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[Varias preguntas: ¿qué significa regresar a
lo básico?
¿qué cosa implica “decir” en poesía? ¿Lo
básico
es la vuelta a la comunicación en el lirismo,
como si la única manera de expresión fuera
el sentido común del entendimiento? ¿Por qué
se quiere anteponer el sentido a la forma,
como
si se escribiera desde la información en
contraposición
a lo formal, y viceversa? ¿Cuál es el
problema
que existan aquellos que puedan reflexionar
sobre su propio trabajo, o sobre otras
cuestiones
vitales, en el propio marco del texto? ¿Por
qué
creer en que “la gente de todos los días”
no puede tener capacidad para gozar de
cualquier
literatura, que pueda leer con la misma
intensidad
a Soriano como a Sebald? ¿Qué significa esa
categoría
de “gente de todos los días”, como si el escritor
no fuera, justamente, esa “gente de todos los
días”?
Y por último: ¿quién tiene la seguridad sobre
qué tipo
de poesía quiere escuchar un espectador de
recitales?
Tal vez sepa dónde va, o tal vez quiera
descubrir
qué tipo de textos puede escuchar. Los
preconceptos
y el sentido común, puestos como categorías
estéticas, a veces sólo sirven para
convalidar
limitaciones técnicas, o la falta de la
autorreflexión
necesaria, inherente a cualquier persona que
escribe.
¿Qué es hacer mal su trabajo? Y esa cuestión
de la presunta oscuridad. Todo parte de un
mismo
presupuesto experimental, barroco y oscuro,
hermético, en una gratuita ensalada de
sentido
común, brutal, sin condimento.]
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El primer recuerdo en mi vida, así creo
entenderlo, es el grito que lancé cuando
me bañaban en un lavadero; el agua
estaba helada. De pronto, quitaron el tapón,
y el agua se escapó por debajo, haciendo
gárgaras. El segundo grito es haber estado
tres horas en ese departamento vacío, e
imaginar
una vida completa para mi hija (“Estoy yendo
a la terminal. Te quiero, papi”) (“Todo muy
tranquilo por acá, lindo”) (“...incorporar
las zonas grises del poema como un murmullo
para adormecer al lector e, inmediatamente,
aparecer a cinco centímetros de su rostro”,
Cristobo dixit), o mejor, una previsible vida
de una adolescente de catorce años, cada vez
más bella, más decidida y más dura con
relación a nuestra existencia adulta. Prometí
estar junto a ella hasta el mismo día que
alcance
la mayoría de edad (“ Sólo eso”), y nada más.
Pero las discusiones, Olivia, no se resuelven
con argumentos sino con el duelo de actividades,
según dijo nuestro Handke. ¿Por qué oler
una concha de mejillón siempre será
inferior a interesarse por otra? Si de algo
sirve volver a “S/Z”, de Roland Barthes, es
para seguir deconstruyendo este tipo de
oraciones:
“Todo muy bien por acá, lindo.” El “todo”
puede referirse a un entorno familiar; o peor
aún: un “todo” en el que no sucede ningún
hecho extraordinario. Pero ¿por qué no un día
total, completo y ordinario? El “todo”,
seguido
del “muy tranquilo”, normaliza la oración,
la pone a resguardo, aunque en verdad
existe en “muy tranquilo” una retirada
de la precisión emocional; un día ordinario
al que mejor no ponerle nombre ni
calificación.
No hay código más brutal del tedio. (Otra vez
Handke: “Duerme conmigo, ahora mismo. ¡Quizá
sea aburrido pero seguramente, inolvidable!”)
Pero lo que no descifro es el “por acá”
(“Todo
muy tranquilo por acá...”). El “acá” puede
ser
el corazón de su casa, material, el lugar
donde se mora, o bien el “acá” privado, un
adverbio
de lugar interno, del cual ella es testigo
voluntario,
porque decidió estar allí. ¿Por qué escribió
“Todo muy tranquilo por acá...”, cuando sólo
pudiera acomodar la frase en “Todo tranquilo
por acá...”? El “muy” extiende la
tranquilidad
hacia el armisticio de los estanques que no
se mueven,
ninguna intermitencia a la vista, porque la
actividad
ocurre en las profundidades y no en la
superficie.
La potenciación de la tranquilidad en ese
“muy”
prolonga cualquier información sobre la
existencia
de una vida con alteraciones. No las hay.
Es todo muy tranquilo. Sin embargo, el dato
afectivo
aparece, porque al finalizar el mensaje se
dirige
a uno sin olvidar a quien se le escribe:
“...muy tranquilo por acá, lindo.” Dos
posibilidades:
ese “lindo”, seguido después de la coma, es
una apelación a quien se dirige (en este
caso,
yo), y no significa la ratificación de una
singular
belleza, y menos su aceptación, porque
en este caso no se trata de verificar la
atracción
sobre la persona, sino volcar el saludo desde
la proximidad
amorosa. La alternativa es menos favorable, y
puede
tratarse de una desinteligencia sintáctica,
no habitual
en ella. Y puede leerse ese “lindo” como que
“todo”
«estuvo “muy tranquilo” y “todo muy lindo”,
aunque
en este caso debiera haberse puesto un punto
seguido, en vez de una coma, o un punto y
coma,
o bien: dos puntos. Pero eligió colocar una
coma,
y por ende la ambigüedad se presenta como
tal,
interpretativa. La manera en que las mujeres
dirigen
la palabra “lindo” a un hombre, tiene la
finalidad
de ubicar la libido en un sitio seguro, fuera
del emisor.
Una inexactitud necesaria que hace de quien
reciba
la aclaración pulsional tener la sensación
momentánea
de adosarse un poco al mundo de una mujer,
aunque
todo se vaya evaporando con el correr de las
hipótesis.
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[ No es posible saber la mirada del otro,
sobre todo en cuanto a la escritura.
Pero cualquier mirada suma lo que jamás
quiso suponer, dentro de la más mínima
subjetividad. Un pequeño mundo armado
desde el detalle basta la amplitud, aunque
siempre regresando al detalle.]
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[Si la poesía tiene lugar en todas partes eso
no se limita al sentido o al texto, en el
aspecto
libresco de esta última palabra. Queda por
pensar,
entonces, lo que ocurre en nuestro mundo.
En el momento en que la poesía se convierte
en un motivo, su estrategia móvil comienza
a indiferenciarse. El complemento de este
juego
son las referencias que refieren a otras
referencias.
De esta forma, la escritura se aleja de esa
“voz celestial”, que fuera entendida,
durante tanto tiempo como suplemento de la
naturaleza.
Habría que proponer algo más que sentencias,
y para eso esta última: la poesía es un
secreto
que no es secreto para nadie. Para algunos,
la creación es obra de un dios y su primer
mandamiento será dejar correr la tentación
y enseguida disolverla en agua hirviendo,
para luego todo eso transformarse en un
vientre
mítico, siniestro, cobijando una criatura que
pareciera no hallar enlace en la sobrevida.]
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Pensamos toda la noche en mares
embravecidos, buscando un eje
en la neurosis del movimiento,
algo que se muestre uniforme
y diera a ese espectáculo un reflejo
necesario. Pero delante nuestro
no había sino una línea de aceite
a mitad de la pared, nuestra última
inundación. Leer lo que dicen
las paredes ultrajadas y sin embargo
no hay alfabeto posible en las
marcas
de una tragedia. Y así todo
nos tendimos en el piso: uno mirándose
al otro, las manos enlazadas como
si aguardáramos un hundimiento
apenados por la espera, conociendo
que cuando se contrae un dolor
hay un momento para confirmarlo
antes del daño innecesario y después
de las últimas consecuencias.
(Del libro homónimo,Edic.Del Camino,2026)
Mario Arteca
Mario
Arteca (La Plata, Argentina, 1960) Periodista, poeta y escritor. Algunos de sus
libros son: Guatambii, Cinco por uno, Géminis, Circular, Piazza Navona, Hotel
Babel, El pronóstico de oscuridad y Perrros e ingleses. Ha sido incluido en
diversas antologías como Pulir huesos.Veintitrés poetas latinoamericanos
(1950-1965) (Galaxia Guten-berg/Círculo de Lectores, 2007; sel. y prol.,
Eduardo Milán). Parte de su obra ha sido traducida al inglés,portugués, francés
y alemán.
Pueden LEER más poemas en entradas anteriores del autor: aquí



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