En la Argentina hubo, a comienzos de los años 70, un descubrimiento de la poesía escrita en Inglaterra y en los Estados Unidos. Toda una generación se dio cuenta de que se estaba perdiendo algo. En los años sesenta, cuando el que escribe estas líneas empezó a leer poesía, el poeta más popular era Pablo Neruda.
Se leía también a Federico García Lorca. Me refiero a muchachos atraídos por la poesía en una escuela secundaria nocturna de la ciudad de Ramos Mejía en el conurbano de Buenos Aires. Se publicaban aquí revistas y libros donde resonaban otras voces: las del grupo Poesía Buenos Aires y la de los “coloquialistas”, pero no llegaban a los suburbios del oeste. Muchos años después, el que escribe estas líneas se daría cuenta de que los únicos poetas de idioma inglés que había leído en sus años de estudiante eran Walt Whitman y Edgar Allan Poe. El primero pasado por el colador español de León Felipe; el segundo, en la versión de “El cuervo” del venezolano Juan Antonio Pérez Bonalde, cuyos primeros versos aún resuenan en su memoria: “Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones, /sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones...” (El que escribe estas líneas sigue pensando que es la mejor versión de “El cuervo”, tanto por su musicalidad infantil cuanto por su anacronismo fuertemente poeiano: “fosca”, “infolio”, “cronicones”...)
En pocas palabras: si las generaciones de los 50 y los 60 nos abrieron un campo enorme a los poetas surgentes e insurgentes, tanto por la modernidad de la imagen cuanto por el lenguaje coloquial y la inflexión del habla hablada, un campo tanto o más grande quedaba aún por develar. Y lo develamos. Era el campo de la poesía en inglés sobre la que solo habían operado algunos exploradores aislados: Alberto Girri, Rodolfo Wilcock, Marcelo Covián, Elizabeth Azcona Cranwell. Con Azcona, tuvimos a Dylan Thomas. Con Girri, un amplísimo muestrario que iba desde William Carlos Williams hasta Lawrence Ferlinghetti, con estaciones preferenciales en Wallace Stevens y Robert Lowell. Con Wilcock, Eliot. Con Covián, la poesía beat.
Esto se nos vino en los 70, y descubrimos que el mundo de la poesía no estaba solo privado de una lengua, sino más bien del espíritu de una lengua. Algo que —suponemos— era ese espíritu movió a las primera y segunda camada de nuestra generación a traducir del inglés. La dotación de traductores fue desde el comienzo muy amplia, y se sigue ampliando: Marcelo Cohen, Mirta Rosenberg, Daniel Samoilovich, Gerardo Gambolini, Diana Bellessi, Javier Adúriz, Andrés Ehrenhaus, Silvia Camerotto. Todo el patrimonio que ellos revelaron tuvo gran impacto en la generación de los 90, que dio una gran cantidad de traductores. La lista sería larga o injusta, pero los primeros que se sintieron tentados a probar cómo sonaban en castellano los poetas norteamericanos que admiraban fueron, tal vez, Daniel Durand, Darío Rojo, Laura Wittner, Sergio Raimondi.
Entre todos estos poetas y escritores traductores surgidos en esa época, Jonio González —autor de la presente compilación—fue y es uno de los más productivos y apasionados. Y su grupo Onofrio de Poesía Descarnada, que fundó a fines de los 70 con Javier Cófreces y Miguel Gaya, quizá haya sido el que acusó mayor interés orgánico, diríamos, por la poesía estadounidense, empezando por la generación llamada “beat”.
¿Qué tenía la poesía en lengua inglesa que no tuviera aquella que había dado lugar a las dos olas de la vanguardia en la Argentina? Empecemos por ver que tenían en común tanto la ola vanguardista de los años 20 como la de los 50/60, que en realidad empezó a fines de los 40. La poesía francesa en particular, y en segundo término el futurismo italiano, habían sembrado allí sus semillas. No fue sino por eso que Nicanor Parra rezongaba en aquellos años tanto con Neruda como con el “surrealismo de la escuela de Buenos Aires”. Para él, todo esto era ilusión, divinización, sublimación. Pero desde aquí no podíamos verlo.
En Francia nada fue igual, y podríamos decir directamente nada más fue, después de la revolución surrealista, que, cualquiera haya sido su poder iconoclasta, no hacía transitar su fe renovadora sino por la senda del vocabulario lírico tradicional. La poesía estaba pues destinada a exaltar; era una poesía vital porque —con todo y metáforas descabelladas, imágenes audaces, combinaciones diabólicas— no dejaba ser una poesía de elogio, cuyos formatos de base eran la oda y el madrigal, a diferencia del formato romántico por antonomasia, que era la elegía. Fue por ahí su vitalismo, que aquí recogió “la escuela de Buenos Aires”.
¿Qué nos faltaba, pues? Dos cosas: el realismo —la violencia descarnada del pensamiento— y la reflexión. Y esto —supone el que escribe estas líneas— está en lo profundo de la lengua y la tradición inglesas. El inglés, se diría, no cree en aquello que no ve, o cuya visión no pueda ser presentada. Reformista en lo religioso, sigue la trayectoria del tintero de Lutero, arrojado contra un diablo visible, concreto, no especulativo. El doctor Johnson se enojó con el pensamiento extremadamente solipsista del obispo Berkeley y no tuvo mejor idea que patear una piedra para refutar el argumento de que el mundo no es objetivo. Esto no podía haberlo hecho Descartes. Y cuando uno ve la tendencia especulativa, reflexiva, de la poesía y la cultura estadounidenses, no puede menos que regocijarse en lo concreto y visual de esa especulación. El mundo cerrado de Emily Dickinson es allí un cosmos mental. Privado, pero cosmos finalmente. El universo al que se arroja Whitman no es más que una redundancia, pero es absolutamente convincente porque sus versículos suenan tan épicos como religiosos, al punto de que “Walt Whitman, un cosmos” se parece más a una parábola que a una narración directa, como la que aparentan gran parte de sus poemas. Cien años después, cuando Allen Ginsberg, abanderado designado de la generación beat, quiere hablar de su dolor con el famoso poema “Aullido”, comienza hablando de los demás: “He visto las mejores mentes de mi generación...”
Un tintero arrojado al diablo, una patada a una piedra, un aullido, una parábola: todo esto es el sustrato de la poesía norteamericana, y todo esto forma un estilo, excepto el de Edgar Allan Poe, padre esquivo, quien sin proponérselo fundó una escuela en Francia. Pero aun Poe es un pionero de la poesía propiamente estadounidense cuando advierte, en su trabajo sobre “El cuervo”, conocido como “Método de composición”, que solo al final de ese largo poema narrativo y musical la figura del cuervo cobra un carácter simbólico, pues, en su entender, la idea más profunda de un poema debe ser subterránea. Con esto, abre las puertas del simbolismo en Francia, vía Charles Baudelaire, y del modernismo o simbolismo en su propio país, con Wallace Stevens tal vez como su mejor expresión. Nunca Francia y Estados Unidos estuvieron tan cerca como cuando Stevens comprendió, paralelamente a Mallarmé —quien a su vez lo supo ver en Baudelaire—que la realidad que puede expresarse es siempre “un bosque de símbolos”, un platónico armado que habla de la verdad como representación. Stevens reparó en que los componentes de ese “bosque” baudelaireano son asimismo carne y piedra, madera o nieve reales: no solo pensamientos o visiones, sino también paisaje sensible. Y Williams fue muy expreso en esto cuando formuló su célebre verso “no ideas sino en las cosas”. Y, más que ninguno, Ezra Pound, quien llamó “imaginista” (de imagen, no de imaginación) a la escuela que fundó en Europa en el mismo
momento en que Filippo Marinetti creaba el futurismo.
Desde tiempos remotos, el flash y la anécdota, por un lado, y el poema fluyente whitmaniano por el otro, al que se sumó el pastiche vía Williams, Eliot y Pound, fueron las formas que desarrolló la poesía en los Estados Unidos. Porque esas vías estaban en la lengua, y porque su forma básica ya no era ni la oda ni la elegía ni el breve poema amoroso sino la parábola bíblica. Todo lo cual se une en las experiencias del objetivismo y de la llamada “escuela de Nueva York” en tiempos más cercanos.
Mientras toda la vanguardia daba lo mejor de sí en la Argentina, a la par del coloquialismo que reingresaba el versículo como metro preferido y la inflexión hablada como ritmo, un hombre gris decía: “Poesía es lo que ves”. Sin proponérselo quizá, Joaquín Giannuzzi fundaba una tradición paralela a la yanqui, de la que se apropiaron en seguida los muchachos que en los setenta y ochenta comenzaron a traducir a los norteamericanos.
Quien escribe estas líneas ha querido mostrar aquí una historia alternativa a la noble tradición vanguardista francesa. Jonio González ofreció a lo largo de muchos años una narración de esa experiencia, con incesantes traducciones de sus poetas preferidos, que por fortuna —como se verá aquí— son muchos y con creces representan la historia que a su vez quiso reseñarse en este prólogo, y que nos sumerge —no hay dudas— en lo que fue y es un nuevo “bosque de símbolos”.
Prólogo a Poetas norteamericanos en dos siglos, volumen 1,
versiones de Jonio González; Ediciones en Danza, e-books, 2020.
(Del libro: "Nada Personal.
Todo Personal.Obra Crítica,"
Barnacle, 2025, Envío
de Alberto Cisnero)
Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949-2025) Pueden leer biografías, poemas ensayos, traducciones -del Dante y de otros poetas italianos-, aquí: Jorge Aulicino
Pueden LEER los POETAS NORTEAMERICANOS EN DOS SIGLOS en los e-books gratuitos que pueden bajar de la página de Ediciones en Danza o leer aquí la selección que hice de algunos poetas con las traducciones de: Jonio González, donde también pueden leer sus propios poemas.

