viernes, 28 de febrero de 2014

CON LOS OJOS CERRADOS


























Cuando cierras los ojos, ves el poema. 
Vaciado de la firmeza de todas las cosas que a escondidas deseas. 
Te recuerda a una habitación recién blanqueada 
Que el verano olvidó cerrarle la puerta y las ventanas. 
Pero también eso es sólo una alusión insuficiente a las imágenes del mundo físico. 
No existen entradas y salidas de ese poema. 
Ese poema es material sólo en estado gaseoso. 
Una corriente galáctica puede dispersar 
A las personas que flotan en él, las metáforas 
Que cuelgan de las paredes y convertirlas en algo distinto. 
Dos nubes desnudas que estaban a punto de amarse 
Son succionadas por las estrellas y expulsadas en nube 
De jabalí degollado que está rodeado por una nube gris 
De mi padre que fuma y todo lo observa 
Escondido en un rincón oscuro del poema. Casi seguro que es él 
Quien en verdad escribe cada poema. En la oscuridad 
No lo ves hasta que él mismo no llega, 
Sin hacer ruido, por detrás, te tapa, travieso, los ojos con las manos 
Y pregunta: ¿Quién soy? ¿Me vas a matar? ¿Eres mío? 


Ales Steger



Ales Steger nació en Ptuj, Eslovenia(1973). Estudió Literatura comparada y alemán en la Facultad de artes de la Universidad de Liubliana, ciudad en la que vive actualmente. Escritor y periodista, escribe para diversos periódicos tanto eslovenos como austríacos, italianos y polacos. Además de poeta es escritor de libros de viajes, traductor del alemán (Gottfried Benn). Trabaja como editor en la Editorial Studenska zalozba. Es editor cultural en la revista Tribuna. Es el cofundador y director del Festival Internacional de Poesía Días de vino y poesía, que se celebra en Eslovenia desde 1996. Ha traducido a poetas como Pablo Neruda.  Ha publicado tres volúmenes de poesía: Sahovnice ur (Ajedrez de las horas) (MK, 1995), Kasmir (Cachemira)(Nova revija, 1997), Protuberance (Protuberancias) (2002),y un libro en prosa: de un viaje sobre el Perú: Vcasih je januar sredi poletja (A veces enero cae en medio del verano) (Beletrina, 1999). Sus libros se han publicado y traducido al inglés, italiano, eslovaco, checo, alemán, español, croata y búlgaro.Colabora para diversas publicaciones europeas, fue editor cultural de la revista Tribuna.
Ha participado en festivales de poesía de Austria, Alemania, Lituania, Argentina, Uruguay, Inglaterra, Italia, Croacia, Bulgaria y en El Salvador en el Segundo Encuentro Internacional de Poetas, El Turno del Ofendido en el 2005, entre otros.




miércoles, 26 de febrero de 2014

Pasa la vendedora de frutas...















Pasa la vendedora de frutas.

Pasa y nombra delicias.
Al nombrarlas, me las anticipa.

Canto esa mano que las ofrece, 
y canto ese pequeño sol de mimbre 
donde ella trae frutas de la estación.

Naranjas, mandarinas, 
un racimo de uvas, 
una yunta de pinas, 
todo un año de frutas, 
la dulzura de un día.

Guarda el dinero de la venta
en un pañuelo y sigue,
cruza esta plaza del adiós
como quien cruza todas las plazas que recuerdo
y dice todos los adioses que no olvido.


Quisiera verla, de repente, 
sin saber si viene o se va. 
Quisiera creer que se queda 
por ser parte de este lugar.

Ya la veo en la calle.
Hay sombras que barren la acera.
Después, se barren a sí mismas.

Hay niños que juegan a ser viejos
y, sin embargo,
no hay juego más antiguo que ser niño.

Ella se aleja, sigue andando.

Yo veo en un instante
el haz radiante de los años.

Veo zapatos de mujer
en una marcha lenta, larga, larguísima.
Nunca termina de pasar el ayer.



Pasan los años perros callejeros 
Pasan los años borrachitos olvidados.

Un tiempo ya en muletas, ya vestido 
de veterano en uniforme militar, 
desfila, por supuesto, con tristeza.

Y nadie sabe cuántos años tiene 
un espectro de poncho y de cigarro.

Busco en este folclor de muertos
a la vendedora de frutas.
Tengo suerte, pues no la encuentro.

Pienso en el río que combate a la piedra
hasta dejarla sin aristas, indefensa,
sin puntas y sin filos, derrotada.
Cantemos hoy a quien resiste
y no le demos tanto valor a una metáfora.
Yo, por mi parte, canto a la vendedora de frutas.



Jacobo Rauskin (Paraguay, Villlarica, 1941)




lunes, 24 de febrero de 2014

EL HOMBRE QUE SIEMBRA




El hombre que siembra está sentado sobre un escalón 
estira el brazo, toca el suelo, acerca la mano a su nariz 
siente el olor húmedo de la tierra.

En cada planta hay una idea de las cosas. 
Por cada planta un hombre que siembra.

Las semillas deben estar enterradas
a una profundidad del doble de su tamaño.
De no ser así, puede que la planta no cumpla
con todo lo que esperamos haga.
El hombre que siembra, a esto lo tiene bien clarito,
y cada vez que se equivoca se castiga con baños de agua fría.

El hombre que siembra
rompe en su mano las piedras de tierra seca
formadas por el exceso de sal, de sodio.
Y a ese polvo lo mezcla con uno más húmedo y sedimentado.
De este modo la tierra nunca se pierde, nunca está maldita:
el único desierto es el de uno y su clase.

El hombre que siembra tiene un cuaderno
donde cuenta lo que le rodea.
"Hoy encontré el sauce
quemado. Pensamos que por un vaso de whisky.
Le hice una poda de ramas y brotes muertos,
removí y cambié su tierra; lavé sus raíces con jabón blanco.
El sauce sabrá cómo continúan sus días,
sus nuevas cicatrices y su fuerza que duerme
deberán significar un nuevo aprendizaje
en este punto donde el tiempo ha detenido el crecimiento".

El hombre que siembra camina por los viveros 
recordando la temperatura del metal a la intemperie.

Matas altas, follajes verdes.

Con los brazos cruzados en la espalda 
mira la líneas de las figuras sobre las hojas. 
Las plantas vistas de cerca 
no parecen plantas.

El hombre que siembra observa las flores de su balcón
atacadas por una peste estacional.
En el edificio de enfrente sus vecinos discuten
por una llamada perdida.
La peste forma colonias en los rincones del tallo
contra la hoja. Después pone huevos. Después
descansa. Cuando revientan los huevos la planta muere
y se mudan a la próxima.

El hombre que siembra sale a caminar cada vez que llueve.
Calcula los años de los árboles
que están en la vereda y escribe su edad sobre el cordón
con un pedazo de ladrillo.
Después vuelve a pasar y corrobora.
A veces tacha el número viejo y a su lado escribe el nuevo,
a veces le suma un dos, un tres en las unidades.
Cuando llueve es más fácil saber la edad de los árboles 
porque brilla su corteza.

El hombre que siembra mira a su mujer mientras duerme.
Imagina que es una planta y la puede arreglar.
Cambiar la tierra, regar, cortar las ramas secas.
Después camina a su cuarto, se acuesta y reza:
"Esta es mi pala. Hay muchas como ella, pero esta es la mía.
Mi pala es mi mejor amiga. Es mi vida.
Debo dominarla como domino mi vida,
Sin mí la pala es inútil. Sin la pala yo soy inútil.
Debo enterrarla con precisión.
Debo enterrarla mejor que los que quieren mi trabajo.
Debo enterrarla antes de que ellos lo hagan.
Lo voy a hacer. Amén".

Después de rezar, se queda unos minutos
solo con su memoria, que le enseña un pueblo
a la siesta, con los troncos de sus árboles pintados de blanco.
Y él camina entre unos largos eucaliptos
que delinean un camino de tierra.
El hombre que siembra se arrodilla.
Apoya una mano sobre el suelo, la cierra
y levanta un puñado de tierra que lleva
hasta su cara y huele.


Carlos Godoy




Carlos Godoy. Poeta argentino. Nació en Córdoba en 1983. Colabora en diversas publicaciones especializadas y coordina talleres de escritura. Publicó Espuma de rabia, plaqueta de poesía perra (antología de varios autores, La Creciente, Córdoba, 2004); Prendas (Gog y Magog, Buenos Aires, 2005); Cinco vocales luego de una pe (¿Qué Vamos a Hacer hasta las Seis?, Córdoba, 2006); Escolástica peronista ilustrada (Funesiana, Buenos Aires, 2007), La temporada de Vizcachas (Ed. Stanton, Bs.As, 2009); Paritarias + soy la decepción (WEd. Stanton, 2011); la novela Sugar blueberry, sugar blueberry (Mancha de aceite, Bs.As., 2011)  y el libro de relatos Can Solar (17 grises, Bahía Blanca, 2012). Trabaja como docente y es periodista cultural.




sábado, 22 de febrero de 2014

Temprano, pensando en el rayo de La torre del reloj












Estaba pensando en todas las peleas que di
a lo largo de mi vida:
en cada enfrentamiento,
en cada golpe dado y recibido.
en cada victoria o derrota
debo decir que no me sentí solo ni un solo segundo.

Estaba pensando en aquellos que buscan emociones fuertes. 
Pueden sentirse en la cima por un momento 
pero vuelven rápidamente a la melancolía. 
No te preocupes. Estoy seguro de que pronto 
volverán a sentirse lo máximo.

Estaba pensando en Marcel Proust
en una tarde fría y lluviosa
en las afueras de París.
Vestido con un abrigo de pieles sobre una camisa de dormir,
observando fijamente, con una especie de asombro infantil,
una fila de manzanos florecientes
al otro lado de un campo fangoso.
Después de un rato sube a un taxi que lo espera
y regresa a casa satisfecho para volver a acostarse.

Estaba pensando en los desayunos de las mañanas frías y claras.
En los sanatorios de las montañas suizas
y en sus enfermos con los sentidos anestesiados
que viven con una percepción del tiempo diferente a la habitual, 

que fantasean con la idea de suicidio 
mientras intercambian placas radiográficas 
en el comedor y en los jardines.

Estaba pensando en los chicos que corren por el monte
con un rifle entre las manos
detrás de una presa imaginaria, sin descanso,
listos para disparar en el momento adecuado.
Un tumulto de perros los acompaña
ladrando a su alrededor.
Pensaba en los secretos confiados bajo los árboles,
en la historia del perro-rata africano,
en los veranos eternos, que no acabarán jamás.

Estaba pensando en el futuro. 
¿Tengo algún propósito? 
Sin recuerdos, ni posesiones, 
ni amigos, ni ataduras. 
Tengo 26 años y tengo miedo 
de malgastar mi juventud.


Antolín



Antolín (Salta, 1983). Su nombre real es Andrés OLgiatti. Es poeta, músico y artista plástico. Publicó Jabón Federal (Ed. de la Universidad Nacional de La Plata, Colección Chicos de Bolsillo, 2007), Las personas no me quieren lo suficiente (Belleza y Felicidad, Bs. As., 2008), Quiero destruir algo hermoso (Colección Chapita, Bs. As., 2009), Nunca seré millonario (Pánico el pánico, Bs. As., 2012), Demasiado tarde para morir joven (Tammy Metzler, Bs. As., 2013), entre otros. Actualmente vive en la ciudad de La  Plata, donde dirige la librería-galena llamada YETI. Administra el blog Vida de matón (millonesdeanios.blogspot. com) y demasiadotardeparamorirjoven.tumblr.com.




jueves, 20 de febrero de 2014

PAPÁ SE PUSO EN MARCHA














Antes
cuando me andaba buscando la palabra
nombraba
y eran más lejanas
las ausencias


Ahora
más vía que tren
largo
tendido
hacia otra estación


Papá no era de barcos, era de trenes
sólo tenía de agua la mirada
y ese don para que todo el río
le entrara por los ojos 


Haber nacido en carnaval
en una ciudad hecha de agua
con nombre de río
con una identidad
perdida en los meandros


Agua siempre
por donde mirase
agua en tu mirada
en los recuerdos más alegres
gomón en medio del río
tus ojos lloraban
de la risa


Agua dulce
dulce
y me devuelvo a los barcos
en estos vasos que lavo


Y del agua 
salían 
tus manjares favoritos
Era al atardecer
a esperar que las canoas
dejaran de ser
un puntito
en medio del río
un intercambio
de nombres guaraníes
de pesos y de bromas
y ya teníamos el festín asegurado



Graciela Dobanton


Graciela Angélica Dobantón; poeta argentina, nació en Paraná (Entre Ríos), en 1964. Licenciada en Letras Modernas. Su tesis de Licenciatura fue Un análisis intertextual de la obra del escritor santafesino Juan José Saer. Ejerció la docencia y trabajó en distintos medios gráficos de Paraná, en Corrección y en el área de Cultura. Publicó: Espejos y Palimpsestos, poemario editado por la Universidad Nacional de Entre Ríos. (Concepción del Uruguay, 1998); Intitulado, poemario que integra el libro Patria de Luz. Tomo II, editado por la Universidad Nacional de Entre Ríos. (Concepción del Uruguay, 1999); Poemas y cuentos publicados en diarios y revistas de Paraná, Gualeguay, Concepción del Uruguay y Capital Federal. 



martes, 18 de febrero de 2014

TRES VIAJES EN AUTO












2
Al invierno siguiente aparecieron
en la casa las rampas y las agarraderas. Sobre las ruedas
de goma viajó el tiempo hacia un lugar
donde las sillas ya no sostenían su cuerpo.
Una tarde llegué, después de viajar atravesando
el campo hacia adentro
corno si viajara al centro de un anillo y la encontré
a mí abuela translúcida, dijo:
La sala de esta casa se parece
tanto a la nuestra. Las mismas
lámparas de lectura, el cuadro igual
donde pastan los ciervos amarillos.
Era nuestra casa pero ella
que viajaba al interior de su mente se alejó
por un camino doble en el que mantuvimos
una vez y otra la misma
conversación- Mi abuelo
la levantó de su silla
de ruedas y la sentó en el auto.
Todo el camino al pueblo en un auto
nuevo con la calefacción muy fuerte pero igual
no pudimos disipar el frío
de la peregrinación al baño en la que descubrí
una cantidad escandalosa de implementos
ortopédicos nuevos.
Mi abuela se durmió, todo
el tiempo se caía sobre mi hombro.
Pasamos por un vivero, ella miró
las flores con la cara de la que había sido.
En los canteros había removido,
durante años,
la tierra para los secretos bajo los cuales
ahora escondíamos nuestra vergüenza.
La bajé sosteniéndola con los dos brazos.
Era de cristal su cuerpo
que se achicaba más y más
en el lapso que separaba una de otra las visitas.
Un chico desde adentro me vio, salió a ayudarme.
En la vereda los desconocidos nos miraban pero yo
sabía que la prudencia
nos protegía con una armadura de coraje.
Ella encargó cien plantines para una primavera
que no empezó nunca. Yo negué
con la cabeza tres veces para que el florista
supiera que mi abuela
viajaba al interior de su propia mente:
ahí, donde siempre había señoras que reían
en la sala mientras en la cocina
las burbujas de las teteras evaporaban el sentido.
En cambio le compré
una maceta con flores rojas y le dije
que las demás eran tantas que iban
a enviarlas en un camión más tarde. El mismo
chico que me había ayudado antes la tomó
por debajo del brazo y, como si hiciera
palanca para abrir una puerta, la llevó al coche.
En el camino pasamos a dejarle las flores
a su mejor amiga y esa fue
la última vez que mi abuela y yo paseamos en auto.



AGUADA

Durante una inundación, los más fuertes
se reúnen arriba de un árbol.
Con el agua en todas partes, la familia en el techo.
Hacer un barco de la pata de la cama. Una vela de sábana.
La primera solución es trepar. Trasparentes,
padres, abuelos y embarazos.
Los niños en el techo chupando
su ración de hueso preguntan
¿Dónde estará el sol? Y fosforecen.

Otros florecen además. Niños trasparentes nacen bajo la lluvia. 
La partera a nado
asiste a las madres sin dar abasto. Un perro la sigue. 
Los más chicos sacan la lengua y beben la lluvia. 
Muchas gotas es varón, entonces eligen un nombre.



Cuando la mitad del cielo es la mitad del cielo y la mitad
de la tierra la mitad, alguno
traza con una piola la línea y dice: este es
el horizonte.
Lo que queda, de mi mitad para tener,
es un corral de cardos y dos
animales flacos no dan para comer.



Al octavo día es difícil 
encontrar suficiente paja 
donde posar el ojo. El agua
una ola chata solamente 
se crispa cuando cae una gota.

Por eso, cuando la lluvia es dura 
cortina de agua la superficie 
del campo una tormenta marina.

Todo sucede por derivación:

Si madre permite me baño
la cara de lluvia al cielo y si no pasa
cuando caiga otro hermano con nombre
pesado de gota entonces
ahueco un coco para hacerle una cuna.



Valeria Meiller




Valeria Meiller. Poeta argentina,  nacida en 1985 en Azul, Provincia de Buenos Aires. Estudia Letras en la UBA. Es autora de El Recreo (2010) y coautora de Prueba de Soledad en el paisaje (2011). Ese libro resultó de una residencia en Estación Pringles para la que fue elegida por Arturo Carrera, Daniel Link y Támara Kamenszain. Es docente y traductora. Dicta talleres literarios y escribe sobre literatura en las revistas Ñ y Pul. Actuaímente, dedica la mayor parte su tiempo a trabajar en Dakota junto a Lucas Mertehikian.Textos suyos han aparecido en revistas y antologías de Argentina, España y  distintos países de Latinoamérica.



domingo, 16 de febrero de 2014

LA AUSENCIA DE UN PEZ EN EL CARDUMEN












te mueres
y alrededor sigue el curso de los días

faltarás
piensas
pero será como la ausencia de un pez en el cardumen
o tan indistinto como una gota de agua en el día lluvioso

y no te mueres de amor 
o sed 
o hambre

te mueres simplemente
en la fórmula simple de haber nacido
porque golpea su fondo aquello que comprueba su límite


y ya



SE APRECIAN SUTILES DIFERENCIACIONES


hay diferencias entre tú y tu mano
entre tu mano y tu pie
entre tú y el objeto que alcanzas o buscas

no necesariamente tu mano referencia un pensamiento

hay gestos vagos
sabemos
hay gestos para espantar una mosca
o saludar
o dar a entender que no nos preocupa
tal o cual cosa

pongámoslo así:
a veces la mano se mueve por cierta mecánica
o inercia
menos cuando sientes deseos de estrangular a los idiotas



EL UNIVERSO Y TODOS

al fin y al cabo
podría decirse que una vida es
con mucho
un grave accidente

o un accidente y uno asume gravedad en esa cuestión

o lo toma a la ligera
y se permite cierta liviandad con los hechos
de todos modos
una bomba cayendo allí
o acá
la pandemia del hambre
y los círculos selectos
no durarán por siempre

y con mucho
digamos
con muchísimo optimismo
este planeta continuará algunos miles de años
y luego
ya se sabe
será residuos y polvo

por lo que
convengamos
el universo no se habrá alterado un ápice



Jotaele Andrade



Jotaele Andrade, poeta argentino,  nacido en La Plata (Argentina). Ha publicado las plaquetas Ortigas (Azul, Edición Lluvia de Vidrio, 2001) y Tríptico (Buenos Aires, Edición Very Much Kuiqui  Producciones, 2007), y el libro: El salto de los antílopes (Buenos Aires, Editorial El Mono Armado, 2012) junto con las publicaciones Breve Antología de La sed y la sal (Azul, Edición de autor, 2010) y Un éxito (Azul, Edición Movie-Graf, 2012). Algunos de sus poemas fueron seleccionados y publicados en distintas antologías y en 
e-book, y otros han sido publicados en revistas de Argentina, España y EE.UU, y en páginas literarias de internet. Fue miembro de la A.H.I (Asociación de Historietistas Independientes) en Argentina.Es Psicodramatista recibido en la escuela de Arte y Psicodrama (Capital Federal). Desde marzo de 2011 Coordina el Taller Creativo Literario que se desarrolla en el Refugio Morena Carús.




viernes, 14 de febrero de 2014

SIN TÁCTICAS

















UN PRETEXTO PARA EL MATE


Lectura y escritura como si
tomara mate solo. O sea,
considerado el mate no más que
mero pretexto para el diálogo,
en la práctica del mate solitario
se da esa paradójica conjunción
de elementos que, en mi caso,
conforman la experiencia
literaria: lenguaje y soledad.
Así, entre uno y uno mismo,
hay comunicación pero in-
completa y a la vez cumplida.
¿Y qué será este afán de elaborar
un lenguaje propio sino aceptar
riesgos de incomprensión?
En este contexto mi escritura
admite ser entendida como otra
mancha de mate sobre la hoja.



NACIMIENTO DEL AGUA

Sin motivo aparente se interrumpe
la trasmisión satelital dejando
un fondo lluvioso de pantalla.
Otra vez un documental de ballenas
que no termina como uno quisiera.
Una respuesta, acaso, observe
desde la repisa. Agua: anunciaba
la virgencita que muda de color
según el clima. ¿Quién podría
rechazar esa verdad revelada? Por
lo pronto, habrá que, definiendo
un contorno de situación, resignarse
a una noche sin tele, no queda otra,
recalentar los fideos a baño maría.
Más que acostarte en la cama esa,
herencia de mamá, placentera, te
debiera afectar de modo semejante
a la gravitación del mar cuando
dormimos de la playa a dos cuadras.
Agua: medio vaso aliado del celular:
alarma activada. A propósito, ponés
la radio sin sintonizar ninguna
estación, sumergiéndote en esa
lluvia finita que te hace dormir.
Como las ballenas, la realidad muere
aplastada por su propio peso.
Conforme tu cuerpo se concentra
en posición fetal, entrás a soñar,
a recordar en sueños, la placenta,
el nado prenatal, lo que sueñan
entre la panza los bebés, la marea
interior de la gran ballena blanca.
¿Qué tan estrecho podrá ser ese
margen de fluctuación, borde
entre lo flotante y lo sumergible?
Algo que escapa a cualquier
sano intento de comprensión.
Aun así no haya lágrimas si,
extravío, despertases de golpe,
tomate el vaso de agua, mineral,
asomate a la superficie y respirá
hondo, con calma, tomátelo que
en el dial esas interferencias
no enuncian tormenta eléctrica,
apenas un mensaje de texto cae
atravesando la radio con
una cadenita de la virgen
maría desatanudos o una
de esas que te conceden
los tres deseos.



COPYRIGHT


Haz de este libro siete (7) 
copias y repártelas 
entre tus seres más queridos
que en una semanita a más

tardar serás gratificado.


Martín Moureu




Martín Moureu nació el 23 de dicienbre de 1981 en Ayacucho, provincia de Buenos Aires, donde reside. Tuvo en paso fugaz por la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata. En 2011 salieron dos pequeñas ediciones artesanales de su primer libro "SinTácticas", una por Cacto ediciones en México y la otra por Ananga Ranga en Corrientes. Fue finalista del Concurso Internacional de Poesía Lamás Médula 2013





miércoles, 12 de febrero de 2014

GUERRA FRÍA





NICARAGUA

Si, soy yo la que te toca
la que hace como si
no te toca pero te siente
desde atrás
sobre la espalda
y arquea el lomo 
de  gata
Mira me, sí
también yo he querido 
que me toques
¿qué soñabas o pensabas?
o fingías no mirarme
y me olisqueabas
como gato, nocturno
que esperando la noche
hace siesta al sol
fiel a un sueño tan claro
 y tan negro 
–oh tremenda paradoja-
 como roja nuestra bandera
y obsesión.


 FELIPE 

Pido perdón al viejo amor 
por amar al nuevo 
como si fuera el primero.

Te hubiera conocido antes, 
un chingo de años antes
cuento te faltaban menos dientes, cuando
no te habías pegado el bicho.

Cuántas veces he pensado
ojalá te enamoraras de mí, tan fuerte, tan solida-
mente hasta pensar “Por ella, me cuidaré, por ella,
viviré por verla envejecer  cerca de mi vida,
en órbita.” Ojalá, ojalá ojalá un enamoramiento
fulminante que te sustrajera de la muerte

Pero, el amor jamás ha salvado a nadie
conozco bien el cuento, y contra quién compito
no siempre una yunta de bueyes tira menos que
un pelo de concha
Contra el guaro, sagrado, y la milonga
nada puede hacer esta mujer
ni niguna otra


Y yo tampoco he 
-cómo hubiera alguien
podido- salvarte
esta vez.


EPITAFIO: Wu Shu

VII

Cursi y rosa en el último minuto
antes de partir, sí antes de subir a un avión
podría ser el último
cuando los amantes hablan
del amor y del extrañarse
del deseo y del reencuentro
siquiera tal vez de lo bien
que la pasamos la otra vez
vos hablaste de compartir mis libros
con otra persona a la cual hasta ahora
olvidaste mencionar

Esa es tu idea de becario de la deconstrucción 

Podríamos haber hablado de la esperanza, del creer, de la fe 
mañanas nevadas, mañanas mullidas
edredones y sexo de revoluciones
vislumbrar pequeños fractales de manada
mi barrio el tuyo el nuestro
el futuro aquí y ahora, aquí y ahora

Pero no, mejor, no. 
Decidís por mí una vez más
tramitar tu involución destruyendo a mi otra parte

IX

A fuerza de no olvidar 
uno a uno los agravios
desaciertos improperios
memoria y olvido
recordaremos por qué
nos fuimos yendo
sostendremos el esfuerzo
la angustia cederá
sutil corte en el vientre
una cesárea impuesta

A fuerza de recordar la soledad infinita 
sumida me encuentro

Odio adiós, no todo es perdonable

No volveré

X

Arrastro la pala, sepulturera
el cuerpo al hombro
cavo una fosa
honda oscura ronca profunda
es como el llanto hueco de una amante
como el hambre de amor rancio
ahi dormirá esta fatalidad
clavo una estaca de acero y 3 balas de plata
en tu pecho
incrusto un ladrillo en tu boca
silencio
nunca más me harás callar
echo tu cuerpo adentro
tierra y cal polvo al polvo te cubro
estás muerto
en la superficie trazo un pentagrama con sal
escupo mi última sangre mi último vómito
encima una tonelada de mármol 
Carrara para liquidar
este romance para que 
jamás vuelva a surgir 
ni en forma de poema
                  
           
              
Leonor Silvestri (Buenos Aires, 1976)

Los poemas publicados pertenecen a su libro: Guerra fría (2013. Ed. Germinal, colección Vertical. San José, Costa Rica)



lunes, 10 de febrero de 2014

CARTAS DE LA LOCURA













CARTA DEL VIENTRE

Tuve que dar vuelta los libros
para no ver tu nombre.
Tu nombre. Parece absurdo.
Pero implica un temblor de tierra.
Apertura de grietas, muertos
en todas partes. Más vivos
que nunca.
¿Qué voy a hacer?
¿Cerrar el espejo?
Te vi mirarme.
Hoy nos soñé en una casa llena de gente.
Venías por mí. Te veías feliz aunque
nos miraran con malicia. Eras feliz.
Nos besábamos. Ponías tu mano sobre mi cadera.
Yo tenía un vestido de tela muy fina. Era la primera
vez que sentía tu mano tan cerca de la piel de mi
vientre. Pensé que esa mano ahí sería para siempre.


CARTA DE LA AUSENCIA

Cuando entro en la escritura
me convierto en una rama llevada por el río.
En piedra que no se deja arrastrar por la corriente.
Hoy de mí brotaron poemas. No pude más
que estar en ellos. No quiero perturbar con mi ausencia
a los que se acostumbraron a mí.
Pero miro hacia la calle y me alegra estar dentro
con palabras sobre el mundo.



Natalia Litvinova




Natalia Litvinova. Poeta argentina, nació en la ciudad de Gomel, Bielorrusia, en 1986. Hace más de una década que vive en Argentina. Publicó Esteparia (Ediciones del Dock (2010). Ártese quien pueda, 2013, España (Trópico Sur ed., 2013), Balbuceo de la noche (Melón editora, 2012); Grieta (Ed. Gog y Magog, 2012); Cortes invisibles (antología, Ed. Letras de cartón, Chile), Todo ajeno (Vaso roto, España, 2013) y Rocío animal (antología, La pulga renga, Rosario, 2013). Ha publicado traducciones y compilado antologías de poesía rusa. Algunas pueden leerse en sus blogs:  http://www.animalesenbruto.blogspot.com/ http://ciclopaenlabocadeunmudo.blogspot.com/, altamente RECOMENDABLES.



sábado, 8 de febrero de 2014

Al rostro en el espejo




Porque insistes en mirar
lo que supongo deben ser
mis rasgos anteriores
me parece que
sólo puedes
verme si
miras atrás desde algún sitio
sea una imagen de aquí
este momento pero
invertido y ya
en ninguna parte

pero dónde
te encuentras
cuando todo parecía
cercano y eternamente
inalcanzable
tú con cabellos blancos
tú que aún me sorprendes

día a día
y no dejas de mirarme 
desde ningún lugar 
pasado presente o futuro 
tú sin peso y sin nombre 
sin voluntad propia 
mi imagen 
brillando en tu ojo

cómo sabes 
que soy yo



William Stanley Merwin (Nueva York, 1927)

(Traducción: Jeannette L. Clariond)


To the Face in the Mirror

Because you keep turning toward me
what I suppose must be
my own features only
backward it seems to me
that you are able to see
me only by
looking back from somewhere
that is a picture of here
at this moment but
reversed and already
not anywhere

so how far
away are you
after all who seem to be
so near and eternally
out of reach
you with the white hair
now who still surprise me

day after day
staring back at me
out of nowhere
past present or future
you with no weight or name
no will of your own
and the sight of me
shining in your eye

how do you 
know it is me



jueves, 6 de febrero de 2014

El espejo




Un cuarto blanco, una fiesta,
yo de pie con algunos amigos
bajo el gran espejo enmarcado en oro
ligeramente inclinado
sobre la chimenea.
Tomábamos whisky
y algunos de nosotros, sin sentir dolor,
intentábamos descifrar
el tono exacto del amarillo
en nuestros vasos a través de los rayos del sol.
Cerré mis ojos por un instante,
luego miré el espejo:
una mujer vestida de verde, reclinada
contra una pared lejana.
Parecía distraída,
los dedos de una mano
jugueteaban con su collar
y sus ojos grandes miraban el espejo,
no a mí, sino detrás de mí, en un espacio
que podría estar lleno de alguien
por llegar, en ese momento
estaría comenzando el viaje
que al final lo llevaría hacia ella.
Luego, de pronto, mis amigos
dijeron que era hora de moverse.
Esto sucedió hace años,
y aunque he olvidado
a dónde fuimos y quiénes éramos,
aún recuerdo el momento en que alcé la mirada
y vi a la mujer mirarme asombrada al pasar a mi lado
en un sitio que solo puedo imaginar,
y es siempre como una punzada,
como si solo en ese momento emergiera
de las profundidades del espejo
al cuarto blanco, sin aliento y ansioso,
solo para descubrir, ya tarde,
que ella no estaba allí.


Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, Canadá 1934 - Nueva York, E.E.U.U., 2014)

(Traducción: Jeannette L. Clariond)


Mirror

A white room and a party going on
and I was standing with some friends
under a large gilt-framed mirror
that tilted slightly forward
over the fireplace.
We were drinking whiskey
and some of us, feeling no pain,
were trying to decide
what precise shade of yellow
the setting sun turned our drinks.
I closed my eyes briefly,
then looked up into the mirror:
a woman in a green dress leaned
against the far wall.
She seemed distracted,
the fingers of one hand
fidgeted with her necklace,
and she was staring into the mirror,
not at me, but past me, into a space
that might be filled by someone
yet to arrive, who at that moment
could be starting the journey
which would lead eventually to her.
Then, suddenly, my friends
said it was time to move on.
This was years ago,
and though I have forgotten
where we went and who we all were,
I still recall that moment of looking up
and seeing the woman stare past me
into a place I could only imagine,
and each time it is with a pang,
as if just then I were stepping
from the depths of the mirror
into that white room, breathless and eager,
only to discover too late
that she is not there.