace dos semanas, la noche en que notó el acercamiento de Boylan y su esposa y -descubrimos ahora- se calentó y terminó haciéndolo con Molly.
        porque él barrunta algo de nosotros dos no es tan tonto dijo voy a comer afuera e iré al Gaiety
 
        Bloom se dio cuenta, Molly se dio cuenta de que Bloom se dio cuenta y de que le está dando via libre.
       Dios sabe que es un cambio en cierta forma una no puede estar usando siempre el mismo sombrero viejo a menos que yo pagara a algún muchacho bien parecido para que me lo haga
         Primera aparición (velada) de Stephen en las fantasías de Molly, y también una reivindicación feminista de la que muchas feministas de la época habrían huido espantadas: por qué las mujeres no pueden pagar a los hombres por sexo. Luego recuer­da las preguntas que Bloom le hace a veces, si lo haría con tal o
con cual, un jueguito perverso que le recuerda a otro, más insti­tucional y menos inocente: esa confesión cuando yo iba al padre Corrigan él me tocó padre y qué hay de malo si lo hizo adonde y lo dije en la orilla del canal como una tonta pero en qué lugar de su persona hija mía sobre la pierna por detrás fue arriba sí bastante arriba fue donde te sientas sí oh Señor no podía decir el trasero directamente y terminar de una vez
          Reflexiones que dan paso a uno de los temas favoritos de Joyce, las fantasías sexuales con sacerdotes de las mujeres irlandesas me gustaría ser abrazada por uno con sus vestimentas y de ahí a Boylan quisiera saber si quedó satisfecho conmigo una cosa que no me gustó fue su palmada detrás saliendo tan familiarmente en el vestíbulo aunque yo me reí no soy un caballo o un asno supongo que estaba pensando en su padre
          El padre de Boylan era vendedor de caballos, entre otras cosas. Muchos lectores se quejan porque Molly se refiere a todos los hombres como “él” y muchas veces no se sabe de cuál está hablan­do. Esto, por un lado, responde al rigor de la mimesis joyceana: el uso de pronombres en lugar de nombres es una diferencia fundamental entre el lenguaje del pensamiento y el comunicativo: cuando estamos pensando en alguien basta con el pronombre, porque sabemos de quién se trata; en cambio si estamos conver­sando debemos dar el nombre, porque la otra persona no puede leernos la mente. Joyce se quejaba porque Nora no parecía dis­tinguir claramente entre él y los otros hombres que había conoci­do; Molly pareciera estar aquejada de una indiferencia similar, y muchas veces está pensando en Bloom o Boylan no en tanto indi­viduos, sino como representantes de la categoría “hombre”: para esos casos, la palabra “él” es más adecuada que el nombre propio. Molly, además, los compara en cuanto a potencia, tamaño, perfor­mance... no tiene problema en convertir a los hombres en objetos sexuales, y más de uno, entre los lectores iniciales, debe haber pensado: “así no piensan las mujeres”. O sea, “así no tienen derecho a pensar las mujeres”. En ese sentido, parece que Boylan viene bien en dimensiones y repeticiones, aunque no tenía tal tremenda canti­dad de esperma cuando lo hice sacarla y acabarme encima, y como la última vez lo dejó acabar adentro, piensa en los embarazos, en los suyos y en los de la señora Purefoy y suponiendo que arriesgara tener otro no con él (Boylan ) sin embargo aunque si fuera casado estoy segura de que tendría un hermoso chico fuerte pero no sé Poldy tiene más esperma sí eso me daría mucha alegría
          Si de tener hijos se trata, Poldy es el ganador, y “cetro” Boylan viene cola. La palabra inglesa, spunk, tiene un sentido literal, “esperma”, y otro figurado: vigor, vitalidad, garra. Las fantasías de Bloom sobre la potencia sexual de Boylan no eran del todo infun­dadas, pero el resultado neto del encuentro de esta tarde ha sido el de fortalecer la virilidad de Poldy a los ojos de Molly, más que de disminuirla.
          Otro rasgo de la amoralidad de Molly estriba en que no siente culpa alguna por lo que hizo, a lo sumo aparecen reflejos culposos, como cuando escucha el trueno me despertó como si fuera el fin del mundo Dios ten misericordia de nosotros creí que el cielo se venía abajo para castigamos pero la arregla fácil me santigüé y dije un ave­maria. Este es el mismo trueno que aterró a Stephen en el capítulo 14; Molly tuvo educación católica como él pero se ve que no prendió con la misma fuerza. Para un cristiano, el trueno es la manifestación de un Dios padre que lo empequeñece y humilla; para la esencial­mente pagana Molly, es la presencia de lo sublime, una manifestación de la potencia divina de la naturaleza, como esas espantosas descar­gas eléctricas en Gibraltar y luego vienen y le dicen a una que no hay Dios... Noten que el ateo militante Joyce no le impone su credo a sus personajes, ni siquiera a los principales y valorados positivamente. El deísmo pagano de Molly está, así, a la par del ateísmo blasfemo de Stephen y al agnosticismo positivista de Bloom.
El cirio que encendí esa tarde en la capilla (...) Él se burlaría si supiera porque nunca va a misa o a los actos de la Iglesia él dice tu alma no tienes alma solamente materia gris porque él no sabe lo que es tener una sí cuando encendí la lámpara sí porque él ha de haberlo hecho 3 o 4 veces con esa tremenda cosa roja grandota que tiene
          Un buen ejemplo de la dinámica, lógica y sintáctica, del monó­logo interior: de la potencia de la naturaleza a la potencia de Boylan, de la lámpara (generalmente roja) y el cirio, al falo erecto; el que funciona como shifter (con un pasamos de Bloom a la lámpara, con otro, de la lámpara a Boylan); el él para pasar de un hombre a otro sin tropiezos.
          Ahora se empieza a preguntar por qué Bloom llegó alzado de la calle:
supongo que fue el encuentro con Josie Powell y el funeral y pensar en mí con Boylan lo que lo entusiasmó ...sé que estaban arrumacándose un poco cuando aparecí en escena...
          Está recordando la época del noviazgo, la reunión en lo de Georgina Simpson, la tarde del “tipoteo” (cf. cap.15), y Molly imagina un amorío entre Bloom y Josie que ella corta con un decidido y folletinesco lo amas y la miraría directo a los ojos ella no podría engañarme. Josie habría sido, además, la verdadera cau­sante de la discusión que tuvieron Bloom y Molly sobre Cristo, que habría sido, según un cliché de época ardientemente asumido por Bloom, el primer socialista.
       Esta es la primera instancia en la que Molly recurre al pasado para reavivar las llamas del presente: yo podría hacer que se recon­ciliara cuando quisiera yo sé cómo hacerlo, aunque es cierto que tampoco en aquel momento Bloom cayó rendido a sus pies, y supo juguetear con la proverbial “mejor amiga” de Molly para hacerse más deseable: tuve un trabajo de todos los diablos para sacárselo pero no me disgustaba porque eso demostraba que podía conte­nerse y que yo no iba a conseguirlo con sólo pedirlo... El objeto de “sacárse/o” y “pedir/o” es el último del capítulo. Y Molly, es evidente, estaba muerta por él:
          Era muy buen mozo en ese tiempo tratando de parecerse a Lord Byron y yo decía que me gustaba aunque era demasiado hermoso como hombre (Byron ) y él (Bloom) lo era un poco antes de que nos comprometiéramos
         Su triunfo final es que ella se consiguió un marido decente mientras la otra tiene que aguantarse al chiflado de Breen: pre­feriría morirme 20 veces antes que casarme con otro de su sexo naturalmente él nunca encontraría otra como yo
         Parece una crítica, pero en realidad está diciendo que no lo cambia por ninguno. Habrán notado que en el monólogo los números aparecen en cifras: 20 veces, 2 días etc. Esta es otra dife­rencia entre lenguaje interior y lenguaje comunicativo: cuando hablamos decimos los números en letras, pero cuando pensamos los pensamos en cifras.
 
oración 2:
                 Son todos tan diferentes Boylan que hablaba de la forma de mi pie que observó en seguida aun antes de ser presen­tado cuando yo estaba en el dbc
 
         Nos enteramos que se conocieron en el Dublin Bakery Company; ella estaba con Poldy y el otro le puso los ojos encima, y a partir de ahí Molly se puso en campaña: fui a tomar el té 2 días después pero no estaba y enseguida vuelve a Bloom lo hice acabar una vez con mi pie la noche después del concierto malogrado de Goodwin (ahora entendemos por qué Bloom tiene recuerdos tan gratos de esa noche, cf. cap. 8), y más instancias de los juegos fetichistas de Bloom: y otra vez eran mis botines llenos de barro le hubiera gusta­do que caminara pisando todo el estiércol de caballo que yo pudie­ra encontrar con seguridad que él no es natural como el resto del mundo y recuerda cómo él le suplicaba que le diera un pedacito de sus calzones, y la vez que amenazó arrodillarse en la lluvia si ella no se levantaba la falda, y cómo sabía besarla en el corazón, y le escri­bía cartas llenas de obscenidades que ella simulaba no entender, y el día de su cumpleaños porque era el 8 le mandó ocho amapolas, y una noche en Dolphin”s Barn besó su corazón yo no sabría descri­birlo te hace sentir como nada en esta tierra, y concluye me gustaba como cortejaba entonces además sabía cómo atraer a una mujer
         Aunque en seguida llegan las comparaciones: nunca supo abrazar tan bien como Gardner. Este Gardner no está en la lista de pretendientes de Bloom, prueba de que cuando Molly quiere, puede hacer cosas sin que él se entere (y que esta vez ha elegido montar su romance con Boylan como una representación para su marido). Por lo mismo juega con la idea de mostrarle las escaleras del coro, donde la besó Bartell D’Arcy (que Bloom sí incluyó en la lista). Molly sin duda tuvo un romance con Gardner, aunque no hay referencias directas a encuentros sexuales; recuerda la can­ción cuya romántica y algo ñoña frase Oh mi heart kiss me straight on the brow and part (besame en la frente y parte) se convierte, al cantarla, en la obscena kiss me on the brown part (besame en la parte marron). Y Bloom, piensa, cree que no puede pasar nada sin que él lo sepa él no tenía ni idea acerca de mi madre hasta que estuvimos comprometidos de lo contrario no me habría consegui­do tan barato
          Los críticos especulan sobre cuál puede ser este secreto: es claro que Molly creció sin su mamá y nunca se nos dice que haya muerto, acá se sugiere que pudo ser hija ilegítima de la unión muy frecuente entre un militar estacionado en Gibraltar y una soldade­ra. Otros sugieren que le oculta que su madre era judía, aunque el parezco judía como mi madre.
          La próxima cita con Boylan es el lunes y Molly anticipa el concier­to de Belfast donde estarán solos, y agradece que Bloom tiene que ir a Ennis por el aniversario de la muerte del padre; si no, lo tendría encima todo el tiempo, no podría decirle (a Bloom) que se quedara quieto con él (Boylan) en la pieza de al lado (porque lo calentaría la situación, y también por competencia) después de haberle dicho que nunca hacíamos nada naturalmente no me creyó (...) está muy bien con el marido pero no se puede engañar a un amante
          Por el escándalo (que implicó procesos legales contra las nove­las que las incluyen) se ha hecho habitual comparar a Molly con Emma Bovary, pero lo que salta a la vista son las diferencias: en Molly no encontramos ese elemento de autoengaño y de fantasía romántica; Molly, que también lee novelitas romántico-eróticas, pero menos pretenciosas, es una Emma con los pies en la tierra: la verdadera Madame Bovary de Ulises es por supuesto Gerty MacDowell. Lo que caracteriza a Molly no es el divorcio, sino la coherencia, entre sus actos, sus sentimientos y su conciencia. Emma, cuanto más compara a su marido con sus amantes, más lo desprecia; en Molly sucede exactamente lo contrario. Escuchando a Bloom, cuyos sentimientos de inferioridad fueron especialmente pronunciados en este día de todos los días, quizá habíamos llega­do a sentir que Molly lo tenía en menos; ahora entendemos que esta sensación es un efecto de la jamesiana técnica del punto de vista que Joyce aplica.
          Sus recuerdos vuelven una y otra vez a Bloom: la vez que se les iba el tren y salió con el plato de sopa al andén; otra que un obrero nos dejó solos en el coche ese día que íbamos a Howth; también musita sobre la relación entre la política y la música: menciona a Kathleen Kearney, cuya madre frecuentaba los círculos nacionalistas para favo­recer la carrera de su hija (ver “Una madre” de Dublineses), mientras que a Molly la perjudicó que su padre estuviera en el ejército (inglés, claro), y que Poldy fuera masón y judío, aunque ande por ahí última­mente con algunos de esos Sinner Féinn y ese hombrecito sin cogote que me mostró es muy inteligente el hombre del porvenir Griffith pero Molly detesta la política, sobre todo después de la guerra que se llevó a Gardner, quien murió en Sudáfrica de fiebre tifoidea. A su manera, Molly comparte la postura pacifista y antichovinista de Bloom y Stephen: no le importa que los nacionalistas irlandeses apoyaran la causa bóer, ni que Gardner fuera un oficial del ejército de ocupación. Luego, en rápida sucesión, se pregunta cómo sacarle a Boylan plata y regalos; si convendría, dado el peso del susodicho, de hacerlo a lo perrito como la señora Mastiansky; recuerda la furia de Boylan porque “un extranjero” ganó la Copa de Oro (y lo lectores sabemos quién es ese “caballo oscuro”); arroja sus dardos contra Lenehan y Val Dillon, ambos de la comida de Glencree (lejos de la pasividad de su antecesora, esta Penélope ayuda a su Odiseo a masacrar a los pretendientes); concluye que, por más príncipes que puedan ser, todos los hombres son iguales (aunque la oración comenzó con son todos tan diferentes y aunque le gustaría probar con un negro, así como al marido le daría curiosidad con una negra (cf. cap.13); acu­den a su mente el cinturón de castidad de la actriz Lily Langtry y el cuchillo de ostras que habría usado su amante, el príncipe de Gales; anécdota que aporta un tono sadomasoquista que se continúa en sus reflexiones sobre los libros que le trae Bloom: las obras de Master François ( Gargantúa y Pantagruel de Rabelais, tal vez un homenaje de Joyce a una de las pocas novelas que, junto con el Tristram Shandy de Sterne, puedan considerarse precursoras de su Ulises); Ruby, el orgullo de la pista (cf. cap. 4) y Las tiranas rubias de James Lovebirch. Este libro estaba entre los que Bloom hojeó en el capítulo 10; Lovebirch existió realmente, su apellido significa “abedul de amor” o, dado que la novela parece tratar sobre la flagelación, “azote de amor”; debe ser un seudónimo, pero recordemos al increíble Paul de Rock.
   y cómo podía ir al baño cuando tenía ganas (hemos vuelto a Lily y su cinturón) y la visita de Su Majestad a Gibraltar, y la fanta­sía de Molly de ser amante de rey podría haberme plantado a mí si hubiera venido un poco antes entonces yo no estaría aquí y de estas cumbres de la fantasía sexual baja a la planicie de la econo­mía doméstica, tendría que largar el Freeman por los miserables chelines que saca y entrar en una oficina, recuerda la vez que lo echaron del mercado de hacienda y ella tuvo que ir a pedir por él al señor Cuffe, que no podía sacarle los ojos de los pechos: en la puerta cuando él dijo lo siento muchísimo y estoy segura que lo sentía y como cierre de la segunda oración Molly se despacha a otro pretendiente.
 
 ración 3:  
                   Otro sí, y los pechos de Molly, proveen la transición: sí yo creo que él los puso más firmes chupándolos así, y la belle­za relativa de hombres y mujeres son tan hermosas naturalmente comparadas con un hombre con sus dos bolsas llenas y la otra cosa colgando hacia afuera o señalándola a una como una percha no es extraño que la tapen con una hoja de repollo la mujer es la belleza naturalmente eso es sabido cuando él dijo que yo podría posar des­nuda pero a pesar de eso siempre están tratando de mostrársela a una (...) como si fuera 1 de las 7 maravillas del mundo y de vuelta a sus pechos ahí está la marca de sus dientes todavía donde inten­tó morder el pezón tuve que gritar (...). Se acuerda de Penrose, ese estudiante mirón cuyo nombre Bloom no podía recordar en el capítulo 8, que efectivamente una vez casi le ve los pechos des­nudos por la ventana (otro pretendiente menos) y recuerda que tenía los pechos repletos de leche con Milly y cuando la destetamos tenía que hacérmelas chupar por él (...) después quería ordeñarme dentro del té si yo pudiera acordarme sólo la mitad de sus cosas podría escribir un libro con eso las obras de Master Poldy sí y de Poldy a Boylan como un bebé grandote encima quieren todo en la boca y quisiera que él estuviera aquí o alguien con quien dejarme ir y acabar otra vez así me siento poseída por un fuego interior si pudiera soñarlo cuando me hizo gozar la segunda vez cosquilleán­dome atrás con el dedo estuve como 5 minutos rodeándolo con las piernas gozando luego tuve que estrecharlo oh Señor tenía ganas de bramar y decir mierda carajo o cualquier cosa (pero no lo hizo) bruto salvaje jueves viernes uno sábado dos domingo tres oh Señor no puedo esperar hasta el lunes
 
oración 4:
                  Cada oración tiene un motivo dominante, y si en la anterior fueron los pechos, en esta son las cartas. Empieza con el ruido del tren, que le hace pensar en el calor de las máquinas, y en el calor que hizo antes de que se largara a llover, casi tanto como en Gibraltar, y esta parte está dedicada a los recuerdos de la infancia y adolescencia en Gibraltar, el calor, el color y la naturale­za de este perdido paraíso de naturaleza, en contraste con la fría, gris y urbana Dublin.
          ¿Por qué Joyce hizo nacer a Molly en Gibraltar? Por un lado, le permite hacer una serie de referencias a la cultura y geografía mediterráneas, algo muy conveniente en un libro que recrea la Odisea; Gibraltar es también una colonia inglesa, como Irlanda, pero a diferencia de ella, era una zona muy cosmopolita, de mez­cla racial y cultural, como Trieste, mientras que Dublin era muy homogénea y muy provinciana. En el capítulo 9, Stephen había dicho que la paternidad es un vacío y la maternidad una roca, y Molly viene justamente de la roca de Gibraltar. En la Odisea el Estrecho de Gibraltar es el límite del Mediterráneo, y por lo tanto del mundo: el Ulises de Dante lo atraviesa y termina condenado al infierno por ir más allá de los límites establecidos para el cono­cimiento humano (en la Edad Media se condena a Ulises por lo mismo que en el Renacimiento se lo admira).
           Molly recuerda una pareja amiga, los Stanhope, que de alguna manera la adoptaron, y que Mr. Stanhope la miraba con ganas (otro pretendiente ausente de la lista); con ellos fue a una corrida de toros en La Línea (el pueblo español del otro lado de la fron­tera) y una vez que el matrimonio partió, Molly y Hester se siguie­ron escribiendo. Le gustaba tanto recibir cartas que a veces se las escribía a sí misma; aunque la última, la de Boylan, ha sido algo decepcionante: ojalá que la próxima me escriba una carta más larga (...) quisiera que alguien me escribiera una carta de amor la suya no fue gran cosa y yo que le dije que podía escribir lo que quisiera tuyo siempre Hugh Boylan.
          Boylan no parece ser muy de escribir cartas de amor, y además es probable que no quiera dejar pruebas que puedan compro­meterlo en un escándalo; pero lo cierto es que, poco a poco, el monólogo de Molly va desromantizando a Boylan, ubicándolo en el lugar que le corresponde, que es el de padrillo. Eso no quiere decir que piense renunciar a él, por lo menos, hasta que Poldy se ponga las pilas.
 
oración 5.
                    la de Mulvey fue la primera carta de amor, recuerda Molly, también fue el primer hombre que me besó bajo la pared morisca, y cantaba llevaré una rosa blanca (con elementos como estos Joyce empieza a enriquecer la matriz predominantemente psicológica del monólogo con elementos poéticos y musicales) le dije en broma que estaba comprometida con el hijo de un noble español llamado Don Miguel de la Flora y ahora piensa se dicen muchas verdades en broma hay una flor que florece, porque al final terminó casándose con Bloom (“florecer”) y recuerda la canción que comienza there is a flower that bloometh de la ópera Maritarla. Con Mulvey tuvo su primera experiencia sexual, que no trajo aparejada la pérdida de su virginidad:
          Son locos por entrar allí de donde han salido (...) sí porque hay una maravillosa sensación allí mientras dura tan tierno cómo terminamos sí oh sí yo lo hice acabar en mi pañuelo fingiendo no estar excitada pero abrí las piernas no quería dejarlo que me toca­ra (...) semanas y semanas guardé el pañuelo debajo de la almo­hada porque tenía su olor... El Romanticismo de Molly nunca se vuelve etéreo, ni tampoco pierde su lado práctico dijo que volvería Señor es como si fuera ayer a buscarme y yo le prometí sí fielmen­te que podría hacérmelo si estaba casada.
         Estas aberraciones a las que llevaba este culto de la virginidad son el tema de una novela Senectud de ítalo Svevo, que Joyce había leído en Trieste: Emilio, el protagonista, desea tener de amante a Angiolina y la convence de que se case con otro para que puedan hacerlo sin riesgo.
        Mulvey también le dio un anillo, que ella luego entregaría a Gardner (como hija de soldado, Molly parece tener debilidad por los uniformes), luego vuelve a Kathleen Kearney y su hato de chillonas (...) una sarta de gorriones pedosos pajaroneando por
ahí hablando de política (...) les daría un patatús si tuvieran algu­na vez la oportunidad de pasear por la Alameda del brazo de un oficial como yo.
Y casi sin transición
que empiecen por conseguirse un marido presentable y una hija como la mía o que vean si pueden excitar a un elegante con dinero que puede escoger y elegir a quienquiera como Boylan para hacerlo 4 o 5 veces abrazados o la voz podría haber sido una prima donna pero me casé con él
          Algo típico de Molly: empieza elogiando a Bloom y termina echándole la culpa de su carrera fracasada (algo en lo cual ni ella cree, es sólo una excusa para masajear su ego).
         Vieja canción de amoor profundo la barbilla recogida pero no demasiado porque aparece la papada El Retiro de mi amada es demasiado largo para un bis (...) sí cantaré Vientos que soplan del Sur.
          Molly está ensayando mentalmente, y como sugestionada por el título de la última canción siente mi agujero me pica siempre cuando pienso en él siento que quiero siento un poco de viento adentro mejor andar con cuidado para no despertarlo
           Este podría ser uno de sus raros momentos pudorosos, pero no:
O lo voy a tener encima baboseándome otra vez.
          Y finalmente:
Sí retenerlos así un poquito de costado piano calladamente duuuuul ahí está ese tren lejos pianissimo canción uno más del amooooor.
          Como su marido en el capítulo 11, Molly es capaz de convertir­se en un instrumento de viento. Presten atención a este momento, uno de los hitos en la representación literaria de la sexualidad en occidente: una mujer puede tirarse pedos en la cama sin dejar de ser seductora y sensual. La apuesta de Joyce vuelve a ser, como en aquella escena del capítulo 8 donde la cópula de dos moscas hacía de marco para una maravillosa escena erótica, superar la antinomia erotismo / corporalidad. Me explico: la representación erótica es, en cuanto a las funciones corporales, absolutamente mojigata, pues debe evitar o reprimir todo lo que pueda interferir con su propósito excluyente: la excitación. El erotismo es, según la clasificación de Stephen, arte cinético; su función no es repre­sentar el sexo, sino apenas excitar: y para eso debe producir una imagen eufemística y edulcorada del acto sexual, que corresponda a las fantasías sexuales, más que a los actos sexuales, que deje fuera todo lo que podría disminuir la excitación, como pedos, preser­vativos y tampones usados, mocos, y otros adjuntos no eróticos de la sexualidad. La representación estética, en lugar de erótica, de la sexualidad, implica para Joyce incluir todo lo que el erotismo considera material de desecho.
 
oración 6:
                  Una vez más, el comienzo de una oración continúa el tema de la anterior eso fue un alivio dondequiera que estés el viento no guardés y, siempre niña al fin, más recuerdos de Gibraltar, que andaba desnuda por su cuarto segura de que un vecino la miraba, pero apagaba la luz cuando se sentaba en la pelela, y de vuelta a Bloom y su pedido del desayuno y, ama de casa al fin, las compras del día siguiente y, amante al fin, un proyecto de picnic con Bloom y Boylan y, esposa al fin, recuerdos de una vez que subieron con el inútil de su marido a un bote de remos y casi se ahogan (cómico sí consideramos que quien remaba era nada menos que “Ulises”), y de todas las cosas que le dijo a papá que iba a hacer pero yo no me la tragué me contaba de los hermosos lugares a donde iríamos a pasar la luna de miel Venecia a la luz de la luna con las góndolas (...) se merece una medalla de cuero con borde de masilla por todos los planes que inventa y pasando a su soledad en la gran casa vacía ahora que Milly no está linda idea la suya de mandar a la chica allí para aprender a sacar fotografías (...) lo hizo por mí y por Boylan por eso es que lo hizo estoy segura de la forma en que planea y trama todas las cosas
 
          Nuevamente esta idea: el “fecundo en ardides” Bloom, lejos de ser una víctima, es quien ha planificado el adulterio de Molly. Y tras una serie de pensamientos sobre Milly (como madre, Molly tiende más a la competencia que al amor maternal) y su propia sexualidad (yo nunca pude acabar bien hasta que tuve cuánto 22 o algo) vienen las quejas por el servicio doméstico, y por Bloom que trae gente a la casa sin avisarle y encima la hace pasar a la cocina: una lástima que no fuera día de lavado así mi par de calzones viejos podría haber estado colgado exhibiéndose en la
soga por lo que a él le importaría con la marca de la plancha que ese estúpido envoltorio de vieja les dejó él (Stephen) podría haber pensado que se trataría de otra cosa
          Se levanta, se sienta en la pelela, y se da cuenta de que le ha venido: esta es la única sangre que se derrama en esta pacífica Odisea. Responsabiliza a Boylan: claro tanto meter y hurgar y arar en mi interior ahora qué voy a hacer viernes sábado domingo no se le iría a una el alma a los pies a menos que a él le guste algunos son así Dios sabe que siempre tenemos algo mal 5 días de cada 3 o 4 semanas el remate mensual
         no quiero arruinar las sábanas limpias
         Piensa en la tontería de los hombres que quieren la sangre como prueba de la virginidad
        tinta roja bastaría o jugo de zarzamora no eso es demasiado purpúreo oh Jamesy déjame salir de esto ufa
        Un chiste privado: Molly se dirige a su creador.
        Quién sabe si tendré algo dentro
        Y sentada en la pelela Molly hace su música de cámara (cham­ber music), juego verbal que ya fue anticipado por Bloom en “Sirenas”).
 
 oración 7.
                  Y de eso pasa al Dr. Collins, un ginecólogo, que como el padre Corrigan la irrita porque no llama a las cosas por su nombre y hace preguntas incómodas me preguntó si tenía olor ofensivo (...) qué pregunta si yo se lo refregara por su cara arru­gada con todos mis cumplimientos supongo que entonces sabría. Y de ahí por contraste salta a la carta de Bloom preciosa mía todo lo relacionado con tu magnífico Cuerpo todo subrayado lo que viene de él es belleza y alegría para siempre.
             El ideal de belleza de Bloom, como el de Joyce, es inclusivo más que selectivo. Y Molly responde al homenaje como corresponde:
          Algo que sacó de algún libro disparatado y yo no podía parar 4 o 5 veces por día a veces pero después le decía que no había (hecho nada).
          y sus caprichos sexuales la noche que no lo dejé lamerme en Holles Street hombre hombre tirano como siempre por de pronto durmió desnudo sobre el piso la mitad de la noche como hacían los judíos cuando moría algún ser querido y no quiso comer nada al desayuno (...) y entonces pensé que había resistido bastante por una vez y lo dejé
          Y después recuerda haber leído la noticia del funeral en el dia­rio que trajo Boylan (la misma que leyeron Bloom y Stephen en el 16) y tras pasar revista a los asistentes (Tom Reman que se mordió la lengua al caer por las escaleras del pub (“Gracia”), Jack Power que mantiene una querida, M’Coy cuya esposa Fanny queriendo cantar mis canciones tendría que nacer de nuevo pensamientos similares a los de Bloom en los caps. 5 y 6) concluye que todos ellos forman un lindo lote bueno no se apoderarán de mi marido mientras yo pueda salvarlo de sus garras para después burlarse de él a sus espaldas (...) porque él tiene bastante juicio como para no despilfarrar con sus gaznates cada centavo que gana y cuida de su esposa y familia inservibles.
          Lo cual no deja de ser cierto si lo comparamos con, por ejem­plo, Dedalus. Y de Simon los pensamientos de Molly pasan al hijo de Simon qué es lo que él se propone al enseñarle mi fotografía (...) me extraña que no se la haya regalado del todo junto conmigo y lo recuerda de niño hace 11 años ahora sí él debía de tener 11 (es por supuesto significativo que en su recuerdo Stephen tenga la edad que tendría hoy Rudy) aun cuando qué objeto tenía ir de luto por uno que no era ni una cosa ni la otra claro él insistió sería capaz de ponerse de luto por el gato y también lo vio en lo de Matt Dillon (Stephen tenía cinco, cf. cap.14) y en las cartas esta mañana cuando las eché unión con un joven desconocido ni morocho ni rubio con el que ya te habías encontrado antes me pareció que se refería a él (Boylan) pero no es ni un jovencito ni un extraño; de todos modos la confluencia ha sido establecida y Molly empieza a pensar en Stephen como potencial amante; recuerda un sueño había algo de poesía en él espero que no tenga el cabello largo gra­siento (...) yo creía que era un poeta como Byron (aquí ha vuelto a Bloom) quisiera saber si no es demasiado joven debe de tener espera (...) 20 o más no soy demasiado vieja para él si tiene 23 ó 24 (...) Dios sabe que sería un cambio tener una persona inteligente con quién hablar de una no siempre escuchándolo a él (Bloom ) e imagina a Stephen como esa estatua de Narciso que Bloom trajo a casa, esa es la verdadera belleza y poesía para mí a menudo sentí que deseaba besarlo por todos lados también su amoroso pitito tan lindo no me importaría ponérmelo en la boca si no mirara nadie es como si estuviera pidiendo que lo chuparan tan limpio y blanquito él mirando con esa carita de niño no emplearía ni ½  minuto aunque cayera algo de eso total qué es algo así como avena con leche o como rocío además él (Stephen) debe ser tan limpio
          Al menos en este punto, Molly se vería algo decepcionada. En su fantasía, se prepara para estar a la altura de Stephen:
         leeré y estudiaré todo lo que encuentre o aprenderé algo de memoria si supiera quién le gusta para que no piense que soy estú­pida (...) luego escribirá de mí amante y señora públicamente tam­bién con nuestras dos fotografías en todos los diarios cuando él se haga famoso oh pero entonces qué voy a hacer con él sin embargo
          El ensueño nocturno de Molly se corta cuando recuerda que está casada, y es evidente que no tiene ninguna gana de dejar a Bloom. Pero de algo le ha servido la fantasía: Stephen ha hecho de puente para que la imaginación deseante de Molly pase de Boylan a Bloom; como queda claro al comienzo de la...
 
 oración 8:
                       ...no esa no es manera no tiene modales ni refi­namiento ni nada golpeándome así el trasero porque no lo llamé Hugh el ignorante no sería capaz de distinguir entre una poesía y un repollo
          Es llamativo que en este capítulo donde reina el sí, la última oración empiece con “no”. Esta última oración, que va a terminar con el “sí” a Bloom, comienza con un “no” a Boylan, lo que no significa que lo descarte enteramente, sino que simplemente lo
pone en su lugar:
    una podría estar lo mismo en la cama con qué con un león (...) oh bueno supongo que debido a que estaban tan redonditas y excitan­tes en mi enagua corta (...) para qué nos dieron si no todos estos deseos quisiera saberlo qué puedo hacer yo si soy todavía joven
          Sin dejar de reconocerle sus méritos y dándole las gracias por los servicios prestados, Molly acaba de dar cuenta del último, y principal, pretendiente, que ya no volverá a aparecer en sus pen­samientos, los que la novela registra al menos. Sus fantasías sobre recorrer el puerto y buscarse un marinero, además de cuestionar una vez más los roles y prerrogativas de cada sexo, son también una manera de decirse que no necesita tener romance para tener sexo, que lo que le da Boylan se lo puede conseguir cuando quie­ra. Son los hombres, en cambio, los dependientes:
        donde estarían todos ellos si no hubieran tenido una madre que los cuidara cosa que yo nunca tuve es por eso supongo que él anda desenfrenado ahora de noche lejos de sus libros y sus estudios
         “Él” es Stephen por supuesto, pero ya no como potencial amante, es una cosa triste en realidad que aquellos que tienen un hijo como ese no estén satisfechos y yo ninguno no fue capaz de hacerme uno no fue culpa mía lo hicimos la vez que yo estaba observando los dos perros montándola en plena calle eso me desanimó del todo (...) pero yo sabía bien que nunca tendríamos otro nuestra 1ra muerte también nunca fuimos los mismos desde entonces oh no quiero entristecerme más pensando en eso me gustaría saber por qué no quiso quedarse a dormir.
          Y mientras sus pensamientos pasan de Stephen a Rudy y de vuelta a Stephen, lo que predomina es la imagen de Stephen como hijo vagando por la ciudad para ir a dar con alguna buscona o algún asaltante a su pobre madre no le gustaría eso si viviera y su edad baja en consecuencia debe de ser tan tímido como un niño tan joven apenas 20.
           El inusual apellido de Stephen le recuerda los nombres españo­les de Gibraltar: Molly está tensando los hilos que atan el pasado al presente: declaro ante Dios que no me siento un día más vieja que entonces, y así rejuvenecida, vuelve a ver a Stephen como posible amante, se imagina sirviéndole el desayuno (un desplazamiento del pedido de Bloom); pero al igual que en las fantasías sexuales, en esta ensoñación nocturna Molly fantasea con uno para hacerlo mejor con otro, porque el verdadero destinatario de su libido rejuvenecida, ella lo sabe mejor que nadie, no será otro que su marido:
      Le voy a dar una oportunidad más me levantaré temprano por la manana (...) podría dar ima vuelta por los mercados para ver las verduras y los repollos y los tomates y las zanahorias y toda clase de espléndidas frutas imagina una gran pera jugosa que se derritiera en la boca y luego me pondré la camisa y los calzones mejores para que se le llene bien el ojo que se le pare el pito se lo haré saber si eso lo que él quiere que le trinquen a la mujer y requetebién trincada hasta que me llegue a la garganta (...) después si quiere besarme el culo me bajaré los calzones de un tirón y se lo pondré bien en la cara tan grande como la vida él puede meterme la lengua hasta el tope adentro del agujero ya que empezó mi parte marrón después le diré que necesito £1
          Momentos antes se había referido críticamente a esta costum­bre de Bloom no doy un rábano por un hombre capaz de besarle el culo a una mujer (...) donde no hay un adarme de expresión ninguna clase ahí somos todas iguales pero nosotros sabemos que es justamente la muda inmutable madura animalidad que el culo expresa lo que Bloom estaba homenajeando, y que Molly entiende la diferencia entre el beso reverente de Bloom y la palmada confianzuda de Boylan.
           Se propone también llenar la casa de flores y recuerda la canción me pondré una rosa blanca (...) me gustan las flores me gustaría tener toda la casa nadando en rosas Dios del cielo no hay nada como la naturaleza (...) en cuanto a los que dicen que no ha Dios no daría un chasquido de mis dos dedos por toda su ciencia por qué no van y crean algo yo a menudo se lo he dicho ateos como se llamen (...) quién fue la primera persona en el universo antes de que hubiera nadie que lo hizo todo ellos no saben ni yo tampoco así que ahí tienes podrían igualmente tratar de impedir al sol que saliera por la mañana
         Su negación de los negadores le recuerda una de las frases que más le llegó cuando Bloom la cortejaba:
           El sol brilla para ti me dijo el día que estábamos acostados entre los rododendros sobre el promontorio de Howth.
        Y quienes recuerden el capítulo 8, y ahora es necesario recordar el capítulo 8, descubrirán que el recuerdo más vivido y emotivo de sus vidas es el mismo para ambos:
      Con el traje de tweed gris y sombrero de paja el día que conseguí que se me declarara sí primero le pasé el pedacito de pasó que tenía en mi boca y era año bisiesto como ahora sí hace 16 años mi Dios después de ese beso largo casi me quedé sin aliento sí me dijo que era una flor de la montaña sí entonces somos flores todo el cuerpo de una mujer sí esa fue la única verdad que me dijo en su vida y el sol brilla para ti hoy sí por eso me gustaba porque vi que él entendía lo que era una mujer y yo sabía que siempre iba a poder hacer de él lo que quisiera y le di todo el placer que pude llevándolo a que me pidiera el sí y primero  yo no quería contestarle sólo miraba hacia el mar y hacia el cielo y estaba pensando en tantas cosas que él no sabía de Mulvey el señor Stanhope y de Hester
           Presente y pasado están en este momento no tanto fundiéndo­se sino hojaldrándose: recuerda hoy que cuando Bloom la besó en Howth ella recordó a:
     Gibraltar cuando yo era chica y donde yo era una Flor de la montaña sí cuando me puse la rosa en el cabello como hacían las chicas andaluzas o me pondría una roja sí y cómo me besó bajo la pared morisca y yo pensé bueno tanto da él como otro
          Acá la fusión se produce porque el sujeto de me besó es Mulvey pero el de tanto da él es Bloom; confluyen su primer amor, Mulvey, con el último que es el actual, Bloom; y el primer beso de Gibraltar con el de Howth.  Howth Head es un peñón que cierra al norte la Bahía de Dublin, es lo más parecido al peñón de Gibraltar que puede mostrar su geografía. Por algo en los recuerdos de Molly los dos se asocian, incluso por las flores, que son uno de los motivos unificantes del capítulo.
          Molly recupera y revive, trayendo del pasado al presente, una epifanía en la cual se funden Gibraltar y Dublin, su adolescencia y su juventud, el sujeto y la naturaleza, el interior y el exterior, una persona con otra: su actual marido. Y a la vez, y sin contradicción, aparece la astuta y calculadora “Weib”: y yo sabía que siempre iba a poder hacer de él lo que quisiera / y yo pensé bueno tanto da él como otro. Y finalmente:
      y después le pedí con los ojos que me lo preguntara otra vez y después él me preguntó si yo quería sí para que dijera sí flor de la montaña y yo primero lo rodeé con mis brazos sí y lo atraje hacia mí para que pudiera sentir mis senos todo perfume sí y su corazón golpeaba como loco y sí yo dije quiero sí
          “No hay júbilo mayor en toda la literatura” apunta lacónica­mente Anthony Burgess (R[, 176). Tres grandes traductores argen­tinos, cada uno a su manera, honraron este final:
 
Jorge Luis Borges: “...y entonces le pedí con los ojos que me pidiera otra vez y entonces me pidió si quería sí para decirle sí mi flor serrana y primero lo abracé sí y encima mío lo agaché para que sintiera mis pechos toda fragancia sí y su corazón como enlo­quecido y sí yo dije sí quiero Sí”.
 
Ramón Alcalde: “...y luego le pedí con los ojos que me pidiera otra vez sí y luego me pidió si yo quería sí decirle que sí mi flor de la montaña y primero le puse los brazos alrededor de él sí y lo atraje hacia mí haciéndolo agacharse para que pudiera sentir mis senos todo perfume y su corazón marchaba como loco y sí yo dije sí quiero Sí.”
 
Enrique Pezzoni: “.. .y entonces le pedí con los ojos que volviera a pedírmelo sí y entonces me preguntó si quería para que le dijera que sí mi flor de la montaña y primero le eché los brazos al cuello y lo atraje hacia mí para que pudiera sentir mis pechos todos fragancia sí y su corazón galopaba como enloquecido y dije sí quiero Sí”. (2)
 
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1.(2) En los tres casos se realizó la traducción de la última página de Ulises. La versión de Borges es de 1924 y fue publicada en Proa. Las de Alcalde y Pezzoni fueron leí­das en la Escuela Freudiana de Buenos Aires el 5 de junio de 1981.
 

(Del libro: Ulises. Claves de lectura,
Grupo Editorial Norma, 2008)

 Carlos Gamerro

 

Carlos Gamerro nació en Buenos Aires en 1962. Es Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires y ha realizado estudios de guión cinematográfico en UCLA (lh.uu.). En 2007 fue visiting fellow en la Universidad de Cambridge y en 2008 fue invitado del International Writing Program de la Universidad de Iowa. Sus publicaciones incluyen Harold Bloom y el canon literario (2003). El nacimiento de la literatura argentina y otros ensayos (Norma, 2006) y las traducciones de Un mundo propio de Graham Greene, La mano del teñidor de W. H. Auden, Poesía y represión de Harold Bloom y Enrique Vili de William Shakespeare. Ha publicado las novelas Las Islas (1998, reeditado por Norma, 2007), El sueño del señor juez (2000), El secreto y las voces (Norma, 2002), La aventura de los bustos de Eva (Norma, 2004), y el volumen de cuentos El libro de los afectos raros (Norma, 2005). Ha dictado cursos y seminarios sobre la obra de James Joyce en la uba (2001), el MALBA (2005) y en forma privada.




sábado, 26 de diciembre de 2020

SOBRE LOS PREMIOS LITERARIOS


 











          A continuación, hablaré de los premios literarios. En primer lugar, me referiré, en concreto, al Premio Ryü- nosuke Akutagawa. No me resulta sencillo hablar de ello, pues se trata de algo real y concreto que me afecta directamente, pero quizá sea mejor hacerlo para des­pejar malentendidos. Creo que es mejor así. Hablar sobre el Premio Akutagawa es, tal vez, hacerlo de al­gún modo sobre la totalidad de los premios literarios. Y hablar sobre premios literarios equivale, en gran me­dida, a tratar sobre una cuestión fundamental relacio­nada con la literatura en la actualidad.

           Leí hace poco una columna sobre este asunto en la última página de una revista literaria. En uno de los pasajes, el autor afirmaba: «El Premio Akutagawa tie­ne, a mi modo de ver, un considerable halo mágico, un prestigio siempre realzado cuando ciertos escritores se ponen a alborotar cuando no lo ganan. Su autori­dad queda aún más patente porque existen escritores como Haruki Murakami que se alejan voluntariamente del mundo literario al no poder hacerse con él». La columna la firmaba Soma Yuyu, seudónimo de otra persona, por supuesto.
          Ciertamente, hace mucho tiempo, más de treinta años, opté al Premio Akutagawa en dos ocasiones. No lo gané en ninguna de las dos convocatorias. También es cierto que vivo y trabajo alejado del mundo litera­rio, pero la razón de mantener esa distancia no es el hecho de no haber ganado ese premio (o haber sido incapaz de ganarlo, como se quiera), sino el desinterés y desconocimiento que me impiden meter los pies en semejante terreno. No sé qué puedo hacer cuando hay gente que se pone a buscar y a dar por hecho causas y efectos de cuestiones que no guardan relación.
          Alguien escribe una columna en una revista afirman­do algo así y habrá quienes crean a pies juntillas que, en efecto, Haruki Murakami tomó la determinación de alejarse del mundo literario después de no ganar el Premio Akutagawa en dos ocasiones. De hecho, se pue­de dar el caso de que esa idea termine por transformar­se en una opinión generalizada. Me pregunto si una de las bases de la escritura no es dejar perfectamente claro cuándo algo constituye una afirmación basada en hechos o cuándo se trata de una mera suposición. Quizá debería alegrarme. Me dedico a escribir desde hace tres décadas y antes afirmaban que era el mundo literario quien me ignoraba a mí, no al contrario.
          Si estoy alejado del mundo literario es, en gran medi­da, porque nunca tuve intención de convertirme en escritor. Llevaba una vida normal, cuando de pronto se me ocurrió escribir una novela con la que gané un pre­mio al mejor escritor novel. No sabía nada del mundo literario, de cómo funcionaban los premios.
          En aquella época, además, tenía otra profesión y me pasaba los días de aquí para allá, sin apenas un minuto libre para resolver asuntos cotidianos. No sé cómo explicarlo, pero sentía como si mi cuerpo no fuera realmente mío, no tenía margen para relacionar­me con cosas que no fueran estrictamente necesarias. Desde que me convertí en escritor a tiempo completo, empecé a disfrutar de un margen más amplio. Sin em­bargo, enseguida adopté una forma de vida nueva que consistía en levantarme muy temprano y en acostarme pronto, y que incluía hacer ejercicio a diario. Con una rutina de vida así, es muy raro el día que salgo o estoy despierto hasta la medianoche. Nunca he ido a Golden Gai, la zona donde se dan cita los escritores, pero eso no quiere decir que sienta antipatía hacia ellos o hacia ese lugar en concreto, Cuando empecé a escribir, no tenía tiempo, y tampoco sentía la necesidad de ir a juntarme con nadie en ese lugar.
          Ignoro si el Premio Akutagawa tiene cierto halo mágico o si se trata de simple autoridad. Nunca había pensado en ello hasta que leí esa columna y tampoco sé quién lo ha ganado y quién no desde que se con­cede. Nunca me ha interesado saberlo y hasta hoy nada ha cambiado en ese sentido (más bien, ahora tengo aún menos interés). Si, como afirmaba el autor de la columna, de verdad tiene un halo mágico, a mí desde luego no me ha alcanzado. Puede que la magia se haya perdido en alguna parte antes de encontrarme.
          Opté al Premio Akutagawa con las novelas Escucha la canción del viento y Pintad 1973, pero, honestamente (y me gustaría de verdad que me creyeran), me daba igual ganarlo o no.
          Cuando me dieron el premio al mejor escritor no­vel de la revista literaria Gunzo con Escucha la canción del viento, fue una gran alegría. Lo digo alto y claro y con total sinceridad. Supuso un hito que cambió mi vida. El premio fue el pistoletazo de salida en mi carre­ra de escritor. Hay una gran diferencia entre disfrutar de esa gran oportunidad o no. Ante mis ojos se abrió una puerta y las posibilidades que se me ofrecían me hicieron sentirme capaz de arreglar todo lo demás. En aquel momento de mi vida no tenía tiempo para pen­sar lo que ocurría o dejaba de ocurrir con el Premio Akutagawa.
          Otra razón para no hacerlo era que ni siquiera yo estaba satisfecho del todo con el resultado de esas dos obras. Recuerdo que mientras las escribía sentía que apenas lograba exprimir un veinte o un treinta por cien­to de mi capacidad real como escritor. Como era la primera vez en mi vida que escribía una novela, no conocía bien las bases fundamentales del oficio. Lo pienso ahora y me doy cuenta de que quizá no fue tan negativo que sucediera del modo en que lo hizo. Pero dejemos ese asunto por el momento. Lo cierto es que partes considerables de esas dos obras no me gustaban.
          Por eso, ganar un premio literario al mejor escritor me pareció útil como puerta de entrada a un mundo nuevo en el que me estrenaba, pero de haber ganado el Akutagawa con obras de ese nivel, sin duda me ha­bría cargado con un lastre innecesario. Siempre he pensado que no merecía tanto reconocimiento como escritor en aquella etapa de mi vida. Planteado de otro modo: ¿de verdad se podía ganar ese premio con obras de semejante nivel? Estaba convencido de que, si de­dicaba un poco más de tiempo, podía hacer algo mucho mejor. Para alguien que no había escrito nada hasta ha­cía muy poco, pensar así podía resultar arrogante, pero, en mi opinión, sin cierta arrogancia es imposible con­vertirse en escritor.
          Tanto con Escucha la canción del viento como con Pin­ball 1973 varios medios coincidieron en señalar que eran las obras con más posibilidades de hacerse con el Premio Akutagawa. A mi alrededor todos esperaban que me lo concedieran, pero yo me sentí muy alivia­do cuando no ocurrió, por la razón que he mencio­nado antes. Entendí perfectamente el comentario justi­ficativo del fallo por parte del jurado. No sentí ningún tipo de rencor y tampoco se me pasó por la cabeza ponerme a comparar mis dos novelas con otras can­didatas.
          Entonces aún tenía mi bar de jazz en el centro de Tokio y trabajaba allí casi a diario. De hecho, me pareció que sería todo un inconveniente ganar el pre­mio y llamar la atención de la gente. No habría sig­nificado más que revuelo y alboroto. Era un trabajo de trato directo con los clientes y no hubiera podi­do escabullirme de las visitas indeseadas (reconozco que no me quedó más remedio que hacerlo en alguna ocasión).
          Después de optar al premio en dos ocasiones y no lograrlo ninguna de las dos, algunas personas del mun­do editorial con las que tenía relación me dijeron que estaba acabado y que nunca más podría optar al Akutagawa. Recuerdo la extrañeza que me produjo pensar que todo acababa ahí. El Premio Akutagawa casi siempre ha estado orientado a escritores que em­piezan su carrera. A los que ya llevan tiempo o a los consagrados, simplemente no los tienen en cuenta. Como señalaba la columna de la revista literaria a la que me refería antes, algunos nombres han llegado a optar al premio en seis ocasiones, aunque en mi caso solo fueron dos. No entiendo bien las circuns­tancias ni las razones para ello, pero al parecer tan­to en el mundo literario como en el editorial se pro­dujo el consenso de que Murakami estaba acabado. A mi entender, al pensar así seguían una especie de tradición.
          A pesar de que mis candidaturas no prosperaron, no me sentí especialmente desilusionado por ello. Más bien al contrario. Aliviado en gran medida, me libré del peso que representaba para mí ocuparme duran­te más tiempo de ese premio. Soy sincero cuando afir­mo que me daba igual ganarlo o no. En general, solo recuerdo el fastidio de tener que soportar el nervio­sismo de la gente más próxima a mí cada vez que se acercaba la fecha del fallo. Se creaba un ambiente ex­traño, una mezcla de expectación sazonada con un punto de irritación. Solo por el hecho de ser candida­to, la prensa se fijó en mí con una considerable reper­cusión hasta terminar por convertir todo el asunto en un auténtico fastidio. Viví dos veces esa experiencia y las dos me resultaron muy pesadas. Imaginar que año tras año se iba a repetir lo mismo me deprimía.
         Lo peor de aquello fue que todo el mundo pareció sentirse obligado a consolarme. Mucha gente vino a verme, se lamentaban por lo ocurrido y me daban áni­mos y esperanzas para la siguiente ocasión. Entiendo su buena fe (al menos en la mayoría de los casos), pero todos esos comentarios suscitaban en mí sentimientos contradictorios que me ponían en una situación com­prometida, hasta el extremo de verme obligado, al fi­nal, a ser yo quien dijera: «ya! Sí, sí...». De haber admitido que me daba igual ganar o no, creo que na­die me hubiera creído. Más bien habría terminado por enrarecer el ambiente.
          También resultaba un verdadero incordio la NHK, la televisión pública japonesa. Cuando me seleccionaron como candidato, no dejaron de llamarme por teléfono para insistir en que, si ganaba, debía acudir a un pro­grama a la mañana siguiente. El negocio dei bar me tenía muy ocupado y no quería salir en televisión (nun­ca me han gustado las apariciones públicas). Rechaza­ba su propuesta una y otra vez, pero ellos no se daban por vencidos. Más bien al contrario. Llegaron a enfa­darse conmigo al no entender la razón de mi negati­va. Las dos veces que opté al premio sucedió lo mismo y las dos veces me venció la misma sensación de fas­tidio.
          El desmesurado interés de tanta gente en el Premio Akutagawa no deja de extrañarme. Hace poco fui a una librería y me topé con una torre de libros cuyo título rezaba: Por qué Haruki Murakami no ganó el Pre­mio Akutagawa. No sé de qué hablaba el libro porque no lo he leído (reconozco que me da vergüenza com­prarlo), pero el mero hecho de que lo hayan publica­do me produce una sensación muy extraña.
          De haber ganado el premio entonces, no creo que mi vida hubiera cambiado sustancialmente, como tam­poco creo que hubiera cambiado el destino del mundo. Me parece que todo sigue más o menos igual, y yo escribo de la misma manera desde hace más de treinta años, a un ritmo parecido a pesar de ciertas diferen­cias. Con premio o sin él, mis lectores habrían sido los mismos y mis detractores, esos a los que tanto irrito, también (al parecer está en mi naturaleza irritar a un determinado tipo de gente, no pocos, aunque no tengan ninguna relación con los premios literarios).
          Si, por ejemplo, de haber ganado yo el Premio Akutagawa no se hubiera producido la guerra de Irak, obviamente habría sentido una enorme responsabili­dad, pero las cosas no funcionan así. Me pregunto entonces a qué viene tanta algarabía para publicar in­cluso un libro que se explaya en dar cuenta de las razones de mis derrotas. Sinceramente no lo entiendo. Ganar o no ganar un premio es, como mucho, una tormenta en un vaso de agua. O, mejor dicho, un tor­bellino insignificante.
          Afirmar eso puede llevar a mucha gente a tomár­selo como un dardo envenenado, pero es que el Pre­mio Akutagawa es solo un premio literario convocado por la editorial Bungei Shunju. Decir que organizan todo eso solo por su interés puede resultar excesivo, pero tampoco se puede negar que sacan beneficio de ello.
          Mi larga experiencia como escritor me permite ase­gurar, no obstante, que solo cada cinco años, como poco, aparece una obra firmada por un autor novel que realmente merece la pena. Si bajamos un poco el listón, se puede admitir que ocurre cada dos o tres años, pero el hecho de que el Akutagawa se convoque dos veces al año termina por diluirlo todo. No pasa nada por convocarlo dos veces al año (el premio sirve como estímulo y gratificación a un tiempo y es útil para abrir puertas a gente nueva), pero me pregunto si merece la pena tanto alboroto, tanto acto social, tanto nerviosismo de los medios. Mi opinión perso­nal es que todo este asunto está descompensado.
         Desde esta perspectiva, me pregunto por el valor y el significado real de los premios literarios en todo el mundo, no solo en el caso del Akutagawa. Me pa­rece que el debate no da más de sí porque los premios, desde los Oscar de Hollywood hasta el Nobel de Lite­ratura, no tienen el fundamento objetivo cuantificable que sí tienen otras categorías más específicas. Prueba de ello es que, si alguien quiere poner peros o desvi­virse en alabanzas, se trate del premio que se trate, tiene el terreno libre para explayarse cuanto le plazca.
          Raymond Chandler escribió lo siguiente refirién­dose al Premio Nobel : « Me pregunto si me interesa convertirme en un gran escritor, si quiero ganar el Pre­mio Nobel. ¿Qué es eso del Nobel? Se lo han dado a demasiados escritores de segunda categoría, a autores a los que ni siquiera con ese galardón te dan ganas de leer. Además, en el caso de que me lo concedieran, tendría que vestirme de etiqueta, viajar hasta Esto­colmo y dar un discurso. No sé si tantas molestias lo justifican. Me parece obvio que no».
          Nelson Alegre, autor de El hombre del brazo de oro y Un paseo por el lado salvaje, recibió un premio honorífico de la Academia de las Artes y Letras de Estados Unidos por recomendación de Kurt Vonnegut, pero el día de la ceremonia de entrega no se presentó por­que estaba en un bar bebiendo acompañado de no se sabe qué mujeres. No lo hizo a propósito, por supues­to. Le preguntaron después qué había hecho con la medalla que le habían enviado y dijo: «Ni idea. Creo que la he dejado por ahí». Me enteré de ese episodio al leer la autobiografía de Studs Terkel, otro autor norteamericano.
          Obviamente, los casos de Chandler y Algren son tan excepcionales como radicales, pues fueron hom­bres de vida libre y espíritu rebelde, consecuentes y coherentes; pero, a mi modo de ver, lo que pretendían dar a entender con su actitud era que hay cosas mucho más importantes para un escritor que los premios li­terarios. Una de esas cosas es tener claro en tu interior que con tus manos produces algo con sentido. Otra, saber que hay unos lectores que aprecian en su justa medida lo que haces, ya sean muchos o no. Para al­guien con estas dos cuestiones bien claras, los premios se convierten en algo insignificante, en una especie de acto social o del mundo literario, pura formalidad.
          No se puede negar, sin embargo, la evidencia de que mucha gente solo se fija en cosas con una forma concreta. La calidad de una obra literaria no se puede materializar en una forma concreta, pero un premio o una medalla parecen otorgarle una. A partir de ese momento, la gente ya puede fijarse en esa «forma» concreta, pero no por ello deja de ser un formalismo sin relación alguna con el hecho literario, y esa arro­gancia y autoritarismo de quien dice: «Toma, te doy un premio, ven aquí a recogerlo», son, a mi modo de ver, las razones que pudieron irritar sobremanera tan­to a Chandler como a Algren.
          Siempre que me entrevistan y me preguntan por los premios literarios (tanto en Japón como en el ex­tranjero lo hacen a menudo), contesto lo mismo: «Lo más importante son los lectores. Son ellos quienes compran mis libros con su dinero. Comparado con ese hecho fundamental, no veo la sustancia de los premios, sea el que sea, de las condecoraciones, de las reseñas favorables». Estoy harto de repetirlo, de con­testar lo mismo una y otra vez, pero parece que nadie se toma la molestia de creerme. De hecho, la mayor parte de las veces no me hacen ningún caso.
          Sin embargo, si me paro a pensarlo un poco, no me queda más remedio que admitir que la misma respuesta puede terminar por resultar aburrida. A lo mejor se interpreta como una especie de postura ofi­cial, y a veces me lo parece a mí mismo. Como míni­mo no es una respuesta que suscite entusiasmo entre los periodistas, pero, aunque sea aburrida y poco ori­ginal, no por ello deja de ser verdadera y honesta. Por eso no voy a dejar de repetirla todas las veces que sean necesarias. Cuando alguien compra un libro que ron­da los dos mil yenes, (unos veinte euros), no esconde en ese hecho pro­pósito alguno. Lo único que hay es (creo) una voluntad sincera de leerlo, una expectativa. Es un gesto que agradezco de corazón a todos mis lectores. Compara­do con eso... Bueno, en realidad no hay por qué com­pararlo con nada.
          Lo que permanece en el tiempo para las genera­ciones futuras, ni que decir tiene, son las obras, no los premios. Dudo que haya mucha gente que recuer­de las obras ganadoras del Premio Akutagawa de hace dos años o quién ganó el Nobel hace tres. ¿Lo re­cuerda usted? Por el contrario, si una obra es buena de verdad, todo el mundo la recordará y habrá supe­rado así la prueba del tiempo. ¿A quién le importa hoy en día, sin ir más lejos, si Ernest Hemingway ganó el Nobel o no (a pesar de que sí lo ganó), o si lo recibió Jorge Luis Borges? (¿Lo ganó?) Los premios literarios pueden dirigir momentáneamente el foco de la atención pública hacia algunas obras concretas, pero no insuflarles vida. No descubro nada nuevo al decir esto.
          Trato de averiguar las desventajas concretas que pade­cí por no haber ganado el Akutagawa. Pienso en ello y no se me ocurre ninguna. En ese caso, ¿cuáles ha­brían sido las ventajas? Haberlo ganado no habría cam­biado mucho las cosas.
          Admito que me alegra el hecho de que mi nombre no esté asociado a la etiqueta de «ganador del Premio Akutagawa». Solo es una suposición, pero de haber tenido que llevar esa etiqueta es muy probable que me hubiera sentido incómodo, pues, de algún modo, daría a entender que he llegado hasta donde lo he hecho gracias al premio. Hoy en día mi nombre no está asociado a ninguna de esas etiquetas, lo cual me hace sentir libre, ligero. Tan solo soy Haruki Muraka­mi, y eso me parece bien. A mí, claro está.
          Con todo esto no pretendo decir que sienta una antipatía especial por el Akutagawa (insisto, no le ten­go ninguna antipatía), sino que me siento moderada­mente orgulloso de escribir por derecho propio y de haber sido capaz de vivir así hasta hoy. Tal vez no sea gran cosa, pero al menos para mí es importante.
          Solo es una referencia, pero, por lo visto, las perso­nas interesadas en la literatura y que leen de manera habitual solo representan el cinco por ciento del to­tal. Ese cinco por ciento constituye el verdadero nú­cleo de la población de lectores. En la actualidad se habla a menudo de una distancia cada vez mayor en­tre los libros y el mundo de las letras, y en líneas ge­nerales estoy de acuerdo en que sucede así. A pesar de todo, estoy convencido de que ese cinco por ciento seguiría leyendo incluso si alguien se lo prohibiese. Sin llegar al extremo de tener que aprenderse los libros de memoria, como sugería Ray Bradbury en Fahrenheit 451, los imagino leyendo en rincones escondidos, y yo ha­ría lo mismo, por supuesto.
          Una vez adquirido el hábito de la lectura (adqui­rido la mayor parte de las veces durante la juventud), no se abandona con facilidad. Por muy cerca que se tenga a mano YouTube, los videojuegos en 3D o lo que sea, alguien con el hábito de la lectura leerá es­pontáneamente en cuanto disponga de tiempo (y aun­que carezca de él). Si existen esas personas, aunque solo se trate de una de cada veinte, no me preocupa el futuro de la novela ni de los libros, como tampoco me preocupa especialmente lo que ocurre de momen­to con el libro electrónico. Ya sea en papel o a través de una pantalla (o por transmisión oral, como sucedía en Fahrenheit 451), el formato no importa. Basta con seguir leyendo.
          Mi verdadera preocupación es qué puedo ofrecer de nuevo a esas personas. Todo lo demás, no dejan de ser fenómenos externos. Si calculo el número que su­pone esa población lectora del cinco por ciento en el caso concreto de Japón, resulta una cifra de alrede­dor de seis millones de personas. Con semejante pú­blico lector potencial, imagino que seré capaz de man­tenerme como escritor, y si pienso más allá de las fronteras de Japón, es obvio que el número de lecto­res aumenta.
          En cuanto al noventa y cinco por ciento restante de la población, no creo que tengan en su día a día de­masiadas oportunidades de enfrentarse a la literatura, y es muy posible que en el mundo en el que vivimos las oportunidades sean mucho menores. También es muy posible que el abismo social con las letras se profundice, y, no obstante (aunque solo es una suposición basada en ciertas referencias), al menos la mitad mos­trarán interés de vez en cuando por la literatura como entretenimiento o hecho social. Si disponen de una oportunidad, leerán. Son lectores latentes o, expresado en términos de ciencia política y procesos electorales, votos fluctuantes. Es necesario, por tanto, disponer para ellos de algún tipo de ventana, algo así como una sala de exposiciones; y me atrevo a decir que ese es el propósito (al menos lo ha sido hasta ahora) del Premio Akutagawa. Si hablo de vinos, diría que es un Beaujo­lais nouveau; si hablo de música, diría que es el Con­cierto de Año Nuevo de Viena; si hablo de correr, sería como la carrera de relevos de Hakone en Japón. Obviamente, el Nobel tiene esa misma función, pero en su caso el asunto se complica.
          Nunca he participado como jurado en ningún premio literario. En alguna ocasión me lo han pedido, pero siempre he declinado la invitación con el argumen­to de que no me sentía capaz. Honestamente, no me considero capacitado para semejante tarea.
          La razón es muy simple. Soy demasiado individua­lista. Tengo una visión propia de las cosas y una forma también propia de concretar esa visión. Para mantener ese proceso en activo no me queda más remedio que preservar mi individualidad en todos los aspectos de la vida. De lo contrario, sería incapaz de escribir.
          Se trata de mi forma de ver las cosas, y por muy apropiada que a mí me resulte, no tiene por qué serio para otros escritores. No pretendo menospreciar a na­die. que existen métodos muy distintos al mío y siento un gran respeto por muchos de ellos, pero me doy cuenta de que algunos son incompatibles conmi­go y ni siquiera los comprendo. No obstante, soy una persona que solo puede ver y valorar las cosas desde su propio eje. En un sentido positivo afirmo que soy un individualista, pero si le doy un sentido negativo solo puedo admitir que soy egoísta y egocéntrico. Por tanto, si me pongo a valorar el trabajo de otros basán­dome en mi perspectiva individual, y de algún modo egoísta, de las cosas, para ellos sería intolerable. Cuan­do se trata de autores con una posición más o menos consolidada, no me preocupo tanto, pero me siento incapaz de influir en el destino de quienes empiezan guiado solo por mi forma de ver el mundo al bies.
          Si alguien me reprocha mi actitud, si me acusan de no cumplir con mi responsabilidad social como escritor, admito que pueden tener razón. Yo mismo traspasé el umbral que representa un premio al mejor autor novel, y después de atravesar esa puerta empezó mi carrera de escritor. De no haberlo ganado, es muy probable que no hubiera seguido en ese empeño. Qui­zá me hubiera dicho a mí mismo: «Ya está bien», y habría dejado de escribir. Visto de ese modo, me pre­gunto, en efecto, si no tengo una responsabilidad para con las generaciones de jóvenes autores que empiezan, si no debería brindarles una oportunidad como la que yo tuve, esforzarme por ser mínimamente objetivo y dejar de lado mi forma de ver las cosas. Si alguien me lo plantea así, admito que es muy posible que tenga razón, pero si a pesar de todo no hago el esfuerzo, no es atribuible solo a la negligencia. Me parece oportuno señalar que la responsabilidad más grande del escritor es para consigo mismo, con su trabajo, con alcanzar la máxima calidad de la que es capaz y ofrecer el re­sultado a los lectores. En la actualidad soy un escritor en activo y, en cierto sentido, aún estoy en proceso de desarrollo. Aún me veo en la necesidad de buscar a tientas entre las cosas que hago, en lo que puedo hacer a partir de ahora. Peleo con todas mis fuerzas en la primera línea de esta guerra de la literatura. Mi deber es sobrevivir, avanzar. Valorar obras ajenas con objetividad, recomendarlas o rechazarlas, asumir la res­ponsabilidad que eso implica, no entra en este mo­mento de mi vida en los límites de lo que considero mi trabajo. Hacer algo así con un mínimo de seriedad (y no podría hacerlo de otra manera), exige un tiem­po y una energía nada desdeñable. Eso significa restar ese tiempo y esa energía a mi propio trabajo. Con toda honestidad, es un margen del que no dispongo. Tal vez existan personas capaces de hacer ambas cosas a la vez, pero no es mi caso.
          ¿No es esto un planteamiento egoísta? Obviamen­te sí. No puedo decir lo contrario. Acepto las críticas y reproches con resignación.
         Sin embargo, nunca he tenido noticia de que las editoriales topen con especiales problemas cuando se trata de convocar a un jurado para un premio literario. Nunca he escuchado que haya desaparecido un pre­mio al no disponer de jurado. Más bien al contrario. Parece como si la cantidad de premios literarios no dejase de aumentar. Tengo la impresión de que en Ja­pón todos los días entregan al menos uno. Por tan­to, aunque yo no forme parte de ninguno, las puertas de entrada al mundo de la literatura no van a ser me­nos ni tampoco eso se va a convertir en un problema social.
         Por otro lado, si me pusiera a criticar la obra de alguien (una obra candidata a un premio) y alguien me preguntara si me siento o no en posición de decir tal o cual cosa, no sabría qué responder. Es muy pro­bable que, en efecto, no esté en esa posición. A ser posible, me gustaría evitar por todos los medios en­contrarme en esa situación.
         Me gustaría dejar bien claro este punto. No tengo intención de comentar nada sobre los autores que sí forman parte de los jurados de los premios literarios (es decir, de mis compañeros de profesión). Simple­mente me parece que hay personas capaces de valorar objetivamente obras de autores noveles, al tiempo que se dedican en cuerpo y alma a su propio trabajo crea­tivo. Esas personas, a mi modo de ver, tienen la capa­cidad de apretar sin demasiados problemas un botón que hay en el interior de su cabeza y cambiar de re­gistro. Alguien debe asumir ese papel. Yo siento un enorme agradecimiento e incluso veneración por ese tipo de personas, pero por desgracia soy incapaz de hacerlo, porque tardo mucho tiempo en pensar y en formarme un juicio de las cosas, y aunque disponga de mucho tiempo para hacerlo, la mayor parte de las veces me equivoco.

          Hasta ahora he intentado no hablar demasiado de los premios literarios en general. La mayoría de las veces ganar o no apenas guarda relación con el contenido o la calidad de la obra, pero como hecho social resul­ta muy estimulante. Fue después de leer esa columna sobre el Premio Akutagawa en una revista literaria a la que me refería al principio, cuando de pronto se me ocurrió que quizás era el momento de expresar mi opinión al respecto. No hacerlo podría dar origen a malentendidos y no concretar podría llegar a inter­pretarse como un punto de vista inamovible.

         A pesar de todo, expresar mis ideas al respecto (so­bre asuntos que desprenden cierto tufillo, me atrevo a decir) me resulta muy difícil. Cuanta más honestidad ponga por mi parte, más mentira y arrogancia me atri­buirán. Es muy probable que la piedra que lanzo me vuelva de rebote con el doble de fuerza. No obstante, me he esforzado por hablar abiertamente y con hon­radez. Estoy seguro de que en alguna parte habrá gen­te que entienda lo que digo.
          Por encima de cualquier otra cosa, lo que quiero transmitir es que para un escritor lo más importante es su capacidad individual. Los premios deberían servir para apoyar y estimular esa capacidad, no para com­pensar un esfuerzo. Ni mucho menos es esta una afir­mación contundente. Si un premio sirve para refor­zar de algún modo esa capacidad, bienvenido sea para quien lo gana. De lo contrario solo se convertirá en un obstáculo, en una molestia y nadie lo podrá con­siderar un buen premio (y Algren acabará tirando de cualquier manera su medalla y Chandler se negará a ir a Estocolmo vestido de etiqueta, aunque no sé, obvia­mente, lo que habría hecho de verse en esa tesitura).
         Visto así, el valor de los premios cambia en función de las personas. Opiniones diversas esconden circuns­tancias diversas, posiciones ante la vida divergentes, pensamientos y formas de vivir peculiares. No se pue­de tratar todo del mismo modo y esto es aplicable a los premios literarios. No todos son iguales ni se pueden considerar de la misma manera. No debería suceder. Esto es lo que pienso y al mismo tiempo deseo, y por mucho que lo manifieste en estas páginas, no creo que cambie nada.
 
(Del libro: De qué hablo cuando
hablo de escribir, Tusquets, 2015)
 
Haruki Murakami  (Kioto, Japón, 1949)

(Traducción del japonés: Fernando Cordobés y Yoko Ogihara)
 

PARA LEER la biografía, ver entrada anterior del autor.