sábado, 4 de julio de 2026

EL EFECTO DE LA REALIDAD


Selección de “EL EFECTO DE LA REALIDAD” -1959-1979-

 
Retrato de Laura
 
Una persona de rota mirada
si viene a ser una mujer
escrita por un hombre
como generalmente ocurre en un poema
pone fuego a la punta
del cigarrillo
y mira hacia el autor
imaginándolo entero
grotescamente entero
dando lugar
a una profunda decepción
por parte del otro.
 
 
El efecto de realidad
 
Se trata de tomar la realidad.
A falta de.
Eso aquí: tener
la realidad. (¡Oh flash!)
¡Tener! O algo que dé noción de realidad
ganas de realidad, ¡oh rey!
 
Tener la realidad.
O el truco de creer
en cosa tocada a otra.
Señoras; Dioses;
allí donde haya o quepa verso
trato.
 
Muchos tratan.
y uno trató, trató, trató
marcó el famoso paso de tratar y se fue.
 
Otros: ¿Maltratan?
¿Es cierto que han dicho que dicen que dijeron que
Dichos maltratan…?¿Restan
aún tratos que sólo a duras penas entran
y pese a todo en la famosa
realidad?
 
¿O es que alguien cree
en la limpia mano
abusiva
de esa poesía
abusadora?
 
 
El camino del cisne
 
 
Saludo a la armonía que surge del reconocimiento del espejismo
del orden, del espejismo de la armonía.
 
Un logro. Puedo canjear mi vida por un logro; mi corazón
por un efecto nítido sobre mi corazón.
 
Hay sol, abundancia de sol y grandes simuladores de la
alegría suceden con frecuencia. Hay un arte de sostener 

indefinidamente, a la altura de los ojos, la desazón,
la displicencia y aun el asombro del goce reiterado de
la desazón.
 
Varado en un poema por años.
 
Saludo a esa áspera señora dentro de mí que insiste con su
show.
 
Hay un arte de sostener por horas cierto registro de la voz que persevera en reflejar la opacidad, la opacidad del día a pesar
de todo.
 
Varado en una gama, en un tic, por años.
Hay un arte para la clasificación y el cotejo de las pruebas
del que resulta un orden arbitrario que da lugar a imágenes de orden en el consumidor desprevenido.
 
 
De: “PARTES DEL TODO” -1985-1997-
 
Versión (de “Diálogos del aire”)
por Once
 
Et, quand nous respirons, la Mort dans nos poumons
Descende, fleuve invisible avec des sourdes plaintes.
 
Fumar: quemar un tiempo acumulado
por el trabajo humano en el tabaco.
Colmar la nada que parece el aire
con las formas del humo controlable.
Llenar todo vacío con los sueños
de otros que por ajenos son más nuestros.
Tramar con las imágenes triviales
de los medios, nuestras escenas reales.
Placer pequeño, humano, tolerable.
Social, fiscalizado, numerable.
Fumar: desear que lleva hacia un deseo
de volver a desear buscando el nuevo
desear que nunca cese y siga ardiendo
y en sed que arda insaciada arder viviendo.
 
 
Versión (de “Diálogos del aire)
 
por Catorce
 
Et, quand nous respirons, la Mort dans nos poumons
Descende, fleuve invisible avec des sourdes plaintes.
 
El placer de fumar, el placer de quemar
lo que nos llega sólo para ser consumido
y en eso se consuma. El placer de encontrar
en la nada del aire un sabor conocido
un aroma sin nombre, conocido, habitual.
El placer del colmar el aire, este vacío
con el cuerpo del humo que se disolverá
en la nada del aire cesando, convertido
en deseo de volver a desear y volver
otra vez a desear persiguiendo un deseo
intacto que no cese ni se apague al prender
la brasa y que arda en ella convertido en un fuego
ínfimo y casi interior y casi eterno y lento
como el hombre, aspirado desde un vacío del tiempo.
 
 
De: CANCIÓN DE PAZ (2002)
 
Poema de los días
 
 
Poema de los días
Es la poesía del movimiento:
la conversión del movimiento en cosas
de pensar: la utilidad del tiempo,
el gasto humano, la recuperación
de la materia y la gradual desaparición
de todo lo que hay.
 
Ay el día y toda su luz...
 
Ah... Y las noches
partes indispensables de lo que era.
 
Y el contenido de lo que habría que ver:
el deber-ver ahí conteniéndonos.
 
Ay, sí: ahí en nosotros,
aquí en un puesto que ocupamos eventualmente,
el deber-ver como una orden que nos ordena.
 
En fila vamos con el día.
 
En su girar-con, o encima de nosotros.
No encima nuestro, porque lo nuestro se perdió
como el pan nuestro y el amor nuestro de cada minucioso
           recorrido
de este girar ajeno que representa el día.
 
Mirábamos el día
y ellos miraban las estrellas y los planetas
y proyectaban cálculos, causas, órbitas, fuerzas y relaciones.
(¿Y qué serán las fuerzas?)
La fuerza estaba en la razón
La fuerza estaba en la comida.
La fuerza estaba en el olor de los nenes y en los bebés.
 
Allí en la leche estaba aunque lo niegues.
En el aliento, en este brazo, en la respiración,
aunque lo niegues.
 
Pero mirábamos el día
y ellos miraban el universo imaginándolo una esfera
veteada de órbitas
e imaginaban fuerzas.
Era su modo de mirar el día.
 
¿Entienden? —preguntaban.
Y uno acataba la orden de entender
y así le contagiaban el universo.
 
Uno más, contagiado, yo.
El universo para no ver el día...
Yo, para no ver el día.
(Para enterrarme allí en el día y no verlo y que el día
me arrastre junto a todos con él y así enterarme, tarde
de que vivir
es
no mirar
el día:
obedecer.)
 
Desobedezco: miro
el día en el poema de los días.
El día entero: un movimiento
de retorno del cielo y el aire.
Lo azul, el gris, el terciopelo
cribado de las noches.
 
Todo retorna y cambia y permanece.
 
Todo:
ahí ir, desentenderse y darse
al movimiento circular del día.
Arrastrarse hacia el este, al alto este
para después subir hacia la noche y seguir
progresando por ella hasta la aparición del sol.
 
El sol vuelve a salir y estamos en el día.
No quiero que hoy vayamos al cine ni que nada
interrumpa este viaje hacia el este
en el poema de los días.
 
¿Te imaginás los días enteros viajes hacia lo alto del este,
sin enterarnos de otra cosa que de nuestro ir hacia adelante
y de la eternidad de este caer?
 
¿Te imaginás los días enteros

sin la más puta noticia de diarios ni de radios y sin 
las putas interpretaciones de la televisión?

 
Todo está bien mamá: si vos querés, improvisemos
para este día una falsa fiesta con putas y bebidas
total el día seguirá hacia adelante.
Pero que el mundo no venga a interrumpir la vigilia del día
ni la verdad del día.
 
Porque en el poema de los días
el día nos concierne, el mundo no.
El mundo viene concernido y por otros.
¿Dale que así no lo queríamos?
 
El mundo, el mundo, esa inmundicia de cosas predispuestas
para olvidar el día y lo que somos.
Vayamos con el día y si querés
hagamos una fiesta con falsos amigos que beban con nosotros
y escuchemos el mundo
pero mirémoslo caer hacia el este a lo alto e irse con el día.
 
El trapo negro de la noche se lleva a los amigos.
Giran, desparecen, caen sobre el mundo.
Se cargan de noticias, deberes y movimiento errático.
Se pierden los amigos.
 
En el poema de los días
se pierden todos los amigos.
También nosotros
nos perderemos, disueltos entre las rotaciones
de tanta luz y tanta oscuridad sucediéndose.
 
Pero estamos aquí.
Todavía aún estaremos aquí, llevados por el día
y nadie más.
 
¡Unico viaje el día!
 
Pisar descalzos sobre el día.
 
Oír solamente el día, lo más humano.
Atender-entender el silencio del día
la obstinación callada del girar.
 
Somos un ruido que desaparece.
 
¡Ay día a día la apariencia del día...!
 
¿Dónde estaremos? ¿Dónde estoy?
¿Dónde estás en el hoy?
¿Dónde sos otro en el otrora
de todos los momentos?
¿Dónde más preguntar?
 
Todo está bien, pero pensemos:
por un rato pensemos la posibilidad
de salir. Sin ir más lejos, pen-
­semos en la nieve, en el mar,
en un puerto, la bahía con su fon­-
do de montañas, las barran-
­cas que bajan por los acantila-
­dos de piedras y una cale-
­ta de pescadores reciclada
para el turismo. Micro-
casitas de pescadores recicladas
para el turismo. Por fuera, paredes de tablones,
techos de cinc pintarrajeados, y adentro el aire
acondicionado central de la red
hotelera: el primer mundo
en el puertito.
Imaginémoslo.
Imaginémonos, por un instante
salir...
 
Y esas playas...
Las pequeñas bahías de aguas templadas con
sus fondos de arena y piedra: peces.
 
Prefiero el día.
Quedarme en este ni siquiera aquí del día.
 
Si a mí no me trajeron al mundo.
Si yo era el mundo y me trajeron a un día
que insiste y permanece.
 
Son nuestros días permaneciendo, y llevan
todo y voy ya
con ellos.
 
Así con ellos voy, yo
en el día el día.



De: GENTE MUY FEA
 
El encuentro de la fealdad
 
No es lo feo: es lo que veo:
el mundo, esta mujer insoportable
y el destino de empujar el carrito
del mundo —insoportable—
entre los bordes del patrimonio ajeno.
 
Y el matrimonio, ajeno a todo,
reproduce la belleza del verano
con su cámara digital
desde la terraza de un hotel
sobre la tierra intoxicada por la fealdad
del aire.
 
Ah... Ahí era un viaje a la felicidad.
 
La muerte, pero, por debajo,
abonaba el terreno
y las ruedas del carro de la felicidad del mundo
trazaban huellas sobre el terreno
—dispares y sinuosas como la vida—
mientras la felicidad brillaba entre las copas de los árboles
siempre ella debajo, encima, o lejos de la cabeza.
 
Por eso, ver es la única:
ser lo que veo, lo feo,
ver lo que somos:
 
             ¡El mundo es nuestra muda acomodación
             a la fealdad que calza la vida
             mientras el hueso se desnuda!
 
No sé qué escribo, digo: sé
lo que dije, es lo que soy yo, y lo que veo:
lo feo de espejo, este recorte
nuestro de cada diario
es el terreno de la guerra
acotado. ¡Esos son muertos!
 
¡Qué muertos válidos
los de la guerra..!
No muertos pálidos
de sida de hospital
de amargura, de tristes,
o de tos, de su dosis letal
de excitantes, calmantes,
publicidades, medios.
 
Éste es un viaje hacia la paz
doméstica: la lectura
del diario, el dormir
diario, y el ovario —mensual,
oblando— y el matrimonio
hablando de la fealdad
más allá de la puerta
y del peligro e hijos
más allá de puerta
y el consumo mensual
y las salidas semanales
los fines de semana
y la finalidad de la semana:
                medir con su fealdad
                el tiempo de los hombres.
 
Éste es el carro de la vida
atascado en los días
de la semana de la vida.
 
Los siete días de la vida,
sus manchas rojas
y las luces del aire
que ya no sé por qué
laten así al mirar
apagándose, con el pulso de toda la fealdad
que nos devuelve a la vida.
 
 

(Del Libro:  Poesía completa,
Alfaguara, 2016)
 
Fogwill
 
 
 
 
Rodolfo Enrique Fogwill, más conocido como simplemente Fogwill, nació en Buenos Aires en 1941 y murió en la misma ciudad en 2010.  Sociólogo. Profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, editor de una legendaria colección de libros de poesía,"Tierra Baldía". Ensayista y columnista especializado en temas de comunicación, literatura y política cultural.  Es autor de las novelas Los pichiciegos (1983), La buena nueva de los Libros del Caminante (1990), Una pálida historia de amor (1991), Vivir afuera (1998), La experiencia sensible (2001), En otro orden de cosas (2002), Urbana (2003) y Un guión para Artkino (2008); de los libros de poemas El efecto de realidad (1980), Las horas de citar (1980), Partes del todo (1991), Lo dado (2001), Canción de paz (2002) y Ultimos movimientos (2004); reunidos en el volumen de Alfaguara de su Poesía completa;  y de los libros de relatos Música japonesa (1982), Ejércitos imaginarios (1983), Pájaros de la cabeza (1985), Restos diurnos (1993) y Muchacha Punk. (1998), recogidos en Cuentos completos (2009). Sus ensayos e intervenciones de prensa fueron compilados en Los libros de la guerra (2008). Su obra narrativa fue traducida al alemán, hebreo, francés, inglés, portugués y chino mandarín. En 2003 obtuvo la beca Guggenheim y en 2004 el Premio Nacional de Literatura. Luego de su muerte, Alfaguara publicó su obra inédita: La gran ventana de los sueños (2013), Nuestro modo de vida (2014) y La introducción (2015).
 
Pueden LEER uno de sus poemas más célebres AQUÍ: LLAMADO POR LOS MALOS POETAS y otro poema, más uno de sus cuentos  y artículos: AQUÍ


 

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