Soneto del amor unitivo
Tan unidas están nuestras cabezas
y tan atados nuestros corazones,
ya concertadas las inclinaciones
y confundidas las naturalezas,
que nuestros argumentos y razones
y nuestras alegrías y tristezas
están jugando al ajedrez con
piezas
iguales en color y proporciones.
En el tablero de la vida vemos
empeñados a dos que conocemos,
a pesar de que no diferenciamos,
en un juego amoroso que sabemos
sin ganador, porque los dos
perdemos,
sin perdedor, porque los dos
ganamos.
Soneto a la doncella lejana
Inaccesible al viento que suspira
por apagar la luz de su cabello,
inaccesible al pálido destello
de la estrella lejana que la mira.
Inaccesible al agua que delira
por llegar a la orilla de su
cuello,
inaccesible al sol y a todo
aquello
que alrededor de su persona gira,
la doncella en su mundo de
diamante
inclina la cabeza lentamente
para escuchar en el remoto mundo:
el eco de un latido muy distante,
la resonancia de una voz ausente
y el sonido de un paso vagabundo.
Soneto lejano
Bello sería el río de mi canto,
que arrastra por el mundo su
corriente,
si dicho canto no naciera en
cuanto
el río se separa de la fuente.
Bello sería el silencioso llanto
de la estrella en la noche de mi
frente
si dicha estrella no distara tanto
de quien le da la luz
resplandeciente.
Bello sería el árbol de mi vida
si la raíz de amor lo sostuviera
sin estar alejada y escondida.
Bello sería el viento que me
nombra
si la voz que me llama no
estuviera
perdida en la distancia y en la
sombra.
Soneto interior
Aquí donde la tierra es menos
tierra,
donde el agua es el agua del
olvido,
donde el aire es un aire sin
sonido
y donde el fuego ya no mueve
guerra;
Aquí donde la tierra se destierra,
donde el agua carece de sentido,
donde el aire prefiere estar
dormido
y donde el fuego su pasión
encierra;
el hombre de mirada pensativa
substituye las cosas de su casa;
la tierra, con su carne fugitiva,
el aire, con el aire de su
aliento,
el agua, con su propio
sentimiento,
el fuego, con el fuego que lo
abrasa.
Soneto al Niño Dios
Te llamé con la voz del
sentimiento
antes de la primera desventura,
te busqué con la luz, aún obscura,
que despuntaba en el
entendimiento.
Pero siempre, Señor, sin
fundamento.
Pero nunca, Señor, con fe segura,
porque la luz aquella no era pura
y aquella voz se la llevaba el
viento.
Fue necesario que muriera el día,
que viniera la noche, que callara
la voz y que cesara la alegría,
para que yo te descubriera, para
que la desolación del alma mía
en el llanto del Niño te
encontrara.
Francisco Luis Bernárdez nació en Buenos Aires, en 1900, y
murió en la misma ciudad, en 1978. Hijo de padres españoles, viajó a los veinte
años, a la patria de sus ancestros. Allí ejerció el periodismo en Vigo, como
redactor de "Pueblo gallego", donde se relacionó con figuras como
Valle Inclán, los hermanos Machado y Juan Ramón Jiménez. Retornó a su país
natal, donde desempeñó actividades literarias en la Revista "Martín Fierro", e
integró, desde 1928, el grupo de la revista "Criterio". En 1925, vio
la luz su obra "Alcántara", año en que lo galardonan con el tercer
premio del concurso literario de la Municipalidad de Buenos Aires. En esta
época funda la revista "Libra", en colaboración con Leopoldo
Marechal, de quien era íntimo amigo.Integró, junto a notables figuras, como
Jorge Luis Borges, Ricardo Güiraldes y Conrado Nalé Roxlo, entre otros, el
grupo "Florida", perteneciente a la corriente del ultraísmo; estética
de la que pposteriormente se aleja. Una larga enfermedad le obliga a guardar
reposo a partir de 1930, y recién en 1935, se conoce otro de sus poemas:
"El Buque", de carácter intimista. A partir de entonces, su obra es
sumamente prolífica, destacándose: "Cielo sin tierra" (1937),
"La ciudad sin Laura" (inspirado en su esposa, y escrito en 1938);
"Poemas elementales" (1942), "Poemas de carne y hueso"
(1943) -por estos dos últimos libros se le concede el Premio Nacional de
liteeratura.-, "El Ruiseñor" (1945), "Las estrellas"
(1947), "El ángel de la guarda" (1949), "Poemas Nacionales"
(1949), "La flor" (1951), "El arca" (1954) y "Poemas
de cada día" (1963) y La copa de agua (1963). Bernárdez es uno de los muy
escasos poetas argentinos que asumió el catolicismo en su creación.



