lunes, 25 de octubre de 2021

DECIMOCUARTA POESÍA VERTICAL (1994)


 










6

Tal vez la vida sea una copia
de un proceso que se cumple en otra parte.
 
Tal vez vivamos solo en un espejo
o en la tibia granulación de una pantalla.
 
Tal vez haya otras copias.
 
Tal vez la vida sea tan sólo
la copia de una copia.


 
20
 
Un poema perdió la imagen que lo hizo nacer.
La pequeña iluminación que venía con la imagen
y que quizá la había creado,
quedó allí desguarnecida como un vuelo sin pájaro.
 
La pequeña iluminación
olvidó entonces al poema
y penetró en los ojos del poeta,
para dejar que vieran por lo menos
el poema no escrito.
 
Y además para aguardar en ellos
y sumarse a cualquier poema futuro.
 

 
49

A partir de cierto punto,
no interesa recoger más detalles.
Ya toda información abruma o confunde.
El destino de todo signo es invalidarse
en el encuentro inevitable
con el signo contrario.
 
A partir de cierto punto,
sólo importa la transposición de realidad
que deshace los signos,
rompe los sellos prepotentes
y abre las compuertas
de los caudales oscuramente imbricados.
 
Entonces todo dato nuevo
traba la realidad,
divide la energía del fondo,
debilita el pensamiento.
 
Una flor no se actualiza.
Nadie ha descripto una rosa.
Una flor es el peso de su visión.
 
El ser es siempre
lo opuesto a sus datos.
0 la conflagración que los destruye.
  
(de: “Poesía vertical-Tomo II”,
Emecé, 2005)
Roberto Juarroz (Coronel Dorrego, Provincia de Bs.As., 1925; Id., Temperley, 1995)
 
 
Pueden leer la biografía en entrada anterior del autor (Nota del administrador)



sábado, 23 de octubre de 2021

VISITA


 












TAREAS
 
He dibujado su rostro
he regado sus pensamientos
he subido y bajado por su mirada
he adoptado el color de sus ojos
he gritado con su boca
y caminado con sus pies
he ocupado el vacío que dejaba al irse
 
Le he hablado a su sombra
la he llevado entre mis dientes
en el panal de los labios
en la punta de la lengua
la he olvidado cuando no quería
la he recordado cuando no quería
he vaciado un río en su memoria
 
Le he dado a beber mis manos
le he dado a comer mis gestos
le he dado mis sueños para los días hábiles
le he dado cada mañana una cabeza diferente
le he dado mis pensamientos
desnudos como la primera vez
le he dado mis días
para que escuchara su sonido
le he dado mi desierto
para que encontrara agua
 
Finalmente
le he dado mi vida
para que la viviera
una y otra vez
 
 
BALANCE CON FLORES
a Danielle Camus
Esta taza de té
medio vacía.
Esta taza de loza
con una guarda
de hojas y de flores.
 
A miles de kilómetros
alguien pintó
esas flores y esas hojas
sin saber que allí
un poco de té
se enfriaría lentamente
una tarde de domingo.
 
Una tarde en que alguien
miraría su vida
medio vacía
y la dejaría enfriar
lentamente
sin tomarla.
 
 
VISITA


El hombre abre la ventana de su cuarto
y se sienta.
Desde su pequeño mundo
está dispuesto a escuchar
lo que tenga que decirle el mundo.
 
Llegan tardes antiguas
errores arbitrarios
secretos temblorosos
rostros irremediables
voces perdidas
en el aire tranquilo de noviembre.
 
Pero el hombre espera sin saberlo
una visita que a veces tarda
pero siempre llega.
No la llama.
No la invoca.
No la imagina.
No la apura.
Espera sin saber que espera
esa mirada desnuda
esa voz íntima
esos gestos pensativos.
Para oírla deja de escuchar.
Cuando cierra los ojos
es cuando mejor la ve.
 
Él sabía su nombre
antes de conocerla.
  
(de: Obra completa,
Ed. ilb, 2019)
 
 Gianni Siccardi
 
 
Gianni Siccardi. Nació en Banfield en 1933. Luego de cursar brevemente la carrera de Arquitectura, se dedicó al estudio de la poesía y del canto lírico. Fue fundador de la editorial Mano y cofundador de las revistas juego Rabioso, Baires y Sunda. Trabajó como traductor, redactor publicitario y de campaña, y brindó un taller literario desde 1992 hasta el año de su fallecimiento, en 2002. Es autor de los libros de poesía Conversaciones (1962), Travesía (1962-1965), Ella (1962-1988), Fragmentos (1995), entre otros, y poemas suyos fueron publicados en revistas como Sunda y Primera Plana.
 
 
 


jueves, 21 de octubre de 2021

DECIR RÍO


 










Cómo frenar
la corriente de un
cuerpo que suena
a desborde
 
cómo empujar un músculo, recortar
un sonido, alcanzar
con la lengua
el nombre que se ama
 
cómo decir
              río
              hombre
              deseo
sin que el agua nos atropelle.
 
 
Washington Atencio
Lucas González- Paraná (E.R.), 1986.
 
 
100 poetas argentinos.
Camalote, Bicéfalo, Paraná,2020)


miércoles, 20 de octubre de 2021

POETAS QUE REGRESAN A LA PATRIA DE LA INFANCIA












Un fracaso en la comunicación


Si dejara de verte como a una mujer ensimismada, que articula mecánicamente preguntas en la mañana, con aliento a tabaco y una capacidad de atención debilitada —aún más que de costumbre—, si entendiera que tu espíritu desborda tu cerebro, que naufrago como todo lo que has puesto en este gran pozo con cal, que mezcla ideas con recuerdos, incluso mis inocuas palabras de ironía o de reproche, mi mente podría intuir acaso el lila de los cardos que tapan esas vías, el humo acre del tren, el rumor de unos chicos de campo que parecen dispuestos a seguir esperando.

Se aproxima Navidad


Al borde de la laguna, donde los camiones de la Comuna desagotan cada día, se amontonan los chanchos. Los chicos descalzos de los ranchos les tiran piedras. Se divierten oyéndolos gruñir. Viendo cómo se separan y se vuelven a juntar.


Fin de temporada


Un viento salado nos seca la piel, empuja a los viejos, vestidos, las sobras del verano. Entre los yuyos altos del médano, miramos el mar. Como un fuego que nunca se apaga.


(De: Poetas que regresan a la patria 
de la infancia, Barnacle, 2021
Envío de Alberto Cisnero).
Diego Colomba


Diego Colomba (San Nicolás, Santa Fe, 1972) .Es profesor y licenciado en Letras, y doctor en Humanidades y Artes, con mención en Literatura. Colaboró con reseñas, notas y entrevistas en el periódico El Eslabón, el diario El ciudadano & su región, el diario digital Redacción Rosario, en los suplementos " Señales" y “Más” del diario La Capital, la revista Diario de Poesía y en la sección reseñas de Bazar Americano. Dirigió el sitio web de prensa literaria Letracosmos. Fue uno de los responsables de Salón de Lectura, sección de escritores del banco sonoro Sonidos de Rosario. Artículos, entrevistas y poemas de su autoría integran diversas antologías. Seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (Córdoba, Editorial Recovecos, 2009). Publicó Letras de Rock Argentino (Editorial Académica Española, 2011), Baja tensión (Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2012, mención en el Premio Municipal de Poesía Felipe Aldana 2011), Mesa de novedades. Poesía y  narrativa del presente (Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 2013, premio obra inédita del Concurso Provincial de Ensayo Juan Álvarez 2012), Desaire (Buenos Aires, En Danza, 2014), Inmemorial (Rosario, Baltasara Editora, 2015), Chispero (Rosario, Libros Silvestres, 2016), El largo aliento (Córdoba, Alción Editora, 2016), La hospitalidad del mundo (Pueblo Esther, Fiesta Ediciones, 2017), Papá trajo a casa un Cuatro Ele (Buenos Aires, Editorial Barnacle, 2018; Mención Honorífica Premio Provincial de Poesía José Pedroni. Obra Editada, 2019), Blanco a la cal (Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México, 2019; Mención Honorífica Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen 2019), Platillos volantes (Rosario, Libros Silvestres, 2019), El lado de la sombra (Buenos Aires, Barnacle, 2020) y Poetas que regresan a la patria de la infancia (Barnacle, 2021).


 

martes, 19 de octubre de 2021

EL RÍO ME INSPIRA MUCHO

 










Sé que un día el río vendrá por mí
por haberlo injuriado
“el río no me inspira nada”, dije cierta vez en letras de molde
ahora duermo a su costado
respirando su humedad,
útero barroso como quizás sea el después.
Sé que el río vendrá por mí
me despertará con un oleaje corto, secuencial
sampleos únicos de pequeños instantes
me levantará en una ondulación cuchillera
y me obligará a surfearlo montado en la tabla de mi ego.
Sé que el río vendrá por mí
por haberlo injuriado
le explicaré que ahora soy un patriota de su distrito,
como Miller del barrio 14° de Brooklyn, donde nació
creo que entenderá,
se lo diré al oído, igualmente,
cuando este verano lo vuelva a acariciar con mi piragua.
 
 
Maxi Sanguinetti
Paraná (E.R.) -1972
 
/de: FLOTAR (100 poemas sobre ríos
100 poetas argentinos.
Camalote, Bicéfalo, Paraná,2020)
 


domingo, 17 de octubre de 2021

al grave aparecer de lo que ser ahí

 











hubo de haber visto, en el día primero
buena la luz: las aguas, peces, árboles
etcétera en días subsiguientes: hubo que
vio al punto bueno al macho, a la hembra:
el hombre, la mujer, juntos el hombre y la
mujer, y multiplíquense entre la tierra, pues:
pobláronse entonces de acuerdo a la palabra:
hubo de haber visto que era bueno esto, acaso
pues poblábase de oriente a occidente, tal trigo
en campo fértil: y hubo que el trigo, la espiga
precisa al surco debía caerse: caerse de la espiga
al surco de la vida: entonces todo estaba hecho:
hubo que todo estuvo hecho entonces: también
los ríos, también la mar: también que cada río
diera a la mar: y hubo que eso fue bien visto
aunque no entendiéramos por qué, hubo que eso
fue con buenos ojos visto, aunque no se entienda
 
 


feeling blue: estarse triste, es decir, estarse observablemente
con pena amontonada, tanta la pena amontonada, ejemplo
Fabio Fernando Guapacha, 24 años, nacido en Riosucio
Caldas, caminó en Risaralda 6 am por la 8a. entre 27 y 28:
monedas fue lo que buscó, sin empleo, padre hacía 4 meses:
saltó entonces contra el articulado megabús, número de chapa
SJS786, y apagó su amor humano, tanta pena amontonada, tanta
la pena amontonada, ese jueves, con miedo, como llena de miedo
la mano de un niño, la fe común con miedo del niño en la noche
sin la cobertura de la madre, del amor de la madre, la cobertura
del materno amor al niño: y no importa, revolvió en su corazón
si habrá o no momentos otros como este, o bien apenas este y
solo este, una y otra vez revolvió en su corazón en la 8ª entre
27 y 28, en Risaralda, y pensó también que no me faltes
cuando me falte todo, con pena adentro amontonada, tanta
la pena adentro amontonada: monedas fue lo que buscó, sin
un orden sistemático del día ni un estado filosófico de angustia:
los que iban de la mano por la calle, los que durmieron abrigados
los que contaron historias, la cobertura de amor al niño en la noche
las historias que se cuentan para que, tanto miedo, el niño sueñe:
primero fueron el sol y las estrellas, había un solo árbol y ninguna
otra cosa, pero también niños otra vez dormidos en la costa, y gentes
molestas en odios, y otra vez sobre la costa niños, y múltiples estados
de animación suspendida, ya sin la fe común, de la mano que calme
la mano del niño llena de miedo, dispuesto el niño a creer cuanto le digan:
feeling blue: estarse triste: I´m feeling blue: estarme triste, hay la pena
adentro amontonada, tanta la pena amontonada, lo triste por fuera de
todo régimen normativo: contaba 8 años, estaba niña aún cuando
la entraron al ala infantil: se reportó como “nunca recuperó la salud”:
desde la víctima se puede ver lo justo como injusto, la verdad como
no-verdad: la identificación de Jesús con el pobre, el principio de
esperanza, esto, pues, no sin dejar extraordinarias muestras de
lo que puede el hombre: el balance de gentes ahogadas en el Egeo
se ha ampliado este miércoles: una mujer, un recién venido al mundo
y una niña, tras el naufragio frente de Lesbos, según el Ministerio de
la Marina Mercante griego ha informado: tres víctimas fueron vistas
por buceadores bajo una precaria barca, la barca pequeña entrando
a la noche, la noche cerrada en el estrecho que separa Lesbos de Turquía:
feeling blue: estarse con pena amontonada: I´m feeling blue: estarme, pues
con tanta pena amontonada, la pena adentro amontonada: la guardia               
costera ha rescatado solo 21 migrantes, e informes hay sobre la desaparición
de otros finalmente alcanzados sin vida, precisó el ministerio griego, hasta ahora: la última víctima localizada era un niño de un año, apagado esta noche última la noche esta última del jueves al viernes frente a la costa de Lesbos: en Lesbos las últimas semanas en la costa no recuperaron niños la salud ni la cobertura del amor buscado por el niño en la noche, tanto miedo, para que el niño sueñe: primero fueron el sol y las estrellas, había un solo árbol y ninguna otra cosa pero también gentes enfrentadas, entonces niños otra vez dormidos  en la costa y otra vez animación suspendida, ya sin la fe común, de la mano que calme la mano del niño llena de miedo, dispuesto el niño a creer cuanto le digan: feeling blue: estarse triste: I´m feeling blue: estarme triste, estarme con tanta pena adentro, tanta la pena, pues, adentro amontonada: los que durmieron abrigados, los que contaron historias: historias con la cobertura del amor al niño en la noche, las historias que se cuentan para que, tanto miedo el niño sueñe: primero fueron el sol y las estrellas, había un solo árbol y ninguna otra cosa, pero también niños otra vez dormidos en la costa, y gentes enfrentadas, y animación suspendida por desacuerdos entre hombres entonces otra vez sobre la costa niños, aunque el hombre descienda del niño
 

 

 
plaza de San Marcos: alguien falta: para saber que
no hay incluso cosas menores que el silencio, pues:
no menores cosas que el silencio y alguien falta: hay
la falta entonces: acaso, sobre la plaza de San Marcos
como se da en cualquier lugar del mundo, la falta hay:
no está contento el niño adentro, naturalmente alguien
dejó atrás el niño, y no está contento el niño atrás dejado
ni está contento con lo afuera visto: tal como quien vive
en un terrazo y mira afuera, el terrazo habitado a mirar
naturalmente atrás dejado el niño: no está contento, pues
este niño con lo visto, no estás contento, niño, acaso con
lo afuera visto, tal cual quien ve desde un terrazo atrás dejado
naturalmente: no hay mayores cosas que el silencio, no menores
cosas que el silencio y alguien falta: hay la falta entonces: sobre
la plaza de San Marcos o en cualquier lugar: no se está contento
el niño adentro, naturalmente alguien dejó atrás el niño, y
no está contento el atrás dejado niño ni está contento, no
con lo afuera visto: tal como quien vive en un terrazo y mira afuera
el terrazo habitado a mirar, naturalmente atrás dejado el niño: no está
contento, pues, este niño con lo visto, no estás contento, niño
naturalmente con lo afuera, este grave aparecer de lo que ser ahí
 
  
(De: al grave aparecer de lo que ser ahí;
Barnacle, 2021, Envío de Alberto Cisnero.
 

Ignacio Uranga
 

Ignacio Uranga (Bahía Blanca, Argentina, 1982). Es licenciado en Letras por la Universidad Nacional del Sur. Tradujo diversos poetas del griego, latín, francés e inglés. Publicó: El ella real (Argentina, 2009), a-letheia/ramalaje (En Danza 2012, Argentina), ramalaje (Ediciones OREM, Perú, 2013), Materna (Trilce Ediciones, México, 2013 - Viajera, 2014), entonces Daniela (ed. Bilingüe, Brasil, 2014- En Danza, 2018), lo, parcialmente, hasta entonces dicho (Ediciones Aguadulce, Puerto Rico, 2015), El hombre que no duerme (Viajera, 2021) y al grave aparecer de lo que ser ahí (Barnacle, 2021). Varios de sus poemas han sido incluidos en diversas publicaciones de Argentina, Chile, México, Perú, Cuba, España, Estados Unidos e Inglaterra; entre otras, en la revista Nayagua de la Fundación Centro de Poesía José Hierro (Madrid) y en la revista-libro Sibila (Sevilla, España). Una selección de al grave aparecer de lo que ser ahí fue incluida en la revista Casa de las Américas de Cuba. Fue traducido al inglés por Michelle Gil-Montero para la revista Review: Literature and Arts of the Americas (New York) y al portugués por Alex Simoes. Ha colaborado en la revista Paradoja (Obsidiana Press, EE. UU), en Periódico de Poesía de la UNAM (México), en Urbe Salvaje (Chile) y del suplemento cultural Ñ (Argentina) y La Galla Ciencia (España). Estuvo a cargo de la selección y prólogo de la antología de poesía latinoamericana, compuesta por poemas inéditos de poetas de todos los países de Latinoamérica. Editada en La Galla Ciencia, España.
 
 

-Fue imposible respetar totalmente el interlineado del segundo poema, por limitaciones 
de mi blog (Nota del Ad.) 



viernes, 15 de octubre de 2021

MALDONADO


 







Un cuerpo
no podría
no sabría
remontar
el recurso
del río
el curso
de la ley
 
Nadie
no sabe
lo que no puede
un cuerpo
 
 
Ezequiel Zaidenwerg

CABA, 1981
Brooklyn (New York)
 
/de: FLOTAR (100 poemas sobre ríos
100 poetas argentinos.
Camalote, Bicéfalo, Paraná,2020)



miércoles, 13 de octubre de 2021

LA CASCADA ES PARTE DEL RÍO









 

Hay un murmullo que me acompaña
a donde vaya.
Es suave, como la cascadita que forman las piedras en el río.
Suena bajito y constante
no necesita del orgullo de la espuma
ni del virtuosismo de caídas ruidosas.
Su compás de agua dulce no altera el ritmo de la corriente
ni genera un oleaje violento
que pueda modificar lo que habita en las orillas.
Pareciera imperceptible y, sin embargo,
cada vez que me freno, lo siento
como caricia en la espalda.
Me recuerda que, cuando el amor anida bien profundo
ya no se necesitan efectos especiales
para saber que está ahí.
 

 
Antonella Tosco (Río Cuarto (Cba.), 1990.
 
/de: FLOTAR (100 poemas sobre ríos
100 poetas argentinos.
Camalote, Bicéfalo, Paraná,2020)

IMAGEN:  Fotografía de Río Cuarto, Córboba (De archivo)




lunes, 11 de octubre de 2021

Luna creciente y marea alta


 










Luna creciente y marea alta
el río como sábanas
que se extienden
sobre el cansancio
 
Dormir en ese sonido
bajo ese resplandor.
donde los ojos cerrados
caminan infantiles
a través del blanco,
caen bajo una cúpula
de estrellas.

 


 
Alicia Genovese (Lomas de Zamora, Bs.As.,1953
CABA/Delta del Tigre.
 

/de: FLOTAR (100 poemas sobre ríos
100 poetas argentinos.
Camalote, Bicéfalo, Paraná,2020)
 


sábado, 9 de octubre de 2021

À L'OMBRE DE LA LUNE



Françoise Hardy (París,Francia, 1944) compositora, cantante, modelo y actriz francesa. La primera cantante pop de la chanson francesa y una de las más conocidas a nivel mundial. Reconocida por Benjamin Biolay como una de sus musas.

À L'ombre de la lune, del album:
Tant de belles choses ℗ 2004 




 

jueves, 7 de octubre de 2021

GUIANDO LA HIEDRA


Aquí estoy acomodando las plantas, para que no se estorben unas a otras, ni tengan partes muertas, ni hormigas. Me produce placer observar cómo crecen con tan poco; son sensatas y se acomodan a sus recipientes; si éstos son chicos, se achican, si tienen espacio, crecen más. Son diferentes de las personas: algunas personas, con una base mezquina, adquieren unas frondosidades que impiden percibir su real tamaño; otras, de gran corazón y capacidad, quedan aplastadas y confundidas por el peso de la vida. En eso pienso cuando riego y trasplanto y en las distintas formas de ser de las plantas: tengo una que es resistente al sol, dura, como del desierto, que tomó para sí sólo el verde necesario para sobrevivir; después una hiedra grande, bonita, intrascendente, que no tiene la menor pretensión de originalidad porque se parece a cualquier hiedra que se puede comprar en todos lados, con su verde tornasolado. Pero tengo otra hiedra, de color verde uniforme, que se volvió chica; ella parece decir: «Los tornasoles no son para mí»; ella responde creciendo muy lentamente, umbría y segura en su cautela. Es la planta que más quiero; de vez en cuando la guío, yo comprendo para dónde quiere ir y ella entiende para dónde yo la quiero guiar. A la hiedra tornasolada a veces le digo «estúpida» porque hace unos arabescos al pedo; a la planta del desierto la respeto por su resistencia, pero a veces me parece fea. Pero me parece fea cuando la veo con la mirada de otras personas, cuando viene visita: a mí en general me gustan todas. Por ejemplo hay una especie de margarita chica, silvestre, que la llaman flor de bicho colorado; no sé con qué criterio se la distingue de la margarita. A veces miro mi jardín como si fuera de otro y descubro dos defectos: uno, que pocas plantas caen graciosamente, con cierta frondosidad y movimientos sinuosos: mis plantas son como quietitas, cortitas, metidas en su maceta. El segundo defecto es que tengo una gran cantidad de macetitas chicas, de todos los tamaños, en vez de grandes macizos estructurados, bien pensados; porque fui demorando mucho esa tarea de tirar lastre, digamos y la misma expresión, tirar lastre, o sanear, referida a mis plantas, tiene algo de maligno. Fui demorando todo lo posible el uso de la malignidad necesaria para sobrevivir, ignorándola en mí y en otros. Vinculo la malignidad a la mundanidad, a la capacidad de discernir inmediatamente si una planta es flor de bicho colorado o margarita, si una piedra es preciosa o despreciable. Vinculo o vinculaba malignidad a desprecio electivo en función de algunos objetivos que ahora no me son extraños: el trato con gente, con mucha gente, los rencores, la reiteración de personas y situaciones; en fin, el reemplazo del asombro por el espíritu detectivesco me contaminó a mí también de maldad. Pero me siguen asombrando algunas cosas. Yo hace cuatro o cinco años había rogado a dios o a los dioses que no me volviera drástica, despreciativa. Yo decía: «Dios mío, que no me vuelva como la madre de ‘Las de Barranco'». La vida de esa madre era un perpetuo aquelarre; invadía los asuntos de los que la rodeaban, vivía su vida a través de ellos, de modo que no se sabía cuáles eran sus verdaderos deseos; no tenía otro placer que no fuera la astucia. Yo, antes de ser un poco como la de Barranco, miraba a ese modelo como algo espantoso y una vez incorporado, me sentí más cómoda: la comodidad de dejar lastre y olvidar, cuando hay tanto para recordar que no se quiere volver atrás. Ahora a la mañana pienso una cosa, a la tarde, otra. Mis decisiones no duran más allá de una hora y están exentas del sentimiento de ebriedad que las solía acompañar antes; ahora decido por necesidad, cuando no tengo más remedio. Por eso otorgo escaso valor a mis pensamientos y decisiones; antes mis pensamientos me enamoraban; yo quería lo que pensaba; ahora pienso lo que quiero. Pero lo que quiero se me confunde con lo que debo y perdí la capacidad de llorar; debo distraerme mucho de lo que quiero y debo, o simplemente estoy en una especie de limbo donde se sufre un poco: algunas contrariedades (cuyo efecto puede ser previsto), pequeñas frustraciones (susceptibles de ser analizadas y compensadas). Descubrí la parte de invento que tienen las necesidades y los deberes: pero los respeto en seco, sin gran adhesión, porque organizan la vida. Si lloro, es más bien sin mi consentimiento, debo distraerme de lo que quiero y debo; sólo permito que aflore un poquito de agua. Los sentimientos hacia las personas también han cambiado; lo que antes era odio, a veces por motivos ideológicos muy elaborados, ahora es sólo dolor de barriga, un aburrimiento se traduce en dolor de cabeza. Perdí la inmediatez que facilita el trato con los chicos y aunque sé que se recupera con tres carreritas y dos morisquetas, no tengo ganas de hacerlas, porque envidio todo lo que hacen ellos: correr, nadar, jugar, desear mucho y pedir hasta el infinito. Últimamente me he pasado gran parte del tiempo criticando la educación de los chicos porteños con quien fuese, y sobre todo con los taximetreros. En general nos ponemos de acuerdo; sí, los chicos porteños son muy mal educados. Pero es un acuerdo tan triste, que a partir de ese tema no cunde ninguna conversación.
 
Pienso ahora que el motivo de la quema de brujas no fue ni andar por el aire con la escoba, ni las asambleas que hacían; era más bien el que picaran huesos, picaran sesos hasta dejarlos bien molidos. También dejaban orejas de cerdo en remojo y usaban el caldo para dar brillo a los pisos; de paso, podía ser que alguien patinara y se cayera, esto como un beneficio muy ulterior; ellas no le atribuían demasiada importancia. Las brujas mataban así tres pájaros de un tiro y ése era su poder. Rumiando reconstituían los pensamientos, los cocinaban y también cocinaban el tiempo para obtener el mismo producto bajo diferentes formas. Por ejemplo, el gato; la bruja no tiene antepasados, ni marido, ni hijos; el gato representa todo eso para ella, con el gato anula la muerte. La bruja trabaja como los jíbaros, para reconstituir un orden de lo semivivo; por eso remoja, hierve y mezcla perfumes con sustancias asquerosas: es para rescatar del olvido a las sustancias asquerosas; se las recuerda a los que quieren olvidarlas en nombre del encanto, de la estética y de la vida viva. No, no es por franquear las distancias por lo que fueron castigadas; fue por la trama secreta de la experimentación que podía alterar la inmediatez de los sentimientos, de las decisiones, de los seres, que la vida sostiene con las reglas que le son propias. Y no retrocede ante la cruz, como se dice, porque es un objeto inanimado; retrocede ante el cordero pascual.
 
Ahora, que soy un poco bruja, me observo una veta grosera. Como directamente de la cacerola, muy rápido, o hago lo contrario, voy a un restaurante donde todos mastican reglamentariamente seis veces cada bocado, para la salud y me produce placer masticar —así como si fuéramos caballos, me enamoro de las chancletas viejas, tiro demasiada agua a las plantas después de lavar el balcón para que caiga barro y ensucie lo lavado (anulo el tiempo, ya que vuelvo a limpiar), cocino mucho, porque encuentro placer en que lo crudo se vuelva cocido y desestimo totalmente los argumentos ecologistas; si el planeta se destruye dentro de doscientos años, me gustaría resucitar para ver el espectáculo. Cambio impresiones con algunas brujas amigas y nuestra conversación se reduce a fugaces comunicados, historias de obstinaciones diversas, controles mutuos de brujerías, para perfeccionarlas, por ejemplo, aprender a matar tres pájaros de un tiro, no necesariamente para hacer maldades, pero igual para ganarle al tiempo, para no gastar pólvora en chimango, para no dar por el pito más de lo que el pito vale, cuando en realidad un pito es algo muy difícil de evaluar.
 
Pero no siempre fue así, no fue así. Antes de que yo pensara en tirar lastre y en matar dos pájaros de un tiro, sufrí en dos años como nunca había sufrido en mi vida, una mañana lloré con igual intensidad por dos motivos distintos.
Entendí qué pasa con los que se mueren y con los que se van; vuelven en sueños y dicen: «Estoy, pero no estoy; estoy, pero me voy» y yo les digo: «Quedate otro ratito» y no dan ninguna explicación. Si se quedan lo hacen como ajenos, en otra cosa, y me miran como visitas lejanas. En esa región del olvido adonde han ido tienen otras profesiones y han adquirido otro modo de ser. Y todo lo que hemos peleado, hablado, comido y reído pasa al olvido y no quiero yo conocer personas nuevas ni ver a mis amigos; en cuanto empiezo a hablar con alguien, ya lo mando yo misma a la región del olvido, antes de que le llegue el turno de irse o de morirse.
 
Me despierto y percibo que estoy viva, amanece. No viene ninguna idea a mi cabeza; nada para hacer, nada para pensar. No pienso seguir fumando en la cama sin ninguna idea en la cabeza. De repente me agarran muy buenos propósitos pero sin relación a nada concreto: me lavo, me peino, caliento agua; me voy entonando y los buenos propósitos aumentan. Es un día de marzo y la luz va viniendo pareja, los pajaritos trabajan, van de acá para allá. Yo también voy a trabajar. Ya sé lo que voy a hacer: voy a guiar la hiedra, pero no con un hilo grosero, la voy a atar con un hilo vegetal. Ella está ahí, firme contra la pared: le saco las hojas muertas a la hiedra y a todo lo que veo. Podría decir que tengo un ataque de sacar hojas muertas pero no es adecuada la expresión porque es un ataque tranquilo, pero no pienso terminar hasta que no haya sacado la última hormiga y la última hoja que no sirve. Amontono todas esas macetas chicas, van a ir a otras casas, tal vez con otras plantas. Pasa un avión muy alto y de repente me agarran una felicidad y una paz tan grandes al hacer este trabajo que lo hago más despacio para que no termine. Me gustaría que viniera alguien para que me encontrara así, a la mañana. Pero todos están haciendo otros trabajos distintos, tal vez sufran o renieguen o se engripen; no importa, eso pasa y en algún momento tendrán alguna felicidad como ésta mía. Me siento tan humilde y tan gentil al mismo tiempo que agradecería a alguien, pero no sé a quién. Reviso mi jardín y tengo hambre, me merezco un durazno. Enciendo la radio y oigo que hablan de la onza troy: no sé qué es, ni me importa: arre, hermosa vida.
  
(Del libro: “Guiando la hiedra”,
Simurg, , Bs.As., 1997
Hebe Uhart

 
Hebe Uhart. Nació en Moreno, Buenos Aires en 1936 y murió en 2018, en Buenos Aires.  Cuentista, novelista y narradora. Profesora de Filosofía egresada de la UBA. Entre sus libros de cuentos figuran Dios, San Pedro y las almas (1962); La gente de la casa rosa (1970); El budín esponjoso (1976); La luz de un nuevo día (1983); Guiando la hiedra (1997); Del cielo a casa (2003); Camilo asciende y otros relatos (2004); Turistas (2008); Relatos reunidos (2010) y Un día cualquiera (2013). Además escribió Memorias de un pigmeo (relato, 1990), Mudanzas (novela, 1995), Señorita (novela, 1999) y Viajera crónica (crónicas de viaje, 2011). También publicó en libros de filosofía y participó en antologías de libros de cuentos como El cuento argentino, Así escriben las mujeres, Antología 100, Esas malditas mujeres y Cuentos de escritoras argentinas, entre otros. Realizó notas de viaje, crónicas de personajes y situaciones para diferentes revistas. Premio Konex 2004 y 2014.

IMAGEN:  Hebe Uhart en el año 1999. Foto: David Fernandez.





 

martes, 5 de octubre de 2021

LEONOR


 









Cuando Leonor era chica, su mamá hacía albóndigas de harina de mandioca. Las albóndigas de harina de mandioca son duras como si tuvieran plomo, secas como si fueran de arena y malignamente compactas. Si uno las come estando triste, hace de cuenta que come un páramo; si uno está contento, esa bola marrón, sin nada aceitoso, es un alimento merecido
y vivificante.
     Leonor creció y llegó a los dieciocho años. Su mamá le dijo:
—Hija, usted debe casarse. Cuando una se casa le dan una libreta, el hombre trae pan blanco y zapatos taco alto. Después que se casa con ese polaco, le trae unos aros a la mamita.
Leonor dijo:
—Sí, mamita, pero el polaco muy grande es.
El polaco medía casi dos metros; todo el día arrancaba yuyos y los domingos no iba al baile, trabajaba.
—¿Qué importa? —dijo la madre.
—Sí, mamita —dijo Leonor—. Yo me caso, pero me da vergüenza hablar delante de él.
La madre le dijo:
—La vergüenza después se va y él total no habla. Usted le dice:
«¿Querría un plato de porotos?». Y un día comen porotos, otro día pan de harina blanca y él se pone contento porque mi hijita es muy buena. Usted siempre sonriente, no le lleva la contraria y él se va a amansar y va a hablar. Eso sí, nunca lo provoque, que él maneja muy mucho la azada y la pala.
     La fiesta de casamiento fue hermosa. Él le regaló a Leonor un par de zapatos de taco alto y un vestido colorado. Leonor no caminaba muy bien con esos zapatos, y él notó vagamente que ella no estaba cómoda y la acompañó a sentarse. Sentados miraron toda la fiesta y la gente los venía a saludar; aunque en realidad, los protagonistas de esa fiesta tan alegre eran los músicos. Alguien había invitado músicos de otro pueblo; no eran personas de la zona. Por momentos Leonor pensaba: «Toda esta fiesta es por el casamiento, porque es un día importante». Por momentos se olvidaba, escuchaba la música y veía bailar como si fuera visita.
     La madre en la fiesta estaba tranquila y sosegada: descansaba. Después de que se casó, Leonor fue a visitar a su mamá, le llevó los aros y un poco de pan blanco. Cuando estaba por irse, vaciló y dijo:
—Mamá…
—¿Qué, hijita?
—El polaquito es muy bueno, pero yo tengo miedo de él.
—¿Te ha faltado, te ha levantado la mano, m’hijita?
—No, mamá, pero habla un idioma extraño cuando está entre las plantas y si yo le pregunto alguna cosa cuando él está hablando así, me mira con furia. A veces entonces no sé cuándo hablarle.
La madre pensó y pensó y después dijo:
—A lo mejor se adueñó un mal espíritu de él. Vamos a ir de Isolina.
Isolina preguntó:
—¿Al lado de qué plantas habla?
Leonor, turbada por la pregunta, hecha en tono imperioso, no supo responder bien a lo que le preguntaban.
     Isolina dijo que de todos modos, no era un espíritu malísimo ni peligroso, era un espíritu reacio. Había que tener paciencia hasta que se fuera; ella podía mandar un espíritu opuesto para neutralizarlo; pero existía el peligro de que el espíritu reacio se pasmara y eso sería grave.
Aconsejaba prudencia y esperar, para ver mejor cómo se manifestaba.
     Pero Leonor salió descontenta porque no podía hablar bien, no se había expresado bien, le faltaban las palabras. Le pasaban muchas cosas que no podía contar a su mamá; desde su casa, todos los sábados, se oía la música de un baile y ella sentía que los pies se le iban para allá y, después que hacía sus trabajos y que limpiaba todo, se acercaba caminando un poquito para oír esa música y para ver de lejos a la gente.
     Cuando tuvo los chicos se olvidó del marido y hasta de la mamita. A ella los chicos le gustaban mucho; le gustaba mirar cómo caminaban, ver qué pies chiquitos tenían y nunca les pegó.
Cuando pasaban unos días en los que no iba a ver a la madre, ésta decía:
—Hijita, no des tanta maña a los chicos.
—Está bien, mamá —decía Leonor.
Pero pensaba: «La mamá está un poco celosa, a lo mejor».
Cuando Hugo tuvo cinco años, la acompañaba a buscar leña y él le decía:
—No pise por ahí, mamita.
Y quería llevar él solo un montón de leña. Cuando se dormían los más chiquitos, ella le decía a Hugo:
     —¿Vamos hasta el camino, Hugo?
Y Hugo la acompañaba hasta el camino; cerca del camino pasaba algún auto y a veces, algún conocido. Se quedaban un rato y Hugo decía:
     —Volvemos, mamita, hace frío.
     —Sí, hijo —decía ella.
Cuando Hugo tuvo ocho años y María seis, Leonor los quiso mandar a la escuela. Antes no se podía porque mandar a Hugo solamente no era redituable; Hugo trabajaba con el padre, mientras María no hacía nada. Pero si Hugo y María iban juntos se cumplían dos funciones: Hugo aprendía y acompañaba a su hermana. Pero el padre tenía otra teoría: esperar un poco más, hasta que fuera la tercera. Cuando expuso su teoría, Leonor levantó la voz, lo miró con furia y dijo:
—¡La escuela es instrucción!
Hugo dijo:
—Quiero ir a la escuela.
El padre se puso muy nervioso, le brillaban los ojos y fue a buscar la azada farfullando cosas incomprensibles; dio afuera unos cuantos golpes con la azada y cuando volvió, se puso a tomar vino. Desde entonces, a la noche, después de trabajar, tomaba unos vasos de vino. Hugo dibujaba una vaca en su cuaderno y se esmeraba para que se pareciera a la vaca verdadera. Leonor la miraba y le decía:
     —Bastante bien te ha salido.
Pero lo que le encantaba eran los versos que le enseñaban a María. A la noche, cuando terminaban de comer, María recitaba:
                              La casita del hornero
                             tiene sala y tiene alcoba,
                            limpia está con todo esmero
                           aunque en ella no hay escoba.
 
     Y mandó pronto a la escuela a la tercera, porque a ella la instrucción le encantaba.
El padre se fue apartando cada vez más, como si no le importara nada. Venía a la hora de comer solamente.
Cuando Hugo tuvo quince años, le dijo a Leonor:
     —Mamita, quiero ir a trabajar a Buenos Aires, aquí no hay trabajo.
     —Bueno, hijito, si es por tu bien y por el bien de nosotros, está bien.
    El padre no dijo nada de la ida de Hugo. La abuela se asustó un poco de que se fuera y le dijo a Leonor:
     —Mucha maña a ese chico, hija.
Leonor se impacientó y respondió:
     —No es mucha maña, mamita, el Hugo va a trabajar allá; él es serio.
Y antes de que se fuera, Leonor le lavó y le planchó bien la ropa que tenía, consiguió una valija prestada y le regalaron un pañuelito rojo para que Hugo se abrigara el cuello. Después le dijo:
     —Hijito, usted se va por su bien y por nosotros. No ande con malas juntas, usted siempre trabajando y de buenas maneras, sin pordelantear a nadie. ¿Me entendió, hijo?
     —Ya lo sé, mamita —dijo Hugo.
     Como un hombre agarró su valija y no quiso que nadie lo acompañara a la estación. Nadie lloró porque él se iba; seguramente iba a volver o ellos iban a ir donde él estuviera. Hugo pensó que mejor que no hubiera ido nadie a despedirlo; quién sabe si no hubiera llorado.
Los primeros días que llegó a la ciudad estaba siempre mareado, pero se dijo: «Tengo que aguantar unos seis meses y me voy a acostumbrar». Un compañero del trabajo le enseñó el portero eléctrico; una señora, el ascensor. Un sábado a la noche salió con otro muchacho y viajaron en subte por primera vez, por lo oscuro. Era terrible pero emocionante al
mismo tiempo.
     Unos días después que Hugo se fue, pasó por lo de Leonor un turco con una valija vendiendo pañuelos, peines, cajitas y estatuitas. Ese turco no iba a pie, iba en auto y del auto iba sacando todo y mostrando: tazas, vasitos, floreros, servilletas. Había unas tacitas floreadas, muy lindas.
     —Éstas son de Japón —dijo el turco.
     —¿De dónde? —dijo Leonor.
     —De Japón —dijo el turco con naturalidad—. Traídas de allí.
     —Claro, de Japón, mamá —dijo María, irritada porque su madre no sabía de dónde eran.
     Y Leonor se enloqueció y compró tacitas, pañuelos y todo lo que le gustó.
     —No compre tanto, mamita, que papá se va a enojar.
     —No le decimos nada —dijo Leonor, que estaba feliz.
     María en ese momento le tomó fastidio a su madre; era difuso el motivo o los motivos, pero había varios; el turco sabía más que Leonor; era como más sabio y respetable; ella compraba precipitadamente, sin detenerse a pensar todo lo que el turco le quería vender y finalmente, gran parte del fastidio se debía a que la vio feliz, contenta de modo insoportable para su gusto. Entonces le contó al padre lo que había comprado Leonor; el padre empezó a mirar con cara amenazante. Leonor, que no se dio cuenta de nada, lo miró y pensó:
     —¡Bah!
     Y él se tomó unos cuantos vasos de vino y se fue a dormir.
     Esa semana estuvieron de novedades: vino el turco y vino carta deHugo. Él siempre supo escribir bien. La carta decía así:
 
          Querida madre y hermanos:
          Espero que estén bien para allá, yo estoy bien en Buenos Aires. Mamita, le diré una cosa,  
          dele la frazada marrón a la abuela porque ya hay otra que la mando para allá, otra cosa
          diré, mando también un vestido, para la Pili, que lo use para ir al centro, después de la
          María no sé acertar las medidas, ya veré. Que escriba María si el nene va a la escuela y                                
que lo tenga corto. Yo voy a ir para diciembre pero quiero estar enterado de las cosas de allá.
Un saludo para papá.
Hugo Bilik
 
     La abuela no entendía más nada. Nadie la consultaba; en esa casa había movimientos y hechos que no comprendía, en esa casa las cosas no eran como deben ser. No, no se debe dar a los hijos más instrucción que la que uno recibió; después los hijos la pordelantean a una. Sin ir más allá, el hijo de Isolina compra el diario y lo lee delante de su propia madre. Y las niñas, peor. Las niñas, con toda esa instrucción, se acostumbran a mirar a los varones cara a cara, se acostumbran a hablar con ellos, así nomás, y después dicen cosas que no son de niña, se oye cada cosa en boca de una niña ahora que antes no se sabía qué era.
     Leonor empezó a criar pollos para vender en el camino; el más chico la acompañaba. Por el camino ahora pasaban más personas y más coches; ella se acostumbró a tratar con esa gente de los coches y a veces le pagaban bien.
     Cuando juntó un poco de dinero, le dijo al marido:
—Me voy unos días a Buenos Aires donde el Hugo; vuelvo pronto.
Él dijo:
—Haga lo que quiera. Yo me quedo acá.
Lo vio tan amargado, tan triste, tan cerrado que le dijo:
—Pero voy y vuelvo nomás.
—Haga lo que quiera —dijo él.
Y no dijo más nada.
     El más chico quedó con la abuela; María y la Pili tenían zapatillas flamantes para el viaje. Llevaron algunos platos, alguna ropa y mucha comida para comer en el tren.
     Si a Leonor la instrucción le encantaba, el viaje le encantó aún más: todo el tren era una fiesta; uno tocaba el acordeón; en otro asiento, varios tomaban mate y contaban chistes. Más allá unos hombres jugaban a las cartas sobre una valija.
     Cuando llegó la noche empezó a sentir frío, hacía mucho frío en ese tren. La señora que estaba sentada frente a ellas, que las había convidado con mate, le dijo:
     —¿Usted no trajo frazadas?
     —No, señora, ¿por qué? —dijo Leonor.
     —Porque en el tren hace frío y hay que abrigarse.
     —Ah… —dijo Leonor desconcertada.
     —Espere un momento, señora —dijo. Abrió la valija y le dio un pulóver a cada chica y para ella una especie de frazada tejida, muy abrigada, de color violeta. Pili se durmió enseguida; María miraba a Leonor y a la señora con cara de estar empacada. Finalmente, las dos chicas se durmieron profundamente, una recostada en la otra. Después de ese primer sueño profundo quedaron entredormidas. Entonces pasó un hombre que andaba caminando de noche por el tren mientras los otros dormían o charlaban bajito, y la tocó a Pili. Pili se sobresaltó; le pareció
que era un hombre, pero no sabía si había estado soñando, si era un gato o ella misma que se apoyaba contra el asiento; se asustó un poco y se fue a dormir en la falda de Leonor.
     A la mañana temprano cuando empezaba a aclarar, muchos se habían despertado y estaban preparando el mate; dentro del tren parecía una casa, pero fuera, la luz no era como en el Chaco. Allá el sol salía e inmediatamente se llenaba todo de sus reflejos; aquí, desde la ventanilla se veía un sol grande en el horizonte, que prudentemente iba iluminando la
llanura.
     Cuando fue aclarando, aunque todo fuera campo todavía, había señales de algo distinto: puentes por todos lados, grandes aparatos de hierro, autos que se cruzaban ignorándose, enormes carteles de propaganda de cigarrillos y cerveza.
     Cuando se hizo totalmente de día, casi todos estaban ocupados. Cambiaban cosas de las valijas, bajaban bolsos, todos entraron en movimiento. Leonor no sabía a quién preguntarle cómo podía llegar donde vivía Hugo, «El Zorzal y Jorge Newbery, Paso del Rey». El único que
caminaba por todo el tren era el hombre que había tocado a Pili; él parecía no tener para arreglar ninguna valija. Leonor le preguntó; no sabía, pero caminó por todo el tren, preguntó y le explicó. Llegó después de preguntar unas diez veces.
     Cuando Hugo vio venir a Leonor y a las dos hermanas, las dos grandulonas en zapatillas, no se asombró. Sintió pena y vergüenza, qué iban a decir los vecinos que las vieran; también estaba avergonzado de su propia vergüenza. Las encontró en la calle, medio perdidas, y Leonor se abalanzó sobre él como si hubiera encontrado el cielo. Él dijo, con voz
neutra:
     —Hola, mamá, ¿recién llegaron?
     —Sí, hijo —dijo Leonor desconcertada, porque pensó que estaba raro Hugo. Éste volvió a preguntar:
     —¿Y con esa valijita, nomás?
—Vinimos para verte, nomás, hijo. —Echó una mirada alrededor y sonrió—. Y para ver Buenos Aires, que es tan lindo.
Donde estaba Hugo no era exactamente Buenos Aires; era un lugar de casitas bajas con baldíos, por aquí una huerta, más allá un carro con su caballo y con una ruta llena de autos y de grandes camiones que decían: Transporte «Goya», Ómnibus «Expreso Goya Buenos Aires», «Transporte de Sustancias Alimenticias».
     Cuando entraron a la pieza, Hugo cambió. Se puso más cariñoso, más simpático, el Hugo de siempre. Las chicas estaban torpes, quietas con sus zapatillas nuevas; no atinaban a sentarse. Ahí estaba su madre, con apenas una valija, sin plata seguramente y las chicas como dos gorriones esperando que les den de comer. Se quedó callado. No sabía si retarla a la
madre, decirle por qué había llegado así, abrazarla, besarla. Leonor dijo enseguida, mirando por la ventana un terreno con palos y tubos sueltos amontonados:
—¿Este terreno es de la casa, hijo?
—No, mamá. Yo alquilo solamente esta pieza.
Leonor quiso cocinar enseguida. Había traído un calentador, pero Hugo le dijo:
—No, mamá, acá está la cocina.
Uno prendía un fósforo en esa cocina y la cocina se encendía. Era una maravilla esa casa del Hugo. Había esponja, polvo jabonoso, camas marineras en las que uno estaba arriba de otro y se sube por una escalerita, y una linterna y una bicicleta.
—¡Ay, hijo, qué lindo! —dijo Leonor.
—Sí, mamá —dijo Hugo pero no muy efusivo.
Las chicas estaban como en la casa de un pashá. Hugo salió; otra vez parecía preocupado. Volvió con un muchacho y lo presentó; se llamaba Antonio. Leonor notó que Antonio tenía una voz un poco raspada y un acento raro. Dijo:
     —Encantado, señora, encantado, piba.
Pero cuando terminaba la palabra «señora», la frase no se cerraba, como si esperara algo. Hugo, con voz aparentemente tranquila pero de ira contenida, le dijo:
     —¿Me podrías prestar un colchón?
     —Pero por favor, pibe —dijo Antonio—. ¡Faltaba más!
     En tono de reproche melodramático, con esa voz raspada.
     —Gracias —dijo Hugo. Sonrió un poquito, se repuso, hizo chistes con Antonio mientras traía el colchón.
     Leonor estaba admirada ante Antonio. ¡Qué bien hablaba el porteño! ¿Sería porteño?
—Hugo, ¿tu amigo es porteño?
—No —dijo Hugo—. Pero vino de muy chico.
—¡Con razón habla tan bien el porteño! —dijo Leonor.
     Buenos Aires era fascinante.
     Un día estaba Leonor con las dos chicas y les dijo:
     —Hijitas, tienen que casarse.
     —Sí, mamá —protestó Pili—, pero los muchachos de acá no son como los del Chaco. A mí me parece que acá dicen una cosa y piensan otra. Allá una los miraba y sabía qué pensaban.
      A Leonor le dio mucha risa lo que ella dijo y se la sentó encima, a esa grandota.
     María dijo:
     —Son iguales acá y allá y en todos lados. Claro —añadió con sorna—, vos te acordás del Roque…
     Pili no dijo nada. Leonor, con ella sentada en la falda, le preguntó:
     —¿Y Antonio no te gusta?
     Pili dijo:
     —Sí, mamá, pero…
Entonces Leonor la peinó con los dedos, le fue tirando el pelo para atrás y le dijo:
     --Es bueno Antonio, yo te digo que es bueno.
     Entonces Pili se quedó quieta y callada un ratito y salió como tranquila y descansada.
María volvió a decir:
     —Son iguales en todos lados.
     María se puso de novia, pero en forma extraña. Ese muchacho empezó a cortejarla así:
 —Está gorda. El saco no le entra.
    Y ella respondió:
  —¿Y usted por qué no se mira el pelo que parece un cepillo de alambre?
     Cada vez que él decía algo, María respondía:
   —Sí, sí, porque vos lo digas.
De vez en cuando él decía:
     —No hinchés tanto que el día menos pensado te largo y…
Y ella contestaba:
     —Sí, hablá, hablá nomás, que te va a costar caro.
     Al principio cuando los veían pelear así, todos creían que estaban embrujados; después les daba risa y por último se acostumbraron a eso como a algo perfectamente natural. Eran una pareja indestructible.
      Leonor salió a comprar un vestido en uno de esos días en que los astros
son favorables para comprar ropa. En esos días, uno mira la vidriera y dice:
—Esto es para mí.
    Y uno sabe que le va a quedar bien; más todavía, sabe que fue hecho pensando en uno y presiente que a ese vestido lo va a querer. Cuando los astros nos mandan vacilaciones, comparamos la textura, el color, la forma y miramos todo de reojo.
     Volvió con el vestido puesto a la casa. Comparado con el nuevo, el vestido viejo, mustio y triste parecía decir: «Nunca más me vas a querer».
     Era sábado a la noche. María se había ido al Chaco por unos días. Hugo estaba peinado, cambiado, afeitado.
—Voy a bailar un poco, mamá —dijo seriamente Hugo.
—Ah… —dijo Leonor.
     Estaba sola. Pili se había ido a bailar con Antonio a otro lado. Ella se iba a casar con él.
—Está bien, claro —dijo Leonor—, te vas a bailar.
Pero era triste quedarse con el vestido nuevo en casa. Hugo, en un ataque de decisión y ejecutividad, le dijo:
     —Bueno, vamos al baile, ya, ya.
Y ella se puso contenta y fue al baile. Primero bailó una cumbia con Hugo. Después pensó: «Ahora voy a mirar». Cuando estaba mirando todo, encantada, se acercó un rubio, de ojos celestes, más joven que ella, tendría unos treinta y cuatro años. ¿Por qué la habría sacado a bailar? Hacía mucho tiempo que ella no bailaba.
Él le preguntó:
—¿Bailás con los muchachitos?
—No —dijo Leonor sonriendo, orgullosa—, es mi hijo.
     Él parecía porteño, pero con una voz más tersa, no raspada como la de Antonio. Le contó que era hijo de franceses. Leonor pensaba que los franceses tienen mucho dinero.
     No era porteño, era de Neuquén, pero realmente hablaba muy bien el porteño. Se veía que era un muchacho prudente, no era de pordelantear a nadie; era gastronómico. Cuando le preguntó si bailaba con muchachitos, lo hizo con cierta sorna prudente, como si se tratara de algo levemente gracioso, pero también como si fuera factible, sin demasiado asombro
pero a la vez como si tuviera algún derecho sobre ella. Un derecho prudente, digamos.
     Él le contó que su familia era rica y poderosa; claro, pensó Leonor, tratándose de franceses, no cabía otra cosa. Pero él se había enemistado con ellos, algún día iría al sur, a reclamar la parte de la herencia. Mientras tanto, era gastronómico. Leonor preguntó:
     —¿Qué es gastronómico?
     —Gremio de restaurante, pizzería y todo así.
          Era realmente importante. Y bailó toda la noche con él. No podía decir «no» a esa voz que sin gritarle, ejercía algún dominio sobre ella. No era como la voz del Hugo, que ella escuchaba como si fuera parte de sí misma; era algo que venía de afuera. Al principio pensó en por qué la eligió, pero cuando se puso a bailar con él, todo era natural.
     Hugo se acercó a la mesa con una chica que no era del barrio y le dijo:
     —Mamá, hoy no voy a casa yo porque de acá vamos a otro baile.
¿Querés que te acompañe a casa?
     —No, hijo, está bien, andá nomás.
Si total todo lo que hacía Hugo estaba bien.
Cuando lo vio caminar unos cuantos pasos, recién se dio cuenta de que estaba con una chica desconocida y que los dos iban con aire muy decidido, pero tuvo un registro remoto de todo eso y le dijo, con voz rara, medio destemplada, que ella habitualmente no tenía:
—Abrigate.
Hugo se dio vuelta, desconcertado primero, como si no se dirigiera a él, y cuando captó el mensaje, se fue sonriendo. El rubio miraba todo esto, tranquilo. Cuando terminó el baile, Leonor lo llevó a la casa. Y así se fue quedando; vivía un poco ahí y otro poco en su casa.
     Los domingos, cuando ella dormía, la buscaba y la llamaba. Le decía:
     —¡Loli!
     Porque él la llamaba así; después él cocinaba y preparaba cocteles
porque era gastronómico.
Un día le dijo, por María:
     —¡Qué mala es tu hija mayor!
     Y Leonor no le dijo nada. Quién sabe por qué lo diría.
     Él tomaba un poco de vino pero no hacía mal a nadie. Un día María
dijo a Leonor:
     —Toma vino y es muy joven para vos.
     Con el Hugo se llevaba bien. Hugo se había casado. Con él hacían chistes, y hacía de cuenta que tenía otro hijo en la casa. Una vez María lo encaró al rubio y le dijo:
    —Andate. No podés estar molestando a mi mamá.
Él no le dijo nada. Volvió a decirle a Leonor:
—¡Qué mala es tu hija mayor!
     Leonor pensó, sin hacer caso: «quién sabe por qué le parecerá que es mala».
     Y no daba importancia a lo que él decía. Ella estaba contenta y todo le parecía normal. Con él tuvo una nena, que salió criolla rubia, con la piel color aserrín. Todos los grandes se habían casado, y a ella la mimaron mucho.
     Cuando estaba el novio de Leonor, todo era chistes y alegría. Él preparaba comidas ricas, hacía cocteles y cuando todos se reunían, los domingos, eso era una fiesta. Pero cuando los hijos se iban, los domingos por la mañana estaban solos; Leonor se quedaba en la cama y él le iba a hacer las compras. Ella se dormía, confiadamente y cuando se empezaba a despertar, él había traído todo y se ponía a cocinar. Le hablaba desde la cocina y ella seguía un buen rato en la cama.
     Un sábado le dijo él:
     —Mañana no vengo porque voy al fútbol.
     Leonor dijo, asombrada:
    —Si no ibas al fútbol antes.
    —Bueno —dijo—, pero ahora tengo que ir al fútbol. Voy a ver a Perfumo. ¿Ves? Es éste —dijo. Y se lo mostró—. Perfumo shotea de penal y siempre va al gol.
     —¡Ah! —dijo Leonor.
Después empezó a ir al fútbol todos los sábados y ella le dijo, en broma y riéndose:
     —¡Siempre vas al fútbol y no venís a verme!
     Él abrió el diario y le mostró:
     —Mirá cuánta gente va al fútbol.
Era cierto. Había una cantidad impresionante de gente que iba al fútbol. Si iba tanta gente, cómo no iba a ir él. La semana siguiente dijo:
     —Este fin de semana me voy a Rosario, porque juega Perfumo.
Ella escuchó el partido que se transmitió desde Rosario, por radio, y pensaba: «Allá está él».
Cuando volvió de Rosario, se lo pasó una tarde hablando con Hugo de penales, wing izquierdo y shoteo.
     Un día, en que estaban bromeando como siempre, él de repente dijo:
     —Por si me voy.
     Y Leonor dijo:
     —Qué te vas a ir —siguiéndole el tren, como si fuese una broma.
     Pero sintió un sobresalto, como un sentimiento de anticipación; no hizo caso de eso. Al día siguiente él no vino; al otro, tampoco. Ella lo buscaba por la casa y no estaba. Cuando venía María la miraba como si ella supiese algo; María tenía una cara impecable, de no tener nada que ver. Ahora la peleaba un poco a María sin saber por qué y María no ofrecía ningún frente, aguantaba, tranquila, paciente.
     Leonor siempre pensaba: «Esta noche va a venir». Y lo esperaba. Ella no lloró porque él se fue, pero lo buscaba por la casa todo el día; lo buscaba en el baño y a la noche lo buscaba en la cama. A veces le parecía que venía; pero no, no era él. A veces decía:
     —Alguna vez ha de volver.
      También le parecía que si pensaba mucho en él, él iba a volver. Pero él no volvía. Cuando pasaron tres años desde que él se fue, ella dijo:
     —Yo me tengo que olvidar, aunque sea a la fuerza.
Entonces se empleó para hacer trabajos domésticos en muchas casas; trabajaba desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche, sin parar. Eso le venía bien porque así se cansaba bien y a la noche se quedaba dormida enseguida, sin tener en qué pensar. Quedaba tan cansada que no pensaba en nada. A una señora que le limpiaba la casa le contó la historia
y la señora le dijo:
     —Pero si su hija no lo quería, usted lo tendría que haber tenido por separado, en otro lugar.
     —Ah… —dijo Leonor.
Pero no comprendió bien cómo podría haber hecho eso. Después la señora le dijo:
     —¿No tenía la dirección de él?
     —No —dijo Leonor—. Él debe haber ido a Neuquén, a reclamar su parte de la casa, quién sabe dónde andará.
     No, ya no iba a volver. Ella lo tiene presente igual, pero trabajando se siente mejor que sin hacer nada. Ahora tiene cinco nietos y la nena menor. La nena, que es criolla rubia, es absolutamente mimada. Un fotógrafo ambulante le sacó diez fotos en color al lado de la casa nueva, de material, que Leonor está construyendo. Sandra, que así se llama, es loca por el
baile; quiere llegar a ser una gran bailarina, como Rafaela Carrá. Un día Sandra le preguntó a su mamá si no había una escuela donde se estudiara para ser artista, para ser como Rafaela Carrá. Leonor le preguntó a esa señora con quien tiene confianza y la señora le dijo:
     —Pero para ser vedette también tiene que ser instruida, debe hacer el colegio secundario y estudiar idiomas.
     Entonces Leonor le compró un manual nuevo, para que se instruya; pero también las botas para bailar a lo Rafaela Carrá. Porque esta cantante es italiana, baila con botas y canta:
«Fiesta, qué fantástica, fantástica la fiesta», con una energía rayana en la ferocidad.
     Sandra sabe imitar perfectamente todos los movimientos de Rafaela Carrá; pero al no tener su energía sus movimientos se rarifican y lentifican; todo el baile de Sandra se vuelve un capricho curioso, sin destinatario. Canta, también. Cuando canta «fiesta, qué fantástica es la
fiesta» lo hace con una voz agradable pero sin matices, preocupándose por conciliar su canto con su baile. Aparte de eso, su vocecita suena mortecina, como si no creyera en los signos de exclamación, ni en los procesos, que implican comienzo, medio y fin.
     Leonor la mira enternecida, mira las hermosas botas que tiene, que gracias a Dios ella le pudo comprar, el bonito pulóver y el pelo rubio que Sandra aprendió a cuidarse.
     Ya tiene once años y dentro de poco no le va a bastar que Leonor la mire enternecida; va a querer que su baile sea para otros. Tal vez a ella le falta convicción para abrigar sus propios sueños; porque los sueños, como la expresión lo indica, necesitan de alguien que los abrigue, que los cuide. Y ojalá Sandra encuentre quien le ayude a hacerlo.
 
 
(Del libro: “La luz de un nuevo día”,
Centro Editor de América Latina,1983.
 
 
Hebe Uhart  (Moreno, Buenos Aires,1936- Buenos Aires, 2018)