domingo, 4 de octubre de 2026

UNA LENGUA, UNA POESÍA


En la Argentina hubo, a comienzos de los años 70, un descubrimiento de la poesía escrita en Inglaterra y en los Estados Unidos. Toda una generación se dio cuenta de que se estaba perdiendo algo. En los años sesenta, cuando el que escribe estas líneas empezó a leer poesía, el poeta más popular era Pablo Neruda.

Se leía también a Federico García Lorca. Me refiero a muchachos atraídos por la poesía en una escuela secundaria nocturna de la ciudad de Ramos Mejía en el conurbano de Buenos Aires. Se publicaban aquí revistas y libros donde resonaban otras voces: las del grupo Poesía Buenos Aires y la de los “coloquialistas”, pero no llegaban a los suburbios del oeste. Muchos años después, el que escribe estas líneas se daría cuenta de que los únicos poetas de idioma inglés que había leído en sus años de estudiante eran Walt Whitman y Edgar Allan Poe. El primero pasado por el colador español de León Felipe; el segundo, en la versión de “El cuervo” del venezolano Juan Antonio Pérez Bonalde, cuyos primeros versos aún resuenan en su memoria: “Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones, /sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones...” (El que escribe estas líneas sigue pensando que es la mejor versión de “El cuervo”, tanto por su musicalidad infantil cuanto por su anacronismo fuertemente poeiano: “fosca”, “infolio”, “cronicones”...)

En pocas palabras: si las generaciones de los 50 y los 60 nos abrieron un campo enorme a los poetas surgentes e insurgentes, tanto por la modernidad de la imagen cuanto por el lenguaje coloquial y la inflexión del habla hablada, un campo tanto o más grande quedaba aún por develar. Y lo develamos. Era el campo de la poesía en inglés sobre la que solo habían operado algunos exploradores aislados: Alberto Girri, Rodolfo Wilcock, Marcelo Covián, Elizabeth Azcona Cranwell. Con Azcona, tuvimos a Dylan Thomas. Con Girri, un amplísimo muestrario que iba desde William Carlos Williams hasta Lawrence Ferlinghetti, con estaciones preferenciales en Wallace Stevens y Robert Lowell. Con Wilcock, Eliot. Con Covián, la poesía beat.

Esto se nos vino en los 70, y descubrimos que el mundo de la poesía no estaba solo privado de una lengua, sino más bien del espíritu de una lengua. Algo que —suponemos— era ese espíritu movió a las primera y segunda camada de nuestra generación a traducir del inglés. La dotación de traductores fue desde el comienzo muy amplia, y se sigue ampliando: Marcelo Cohen, Mirta Rosenberg, Daniel Samoilovich, Gerardo Gambolini, Diana Bellessi, Javier Adúriz, Andrés Ehrenhaus, Silvia Camerotto. Todo el patrimonio que ellos revelaron tuvo gran impacto en la generación de los 90, que dio una gran cantidad de traductores. La lista sería larga o injusta, pero los primeros que se sintieron tentados a probar cómo sonaban en castellano los poetas norteamericanos que admiraban fueron, tal vez, Daniel Durand, Darío Rojo, Laura Wittner, Sergio Raimondi.

Entre todos estos poetas y escritores traductores surgidos en esa época, Jonio González —autor de la presente compilación—fue y es uno de los más productivos y apasionados. Y su grupo Onofrio de Poesía Descarnada, que fundó a fines de los 70 con Javier Cófreces y Miguel Gaya, quizá haya sido el que acusó mayor interés orgánico, diríamos, por la poesía estadounidense, empezando por la generación llamada “beat”.

¿Qué tenía la poesía en lengua inglesa que no tuviera aquella que había dado lugar a las dos olas de la vanguardia en la Argentina? Empecemos por ver que tenían en común tanto la ola vanguardista de los años 20 como la de los 50/60, que en realidad empezó a fines de los 40. La poesía francesa en particular, y en segundo término el futurismo italiano, habían sembrado allí sus semillas. No fue sino por eso que Nicanor Parra rezongaba en aquellos años tanto con Neruda como con el “surrealismo de la escuela de Buenos Aires”. Para él, todo esto era ilusión, divinización, sublimación. Pero desde aquí no podíamos verlo.

En Francia nada fue igual, y podríamos decir directamente nada más fue, después de la revolución surrealista, que, cualquiera haya sido su poder iconoclasta, no hacía transitar su fe renovadora sino por la senda del vocabulario lírico tradicional. La poesía estaba pues destinada a exaltar; era una poesía vital porque —con todo y metáforas descabelladas, imágenes audaces, combinaciones diabólicas— no dejaba ser una poesía de elogio, cuyos formatos de base eran la oda y el madrigal, a diferencia del formato romántico por antonomasia, que era la elegía. Fue por ahí su vitalismo, que aquí recogió “la escuela de Buenos Aires”.

¿Qué nos faltaba, pues? Dos cosas: el realismo —la violencia descarnada del pensamiento— y la reflexión. Y esto —supone el que escribe estas líneas— está en lo profundo de la lengua y la tradición inglesas. El inglés, se diría, no cree en aquello que no ve, o cuya visión no pueda ser presentada. Reformista en lo religioso, sigue la trayectoria del tintero de Lutero, arrojado contra un diablo visible, concreto, no especulativo. El doctor Johnson se enojó con el pensamiento extremadamente solipsista del obispo Berkeley y no tuvo mejor idea que patear una piedra para refutar el argumento de que el mundo no es objetivo. Esto no podía haberlo hecho Descartes. Y cuando uno ve la tendencia especulativa, reflexiva, de la poesía y la cultura estadounidenses, no puede menos que regocijarse en lo concreto y visual de esa especulación. El mundo cerrado de Emily Dickinson es allí un cosmos mental. Privado, pero cosmos finalmente. El universo al que se arroja Whitman no es más que una redundancia, pero es absolutamente convincente porque sus versículos suenan tan épicos como religiosos, al punto de que “Walt Whitman, un cosmos” se parece más a una parábola que a una narración directa, como la que aparentan gran parte de sus poemas. Cien años después, cuando Allen Ginsberg, abanderado designado de la generación beat, quiere hablar de su dolor con el famoso poema “Aullido”, comienza hablando de los demás: “He visto las mejores mentes de mi generación...”

Un tintero arrojado al diablo, una patada a una piedra, un aullido, una parábola: todo esto es el sustrato de la poesía norteamericana, y todo esto forma un estilo, excepto el de Edgar Allan Poe, padre esquivo, quien sin proponérselo fundó una escuela en Francia. Pero aun Poe es un pionero de la poesía propiamente estadounidense cuando advierte, en su trabajo sobre “El cuervo”, conocido como “Método de composición”, que solo al final de ese largo poema narrativo y musical la figura del cuervo cobra un carácter simbólico, pues, en su entender, la idea más profunda de un poema debe ser subterránea. Con esto, abre las puertas del simbolismo en Francia, vía Charles Baudelaire, y del modernismo o simbolismo en su propio país, con Wallace Stevens tal vez como su mejor expresión. Nunca Francia y Estados Unidos estuvieron tan cerca como cuando Stevens comprendió, paralelamente a Mallarmé —quien a su vez lo supo ver en Baudelaire—que la realidad que puede expresarse es siempre “un bosque de símbolos”, un platónico armado que habla de la verdad como representación. Stevens reparó en que los componentes de ese “bosque” baudelaireano son asimismo carne y piedra, madera o nieve reales: no solo pensamientos o visiones, sino también paisaje sensible. Y Williams fue muy expreso en esto cuando formuló su célebre verso “no ideas sino en las cosas”. Y, más que ninguno, Ezra Pound, quien llamó “imaginista” (de imagen, no de imaginación) a la escuela que fundó en Europa en el mismo
momento en que Filippo Marinetti creaba el futurismo.

Desde tiempos remotos, el flash y la anécdota, por un lado, y el poema fluyente whitmaniano por el otro, al que se sumó el pastiche vía Williams, Eliot y Pound, fueron las formas que desarrolló la poesía en los Estados Unidos. Porque esas vías estaban en la lengua, y porque su forma básica ya no era ni la oda ni la elegía ni el breve poema amoroso sino la parábola bíblica. Todo lo cual se une en las experiencias del objetivismo y de la llamada “escuela de Nueva York” en tiempos más cercanos.

Mientras toda la vanguardia daba lo mejor de sí en la Argentina, a la par del coloquialismo que reingresaba el versículo como metro preferido y la inflexión hablada como ritmo, un hombre gris decía: “Poesía es lo que ves”. Sin proponérselo quizá, Joaquín Giannuzzi fundaba una tradición paralela a la yanqui, de la que se apropiaron en seguida los muchachos que en los setenta y ochenta comenzaron a traducir a los norteamericanos.

Quien escribe estas líneas ha querido mostrar aquí una historia alternativa a la noble tradición vanguardista francesa. Jonio González ofreció a lo largo de muchos años una narración de esa experiencia, con incesantes traducciones de sus poetas preferidos, que por fortuna —como se verá aquí— son muchos y con creces representan la historia que a su vez quiso reseñarse en este prólogo, y que nos sumerge —no hay dudas— en lo que fue y es un nuevo “bosque de símbolos”.


Prólogo a Poetas norteamericanos en dos siglos, volumen 1, 
versiones de Jonio González; Ediciones en Danza, e-books, 2020.


(Del libro: "Nada Personal.
Todo Personal.Obra Crítica,"
Barnacle, 2025, Envío
de Alberto Cisnero)

Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949-2025) Pueden leer biografías, poemas ensayos, traducciones -del Dante y de otros poetas italianos-, aquí: Jorge Aulicino 

Pueden LEER  los POETAS NORTEAMERICANOS EN DOS SIGLOS en los e-books gratuitos que pueden bajar de la página de Ediciones en Danza o leer aquí la selección que hice de algunos poetas con las traducciones de: Jonio González, donde también pueden leer sus propios poemas. 


viernes, 2 de octubre de 2026

MISE EN SCÈNE y otros poemas

 


MISE EN SCÈNE
 
no es necesario arrancar la página
ni cerrar el libro para encontrar
una descripción del silencio
el vacuo inevitable gesto
de la representación
el inútil acto de definir
la utilidad del contenido
para encajar las piezas
por identidades
y afirmar ése eres tú
éste era yo
aquélla algunas frases
que aún recordamos
lo que la piel no ha dejado de sentir
como un modo de compensación
por lo que el deseo ha negado
y la distancia roba
 
 
***
 
CENIZAS DE LA RAZÓN
 
sales riéndote en todas las fotos
como un imbécil
piensas ahora
cuando ya a nadie le importa
y la ceremonia de los días
es un murmullo
que atraviesa el olvido
de los invitados
 
—esperabas que el sendero
huyera del destino
pero se hunde en él
y no hay fuerza
capaz de remontarlo—
 
ábreles la puerta y acepta
aunque ya no lo recuerdes
el motivo de esas risas
deja de buscar brotes
en el árbol seco
 
 
***
 
OBRA OCULTA
 
en la construcción de la casa
no ha intervenido nadie
 
ni el pródigo incapaz
de abrir la mano
ni el poeta
en busca del verso
con que acatar sin culpa
ni el simulador
que oculta la evidencia
tras una mueca de ira
 
y sin embargo
ves sus muros alzarse
sobre cimientos
de sangre y sueños
y al caer la noche restos
de memoria
derrotada
 
 
***
 
FICCIÓN
 
lo que la voluntad
se propone
al mirar por la ventana
lo que atribuye
a la imaginación
al miedo
—vienen por allí
de dónde
por qué—
una suposición necesaria
sin otro fin
que explicar
desesperadamente
el presente
 
**
 
EL DÍA SIGUIENTE
 
cada noche
un fragmento del recuerdo
de lo que jamás será
el olvido de la razón por la cual
se ha llegado a esto
del sufrimiento que causaste
y te causaron
de sangres propias
y ajenas
 
deseos y leyes
que en su arbitraria simetría
han decidido por ti
sagaz jactancia
que olvida lo que sabe
que miente
revelando las pruebas
que simula conocer
cuanto es engaño:
 
el hechizo en una orilla
en la otra la traición

(Inéditos
Gentileza del autor)

Jonio González


Jonio González nació en Buenos Aires en 1954 y vive en Barcelona desde 1983. Junto con Javier Cófreces fundó en Buenos Aires, en 1981, la revista de poesía La Danza del Ratón. Ha sido traducido a varias lenguas e incluido en diversas antologías, entre ellas Una antología de la poesía argentina (Santiago de Chile, 2008), Doscientos años de poesía argentina (Buenos Aires, 2010), Antología de la poesía argentina de hoy (Barcelona, 2010), Poésie récente d’Argentine: Une anthologie possible (París, 2013) y La doble sombra: Poesía argentina contemporánea (Madrid, 2014). Ha publicado los siguientes poemarios: Onofrio. Grupo de Poesía Descarnada (con Javier Cófreces y Miguel Gaya, Buenos Aires, 1978, reeditado en 2008), El oro de la república (Buenos Aires, 1982), Muro de máscaras (Buenos Aires, 1987), Cecil (Buenos Aires, 1991), Últimos poemas de Eunice Cohen (Barcelona, 1999), El puente (Vic, 2001; Buenos Aires, 2002), Ganar el desierto (Buenos Aires, 2009) y La invención de los venenos (Buenos Aires, 2015), Historia del visitante  (Ediciones en Danza, 2019) y Esbozos y representaciones (Ediciones en Danza, 2022).Ha traducido a poetas estadounidenses y catalanes.  Como traductor de poesía, sus últimas publicaciones incluyen la antología en dos volúmenes Poetas norteamericanos en dos siglos (2020) y Esperando mi vida, de Linda Pastan (conjuntamente con Rosa Lentini, 2021). Asimismo, ha colaborado traduciendo a varios poetas en In nomine Auschwitz.Antología de la poesía del Holocausto , de Carlos Morales del Coso (2022). Como crítico musical ha sido responsable de la sección de jazz de la revista Lateral y miembro del consejo de redacción de Cuadernos de Jazz.


Pueden LEER todos los poemas del autor aquí: Jonio González

Fotografía del autor tomada del blog OTRA IGLESIA ES IMPOSIBLE de Jorge Aulicino.


miércoles, 30 de septiembre de 2026

EL CONTENIDO EN EL AGUA


Las torres de veinte pisos existen.
Incluso en esta ciudad mediocre
imitamos las maravillas del mundo
en los edificios -música y tragos
donde todo puede comprarse con dinero.
Qué medio tan fantástico es el dinero
que nos permite
trasladarnos en tiempo y espacio
aún sin viajar
más que escasas veinte cuadras.
Sin embargo no te obstines demasiado
en mirar hacia abajo
muchos tuvieron la idea
lo que se ve es demasiado atrayente
unos ojos pasean la tristeza
por encima de las casas de los ricos
de los trajes ya arrugados de los oficinistas alcohólicos.
Más allá una pareja se besa y no hay nostalgia
es lo que es.
Abajo el comienzo de un río
abajo la avenida, el monumento y el cielo
decorado fastuoso.
Pero alguien ya lo dijo:
el deseo de morir es demasiado fuerte
como para satisfacerse con la muerte.



Una planta, para mí, es la naturaleza
una lapicera es una oficina
cuatro paredes una casa
un soldado la guerra.
No sé de dónde me viene
este poder de síntesis.
Si un cantero es una playa en el Caribe
¿para qué viajar
cuando el pie pisa
en una arena todas las arenas?
La religión es una cruz
clavada sobre la cama
la luz es este hilo
que atraviesa la habitación como un rayo.
En el balcón, de mañana,
alimento a una paloma. 



En el fondo
yo odio a las mujeres
no soporto verlas
ir y venir
ir y venir
con sus bolsas de Zara llenas de tuppers
que guardan galletas,
verduras,
la comida de los hijos.
No soporto
su manera de mirar con estoicismo
la cara de la desgracia
de hablar con los vecinos sobrias
de perdonar
la indiferencia absoluta del hijo.
No soporto sus sonrisas
sus visitas a la peluquería
antes de una cita
la crítica
el dolor
la expectativa
la muerte.
Las mujeres despiertan mi misoginia
en las paradas de los semáforos
las veo arrastrar carros con bebés
y sonreír encogiéndose de hombros
por la ausencia del padre.
Las veo mantener la calma los domingos
mientras sus maridos miran
el fútbol por televisión.
Deberían enterrar a las mujeres
lejos de su realidad fabricada
lejos de sus lenguas
y de la inteligencia que no usan
o darles un respiro en Disneylandia
digo yo mientras contesto
los mensajes que a mi ex se le ocurrió escribir
a las tres de la mañana
únicamente porque se sintió solo.



Cada día
dotado de lectura o de inteligencia
puede crear una mente erudita
para eso, sin embargo,
hay que plegar un segundo a otro, pero olvidar
el significado del tiempo.
Cada día puede
construir un pequeño catálogo
una mitología personal hecha de gustos
propios y ajenos
pero ejecutar
el catálogo
es otra cosa
lo mismo que escribir
palabra tras palabra
la complejidad de una vida
lo mismo que filmar
el paisaje, el atardecer, una mano, la guerra.
Hay pocos
de los minutos que pueden vivirse gozosos
por lo general es como la calma transitoria
que da la morfina en medio de un dolor extremo
ese remanso de paz, la luz colándose en la ventana
en medio de las tinieblas
de hecho, a diario es casi nada
quizá por la mañana, a veces. 



Podría ser el claustro
o el refectorio, o la celda
el vaso de metal enlozado donde vertías
dulcemente el vino
el modo en que partías el pan
y se hundían tus dedos en la masa blanda
una forma de tocar que tenía
la simplicidad más absoluta
pero la cualidad intangible del misterio.
Verás
todos caminamos así, como discípulos,
ciegos y sordos, esperando una revelación que no
ocurre
porque la revelación es el pan; el mismo pan blando
donde se hunde
el dedo o el diente
la luz que entraba por la ventana dibujando el contorno
de tu mano
los dedos que conocía bien pero parecían
nuevos en ese momento, puros en la claridad del gesto
porque no hay quizá
otra verdad que el gesto.
El gesto: tu pelo rozando el contorno del cuello en el
abrazo
la palabra comprensible susurrada
la mirada en sombras de la despedida momentánea
la aceptación dolorosa
de que no todo puede ser dicho
y toca callar
en una celda, sobre un vaso, o un plato
o en una habitación, como ahora
donde un hombre roza
el contorno frágil de la existencia
por unos segundos, nada más.


(Del libro homónimo,
Goles Rosa, Mar 
del Plata, 2020) 

Mercedes Álvarez


Mercedes Álvarez es una destacada escritora, socióloga y gestora cultural argentina, nacida en Tandil, provincia de Buenos Aires, en 1979. Su obra transita de manera constante entre la narrativa de ficción y la poesía, caracterizándose por un estilo de gran potencia lírica y honestidad intelectual. Aunque nació en Tandil, vivió su infancia y juventud en la ciudad de Mar del Plata hasta cumplir los diecinueve años. En 1998 decidió trasladarse a España, país donde residió hasta 2006. Durante ese periodo, se radicó en Pamplona y se licenció en Sociología por la Universidad Pública de Navarra. Complementando su formación humanística, realizó también una maestría en Gestión Cultural. Tras su regreso a la Argentina, se estableció en la Ciudad de Buenos Aires y se volcó de lleno a la escritura de ficción, dedicándose por más de una década a producir novelas cortas y cuentos. Su debut editorial ocurrió en España con los libros de relatos Vecinos y Historia de un ladrón, ambos publicados en 2010. A raíz de un fuerte bloqueo creativo con la prosa, Álvarez comenzó a experimentar con la poesía. Esta incursión no solo derivó en la publicación de varios poemarios (como Imitación de los pájaros en 2013), sino que además reconfiguró por completo su manera de abordar la ficción. Su aclamada novela La gota en la piedra (publicada en 2021 por la editorial Mardulce Editora) es el ejemplo más claro de esta fusión, habiendo nacido directamente a partir de sus composiciones en verso. Obra publicada: Narrativa (Novelas y Cuentos): Vecinos (2010), Historia de un ladrón (2010), Saigón (2015), Grow a Lover (2018) y La gota en la piedra (2021).Poesía: Imitación de los pájaros (2013), El cuerpo intacto (plaquette, 2016), Del deterioro (2019) y El contenido en el agua (2020). 


lunes, 28 de septiembre de 2026

IDO

 


PRIMERA PARTE
(La vida de los demás)


Adiós

Un saludo largo, 
eterna despedida, 
ante lo irremediable 
de un viaje al sur.



Vida y obra

Si nos diésemos cuenta antes, 
haríamos las cosas 
de manera diferente.
Sin problemas, 
sin conflictos, 
sin nada, 
sin que pase nada.


Arte

Deja que la frente sude,
que las gotas de sudor caigan
sobre los anteojos,
sobre la mesa,
sobre el papel,
sobre la acuarela.
Los gotones dejan, 
en su aureola, 
otro principio.
La gente hace cola 
para ver eso.


Una persona piola

Una persona despierta y orina. 
Desayuna y sale.
Si sale temprano, 
le rinde más el día.
Sale temprano 
todos los días.


Off

Era el ùnico disruptivo. 
Por eso enseguida 
quedó afuera.



ONU

A veces piensa, 
esperando el ómnibus, 
en un futuro próspero, 
individual, 
colectivo, 
mundial.
Y llega lleno.



Sociedad

Si no quisiéramos 
ninguna cosa más, 
lo bien que andaríamos.



Mal menor

Hoy está desconcentrado, 
no desconcertado, 
abatido e ido.



Un caso

Una persona patea puertas 
hasta volverse loca.
Luego,
decide volverse cuerda 
y lo logra.
Entristece 
y muere.



Es la base

Comemos fideos con manteca.
Vacacionamos en el país.
Usamos ropa de marca
pero trucha.
Nos cuesta mucho
conseguir un buen trabajo.



Enfermedad

No quiere plata,
necesita plata.
Unos pesos,
siempre,
para el café.



Lealtad

No te molesta nada
y te merecés todo.
Pero solo hay mierda.




SEGUNDA PARTE
(La vida circundante)


Chance

Una rama de romero, 
¿o romeo?
¿La tragedia 
o el condimento?



Crisis

La oferta 
se vende bien, 
del resto nada.



La opinión 

Malo sería tener una opinión 
sobre las cosas.
Sobre cada cosa, 
una opinión.



Caduco

En el levitar
de los deseos pasados,
pesa un manto de pensamientos
truncos y podridos.



Pantera

Los largos listones
ya están estibados.
Abajo los nuevos,
arriba los usados.



Un bañito en el noticiero

Adentro,
dice el noticiero,
las aguas tampoco son claras:
cloacales.



Leónidas

Lo cómico en el horror 
y el horror en lo cómico.




TERCERA PARTE 
(La vida del yo)


Postura extrema

Escribo
y a la vez
me jorobo.



Por eso hago las cosas así

Yo no puedo dejar de pensar, 
no puedo pausar 
el derrotero de mi mente.
Sin embargo me mueve
otra cosa,
más rara,
como una suerte
de intuición,
y una extrema atención.



Cruce Lomas

Pero por sobre todas las cosas, 
siempre me decía, 
no sientas.
No sientas el frío del agua helada 
envolviendo tu cuerpo 
mientras nadás en un remanso 
de Pampa de Achala.
Tampoco sientas 
cuando te dejan en banda, 
ni cuando te gritan.
No sientas nada, 
nada de nada, siempre me decía. 
No sientas la honda impresión 
de las altas montañas nevadas. 
No sientas el olor del camión 
de la basura.
Pero lo que siempre me decía era 
Manuel no sientas miedo 
en el Camino de Cintura.



Frío en Ezeiza

La helada blanquea 
el relieve del pasto, 
y en los charcos el agua 
se transforma en escarcha.
El coche no arranca.
Los pies queman 
del frío que hace.
El auto persiste 
en su rigor mortis
y el tiempo inexorablemente avanza. 
Salir a la calle y caminar, 
caminar echando vapor.
Congelarse esperando al colectivo, 
quieto en la parada, tiritando. 
Esperando al colectivo, 
que venga vacío del fondo, 
del descampado.
Llega el 501 y me subo 
y me siento atrás, 
único pasajero.
Hacia afuera todo se ve blanco,
para adentro todo vacío.
Por qué ir al entierro, 
me pregunto, 
pero ya es tarde.
Con qué necesidad mi presencia 
en el gélido camposanto.
Mi padre espera en un salón, 
en un cajón de cedro.
Está duro y pálido,
está muerto, pero no de frío.
Una inhóspita, helada, despedida.
Ni ganas de saludarlo, de decirle nada.


(Del libro homónimo,
Nebliplateada, 2023)
Manuel Alemian


Manuel Alemian, Buenos Aires, 1971. Escritor, músico, dibujante, editor y carpintero. Escribió los libros de poesía Oreja Tomada, bambú y ombú, Suburbio, La vida en pata, Emoticón en Bragado, Laika, Yo no sé nada pero sé muchas otras cosas, Ejercicios de desbaste, Un chancho en Palacio, La pasión del Varela, entre otros; la comedia Otto y Sebastián, y en narrativa, 23 cuentitos, La confusión, 84 horas de Nürburgring, Fumo y La intemperie. Euditó dos discos poéticos como Rebenque&Alfalfa junto al músico Emiliano Herrera.
Dirigió la editorial Spiral Jetty. 

Pueden LEER otros poemas de Manuel Alemian en esta biblioteca.


sábado, 26 de septiembre de 2026

PASAJERA DEL VIENTO


MENOS PLENILUNIO (1964)


et l'étranger parmi nos roses qu'endort 
un bruit de mer dans le jardin
Saint-John Perse


¿Quién inaugura el canto del amor 
detrás de un torbellino de ceniza? 
    No existe el grito
después de haber quemado el aire.

Acostados a la orilla del agua 
supimos que llegaba al mar 
    y que el flujo 
tenía medida de lunas.



ISLA

Nadie. Mi corazón sostiene cinco muertes 
y un resplandor de fuga.
¿Cómo amar el resquicio por donde fluyen mariposas ebrias? 
Consuélame de tanta muchedumbre, 
de este jirón de rostro pudriéndose en la orilla.
Mitad de río, 
lumbre, 
viento largo.
Precipicio de amigos 
y olvido de cavernas.

Nadie. Deshabitada convoco algunas sombras 
y un ritual apagado para manos oscuras.

El sueño es una roca derrumbadA.



OLA


(Mañana habrá un instante de luz para olvidarlo.
Entretanto se encienden cigarrillos y se bebe.)

Felices los que viven detrás del velo 
con una pequeña soledad entre los otros, 
huéspedes de sí mismos y de las primaveras.
Felices los que aprendieron el salto continuado de margen a
                                                      margen.
Felices los equilibristas.
Felices los volatineros.
Nosotros, sin alas 
ni aire,
en estas aguas definitivamente nuestras 
abrimos los brazos y flotamos, 
cruces de lucidez, 
y estamos boga y boga.

Un día llega el líquido a la boca y nos moja el pulmón 
y nos anega todo.



ESPUMA


No hubo otro miedo,
otra fatiga,
otra inquietud,
que la de un final perpetuo.
-Quien ve lo permanente se completa, 
se olvida,
vive las veinte caras de los dioses-.
Al anochecer crecían templos con pulso, 
hombres con su mitad de luz, 
y la sombra levantaba ventanas 
hacia el azul casi negro, 
prolongaciones despiertas 
y clausura.





EL EXTRAÑO (1977)


LLEVAMOS la nostalgia como perros sin dueño,
como palomas anochecidas,
como viejos osos pardos contra el horizonte.

La nostalgia es un signo en la frente de los extranjeros 
una persecución de nubes, 
un edificio de hojas.



DESVESTIMOS una colina boscosa 
para hacerla un seno de arena, 
un desierto empinado, 
una duna del aire.

El arco del ala es más terso que nuestra palma 
y las palomas envidian esta quietud de siesta.
El destierro del origen se ha sumado al destierro del suelo 
y erramos,
mordiendo mendrugos solares,
apretando colas de cometas,
hundiendo uñas en la pulpa fría de dos ríos.
(El sol hirsuto al mediodía 
y por las noches
sólo el andar pausado de las hojas.)

¿A qué alzar vanas tiendas,
desperdigadas,
laxas?
Recolector de caracolas y algas secas, 
el caminante afianza el paso 
en otros caminantes y espejismos.





Para ti
que eras un niño oscuro


Como un torbellino de oro 
hemos caído hasta las manos. 
Sopórtame,
que vengo en la marea
sobre mis propios hombros aferrada,
en naufragio de todos y de mí.
No me pierdas
como un canto rodado en el amor 
sin haberme pulido tu contacto.
Sólo los niños tienen llaves.
Mi ancianidad de espacio y de memoria 
está royendo puertas y ventanas 
y mi cara ha de ser casa del viento. 
Cuando me doblo por tus ojos 
completamos el mundo.
Afuera cae la lluvia en diagonales 
y hay una boca abandonada 
sobre el polvo reseco.





CASI una niña,
el collar de claros corales a la espalda, 
huyes vestida de gasa, de lila, de rosa.
Llevas los ojos en los pies que no alcanzo, 
los ojos en las manos escondidas, 
los ojos en la cara sin huésped.
Dejas una espuma 
ahilada 
de trigo,
una confusión de lino 
en tanto aire,
la copa de amapolas desvaídas, 
el mundo de polen en vuelo.

Reclinada en la ausencia del agua, 
segura entre rocas invisibles,
la almohada de sílex te espera como una concha áspera.

La niña-flor va por el aire 
entre los dedos lisos de las ramas, 
sin tocar el hilván de la luz, 
separada,
mujer de muro mielado, 
olvidada del sol, 
mariposa confusa, 
caléndula,
uva moscatel que el otoño mueve.





DE ESPALDAS, 
sola,
por innumerables senderos 
las hojas caen sin ruido 
y ella desciende una colina 
hoja a hoja
       hoja a hoja 
y un paso
      y luego el otro 
entre los troncos.
Hacia abajo pesa su estatura y su sombra; 
en cada pie soporta el cuerpo.
El cielo atrás 
la empuja
hacia un valle invisible.
Ella
     solamente
         desciende,
paso a paso, como un collar de gotas.
Por los senderos, 
grávida,
su lluvia redonda estremece la tierra 
y atrás de su talón se va secando la humedad, 
cualquiera huella.

Corre un momento, 
atrapa un mimbre alto, 
pero siempre 
     desciende 
        paso a paso 
hacia el posible valle, 
contra el cielo.

(Del libro homónimo,
Antología poética
Selección de Irene Gruss,
Fondo de Cultura Económica,
2013) 
Irma Cuña


Irma Cuña (Neuquén, Argentina; 1932 - 2004) fue profesora en Letras por la Universidad Nacional del Sur, donde fue discípula de Ezequiel Martínez Estrada. Trabajó su tesis doctoral, sobre el personaje literario-folclórico Pedro de Urdemales, en el Collège de France con Marcel Bataillon y la concluyó en la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue profesora universitaria en diversas instituciones nacionales e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). En 1999 fue designada miembro de la Academia Argentina de Letras. Es considerada una de las poetas más importantes de la Patagonia. Entre sus libros de poesía se cuentan: Neuquina (1956); El riesgo y el olvido (1962); Cuando la voz cae (1963); Menos plenilunio (1964); Maneras de nutrir (1974); El extraño (1977), y La divisa del emboscado (1982). Se han publicado también un volumen que reúne toda su obra, El riesgo del olvido (1991), y dos antologías, Antología poética (1996) y Poesía junta (2000).