martes, 20 de octubre de 2026

CONCIERTO EN SOL MAYOR - Ravel-



En la célebre grabación audiovisual del Concierto para piano en sol mayor de Maurice Ravel realizada en 2009, Vladimir Jurowski dirigió  a Hélène Grimaud al frente de la Orquesta de Cámara de Europa (Chamber Orchestra of Europe) Este concierto tuvo lugar en la Cité de la Musique de París y fue registrado en video por medici.tv. (La La versión de Jurowski es, a mi juicio, una de las mejores y, la interpretación de Grimaux, superlativa).
El Concierto en sol mayor para piano y orquesta de Maurice Ravel, compuesto en 1932,  es unánimemente valorado por la crítica y los músicos como una de las obras maestras absolutas de la música del siglo XX, celebrada por su brillante equilibrio entre el entretenimiento, el virtuosismo y la innovación tímbrica. A diferencia de otros conciertos románticos densos y dramáticos, Ravel concibió esta pieza con un espíritu de ligereza, afirmando explícitamente que su objetivo no era la profundidad psicológica, sino el deleite y la diversión al estilo de Mozart y Saint-Saëns. Hay una fusión estilística entre el Jazz (hay una influencia evidente de Gershwin, a quien conoció en Nueva York), la música vasca y las texturas armónicas. 
Maurice Ravel (Ciboure, Francia, 1875-1937)
fue un compositor, pianista y director de orquesta francés, reconocido por su maestría musical y su innovadora orquestación. La música de Ravel suele asociarse con el impresionismo, aunque a él no le gustaba esa etiqueta, sostenía que era imprecisa y correspondía más bien a la pintura. Sus obras evocan una cualidad onírica a través de ricas armonías, sutiles matices y sonoridades innovadoras. Reconocido por ser un meticuloso artesano musical, cultivando la perfección formal sin dejar de ser al mismo tiempo profundamente humano y expresivo. También fue considerado neoclásico; pero lo cierto es que sus influencias fueron diversas y eclécticas: Chabrier, el jazz, el flamenco, la música vasca, Mozart, Chopin, Liszt, la música oriental.  La historia de la música sitúa a Ravel unánimemente como uno de los mejores orquestadores de todos los tiempos en la música occidental.Y como el mejor compositor vivo de Francia entre los años 1918 y 1937.

domingo, 18 de octubre de 2026

ESTO NO ESTABA EN LOS PLANES

 


Lluvia

La suerte está de su lado, la ruleta se detuvo en el 39, la lluvia.

   Lluvia es un pueblo diminuto colgado de las nubes al que se accede subiendo por las largas raíces de sus árboles. Y se baja por el tobogán de un arcoíris.
   Es difícil encontrarlo.
   Pero, de algo estoy seguro, donde haya nubes estará Lluvia.
   El viento lo traslada por todo el continente. No hay una sola ruta que lo lleve hasta él. Hay que salir a tientas por cualquiera de estas a buscarlo.
   Muchas veces anda por el borde del horizonte, tembloroso de lilas y de azules, y hay que salir a campo traviesa para alcanzarlo.
   Sí, subir a él merece un curso de trepado. No se preocupen, acá se lo brindamos.
   ¿Ve aquel galpón verde?, ahí pueden tomar un curso acelerado, en un par de horas van a salir experimentados subidores.
   ¿ Paraguas ?
   ¡Nooo, no los van a necesitar! En Lluvia la gente anda desnuda para sentir la piel del otro bajo el agua tibia.
   Muchas veces van a sentir que un relámpago los envuelve, es un instante, luego se sentirán breves y luminosos y ya nada va a ser igual en sus vidas.
   A kilómetros podrán percibir el olor de este pueblo como en diciembre el de un jazminero florecido.
   A simple vista puede verse, en días de tormenta, el desprendimiento de una casa, de un animal o de un humano caer desde lo alto y desparramarse contra el suelo, luego levantarse, sacudirse y seguir como si nada.
   Los que lograron llegar nunca volvieron, se quedaron a vivir para siempre suspendidos entre el cielo y la Tierra.
   Y los que no lograron alcanzarlo hablan del placer que es verlo desde abajo deslizarse, chorreando, ondulando en el aire, seguido por una multitud de pájaros migrantes.
    Sí, sí, por cualquiera de esas rutas.
    ¡Ojalá lo encuentren!



El Pajarito

Muy buen tiro, jovencita, 35 es el pajarito en los sueños. Y el pueblo El Pajarito es una especie de sueño. Arboles, árboles, árboles, derramados hasta el horizonte.
     En esas copas fluye El Pajarito o la civilización desechada del sistema.
     Nadie ha visto a ninguno de sus habitantes en el suelo. Toda su actividad la realizan de rama en rama donde tienen sus casas.
     Son humanos pequeños. Durante años no tuvieron esa categoría. Se los relacionaba con duendes o pájaros desplumados. Porque se los había visto volar agitando sus brazos para cruzar de un árbol a otro. Sabemos que tienen muy desarrollados los sentidos, sobre todo el oído, una especie de antena que capta todo lo que se mueve y que mide la distancia exacta. Y que ésta es su arma contra los depredadores.
     También se sabe que piensan en tres dimensiones y que la cuarta y la quinta solo la usan para las artes, las ciencias y para contactarse con seres esenciales que llegan con la luz de galaxias lejanas.
     No, nada que ver. Si fueran ángeles no los podría ver cualquier persona.
     A los habitantes de El Pajarito les gusta recibir visitas, no turistas. VISITAS, ¿me explico?
     Por esto permiten, cada tanto, que se les acerquen personas, como Uds., que les interese ese tipo de encuentros.
     ¿Cómo lo sé? Porque el número 35 no suele salir. Es probable que interfieran telepáticamente para que les salga a quienes ellos quieren que los conozcan.
     ¡No!
     ¡Imaginen si algún periodista llegara hasta ellos! Un aluvión trataría de acercarse a conocerlos, llenando su hábitat de elementos contaminantes. Son pequeños pero no tontos.
     Luego les daré las coordenadas para acceder a su territorio.
     Suelen disponer de largas escaleras en el árbol donde reciben a las visitas.
     No tengo forma de saberlo. Seguro que no correrán ningún peligro.
     Sí, son especialistas. Hacen exquisitos platos con insectos, pétalos de pasionaria, aceites de pino, conservas de clavel del aire, vino de moras silvestres, panes de semillas de eucaliptus y flores de espinillo.
     Seguramente les mostraran el observatorio de los humanos de abajo, para que adviertan cómo envenenamos el planeta o como nos matamos entre nosotros.
     No, ningún peligro. Han logrado ser resistentes a todo tipo de virus y bacterias.
     Claro, viven muchos años, el doble o triple que nosotros.
     Miren, tengo algunas imágenes. Vean, vean estas fotografías.¿Vieron?
     Dorados, sí.
     Cuando pasan los 100 años se les vuelven violetas.
     Dicen que por las noches sus miradas son como linternas. Esto les permite circular por las ramas sin problemas.
     No, son dedos para agarrarse mejor, no es una deformidad. Evolucionan con mucha rapidez y de acuerdo a las necesidades. Capaces de volverse a una dimensión cuando el plano es el papel que juegan en el universo.
     Se divierten verse descarnados, delgadísimos, en línea, como si los dibujara un niño, con ojos circulares, con los brazos saliéndoles de la panza, con manos de tres o diez dedos, con ojos redondos, y boca como un paréntesis volcado.
     Si tienen la oportunidad de ver a mi amiga “Xo” denle mis saludos.



La Leche

¿Viaja sola?

   Ah, claro, una profesión muy respetable.
   Conocí muchos antropólogos que buscaban viajar a zona específicas donde poder desarrollar sus vidas de científicos.
   Claro, Ud. solo quiere viajar por placer.
   Y, dígame, ¿podrá aceptar lo que le salga en el sorteo?
   Me gusta su actitud. No todos los jóvenes actualmente piensan así.
   Bueno, dele nomás impulso a la rueda.
   ¡Uy, el 10, lo que se dice suerte!
   El 10 es la leche. La Leche es uno de los pueblos más bellos que tenemos para ofrecerle al turismo.
   No. No está lejos.
   Sí, es complicado llegar porque está en la cumbre de un cerro rodeado de precipicios.
   ¿Sabe algo de alpinismo?
   Entonces le va a ser fácil llegar. Si tiene suerte podrá subir en el ascensor. Le digo porque casi siempre está en mantenimiento. Esta es la excusa, porque repararlo es muy costoso. Además allá arriba hay todo lo que se necesita para vivir.
   La base de la alimentación de los lecherinos es, naturalmente, la leche. Hay leches de todos los orígenes que pueda imaginar y en todos los estados de la materia.
   ¿Le gustan los alimentos en base a leche?
   Sí, a mí me pasa lo mismo, algunos. Si es café, que sea cortado.
   ¿Quesos? ¿Cuáles?
   Sí, el Brie es muy gustoso.
   ¿Sabía que la pasta se hace con leche cruda de vaca?
   Sí, sí.
   No, a mí tampoco me gusta la ricota, solo en canelones o ravioles.
   Me gustaría viajar y probarlos a todos, con un buen malbec y unas aceitunas a la griega.
   Hablemos de otra cosa porque se me hace agua la boca.
   Yo creo que no va a tener problemas en el viaje.
   Cuando llegue al pie del cerro se va a maravillar. Colgando de la ladera, blancos racimos de casitas. Y con las terrazas, donde pastan vacas holandesas con sus grandes ubres y sus pastores vestidos de blanco y sombreros de ala ancha. Silban, silban todo el día, canciones que heredaron de pastores de la edad media. Y va a oír cómo, a distancia, se comunican entre ellos, un gran lenguaje humano muy cercano al de los pájaros.
   Sí, sí, creo que hay escuelas donde se enseña ese lenguaje.
   La verdad es que no sé, pero a lo mejor si lo plantea, quién le dice.
   Habría que hacerlo para que cada vez haya más personas puedan practicarlo. La humanidad debiera conocer esa lengua.
   Habría que proponer La Leche como una de las maravillas del mundo.
   Es verdad, ya la gente no silba más por la calle. Antes era lo más común.
   Sí, señorita, es verdad, el celular mató muchas cosas, entre ellas las bellezas de los sonidos naturales.
   Bueno, ya puede empezar el viaje.
   De nada, Srta. es mi trabajo.


(Del libro homónimo,
Edit.Autores de
Argentina, 2023)

Daniel Soria 


Daniel Soria. Poeta, periodista, narrador y artista plástico argentino. Nació en Los Ceibos, Provincia de Entre Ríos, bajo una higuera, en 1954. De formación autodidacta, participó en algunos talleres de Antonio Berni, entre otros. Expuso sus dibujos, objetos, objetos efímeros, instalaciones, textos, libros de autor, en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, en el Centro Cultural Borges y en otras ciudades argentinas, como Rosario, Formosa y Tucumán. También en países como Paraguay y Uruguay. Desde 2008 es asesor de arte contemporáneo de la “Fundación Ciclo, para el apoyo de la Cultura Latinoamericana”. Su obra poética es experimental. Abarca desde el uso de sonidos especiales que envuelven toda la composición, como en "Suenia con mái" -con el uso del grupo consonántico sh- (Último Reino, 1991), pasa por la traducción del canto de los zorzales, como en El Uruguay -donde usa sólo grupos vocálicos-, hasta llegar a propuestas más radicales aún, como en "La Melga", donde inventa un idioma -al que llama Maringa Suren-, y "La parábola de la H", del 2001, que es poesía visual. Entre otras distinciones, se destaca la mención que recibiera su libro "Langostas" en el Concurso Iberoamericano, organizado por el Diario de Poesía, donde fue publicado en diversas oportunidades. Luego pasó por una serie de experiencias donde el lenguaje dejó de funcionar como soporte de una imagen o de una idea, en libros como "Rastrojos" 2003:  "Odisea en el espacio" 2004: "El discreto encanto de la burguesía" 2005: "Encuentros cercanos" 2005 y "Zoo de seres imaginarios", 2007; luego el poeta volvió a confiar en la palabra y escribió "Aprovechando el feriado", en 2013, que son 311 frases, sintagmas o proposiciones que mezclan pensamientos de tipo zen, con anécdotas y un discurso que está entre la poesía, el aforismo y la minificción, entre la paradoja y el uso literal de refranes o dichos. "Esto no estaba en los planes" es su primer libro de cuentos.

Pueden LEER los POEMAS del autor aquí: Daniel Soria

 TAMBIÉN pueden leerlo en la página de AUTORES DE CONCORDIA, donde encontrarán una biocrítica y una amplia selección de su obra.



viernes, 16 de octubre de 2026

MI PARTE DE GUERRA

 



Los machos no pican


Publicado en El diario de Paraná, abril de 2012.

   Estaba en el patio de casa tomando fresco y un mosquito se posó sobre mi antebrazo. Una estrategia que desarrollé hace muchos años es la de dejar que el mosquito me pique y, una vez que me pincha y queda inmovilizado unos segundos, lo aplasto con un manotazo. Estaba por dar ese manotazo cuando escucho una voz apenas audible que me dice pará pará pará pará pará pará... Pensé que la voz estaba dentro de mí. A veces logro escuchar mensajes que me da la imaginación, pero no, en este caso, la voz provenía del mosquito. Que ahora, en lugar de pretender chuparme la sangre, estaba con las alas sobre la cabeza escondiéndola entre los hombros, atajándose de mi mano suspendida en el aire.
   Yo no sabía que podía hablar con los animales, mucho menos con los insectos, no sé, los insectos me parecen más alejados de los humanos que otras especies. Tal vez era el mosquito el que tenía la facultad de comunicarse conmigo. Tampoco somos el ombligo del mundo.
   -¿Me hablaste? -le pregunté.
   -Sí, sí, fui yo, por favor, no me aplastes-Ahora había desplegado las alas y asomaba la cabeza como una tortuga, mirándome a los ojos (aunque esto último no puedo precisarlo).
   -Sí, ok -le dije levantando la mano- pero convengamos que querías chuparme la sangre.
   -Sí, sí, tenés razón, es verdad -el volumen de su voz era muy bajo y el tono bastante agudo (qué podemos pretender de una caja de resonancia tan pequeña, pensé), pero sonaba amable-disculpame, pero de eso vivo.
Quise explicarle que entre los humanos está muy mal vivir de la sangre de otros, que es una metáfora de la explotación del hombre por el hombre, pero dudé en que un insecto pudiera entender de plusvalía o a Hobbes, quizás su vida era un eterno y envidiable aquí y ahora.
   -Sí, eso puedo entenderlo, porque entre los humanos también hacemos cosas propias de nuestra naturaleza que pueden causar daño.
Por suerte no pidió ejemplos.
   -¿Y se reprochan esas conductas? ¿Se dan manotazos? -preguntó.
Se notaba que era un mosquito poco observador, o la capacidad de su cerebro no alcanzaba para almacenar muchos datos y relacionarlos.
   -Sí, claro, hay reproches, manotazos, revoluciones. La naturaleza no es un paraíso en sí, querido amigo -lo sentí muy cercano.
   -Amiga -corrigió-, los machos no pican.
   -Ah, ¿sos hembra?
El cambio de género me alteró un poco, como si invitara a expresarme de otra manera.
   -Sí -dijo- igual podemos ser amigos ¿verdad?
Era evidente que quería evitar que la asesinara, ya no podía a partir de ahí llamarla "mosquito". Empecé a llamarla "ella", porque no 
sabía su nombre y no quería o no sabía si preguntar. Además, mosquita, me suena a mosquita muerta.
   -Claro, pero por lo que sé ustedes no viven mucho tiempo...
   -Ah, vivimos lo necesario.
Ella tomó la posición de loto con sus cuatro patas traseras plegadas, mientras que las delanteras caían como brazos sobre los muslos y las alas, flácidas, transparentes, se apoyaban alrededor del cuerpo como si fuera una capa y me hacía cosquillas en el antebrazo.
   -¿Pero no sabés cuánto viven en días humanos?
   -No, no es algo que me preocupe.
   -Y qué te preocupa.
   -El equilibrio del Universo, eso de que si matás un mosquito en Concordia, puede haber un terremoto en Tokio.
   Era razonable... algo había leído de eso, pero en el ejemplo usaban una mariposa. ¿Qué diferencia habría?
   -Tengo que confesarte que pensaba matarte antes de que me picaras, conozco gente que deja picarse para luego ver cómo estalla la sangre, a mí no me da para tanto.
   -Percibí que eras otro tipo de persona.
   -Gracias.
   Mi vanidad es bastante lábil al halago. Seguimos conversando sobre otras cuestiones como los repelentes de moda, pero ya oscurecía y yo debía ir a preparar la cena, mientras que ella tenía que desovar y para eso necesitaba mi sangre.
   Una picadura de mosquito no mata a nadie, es verdad, es un simple pinchazo más suave que el de una inyección y los seres humanos no debemos ser tan egoístas. Cerré los ojos y dejé que lo hiciera. Una vez que se sació, sin decir ni gracias, remontó un vuelo pesado con mi gota en el vientre. Imaginé que era un vuelo denso y feliz. Después, me quedé pensando en si no había sido muy débil de carácter: alguien a quien un par de razones en labios de una hembra lo convencen demasiado pronto.





El amigo invisible

Publicado en Rosario/12, febrero 1992.

  Mi mente ya estaba planeando
miles de cosas maravillosas y extra-
vagantes que ahora podría realizar
con total impunidad.

H.G. Wells 



         Tengo un amigo que se llama Petrovich. Fuimos compañeros en la primaria. Petrovich siempre fue un tipo raro, de esos que sabían dos hojas más de las que tenía el libro y le gustaba hacer inventos. Un día inventó una maquinita para sacarle la piel a los salames y fue célebre su escarbadientes de puntas ajustable. 
         Lo volví a encontrar después de muchos años en la peatonal Córdoba después de muchos años. Él enseguida me reconoció porque además, es de esos tipos que a pesar de tener tantas cosas en la cabeza se acuerdan de la gente. Intercambiamos algunos datos sobre nuestros destinos. Le conté que yo estaba trabajando de cajero en el Banco Provincial de Santa Fe, que me había casado, que tenía dos pibes hermosos pero que comían como termitas. Cuando le pregunté por él, contó que estaba soltero y que seguía con los inventos. Quería ser invisible.

        Imaginé que Petrovich de tanto hacer funcionar la cabeza se había pasado de vueltas. Nunca había sido muy cuerdo, pero ocurrírsele ser invisible... Le seguí la corriente porque quien más quien menos todos tenemos algo que ajustar. Entonces me explicó lo de la integración y desintegración molecular. Por supuesto que después de un día de haberle pagado a quinientos jubilados mi cerebro no estaba en condiciones de entender nada. 
        Nos dimos nuestras direcciones con la promesa de visitarnos. Él quería conocer a mi familia y al despedirse volvió a decirme que se alegraba de verme. 
        Tomé el ómnibus. Este Petrovich, pensé, acordándome de la vez que nos enseñó a hacer cerbatanas que tiraban dardos cargados de pequeñas dosis de cianuro, que él extraía de pepitas de durazno. Cuando nuestros padres se enteraron de su invento, se lo quisieron comer al pobre Petrovich, que no tenía palabras para explicar que todo era inocuo.
        Pasaron varios días. Un domingo estaba en casa mirando tevé y tocaron a la puerta. Abrí. No había nadie, pero una voz me dijo:Soy yo, Petrovich.Al principio me asusté, miré para arriba, y dije: Dejáte de joder ruso, bajate. Estoy acá, a tu derecha, no me ves porque soy invisible, lo logré, ¿entendés? Sentí que alguien me abrazaba. 
        Era indudable, Petrovich se había vuelto invisible. Por favor,le dije, no te quedes afuera, pasá. Llamé a mi mujer, que en ese momento estaba renegando con el más chico porque se había hecho encima. No sabía si mi amigo había entrado, ni cómo iba a presentarlo. Mi mujer vino secándose las manos y me preguntó de mal humor qué pasaba. Quiero presentarte a mi amigo, le dije emocionado, el inventor ese del que te hablé el otro día. ¿Y?, dónde está –preguntó ella. No lo vas a ver, te acordás que te conté que estaba trabajando para hacerse invisible.Sí, me acuerdo.–Bueno, está acá. Hablá, Petrovich, hablá para que te conozcan. Petrovich no dijo nada. Dale ruso, hablá.Mi mujer me miraba como si yo estuviera loco y empezó a menear para todos lados la cabeza, pensando en una broma.Rodolfo, no estoy para bromas, haceme el favor, levantá la mesa que yo termino con el nene. Pero no, pará,le dije, a lo mejor se quedó afuera.Abrí la puerta. Llamé varias veces 
a mi amigo. Petrovich, Petrovich –grité.
        Algunos vecinos que se acuestan temprano me pidieron con insultos que me callara. Empecé a buscar explicaciones. Caminé varias cuadras sin saber a dónde y volví a casa. Terminé de ver el programa que había empezado y me fui a la cama. Estaba intranquilo, no entendía. Mi mujer ya dormía. Para sacarme las posibles alucinaciones de encima y de paso disculparme, intenté con caricias empezar a hacer el amor. Ella se negó. Entredormida preguntó qué me pasaba esa noche. Nunca había estado tan potente.


(Del libro homónimo,
Caburé,Bs.As.,2026,
Obsequio del autor)

Fernando Belottini


Fernando Belottini. Narrador, dramaturgo y poeta argentino, nació en San Jorge (Santa Fe) en enero de 1962, pasó su infancia en María Susana (Santa Fe), su adolescencia en Las Parejas (Santa Fe) y trató, con variada suerte, de hacerse adulto en Rosario (Santa Fe), luego vivió en Córdoba y desde abril de 2000 reside en Concordia (Entre Ríos). Es Contador y trabaja para una empresa que elabora jugos concentrados de cítricos. Es autor de la novela: "La venganza del pulga" (Ápeiron, Edic.,España,2023), de la obra teatral "Una imaginación que no alcanza" (Trópico sur ed.,Uruguay, 2016); de los relatos de "Astucias que por sutiles se aniquilan a sí mismas" (No muerden, Rosario, 1990); de los cuentos de "Textos sin destino"(Editorial de Entre Ríos, Premio Fray Mocho,2010) y "El trigal maduro" (Tropico Sur Ed., Uruguay,2013); asimismo es autor de reseñas de obras teatrales y como tal, ha publicado un libro en colaboración con el fotógrafo Omar Lagraña: "Lo que vimos" (Dunken, 2025). Ha sido distinguido con numerosos premios.


Pueden LEER sus POEMAS en esta Biblio.:  Fernando
Pueden visitar su página Casi todo .

O pueden leerlo en el perfil de la página de Autores de Concordia: Fernando Belottini 

IMAGEN: Perfil del face del autor.

miércoles, 14 de octubre de 2026

NO ES UN RÍO


 Apertura -Fragmento.


Enero Rey, parado firme sobre el bote, las piernas entreabiertas, el cuerpo macizo, lampiño, el vientre hinchado, mira fijo la superfìcie del río, espera empuñando el revólver. Tilo, el muchachito, arriba del mismo bote, se dobla hacia atrás, la punta de la caña apoyada en la cadera, girando la manivela del reel, tironeando la tanza: un hilo de brillo contra el sol que se va debilitando. El Negro, cincuentón como Enero, abajo del bote, metido en el río, con el agua hasta las pelotas, también doblándose hacia atrás, la cara colorada por el sol y el esfuerzo, la caña arqueada, desenrollando y enrollando la tanza. La ruedita del reel que gira y la respiración como de asmático. El río planchado.

   Muévanla, muévanla. Zaranden, zaranden. 

Que se despegue, que se despegue.

   Después de dos, tres horas, cansado, medio harto ya, Enero repite las órdenes en un murmullo, como si rezara.

   Se marea. Está adobado por el vino y el calor. Levanta la cara, los ojitos rojos, hundidos en el rostro inflamado, se le encandilan y ve todo blanco y se pierde y se quiere agarrar la cabeza y se le escapa un tiro al aire.

   Tilo, sin dejar de hacer lo que está haciendo, tuerce la boca y le grita.

   ¡Qué hacés, asoleado!

   Enero se repone.

   No pasa nada. Ustedes sigan. Muévanla, muévanla. Zaranden, zaranden. Que se despegue, que se despegue.


¡Sube! ¡Está subiendo!

   Enero se inclina sobre el borde. La ve venir. Un manchón bajo la superficie del río. Le apunta y dispara. Uno. Dos. Tres balazos. La sangre sube, a borbotones, lavada. Se incorpora. Guarda el arma. La ajusta entre la cintura del short y el lomo.

   Tilo desde arriba del bote y el Negro desde abajo del bote, la levantan. La agarran por los volados grises de la carne. La tiran adentro.

   ¡Guarda la chuza!

    Dice Tilo.

    Agarra la cuchilla, separa el espolón del cuerpo, lo devuelve al fondo del río.

    Enero apoya el traste en el asientito del bote.Tiene la cara sudada y siente un zumbido en la cabeza. Toma un poco de agua de la botella. Está tibia, toma igual, tragos largos, y el resto se lo echa en la mollera.

    Trepa el Negro. La raya ocupa tanto lugar que casi no hay dónde poner el pie sin pisotearla. Le calcula unos noventa, cien kilos.

    ¡Fiera la bicha vieja!

    Dice Enero, dándose una palmada en el muslo y riendo. Los otros también se ríen.

    Dio pelea.

    Dice el Negro.

    Enero agarra los remos y enfila para el medio del río y después tuerce el rumbo y sigue remando, orillando la costa hasta donde armaron campamento.


Salieron del pueblo al alba en la chata del Negro. Tilo al medio cebando mate. Enero con el brazo apoyado en la ventanilla abierta. El Negro manejando. Vieron cómo el sol se alzaba despacito sobre el asfalto. Sintieron cómo el calor empezaba a picar desde temprano.

    Escucharon la radio. Enero meó en la banquina. En una estación de servicio compraron facturas y cargaron más agua para el mate.

    Estaban contentos de estar los tres juntos. Venían armando viaje hacía rato. Por una cosa o por otra suspendieron varias veces.

    El Negro se había comprado un bote nuevo y quería estrenarlo.

    Mientras cruzaban a la isla en el bote flamante se acordaron como siempre de la primera vez que lo trajeron a Tilo, chiquitito era, apenas caminaba el gurisito, los agarró una tormenta, les voló las carpas a la mierda, terminó el gurí chiquito así como era guarecido en el bote puesto de canto entre unos árboles.

    La que se le armó a tu viejo cuando volvimos.

    Dijo Enero.

    Contaron otra vez el cuento que Tilo sabe de memoria. Eusebio se había traído al gurí de contrabando, sin avisarle nada a la Diana Ma-ciel. Estaban separados desde que Tilo era apenas nacido. Todos los fines de semana Eusebio se lo llevaba con él. No va que ella se da cuenta de que se había olvidado de meter adentro del bolso, con las mudas de ropa, un remedio que estaba tomando Tilo. La Diana se cae por la casa

V no hay nadie. Un vecino le dice que se fueron a la isla.

    Para colmo la tormenta que azotó toda la zona. También el pueblo. La Diana con el corazón en la boca.   

    Todos ligamos.

    Dijo Enero.

    Diana Maciel los reputeó a los tres y no pudieron aparecerse por su casa ni verlo a Tilo por varias semanas.

    Cuando llegan al campamento, bajan la raya y le pasan una soga por los agujeros de atrás de los ojos y la cuelgan de un árbol. Los tres hoyos que dejaron las balas se pierden en el lomo moteado. Si no fuera por los bordes más claros, medio rosaditos, pasarían por un dibujo más del cuero.

    Lo menos que me merezco es un porrón.

    Dice Enero.

    Está sentado en el suelo, de espaldas al árbol y a la raya. La cabeza dejó de zumbarle, pero igual siente un nudo acá.

    Tilo va y abre la conservadora y saca una cerveza del agua helada, de los pocos hielos que flotan. La destapa con el encendedor y se la alcanza, para que sea él, Enero Rey, el que se la merece quien le dé el primer beso. La cerveza le cae en la boca, pura espuma que se le escapa por los labios, que le pinta un festón blanco a su bigote negrísimo. Es como hacer un buche con algodón. Recién con el segundo trago viene el líquido frío, amargo.

     El Negro y Tilo van a sentarse también, los tres en fila, el porrón pasa de mano en mano.

     Lástima no tener una máquina para sacarnos una foto.

     Dice el Negro.

     Los tres giran la cabeza para mirarla.

     Parece una frazada vieja tendida a la sombra.


Promediando la segunda botella, aparece una romería de gurises, flacos y negros como anguillas, puro ojo. Se amontonan frente a la raya, se codean, se empujan.

     Mirá mirá mirá. Puaaaaa. ¡Manso bicho!

     Uno agarra un palo y lo mete en los agujeros de las balas.

     ¡Salga de ai!

     Dice Enero parándose de golpe, enorme como un oso. Y los guachitos salen a la disparada, perdiéndose otra vez en el monte.

     Ya que está parado, ya que hizo el esfuerzo de levantarse, Enero aprovecha para darse un chapuzón. El agua le aclara la cabeza.

     Nada.

     zambulle.

     Flota.

     El sol está empezando a caer y corre un poco de viento que encrespa el río.

     De golpe escucha el ruido del motor acompañado del oleaje. Se tira para un costado, empieza a nadar hacia la orilla. La lancha pasa, rampante sobre el agua, abriéndola en dos como a una tela podrida. Agarrada a la cola de la lancha, una muchacha en bikini va haciendo esquí. La embarcación dobla bruscamente y la chica se revuelca en el agua. A lo lejos, Enero ve emerger la cabeza, el cabello largo pegado al cráneo.

    Piensa en el Ahogado.

    Sale.

    En la costa, el Negro y Tilo están parados, con los brazos cruzados sobre el pecho, siguiendo los movimientos de la lancha.

    Pendejos barullentos.

    Dice el Negro.

Todoss los lines de semana es lo mismo. Espantan los pescados Un día de estos habría que pegarles un susto.

    Los tres se dan vuelta y se topan con el grupito de hombres. No los oyeron llegar. La gente de la isla tiene el paso liviano.

    Buenas.

    Dice el que habló recién.

    Los gurises fueron con el cuento y vinimos a ver. ¡Hermoso animal!

    Los demás están mirando la raya. Se paran al lado, para medirla.

    Me llamo Aguirre, dice el único que habla y extiende la mano que aprietan de a uno.

    Enero Rey, dice Enero y se acerca al grupo repartiendo saludos. El Negro y Tilo lo siguen, haciendo lo mismo.

    Grande, ¿no?

    Dice Enero y le da unas palmaditas en el lomo, retirando la mano enseguida, como si quemara.

    Aguirre, inspeccionando de cerca los agujeros, dice.

    ¿Tres tiros? Tres tiros le pegaron. Con uno es suficiente.

    Enero sonríe, mostrando el hueco de la paleta que le falta. .

    Me engolosiné.

    Hay que tener cuidado... con engolosinarse.

    Dice Aguirre.

    Tilo, serviles un vinito acá a los amigos.

    Dice el Negro saliendo al cruce.

    El chico va de una carrerita hasta la orilla donde enterraron la damajuana para que se conservara fresca. La trae y sirve hasta la jeta en un vaso de lata.

    Se lo alcanza a Aguirre, que lo levanta.

    A su salud, dice y toma un trago y se lo pasa a Enero. Se queda un momento mirándole la mano izquierda, la que le falta un dedo, pero no pregunta nada. Enero se da cuenta, pero tampoco dice nada. Que se quede con la espina.

    La otra vuelta, este Cristo acá sacó una mucho más grande, jetonea Aguirre. ¿Cuánto estuviste?

   Toda la tarde, responde el otro, mirando de costado.

   ¿Y cuántos tiros le pegaste?

   Uno. Con uno solo alcanza.

   Es que acá mi compañero es medio chambón.

   Dice el Negro y se ríe.

   Vinieron los de la televisión, suelta el que la otra vez pescó una raya más grande que esta. Lo pasaron en el noticiero de la noche, dice Aguirre. Al otro sábado esto estaba lleno de gente de Santa Fe y Paraná. Se pensaron que acá hay rayas para hacer dulce. Como si fuera tan fácil. Ustedes tuvieron suerte.

   Maña, dice Enero. Suerte y maña. Con la suerte sola no alcanza.

   Aguirre saca una bolsita de tabaco del bolsillo de la camisa que lleva desprendida, abierta sobre el torso huesudo, sobre la panza hinchada de vino. Arma en un pestañeo. Lo prende. Pitando camina unos pasos hacia la orilla y se queda mirando el agua. Voltea la cabeza y dice.

   ¿Y ustedes hasta cuándo se quedan?

   Dos. Tres días, dice el Negro. Está linda la isla.

   Está linda, sí.

   Dice Aguirre.


El Negro entra al monte. Remera colgada al hombro, paso largo pero lento. Aquí todo en penumbras. Afuera el sol, una bola de fuego que se apaga en el río. Hay ruiditos de pájaros, de bichos chicos. Un bisbiseo de yuyos. Aperiás, comadrejas, vizcachas se escurren entre los pastos. Anda cauteloso el Negro, con respeto, como entrando a la iglesia. Andar liviano, de guazuncho. Igual no va que pisa una ramita fina, un manojo de chauchas de curupí y sobreviene el estruendo. El sonido de las vainas secas se amplifica entre los troncos de los alisos y los timbos, sube, sale del círculo compacto del monte. Alerta la presencia del intruso.

    Este hombre no es de este monte y el monte lo sabe. Pero lo deja. Que se meta, que se quede el tiempo que le lleve juntar leña. Después, el propio monte va a escupirlo, los brazos llenos de ramas, otra vez hacia la orilla.

    Los ojos del Negro se van acostumbrando y distingue, allá adelante, un carnati agarrado de la rama de un árbol, como una cabeza colgada de sus pelos. El aire tiembla, lleno de avispas.

    Respira hondo y el pecho se llena del olor a flores, miel y algún animalito muerto. Todo huele dulce.

    Distraído mete una pata en un charco y se levanta una nube de mosquitos. Lo rodean. Chillan finito a la vuelta de sus orejas. Le chucean la espalda, los brazos, el cuello descubierto. Revolea la remera, los espanta. Se la pone antes de que se lo coman vivo.

    Ya me voy, ya me voy, junto leña y me voy.

    Dice en voz alta.

    Agarra una brazada de ramas finas para arrancar el fuego. Se golpea la frente con una rama grande que cuelga, todavía prendida por hilachas al árbol. Deja lo que lleva. Tienta la rama con su peso, termina de soltarla. La madera rota suena como el rayo que la desgajó. Se agacha de nuevo. Junta lo que ha soltado, lo mete abajo del brazo. Con la otra mano arrastra la rama, pesada.

    Sale. El cielo está anaranjado, el aire espeso, caluriento. Siente que un frío le corre por el lomo y le eriza los pelos del culo. Gira la cabeza, mira por sobre su hombro. Juraría que el monte se ha cerrado.

Tilo, en cuclillas, desenreda un embrollo de tanza. Los dedos largos y flacos se mueven trenzando el aire. El cigarrillo pegado a los labios, un ojo cerrado para atajar el humo. Enero lo mira. Sentado en el suelo, con las piernas cruzadas como un indio, lo mira. Si no supiera que es el Tilo diría que Eusebio ha vuelto. Si no se viera la panza abultada, las manos gordas, el muñón del dedo, el vello canoso del pecho, diría que el Tilo es Eusebio que todavía no ha muerto. Que los tres están de nuevo pescando como cualquier día.


    Se acuerda de que el primer verano que pasaron los tres juntos él empezó a soñar con el Ahogado.

    Al Negro lo conocía desde siempre, pero Eusebio se había mudado al barrio hacía poco. Ese año, después de las vacaciones de julio, se había incorporado a la escuela. La familia se había venido a vivir a la casa de la abuela después de que murió la vieja. Parece que estaban peleados con ella, por eso nunca venían a visitarla. En la cuadra no cayó bien la mudanza. Algunos decían que el padre de Eusebio había estado preso y que la vieja nunca lo había perdonado. También decían que la madre de Eusebio recibía hombres y trabajaba de eso.

   Los tres se encontraban apenas levantarse, casi siempre en la casa de Enero que era hijo único. Tomaban la leche y después se perdían por ahí, a veces recién volvían a la noche. Al tajamar iban casi todos los días. Les gustaba estar echados abajo de los árboles de la orilla, con las tanzas atadas a los dedos de los pies, esperando el pique. Hablaban, leían historietas y hojeaban las revistas con mujeres desnudas y casos policiales que Eusebio traía de su casa.

  Tenían once años.

(Del libro homónimo; 
Random House, 2021)

Selva Almada


Selva Almada (Entre Ríos, 1973). Es autora de Una casa sola (2026);  No es un río (2020) —International Booker Prize shortlisted, Premio IILA-Literatura y mención especial Premio Sara Gallardo—, Los inocentes (2019), El mono en el remolino. Notas del rodaje de Zama de Lucrecia Martel (2017), El desapego es una manera de querernos (2015), Chicas muertas (2014), Ladrilleros (2013) y El viento que arrasa (2012) —First Book Award del Festival Internacional del Libro de Edimburgo—, coautora de Laiseca, el Maestro (2025). Sus libros han sido traducidos a más de veinte lenguas.



lunes, 12 de octubre de 2026

LA INVENCIÓN NECESARIA (II)

 


Cómo escribir


   Uno toma un trozo de papel, o cualquier cosa: una tablilla, una pizarra o un cartón, y con algo a mano que sirva a ese propósito comienza a anotar las palabras que corresponden a la idea que tiene en mente. Ésta es la fase anárquica de la escritura. La blancura de la superficie puede hacer que la mente se retraiga, puede que le sea imposible hacer honor a sus facultades. Lo mismo da: es preciso escribir, escribir lo que sea, por mucho que no valga nada; nada cuesta destruir luego lo escrito. Pero para escribir algo que merezca la pena es absolutamente esencial que la mente fluya y se lance a la tarea.
   Hay que olvidarse de las reglas, de toda restricción, lo mismo que del gusto, de lo que se estima conveniente; hay que escribir por el mero placer de hacerlo, ya sea lenta o rápidamente: abandonar toda forma de resistencia que impida la completa liberación.
   Porque hoy en día sabemos lo que la profundidad significa: si queremos ser verdaderamente profundos, hemos de alcanzar una hondura primigenia. Desatadas, las facultades remontan la noche de nuestro pasado inconsciente y descienden hacia el pasado ritual, amoral, de la especie; hacia el fetiche, el sueño, hacia cualquier lugar al que el “genio” del escritor en cuestión se descubra capaz de ir.
   En esos momentos, el artista (el escritor) bien podría considerarse una persona peligrosa. Todo puede ocurrir, pues se halla desconectado del orden social. Puede hacer una tontería, o puede que su mente avance inesperadamente por una senda cerrada hace tiempo, o jamás transitada, con enorme valor para la sociedad. Él, pese a todo, avanza sin ningún propósito u orden previo.
   En este punto, los artistas se oponen por necesidad a cualquier utilidad de su arte: no importa si lo que escriben es un tratado de matemáticas o un poema. Hasta donde eso es posible, mientras escriben, el matemático o el poeta deben abandonarse en mayor o menor grado a la escritura; con serenidad, desde luego, pero a conciencia, si lo que buscan es lograr expresarse con alguna profundidad de significado. El poder demoníaco de la mente es el de su pasado ancestral e individual, es el rítmico flujo y reflujo del misterioso proceso de la vida; si no se saca partido a esta facultad, nada importante puede surgir. Allí radica el valor de la poesía, cuyo simbolismo rítmico, a menudo ignorado, supone su mayor fuerza y hace que toda prosa, en comparación, resulte poco más que un balbuceo de la inteligencia.
   Es por eso que los poetas han sido considerados con frecuencia criaturas desequilibradas: locos (a menudo lo son). Sin embargo, rara vez se entiende la razón intrínseca: toman contacto con “voces”, pero allí radica la verdadera esencia de su poder: las voces son el pasado, las profundidades de nuestro ser; no son las partes más “bajas”, sino las más profundas de nuestro cuerpo las que se manifiestan: el mesencéfalo, los nervios, las glándulas, los propios músculos y huesos.
   Y lo escrito se convierte en un objeto. Ya no es un vago fluido que se expresa mediante un mero simbolismo ritual: son palabras concretas, vertidas sobre el papel. La expresión ha abandonado el pasado que nos conforma y ha arribado al presente. Ha entrado en un nuevo campo: el de la inteligencia. No digo que ambos ámbitos no se superpongan a veces, pero lo característico de la escritura, en ese momento, es que reclama la más viva atención por parte de la mente, lo cual supone un cambio total de la situación.
   Es de esta fase de la escritura de la que se ocupan las universidades y centros de enseñanza de todo tipo, pero nadie parece darse cuenta de que, sin ese primer atisbo de los más profundos estratos de la personalidad, toda la enseñanza y el aprendizaje del mundo sirven de poco. No haberse dado cuenta de esto suele ser el mayor error de quienes creen saber algo sobre el arte.
   Ahora bien, todo lo que esa primera fase de la escritura consigue es registrar algo sobre el papel. ¿Posee algún valor? En este punto la pregunta no puede contestarse, y no viene al caso que el poeta se diga: “Esto lo hice yo, así que debe ser excelente”. Puede que lo que ha escrito sea excelente, en efecto, pero sólo la inteligencia consciente es capaz de establecer por qué.
   El objeto escrito está sujeto a la misma jurisdicción que todo aquello que ha sido creado por elección; una vez que esa elección ha sido hecha, se precisa una voluntad capaz de respaldarla. Hay que avanzar cautelosamente, pero el primer paso nunca debe consistir en pretender que aquello que se ha escrito en un estado casi alucinado se ajuste a determinadas reglas. ¿Qué reglas habrían de ser ésas? En lugar de eso, hay que examinar cuidadosamente lo escrito en busca de lo nuevo y lo extraordinario, y nada debe rechazarse sin una razón clara, porque de este modo se pone en duda a la misma inteligencia.
   Así, descubrimos que el lenguaje está anclado, sobre todo, a la sabiduría y a la insensatez de nuestras vidas, a pesar de lo cual puede brotar viciado, los significados pueden difuminarse -y lo harán-, las frases pueden impedirnos llegar a una conclusión. Con todo, en los escritos de genio, en determinados poemas (si acaso), la personalidad del artista, liberada, puede lograr su objetivo: vencer la estupidez. Pero tal cosa sólo sucede si se respeta la forma original del escrito.
   Salvo en los casos en que algo sale mal, no hablamos de dos personas distintas: el poeta por un lado y el crítico por el otro, sino de una misma persona: el escritor. Éste ha escrito con la mayor profundidad de la que es capaz, y ahora el resultado está ahí: un objeto al que se enfrenta con la parte más “nueva” del cerebro humano, el proencéfalo, donde se asientan la memoria y el raciocinio: lo que llamamos inteligencia.
   Ésta no tiene mejor propósito que reconocer y rechazar cuanto ha sido dicho de mejor manera en otro sitio. Mientras que en la primera fase la persona no necesita en realidad saber nada, en ésta es necesario que conozca, tanto como sea posible y desde todos los ángulos, las obras de otros hombres de distintas épocas. Éste es el momento del estudioso.
   Y para un estadounidense es el momento de tomar una decisión fundamental: ¿en qué idioma se ha escrito?
   Hace algunos años, cierto compatriota dirigió, desde Inglaterra, un ataque a los escritores de nuestro país, preguntándose: ¿cómo pueden escribir en inglés, si no lo oyen hablar jamás? Su comentario pretendía ser irónico, pero resultó naif. La respuesta a esa pregunta es, naturalmente: ¿por qué preocuparse del inglés cuando tenemos una lengua propia?
   Es la inteligencia la que nos hace recapacitar sobre la historia de la lengua y su situación actual, sobre el lugar de Poe, la valía de Whitman, el propósito del verso libre y por qué apareció en aquel momento, la importancia de la obra de Gertrude Stein, de los escritos de James Joyce, y las razones de la estructura propia del poema moderno.
   En resumen, se trata del nacimiento de un nuevo idioma, de una nueva parcela de significado. De romper con las frases que bloquean nuestra mente.
   Todo lo anterior podría explicarse con más detalle: se podría escribir un libro sobre ello, pero este no es mi propósito ahora. Lo que he pretendido aquí es mostrar las dos grandes fases de la escritura sin las cuales la obra obtenida difícilmente puede llamarse maestra. Y eso, en palabras de James Joyce, “es el quid y el quae del asunto”.
[1936]

(Del libro homónimo,
edic,Universidad Diego
Portales, 2013)
William Carlos Williams

(Traducción: Juan Antonio Montiel)


William Carlos Williams. Poeta, novelista y médico estadounidense, célebre por escribir, utilizando un lenguaje popular, sobre temas y hechos cotidianos. Nacido el 17 de septiembre de 1883 en Rutherford (Nueva Jersey), estudió en las universidades de Pennsylvania y Leipzig, (Alemania). A partir de 1910 ejerció la medicina en su ciudad natal y en la vecina Paterson, profesión que simultaneaba con su afición a la literatura. Durante esos años, su reputación entre la crítica fue creciendo, y se le comenzó a apreciar primero como poeta y más tarde como narrador. Su primeros poemas se publicaron en dos libros, Poemas (1909) y Temperamentos (1913). Sus obras de madurez, con frecuencia radicalmente experimentales en cuanto a técnica y forma, recibieron la influencia del movimiento imaginista, caracterizado por un rechazo hacia el sentimentalismo, la artificialidad y la vaguedad, y su consecuente empeño en utilizar un lenguaje común, contener al máximo la expresión de las emociones y concentrarse en experiencias concretas de la realidad cotidiana. Ejemplos de su última poesía se pueden encontrar en Poemas completos (1938) y Poemas completos  (1950). A finales de la década de 1930, comenzó la composición de un extenso poema acerca de la vida en su país durante los años de la Gran Depresión de 1929, titulado PATERSON, Libros I-V (1946-1958), que es considerada su obra maestra. Entre sus trabajos en prosa se encuentra una conocida y muy leída colección de ensayos acerca de la historia de los Estados Unidos, Así comienza la vida (1925), y las novelas La mula blanca (1937), El cuerno de la abundancia (1940), y La construcción (1952). Recibió el Premio Nacional del Libro de Poesía en 1950. Murió el 4 de marzo de 1963, en Rutherford, y recibió póstumamente el Premio Pulitzer por su colección de poemas Cuadros de Brueghel (1962). En 1951 apareció su Autobiografía. 
(Biografía tomada de el poder de la palabra.


Nota Bene: El imaginismo de Pound pertenece a la formación inicial de Williams; pero posteriormente Williams fue uno de los precursores e integrantes del objetivismo, movimiento originado en 1930 en E.E.U.U. cuya formulación inicial fue realizada por el poeta Louis Zukofsky, quien también acuñó el término del movimiento. De allí también saldría el famoso verso de Williams: "No ideas, sino en las cosas". 


Pueden LEER poemas, entrevistas y ensayos del autor, aquí: William Carlos Williams