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miércoles, 25 de septiembre de 2024

LA PLENITUD

 


Hay una historia que quiero contarte: a veces,
en medio del bosque abrupto y solitario, crece un árbol
demasiado delicado y tímido para sobrevivir sin que las ramas
se tuerzan, decaigan, pierdan fuerza cada día,
como si no hubiera nacido preparado
para enfrentar la dificultad del suelo áspero y las plagas,
y su propia debilidad lo llevara a empequeñecerse
hasta casi desaparecer, tapado por una vegetación
que pareciera nutrirse de la audacia
que a él le falta. Pero una sola vez en toda su vida
–que no es larga– florece. Sucede en la estación de las lluvias,
y su flor es la más extraña que pueda concebirse,
no necesariamente bella ni cargada de polen.
Me dirás que ceder lo más valioso que se tiene
a una forma de vida que explota y se retrae en unas horas
no es un acto razonable, que es mejor la lenta construcción
de una fuerza que no pueda doblegarse y se sostenga
en lo que acumula año tras año. Sin embargo,
imagino que no debe existir nada más hermoso de ver
que ese momento de plenitud, cuando la materia que parece vencida
ofrece todo su poder de una vez a un mundo
que no lo necesita ni lo espera, para después retirarse,
como si el bosque fuera un cuerpo amado
e indiferente al que va liberando suavemente de su abrazo.
Yo quisiera ser así, capaz de soportar la plenitud
sin anhelar la abundancia. Que eso sea todo:
el puro deseo de dejar lo poco o mucho que se tiene
a quien se ama, aunque no le haga falta,
y vivir por un rato rodeada de las cosas que realmente le importan:
las tormentas, los animales feroces, la exuberancia del verano.


Claudia Masin (Resistencia, Chaco, Argentina, 1972)

Pueden LEER la biografía -parcial-y más poemas en entradas anteriores de la autora.



martes, 6 de mayo de 2014

POTRILLO






















Cada uno carga su familia como los mendigos sus bolsas raídas,
que llegado un momento ya no sirven para nada, pero a las que no pueden 
abandonar: son parte del camino recorrido,  
de ellos mismos: es tan difícil soltar lo que nos ha acompañado
tanto tiempo, aunque lastime y agobie, y el cuerpo se incline
bajo el peso. Como si fuéramos la muesca diminuta
en el arma que alguien ha disparado en un pasado remoto, 
en una tierra desconocida decidieron por nosotros, antes de que naciéramos,
hasta los muertos a los que tendríamos que llorar. Pero si nos acompaña
una multitud a cada paso, pienso, el aislamiento no resuelve nada. 
Ni construir una cabaña con las propias manos en el monte impenetrable, 
darle la espalda al mundo y a los demás, volverse un paria 
que ha rechazado su lugar entre los otros para quedar libre de una deuda 
que de todas maneras va a tener que pagar. Entonces, si todos los cuerpos 
que alguna vez ha reunido la sangre quedan atados 
por una cuerda que atraviesa el tiempo y su nudo 
es increíblemente firme, imposible de desatar, 
¿cómo ser en la vida algo más que una especie
de fenómeno natural, un latigazo del cielo, un rayo, un temporal,
que destroza sin razón y sin sentido, o al revés, una lluvia suave que reverdece
el campo seco y trae el alivio a los cultivos moribundos, pero que actúa 
sin voluntad de hacer el bien ni el mal, 
por puro impulso desprendido del pasado,
de las pasiones, esperanzas o terrores incurables 
de los que nos antecedieron? A veces creo, pero es una cuestión de fe, 
no sé si es cierto, que se puede construir una familia a partir de cosas ínfimas
que no forman parte de la historia que nos fue contada a través de las palabras 
o del cuerpo de los que amamos. Que podríamos descender en el tiempo 
hasta el instante en que aún no habían empezado ni la fealdad
ni el miedo, a través de una memoria física que nos devuelva la humilde 
y pura gracia de respirar. Hablo de atarnos a detalles tan insignificantes 
que no serían jamás parte del drama 
y por eso mismo no podrían convertirse en el hueso de tu infelicidad. 
Sería tan distinto, claro, si tu familia fuera el día en que conociste el verano, 
la primera experiencia de alegría bajo un chorro de agua en el sopor
pesado de la siesta, el olor de la tierra
mojada y el contacto del pasto en los pies descalzos. La risa, levantándose
como la bruma del calor hacia lo alto. Si fuera tu destino ese punto
del pasado, ese resplandor que quedó grabado a fuego,
clavado en tu carne como la herradura en la pata de un caballo joven,
de un potrillo que en el momento de entrar al establo se retoba y corre 
y es capaz de fugarse de la vida que le espera. 


de: "La cura", inédito)


LA GRACIA

A veces, muy raramente, un encuentro nos conmueve
de una forma que no puede ser atenuada por el pensamiento
o el lenguaje. Es que trae una memoria
de lo que fue íntimamente conocido y deseado, pero ha sido
desplazado a un lugar inalcanzable, de donde no sabría volver
a menos que una persona -entre todas- lo llamara. Somos
criaturas tímidas que no han hallado, en respuesta
a su curiosidad, a su pasión por todas las cosas, más que daño
o rechazo. Como animales que han luchado demasiado por su vida,
no sabemos qué hacer con la alegría, y si llega,
seguimos huyendo para salvarnos. Si lográramos vencer el terror,
si nos quedáramos, podríamos recuperar algo
perdido hace tiempo. La dicha más plena es una dicha física
y debería producirse sólo una vez,
antes de que conozcamos las palabras. Su regreso es siempre
un instante de gracia que nos devuelve el amor con que un día

la materialidad del mundo nos ha tocado.


Claudia Masin


Claudia Masin nació en Resistencia, Chaco, Argentina, en 1972. Es escritora y psicoanalista. Vive desde 1990 en Buenos Aires. Coordina talleres de escritura. Publicó los libros de poesía: "Bizarría" (1997), "Geología" (2001; reeditado en 2011), "La vista" (2002, reeditado en 2012) "El secreto (antología 1997-2007)" (2007) "Abrigo" (2007), “La plenitud” (2010) y el libro de fotografías y poemas “El verano” (2010). Su libro “la vista” ha obtenido por unanimidad el Premio Casa de América de España en 2002 y ha sido editado por Visor. Su libro “Abrigo” ha obtenido una mención del Fondo Nacional de las Artes en 2004. Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés y portugués. Participó en varias antologías de poesía y ensayo, en el país y en el exterior. Fue codirectora de los sellos editoriales “Abeja Reina” y “Curandera”. Ha creado y coordinado -junto a artistas de diversas disciplinas- ciclos de poesía, música e imagen, como "El pez que habla", "La musik" y "El gallo y la luna”. 





martes, 27 de noviembre de 2012

El camino de los sueños



Creí que la memoria era una cascada cayendo
desde un despeñadero, una corriente que me arrastraría
consigo al océano. No la insistencia del agua sobre la materia,
el goteo, el trabajo de años para dejar
una muesca insignificante sobre la piedra inerme.
Hubiera deseado conocerte antes:
dos chicas tendidas al sol de una terraza,
en la siesta de provincia, quietas y alertas a la vez,
como la vegetación del desierto,
que parece dormir o estar muerta y en cambio, cada verano
deja surgir entre las hojas algún color sorprendente.
A veces te miro distraerte de mí,
inclinada hacia el interior de tus propios recuerdos, atenta
como un animal asomando la cabeza
dentro de un pozo. Trato de descubrir en tus ojos el contorno
del objeto prodigioso que estás viendo,
y no alcanzo a distinguir de él más que su efecto:
un cambio de intensidad en tu expresión,
el temblor, la reverberación del agua
tras la caída de una piedra muy pequeña. Estamos lejos.
Hasta mí llega la imagen ya disuelta,
ya velada, en la historia que cada noche vas contándome,
hilo tras hilo del tejido recompuesto, que no puede
compararse siquiera a la espléndida trama original,
de la que estoy, aunque no quiera, ausente.


De El secreto, antología 1997-2007; 
La vista, edición corregida y aumentada, Hilos, 2012.

Claudia Masin (Argentina, Resistencia, Chaco, 1972)






miércoles, 22 de abril de 2009

RESISTENCIA















Nací en una ciudad rodeada por defensas de tierra.

Montañas de utilería para que cuando llueva,
el río, en su crecida, no invada nuestras casas
y arrase la ciudad. Pero se ha tenido la precaución
de construir murallas precarias, abiertas. Para mantener
al enemigo vivo. Los que hemos nacido en Resistencia
tenemos para qué levantarnos cada mañana:
quien tiene a qué temer ya no está solo.


Aquí, el uniforme de guerra incluye botas de lluvia
amarillas. Nos sentimos impermeables
cuando caminamos por las calles, cómplices
como sobrevivientes de un desastre secreto.
Una vez, la lluvia nos sitió por tres días y tres noches.
Los chicos soñábamos con la amistad del agua,
salir descalzos a la invasión, cada gota
un disparo fresco en el pecho. Pero permanecíamos
tras las trincheras, cristales dibujados al vapor
con nuestros nombres. Casa del agua.
¿Un barco ebrio? No, mi casa era un blanco quieto.
Guardado en una botella, como una cabaña de los Alpes,
una miniatura olvidada en un estante.


Soñé entonces con construir un arca, pero no llevaría
animales sino palabras. Las elegiría al azar, por capricho.
Por la música que despedían de sí al ser dichas.
¿No es más importante preservar la belleza que la especie?.
Zarparía en silencio hasta que la tierra
se perdiera de mis ojos por la distancia y el diluvio.
¿Noé sabría de su audacia al huir?. Soldado que huye
sirve para huir de la próxima batalla.


¿Y si escribir no fuera temblar en la tormenta sino
-a lo sumo- presumir bajo el alero?
¿Y si la crecida de las aguas no existiera?
Un mito. La fundación de algo. De una ciudad: Resistencia.
Construida para ofrecerse a un ataque imaginario,
a una corriente asesina que no existe. Acuario seco
en que los peces sofocados resistimos
hasta que las agallas sangran. Nunca fue cierto
que en las guerras se venciera por un arte sutil
de resistencia.



Claudia Masin (Argentina, Resistencia, Chaco, 1972)



IMAGEN: Resistencia, Chaco, Argentina (Desde el aire)




miércoles, 30 de julio de 2008

PARÍS, TEXAS (Basado en el film de Wim Wenders)















Me gustaría contarte lo que veo, hablarte
de los hoteles abandonados apareciendo de la nada
en el medio de la carretera como castillos solitarios
cuyos puentes levadizos hubieran sido
dinamitados hace tiempo. Me gustaría
contarte lo que veo pero es imposible
hallar un dolor que condescienda
a ser narrado. ¿Vale la pena entonces,
emprender tan largo viaje para ir de un extremo
a otro del silencio? También es imposible
callar por completo: sé que terminaré por llamarte,
como se llama a alguien cuando se está a oscuras,
sin el auxilio de la voz, un estremecimiento
semejante al de esas luciérnagas
que al chocar contra un parabrisas en la ruta,
se deshacen esparciendo una nube pequeña
de polvo y luz, y ésa -quizás- es su idea
de un encuentro.




Claudia Masin (Argentina, Resistencia, Chaco, 1972)



IMAGEN: "París, Texas", con Harry Dean Stanton y Natassjia Kinski, film de Wim Wenders.




UNA PELÍCULA DE AMOR (versión del "Decálogo" de Kieslowski)

















Yo comprendo la pasión de los astrónomos,
las noches en vela, la atención dispuesta
a captar, de entre todo lo que existe,
cierta fosforescencia en el cielo. Podría decir,
como ellos, que las cosas que me importan
no suceden en el mundo. La mirada vive, en lo que ve,
una segunda vida, más real que la primera, más intensa.
Yo pensaba que mirándote siempre, en todos los momentos,
los instantes preciosos que guardabas dentro de tu cuerpo
se transferirían a mi propia constelación
de recuerdos, y lo deseaba con tanta fuerza que creí
ver con tus ojos –sin haberme movido jamás de esta ciudad
o de este cuarto- los detalles de tu casa natal, las tormentas
de nieve en un pueblito del sur, la tierra
completamente roja en el otoño, invadida por las hojas
de los arces, dos pies pequeños y descalzos,
cubiertos por el barro, el rostro de tu madre.
Quizás la intimidad entre dos seres dura
lo que dura ese momento en que sabemos
de los cuerpos y las cosas que otro amó,
en otro tiempo. O acaso nadie alcance a rozar,
ni en su deseo, las imágenes ajenas,
y estés sola, y yo esté solo, y sea el nuestro,
-como el recorrido de las familias de esquimales hacia el sol,
sobre la nieve- un viaje del cual no queda huella.




Claudia Masin (Argentina, Resistencia, Chaco, 1972)


IMAGEN: Fotograma del Decálogo 6; de la serie del mismo nombre del cineasta Kieslowski.