IN MEMORIAM A.H.H. (1850)
Obiit MDCCCXXXIII
Fragmentos
[Prólogo]
Oh tú, Amor inmortal, Hijo fuerte de Dios,
a quien nosotros, sin tu rostro ver,
por fe, solo por fe, te abrazaremos,
creyendo lo que no puede probarse;
tuyos son estos reinos de tinieblas y luz;
tú infundiste la Vida en el hombre y la bestia;
tú creaste la Muerte; contempla ahora tu pie
sobre la calavera que has logrado.
Tú no permitirás que caigamos al polvo:
oh Tú, que hiciste al hombre, y él no sabe por qué,
pues cree que fue creado para nunca morir;
y Tú lo has hecho porque eres justo.
Tú pareces humano y divino a la vez,
el modelo perfecto de los hombres:
y nuestra voluntad, sin saber cómo,
es nuestra voluntad, para cumplir la tuya.
Nuestros pequeños planes ya han tenido su día;
son pasajeros, dejan de servir:
y no son sino rayos ya oscuros ante ti,
pues tú, oh mi Señor, siempre eres más que ellos.
Nosotros no podemos conocer;
pero tenemos fe; qué importa, al cabo,
ese conocimiento solo de lo visible;
y aun así creemos que procede de ti
ese rayo en lo oscuro; pues que crezca.
Y crezca más y más este conocimiento,
más reverencia ya en nosotros mora;
para que alma y mente, que son buenas amigas,
puedan crear su música como antes lo hacían,
pero ahora más vasta. Qué tontos desdeñosos:
nos mofamos de ti si vivimos sin miedo;
pero ayuda a estos tontos a seguir
y al mundo vanidoso a soportar tu luz.
Perdona lo que en mí parece mi pecado;
o parece valor desde que yo empecé;
pues el mérito pasa de hombre a hombre,
y no del hombre a ti, nuestro Señor.
Perdona mi dolor por quien nos has quitado,
una criatura tuya, hermosa para mí.
Yo creo que en ti vive, y será en ti
en quien lo vea yo más digno de este amor.
Olvida ya estos gritos y llantos vagabundos,
la confusión de una gastada juventud;
perdónalos, pues no alcanzaron verdad,
y en tu sabiduría hazme sabio también.
1849
I
Tuve fe en la promesa, con el que ahora canta
ante una clara arpa en tonos muy diversos,
de que los hombres se alzarán un día
y saltarán desde la muerte hacia
estados de conciencia ya más altos.
¿Mas quién podrá pronosticar los años
y encontrar en la pérdida ganancia?
¿O tender una mano para, a través del tiempo,
captar ese lejano objeto de las lágrimas?
Para que no se hundan los dos, deja
que el Amor y el Dolor se abracen fuerte,
y que la oscuridad guarde su cuervo:
es mejor embriagarse con la pérdida,
y danzar con la muerte, y al fin morder el polvo,
todo eso es mejor que la burla que harán
de nosotros las Horas, que echarán a perder
los trabajos tan largos del amor,
y así se jactarán: «Contemplad a este hombre,
el que amó y perdió, y ahora está desolado».
V
Lo considero a veces, a medias, un pecado
el poner en palabras mi dolor;
las palabras, como Naturaleza,
medio muestran y esconden nuestra Alma interior.
Pero, para la mente y el corazón inquietos,
es útil el idioma con su métrica;
hasta el triste, mecánico ejercicio,
adormece el dolor como un narcótico.
Me envolveré en palabras como en algas,
como en un grueso abrigo contra el frío;
pero el dolor que cubren las palabras
es grande y solamente se ha esbozado.
VIII
Un amante feliz, el que ha llegado
para mirar a aquella que lo ama,
el que enciende la luz y toca el timbre
y se entera por fin de que ella se ha ido
lejos, lejos de casa.
El se entristece y toda la luz mágica
se apaga en la glorieta y en la entrada,
y todo queda a oscuras y ya está
vacío de deleite cada cuarto.
Así encuentro yo cada lugar
donde los dos solíamos hallarnos,
la habitación, el campo y cada calle;
todo está oscuro porque tú no estás.
Y también como ella, la que sigue vagando
por desiertos caminos, donde halla
una flor maltratada por la lluvia y el viento,
la misma que una vez ella cuidó;
así es, amigo mío, mi pesar,
oh mi olvidado corazón, contigo
y esta triste flor de poesía
que podrá marchitarse sin que nadie lo sienta.
Pero, ya que gustó a unos ojos gastados,
acudiré a plantarla allí en tu tumba,
para que, si es posible, allí florezca,
o, moribunda, allí pueda morir.
IX
Bello barco, que zarpas desde Italia
y navegas las plácidas llanuras de la mar
transportando los restos de mi querido Arthur,
despliega bien tus alas, ven flotando.
Y llévalo a su casa, donde tantos lo lloran
en vano; que te sea favorable
el viento, que se agite tu mástil y conduce
su urna sagrada entre las aguas prósperas.
Y que en toda la noche no sea rudo el aire
y confunda a tu quilla deslizante,
y Fósforo, que tanto brillará,
igual que nuestro amor, sea luz clara
cayendo en la cubierta con rocío.
Esferas sean tus luces alrededor, arriba;
dormid, cielos gentiles, dormid ante la proa;
dormid, vientos gentiles, como él duerme ahora;
amigo mío, él, hermano de mi amor;
mi Arthur, a quien yo no veré más
hasta que acabe esta viudedad;
querido como madre para el hijo,
o más querido aún que mis propios hermanos
XII
Mirad, como a paloma que se eleva
para llevar leyendas de dolor hacia el Cielo,
paloma mensajera de un dolor
anudado aquí abajo, bajo sus alas fuertes;
como ella yo parto: no me puedo quedar;
pero dejo detrás esta arca mortal
de mi cuerpo, un puñado de nervios ya sin mente,
y dejo atrás también acantilados
y me apresuro sobre espejos oceánicos
muy grandes y redondos, y así alcanzo
el brillo de los cielos en el sur,
y veo velas en la lejanía,
y en la orilla me quedo ya llorando,
y diciendo: «¿Así viene mi amigo?
¿Es este el fin de mis preocupaciones?»,
y por el aire sube este lamento:
«¿Este es, pues, el final? ¿Es este el fin?».
Y adelante mecerse, jugando con la proa,
y volver hacia atrás, adonde el cuerpo
está sentado y ahora se da cuenta
de que yo he estado ausente una hora.
XXII
La senda por la cual ambos nos fuimos,
adentrados en tramos que tanto nos placían,
durante cuatro años se elevó y cayó,
de flor a flor, nevada tras nevada;
y el camino era alegre, pues nosotros cantábamos,
y coronados por la estación plena
de un abril a otro abril fuimos llegando;
¡qué alegre el corazón de mayo a mayo!;
pero allí, al principio del camino,
se inclinaba la quinta ladera del otoño,
mientras ya descendíamos siguiendo a la Esperanza,
allí se vio sentada esa temida Sombra;
la Sombra que quebró nuestra hermosa amistad,
y que extendió su manto frío, oscuro,
y te cubrió a ti informe en el redil,
y apagó ese murmullo de tus labios,
y que al fin te llevó donde no puedo ver,
donde no llegaré aunque vaya de prisa,
y creo que en algún lugar del páramo
la Sombra se ha sentado y ya me espera.
XXIV
¿Y fue este día de total deleite
tan puro y tan perfecto como digo?
La misma fuente y manantial del Día
rompe en islas errantes de la noche.
Si todo lo que hallamos hubiera sido hermoso
esta tierra habría sido el Paraíso
que nunca contempló un ojo humano
desde que el primer Sol salió y se puso.
¿Y es tal vez la neblina del dolor
la que hace estupenda la primera alegría?
¿La bajeza del estado presente
le concede este alivio a lo pasado?
¿O es que el pasado siempre ganará
la gloria por hallarse ya tan lejos;
porque no vimos el entero orbe
de la estrella perfecta cuando allí habitamos?
XXVIII
Se acerca la hora en la que nace Cristo:
está en calma la noche, con la luna escondida;
y las campanas de la Navidad
suenan en las colinas y juegan en la niebla
a responderse unas a las otras.
Y cuatro voces desde cuatro aldeas,
de lejos y de cerca, del prado y de los páramos,
se alzan para caer, como si una
puerta hubieran cerrado entre el sonido y yo.
Y cuatro veces cambia cada voz,
ahora se dilata, ahora disminuye,
paz en la tierra al hombre de buena voluntad,
paz y buenos deseos para la humanidad.
Este año he dormido, despertado con pena,
casi no deseaba despertar,
quería que mi dominio de la vida se hundiera
antes de oír de nuevo las campanas:
estas campanas que gobiernan mi alma triste,
que ya me dominaban desde que yo era niño;
pues me traen dolor con matiz de alegría
las campanas alegres, las alegres campanas.
(Del libro homónimo,
Cátedra, 2022.
Sugerido por
Gonzalo Acosta Tito)
Alfred Lord Tennyson
(Traducción: José Luis Rey)
(Prologue)
Strong Son of God, immortal Love,
Whom we, that have not seen thy face,
By faith, and faith alone, embrace,
Believing where we cannot prove;
Thine are these orbs of light and shade;
Thou madest Life in man and brute;
Thou madest Death; and lo, thy foot
Is on the skull which thou hast made.
Thou wilt not leave us in the dust:
Thou madest man, he knows not why,
He thinks he was not made to die;
And thou hast made him: thou art just.
Thou seemest human and divine,
The highest, holiest manhood, thou:
Our wills are ours, we know not how;
Our wills are ours, to make them thine.
Our little systems have their day;
They have their day and cease to be:
They are but broken lights of thee,
And thou, O Lord, art more than they.
We have but faith: we cannot know;
For knowledge is of things we see;
And yet we trust it comes from thee,
A beam in darkness: let it grow.
Let knowledge grow from more to more,
But more of reverence in us dwell;
That mind and soul, according well,
May make one music as before,
But vaster. We are fools and slight;
We mock thee when we do not fear:
But help thy foolish ones to bear;
Help thy vain worlds to bear thy light.
Forgive what seemd my sin in me;
What seern’d my worth since I began;
For merit lives from man to man,
And not from man, O Lord, to thee.
Forgive my grief for one removed,
Thy creature, whom I found so fair.
I trust he lives in thee, and there
I find him worthier to be loved.
Forgive these wild and wandering cries,
Confusions of a wasted youth;
Forgive them where they fail in truth,
And in thy wisdom make me wise.
1849
I
I held it truth, with him who sings
To one clear harp in divers tones,
That men may rise on stepping-stones
Of their dead selves to higher things.
But who shall so forecast the years
And find in loss a gain to match?
Or reach a hand thro' time to catch
The far-off interest of tears?
Let Love clasp Grief lest both be drown’d,
Let darkness keep her raven gloss:
Ah, sweeter to be drunk with loss,
To dance with death, to beat the ground,
Than that the victor Hours should scorn
The long result of love, and boast,
‘Behold the man that loved and lost,
But all he was is overworn.’
V
I sometimes hold it half a sin
To put in words the grief I feel;
For words, like Nature, half reveal
And half conceal the Soul within.
But, for the unquiet heart and brain,
A use in measured language lies;
The sad mechanic exercise,
Like dull narcotics, numbing pain.
In words, like weeds, I'll wrap me o’er,
Likecoarsest clothes against the cold:
But that large grief which these enfold
Is given in outline and no more.
VIII
A happy lover who has come
To look on her that loves him well,
Who lights and rings the gateway bell,
And learns her gone and far from home;
He saddens, all the magic light
Dies off at once from bower and hall,
And all the place is dark, and all
The chambers emptied of delight:
So find I every pleasant spot
In which we two were wont to meet,
The field, the chamber and the street,
For all is dark where thou art not.
Yet as that other, wandering there
In those deserted walks, may find
A flower beat with rain and wind,
Which once she fosterd up with care;
So seems it in my deep regret,
0 my forsaken heart, with thee
And this poor flower of poesy
Which little cared for fades not yet.
But since it pleased a vanishd eye,
I go to plant it on his tomb,
That if it can it there may bloom,
Or dying, there at least may die.
IX
Fair ship, that from the Italian shore
Sailest the placid ocean-plains
With my lost Arthurs loved remains,
Spread thy full wings, and waft him o’er.
So draw him home to those that mourn
In vain; a favourable speed
Ruffle thy mirrord mast, and lead
Thro’ prosperous floods his holy urn.
All night no ruder air perplex
I hy sliding keel, till Phosphor, bright
As our pure love, thro’ early light
Shall glimmer on the dewy decks.
XII
Lo, as a dove when up she springs
To bear thro’ Heaven a tale of woe,
Some dolorous message knit below
The wild pulsation of her wings;
Like her I go; I cannot stay;
I leave this mortal ark behind,
A weight of nerves without a mind,
And leave the cliffs, and haste away
O’er ocean-mirrors rounded large,
And reach the glow of southern skies,
And see the sails at distance rise,
And linger weeping on the marge,
And saying; ‘Comes he thus, my friend?
Is this the end of all my care?’
And circle moaning in the air:
‘Is this the end? Is this the end?’
And forward dart again, and play
About the prow, and back return
To where the body sits, and learn
That I have been an hour away.
XXII
The path by which we twain did go,
Which led by tracts that pleased us well,
Thro’ four sweet years arose and fell,
From flower to flower, from snow to snow:
And we with singing cheer’d the way,
And, crown’d with all the season lent,
From April on to April went,
And glad at heart from May to May:
But where the path we walk’d began
To slant the fifth autumnal slope,
As we descended following Hope,
There sat the Shadow fear’d of man;
Who broke our fair companionship,
And spread his mantle dark and cold,
And wrapt thee formless in the fold,
And dull’d the murmur on thy lip,
And bore thee where I could not see
Nor follow, tho’ I walk in haste,
And think, that somewhere in the waste
The Shadow sits and waits for me.
XXIV
And was the day of my delight
As pure and perfect as I say?
The very source and fount of Day
Is dash’d with wandering isles of night.
If all was good and fair we met,
This earth had been the Paradise
It never look’d to human eyes
Since our first Sun arose and set.
And is it that the haze of grief
Makes former gladness loom so great?
The lowness of the present state,
That sets the past in this relief?
Or that the past will always win
A glory from its being far;
And orb into the perfect star
We saw not, when we moved therein?
XXVIII
The time draws near the birth of Christ:
The moon is hid; the night is still;
The Christmas bells from hill to hill
Answer each other in the mist.
Four voices of four hamlets round,
From far and near, on mead and moor,
Swell out and fail, as if a door
Were shut between me and the sound:
Each voice four changes on the wind,
That now dilate, and now decrease,
Peace and goodwill, goodwill and peace,
Peace and goodwill, to all mankind.
This year I slept and woke with pain,
I almost wish’d no more to wake,
And that my hold on life would break
Before I heard those bells again:
But they my troubled spirit rule,
For they controlld me when a boy;
They bring me sorrow touchd with joy,
The merry merry bells of Yule.
Alfred Lord Tennyson (nacido en 1809 en Somersby, Lincolnshire, Inglaterra; fallecido en 1892 en Aldworth, Surrey) fue un poeta inglés a menudo considerado el principal representante de la época victoriana en la poesía . Creció en el seno de una familia acomodada que le inculcó el gusto por la lectura, y ya desde joven manifestó sus aptitudes poéticas en unas primeras composiciones a la manera de Pope y Milton.A los diecinueve años publicó su primer libro de poemas en colaboración con su hermano Charles, Poemas de dos hermanos (1823), y al año siguiente ingresó en el Trinity College de Cambridge, donde entró en contacto con una sociedad secreta de gran prestigio, The Apostles, y conoció al que sería su gran amigo, Arthur Hallan, a la memoria del cual escribió uno de sus poemas más famosos, In memoriam (1850), considerado su obra maestra. Su primer libro importante, Poemas principalmente líricos, apareció en 1830, y tres años más tarde publicó el segundo, Poemas, que no recibió una acogida tan buena por parte de la crítica, a pesar de tratarse de una colección más consistente y lograda, con un mayor dominio de la técnica y de la construcción mitológica, clásica y medieval, y que da pie a la reflexión moral. Abatido por este fracaso y por la muerte, ese mismo año, de su amigo Hallan, Tennyson estuvo diez años sin publicar, hasta que en 1942 apareció su tercer libro de Poemas, con el que recobró cierto prestigio literario, hecho que lo animó a publicar, en 1847, un largo poema sobre la condición de la mujer moderna, La princesa, con el que se consagró como poeta. Tres años más tarde apareció el ya citado In memoriam, tras el cual fue nombrado poeta oficial, con lo que ocupó el sitio que había dejado vacante William Wordsworth. Como tal, escribió la Oda por la muerte del duque de Wellington (1852) y La carga de la brigada ligera, con el objetivo de cantar las glorias nacionales. Respaldado por esta posición oficial, a la que vendría a añadirse, en 1884, el título de lord, trabajó en la composición de una serie de poemas en prosa sobre el rey Arturo, que culminaría en 1859 con Los idilios del rey. A partir del año 1875, Tennyson pasó a escribir teatro (Becket, 1884; Tiresias, 1885), aunque sólo algunas de sus obras fueron representadas. La muerte le sorprendió cuando aún estaba corrigiendo su último libro de poemas, La muerte de Enone (1892).
Biografía tomada de la página: Biografías y Vidas

