Revuelcan en su comidilla
flores de ceibo destrozadas
ornamentan postes con posturas
emigran hacia formas colectivas en el cielo
tomadas por la euforia del sol cada mañana
advierten vibraciones, protegen el descanso
amigas de caballos, aran con el buey
traducen a los vientos
editan su semblante
apenas dejan huella
Piedra de contención
hacé durar en mí
la belleza del mar.
Verté en mi cueva vacía
la inteligencia del movimiento.
Que sepa cuándo arrojarme.
Y aunque me encuentres apagada
no dejes de prestarme
simpatía planetaria.
Ya aprenderé
a edificar mi fortaleza.
Una torre invisible
creció desde la barranca
conmigo adentro
hasta más arriba
de la altura de las copas.
Me adormecí viendo
los camiones cruzar a Santa Fe
y desperté flotando
en el cielo claro de noviembre
rosa y amarillo casi blanco.
En vuelo nupcial me arrojé
y la entrada a la torre
empotrada en la tierra
se recubrió de pasto.
Voy por un caminito apenas raleado
la luciérnaga intuición
apa y desa parece.
Ya quisiera yo encontrar un ascensor
que me lleve a humedecer
cada vez que lo quiera
la visión de mi espíritu.
Demasiado perezosa
para la larga escalera de lo divino.
Esta mañana
salgo a remar porque quiero
ser feliz
Trabados talón y torso
brazos en hélice
el escándalo del sol en mis rodillas
una flor
flota en un
plato verde y me alcanza
Cerca de la boya diviso
un chisporroteo de mojarras
saltando enloquecidas a la boca del aire
cuando llego la imagen se defracta
en mil olitas sin dirección
Parado en la copa
de un árbol sumergido
un biguá observa todo
con su cuello interrogante
Fruta fugitiva
¿Por qué tan presta
a abandonar tu centro?
¿Por qué altera el ambiente
tu caricia pregnante?
En ácido dulce
se desgaja la tarde.
Vas repartiendo
semilla y magnesio
con nombre de china
mandarina.
Soplo el polvo de dos estaciones
asentado en los conductos
de la estufa que responde
con un fulgor contenido.
Las voces que me habitan
acuden a un llamado
que no creo haber hecho.
Agolpadas bajo un techo diminuto
cómo no dejarlas pasar?
Hoy no puedo anfitrionar
les propongo que sean ellas
las que lleven la charla
elijan la música y pongan la mesa.
Duchas se ponen a obrar.
Se las siente cuchichear en la cocina
corretear por el patio, mudar macetas
pedir presupuestos, cambiar sábanas
arreglar la pérdida, respira la casa.
Aprovecho la ocasión
de vencerme con aplomo
una me quita el calzado
otra me hace una trenza
otra recita un poema.
Por último les confío mi cuaderno
para que escriban mientras duermo
una siesta encantadora.
Una sensación me acaricia los dedos
murmura palabras de otros tiempos
lagrimal, trifurca... ¿Cómo despertar
de este sueño cansado?
¿Qué vendrá por mí?
Entre mis manos un cofre
porta un tesoro
que deberé entregar
sin haber visto.
(Del libro homónimo,
Mansalva, 2024)
Daiana Henderson
Daiana Henderson nació en Paraná, Entre Ríos, en 1988. Publicó, entre otros, El gran dorado (Ivan Rosado, 2012), A través del liso (Determinado Rumor, 2013), Un foquito en medio del campo (Editorial Municipal de Rosario, 2013) e Irse (Ivan Rosado, 2018). Parte de su obra fue compilada y publicada en España y Estados Unidos, bajo los títulos Humedal (Liliputienses, 2014) y So that something remains lit (CardBoard House Press, 2018). Codirige la editorial Neutrinos, y gestiona espacios de encuentro en Rosario, donde vive actualmente.
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