jueves, 6 de febrero de 2014

El espejo




Un cuarto blanco, una fiesta,
yo de pie con algunos amigos
bajo el gran espejo enmarcado en oro
ligeramente inclinado
sobre la chimenea.
Tomábamos whisky
y algunos de nosotros, sin sentir dolor,
intentábamos descifrar
el tono exacto del amarillo
en nuestros vasos a través de los rayos del sol.
Cerré mis ojos por un instante,
luego miré el espejo:
una mujer vestida de verde, reclinada
contra una pared lejana.
Parecía distraída,
los dedos de una mano
jugueteaban con su collar
y sus ojos grandes miraban el espejo,
no a mí, sino detrás de mí, en un espacio
que podría estar lleno de alguien
por llegar, en ese momento
estaría comenzando el viaje
que al final lo llevaría hacia ella.
Luego, de pronto, mis amigos
dijeron que era hora de moverse.
Esto sucedió hace años,
y aunque he olvidado
a dónde fuimos y quiénes éramos,
aún recuerdo el momento en que alcé la mirada
y vi a la mujer mirarme asombrada al pasar a mi lado
en un sitio que solo puedo imaginar,
y es siempre como una punzada,
como si solo en ese momento emergiera
de las profundidades del espejo
al cuarto blanco, sin aliento y ansioso,
solo para descubrir, ya tarde,
que ella no estaba allí.


Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, Canadá 1934 - Nueva York, E.E.U.U., 2014)

(Traducción: Jeannette L. Clariond)


Mirror

A white room and a party going on
and I was standing with some friends
under a large gilt-framed mirror
that tilted slightly forward
over the fireplace.
We were drinking whiskey
and some of us, feeling no pain,
were trying to decide
what precise shade of yellow
the setting sun turned our drinks.
I closed my eyes briefly,
then looked up into the mirror:
a woman in a green dress leaned
against the far wall.
She seemed distracted,
the fingers of one hand
fidgeted with her necklace,
and she was staring into the mirror,
not at me, but past me, into a space
that might be filled by someone
yet to arrive, who at that moment
could be starting the journey
which would lead eventually to her.
Then, suddenly, my friends
said it was time to move on.
This was years ago,
and though I have forgotten
where we went and who we all were,
I still recall that moment of looking up
and seeing the woman stare past me
into a place I could only imagine,
and each time it is with a pang,
as if just then I were stepping
from the depths of the mirror
into that white room, breathless and eager,
only to discover too late
that she is not there.