miércoles, 14 de octubre de 2026

NO ES UN RÍO


 Apertura -Fragmento.


Enero Rey, parado firme sobre el bote, las piernas entreabiertas, el cuerpo macizo, lampiño, el vientre hinchado, mira fijo la superfìcie del río, espera empuñando el revólver. Tilo, el muchachito, arriba del mismo bote, se dobla hacia atrás, la punta de la caña apoyada en la cadera, girando la manivela del reel, tironeando la tanza: un hilo de brillo contra el sol que se va debilitando. El Negro, cincuentón como Enero, abajo del bote, metido en el río, con el agua hasta las pelotas, también doblándose hacia atrás, la cara colorada por el sol y el esfuerzo, la caña arqueada, desenrollando y enrollando la tanza. La ruedita del reel que gira y la respiración como de asmático. El río planchado.

   Muévanla, muévanla. Zaranden, zaranden. 

Que se despegue, que se despegue.

   Después de dos, tres horas, cansado, medio harto ya, Enero repite las órdenes en un murmullo, como si rezara.

   Se marea. Está adobado por el vino y el calor. Levanta la cara, los ojitos rojos, hundidos en el rostro inflamado, se le encandilan y ve todo blanco y se pierde y se quiere agarrar la cabeza y se le escapa un tiro al aire.

   Tilo, sin dejar de hacer lo que está haciendo, tuerce la boca y le grita.

   ¡Qué hacés, asoleado!

   Enero se repone.

   No pasa nada. Ustedes sigan. Muévanla, muévanla. Zaranden, zaranden. Que se despegue, que se despegue.


¡Sube! ¡Está subiendo!

   Enero se inclina sobre el borde. La ve venir. Un manchón bajo la superficie del río. Le apunta y dispara. Uno. Dos. Tres balazos. La sangre sube, a borbotones, lavada. Se incorpora. Guarda el arma. La ajusta entre la cintura del short y el lomo.

   Tilo desde arriba del bote y el Negro desde abajo del bote, la levantan. La agarran por los volados grises de la carne. La tiran adentro.

   ¡Guarda la chuza!

    Dice Tilo.

    Agarra la cuchilla, separa el espolón del cuerpo, lo devuelve al fondo del río.

    Enero apoya el traste en el asientito del bote.Tiene la cara sudada y siente un zumbido en la cabeza. Toma un poco de agua de la botella. Está tibia, toma igual, tragos largos, y el resto se lo echa en la mollera.

    Trepa el Negro. La raya ocupa tanto lugar que casi no hay dónde poner el pie sin pisotearla. Le calcula unos noventa, cien kilos.

    ¡Fiera la bicha vieja!

    Dice Enero, dándose una palmada en el muslo y riendo. Los otros también se ríen.

    Dio pelea.

    Dice el Negro.

    Enero agarra los remos y enfila para el medio del río y después tuerce el rumbo y sigue remando, orillando la costa hasta donde armaron campamento.


Salieron del pueblo al alba en la chata del Negro. Tilo al medio cebando mate. Enero con el brazo apoyado en la ventanilla abierta. El Negro manejando. Vieron cómo el sol se alzaba despacito sobre el asfalto. Sintieron cómo el calor empezaba a picar desde temprano.

    Escucharon la radio. Enero meó en la banquina. En una estación de servicio compraron facturas y cargaron más agua para el mate.

    Estaban contentos de estar los tres juntos. Venían armando viaje hacía rato. Por una cosa o por otra suspendieron varias veces.

    El Negro se había comprado un bote nuevo y quería estrenarlo.

    Mientras cruzaban a la isla en el bote flamante se acordaron como siempre de la primera vez que lo trajeron a Tilo, chiquitito era, apenas caminaba el gurisito, los agarró una tormenta, les voló las carpas a la mierda, terminó el gurí chiquito así como era guarecido en el bote puesto de canto entre unos árboles.

    La que se le armó a tu viejo cuando volvimos.

    Dijo Enero.

    Contaron otra vez el cuento que Tilo sabe de memoria. Eusebio se había traído al gurí de contrabando, sin avisarle nada a la Diana Ma-ciel. Estaban separados desde que Tilo era apenas nacido. Todos los fines de semana Eusebio se lo llevaba con él. No va que ella se da cuenta de que se había olvidado de meter adentro del bolso, con las mudas de ropa, un remedio que estaba tomando Tilo. La Diana se cae por la casa

V no hay nadie. Un vecino le dice que se fueron a la isla.

    Para colmo la tormenta que azotó toda la zona. También el pueblo. La Diana con el corazón en la boca.   

    Todos ligamos.

    Dijo Enero.

    Diana Maciel los reputeó a los tres y no pudieron aparecerse por su casa ni verlo a Tilo por varias semanas.

    Cuando llegan al campamento, bajan la raya y le pasan una soga por los agujeros de atrás de los ojos y la cuelgan de un árbol. Los tres hoyos que dejaron las balas se pierden en el lomo moteado. Si no fuera por los bordes más claros, medio rosaditos, pasarían por un dibujo más del cuero.

    Lo menos que me merezco es un porrón.

    Dice Enero.

    Está sentado en el suelo, de espaldas al árbol y a la raya. La cabeza dejó de zumbarle, pero igual siente un nudo acá.

    Tilo va y abre la conservadora y saca una cerveza del agua helada, de los pocos hielos que flotan. La destapa con el encendedor y se la alcanza, para que sea él, Enero Rey, el que se la merece quien le dé el primer beso. La cerveza le cae en la boca, pura espuma que se le escapa por los labios, que le pinta un festón blanco a su bigote negrísimo. Es como hacer un buche con algodón. Recién con el segundo trago viene el líquido frío, amargo.

     El Negro y Tilo van a sentarse también, los tres en fila, el porrón pasa de mano en mano.

     Lástima no tener una máquina para sacarnos una foto.

     Dice el Negro.

     Los tres giran la cabeza para mirarla.

     Parece una frazada vieja tendida a la sombra.


Promediando la segunda botella, aparece una romería de gurises, flacos y negros como anguillas, puro ojo. Se amontonan frente a la raya, se codean, se empujan.

     Mirá mirá mirá. Puaaaaa. ¡Manso bicho!

     Uno agarra un palo y lo mete en los agujeros de las balas.

     ¡Salga de ai!

     Dice Enero parándose de golpe, enorme como un oso. Y los guachitos salen a la disparada, perdiéndose otra vez en el monte.

     Ya que está parado, ya que hizo el esfuerzo de levantarse, Enero aprovecha para darse un chapuzón. El agua le aclara la cabeza.

     Nada.

     zambulle.

     Flota.

     El sol está empezando a caer y corre un poco de viento que encrespa el río.

     De golpe escucha el ruido del motor acompañado del oleaje. Se tira para un costado, empieza a nadar hacia la orilla. La lancha pasa, rampante sobre el agua, abriéndola en dos como a una tela podrida. Agarrada a la cola de la lancha, una muchacha en bikini va haciendo esquí. La embarcación dobla bruscamente y la chica se revuelca en el agua. A lo lejos, Enero ve emerger la cabeza, el cabello largo pegado al cráneo.

    Piensa en el Ahogado.

    Sale.

    En la costa, el Negro y Tilo están parados, con los brazos cruzados sobre el pecho, siguiendo los movimientos de la lancha.

    Pendejos barullentos.

    Dice el Negro.

Todoss los lines de semana es lo mismo. Espantan los pescados Un día de estos habría que pegarles un susto.

    Los tres se dan vuelta y se topan con el grupito de hombres. No los oyeron llegar. La gente de la isla tiene el paso liviano.

    Buenas.

    Dice el que habló recién.

    Los gurises fueron con el cuento y vinimos a ver. ¡Hermoso animal!

    Los demás están mirando la raya. Se paran al lado, para medirla.

    Me llamo Aguirre, dice el único que habla y extiende la mano que aprietan de a uno.

    Enero Rey, dice Enero y se acerca al grupo repartiendo saludos. El Negro y Tilo lo siguen, haciendo lo mismo.

    Grande, ¿no?

    Dice Enero y le da unas palmaditas en el lomo, retirando la mano enseguida, como si quemara.

    Aguirre, inspeccionando de cerca los agujeros, dice.

    ¿Tres tiros? Tres tiros le pegaron. Con uno es suficiente.

    Enero sonríe, mostrando el hueco de la paleta que le falta. .

    Me engolosiné.

    Hay que tener cuidado... con engolosinarse.

    Dice Aguirre.

    Tilo, serviles un vinito acá a los amigos.

    Dice el Negro saliendo al cruce.

    El chico va de una carrerita hasta la orilla donde enterraron la damajuana para que se conservara fresca. La trae y sirve hasta la jeta en un vaso de lata.

    Se lo alcanza a Aguirre, que lo levanta.

    A su salud, dice y toma un trago y se lo pasa a Enero. Se queda un momento mirándole la mano izquierda, la que le falta un dedo, pero no pregunta nada. Enero se da cuenta, pero tampoco dice nada. Que se quede con la espina.

    La otra vuelta, este Cristo acá sacó una mucho más grande, jetonea Aguirre. ¿Cuánto estuviste?

   Toda la tarde, responde el otro, mirando de costado.

   ¿Y cuántos tiros le pegaste?

   Uno. Con uno solo alcanza.

   Es que acá mi compañero es medio chambón.

   Dice el Negro y se ríe.

   Vinieron los de la televisión, suelta el que la otra vez pescó una raya más grande que esta. Lo pasaron en el noticiero de la noche, dice Aguirre. Al otro sábado esto estaba lleno de gente de Santa Fe y Paraná. Se pensaron que acá hay rayas para hacer dulce. Como si fuera tan fácil. Ustedes tuvieron suerte.

   Maña, dice Enero. Suerte y maña. Con la suerte sola no alcanza.

   Aguirre saca una bolsita de tabaco del bolsillo de la camisa que lleva desprendida, abierta sobre el torso huesudo, sobre la panza hinchada de vino. Arma en un pestañeo. Lo prende. Pitando camina unos pasos hacia la orilla y se queda mirando el agua. Voltea la cabeza y dice.

   ¿Y ustedes hasta cuándo se quedan?

   Dos. Tres días, dice el Negro. Está linda la isla.

   Está linda, sí.

   Dice Aguirre.


El Negro entra al monte. Remera colgada al hombro, paso largo pero lento. Aquí todo en penumbras. Afuera el sol, una bola de fuego que se apaga en el río. Hay ruiditos de pájaros, de bichos chicos. Un bisbiseo de yuyos. Aperiás, comadrejas, vizcachas se escurren entre los pastos. Anda cauteloso el Negro, con respeto, como entrando a la iglesia. Andar liviano, de guazuncho. Igual no va que pisa una ramita fina, un manojo de chauchas de curupí y sobreviene el estruendo. El sonido de las vainas secas se amplifica entre los troncos de los alisos y los timbos, sube, sale del círculo compacto del monte. Alerta la presencia del intruso.

    Este hombre no es de este monte y el monte lo sabe. Pero lo deja. Que se meta, que se quede el tiempo que le lleve juntar leña. Después, el propio monte va a escupirlo, los brazos llenos de ramas, otra vez hacia la orilla.

    Los ojos del Negro se van acostumbrando y distingue, allá adelante, un carnati agarrado de la rama de un árbol, como una cabeza colgada de sus pelos. El aire tiembla, lleno de avispas.

    Respira hondo y el pecho se llena del olor a flores, miel y algún animalito muerto. Todo huele dulce.

    Distraído mete una pata en un charco y se levanta una nube de mosquitos. Lo rodean. Chillan finito a la vuelta de sus orejas. Le chucean la espalda, los brazos, el cuello descubierto. Revolea la remera, los espanta. Se la pone antes de que se lo coman vivo.

    Ya me voy, ya me voy, junto leña y me voy.

    Dice en voz alta.

    Agarra una brazada de ramas finas para arrancar el fuego. Se golpea la frente con una rama grande que cuelga, todavía prendida por hilachas al árbol. Deja lo que lleva. Tienta la rama con su peso, termina de soltarla. La madera rota suena como el rayo que la desgajó. Se agacha de nuevo. Junta lo que ha soltado, lo mete abajo del brazo. Con la otra mano arrastra la rama, pesada.

    Sale. El cielo está anaranjado, el aire espeso, caluriento. Siente que un frío le corre por el lomo y le eriza los pelos del culo. Gira la cabeza, mira por sobre su hombro. Juraría que el monte se ha cerrado.

Tilo, en cuclillas, desenreda un embrollo de tanza. Los dedos largos y flacos se mueven trenzando el aire. El cigarrillo pegado a los labios, un ojo cerrado para atajar el humo. Enero lo mira. Sentado en el suelo, con las piernas cruzadas como un indio, lo mira. Si no supiera que es el Tilo diría que Eusebio ha vuelto. Si no se viera la panza abultada, las manos gordas, el muñón del dedo, el vello canoso del pecho, diría que el Tilo es Eusebio que todavía no ha muerto. Que los tres están de nuevo pescando como cualquier día.


    Se acuerda de que el primer verano que pasaron los tres juntos él empezó a soñar con el Ahogado.

    Al Negro lo conocía desde siempre, pero Eusebio se había mudado al barrio hacía poco. Ese año, después de las vacaciones de julio, se había incorporado a la escuela. La familia se había venido a vivir a la casa de la abuela después de que murió la vieja. Parece que estaban peleados con ella, por eso nunca venían a visitarla. En la cuadra no cayó bien la mudanza. Algunos decían que el padre de Eusebio había estado preso y que la vieja nunca lo había perdonado. También decían que la madre de Eusebio recibía hombres y trabajaba de eso.

   Los tres se encontraban apenas levantarse, casi siempre en la casa de Enero que era hijo único. Tomaban la leche y después se perdían por ahí, a veces recién volvían a la noche. Al tajamar iban casi todos los días. Les gustaba estar echados abajo de los árboles de la orilla, con las tanzas atadas a los dedos de los pies, esperando el pique. Hablaban, leían historietas y hojeaban las revistas con mujeres desnudas y casos policiales que Eusebio traía de su casa.

  Tenían once años.

(Del libro homónimo; 
Random House, 2021)

Selva Almada


Selva Almada (Entre Ríos, 1973). Es autora de Una casa sola (2026);  No es un río (2020) —International Booker Prize shortlisted, Premio IILA-Literatura y mención especial Premio Sara Gallardo—, Los inocentes (2019), El mono en el remolino. Notas del rodaje de Zama de Lucrecia Martel (2017), El desapego es una manera de querernos (2015), Chicas muertas (2014), Ladrilleros (2013) y El viento que arrasa (2012) —First Book Award del Festival Internacional del Libro de Edimburgo—, coautora de Laiseca, el Maestro (2025). Sus libros han sido traducidos a más de veinte lenguas.



lunes, 12 de octubre de 2026

LA INVENCIÓN NECESARIA (II)

 


Cómo escribir


   Uno toma un trozo de papel, o cualquier cosa: una tablilla, una pizarra o un cartón, y con algo a mano que sirva a ese propósito comienza a anotar las palabras que corresponden a la idea que tiene en mente. Ésta es la fase anárquica de la escritura. La blancura de la superficie puede hacer que la mente se retraiga, puede que le sea imposible hacer honor a sus facultades. Lo mismo da: es preciso escribir, escribir lo que sea, por mucho que no valga nada; nada cuesta destruir luego lo escrito. Pero para escribir algo que merezca la pena es absolutamente esencial que la mente fluya y se lance a la tarea.
   Hay que olvidarse de las reglas, de toda restricción, lo mismo que del gusto, de lo que se estima conveniente; hay que escribir por el mero placer de hacerlo, ya sea lenta o rápidamente: abandonar toda forma de resistencia que impida la completa liberación.
   Porque hoy en día sabemos lo que la profundidad significa: si queremos ser verdaderamente profundos, hemos de alcanzar una hondura primigenia. Desatadas, las facultades remontan la noche de nuestro pasado inconsciente y descienden hacia el pasado ritual, amoral, de la especie; hacia el fetiche, el sueño, hacia cualquier lugar al que el “genio” del escritor en cuestión se descubra capaz de ir.
   En esos momentos, el artista (el escritor) bien podría considerarse una persona peligrosa. Todo puede ocurrir, pues se halla desconectado del orden social. Puede hacer una tontería, o puede que su mente avance inesperadamente por una senda cerrada hace tiempo, o jamás transitada, con enorme valor para la sociedad. Él, pese a todo, avanza sin ningún propósito u orden previo.
   En este punto, los artistas se oponen por necesidad a cualquier utilidad de su arte: no importa si lo que escriben es un tratado de matemáticas o un poema. Hasta donde eso es posible, mientras escriben, el matemático o el poeta deben abandonarse en mayor o menor grado a la escritura; con serenidad, desde luego, pero a conciencia, si lo que buscan es lograr expresarse con alguna profundidad de significado. El poder demoníaco de la mente es el de su pasado ancestral e individual, es el rítmico flujo y reflujo del misterioso proceso de la vida; si no se saca partido a esta facultad, nada importante puede surgir. Allí radica el valor de la poesía, cuyo simbolismo rítmico, a menudo ignorado, supone su mayor fuerza y hace que toda prosa, en comparación, resulte poco más que un balbuceo de la inteligencia.
   Es por eso que los poetas han sido considerados con frecuencia criaturas desequilibradas: locos (a menudo lo son). Sin embargo, rara vez se entiende la razón intrínseca: toman contacto con “voces”, pero allí radica la verdadera esencia de su poder: las voces son el pasado, las profundidades de nuestro ser; no son las partes más “bajas”, sino las más profundas de nuestro cuerpo las que se manifiestan: el mesencéfalo, los nervios, las glándulas, los propios músculos y huesos.
   Y lo escrito se convierte en un objeto. Ya no es un vago fluido que se expresa mediante un mero simbolismo ritual: son palabras concretas, vertidas sobre el papel. La expresión ha abandonado el pasado que nos conforma y ha arribado al presente. Ha entrado en un nuevo campo: el de la inteligencia. No digo que ambos ámbitos no se superpongan a veces, pero lo característico de la escritura, en ese momento, es que reclama la más viva atención por parte de la mente, lo cual supone un cambio total de la situación.
   Es de esta fase de la escritura de la que se ocupan las universidades y centros de enseñanza de todo tipo, pero nadie parece darse cuenta de que, sin ese primer atisbo de los más profundos estratos de la personalidad, toda la enseñanza y el aprendizaje del mundo sirven de poco. No haberse dado cuenta de esto suele ser el mayor error de quienes creen saber algo sobre el arte.
   Ahora bien, todo lo que esa primera fase de la escritura consigue es registrar algo sobre el papel. ¿Posee algún valor? En este punto la pregunta no puede contestarse, y no viene al caso que el poeta se diga: “Esto lo hice yo, así que debe ser excelente”. Puede que lo que ha escrito sea excelente, en efecto, pero sólo la inteligencia consciente es capaz de establecer por qué.
   El objeto escrito está sujeto a la misma jurisdicción que todo aquello que ha sido creado por elección; una vez que esa elección ha sido hecha, se precisa una voluntad capaz de respaldarla. Hay que avanzar cautelosamente, pero el primer paso nunca debe consistir en pretender que aquello que se ha escrito en un estado casi alucinado se ajuste a determinadas reglas. ¿Qué reglas habrían de ser ésas? En lugar de eso, hay que examinar cuidadosamente lo escrito en busca de lo nuevo y lo extraordinario, y nada debe rechazarse sin una razón clara, porque de este modo se pone en duda a la misma inteligencia.
   Así, descubrimos que el lenguaje está anclado, sobre todo, a la sabiduría y a la insensatez de nuestras vidas, a pesar de lo cual puede brotar viciado, los significados pueden difuminarse -y lo harán-, las frases pueden impedirnos llegar a una conclusión. Con todo, en los escritos de genio, en determinados poemas (si acaso), la personalidad del artista, liberada, puede lograr su objetivo: vencer la estupidez. Pero tal cosa sólo sucede si se respeta la forma original del escrito.
   Salvo en los casos en que algo sale mal, no hablamos de dos personas distintas: el poeta por un lado y el crítico por el otro, sino de una misma persona: el escritor. Éste ha escrito con la mayor profundidad de la que es capaz, y ahora el resultado está ahí: un objeto al que se enfrenta con la parte más “nueva” del cerebro humano, el proencéfalo, donde se asientan la memoria y el raciocinio: lo que llamamos inteligencia.
   Ésta no tiene mejor propósito que reconocer y rechazar cuanto ha sido dicho de mejor manera en otro sitio. Mientras que en la primera fase la persona no necesita en realidad saber nada, en ésta es necesario que conozca, tanto como sea posible y desde todos los ángulos, las obras de otros hombres de distintas épocas. Éste es el momento del estudioso.
   Y para un estadounidense es el momento de tomar una decisión fundamental: ¿en qué idioma se ha escrito?
   Hace algunos años, cierto compatriota dirigió, desde Inglaterra, un ataque a los escritores de nuestro país, preguntándose: ¿cómo pueden escribir en inglés, si no lo oyen hablar jamás? Su comentario pretendía ser irónico, pero resultó naif. La respuesta a esa pregunta es, naturalmente: ¿por qué preocuparse del inglés cuando tenemos una lengua propia?
   Es la inteligencia la que nos hace recapacitar sobre la historia de la lengua y su situación actual, sobre el lugar de Poe, la valía de Whitman, el propósito del verso libre y por qué apareció en aquel momento, la importancia de la obra de Gertrude Stein, de los escritos de James Joyce, y las razones de la estructura propia del poema moderno.
   En resumen, se trata del nacimiento de un nuevo idioma, de una nueva parcela de significado. De romper con las frases que bloquean nuestra mente.
   Todo lo anterior podría explicarse con más detalle: se podría escribir un libro sobre ello, pero este no es mi propósito ahora. Lo que he pretendido aquí es mostrar las dos grandes fases de la escritura sin las cuales la obra obtenida difícilmente puede llamarse maestra. Y eso, en palabras de James Joyce, “es el quid y el quae del asunto”.
[1936]

(Del libro homónimo,
edic,Universidad Diego
Portales, 2013)
William Carlos Williams

(Traducción: Juan Antonio Montiel)


William Carlos Williams. Poeta, novelista y médico estadounidense, célebre por escribir, utilizando un lenguaje popular, sobre temas y hechos cotidianos. Nacido el 17 de septiembre de 1883 en Rutherford (Nueva Jersey), estudió en las universidades de Pennsylvania y Leipzig, (Alemania). A partir de 1910 ejerció la medicina en su ciudad natal y en la vecina Paterson, profesión que simultaneaba con su afición a la literatura. Durante esos años, su reputación entre la crítica fue creciendo, y se le comenzó a apreciar primero como poeta y más tarde como narrador. Su primeros poemas se publicaron en dos libros, Poemas (1909) y Temperamentos (1913). Sus obras de madurez, con frecuencia radicalmente experimentales en cuanto a técnica y forma, recibieron la influencia del movimiento imaginista, caracterizado por un rechazo hacia el sentimentalismo, la artificialidad y la vaguedad, y su consecuente empeño en utilizar un lenguaje común, contener al máximo la expresión de las emociones y concentrarse en experiencias concretas de la realidad cotidiana. Ejemplos de su última poesía se pueden encontrar en Poemas completos (1938) y Poemas completos  (1950). A finales de la década de 1930, comenzó la composición de un extenso poema acerca de la vida en su país durante los años de la Gran Depresión de 1929, titulado PATERSON, Libros I-V (1946-1958), que es considerada su obra maestra. Entre sus trabajos en prosa se encuentra una conocida y muy leída colección de ensayos acerca de la historia de los Estados Unidos, Así comienza la vida (1925), y las novelas La mula blanca (1937), El cuerno de la abundancia (1940), y La construcción (1952). Recibió el Premio Nacional del Libro de Poesía en 1950. Murió el 4 de marzo de 1963, en Rutherford, y recibió póstumamente el Premio Pulitzer por su colección de poemas Cuadros de Brueghel (1962). En 1951 apareció su Autobiografía. 
(Biografía tomada de el poder de la palabra.


Nota Bene: El imaginismo de Pound pertenece a la formación inicial de Williams; pero posteriormente Williams fue uno de los precursores e integrantes del objetivismo, movimiento originado en 1930 en E.E.U.U. cuya formulación inicial fue realizada por el poeta Louis Zukofsky, quien también acuñó el término del movimiento. De allí también saldría el famoso verso de Williams: "No ideas, sino en las cosas". 


Pueden LEER poemas, entrevistas y ensayos del autor, aquí: William Carlos Williams





martes, 6 de octubre de 2026

EL FUTURO DE LA LÍRICA

 


El siglo de las rupturas entra en un crepúsculo turbio, y algo termina de desvanecerse: puede que no la historia, pero sí el expandido sueño de una redención colectiva a plazo fijo.
Hace más de cincuenta años, la amalgama teórica de mística judía y materialismo dialéctico ponía a Walter Benjamin al borde de conclusiones tan drásticas como las del neoliberalismo actual, pero decididamente opuestas. Como en el estadio de la producción mercantil la historia sólo podía sellarse en la repetición, la esperanza radicaba en “frenar el tren del progreso”; la revolución ya no sería el momento en que la sociedad se volcara en una forma nueva, sino la interrupción escatológica de la historia misma. Fue impregnado de esta clase de convicciones que, entre 1938 y 1939, Benjamin escribió sus dos famosos ensayos sobre Baudelaire; y la conclusión que extrajo fue que, después de Las flores del mal, la subsistencia de la lírica en el capitalismo sería por lo menos problemática.
   La sugestión que sigue irradiando ese análisis no permite traspolarlo fácilmente; y no sólo porque la tecnología haya sometido la escena social y el mercado a nuevos trastornos, sino porque la poesía se ha retraído paulatinamente del mundo de las circunstancias al del lenguaje, la identidad, la percepción y la poesía misma. Es posible que este desplazamiento obedezca tanto a la naturaleza de la lírica como a
efectivos empujones de la sociedad posindustrial. Porque ni la tozudez de los últimos vates revolucionarios ni el insólito éxito de ventas de algún lírico de primer orden empañan la sospecha de que, socialmente, la poesía ya no sirve para nada. Sólo leen libros de poemas, lo sabemos todos, los que escriben poemas, mientras el público en general se mantiene en una franca lejanía de imágenes virtuales. Pero si uno piensa en el mundo humano como texto, y en la escritura como intercambio entre cuerpo y corpus, no puede dejar de preguntarse si la lírica -la poesía- sigue siendo posible aun cuando el número de lectores se haya restringido hasta la extravagancia. Y en caso de que sea posible, ¿cómo? Y por otra parte, ¿qué “hace” la lírica con el que todavía la lee?
    Probablemente Benjamin se estuviera haciendo preguntas similares cuando, urgido por Horkheimer y por sus propias penurias, decidió elaborar por separado una parte de su infinita obra sobre los pasajes parisinos. El resultado (septiembre de 1938) fue El París del Segundo Imperio en Baudelaire, un ensayo que interpreta al poeta situándolo en el centro de aquello que había sustentado buena parte de su poesía y exacerbado su iracundia: el París industrial y burgués de Luis Bonaparte. La primera de las tres secciones, “La bohemia”, establece vínculos secretos entre los marginados de la sociedad posrevolucionaria, los conspiradores políticos, el proletariado andrajoso, los bohemios excéntricos o provocadores y el poeta, a quien la burguesía arrebató su representación en favor de Bonaparte. Allí se incluye la decisiva lectura de los poemas de Las flores del mal sobre el vino: Baudelaire -dice Benjamin— se identifica con los traperos borrachos en su protesta sorda contra la precariedad; pero también se compara con las prostitutas porque ha comprendido que la literatura es una mercancía y él no tiene ni le interesa tener 
temple de negociante. En la célebre segunda parte, dedicada al flâneur, se reconstruye la experiencia de Baudelaire frente a la muchedumbre urbana, caracterizada por el choque: intermitencia, espasmo, el choque ahonda su huella con el sentimiento de que el París antiguo se está muriendo. Benjamin precisa la influencia de Poe en Baudelaire y señala las diferencias: para Baudelaire la muchedumbre es objeto de repulsión pero también bálsamo y refugio, no tanto para la neurastenia, como para el encuentro con aquello que en el mismo instante se pierde y por eso es imperecedero (así en el soneto “A una que pasa”). La clave de la actitud de Baudelaire ante la multitud es la preservación del incógnito; al contrario que el “ciudadano” Victor Hugo, para quien la muchedumbre es al fin el sinnúmero de sus clientes, Baudelaire encuentra diariamente en la masa la constatación de su fracaso; distanciándose de ella, se hace héroe. En la tercera parte, “Lo moderno”, Benjamin señala que lo moderno baude-lairiano es la nueva ciudad de la aglomeración y los pasajes -el interior burgués llevado a la calle- y es el horror industrial; pero también la disposición heroica del poeta capaz de soportar ese ámbito y transformarlo en eficacia. La modernidad exige del poeta una estrategia vital -reserva, anonimato, volubilidad- y una estética, a la cual no será ajena la palabra más baja. Sucesivamente, Benjamin hace de Baudelaire un conspirador, un trapero, un detective, un dandy, un flâneur, un fòbico, un cainista. Todas las facetas se combinan en la melancolía suicida y la visión que corresponde a esta es la alegórica: “En el golpe de mano que es su poesía, Baudelaire hace a las alegorías sus confidentes... Cuando se muestran, "More’, "Souvenir,  "Wepentir o ‘Mal" se convierten en centros de estrategia poética”.
La alegoría se apoya en un mundo de apariencias devaluado; el fundamento 
de la intención alegórica de Baudelaire es la devaluación de la cosa en mercancía. Para Benjamin, Las flores del mal no pertenece a la tradición simbólica: las analogías estructurales entre la experiencia social del poeta maldito y su técnica literaria prueban que su verdadero vehículo es la alegoría. Pero sabemos que toda alegoría es un mapa cifrado de cosas de otro mundo. Benjamin expropia a Baudelaire para el futuro despertar revolucionario.
    Adorno y Horkheimer, desde Estados Unidos, rechazaron el manuscrito -Adorno opinó que relacionaba mecánicamente la obra de Baudelaire con la economía y la sociedad de su tiempo-, y Benjamin, por penosa que fuera su posición de judío alemán en la Francia de preguerra, se avino a reelaborarlo. En realidad escribió otro ensayo. Sobre algunos temas en Baudelaire abreva en la noción freudiana de huella y en la distinción de Proust entre memoria voluntaria e involuntaria para explicar cómo el choque -que determina tanto el encuentro del paseante con la masa como el del obrero con la máquina y el del público con la obra técnicamente reproducida- ocupa el lugar de la experiencia y la sepulta. De esta pérdida, dice Benjamin, Baudelaire se puso a recaudo en la belleza moderna: el mundo de las correspondencias. Pero lo que se abriga en la analogía siempre parece menos que lo extraviado en el choque; de ahí la cólera y el miedo -producto de la falta de defensas- y la omnipresencia del hastío. Si es posible fundar la lírica en una experiencia para la cual el choque es la norma, esa lírica requerirá un altísimo grado de conciencia. Baudelaire afrontó el problema sabiendo -aquí Benjamin sigue a Valéry- que su poesía debía ocupar un espacio que ni los románticos ni los parnasianos habían llenado; su tarea de héroe fue crear la voz del poeta caído en un mundo sin aura. El precio de esta asunción fue la pérdida de aureola. Al final del ensayo, Benjamin rescata un poema en prosa de Baudelaire que se llama precisamente así: “Perte d’auréole'; el texto, que narra  el encuentro con un poeta cuya aureola ha dado en el barro de la calle mientras iba a un lugar “de mala nota”, y se alegra y siente alivio por la merma de dignidad, es cómico. Pero el comentario de Benjamin es fúnebre: “Haber sido empujado por la multitud es la experiencia que Baudelaire destaca como inconfundible y decisiva entre todas las que hicieron de su vida lo que llegó a ser”.
    No era para menos. Mientras Benjamin escribía ese ensayo, los nazis invadían Austria y en España vencía el franquismo, y él debía ver el spleen reencarnado en su desesperanza, quizás en su próximo suicidio. Y sin embargo, por cierto que sea que Baudelaire dejó la lírica en una situación difícil, la imagen del poeta empujado, “perdido en el picaro mundo” también inaugura un entendimiento nuevo de la poesía, o al menos clausura una alucinación. Podemos conservar del ánimo de Benjamin la renuncia visionaria al optimismo progresista; pero también podemos señalar que, al aislar momentos o figuras de un texto, la crítica alegórica fija el sentido y cercena ecos. En el pensamiento de Benjamin, una teología que se ha vuelto teleología materialista, hay literalmente dos realidades; y el análisis se apropia de la obra para insertarla, con agudeza y violencia, en un desarrollo -no el del progreso económico- que lleva de un mundo caído a un mundo trascendente, el mundo que la revolución debía abrir en un despertar colectivo. En el fondo o arriba de ese trayecto hay un garante del sentido, Dios o idea del espíritu, y un ángel tutelar, quizás el mismo Benjamin. Pero si el spleen de los poemas de Baudelaire inició la demolición de ese garante, si hoy sabemos que la historia no es consumación, si las palabras están a la intemperie y el poeta ya no debe lustrar una aureola, tal vez podamos ver la poesía como el lugar característico de una renovación o una dilación permanente del sentido. Digámoslo así: la lírica del siglo XX es el ámbito donde todo lo escribible pone en cuestión su fundamento. Lo que no se puede asegurar es que esta especificidad consiga preservarla.
    En un ensayo de 1964, Los signos en rotación, Octavio Paz afirmaba que, después de las experiencias de las vanguardias, la poesía del último tercio del siglo XX no podría ignorar tres circunstancias históricas: la pérdida de la imagen del mundo, la aparición de la técnica como mediación universal y la crisis de los significados. El primero de esos fenómenos, que incluye la muerte de los mitos y el desvanecimiento de toda figura del espacio, no es nuevo; pero sí es reciente la desaparición de la idea de historia como tránsito laico hacia una recuperada Edad de Oro. El derrumbe no sería nocivo si hubiera devuelto al presente una atención que la izquierda revolucionaria había consagrado excluyentemente al futuro; pero el presente, en general, no ha dejado de ser un vago punto de tránsito, y cuando el futuro no tiraniza con la fortalecida voz de la superstición o el populismo, atrae con el prestigio del progreso y la seducción de la técnica. La primera paradoja de la sociedad postindustrial reúne la muerte de la imagen del futuro y el enloquecedor concepto de posibilidad ilimitada (Ballard). En la inacabable fuga hacia adelante, tras la promesa vaga y fabulosa avalada por la técnica, la disgregación de la imagen del mundo se resuelve en uniformidad: siempre hay algo más y algo mejor. Chupado por el vector del progreso, el yo se hincha para preservarse, para llegar más entero a una indefinible meta, y en un doble movimiento defensivo olvida la muerte y niega el mundo, que
infinitamente mediado como está es de por sí difícil de ver. Paz opinaba que la función de la poesía es recordar que vida y muerte son indisolubles y conformarse en espacio de la otredad, todo aquello que para un yo no es el yo. Pero incluso desde 1964 la situación se complicó bastante.
    Ya no es que se viva como si no hubiera muerte, sino que la muerte está reemplazada por su continua escenificación. La palabra reemplazo no parece desacertada; el cortinado de imágenes informativas o publicitarias, el continuo de reproducciones que convierten el espacio en un panel móvil de simulacros, no quieren representar la realidad: la constituyen. El espacio es activo, incide en la vida y borra el sentido del tiempo; inversamente, dice Celeste Olalquiaga, “pasado y futuro son desplazados por iconos, y su pérdida se recubre con fotos, tarjetas postales y películas. Se procura controlar este desvanecimiento con un excedente de información que sólo produce una cronología compulsiva”. El ritmo vertiginoso del desarrollo crea capas instantáneas de basura tecnológica, y no sólo la ciudad, sino también el cuerpo se vuelven puros residuos frente a sus propias imágenes. La ubicua presencia de la nefasta palabra trayectoria ejemplifica bien la primacía del espacio en el imaginario actual. En la explosión del video casero se consagra el triunfo del simulacro: ya no es sólo que las imágenes saturen hasta la vida íntima, sino que esta se desdobla para ser contemplada no bien quedó atrás, librando de un trabajo arduo a la perezosa memoria.
    El pensamiento resistente no debe perder tiempo en estudiar las instituciones represivas: en la sociedad del simulacro, el control se ejerce básicamente a través del lenguaje. Un escueto repertorio de locuciones, eslóganes y mensajes comunica la plétora mundial de acontecimientos y posibilidades y se ofrece como vía excluyente para la expresión. En estas condiciones no parece que la informática vaya a aportar libertad: primero, porque en el ordenador la escritura se aleja del cuerpo, acentuando el desdoblamiento, y el lenguaje también se convierte en imagen. Segundo, porque las posibilidades de uso personal han quedado anegadas en la jerga técnica (la de la informática misma, la de la gestión), mero apéndice al diccionario de lugares comunes.
    En La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Benjamin arriesgó la esperanza de que el cine creara un nuevo tipo de público adiestrado en la velocidad y la captación del detalle iluminador, una sensibilidad alerta formada en la “recepción dispersa”. Esto no ha sucedido. Lo que actualmente se dispersa no es ya la mera atención del público por obra de los shocks urbanos, sino la identidad del sujeto en la profusión de imágenes que la publicidad y los films ofrecen como modelos. Un soslayado sentimiento de fragilidad propicia el miedo, la negación y una geométrica hinchazón del ego; por añadidura, la certeza se busca en el tópico, que no crea conflictos, y en el mismo lenguaje circulante se vuelcan la opinión y el gesto del diálogo. La calcificación del lenguaje, por fin, opera sobre el gusto manteniéndolo en su tono conservador.
     Estos y otros fenómenos se concentran en algo que cabe llamar paradoja del simulacro, cuyos aspectos son múltiples. Uno de los más curiosos es que, sumando la proliferación de imágenes a un escuálido número de frases, el consumidor se fija en una sentencia tautológica: “el progreso avanza”. Su pensamiento crea una fantasía adecuada, consistente en que, así como la imagen “es” la realidad, el lenguaje la “dice”. Uniformado él por las frases, salvada su dispersión por el tópico, no extraña que el temeroso consumidor apoye los múltiples e insistentes llamados político-propagandísticos a la unidad y contradiga así otra de sus fantasías, la de la libre elección. Confiado en las propiedades comunicativas del lenguaje, avalado por un sentido, el consumidor es preso de una paradoja más: su frase, está seguro, siempre “quiere decir” algo, cuando en realidad no dice nada que ya no esté dicho; es decir, nada. En esa reiteración inocente del mismo texto hueco, el sufrimiento queda, si no relegado, bien oculto; carácter, destino o voluntad, categorías pretecnológicas, ceden su función al papel, que nunca es privilegio de un solo actor. El papel, destino natural del neoprimitivo urbano, es la asunción tranquilizadora de una serie de parlamentos en un film aceptablemente dirigido. Sólo aceptablemente, porque de vez en cuando el deseo tartamudea. Se diría que tartamudeos, excentricidades, balbuceos y exabruptos son el arsenal que el consumidor, no sin razón, atribuye a la poesía hecha en su tiempo: una rareza. Por lo demás, empieza a apreciarse que toda obra que no cumpla pactos consabidos, novelas incluidas, tiende a ocupar en el mercado el lugar residual de la poesía; por la sencilla razón de que a la hegemonía de la técnica corresponde, lógicamente, una concepción de la literatura entendida como dominio, en este caso del público. Nada de obras abiertas ni complicidades: el mérito consiste en agarrar al lector por el cuello desde la primera página y no soltarlo hasta la última, según un modismo crítico publicitario al uso.
    Tal es más o menos el estado actual de la mente receptora. Si dentro de este marco volvemos a Baudelaire, nuestra lectura se convierte en inevitable glosa y complemento de la exhaustiva lectura de Benjamin.
    La madre del poeta maldice la desgracia de haber parido esa bazofia, su amante planea matarlo por la humillación; bien instruido en el dolor, el poeta “levanta sus brazos piadosos/ y los vastos fulgores de su espíritu lúcido/ le esconden el semblante de los pueblos furiosos”. Toda la primera parte de Las flores del mal está atravesada por la aspiración de huir a un mundo más alto. También por la tentación del abismo. Como señala Sartre, Baudelaire se presenta como una tensión entre dos mundos opuestos, uno de los cuales tira hacia arriba y otro hacia abajo; lo que Sartre no advierte es que esa tensión se resuelve, ya en “El albatros”, en el fracaso propiciado por el grotesco terrestre: el mundo de la oferta y la demanda. Baudelaire puede fantasear con su vida anterior, puede pedirle a su espíritu que “vuele muy lejos de estas miasmas morbosas” o endiosar a su amante; puede incluso impersonarse en el docto que insulta a Cristo: el precio de cualquier huida es la locura. La elevación y el satanismo son formas de la nostalgia, nada más que los dos términos de una de las muchas contradicciones que el héroe, si quiere cumplir su tarea, tiene que asumir en un mundo en donde, como diría más tarde la escritora y directora rusa Lili Brik, “si alguien no se suicida, o es más fuerte que sus contradicciones o no tiene idea de lo que es una contradicción”. La asunción de las contradicciones es la asunción de todo lo que la muchedumbre que ignora al poeta niega porfiadamente: el paso del tiempo, la muerte, la existencia y el ser como problema. Fuerte porque conoce el sabor de la nada, al vértigo del progreso, Baudelaire opone la grandeza de la indolencia, al deber moral el placer escandaloso, a la carrera la inmovilidad, al hormigueo inconducente la monotonía esplendorosa. No es un gesto fácil: el tiempo se le llena de remordimientos y augurios de castigo, quizá porque en el París de mediados del siglo XIX está demasiado solo, “astro sin atmósfera”. Pero ha atisbado -y esta es su intuición más avanzada- que la vida no tiene otro sentido que el que él le conceda, y aun en el miedo puede desplegar su orgullo. Antes que él, quizá sólo haya sido Byron el único poeta que llegó tan lejos. Cuando Sartre habla de la doble moral y la mala voluntad de Baudelaire, da la impresión de que ha leído demasiado bien sus cartas y equivocadamente sus poemas. La libertad de Baudelaire se manifiesta en la portentosa creación de una ciudad que nadie había visto como él, y en el hallazgo doble de la belleza “eterna” (es decir, producida en sucesivos tiempos pasados) conviviendo con el miasma industrial y de que el motivo del canto puede ser lo aparentemente calamitoso: el trapero borracho que vuelve a su casa “perfumado de un olor de toneles”, los amantes balanceados en el ala “de un torbellino inteligente”, las viejecitas “estoicas y aguantadoras” en cuyas sombras arrugadas vislumbra un pasado de “pasiones novicias”.
     La visión de lo singular es el don de un heroísmo bajo, sin gloria ni vítores. La muchedumbre que fascina a Baudelaire consume folletines. Todo esto parece hablar de nuestra época. No se trata sólo de la condición de “clásico”; es como si el canto y la cólera de Las flores del mal impugnara por anticipado la esquizofrenia tecnológica. Pero si el tiempo corrobora la clarividencia de Baudelaire; si además arrecian el fetichismo y el dogma del mercado y se cumple la predicción de que hasta los parias y las prostitutas se abrazarían al dinero; si toda la literatura que no satisface la demanda estadística tiende a la condición terminal y el circuito esotérico de la poesía; si no sólo la naturaleza sino la ciudad misma están tapiadas con réplicas o dudosas alegorías; si frente a esas imágenes la mirada ha perdido distancia e independencia en provecho de la identificación pornográfica; si no hay fuente ni ser originales que alimenten el canto, ¿cómo puede subsistir la lírica?
    La respuesta está en el spleen.
    Para el melancólico que ve cómo se pierde la experiencia, el momento vacío se llena de pasado y de culpa: “Tengo más recuerdos que si tuviera mil años”. “Soy un cementerio que la luna aborrece”. Valéry señaló que una frase bien concordada impugna la resignación completa; bastante más habrá que atribuir a un verso inmortal. En los cuatro famosos poemas de Baudelaire, el spleen que aparece en el título inaugura la superación del peligro. Como dijo Benjamin, la belleza pone la experiencia bajo abrigo. “La palabra spleen escribe Jean Starobinski, “es el índice de una figuración, de un distanciamiento (confirmado por el logro estético del texto, por la dinámica de sus imágenes y de su invención alegórica) que conjuran el desastre psíquico encauzándolo poéticamente”. En los Pequeños poemas en prosa, Baudelaire metamorfosea el spleen en variantes menos suicidas —tedio, enojo, simple fastidio- y le pone una máscara zumbona.
    A la muy citada primera pieza, donde el poeta proclama que las nubes son su único amor, responde la titulada “La sopa” donde la amante lo insta a comer de una vez y dejar de mirar por la ventana, llamándolo “especie de mercader de nubes”. En realidad, los poemas en prosa son la obra en donde Baudelaire culmina la construcción de una figura que le permitió sortear el suicidio: el haragán diligente.
    La haraganería es la respuesta al engaño del progreso, la renuncia al papel social como sucedáneo del destino; es la defensa contra la experiencia del choque urbano y la creación de un espacio, si bien nublado por la culpa, singular y respirable. La diligencia es la manifestación de la voluntad, el vestigio de deseo heroico volcado -Baudelaire sigue a Poe- a la razón compositiva. Baudelaire, dice Sartre, define lo humano por la creación, no por la acción. “Para él está muy claro que con la creación surge en el mundo algo que no existía al principio: la significación; por eso realiza en todos los planes y perpetuamente una creación continua [...]. La acción supone un determinismo, inserta su eficacia en la cadena de las causas y los efectos, obedece a la naturaleza para dirigirla, se somete a principios que ha recogido al tuntún y jamás pone en duda su validez [...]. Nadie más alejado de la acción que Baudelaire”. Pero hay algo más: la escritura es, no ya en sus resultados sino en sí misma, la experiencia iluminadora que no puede esperarse del cielo. En esto Baudelaire prefigura a Mallarmé. Del despliegue del poema, precisamente en “Spleen', surge lo que no procurará ninguna invocación religiosa: “[...] el hastío, fruto de la triste indiferencia, cobra el tamaño de la inmortalidad”.
    Pienso que Benjamin forzó la interpretación. Para este Baudelaire la alegoría, con sus mayúsculas certificadoras, es en el fondo una recaída en la aspiración insensata, una defección. El haragán diligente no reconoce más realidad verdadera que la del mundo a mano, ni presencia certificadora que no sea un postulado de la imaginación. Por eso vuelve a la calle, a fundirse con la masa que lo atrae y lo repugna, a la “Babel de escaleras y de arcadas”, a escuchar las palabras violentas que lo convertirán en “campeón de la metáfora baja”, como quien sabe que para afeitarse no tiene más remedio que recurrir al espejo. La calle templa, sitúa, maltrata, alimenta, enardece, distrae, ilumina.
     El legado de Baudelaire no pierde vigencia, pero las calles que él recorría y Benjamin recreó no existen más. En la ciudad postindustrial, la indolencia del paseante está amenazada por un cuerpo que cercena el espacio de la multitud: el coche. La primacía del coche trastoca el paisaje y da la medida en que la tecnología se precipita en la perversión. Ni siquiera la antítesis naturaleza-ciudad se mantiene en pie, porque la autopista borra la distancia y equilibra el panorama. La dirección impuesta, la velocidad y las señales refuerzan cotidianamente la idea de sentido y abonan la fe en el desarrollo ilimitado. Si Poe pudiera observarlo, el paseante actual le parecería más inquietante que el hombre de la multitud. La omnipresencia del coche crea tal bombardeo de peligros que la conciencia tiene que estar siempre alerta y la conducta extremar sus mecanismos. Pero el coche es el rey de los deseos, la metonimia culminante. Casi no hay imagen sin coche, como no hay producto que pueda venderse sin vincularlo a alguna forma de conquista. En general, coche y conquista aparecen unidos en la alegoría publicitaria. Así el deseo del paseante, retraído en el mecanismo, está de antemano atrapado en el mismo objeto que amenaza con matarlo. Aislado en la calle, el consumidor se siente obligado a aumentar sus lazos “humanos”, y en la compulsión a estar comunicado se rodea de nuevos mensajes, ruidos ambientales, enseres parlantes y ululantes; esta soledad comunicada no crea ensimismamiento ni atención sino ansiedad, y la ansiedad aumenta con la obsolescencia casi instantánea de los aparatos, en uno de los cuales se ha convertido el cuerpo. De ahí la proliferación, dice Celeste Olalquiaga, de una sensibilidad melancólica ramplona que se expresa en el miedo a la muerte de la humanidad, en brutales reacciones contra la eutanasia o la inseminación artificial, en una ecología supersticiosa, en el regreso aterrado a los valores tradicionales. Hace décadas que la lírica viene respondiendo al sentido con la desorientación, al miedo ciego con la asunción órfica de la muerte; quizá deba empezar a ocuparse de la alegría.
     “El método más prudente y eficaz para afrontar el mundo que nos rodea”, dice J.G. Ballard, “es considerarlo completamente ficticio. Recíprocamente, el pequeño nodo de ralidad que nos han dejado está dentro de nuestras cabezas”. Yo diría que ese pequeño nodo es parte de una realidad que también existe, monstruosamente mediada, fuera de nosotros. De todos modos, alcanzarla es tan difícil como apoderarse del contenido latente de un sueño.
     “La realidad es el vacío”, dice un surra budista, por lo cual podemos interpretar que la vida carece de causa o fundamento. Pero si la realidad humana sólo existe en el lenguaje, tal vez exista un lenguaje que se acerca a la verdadera realidad, lo que podríamos llamar las cosas tal como son, en la cual el escurridizo fondo de lo humano no es más que una de las formas provisorias de algo que lo excede. La poesía es el lenguaje que se afana en esa zona; que, humanamente, da figura a lo que no tiene nombre. Parece que la saturación ambiental vuelve urgente esta búsqueda.
      Giordano Bruno llamó idiota triunfans al hombre que percibe la infinita interrelación de lo existente pero no toma conciencia; atisbos de esa revelación no se niegan a nadie, sin necesidad de que crea en Dios. Pero no siempre se está en condiciones de atenderlos.
      Bataille dio al estado de arrobamiento el nombre de experiencia interior, y la definió de muchas maneras. El éxtasis sería el momento en que, en un chispazo, el hombre vislumbra que sus principales preguntas no tienen respuesta; en que ve lo que escapa al entendimiento, o entiende que “arriba es abajo y abajo es arriba” (Eckhart). Sobre todo, es la caída de la separación entre uno y el mundo, y también la percepción de que la identidad es un ensamblaje precario y el yo una construcción cuya argamasa es el nombre. “El sí mismo”, dice Bataille, “no es el sujeto que se aísla del mundo, sino un lugar de comunicación, de fusión del sujeto y el objeto”. Lo que se comunica en el éxtasis es un no saber al lado del cual el saber absoluto no es sino un conocimiento entre otros. Pues lo que está en juego no es el absoluto, sino la falta de sentido, la futilidad esclavizante del proyecto, una súplica sin respuesta. El éxtasis es la instrucción decisiva.
      Diversas escuelas budistas han discutido mucho si la iluminación debía ser repentina o podía alcanzarse gradualmente. El debate parece inopinado para occidentales del siglo XX; pero toda cultura, sin excluir la nuestra, sabe que ciertos momentos extáticos están ligados al trance. Al trance se llega por la disciplina de la respiración, por formas de movimiento, por cantos reiterativos, por diversas formas de la embriaguez. Hay éxtasis de amor, de odio, de desazón, de risa, incluso un prolongado esfuerzo de voluntad puede emborracharnos, y a veces, en el paréntesis de una distracción completa, la realidad se impone límpida, contundente, sin carga ni significado pero irresistible. Si algo caracteriza a todos estos estados es que acarrean su propio objeto; el éxtasis no es el paraíso, sino el descubrimiento de que no hay nadie a quien recompensar, de que “el hombre no puede encontrarse a sí mismo más que a condición de escapar incansablemente de la avaricia que lo oprime” (Bataille). Pienso que la supervivencia de la lírica en condiciones salvajes puede explicarse así: el poeta es ese para quien la escritura es el lugar donde encuentra la mejor experiencia. O de otro modo: el poeta, sabemos hoy, no es el genio, el diferente, el raro, sino ese que escribe poemas porque en el poema está la posibilidad de éxtasis. Para volver al trance, recordemos cuánto se ha hablado de la “respiración del poema”.
      “Cuando en medio de tanto silencio/ encuentro una palabra/ está cavada en mí/ como un abismo”, dice Ungaretti. Paradójicamente, una experiencia ligada al silencio apareja la comunicación. Lo que debe comunicarse no cabe en el tópico porque allí entran a tallar razones del cuerpo. Así ligada al sinsentido , la desposesión y los extremos del pensamiento, la poesía devuelve el cuerpo a la expresión. Es la rebeldía contra el simulacro: la salud del lenguaje. Esto trasciende los estilos literarios, las escuelas, sin duda los géneros. Una cita más de Bataille: “La poesía no es más que una depuración reparadora. Devuelve al tiempo roedor lo que un estupor vanidoso le arrebata, disipa las máscaras de un mundo ordenado”. Si vemos al mundo actual como un texto inflexible, institucional o letal, no podemos sino llamar política a la irrupción de toda singularidad en algún punto de ese texto. El canto es una zona liberada en la serie inagotable de frases siempre iguales. Una parte nada irrelevante de esta eficacia política es la efusión energética que crea, su carga de poder, el ofrecimiento de una felicidad amoral. En la detección de una “sensación verdadera” (Handke, pero también Stevens), en el poder que irradia un placer sin guía, la lírica encuentra al mismo tiempo su fuerza de supervivencia, su necesidad política y su justificación. Al borde de estos descubrimientos, Benjamin se precipitó a la muerte empujado por el fascismo; pero ya antes la crítica teológica se había retraído en él para dejarle intuir que el despertar que buscaba no sería colectivo ni histórico, no sería una redención, pero no por eso perdería su carácter revolucionario. Ese despertar lo esperaba en la escritura, y por eso creo que no hubiera acabado nunca la inmensa obra sobre los pasajes parisinos. “Una iluminación profana” era la meta que Benjamin había asignado al surrealismo (el movimiento que había “conquistado para la revolución la fuerza de la ebriedad”), y una noción que vuelve a encontrarse en su ensayo sobre Kafka. La iluminación profana no salvó a Baudelaire del dolor, aunque sí del suicidio.
      Pero si la escritura es el lugar del despertar, el despertar no puede ser a otro mundo. Si hay un futuro para la lírica, una posibilidad de no perpetrarse en la reiteración y convertirse a su vez en un lugar común, está en el abandono de la metafísica de la presencia. La poesía de finales del siglo XX ya no puede buscar certificado en el vínculo con una fuente, un origen, ni siquiera en el prestigio filosófico del ser. Sólo puede aceptar la inestabilidad del hombre en el lenguaje. Quizá porque se imponía demostrar que el canto no necesitaba apoyos en la trascendencia, Pessoa inventó a Alberto Caeiro y con él al máximo lírico negativo de nuestro siglo:


Pensar en el sentido íntimo de las cosas 
es algo que sobra, como pensar en la salud 
o llevar un vaso al agua de la fuente.
El único sentido íntimo de las cosas 
es no tener ningún sentido íntimo.


     Desde que Baudelaire lo vio perder la aureola y acanallarse, el poeta ya no es vate, médium ni demiurgo. No es casual que el último intento de devolverlo al pináculo lo protagonizaran poetas para los cuales el verso debía ser proclama y alimento de las masas; a algunos de ellos, Neruda o Evtushenko, el intento les costó unos cuantos versos olvidables. De modo opuesto, cuando la ideología revolucionaria entró en su confuso interregno actual, una de las ideas de la postmodernidad fue recuperar tonos y formas previos a las vanguardias; porque las vanguardias habían ahondado irremisiblemente la brecha entre público y obra, muchos poetas proyectaron recuperar su posición impostando la voz y el ademán en los clásicos latinos, los prerrafaelitas o los últimos románticos. Nada les devolvió el favor del público, por supuesto, y algunos hicieron un papelón. Una lectura rápida de Baudelaire les hubiera demostrado que la aureola no puede recuperarse, que poesía y capitalismo siempre han mantenido relaciones deplorables y, sobre todo, que desde que murió Dios el poeta no debe ignorar las propias condiciones. No se puede ser condesa a cien metros de un carruaje, dice más o menos Wallace Stevens.
      Asumir las condiciones; renunciar a la aureola. De la elección del estilo a la elección de la vida, son muchísimos los ejemplos que la poesía de las últimas décadas ofrece de aceptación deliberada del mundo cercano como tierra para la imaginación. Pessoa guardando papeles en un baúl mientras trabajaba para empresas de exportación. Wallace Stevens jubilado en una compañía de seguros. Borges y su apego a la clase media. El filisteismo del eterno bibliotecario Philip Larkin. Lezama Lima anclado en su casa de La Habana, mezclando el lenguaje hogareño con los avatares del culteranismo. Y también el avieso prosaísmo de Gil de Biedma, de Gelman, de Cisneros, y también la reflexión de Pavese: no pertenecer a la casta de los aventureros sino a la de quienes creen que, mirando monótona y largamente un mismo objeto, este aparecerá un día flamante y revelador.
      Stevens también dice: “La imaginación amplifica”, por lo cual entendemos que la poesía renueva la realidad, la extiende, y al mismo tiempo la hace patente. Para Lezama Lima, por la poesía se irrumpe en otra causalidad, donde “se gana una prolongada duración que va creando sus nudos o metáforas causales”. Esta voluntad de adjudicar a la poesía una región, un clima, aun dentro de nuestro mundo, desaparece totalmente en uno de los últimos grandes líricos europeos. Philip Larkin, en efecto, no se hacía ninguna ilusión; rotundamente adverso a Eliot, sostuvo que había que eliminar citas y alegorías, recortar el bosque analógico. Fiel a su prosaísmo, pensaba que no había trascendencia ni escapatoria; que si existía un consuelo estaba justamente en el arte y en los ritos comunitarios menos prestigiosos -el trabajo entre ellos-que, ligándonos a las generaciones, nos resarcían del paso del tiempo. Para Larkin toda mediación, todo símbolo de altura era un impedimento. La ocasión del canto podía ser una ambulancia, un hotel para viajantes de comercio, un cartel callejero con una playa y una muchacha pintarrajeada.
      La apropiación de su mundo, de la Inglaterra minúscula y diaria, fue lo que permitió a Larkin cantar, y cantar en el filo austero de la conciencia de la muerte. La poesía es un campo donde proliferan lazos extraños. En la descreída poesía de Larkin sigue cumpliéndose lo que desde el santuario de Orfeo había profetizado Rilke: “Sólo en el doble reino serán las voces eternas y dulces”.
     Octavio Paz habla de la poesía como receptáculo de un sentido por venir y, por la vía del reconocimiento del Otro, anuncio de una reconciliación. Creo que el que hoy en día atribuya una función redentora a la poesía, antes que enaltecerla, la está poniendo en peligro. Porque, más que de augurios o anuncios, de lo que se trata es de poner en escena la totalidad cambiante del lenguaje: el campo de las metamorfosis. La poesía es una latencia; la representación inacabable del estado siempre latente de la verdad y de su despuntar en el sinsentido. Es la composición y la evidencia del fracaso, en el mismo medio en donde se sigue creyendo que es posible el triunfo. La virtud política o social de la poesía es su gratuidad, su renuncia a todo poder que no sea una forma de energía, su equívoca cualidad de discurso y canto, alumbramiento y representación, molestia y consuelo, objeto y fantasma.
     “Creo que una de las cosas más misteriosas es la incapa-I idad del cerebro humano para poner en relación sus propios contenidos”, escribió extrañamente H.P. Lovecraft. Sin duda, la reiteración catatónica y continua de las mismas frases no contribuye a que el cerebro supere esa incapacidad. La poesía es, cuando menos, el intento de romper las paredes del zumbido hegemónico, devolver al texto del mundo su carácter variable y, mediante tratos particulares con la palabra, impedir que las cosas se vuelvan definitivamente opacas y ajenas. La poesía siempre está cambiando de tema; en la sociedad tecnológica, su naturaleza es la impertinencia. A veces, arrastrado por el aliento, el lenguaje entero se desvanece y más acá del simulacro sobreviene un contacto entre dos partes de una sola realidad. Si aceptamos que esta clase de experiencia es una necesidad, como otras que el hombre niega pero no deja de acusar, en el área evacuada por el público, la existencia del lírico está garantizada por el lector, su correspondiente excéntrico.


(del libro UNA MORADA AMBULANTE 
-escritos sobre poesía-
entropía,2024) 
(Ensayo publicado 
originariamente publicado: en
Diario de Poesía, 1992. )
Marcelo Cohen


 
Marcelo Cohen (Buenos Aires, 1951-2022) fue escritor, crítico y traductor. Premio Konex 2004. Entre 1975 y 1996 vivió en Barcelona (España), donde fue Redactor-jefe de la revista cultural El Viejo Topo y colaboró con varios medios de prensa. Dirigió la colección Shakespeare por escritores, una edición de las obras completas de Shakespeare traducidas por escritores iberoamericanos y tradujo más de cien libros de varias lenguas, entre otros autores, de Christopher Marlowe, Ben Jonson, Jane Austen, Nathaniel Hawthorne, Henry James, T. S. Eliot, Philip Larkin, Wallace Stevens, Scott Fitzgerald, J. G. Ballard, William Burroughs, Italo Svevo, Raymond Roussel, Machado de Assís y Clarice Lispector. Entre sus obras de creación están las novelas El oído absoluto, El testamento de O’Jaral y Donde yo no estaba, los cuentos recogidos en El fin de lo mismo y Los acuáticos. Codirigió con Graciela Speranza la revista de artes y letras Otra parte. Como ensayista publicó: ¡Realmente fantástico!y otros ensayos, de 2003; Música prosaica (cuatro piezas sobre traducción), de 2014; Notas sobre la literatura y el sonido de las cosas, de 2016, y Un año sin primavera, de 2017, entre otros.




domingo, 4 de octubre de 2026

UNA LENGUA, UNA POESÍA


En la Argentina hubo, a comienzos de los años 70, un descubrimiento de la poesía escrita en Inglaterra y en los Estados Unidos. Toda una generación se dio cuenta de que se estaba perdiendo algo. En los años sesenta, cuando el que escribe estas líneas empezó a leer poesía, el poeta más popular era Pablo Neruda.

Se leía también a Federico García Lorca. Me refiero a muchachos atraídos por la poesía en una escuela secundaria nocturna de la ciudad de Ramos Mejía en el conurbano de Buenos Aires. Se publicaban aquí revistas y libros donde resonaban otras voces: las del grupo Poesía Buenos Aires y la de los “coloquialistas”, pero no llegaban a los suburbios del oeste. Muchos años después, el que escribe estas líneas se daría cuenta de que los únicos poetas de idioma inglés que había leído en sus años de estudiante eran Walt Whitman y Edgar Allan Poe. El primero pasado por el colador español de León Felipe; el segundo, en la versión de “El cuervo” del venezolano Juan Antonio Pérez Bonalde, cuyos primeros versos aún resuenan en su memoria: “Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones, /sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones...” (El que escribe estas líneas sigue pensando que es la mejor versión de “El cuervo”, tanto por su musicalidad infantil cuanto por su anacronismo fuertemente poeiano: “fosca”, “infolio”, “cronicones”...)

En pocas palabras: si las generaciones de los 50 y los 60 nos abrieron un campo enorme a los poetas surgentes e insurgentes, tanto por la modernidad de la imagen cuanto por el lenguaje coloquial y la inflexión del habla hablada, un campo tanto o más grande quedaba aún por develar. Y lo develamos. Era el campo de la poesía en inglés sobre la que solo habían operado algunos exploradores aislados: Alberto Girri, Rodolfo Wilcock, Marcelo Covián, Elizabeth Azcona Cranwell. Con Azcona, tuvimos a Dylan Thomas. Con Girri, un amplísimo muestrario que iba desde William Carlos Williams hasta Lawrence Ferlinghetti, con estaciones preferenciales en Wallace Stevens y Robert Lowell. Con Wilcock, Eliot. Con Covián, la poesía beat.

Esto se nos vino en los 70, y descubrimos que el mundo de la poesía no estaba solo privado de una lengua, sino más bien del espíritu de una lengua. Algo que —suponemos— era ese espíritu movió a las primera y segunda camada de nuestra generación a traducir del inglés. La dotación de traductores fue desde el comienzo muy amplia, y se sigue ampliando: Marcelo Cohen, Mirta Rosenberg, Daniel Samoilovich, Gerardo Gambolini, Diana Bellessi, Javier Adúriz, Andrés Ehrenhaus, Silvia Camerotto. Todo el patrimonio que ellos revelaron tuvo gran impacto en la generación de los 90, que dio una gran cantidad de traductores. La lista sería larga o injusta, pero los primeros que se sintieron tentados a probar cómo sonaban en castellano los poetas norteamericanos que admiraban fueron, tal vez, Daniel Durand, Darío Rojo, Laura Wittner, Sergio Raimondi.

Entre todos estos poetas y escritores traductores surgidos en esa época, Jonio González —autor de la presente compilación—fue y es uno de los más productivos y apasionados. Y su grupo Onofrio de Poesía Descarnada, que fundó a fines de los 70 con Javier Cófreces y Miguel Gaya, quizá haya sido el que acusó mayor interés orgánico, diríamos, por la poesía estadounidense, empezando por la generación llamada “beat”.

¿Qué tenía la poesía en lengua inglesa que no tuviera aquella que había dado lugar a las dos olas de la vanguardia en la Argentina? Empecemos por ver que tenían en común tanto la ola vanguardista de los años 20 como la de los 50/60, que en realidad empezó a fines de los 40. La poesía francesa en particular, y en segundo término el futurismo italiano, habían sembrado allí sus semillas. No fue sino por eso que Nicanor Parra rezongaba en aquellos años tanto con Neruda como con el “surrealismo de la escuela de Buenos Aires”. Para él, todo esto era ilusión, divinización, sublimación. Pero desde aquí no podíamos verlo.

En Francia nada fue igual, y podríamos decir directamente nada más fue, después de la revolución surrealista, que, cualquiera haya sido su poder iconoclasta, no hacía transitar su fe renovadora sino por la senda del vocabulario lírico tradicional. La poesía estaba pues destinada a exaltar; era una poesía vital porque —con todo y metáforas descabelladas, imágenes audaces, combinaciones diabólicas— no dejaba ser una poesía de elogio, cuyos formatos de base eran la oda y el madrigal, a diferencia del formato romántico por antonomasia, que era la elegía. Fue por ahí su vitalismo, que aquí recogió “la escuela de Buenos Aires”.

¿Qué nos faltaba, pues? Dos cosas: el realismo —la violencia descarnada del pensamiento— y la reflexión. Y esto —supone el que escribe estas líneas— está en lo profundo de la lengua y la tradición inglesas. El inglés, se diría, no cree en aquello que no ve, o cuya visión no pueda ser presentada. Reformista en lo religioso, sigue la trayectoria del tintero de Lutero, arrojado contra un diablo visible, concreto, no especulativo. El doctor Johnson se enojó con el pensamiento extremadamente solipsista del obispo Berkeley y no tuvo mejor idea que patear una piedra para refutar el argumento de que el mundo no es objetivo. Esto no podía haberlo hecho Descartes. Y cuando uno ve la tendencia especulativa, reflexiva, de la poesía y la cultura estadounidenses, no puede menos que regocijarse en lo concreto y visual de esa especulación. El mundo cerrado de Emily Dickinson es allí un cosmos mental. Privado, pero cosmos finalmente. El universo al que se arroja Whitman no es más que una redundancia, pero es absolutamente convincente porque sus versículos suenan tan épicos como religiosos, al punto de que “Walt Whitman, un cosmos” se parece más a una parábola que a una narración directa, como la que aparentan gran parte de sus poemas. Cien años después, cuando Allen Ginsberg, abanderado designado de la generación beat, quiere hablar de su dolor con el famoso poema “Aullido”, comienza hablando de los demás: “He visto las mejores mentes de mi generación...”

Un tintero arrojado al diablo, una patada a una piedra, un aullido, una parábola: todo esto es el sustrato de la poesía norteamericana, y todo esto forma un estilo, excepto el de Edgar Allan Poe, padre esquivo, quien sin proponérselo fundó una escuela en Francia. Pero aun Poe es un pionero de la poesía propiamente estadounidense cuando advierte, en su trabajo sobre “El cuervo”, conocido como “Método de composición”, que solo al final de ese largo poema narrativo y musical la figura del cuervo cobra un carácter simbólico, pues, en su entender, la idea más profunda de un poema debe ser subterránea. Con esto, abre las puertas del simbolismo en Francia, vía Charles Baudelaire, y del modernismo o simbolismo en su propio país, con Wallace Stevens tal vez como su mejor expresión. Nunca Francia y Estados Unidos estuvieron tan cerca como cuando Stevens comprendió, paralelamente a Mallarmé —quien a su vez lo supo ver en Baudelaire—que la realidad que puede expresarse es siempre “un bosque de símbolos”, un platónico armado que habla de la verdad como representación. Stevens reparó en que los componentes de ese “bosque” baudelaireano son asimismo carne y piedra, madera o nieve reales: no solo pensamientos o visiones, sino también paisaje sensible. Y Williams fue muy expreso en esto cuando formuló su célebre verso “no ideas sino en las cosas”. Y, más que ninguno, Ezra Pound, quien llamó “imaginista” (de imagen, no de imaginación) a la escuela que fundó en Europa en el mismo
momento en que Filippo Marinetti creaba el futurismo.

Desde tiempos remotos, el flash y la anécdota, por un lado, y el poema fluyente whitmaniano por el otro, al que se sumó el pastiche vía Williams, Eliot y Pound, fueron las formas que desarrolló la poesía en los Estados Unidos. Porque esas vías estaban en la lengua, y porque su forma básica ya no era ni la oda ni la elegía ni el breve poema amoroso sino la parábola bíblica. Todo lo cual se une en las experiencias del objetivismo y de la llamada “escuela de Nueva York” en tiempos más cercanos.

Mientras toda la vanguardia daba lo mejor de sí en la Argentina, a la par del coloquialismo que reingresaba el versículo como metro preferido y la inflexión hablada como ritmo, un hombre gris decía: “Poesía es lo que ves”. Sin proponérselo quizá, Joaquín Giannuzzi fundaba una tradición paralela a la yanqui, de la que se apropiaron en seguida los muchachos que en los setenta y ochenta comenzaron a traducir a los norteamericanos.

Quien escribe estas líneas ha querido mostrar aquí una historia alternativa a la noble tradición vanguardista francesa. Jonio González ofreció a lo largo de muchos años una narración de esa experiencia, con incesantes traducciones de sus poetas preferidos, que por fortuna —como se verá aquí— son muchos y con creces representan la historia que a su vez quiso reseñarse en este prólogo, y que nos sumerge —no hay dudas— en lo que fue y es un nuevo “bosque de símbolos”.


Prólogo a Poetas norteamericanos en dos siglos, volumen 1, 
versiones de Jonio González; Ediciones en Danza, e-books, 2020.


(Del libro: "Nada Personal.
Todo Personal.Obra Crítica,"
Barnacle, 2025, Envío
de Alberto Cisnero)

Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949-2025) Pueden leer biografías, poemas ensayos, traducciones -del Dante y de otros poetas italianos-, aquí: Jorge Aulicino 

Pueden LEER  los POETAS NORTEAMERICANOS EN DOS SIGLOS en los e-books gratuitos que pueden bajar de la página de Ediciones en Danza o leer aquí la selección que hice de algunos poetas con las traducciones de: Jonio González, donde también pueden leer sus propios poemas.