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jueves, 24 de septiembre de 2015

POEMAS CONCRETOS


























VITULLO

Cuando Sesostris cambió la horizontalidad
del granito por tótems como Chola, Cóndor y Malambo -casi al final
de su vida, aunque tampoco lo supiera-, la academia le cerró
las puertas y los funcionarios
de la embajada argentina en París escondieron sus tallas
en un sótano. En su diario escribió: nadie me ve
como yo quiero que me vean. Lo extraño es que habiendo sido
modelo de Bigatti y de Bourdelle tuviera una sensación
tan baja de sí mismo. Enfermo, se casó y entró
como empleado en una cantera 
donde le regalaban los bloques que modeló 
resignado a no tener una vida mejor 
ni un regreso glorioso a la patria. En un momento
se empeñó con ser poeta: 

así es el infierno de los que hacemos todo 
de una forma apagada y distante, anotó

en la estrofa quinta de un libro 
que jamás fue publicado. Para cuando lo descubrió 
Pirovano, su obra estaba desvalorizada 
y su páncreas -tan joven como él-, casi muerto.



MARIE A VITULLO

Se me ocurría pensar que él no necesitaba nada, porque el mundo
estaba pendiente de lo que hacía o dejaba de hacer,
Pero esa tarde en Montrouge, con la misma mano
que martillaba el bloque de mármol, me levantó la camisa,
la enrolló en mí garganta y se quedó mirándome,
sin ese apuro que mostraba siempre por hacer todo lo demás.
Tenía los ojos fijos, tanto que me dio miedo de que no
se animara a hacer otra cosa. En todo caso, lo inaudito era
que invadiera mi terreno: yo era la que iba ahí a mirar;
él, por ser mejor en cada cosa, no tenía derecho
a llevar a cabo un acto tan ordinario.

No hay manera de distinguir el Sena desde el taller
de Montrouge. Se lo oye y eso basta para reconocer que todavía
existe, que nadie va a morirse en la habitación de cuatro metros
por tres y medio mientras el río siga en su sitio y moje
los bordes sembrados de botellas y papeles inservibles.
Él no necesitaba nada: ¿por qué iba a hacerle falta algo
si tenía esas manos, esos ojos? Sin embargo,
se agachó y rozó mi mejilla con la boca entreabierta.
Hacía frío. No atiné a moverme ni siquiera por discreción.
Introdujo la lengua en mi boca y la agitó
hacia los lados, lentamente pero con firmeza.

No le hacía falta nada. Ni esa tarde en su taller,
ni después, cuando nuestra vida se convirtió
en un pasillo interminable. En cambio yo, en Montrouge,
volví a ser la de siempre: estoica, torpe, viva imagen
de Pascual Bailón en sus primeros años
como hermano de la Tercera Orden.


MARIE a VITULLO

La vida, al final, tenias razón, era el espacio que quedaba entre verte y no verte.


VITULLO y MARIE  (París)

Si la foto no fuera blanco y negro,
se notaría
que el abrigo estaba cerrado y él, con las manos
fuera de los bolsillos, caminaba despacio
para encontrarse con ella. Si la foto
fuera más grande, entrarían en cuadro sus zapatos,
el edificio en construcción,
el polvo en el aire y el instante
en que se confundieron uno con otro y lo demás
dejó de importar o desapareció por completo.
Si la foto existiera, él no se hubiera arriesgado
a abrazarla así, con tanta gente alrededor, y ella
estaría abatida. Pero la foto no existe
o se perdió.



MALDONADO

A veces la vida
toma la forma de un pez
o la de un bastidor sin tela.

Cada cual lleva en sí mismo 
el molde de la suya.

Nadie escapa a ese plan.

Con el tiempo
el presagio se hace carne.



UNA LÍNEA EN MIL - PRATI a MALDONADO

Él no la eligió. Fue al revés. Pero cuando se queja
de su insistencia,
algo en su cara dice lo contrario.
No puede mentirle. Ni ella a él. Tienen una naturaleza serigráfica:
lo que hacen se opone casi siempre a lo que dicen,
pero los dos comprenden de qué se trata esa técnica
porque la manejan.

Pueden pasar años sin verse. Quizás, ella se torna hosca; él, 
indiferente. Cuando se encuentran, no saben bien qué hacer, 
entonces, él la abraza y ella siente que podría morirse ahí mismo, 
que su felicidad en la Tierra se justifica 
en el momento humilde de estar uno ceñido al otro.

Él la quiere, no hay duda de eso.
Pero ella lo quiere de una forma, es decir, lo quiere tanto,
que si se lo dijera, arruinaría todo.



IOMMI

La piedra en el zapato de lommi
fue la sentencia
del manifiesto concreto, ni buscar
ni encontrar: inventar.

Mi piedra no está en el zapato: ser condescendiente
24 Hs. al día es lo peor
que podía pasarme en la vida. Y me pasó.



CRENOVICH a DEL PRETE (Línea 57)


Al contrario de lo que quiere la gente,
yo ruego que el colectivo
venga lleno cada vez que viajamos juntos.

Nosotros no tenemos nada en común.
Jamás nos hubiésemos conocido viajando.
Él vive hacia el norte; yo más al centro.
Ni siquiera nos coinciden los horarios. Damos
dos pasos atrás. Se agarra del pasamano. Yo
me agarro de él -no puedo hacer más: con suerte
le llego al pecho-. Nos presionan de todos lados:
entregar un libro en dos días; sus clases
de los viernes, y veinte albañiles que intentan
llegar temprano a casa. ¡Un pasito más!, grita el chofer.
Lo miran con mala cara, en cambio, su cara
es inconfundible: no está enojado, no está triste.
Quiere pedirme lo que no podría darle. Vení,
me dice con esa voz grave que usa a veces, y yo
me interno como una adolescente en el hueco 
que hay entre su abrigo y la camisa verde musgo. 
Lo abrazo. Él y yo no tenemos nada en común, 
pero su corazón está en la punta de mi boca -lo 
siento latir-, el colectivo va lleno, un bebé 
llora adelante y nos quedan quince minutos 
de algo demasiado parecido al amor.



Cecilia Romana




Cecilia Romana. Poeta argentina. Nació en Buenos Aires en 1975. Ha concluido la carrera de Artes y Ciencias del Teatro en la Universidad Argentina J. F. Kennedy. Colabora en las revistas Hablar de Poesía (Buenos Aires), Fénix (Córdoba), El Hipocampo (Sevilla) y Clarín (Oviedo). Publicó Flota, hangares y otros trabajos mecánicos (Ediciones del Copista, Córdoba, 2004); Duelo -junto a Mercedes Araujo y Carolina Esses- (Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2005); Aviso de obra (2006); No lo conozcas (CONECULTA, México, 2007); El libro de los celos (2008) y Los que fueron (2011). En prosa publicó: Fue acá y hace mucho. Antología de leyendas y creencias argentinas (Kapelusz, Buenos Aires, 2009). y ¡Canta, musa! Los más fascinantes episodios de la guerra de Troya, junto a Diego Bentivegna (Kapelusz, Buenos Aires, 2009). Bajo su curadoría, el sello Sigamos Enamoradas, del que es editora, publicó la antología de poesía argentina Hotel Quequén, en 2006; la antología de narrativa nacional Hotel Quequén II, en 2008 y la antología de poesía latinoamericana Hotel Quequén III, en 2009. Sus poemas han sido traducidos al francés en Canadá (Exit) y Bélgica (Maison de la poésie).  Ha recibido varias distinciones.
POEMAS CONCRETOS es su último libro de poemas y fue editado por Cabiria-Colección Vidanueva, en 2015.




lunes, 21 de diciembre de 2009

EL LIBRO DE LOS CELOS

















EN EL ALMUERZO

Que cada uno vuelva a su silla. Lo hecho, hecho
está ¿De qué sirve un:
no tenía idea de cuánto daño podía hacerte?



Peor sería que al plato de la sopa se le formara
esa película grasa en la superficie.

NADA ME GUSTA MÁS QUE COLGAR TU ROPA


No soy Frost, que de una manzana hace un poema.

Yo cuelgo tus medias con los talones hacia abajo
y espero que se sequen a la buena de Dios.


UN MAYO CON PROBLEMAS

Una hilera de autos con banderines
arrastró el poco silencio que quedaba.
A veces, la procesión va por dentro
en un aspecto puramente retórico.

Volvimos a la cama. Nuestros pies
colisionaron debajo del acolchado.
Al contrario de la excitación pública,
la felicidad llega inesperadamente,
por eso tarda más en irse.
(De: El libro de los celos,
Ediciones en danza,
2009)



Cecilia Romana (Argentina, Buenos Aires, 1975)


DIRIGIÓ  junto a la poeta Marina Serrano el blog SIGAMOS ENAMORADAS.


IMAGEN: “Paris sans laisser d’adresse” (fragmento), pintura de Vito Campanella.





UNA CASA PARA DOS ESCRITORES



A Carlos Bernatek, mi esposo,
porque sin él no lo hubiera escrito
MILAGRO EN LA SIESTA

Entre mis pocos objetos imprescindibles –la máquina,
el Espasa, la revista del cable-, sos el más inmóvil.

El perro no lo sabe. Va hacia tu lado de la cama. Olisquea
la mano suelta. Tal vez sea su día de suerte. Puede ocurrir
el milagro de que te despiertes y lo acaricies.


MISSOURI
a Diego Bentivegna
Su padre hizo el cerramiento. Esta tarde
me trae para ostentar ciertas habilidades que quizás
haya heredado.
No te olvides, dice, ya existe un libro
con ese nombre. Me causa gracia ¡Claro que
la elección de una palabra conlleva
el riesgo de muerte!

La corriente mueve la llama del calentador. Somos
dos escritores. Nuestra tarea consiste
apenas en catalogar ¿Y ese río, Missouri? Todos saben
que arranca de cuajo árboles enteros.

Nos quedamos en silencio ¿Qué más podemos hacer?
Todo crece a nuestro alrededor.
Todo tiende a dejarse llevar. Incluso nosotros.


(De: El libro de los celos,
Ediciones en danza,
2009)
Cecilia Romana (Argentina, Buenos Aires, 1975)



IMAGEN: El escritor argentino Carlos Bernatek.








jueves, 26 de marzo de 2009

MANZANA 49



Palpo el extremo de la donación: desnuda y sola.

¿Qué más podrías pedirme? ¿Qué más podría darte?


Estoy sola, ¿por eso recuerdo?


Aterrada frente a kilómetros de mostradores manchados
de restos bovinos. Acercándome al descenso de los fluidos.
La exacta correspondencia de este mediodía
con todos los mediodías.


Y de mi cuerpo anterior con todos los otros cuerpos.






No tengo miedo a los muertos.
A él, atado con goma antes de partir
rumbo a la manzana 49.
Por el cuarto creciente de mi culpa.
Por mi culpa.


Creo en la forma del ascenso;
en la casa contenida en los camiones;
en la porción de agua que será
exterminada una vez
que concluya la descarga.


Creo en el muerto; en la casa de los muertos;
en los restos transportados;
en el césped del remordimiento.


En su cabeza de tres cuernos.




Su nombre me penetró durante la ascensión.


Los mares que hundí por él.
Los hombres que hundí por él.


Pero regresó una última vez
desde el oeste de su tobillo
como un pino de humo.


Estoy lista para dejarme estar.
Desnuda. Aterrada y lista.






Todos, excepto él, tendrán que llamarme virgen,
aparecida, corpórea.


Ola de piedra contra la puerta
cerrada de su ausencia.


(4 Textos, de "Duelo")
Cecilia Romana (Argentina, Buenos Aires, 1975)