martes, 15 de octubre de 2019

HERÁCLITO NADA


1

Olvido lo que hay que olvidar estando despierto; nadie sueña si no nada. Miro una orilla reverdecida que puede ser un ojo; la razón es un pequeño ojo. Lo que me rodea parece triste pero es pura sagacidad. Una razón estabiliza todas las palabras que el oído no puede soportar. Se rompe la cáscara contra la orilla. Llegan noticias que viajan por el aire como nubes o desprendimientos. Habla una voz que hemos construido para entendernos. Nadando la voz se fatiga y sufre. La voz no esconde sus lujos. La voz es el manjar de la muerte.

2

El agua sale por la boca, es una fuente; se adhiere a la comunidad. Común es el aire que la lleva y la mueve. Común es la respiración que se adhiere a la comunidad. Viene de otro lado el ruido de unos escombros cayendo sobre la chata membrana del río. La comunidad se rompe, nace suavemente un huevo, un vicio lleno de saberes. El agua no sabe, muere cada vez que sabe. El agua es comunal. El saber, descomunal.

3

Los pies tocan la orilla. El cuerpo montado sobre ellos es amarillo y caliente. Caminando sobre una verde estación de hojas comienza la música. El cielo es el único tamaño a considerar. Si estuvieras cerca diría: Me complace tocarte y darte un tamaño mayor al de toda mi vida. ¿Sabés cuánto mide mi vida?


7

Veo a lo lejos una mancha en el cielo. Están quemando libros. Llegan hasta la nariz palabras dulces y amargas.

8

La eternidad no es armoniosa. Varios instrumentos tocan a la vez mientras los músicos fuman y toman alcohol rodeados de tiempo y de mujeres. Aquí nos incomoda la eternidad. Preferimos la finitud de los conejos, de las comadrejas, de los embarcaderos. Prefiero la finitud de tus ojos que se me hacen grandes como el río. En vos no cabe la eternidad, ninguno de tus vestidos le entra.

10

La saliva de una boca y la boca de una saliva se tornan íntimas. Hay amistad en los besos que no echan a perder la frivolidad y el eructo.

16

Nado como si el agua supiera algo de mí. Una brazada y ya se abre y ya se cierra. Desaparezco de toda sequedad. El agua tiesa como una liebre no deja que ninguno de mis dedos la pretenda. Sin orificios, sus oscuras y blandas cavidades la envuelven y protegen. Dejo de nadar porque algo muerto me golpea los pies. Todo se estremece cuando somos tocados por un cuerpo que flota boca abajo.

17

El catre ha perdido su dormitorio en el aire y la mujer que amo viene de nadar. Se quita la malla y abre su vagina ¿Querés comer? dice, podés sacudir un zapato y vas a ver cómo bailan las pequeñas luces del jardín. ¿Querés comer de aquí? ¿Un poco de hermosura en el torrente? Me dice al oído: Lavate las manos, la nariz y tu miembro. Ya refregué mis manos en la arena para que el roce duela.

18

Aquí nos movemos con sensibilidad, lo que está cerca nos pertenece y lo que está lejos espera la conquista. Me aturde el viento, te espero, tengo las prendas para tu cuerpo desnudo. Dejo las prendas sobre una piedra y escapo del juicio de los árboles.

22

El agua es transparente en la superficie, el amor no. Los primeros acontecimientos que vienen al cuerpo son las estrellas miradas desde el agua. Nadamos, ocultos en ruidos y brazadas. Toda el agua es igual a la extensión. La orilla es un reflejo mecánico. El corazón bombea y pesa en el centro del pecho como una bolsa llena de piedras. Nadie se hunde dos veces en el mismo río.

25

El agua se mueve por la lluvia. Son infinitas agujas de óxido que bajan de los árboles. El cuerpo entra en ese pequeño mar de escombros para continuar su huida. Estoy nadando sobre líquenes y penas, sobre alegrías e insectos. No tengo descanso pero siento la recompensa del silencio. La orilla está lejos, desaparecida a lo ancho de todo mi olvido. Estoy siendo fácil de olvidar. Poca cosa requiere quitarme del pensamiento. Agradezco que sea verano y que el sol pegue en los hombros y en las piernas mientras nado. Parezco más lleno de vida, de aire y de invocaciones.

28

Retengo tu voz. Voy hasta la orilla a nadar. Me sumerjo en una parte de tu cuerpo blanco. Tu cuerpo se parece a cada día que he vivido. No estamos convencidos de nuestra propia fragilidad. Retengo un pequeño desenlace de tu voz, decís te quiero. Podemos cenar en ese abismo. Cualquiera de los dos no es más que un ejemplar para el otro. Estoy dando brazadas en el agua como si estuviera nadando cerca de tus nalgas. Todo roza mi corazón.

29

Se hacen como animales las gotas de la lluvia. Prefiero este cielo al otro que descansa por debajo. Me voy enterando de a poco que tu alma tiene mástiles. No soy el único en tu vida, cerca de mí hay otro que abre tus grandes ventanas. Prefiero lo más teatral tuyo, tus telones cenicientos, tus pequeños bancos de sacrificio. Nadie es infiel y nadie conoce la voluntad de amar. No soy profundo. Una tempestad llega hasta mis oídos, es tu voz que renuncia. Ya no estarás más. Ya serás un hervor, una historia horrible del silencio.

34

Estoy ausente. Cada necesidad tuya no es escuchada. Cada ruego, cada crueldad. No estoy presente en la presencia con que me das amor o celos o trocitos crocantes de muerte. Amar cuesta un Perú. Cuesta amar, hasta a los bichos les cuesta. Los barcos no aman si no es en los bíceps tatuados de los marineros.

38

Miro las estrellas y dejo de nadar. No se puede ver y a la vez hundir la boca.

41

Dame una sola razón para que pueda salir de esta habitación sin olvidar mi lengua enroscada en la tuya. Los carbones encendidos responden fielmente a los párpados; me miraste demasiado caliente. Si no fuéramos cínicos nos dejaríamos dignificar por el amor.

43

No tengo ningún espíritu que se encargue de distribuir mis residuos. Yo te amé como aman pocos. Si fueras una verdad sentirías mi latido la huasca llenando el vacío.

49

La calidad de tus cuerdas mejora el aire, me lo ha dicho un nadador experto. Sintió el zumbido de tu arco mientras tenía la cabeza debajo del agua. No es la cantidad de tus flechas que aciertan en el aire lo que le resulta cautivante, sino la cantidad de aire que se abre ante el filo de tus flechas. Conozco a otros que piensan que sos medio putita y que te ahogás fácil con palabras al oído. Yo te conversé mucho tiempo, me gustaba cómo abrías el oído; te abrazaba y salpicabas.

49

Entramos y no entramos, somos y no somos ríos.

50

No me digas que sos única. ¿Oíste hablar de Dionisio Zagreus? Un guitarrero de las orillas, un orillero que toca su instrumento con tres cuerdas. Ya nadie atiende sus estrofas, anda mareado de vino y sin dios, en los esteros lo esquivan porque agrede. No sos única, mi amor, hay tres por lo menos a las que les arrastro el ala, tres, como las cuerdas de Dionisio.

55

Lo que más aprecio de tu silencio es que algo dice sin que vos lo adviertas:

56

Vamos a sacarnos los piojos a la orilla. Me gusta cuando levantás los brazos porque las tetas se te ponen duras. Me gustás pero no es para tanto. No tendría empacho en morir por vos, tampoco en vivir por vos. Los piojos nos reúnen una vez a la semana para que tengamos algo de qué hablar.

61

En esta agua amorosa en la que estamos, sobre el púlpito y cerca de las maquinas voy a llorar. Me dijeron que no me amás, que en mi alma estás como adentro de un incesto; que soy para tu voz una farándula. Meior asi, saberlo antes para sufrir menos. Vos también sufrís porque algo te di. No me cabe entender por qué tu amor es de este mundo.

63

Es en el hígado, nunca te lo dije, pero ahí anida el pequeño odio que tengo porque no me ames (…)

69

El agua de río no purifica, eso era antes, ahora el líquido romántico está impregnado. Estoy nadando nuevamente hacia tu casa, quiero pasar por debajo de tu balcón. Me vas a ver y a reconocer, voy a llevar puesto un cuerpo sufriente.

72

El olvido hoy está frío, marrón y con gran correntada. No voy a nadar ahí. Estoy armando una pequeña fogata, estoy juntando palos y ramas, no pienso en vos hace un tiempo de varios ratos.

74

Qué nos han dicho nuestros padres debajo del agua: Una brazada, otra brazada, se levanta la cabeza, se mira, una brazada, otra, se levanta la cabeza, se respira. Respiramos de manera continua como los grandes trompetistas. Nos peinan debajo del agua, nos nombran y luego se emocionan. ¿A qué hemos venido?-, preguntamos.

75

¿Están construyendo un bote, una oración, una muerte, un pasadillo, un cabresto, una lámina de metal? ¿Están mirándote y deseándote y tomándote y disfrutándote? ¿Dónde estoy yo? No es mucho pedir, quisiera que no estés, no estoy pidiendo que traduzcas.

78

Ninguna naturaleza, ningún conocimiento de mí. Estoy dormido. Estoy de espaldas en el agua, flotando, dejándome llevar por algo divino que está debajo.

84

En tu valija hay un viejo camisón, creo que fue de la tía que te crió. Así te vi el día en que nos conocimos, con ese viejo camisón desteñido, colgando ropa de la soga. Estabas demasiado bella para invitarte a nadar. No querías cambiarte, nadamos de una orilla a otra. Salimos del agua y se te veía descansada, cambiada y descansada. Cierro la valija porque estoy por acompañarte. Uno de los dos se va del otro. A través de los mosquiteros desaparece la tarde y entra algo oscuro en la garganta. Es un animal pesado.

84a

Llevo tu valija con toda invalidez. Te vas para todo el calendario, ahora que conseguí trabajo como conductor, ahora que voy a poder comprar lámparas. Note voy a escribir ni me vas a escribir. Caminamos como invisibles, ningún cometa pasa cerca. El agua ya no está tibia. Hace de todos los fríos posibles. Me chirrían los dientes. Pateo una naranja y rueda hacia abajo, en llamas, con la cáscara llena de venas.

91

No me voy a bañar en el río en que nos bañábamos. Ahí debe estar tu olor y no me va a resultar sencillo encontrarlo. En esa agua también cambiamos saliva, no sé qué habrá sido de ella, quizás aun navegue en el Paraná buscando volver a la boca original. Nada de eso me gustaría encontrar. Vos, a partir de ahora, en mi mente, te bañás en un río que no es el mío.

92

Fui a ver a uno que hace horóscopos y lee más o menos bien el alma. Me dijo que ya estás más lejos de lo que yo puedo amarte. A mí me conviene buscar otro río. Ya estoy harto de vivir en estos humedales de mierda. Aquí no se ama más que al silencio.

100

Cuando se aprende a nadar ya no se olvida uno de las horas. Al nacer se viene de nadar, después hay que aprenderlo de nuevo. No recuerdo haber estado en mi nacimiento pero sí el momento en que te conocí; estábamos los dos mojados, braceando, las cabezas asomadas y los ojos espiando; abrías la boca como si quisieras decirme algo.

106

Sin tu amor un día es igual a otro.

126

Lo frío se calienta, lo cálido s e enfría, lo húmedo se seca, lo seco se humedece.


(De: Heráclito nada;
Ed. en danza, 2017)

 Alberto Muñoz




Alberto Muñoz nació en Buenos Aires en 1951. Es poeta, músico, dramaturgo y guionista. Editó, entre otros, los libros Floresta-poemas (1979), Almagrosa (1981, 2ª ed. 1990), Acordeón a piano (1984), Terra balestra (1985), Dos épicas (con Eduardo Mileo) (1987), Tratado de verdugos (1989), Misa negra (con Eduardo Mileo) (1992), También los jabalíes enloquecen (1998), Camiones (Ediciones en Danza, 2001), Venecia negra (con Javier Cófreces, Ediciones en Danza, 2003), Trenes (Ediciones en Danza, 2004), Canción de amor vegetal (con Javier Cófreces, Ediciones en Danza, 2006), Pianoforte (Ediciones en Danza, 2006), El levantador de pesas & other poems (Ediciones en Danza, 2008), El naturalista (Ediciones en Danza, 2010) ; Titanes (con Javier Cófreces y Eduardo Mileo, Ediciones en Danza, 2014) , Leyland (2015) y Los apestados- Heráclito nada (Ed. en danza, 2017). Como solista editó los siguientes trabajos musicales: El gran pez americano (1987), Lo que sale una trompeta (radioteatro, 1989), Misa negra (1991), Los últimos días de Johnny Weismüller (1996), La pasión según los hipopótamos (1998). Realizó los siguientes trabajos de teatro musical: La compañía mágica del circo (con Lito Vitale, 1980), La mujer sin cabeza (con Luis Trochón, Montevideo, 1996), ¡Kapelusz! (1997), Abel cazador de Caín (1998), Academia de baile Orestes (1998), Ten, los diez mandamientos (con Diego Villa, 2000), El deseo en El Pavo Real (2001). Como guionista de TV escribió para “Magazine For Fai” (con Mex Urtizberea), “Chabonas” (con Mariana Briski), “Artesano de fin de siglo” (con Claudio Koremblit) y “Okupas” (con Bruno Stagnaro y Esther Feldman).





domingo, 13 de octubre de 2019

POR QUÉ SOY UN ENFERMO DE LOS NERVIOS




























Cinco

Conseguí una entrevista en un nuevo laboratorio. Su escritor de prospectos había muerto de un cáncer. Buscaban a alguien joven, instruido. Pasé por varias entrevistas. Había otro candidato que al parecer también conocía el oficio. Más joven que yo. Con una redacción asombrosamente cabal. Yo lo tenía de mentas. Él había redactado el prospecto de Regadione simple y compuesto.
No corría con ventaja, salvo que el laboratorio se interesase por mi electricidad o mi vena futurológica o por mi buena relación con la escritura. Nada de todo esto parecía considerar la empleada que tomaba las entrevistas. Yo era un poeta.
La chica tenía un tic: no dejaba de pestañear, doscientas o trescientas veces por minuto. También ella era voltaica. Quizás -llegué a pensar- pone su voto sobre mi persona porque mi conversación aliviaba el tormento de sus pestañeos. Pestañeaba cada vez menos, estaba convencido de que alguna empatía se estaba produciendo entre su pequeña máquina abanicadora y mi corriente eléctrica.
Ella parecía no darse cuenta de todo esto, o quizás nada de todo esto estaba sucediendo. No había modo de que ella intuyera mi electricidad o mi talento. La última pregunta estuvo destinada a medir mis conocimientos literarios. Mi lista fue apabullante, deseaba impresionarla con el único objetivo de volver a verla pestañear; su maquinita me daba un poco de risa, volvió a pestañear trescientas o cuatrocientas veces por minuto. No recuerdo a qué poetas, a qué escritores mencioné; la joven y rubicunda empleada parecía no conocer a ninguno. Se encontraba en un severo estado de fatiga.

No volvieron a comunicarse conmigo. Era obvio que el puesto lo había ganado el más joven, con más tino, más modestia y quizás con un novedoso estilo de vanidad.
Yo amaba a la gente de estilo. Simón era un hombre de estilo. Un enfermo de estilo. Ninguno de los médicos que me trataron eran hombres de estilo.

Los nervios me estaban jugando una mala partida. Estrellar los puños contra la heladera, patear con fuerza descomunal la jaulita de los loros de un vecino con quien apenas nos saludamos, pegar cabezazos contra la puerta de chapa del mecánico Anselmo, no hacían más que confirmar que estaba dentro de un nuevo corifeo, una nueva estela enfermiza que culminaría en la estrecha y calurosa cama de un hospital público.
Odio los hospitales. Odio sus enfermeros y sus médicos de guardia. Odio los orinales y los pinchazos. Odio la maldita jarra de agua tibia. Odio los gatos que caminan por el alféizar de la ventana para terminar entre las piernas de un agonizante.



Seis

El doctor Abásolo, con su ojo tuerto, me visita con un puñadito de jóvenes discípulos. Explica con cuidado mis síntomas. Los estudiantes me miran con curiosidad; la más resuelta de las jovencitas tiene labio leporino; otro se me acerca de costado, del lado del brazo que le falta; todos parecen estar resfriados, no paran de sonarse la nariz, ejercen una fuerza desmedida forzando las narinas. Alguna ventosidad se escapó bajo un mugroso guardapolvo blanco.

Me hacen preguntas irreverentes, yo mantengo un discurso prospéctico, soy una máquina de hablar. Los confundo. Me parezco a la chica que pestañeaba. El doctor Abásolo advierte mi fatiga y se lleva al racimo de mediquitos a la puta que los parió. Asoma luego su cabeza para dirigirse a mí graciosamente; parecía en verdad una cabeza sola, como la de Sulamita, sin cuerpo, abriendo y cerrando su tonta boca, haciéndome notar mi falta de estilo. Toco la jarra de vidrio y estalla. Lastimo el ojo sano del doctor Abásolo.

Me aplican un calmante. Una enfermera que al pasar deja caer sus enormes tetas sobre los botones de su guardapolvo me entona una canción muy bonita, quizás para ayudarme a cerrar los ojos o para morir o para ingresar en la melancolía que tiene todo escritor de prospectos.



Siete

Estoy internado. Simón viene de visita. No sé cómo pudo enterarse. Dice jocosamente: -Los juguetes me dijeron que estabas aquí-.
Me trae un juguete de hojalata litografiado Matarazzo, un trompo gigante. Lo hace girar en la mesa de metal que está al costado de la cama. Sale música: una música que me hace llorar. El vacío de la vida. El trompo no para jamás su giro, ni su música, y mi electricidad empieza a crecer. Tiro de un golpe el trompo y se apaga la luz del hospital.

Por una semana no volví a ver a Simón. Me llamaron de otro laboratorio. Fui a las pruebas. Aprobé. El sueldo era magro, me dieron los datos del medicamento para que armara un primer prospecto.
La gramática de los prospectos es particular, yo domino ese aspecto y tengo noción de cómo ocultar aquello que el laboratorio no quiere mostrar. Todos los medicamentos ocultan “esenciales”. Esto lo aprendí de la alquimia y forma parte de nuestras repetidas conversaciones con Simón. Oculté con calidad. Fui admitido por el director del laboratorio, con quien compartí un almuerzo magro, como el salario que me ofrecían.
El hombre era cardíaco severo. Había sido abierto como un pollo hacía dos años pero se reía de su peste como hacen en general los cardíacos. Les divierte la idea de que el corazón pueda explotar como una bola de fraile rellena. Son idiotas ásperos. Me habló de su enfermedad, de la de su mujer, que era diabética, y de la enfermedad de uno de sus seis hijos, que tiene un nombre raro igual que su hijo. Pidió dos whiskies y yo comencé a temblar temiendo el encuentro de mi mano con el vaso de vidrio. Hizo el gesto de brindar. Tomé mi vaso de whisky, que explotó en el brindis como el de él, y varios de los vidrios se clavaron en su cara y en sus ojos. El hombre se desangraba en el piso. Todos los presentes caminaban nerviosos en ronda; parecía un ballet, una obra musical para ballet; todo se comportaba como el trompo Matarazzo que me había obsequiado Simón.

Me senté en una silla sin mesa a contemplar: el cardíaco severo, el director del laboratorio, había estallado como una lamparita Philips.

(De: Los apestados,

Ed. en Danza, 2017)

Alberto Muñoz (Buenos Aires, Argentina, 1951)



IMAGEN:  La red de cables bioeléctricos, que recorren nuestro cuerpo, conocidos como nervios.




viernes, 11 de octubre de 2019

LOS APESTADOS






























Estoy apestada pero no me quejo, es como estar enferma de risa. Soy bailarina. Danza clásica. Tuve y tengo aún un cuerpo lleno de gracia. Bailo la música de los grandes maestros, salto, me agacho, abro las piernas, los oídos; mi vida es un barómetro telúrico, estoy amarrada a una cuerda inexistente, bailo en un andamio por encima del universo. Vivo en una casa de madera en lo más alto del cielo. Tengo visones en las yemas de los dedos. Soy paralítica.


La coreografía es simple: una fila de lápidas por las que me muevo. Los muertos salen a mi encuentro, nada de qué preocuparse, son bailarines haciendo de muertos. Uno me levanta por el aire y me transformo en un ectoplasma. Edipo me abraza, soy la Esfinge. La sala está llena. La música es de Alban Berg. El público está incómodo porque los muertos bajan del escenario y sacan a bailar a la gente. Es un ballet moderno. Arrastran a una mujer de los pelos hasta el escenario. A mí me toca desnudarla y limpiarla de su estúpida vida. La mujer se deja hacer, está más cómoda en el escenario que en su vida conyugal. Es una gran escena, la mujer es la primera bailarina, es superior a mí. Fuera de los ensayos hemos conversado sobre el arte y la discapacidad. Ella sabe que estoy enferma y que quizás ésta sea la última pieza que baile en mi vida. Le digo mientras bailamos que la admiro, que es mi fuente legítima de inspiración. Ella me dice en el aire a metros del piso, que voy a morir. Que tengo que reírme. Que la muerte se retira cuando uno se ríe.


(De: Los apestados,
Ed. en Danza, 2017)

Alberto Muñoz (Buenos Aires, Argentina, 1951)








miércoles, 9 de octubre de 2019

MIRAR A UN GATO ENCERRADO











Simplemente para verificar la eficacia de la frase “aquí hay gato
encerrado” encerré un gato. La llave del candado la guardé en
un cajoncito de la cómoda y me desentendí del experimento
durante 24 horas. Al día siguiente, fresco, sin ambages, procedí
para comprobar lo que desde un principio suponía: en la
habitación no había ningún gato; la literalidad resulta hueca;
se promueve esa expresión porque el misterio es lo único
que no aburre en esta vida.

                                        (El naturalista, 2010)


(Tomado de La luz contra el centeno,
Antología de Javier Cófreces,
Ed. Continente, 2013)
Alberto Muñoz (Buenos Aires, 1951)





lunes, 7 de octubre de 2019

SORDOS Y CIEGOS















Abuela te estás quedando sorda.
Estás mucho más sorda que el año
pasado. El año pasado te pude decir
que le cagaste la vida a mamá
pero vos llegaste a escuchar solamente
“la vida a mamá” y contestaste:
“Sí, me sacrifiqué”.
Este año te volví a decir lo mismo
pero tu oído más deteriorado que el
del año pasado registró solamente
“a mamá” y contestaste desde tu paraíso de tapia:
“...cuidala, como yo cuidé a la tuya”.
Ahora abuela te lo estoy gritando.
No está pasando un tren soy yo el que ruge
tu nieto de molicie tu maldito perro inacabable.
Tengo la boca abrochada a tu oreja
te grito como si cayera de un piso veinte
te estoy gritando frente a mamá
que no puede ver lo que hago.
 (Trenes, 2004)

Antología de Javier Cófreces,
Ed. Continente, 2013)
Alberto Muñoz (Buenos Aires, Argentina, 1951) 






sábado, 5 de octubre de 2019

FELLATIO EN EL TREN



“¡Todo encerrado en un trozo de piel
plegado en páginas de escaso tamaño!”
Marcial, Epigramas

Ella me había prometido
al salir del colegio
entre estación y estación
chuparme la pija

en el vagón de las bicicletas.
Su boca estaba hinchada
roja como las manzanas verdes
tenía el tamaño de la o
que usaban los poetas latinos
en las exclamaciones:

“¡Oh, tú, que si quisieras
darías la armonía del cisne
a los peces mudos!” (Horacio)

De rodillas. La boca de rodillas
los ojos pegados al cierre
relámpago
del vaquero
del vaquero Lee
del vaquero Lee gastado.
(Oh Dios, nadie debe estar
entendiendo de qué hablo.)
¡No era un vaquero Far West!
¡Era un Lee!
Sentí su boca húmeda
tragándose el contenido
del Lee en ese vagón
de madera
e imaginé lo que podía estar sintiendo
ella rozando sus mejillas
en el vaquero gastado
abierto en la bragueta
como un cuchillo que entra
en la panza de un conejo.

La boca de ella
con la o más abierta:

“...o que la astuta Nómade
suprima sus secretos sabores” (Propercio

Las manos adheridas
a mis glúteos
tocando con los dedos
rozando
el símbolo Lee
repujado en cuero marrón.
Imaginaba la marca
Lee
como un cartel en el lóbulo frontal:
de esto nunca te vas a olvidar.

¡Ah los maestros latinos
Lucrecio Virgilio Cattilo
el amoroso Ovidio!
Todos en el vagón de las bicicletas
abandonando sus papiros
viciosos y trémulos
ante la tela del vaquero gastado.

¡Así es el cielo de Roma! —gritaban.
¡Así es la Osa brillante del Licaón!
Así éramos los estudiantes
del Industrial llevando la regla T
deseábamos solamente
que los babiecas que usaban Topeka
no fueran
las maestras
de nuestros hijos.

(Trenes, 2004)

Antología de Javier Cófreces,
Ed. Continente, 2013)

Alberto Muñoz (Buenos Aires, Argentina, 1951)





viernes, 4 de octubre de 2019

LOS SENOS DE LA CORREDORA PEDESTRE


























La joven que a mi derecha emprende la carrera mueve sus
senos de manera tal que quisiera perpetuar su bamboleo
hasta agotar el vacío de morir sin pecado
Continúo a su lado en silla de ruedas porque estoy lisiado
de sus tetas
Soy roja boca Sésamo máquina de tragar la leche de las flores
Odio correr odio moverme como atolondrado odio los
planetas los gobiernos detesto la causa del efecto sufro del
hígado y del mal sufro de todo lo que me hace solo dispongo
de cualquier creencia con tal de chupar el azúcar de su
corazón




EL ESCALADOR SIN MÁS

Solo y duro
Con la dureza
de un caño solitario

El torrente por dentro
yendo y viniendo

Un ojo
en cada
extremo

Enterrado
o al aire libre
sin más

Todo nuestro amor
es eso: comunicamos
la nieve por dentro
  
(De: El  Levantador de pesas 
and other poems, Ed. en Danza, 2008)



Alberto Muñoz (Buenos Aires, Argentina, 1951)





miércoles, 2 de octubre de 2019

HISTORIA ARGENTINA

















El general San Martín nos dijo una vez que las mujeres
entorpecían las batallas, que daban sus ojos de candor a los
hombres heridos, pero no había hombres heridos; que
suministraban vendas blancas y celestes para las cabezas rotas
en pedazos, pero no había cabezas; que guardaban en sus senos
las cartas en los últimos instantes, pero no había instantes.
El glorioso general San Martín se afeitaba cada vez menos,
para que su cara fuera olvidada, y las mujeres le acercaban
su toalla, su navaja, su palangana de agua, pero no había mujeres.


(Camiones, 2001)

(Tomado de La luz contra el centeno,
Antología de Javier Cófreces,
Ed. Continente, 2013)

KAPELUSZ

Un pedazo de la historia argentina
quedó prendido al cuenco de tu mano
cuando quitaste del río
la tremenda pampa del agua.

Yo no sé, al igual que tantos
que intentaron medir el sueño
con varas y sistemas,
qué habrá de cierto en el fondo de los ríos,
pero allí,
como en el uso del ámbar y la estrella,
se habla de lo oscuro,
del abúlico tenor de la desgracia,
de perros y maestras.

Se dice que en el lecho de los ríos
de la plata
duermen, esperando que la muerte los reflote,
algas con voz de hombre,
peces con risa de niña,
trozos de buques del Edén.

¡Dios mío cuando levantas del río
el cuenco lleno!

(Terra balestra, 1985)

(Tomado de La luz contra el centeno,
Antología de Javier Cófreces,
Ed. Continente, 2013)

Alberto Muñoz (Buenos Aires, Argentina, 1951)


IMAGEN: San Martín, en sus últimos años.