viernes, 10 de julio de 2026

EL ÁNGEL CONTEMPORÁNEO

 


Colores

“Porque ese cielo azul que todos vemos 
no es cielo ni es azul, ¡lástima grande 
que no sea verdad tanta belleza!” (*) 
Bartolomé Leonardo de Argensola

El sentido de los colores vive pegado 
a la ligereza del capricho
la pasión es rojo blanca la pureza
gris la tarde de lo triste o del aburrimiento
así con tantas cosas…             y lo negro 
siempre lo negro
el color todo es apenas un límite 
la escasez del ojo que no alcanza
ínfimas o enormes vibraciones acaso 
como quienes aman a los ángeles 
aunque nunca los vieron los fabulan 
como esos atributos las pasiones 
con que se han vestido los colores 
tal es el poder de lo invisible
tan cerca como la furia la locura 
las heridas del pesar el amor también 
y las alegrías (eso tan tenue)
en cambio el tiempo flecha incolora 
y los tiempos presentes que acechan 
con los colores del imaginario
el virus de la palabra
y la voz que no se detiene.


(*) Del soneto “A una mujer que se afeitaba [maquillaba] y estaba hermosa”.


Asuntos de la memoria

El ángel ha observado desde lo alto el divagar 
de los peripatéticos mojados en la levedad 
pero ya sin sus alas mira y no soporta
la ligereza que abruma sin poderlo evitar 
y campea por lo nuevo de sí un viento
el vientre 
los huesos
los fluidos de la finitud
le preocupan algunas formas que toma 
un peregrino que repudia
es la tristeza y sus posibles mudanzas 
entonces difunde su mundo celeste
con verba y verbos enigmáticos y olvida 
en el olvidar del apuro que su olvido 
esa proposición diurna
no es el de la oscuridad más fértil 
noche sin luna en el cielo estrellado 
la temible la torre
que fortalece los calibres de lo triste 
y acerca su horizonte y la memoria 
no
su olvido es una luz que ciega
cualquiera mirada para que no vea y crea 
que nada hubo ni pasó en su detrás
que nada espera en su adelante
ni en la pena del penar en el transcurso.



Destellos

Polvo de luz piedra triturada rayo 
vuelto partículas el fuego que alumbra 
la errancia del ángel contemporáneo 
él sabe de su condición material pero 
evoca y está convencido que la luz
los rayos enteros están en su interior 
viven escondidos a la espera
y sostienen con mano de hierro 
la fuerza de su certeza
¿Saben del resplandor vuelto polvo de sal?
¿Han visto —vislumbrado siquiera—
el brillo postrero en los ojos de la mujer de Lot? 
Volver la mirada tiene muchos matices
y el riesgo de no poder ignorar 
las erinias de la repetición

por la cercanía del sol arden sin cesar las alas 
de todo Ícaro y tal vez la imagen en vuelo 
del ángel contemporáneo
si los rayos del mirar de la legión 
vislumbraran el propio padecer
la oscuridad en el sonido de las tripas 
y otra vuelta de la rueda.



Orden terrenal

Él desconoce algunas cosas
el palabreo musical de los poetas 
o las muecas del tahúr
el susurro en los huesos del que hablan 
a escondidas aquellos que meditan
Es que parado en las piedras del planeta 
no está en sus pies la firmeza de la luz 
ahora y aquí ya no es el cielo
y aquella dimensión es un incendio 
un calzado varios números más chico 
en los pies de su corazón radiante 
acaso por eso el ángel contemporáneo 
ve latir un temblor en su mano diestra 
y un paso vacilante que debe sustraer 
a las miradas curiosas de la insidia
¡…y ese ruido! —grita
es el zumbido del enjambre —le responden 
pero el desconcierto no se retira y no puede 
oír la voz que le dicta en su cabeza
entonces ordena que sus querubines 
vuelen en manada y paren el bramido 
que se extingan también los aparatos 
del aire acondicionado.



Crepúsculo angelical

Declina el sol y nadie mira la luz hacia el poniente 
en la gran ciudad se camina veloz por la rush hour
entre turistas de andar cansino que toman fotografías 
con sus aparatos robóticos
pero vos detuviste la mirada en el cielo
el ocaso adivinándolo tal vez en el cambio de los colores 
en alguna sonoridad
en un amarillo final
cierto naranja detrás de animosos ruidos
o el rojo en pos del azul demacrado por los avisos de la noche 
recordaste que a campo abierto te gustaba verlo hundirse
la última rodaja decías
un punto de brillo apagándose y ahora como aquellos 
de la caverna que todo fabulaban por su sombra
vos hiciste igual con los colores y el sonido 
con la pura imagen de la luz pero
bajaste la mirada y el mundo en movimiento 
el azar… otra vez
en las grandes pesadillas y en las grandes urbes la noche 
te dijiste
llega 
cae
nadie mira ni te acompaña 
una piedra sigilosa golpea
raja el cristal de tu callada vidriera.

(Del libro homónimo,
Barnacle, 2026,
Envío de Alberto Cisnero)
Alberto Boco


Alberto Boco nació en la Ciudad de Buenos Aires, República Argentina, en 1949, donde actualmente reside. Ha publicado 10 libros de poemas: “Arcas o pequeñas señales”; Buenos Aires, 1986, Libros de Tierra Firme. “Galería de ecos”, Buenos Aires, 1989, Ediciones Último Reino; “Ausentes con aviso”, Buenos Aires, 1997, Libros de Tierra Firme; “Cartas para Beb”, Buenos Aires, 2007, Edición del Autor. “Riachuelo”, Buenos Aires, 2008, Ediciones de la Quintana; “Malena”, Buenos Aires, 2012, Edición del Autor; “Estación de nosotros”, Buenos Aires, 2014, Buenos Aires Poetry; “Visitas inoportunas”, Buenos Aires, 2014, Editorial El Jardín de las Delicias; “Para un programa de disolución y otros textos”, Buenos Aires, 2016, Ediciones En Danza; “Enigmática gracia de las cosas”, Pinap Ediciones, 2025. Mantiene inéditos 14 volúmenes de poesía (12 libros y 2 plaquetas).


miércoles, 8 de julio de 2026

UN DIOS TURQUESA


Uno

 

El pasto recién cortado
desprende ese aliento
de lo que fue dividido:
una parte
quedará aferrada a la tierra
la otra
será solo paja.

Tengamos la cabeza en estado de verano
no hay necesidad de pensar cuando todo brilla.

Desde la sombra aparecés en cuadro
entre árboles que alguien plantó para refrescar la siesta,
un cuerpo vigoroso que avanza
y se recorta
como si el tiempo no hubiera deteriorado tejidos
como si nunca
lo hubiera enfermado
tampoco ahora, de repente.
O es mi memoria
que fijó una foto mental.

La belleza. No es ningún secreto.
No me avergüenza decir que lo amé por su belleza.

***

El hombre con el que vivo me dijo:
voy a adorarte, pero también voy a ser
tu casa segura.

Una casa propia
que responda a todos tus problemas es la respuesta
a todos los míos.

Yo me quedé al borde de la puerta
para cuidarlo.
Algunos días solo le pongo más tronquitos al fuego
y me siento a esperar.
Otros me muevo como un tornado que se lleva
todo lo que no está amarrado.

¿Acaso no hicimos un pacto como si fuera para siempre?
¿Para qué queremos lo que no resiste?

  

Las calles subían como viboritas
nos fascinaban la piedra antigua y las casas
que se encimaban para que,
con un giro de cabeza,
siempre apareciera el mar:
un dios turquesa socializado como prueba
de que todos nacimos del mismo corazón de agua.
Comprábamos fiambre quesos pan
un plavac,
el único vino que podíamos nombrar.
A la habitación le decíamos covacha, 
si estirabas el brazo
podías tocar las vigas que sostenían el techo, 
pero si te sentabas en la terraza a mirar 
las lucecitas del puerto 
sentías que nadie se animaría a destruir 
la belleza del mundo.
Anoté:
el aroma del aceite de oliva que nos dio la dueña
su risa cuando le decíamos gracias
el traguito ardiente
que no podíamos rechazarle al marido,
un veterano que nos quería contar
cómo cruzó fronteras entre tiros para
finalmente
hacerles lugar en su casa a los turistas enamorados,
el jamón crudo que pagamos
con billetes del Este
bajo el halo del poeta militante
que sentado en la mesa del fondo de El Pulpito
enrollaba fetas de bordes finos como hebras de seda
y dicen que decía
nada mejor en esta vida que el jamón de la Costa Dálmata.
Un lugar de fantasía, una bandera
blanca que levantamos
cada vez que estamos por apretar
el botón de guerra privada.
 
Dos
 
Nuestra hija
quiere hablar de la muerte,
pero es tarde y nos ve
cansados, acá en la cocina
a la espera de que la noche
alimente esta inercia doméstica
que para ella es la coronación del tedio y
para nosotros, un pacto
de corriente continua
que, si se cortara,
nos dejaría a oscuras.
 
En cambio, amontona
las migas en el borde
de la mesa, no las barre
con la palma de la mano, las deja
ahí, como puntos suspensivos, pide
un poco de vino, pregunta
como si fuéramos
parientes lejanos, solo unidos
por un gesto familiar, el trazado
de las cejas, un modo
de torcer la boca: “¿por qué
tuvieron hijes?”.
 
Los platos sucios a nuestras espaldas, mañana
habrá que lavarlos y será
lo primero que alguno de los dos
haga en el día.
  
 
(Del libro homónimo,
Caleta Olivia, 2026)

Fernanda Nicolini
 

Fernanda Nicolini (1979). Nació en Morón, creció en Mar del Plata y vive en Buenos Aires desde los 18 años. Cursó cinco años de Derecho pero se recibió de perio­dista. Fue redactora en las revistas Llegas a Buenos Aires, TXT y Noticias y en el diario Crítica de la Argentina, y dirigió Brando. Escri­bió los libros de poesía Ruta 2 (Gog y Magog) y El cuerpo en la batalla (Caleta Olivia) y cuentos en diversas compilaciones. Es coau­tora con Alicia Beltrami de Los Oesterheld, la biografía familiar del autor de El Eternauta. Participó del libro Perón y el gremio de prensa, editado por Sipreba, en el que recupera el paso de Rodolfo Walsh por la CGT de los Argentinos. Actualmente trabaja como editora, colabora con La Agenda Revista y dicta talleres de escritura.

 

lunes, 6 de julio de 2026

EN DONDE, EL QUIEBRE

1_ Infinita ilusión Samsárica

1.1_ Flores del infinito

Mientras corrías 
te estirabas y  deslizabas
sobre un piso de mármol
réplica de la historia,
del sueño samsárico.
Pestañeaste la verdad ensillada 
a tu escenario utópico, 
lleno de nudos,
hasta que llegaste
a la comprensión
a una herradura de turmalina
a una cadena de pervincas 
con espinas
y, rodeada de parque
giraste el frío del suelo
y, de su sombra,
rotaste el rocío,
pudiste hendir lo incierto.


Hierbas y plumas
ladean la balanza
hasta enmudecer 
al gusto y al tacto.
Amapolas 
enjambres rutinas 
semillas de sésamo, de chía;
plumas de pavo real, 
zafras y plumerillos 
decoran, se balancean, condimentan
antes de ser saboreados
antes de no existir más o existir  
en la memoria de un gusto,
antes de restablecerse átomos 
combinación 
de hierbas plumas.


1.2_En el medio, agua savia sol

Entre las nervaduras 
aún traslúcidas.
Entre las raíces desnudas
nuestros huecos se llenan
con un sutil morado.
Hilos paralelos sostienen
cascadas de panales.
A nuestro este,
barriletes anuncian
la transformación del viento
en un dulce índigo amanecer


1.4_Átomos Tierra


En esa cubierta y aquel piso a la vez
hay supuesta materia de los dos lados.
En esa realidad y aquella otra realidad,
que no se ve, lo dual
conforma paralelas,
paralelas que se unen y se desintegran
formando otras dimensiones
a la espera
de ser descubiertas.


2_ En donde, el quiebre


2.2_ De tiempos en Uno
         
Me disuelvo     cada día
                en la madurez frutal de los antepasados
                en el asombro de mi continuo mental.
Cada día me Uno
                   a lo amargo y a lo feliz
                   a los interrogantes esenciales
sin respuestas
(solo) encuentro
tantas conversaciones sin sentido
tantos silencios que vislumbran, perciben hechos
con y sin razón, dualidad samsárica.
Me disuelvo, me uno
cada día soy   
               antepasados y continuo mental
porque siempre
habrá una nueva variedad de flores,
con o sin espinas,
esperando.

(Del libro homónimo,
Barnacle, 2026,
Envío de Alberto Cisnero)

Marcela S. García Ferré



Marcela S. García Ferré. Escritora. Arquitecta. Escribe poesía desde pequeña; desde 1997 ha recibido diversos premios e integra 25 antologías. Publicó: “Del otro lado, lo ausente” (Editorial Vinciguerra, 2010); “Dentro, los días” (Del Dock Ediciones, 2022); “En el medio, los elementos" (Editorial Imprenta de Libros. Fondo Municipal de las Artes de Tigre, 2023).A partir de 2008 participa como invitada en “Encuentros de Escritores”, donde realiza talleres de lectura y creatividad. Fue traducida al catalán, italiano e inglés. Administra el blog “Vértebra de Letras”. En eventos de Monasterios Tibetanos formó parte del equipo de traductores corrigiendo antiguos textos budistas. En 2025 la SADE, filial Moreno, le otorgó el nombramiento de “Socia Honoraria” a su: “Trayectoria Literaria y Aporte a la Cultura”.
 

sábado, 4 de julio de 2026

EL EFECTO DE LA REALIDAD


Selección de “EL EFECTO DE LA REALIDAD” -1959-1979-

 
Retrato de Laura
 
Una persona de rota mirada
si viene a ser una mujer
escrita por un hombre
como generalmente ocurre en un poema
pone fuego a la punta
del cigarrillo
y mira hacia el autor
imaginándolo entero
grotescamente entero
dando lugar
a una profunda decepción
por parte del otro.
 
 
El efecto de realidad
 
Se trata de tomar la realidad.
A falta de.
Eso aquí: tener
la realidad. (¡Oh flash!)
¡Tener! O algo que dé noción de realidad
ganas de realidad, ¡oh rey!
 
Tener la realidad.
O el truco de creer
en cosa tocada a otra.
Señoras; Dioses;
allí donde haya o quepa verso
trato.
 
Muchos tratan.
y uno trató, trató, trató
marcó el famoso paso de tratar y se fue.
 
Otros: ¿Maltratan?
¿Es cierto que han dicho que dicen que dijeron que
Dichos maltratan…?¿Restan
aún tratos que sólo a duras penas entran
y pese a todo en la famosa
realidad?
 
¿O es que alguien cree
en la limpia mano
abusiva
de esa poesía
abusadora?
 
 
El camino del cisne
 
 
Saludo a la armonía que surge del reconocimiento del espejismo
del orden, del espejismo de la armonía.
 
Un logro. Puedo canjear mi vida por un logro; mi corazón
por un efecto nítido sobre mi corazón.
 
Hay sol, abundancia de sol y grandes simuladores de la
alegría suceden con frecuencia. Hay un arte de sostener 

indefinidamente, a la altura de los ojos, la desazón,
la displicencia y aun el asombro del goce reiterado de
la desazón.
 
Varado en un poema por años.
 
Saludo a esa áspera señora dentro de mí que insiste con su
show.
 
Hay un arte de sostener por horas cierto registro de la voz que persevera en reflejar la opacidad, la opacidad del día a pesar
de todo.
 
Varado en una gama, en un tic, por años.
Hay un arte para la clasificación y el cotejo de las pruebas
del que resulta un orden arbitrario que da lugar a imágenes de orden en el consumidor desprevenido.
 
 
De: “PARTES DEL TODO” -1985-1997-
 
Versión (de “Diálogos del aire”)
por Once
 
Et, quand nous respirons, la Mort dans nos poumons
Descende, fleuve invisible avec des sourdes plaintes.
 
Fumar: quemar un tiempo acumulado
por el trabajo humano en el tabaco.
Colmar la nada que parece el aire
con las formas del humo controlable.
Llenar todo vacío con los sueños
de otros que por ajenos son más nuestros.
Tramar con las imágenes triviales
de los medios, nuestras escenas reales.
Placer pequeño, humano, tolerable.
Social, fiscalizado, numerable.
Fumar: desear que lleva hacia un deseo
de volver a desear buscando el nuevo
desear que nunca cese y siga ardiendo
y en sed que arda insaciada arder viviendo.
 
 
Versión (de “Diálogos del aire)
 
por Catorce
 
Et, quand nous respirons, la Mort dans nos poumons
Descende, fleuve invisible avec des sourdes plaintes.
 
El placer de fumar, el placer de quemar
lo que nos llega sólo para ser consumido
y en eso se consuma. El placer de encontrar
en la nada del aire un sabor conocido
un aroma sin nombre, conocido, habitual.
El placer del colmar el aire, este vacío
con el cuerpo del humo que se disolverá
en la nada del aire cesando, convertido
en deseo de volver a desear y volver
otra vez a desear persiguiendo un deseo
intacto que no cese ni se apague al prender
la brasa y que arda en ella convertido en un fuego
ínfimo y casi interior y casi eterno y lento
como el hombre, aspirado desde un vacío del tiempo.
 
 
De: CANCIÓN DE PAZ (2002)
 
Poema de los días
 
 
Poema de los días
Es la poesía del movimiento:
la conversión del movimiento en cosas
de pensar: la utilidad del tiempo,
el gasto humano, la recuperación
de la materia y la gradual desaparición
de todo lo que hay.
 
Ay el día y toda su luz...
 
Ah... Y las noches
partes indispensables de lo que era.
 
Y el contenido de lo que habría que ver:
el deber-ver ahí conteniéndonos.
 
Ay, sí: ahí en nosotros,
aquí en un puesto que ocupamos eventualmente,
el deber-ver como una orden que nos ordena.
 
En fila vamos con el día.
 
En su girar-con, o encima de nosotros.
No encima nuestro, porque lo nuestro se perdió
como el pan nuestro y el amor nuestro de cada minucioso
           recorrido
de este girar ajeno que representa el día.
 
Mirábamos el día
y ellos miraban las estrellas y los planetas
y proyectaban cálculos, causas, órbitas, fuerzas y relaciones.
(¿Y qué serán las fuerzas?)
La fuerza estaba en la razón
La fuerza estaba en la comida.
La fuerza estaba en el olor de los nenes y en los bebés.
 
Allí en la leche estaba aunque lo niegues.
En el aliento, en este brazo, en la respiración,
aunque lo niegues.
 
Pero mirábamos el día
y ellos miraban el universo imaginándolo una esfera
veteada de órbitas
e imaginaban fuerzas.
Era su modo de mirar el día.
 
¿Entienden? —preguntaban.
Y uno acataba la orden de entender
y así le contagiaban el universo.
 
Uno más, contagiado, yo.
El universo para no ver el día...
Yo, para no ver el día.
(Para enterrarme allí en el día y no verlo y que el día
me arrastre junto a todos con él y así enterarme, tarde
de que vivir
es
no mirar
el día:
obedecer.)
 
Desobedezco: miro
el día en el poema de los días.
El día entero: un movimiento
de retorno del cielo y el aire.
Lo azul, el gris, el terciopelo
cribado de las noches.
 
Todo retorna y cambia y permanece.
 
Todo:
ahí ir, desentenderse y darse
al movimiento circular del día.
Arrastrarse hacia el este, al alto este
para después subir hacia la noche y seguir
progresando por ella hasta la aparición del sol.
 
El sol vuelve a salir y estamos en el día.
No quiero que hoy vayamos al cine ni que nada
interrumpa este viaje hacia el este
en el poema de los días.
 
¿Te imaginás los días enteros viajes hacia lo alto del este,
sin enterarnos de otra cosa que de nuestro ir hacia adelante
y de la eternidad de este caer?
 
¿Te imaginás los días enteros

sin la más puta noticia de diarios ni de radios y sin 
las putas interpretaciones de la televisión?

 
Todo está bien mamá: si vos querés, improvisemos
para este día una falsa fiesta con putas y bebidas
total el día seguirá hacia adelante.
Pero que el mundo no venga a interrumpir la vigilia del día
ni la verdad del día.
 
Porque en el poema de los días
el día nos concierne, el mundo no.
El mundo viene concernido y por otros.
¿Dale que así no lo queríamos?
 
El mundo, el mundo, esa inmundicia de cosas predispuestas
para olvidar el día y lo que somos.
Vayamos con el día y si querés
hagamos una fiesta con falsos amigos que beban con nosotros
y escuchemos el mundo
pero mirémoslo caer hacia el este a lo alto e irse con el día.
 
El trapo negro de la noche se lleva a los amigos.
Giran, desparecen, caen sobre el mundo.
Se cargan de noticias, deberes y movimiento errático.
Se pierden los amigos.
 
En el poema de los días
se pierden todos los amigos.
También nosotros
nos perderemos, disueltos entre las rotaciones
de tanta luz y tanta oscuridad sucediéndose.
 
Pero estamos aquí.
Todavía aún estaremos aquí, llevados por el día
y nadie más.
 
¡Unico viaje el día!
 
Pisar descalzos sobre el día.
 
Oír solamente el día, lo más humano.
Atender-entender el silencio del día
la obstinación callada del girar.
 
Somos un ruido que desaparece.
 
¡Ay día a día la apariencia del día...!
 
¿Dónde estaremos? ¿Dónde estoy?
¿Dónde estás en el hoy?
¿Dónde sos otro en el otrora
de todos los momentos?
¿Dónde más preguntar?
 
Todo está bien, pero pensemos:
por un rato pensemos la posibilidad
de salir. Sin ir más lejos, pen-
­semos en la nieve, en el mar,
en un puerto, la bahía con su fon­-
do de montañas, las barran-
­cas que bajan por los acantila-
­dos de piedras y una cale-
­ta de pescadores reciclada
para el turismo. Micro-
casitas de pescadores recicladas
para el turismo. Por fuera, paredes de tablones,
techos de cinc pintarrajeados, y adentro el aire
acondicionado central de la red
hotelera: el primer mundo
en el puertito.
Imaginémoslo.
Imaginémonos, por un instante
salir...
 
Y esas playas...
Las pequeñas bahías de aguas templadas con
sus fondos de arena y piedra: peces.
 
Prefiero el día.
Quedarme en este ni siquiera aquí del día.
 
Si a mí no me trajeron al mundo.
Si yo era el mundo y me trajeron a un día
que insiste y permanece.
 
Son nuestros días permaneciendo, y llevan
todo y voy ya
con ellos.
 
Así con ellos voy, yo
en el día el día.



De: GENTE MUY FEA
 
El encuentro de la fealdad
 
No es lo feo: es lo que veo:
el mundo, esta mujer insoportable
y el destino de empujar el carrito
del mundo —insoportable—
entre los bordes del patrimonio ajeno.
 
Y el matrimonio, ajeno a todo,
reproduce la belleza del verano
con su cámara digital
desde la terraza de un hotel
sobre la tierra intoxicada por la fealdad
del aire.
 
Ah... Ahí era un viaje a la felicidad.
 
La muerte, pero, por debajo,
abonaba el terreno
y las ruedas del carro de la felicidad del mundo
trazaban huellas sobre el terreno
—dispares y sinuosas como la vida—
mientras la felicidad brillaba entre las copas de los árboles
siempre ella debajo, encima, o lejos de la cabeza.
 
Por eso, ver es la única:
ser lo que veo, lo feo,
ver lo que somos:
 
             ¡El mundo es nuestra muda acomodación
             a la fealdad que calza la vida
             mientras el hueso se desnuda!
 
No sé qué escribo, digo: sé
lo que dije, es lo que soy yo, y lo que veo:
lo feo de espejo, este recorte
nuestro de cada diario
es el terreno de la guerra
acotado. ¡Esos son muertos!
 
¡Qué muertos válidos
los de la guerra..!
No muertos pálidos
de sida de hospital
de amargura, de tristes,
o de tos, de su dosis letal
de excitantes, calmantes,
publicidades, medios.
 
Éste es un viaje hacia la paz
doméstica: la lectura
del diario, el dormir
diario, y el ovario —mensual,
oblando— y el matrimonio
hablando de la fealdad
más allá de la puerta
y del peligro e hijos
más allá de puerta
y el consumo mensual
y las salidas semanales
los fines de semana
y la finalidad de la semana:
                medir con su fealdad
                el tiempo de los hombres.
 
Éste es el carro de la vida
atascado en los días
de la semana de la vida.
 
Los siete días de la vida,
sus manchas rojas
y las luces del aire
que ya no sé por qué
laten así al mirar
apagándose, con el pulso de toda la fealdad
que nos devuelve a la vida.
 
 

(Del Libro:  Poesía completa,
Alfaguara, 2016)
 
Fogwill
 
 
 
 
Rodolfo Enrique Fogwill, más conocido como simplemente Fogwill, nació en Buenos Aires en 1941 y murió en la misma ciudad en 2010.  Sociólogo. Profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, editor de una legendaria colección de libros de poesía,"Tierra Baldía". Ensayista y columnista especializado en temas de comunicación, literatura y política cultural.  Es autor de las novelas Los pichiciegos (1983), La buena nueva de los Libros del Caminante (1990), Una pálida historia de amor (1991), Vivir afuera (1998), La experiencia sensible (2001), En otro orden de cosas (2002), Urbana (2003) y Un guión para Artkino (2008); de los libros de poemas El efecto de realidad (1980), Las horas de citar (1980), Partes del todo (1991), Lo dado (2001), Canción de paz (2002) y Ultimos movimientos (2004); reunidos en el volumen de Alfaguara de su Poesía completa;  y de los libros de relatos Música japonesa (1982), Ejércitos imaginarios (1983), Pájaros de la cabeza (1985), Restos diurnos (1993) y Muchacha Punk. (1998), recogidos en Cuentos completos (2009). Sus ensayos e intervenciones de prensa fueron compilados en Los libros de la guerra (2008). Su obra narrativa fue traducida al alemán, hebreo, francés, inglés, portugués y chino mandarín. En 2003 obtuvo la beca Guggenheim y en 2004 el Premio Nacional de Literatura. Luego de su muerte, Alfaguara publicó su obra inédita: La gran ventana de los sueños (2013), Nuestro modo de vida (2014) y La introducción (2015).
 
Pueden LEER uno de sus poemas más célebres AQUÍ: LLAMADO POR LOS MALOS POETAS y otro poema, más uno de sus cuentos  y artículos: AQUÍ


 

jueves, 2 de julio de 2026

EXILIO



Exilio

Estas colinas son arenosas. Los árboles aquí son enanos. Los         
cuervos

Graznan tristemente en cielos de un brillo árido,
Se quejan en pinos polvorientos. Un amanecer amarillo
Ilumina en las vastas laderas pardas un rocío helado,
Rocío tan pesado como la lluvia; las huellas de conejo
se ven claramente en él, como lo harían en la nieve.
Pero pronto desaparece con el sol, ¿de qué sirve?
Las casas, en la ladera, o entre árboles marrones,
Son grises y rugosas. Y los hombres que viven aquí
Son pequeños y marchitos, como arañas de ojos grandes.
 
 
Trae agua contigo si vas a vivir aquí.
Cisternas frías tintineantes, o pozos tan profundos
Que uno parece atisbar el Ganges o los Himalayas.
Sí, y trae montañas contigo, blancas, orientadas hacia la luna, 

Montañas de hielo. Tendrás necesidad de estas
Profundidades y picos de humedad y frío.
 
Trae también, en una jaula de alambre o mimbre,
Aves de sobra color dorado, que cantarán
Sobre hojas que no se marchiten y acuosas frutas
Que pesadas cuelguen de largas ramas melodiosas
En los bosques azul-plata de los valles profundos.
 
Yo llevo aquí, ¿cuántos años? Incontables años.
Mis manos crecen como garras. Mis ojos son grandes y famélicos. 

No traje ningún pájaro, no tengo ninguna cisterna
Donde encontrar la luna, o un río, o nieve.
 
Algún día, por su ausencia, desplegaré una tela
Entre dos polvorientas copas de pino y me colgaré allí
Boca abajo, como una araña, mecida tan suavemente
Como el espíritu de una hoja. Los cuervos graznarán sobre mí.
 Y todas las noches y todas las mañanas me beberé el rocío.
 
 
 
Verano
 
Cero absoluto: la cigarra canta:
el verano atrapado en los anillos de la eternidad:
la roca explota, el planeta muere,
levantaremos con palas nuestras verdades.
 
La navaja lima el rostro
y en el espejo nuestra carrera fugaz
se ilumina por el relampagueante guiño del infinito,
que bajo el trueno trata de pensar.
 
En esta frágil vasija, el granito derrama
los aullidos atemporales como todos al aire libre
el sensual instante levanta un muro
abierto como el viento, muro sin ser un muro:
 
mientras sigue obedeciendo a las válvulas y las perillas
la vascular gramola palpita y solloza
exponiendo esperanza planteando anhelo
proponiendo amor, pero nunca aprendiendo
o sólo aprendiendo en la compuerta cero
como la cigarra del verano el odio final
hielo sin forma en una llanura sin forma
que era y es y sigue siendo.
 
 
 
Cuando no te sorprendes
 
Cuando no te sorprendes, no te sorprendes,
ni saltas con la imaginación de la luz del sol a la sombra
o de la sombra a la luz del sol
adaptando el color del miedo o la delicia
a la circunstancia desconcertante
cuando ya no te sorprende
la quietud o la furia del amanecer
la tormentosa subida de la ira del sol
sobre los bordes desgarrados de árboles
torrentes de vida y muerte arrojados
hacia arriba y hacia afuera, hacia dentro y hacia abajo, hacia el                  

    espacio
o de lo contrario
paz paz paz paz
el zorzal manchado cantando su santo santo
muy escondido en el bosque de la mente
mientras las ramas de luz
se desenrollan lentas
y la superficie del mundo de nuevo sueña con la noche
como el centro sueña con la luz
cuando tú no te sorprendes
por el aliento y aliento y aliento
la primera respiración inconsciente de la mañana
el toque del pico del pájaro en el cristal
y no gritas, ven de nuevo
Bendito bendito tú ven de nuevo
o luz o sonido o canto de pájaro o luz
y memoria también o memoria bendita
y maldita con las viejas deudas
que no se quedarían, o se quedan
cuando no te sorprendes
por muerte y muerte y muerte
muerte de la abeja en el narciso
muerte del color en la mejilla del niño
en el pecho de la joven madre
muerte del sentido del tacto de la vista
muerte del deleite
y la muerte interna la noche que gira hacia dentro
cuando el corazón se endurece con odio e indiferencia
por odiarse y no amarse
cuando no te sorprendes
por el giro de la rueda o el cambio de estación
el carro alado y orbitado de la inclinación del tiempo
la pausa feliz, la cesura azul de la primavera
y la rima solar
tejida en el nido divinamente recordado
por el amor de ojos oscuros en el pecho de la oropéndola
y las mareas del espacio tocan el timbre del corazón
mientras todavía, mientras quieta, la ola del mundo invisible
rompe dentro de la conciencia en la mente de dios
luego da la bienvenida a la muerte y es benignamente
          bienvenido por la muerte
y se une de nuevo en el incesante no saber
de donde te despiertas a la primera sorpresa.
 


El saltamontes

 
Saltamontes
saltamontes
todo el día
te oímos rasgar en la guitarra
el canto estival
          como
                oxidados
                           violines
                                        en
                                 el
                césped
cuando a través
               del sendero
                         de la pradera
                              pasamos
tales piernas cómicas
tales graciosos pies
y nos preguntamos
lo que comes
tal vez una sola gota de rocío
bebida a sorbos de una hoja de trébol haría
que entonces alto en el aire
          otra vez saltaras
                para caer de nuevo en el pasto
                             y cantar.
 
 
(Del libro: Antología de poetas
laureados estadounidenses-1937-2018-;
Vaso Roto, 2019,Ed.no bilingüe)
 
 Conrad Aiken

                             (Traducción: Luis Alberto Ambroggio)
 
 
Conrad  Potter Aiken nació en 1889, en Savannah, Georgia y murió en Savannah, en 1973. Poeta estadounidense.  El asesinato de su madre por parte de su padre y el suici­dio de éste, cuando Aiken tenía once años, tuvieron un profundo impacto en su desarrollo y su percepción de la vida. Lo refleja su autobiografía Ushant (1952), así como la frecuencia con la que trata temas psicológicos, con toques freudianos, en textos intros­pectivos en los que la metáfora del viaje significa el recorrido ha­cia la autoestima y el conocimiento identitario. Fue criado por familiares en Massachusetts y se graduó en Le­tras (ba) en la Universidad de Harvard en 1912, al mismo tiempo que T.S. Eliot y E.E. Cummings. El famoso filósofo Jorge Santayana fue su mentor. Durante este periodo se desempeñó como editor asociado de la revista Dial, al tiempo que mantuvo una relación de amistad con Ezra Pound, cuya estética habría de nutrirlo tanto como su estilo, muchas veces a manera de homenaje, bajo la in­fluencia de poetas como Henry y William James, Walt Whitman, los simbolistas, los románticos ingleses, Edgar Alian Poe, así como su relación con William Carlos Williams y Robert Penn Warren.Autor de más de treinta poemarios, algunas de sus obras son: The Jig ofForslin (1916), Charnel Rose (1918), Selected Poems (1929, Premio Pulitzer en 1930), Brownstone Eclogues (1942), The Kid (1947), Collected Poems (Premio Nacional del Libro en 1953), y Collected Poems 1916-1970 (1970). Aiken fue el noveno Consultor de Poesía de la Biblioteca del Congreso (Poeta Laureado) durante el periodo 1950-52. Entre otros reconocimientos que se le otorgaron figuran el Premio Bollingen, la Medalla de Oro en Poesía de la Academia Estadouni­dense de las Artes y las Letras, y la Medalla Nacional de Literatura. A pesar de que Louis Untermeyer afirmara que Aiken es «el más conocido poeta no leído del siglo veinte», vale la pena destacar la influencia que ejerció sobre el joven escritor inglés Malcolm Lowry, autor de Bajo el volcán, novela casi autobiográfica acer­ca de la estadía en México de los dos hombres.
Pueden LEER otros poemas del autor:  AQUÍ