domingo, 20 de septiembre de 2026

LA VIDA CRECE MURIENDO


aceptación

¿cómo defenderse de la invasión
de cangrejos en la cama
crujiendo y ocupando cada vez más
espacio intercostal?
había que decirles que sí
y transformarse
en arena cálida



segunda vida

respondieron que sólo días
quizás un par de semanas
ella contó su porvenir en horas
consciente de que decimos mentiras
muletas transitorias de esperanza
la mantenían con vida
fieles al imperativo
hacer que dure lo más posible
¿para qué? ¿para quién?
hurgó en su memoria
protagonista entre cables y tubos
se instaló en la segunda vida
en el recuerdo
su único órgano sano



El primer día que toqué un tumor, me desmayé. Del otro
lado del biombo, una mujer decía que los paliativistas
éramos los ángeles de la muerte.


qué mundo queda

¿qué vuelve con mis sueños?
¿qué postergaciones son imposibles?
¿qué voces hablarán de mí cuando no esté?
¿quién podará las acacias de mi jardín
que crecen sin medida?
¿por qué temo perder el amor
cuando pierdo la forma?
¿cuántos otros cuerpos necesito
para demorar este declive biológico?
¿cuántos estómagos voy a necesitar
para digerir toda mi nostalgia?
¿qué veo si me miro
en los ojos que me miran?
¿qué podrían cambiar
algunos días químicos de más?
¿es posible apropiarse
de una vida que se apaga?
¿qué mundo queda
cuando ya no pueda
habitar una metáfora?



expropiación

¿con qué cuerpo seguir presente
si sólo quedara el vértigo
a la falla hepática, cardíaca?
¿hasta dónde se extiende
la superficie del dolor?
¿es la nostalgia por el verano del ’80
las tardes en que prensaban las uvas
el tiempo de espera, la fermentación
la primera vez que sintió
en su paladar el mostillo dulce
la visión todavía nítida del viñedo
donde conoció la urgencia
del deseo hacia otro cuerpo?
¿qué resiste al desalojo?
sin respuestas, ella quería
abandonar esa zona
donde se acaban las palabras



los que saben

en el momento final
un lince rojo muerde
sus costillas desde adentro
y una palabra condensa
la vida entera
todo se ordena
a partir de lo injusto
o los hechos gravitan
alrededor de una deuda
acaso alguna vez se resumen
en un sentimiento de plenitud
saciedad previa
a la úlcera gástrica
o el de un nadador que sabe
cuando la boca marítima
decide engullirlo y se entrega
en el momento justo
no se ahoga, deja de respirar
en un acto voluntario
definitivo



Sólo hablamos con la mirada. O decidí creer eso. Y
Luriel no me dijo nada. Nos miramos por minutos,
muchos minutos. El silencio tomaba una forma densa,
crecía. Era un cuerpo más en la habitación. Amasamos
al silencio todos los días, durante dos semanas.



Me gustaría colgar unos cuadros inmensos en las
paredes descoloridas, descascaradas y públicas. Dirían:
acá nadie necesita “poner voluntad”. 



destino

sus padres insistían
en el determinismo de la culpa
las consecuencias del descuido
ellos no creían
en el azar



Una tempestad molecular hinchaba sus piernas, sus
brazos. Crecían y crecían. Me acerqué, con el temor de
que un mar de líquidos desbordara en mi cara. Todos
teníamos ese temor. Clara imaginaba teñidas las paredes
de rojo, su corazón en estallido. Eso no iba a suceder.
Ninguna de las dos cosas iba a suceder. Teníamos que
averiguar qué era lo que estaba latiendo, queriendo
estallar. Seamos detectives, le propuse.



teatro corporal

no alcanzaba el azúcar
a cicatrizar el abdomen
tan avanzada la infección
el comité pedagógico
observó al pie de la cama
su cuerpo abierto, un texto a descifrar
mientras ella escribía al margen
fantasías que no eran más
que un ritornello
una obsesión somática
hablaba el lenguaje
de la descomposición del yo
esa ficción gramatical



decir adiós

a veces, una despedida
es envolvente y enardecida
dura tanto como un incendio forestal
otras veces, es un relámpago
en la tormenta eléctrica
a veces, una despedida
puede ser un tierno desgarro
higos maduros atraídos por la tierra
otras veces, es una fruta
arrancada antes de tiempo 

(Del libro homónimo,
Ediciones en Danza,2021,
Gentileza de Gonzalo 
Acosta Tito)

Sabrina S. Morelli


Sabrina S. Morelli nació en Buenos Aires en 1988. Es psicóloga clínica. Fue residente en Salud Mental y en Cuidados Paliativos, en hospitales de la ciudad de Buenos Aires. Actualmente, continúa trabajando en el sistema de salud pública. La vida crece muriendo es su primer libro de poesía.


 

viernes, 18 de septiembre de 2026

LA SUERTE QUE NOS TOCA


Bucólicas



UN CORREO

Hoy recibí un correo desde México 
con treinta y seis segundos de un arroyo 
que estaba en Oregón.

Alguien filmó con su teléfono
el agua que corría rodeada por la nieve y cristalina
sobre la tierra oscura de ese invierno.

Noticias desde el norte, supe,
donde siempre habrá un arroyo robándole a la piedra 
un tiempo que no acaba y se repite, 
un tiempo prolongado en agua fresca, transparente, 
del todo inalcanzable.



RETÓRICA

Estrellas reflejadas en un lago.
Figuras de la lengua y el público de pie.
Eso tengo.
Nada más.
O sea, nada digno de mención.

También está la fragua que termina detrás del horizonte. 
También están las ascuas del fuego de la tarde, 
una charla tranquila, sosiego, el piso de madera 
y de repente noche.



UN MAL POETA

Me atraen los lobos y los cuervos por alguna razón que 
   / desconozco.
Emblemas de otra parte, patrimonio 
del norte de la suerte que nos toca 
Aquí, en el sur, abundan 
guanacos y pingüinos.
La épica es esquiva.
Yo no sé qué hacer con esos bichos.



Trenes, autos y aviones



LA VEZ QUE NO FUIMOS A VENECIA

estábamos en Londres, muy felices.
Pero la peste vino y se tragó palomas, góndolas y puentes y 
   / volvimos.
Tampoco nos quedamos. Londres, 
magnifica, insolente, siempre cara, estaba ahí, 
en todo su esplendor y así de inaccesible.

La vez que no fuimos a Venecia fui feliz.
Tampoco nos quedamos.
Felicidad no dura en todas partes.
Felicidad te esquiva.
Reconocerla es fácil, lo difícil, 
decía yo, es quedarse.



MARE NOSTRUM

III. Perpignan-Narbonne

Desde el tren,
el rastro del viento sobre el agua 
y los flamencos color rosa que buscan en el barro.

Y desde el tren,
un bote azul en medio de la nada 
a la que llaman Peyriac de Mer.

O sea, el cielo dado vuelta, 
volcado sobre el barro
en que flamencos buscan en medio de la nada.


IV. Costumbres de Nîmes

Un chico y una chica se saludan.
Se dan la mano, se despiden.
Dos pasos más allá, la chica da tres besos a otro chico:
a la izquierda, a la derecha y a la izquierda,
como pájaros que enlazan el cogote,
diría como garzas, delante de la Fleur
de Malt, un restaurante,
situado al otro lado del andén.



COLISIONES

Como esos autos que a lo lejos y en la ruta
son luces que se acercan y encandilan hasta dejarnos ciegos,
confiados a una inercia, adivinando adónde
está el camino, adónde lleva.
Exactamente como aquéllos que queremos y se acercan
sin saber o cuando es tarde
o acaso muy temprano, o cuando nada
permite que salgamos del dolor, del yo que pesa
hundidos en nosotros,
muy rápido
y alrededor la oscuridad.



MOYA CANNON Y YO SEGUIMOS CAMINANDO
Cuatro poemas irlandeses


MOHER

En los acantilados
-ciento y pico de metros que se yerguen 
y caen en picada sobre un mar 
de piedras y de espuma- pasan 
las sombras pelirrojas con jogging y campera 
quebrando esa ilusión de prehistoria 
que ofrecen las focas y gaviotas que antes vimos 
sentados en cómodas butacas 
en el centro de interpretación. Estabas 
con frío como yo y el cielo 
cargaba con sus nubes; 
nosotros, con el viento, la mochila 
dos tazas de café y con nuestras almas.
No voy a decir nada de la arpista.
Y no me acuerdo más.



LISDOONVARNA

El auto pasa raudo y recorre la calle principal
donde flamean banderas, banderines
que imitan la ilusión de los que llegan
de una vida sin nadie hasta septiembre en Lisdoonvarna.
Allí hay festival anual de solterones:
40.000 personas que buscan el amor después de los cuarenta
cantando en karaokes,
bailando pasodobles, tango y salsa.
Una legión, sin duda, engalanada
de gente atribulada por la vida
que se resiste aún, que no resigna
la cuota de cariño que acaso al fin le toque
entre matracas y cerveza,
dolor del nervio ciático, clamores,
conatos de pasión, calambres en las piernas.



KINVARA

Kinvara es la cabeza del mar,
o al menos eso dicen. A mí no me parece. La bahía
donde se asienta el puerto
permite que el Atlántico nos moje
porque ahora sopla el viento y es de noche,
y vamos caminando por sus calles,
como quien dice nada, somos sombras
que buscan un lugar para sentarse,
sacar el alma a relucir, beber el vino
que Moya se ocupa de comprar.
Cumplidos esos pasos
el premio consiste en un concieito
y después, volver con las estrellas al fuego de la casa
y a nuestros pensamientos, otros
distintos de Kinvara.



V.S.


DEFINICIONES
v.s.

Si yo dijera que el viento
es la corriente de aire que se produce en la atmósfera 
al variar la presión, 
sería algo abstracto.

No diría, por ejemplo, que es la cresta que se forma
en la superficie de las olas
cuando estamos sentados en la playa vos y yo
mirando el horizonte un día de enero
y tus ojos, muy celestes,
proponen otro cielo.

No hablaría del sombrero que se vuela, 
ni diría que corremos a buscarlo, 
acaso sorprendidos de que al cabo de los años 
sigamos juntos, mirando el horizonte, 
un día de enero



La suerte que nos toca


Varias casas


CHET BAKER IN PARIS


Todo indica que el piano y la trompeta 
la música que escucho,
grabada en horas de la noche de un verano de París, 
    /"inolvidable"
-según dicen las notas que acompañan este disco-,
es lo que mejor combina con las nubes
del todo insuficientes, desflecadas
del cielo porteño de las cinco de la tarde del otoño.
No sé por qué,
pero digo como quien deja un rastro 
ahora insoslayable.



DE LA DECLINACION

De las muchas maneras que tiene una casa para dejar de ser
la menos grave
es el caño que se rompe,
que inunda el techo del vecino
creando un conflicto de intereses donde importan
pisos rotos por los golpes de la masa,
el óxido que aflora,
secretos por décadas guardados,
acaso el alacrán con su veneno,
el polvo en general.

De las muchas maneras que tiene una casa 
para dejar de ser la casa de uno, la más grave 
tal vez sea la vejez 
o el desamor. Son evidencias 
de achaques venidos con los años, 
de vísperas de muerte, platos rotos, 
paredes desconchadas, grietas varias, 
secretos por décadas guardados, 
acaso algún veneno, 
objetos sin su par.

(Del libro homónimo,
Gog y Magog,2022)
Jorge Fondebrider



Jorge Fondebrider (Buenos Aires, 1956) ha publicado los libros de poesía Elegías (1983), Imperio de la luna (1987), Standards (1993), Los últimos tres años (2006) y La extraña trayectoria de la luz. Poemas reunidos 1983-2013 (2016). Asimismo, ha compilado el volumen Conversaciones con la poesía argentina (1995), que reúne entrevistas con poetas argentinos nacidos entre 1919 y 1940. Su bibliografía se completa con La paja en el ojo ajeno. Periodismo cultural en Argentina 1983-1998 (con Pablo E. Chacón; 1998); La Buenos Aires ajena. La ciudad vista por los viajeros extranjeros. 1536-1999 (2001); Versiones de la Patagonia. 1536-1900 (2003); Licantropia. Historias de hombres lobos de Occidente (2004, posteriormente retitulado como Historia de los hombres lobo, 2015, 2016 y 2017), La París de los argentinos (2010), Dublin (2019) y Una traducción de París (2023).Como traductor de poesía ha publicado libros de Henri Deluy (1995), Yves Di Manno (2000), Richard Gwyn ( 2013 y 2016), Tom Pow (2015) y Moya Cannon (2015). A ello se suman Poesía francesa contemporánea. 1940-1997 (1997) y, con Gerardo Gambolini, Poesía irlandesa contemporánea (1999), Reynardine y otras baladas anglo-escocesas (2000) y Peter Street y otros poemas, de Peter Sirr 2008). Ha traducido asimismo a Gustave Flaubert (Madame Bovary, Tres cuentos y Bouvard y Pécuchet), Joseph Conrad (Corazón de las tinieblas), la obra completa de Claire Keegan, tres volúmenes de Georges Perec, Bernard-Marie Koltès, Morris West, Paul Virilio, Anthony Cronin, Patricia Highsmith, Owen Martell, Jack London, Patrick MacGuinness, Lori Saint-Martin, etc. Es miembro fundador de Diario de Poesía, donde ocupó el cargo de secretario de redacción entre 1986 y 1992. En el 2004 recibió las Palmas Académicas de la República Francesa. En la actualidad y desde 2009, dirige el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires.


Pueden LEER todos los poemas y traducciones del autor: Jorge Fondebrider


miércoles, 16 de septiembre de 2026

POEMAS SENTIMENTALES

 

CARTA
|
¿Regalos de una caligrafía muerta?
Se dirigía a los que habían emigrado, 
el padre a la hija que se llevaba 
todo, con quien le llevaban toda 
la suave espera del futuro. 23 
de diciembre de 1951.
“Mañana es Nochebuena y pienso... 
quisiera que hoy estuvieras aquí... 
con nosotros... armar un lindo pesebre... 
tu sei tanto lontano... la alegría 
que no pude tener... Brindaremos 
una y otra vez por tu salvación...”
¿El porvenir fue óptimo, excelente?
Quizás. Pero el abuelo no vería 
a su nieto niño, no conocería 
al bisnieto poeta: eccomi qua!
“Pienso... ahora pienso... hubiese 
querido bajarte los regalos de la chimenea... 
un bel pulcinella... una bella bicicletta... 
un calzettone pleno di dolci... torroni... 
y ni siquiera eso pude hacer...”
Una estilográfica, sin duda, y un papel 
que absorbe la tinta para que las letras 
dibujen sus curvas precisas, de artista.
El dolor se esconde tras la cortesía, 
apenas. “Este año no armé el pesebre, 
no armé el árbol... me faltaba todo... 
me faltabas... angelo bello. No puedo darte 
mis deseos... tus queridos... te mando 
al niño, José y la Virgen... ti auguro 
tante belle cose... il tuo papá Milo baci." 
La escritura se inclina a la derecha
apenas. Los palitos que atraviesan
las “t” y las dobles “tt” parecen escaparse
de las lágrimas negras que inician las palabras.
La “M” mayúscula de “Madonna” hace
un extraño arabesco antes de subir
sus dos crestas. Al final el papel
se acaba: las cuatro últimas líneas
se apilan en dos renglones. Una parte
de mí se queda en el apostrofe que falta,
en medio de la ciudad desconocida:
L'Aquila. La otra parte, en su idioma, 
piensa que va a morir sin que nada 
pueda sacarla del lugar natal.
En la pantalla líquida contemplo 
la imagen de la carta consumida.
Nada es eterno, aunque ningún amor 
se va del mundo sin dejar su huella.


ENTRELACS


La poesía era un confidencia 
para los muertos. Nadie me veía 
escribiendo cuadernos que perdí.
De memoria, los digo de nuevo 
como cuando trenzaba hilo sisal 
para mi clase de manualidades. 
Apenas un efluvio tenue 
de aquel olor en mi pieza cerrada 
se despierta ahora, y parece inútil 
querer apresarlo. Pero no era 
del todo en mí que pasaba algo 
por mis palabras. Viene de muy lejos 
el susurro imperceptible, persiste 
en ríos subterráneos, se diría 
que dioses diminutos entrelazan 
sus cuerpos y el roce de la piel 
espanta porque no podrá tocarse.




PRIMERA NOVIA

Vuelvo a pensar a veces en tu cara, 
pero no puedo armarla, otras formas 
de sonreír brillan encima y cierro 
vanamente los ojos para verte.
No están los labios que besé en el cielo 
donde campea un arco iris de bocas 
sin dueñas. ¿Fue en la siesta del domingo 
cuando creí que te tocaba y éramos 
de nuevo esos niños que aprenden cosas 
ya sabidas? Algo que iba a faltar 
entre nosotros para siempre: un deseo 
que no llega a su fin, que se derrocha 
lejos de toda huella. Las diez cuadras 
que separaban tu casa de la mía 
vieron pasar volando cada noche 
una imagen de mí que no era yo.
¿Serás una simpática señora, 
una madre con una ansiosa espera 
comiendo para no abrir agujeros 
en la saciedad? Al menos me parece 
que tu memoria habrá guardado el nombre 
del chico temeroso que besaste.
Lástima que no escribas un poema 
para que yo conozca la distancia 
de casi dos decenios entre vos 
y esa belleza no recuperable.



MUSEO

Durante años escribí 
sin entender lo que leía 
en versos libres, profecías plenas 
de enigmas. Pero ya sin fe,
¿cómo aceptar la pérdida
del reino de la muerte, el vuelo
de un demonio que habla y se convierte
en araña o en pulga? Cuando supe
contar sílabas con los dedos
de una mano, de pronto todo
ató la sombra al hilo
y la obligó a dar cuenta del silencio.
Ese miedo a estar muerto y que no hubiera
más imágenes se hizo espejo
donde la oscuridad mostraba cosas
no vítreas, blandas, fibriladas
como cuerpos vivos. En los papeles
abandonados perdura una eficacia
que ninguna palabra alcanza.
Recuerdo el rostro enloquecido 
de una mujer pintada en fondo negro 
y cuyos ojos parecían irritados 
por drogas o sutiles fluidos 
generados por la electricidad 
tensa, anhelante de los ejes neuronales.
El pelo hacia arriba casi formaba 
una aureola y se parecía a Rimbaud.
Esas caras nórdicas, presas 
en la trampa infinita de mirar 
la nieve. Y volví a un sueño tan distante 
que me alejaba del poeta 
comentando al lado mío la pintura.
Los hilos de aquel augurio perforaban 
el paquete en que me transformaron 
una exigencia atroz y un gran desorden, 
como si el miedo a la muerte tuviese 
en su reverso un deseo suicida.
Il miglior fabbro no pudo escuchar 
lo que no supe decir. Con sus versos 
no había nada que aprender: 
pero era estar ahí, en ese mundo 
perfectamente tangible. El sueño 
ponía el cuerpo de Rimbaud en un libro 
que su foto ilustraba. Yo leía, 
en un francés que mi vigilia nunca 
había estudiado, los poemas últimos, 
la despedida antes del fin. Los pies 
en la imagen se iban hundiendo, barro 
ascendente y gris, o más bien 
una masa pululante de larvas 
blancas e indistinguibles. Nada podía 
salvar al joven poeta indefenso, 
petrificado pasto en el altar 
de un dios rumiante. En un momento quise 
que mi lectura detuviera el flujo 
de gusanos voraces. Pero el horror 
se instalaba en los ojos del muchacho 
que entraba en la putrefacción 
sin armas ni poemas. Desperté 
y desde entonces transmuté la pena 
que me tocaba en trémula nostalgia 
por esa carne leída y olvidada.
No quería memorias del pasado, 
sino la vida de otro que se iba.



LO OLVIDADO


¿Qué fue dicho por el niño que vuelve 
al lugar del martirio? ¿Ya sabía 
lo que cruzó su cabeza al nacer?
El miedo a no poder perderse nunca 
desde que habló y pensó, lo congelaba 
como a mí el frío demasiado libre 
para abrazarme las piernas. Tu sombra 
quedó varada allá, limbo dichoso 
donde estás extraviado, mi proyecto 
de líneas sin abandono se alejaba 
justo cuando mi más pequeño yo 
confirmaba que no tenía asilo.
Ya no estás conmigo sino en efigie 
y soy la sombra de ella, aunque seré 
algún día el espectro de mis hijas.
Ojalá un dios fallecido me vuelva 
tan olvidable como fue mi infancia.



INCIPIT IDYLLIUM

No, no es la puerta que crucé al nacer, 
ni una ventana al morir. ¿Qué vuelve hoy 
entre el polvillo flotante del invierno 
bailando con el sol de la mañana?
¿Cómo llegaron hasta mí esta niña, 
su llanto persistente que me dice:
“ahora, ya, ya, ya...”? ¿Qué dios de mayo 
me empujó a hablarte en esa construcción 
de plástico y cemento, donde sufríamos 
vos, ella, yo, vagas ambigüedades 
por infringir las reglas de concordancia? 
Nuestros paraguas descansaban juntos 
y algo nos distraía del pudor 
que en vano desplegaba su habitual 
manto sobre la clase de gramática.
Al poco tiempo, un día me llevaste
hasta mi casa, con tu piloto beige,
tus manos pequeñitas manejando
y tu certidumbre de niña
que ha crecido hacia adentro, y pregunté:
“¿A vos te gusta coger? Para mí
es apenas un limbo que permite
hablar mejor.” Hablar como ya entonces
sin habernos tocado yo te hablaba.
“No es lo más importante”, contestaste, 
con una risa oculta. ¿Percibiste 
que no habría sorpresas, sólo gracias, 
descubrimientos de mí en vos, 
de vos en mí? Y aunque queríamos 
gozar de la belleza, conocernos, 
pusimos el deseo en las palabras.
Y cuando las dijimos siguió el tiempo.
Bajo el arco del cielo fuimos flechas. 
Tenemos una pieza, estamos solos.
Nos sacamos la ropa, los dos vemos 
un cuerpo más hermoso que el ansiado, 
el adivinado. Besos de bajo 
bisbiseo. ¿La escuchaste, la viste, 
a esa vida pasada que se iba?
La suave crema del futuro unta 
nuestros sexos cansados, insensibles 
por un instante. Nunca supe 
por qué lloraste esa noche, después, 
acostada, desnuda y revisando 
la pulcritud del techo. ¿Fue placer, 
fue pena o despedida de otro cuerpo 
que ya no volvería? ¿O la emoción 
vacía que altera todos los líquidos 
internos y extraños? Era imposible 
que sospecháramos en cada lágrima 
tuya, en cristal nocturno, una 
nena, tras otra, tras otra, y vos 
eras su madre y la mitad del padre 
cuando sonó tu llanto en el deleite, 
cuando miré en tus ojos el silencio, 
espléndida como aire que relumbra.


(Del libro homónimo,
Caleta Olivia,2026)
Silvio Mattoni


Silvio Mattoni (Córdoba, Argentina,1969). Publicó los libros de poemas: El bizantino (1994), Tres poemas dramáticos (1995), Sagitario (1998), Canéforas (2000), El país de las larvas (2001), Hilos (2002), El paseo (2003), Poemas sentimentales (2005), Excursiones (2006), El descuido (2007), La división del día. Poemas 1992-2000 (2008), La chica del volcán (2010), La canción de los héroes (2012), Avenida de Mayo (2012), Peluquería masculina (2013), El gigante de tinta (2016), Caja de fotos (2016), Tanatocresis (2018), La buena suerte (2020) y Postales eslovenas (2024). Los ensayos: Koré (2000), El cuenco de plata (2003), El presente (2008), Bataille. Una introducción (2011), Camino de agua (2013), Muerte, alma, naturaleza y yo (2014), Música rota (2015), Tekhné (2018), ¿Qué hay en escribir? (2021), La extensión más sutil (2021) y Un cielo de inmanencia (2024). Los diarios:Campus (2014) y Capturas (2021). Tradujo libros de Catulo, Arnaut Daniel, Dante, Sade, Diderot, Bataille, Bonnefoy, Pavese, Luzi, Duras, Weil, Michaux, Ponge, Quignard, Marteau, Valéry, Mallarmé, Artaud y Desnos, entre otros. Recibió, entre otros, el Primer premio de Ensayo del Fondo Nacional de las Artes en 2007 y 2012, la Beca Guggenheim en 2004 y el Segundo Premio Nacional de Poesía en 2019. Da clases de Estética en la Universidad Nacional de Córdoba.

Pueden LEER todos los poemas y ensayos del autor aquí: Silvio Mattoni


lunes, 14 de septiembre de 2026

LAS COSAS CELESTES

 


Flechas

desde la cocina 
se escucha el regador 
en el jardín 
una fuente en medio 
del pasto amarillo 
me acerco 
vuelan los pájaros 
el vaso de soda lanza 
flechas diminutas 
sobre mi mano



Fucsias

y ahora se acerca 
la caravana 
perros 
carros
con cosechas
zapallos
melones
vendedores
de bebidas
hileras
de nenitos
a los costados
y la reina
en violeta y fucsia
sentada
en una silla
en el centro
de la alfombra
gastada
que no llega
a tapar
la tabla
que cubre
la boca
del acoplado
el tractor
lo hace avanzar
de a tirones
la música 
tan alta 
nadie 
la escucha 
los hombres 
mudos
se hacen gestos 
obscenos 
ya se alejan 
las últimas 
chicas 
bailando



Para treparse y volar

las galletitas duquesa 
las obleas conga 
las melbas
los chocolatines finos y rayados
marca chocolandia
los caramelos rosas y marrones
una capa de frutilla y otra de dulce de leche
los primeros choclos del verano
las tranqueras para treparse y volar
las verbenas silvestres
el primer programa de televisión
que hablaba de la música que nos gustaba
música total



El día se va

hay poemas 
sobre flores 
y jaguares

alguien enjuaga 
un repasador 
manchado 
en la cocina

hay escarcha 
en el patio 
aunque es primavera

el día se va
por una autopista colapsada



En el centro

por error
intenté colocarme en el ojo
la pequeña imagen
una delgada capa transparente
y en el centro
tu cuerpo
de hombrecito
color azul



Antes del verano

el aire
viscoso de las noches
antes del verano
traslada la energía
de los tiempos se desliza
contra las hojas de los gomeros y los plátanos
contra las flores de papel de la santarrita
los agapantus a punto de quebrarse en un clac
el aire se arremolina mientras los amantes
pasan en bicicleta sin waze
casi frío tiene el peso justo
para que ellos lo sientan caer
como una caricia



Destellos

las hojitas sueltas cayendo 
en el camino amarillo 
el aire del bosque

los pájaros cantan 
aferrados a la luz 
como yo a las palabras



Un pensamiento es una flor

un pensamiento es una flor
una flor no tiene peso
nada pesa como un pensamiento



Furor

tu casa está callada 
la cocina extática 
todavía caliente

la noche abre de par en par 
una sonrisa negra

no muy lejos 
alguien se ríe del dolor 
y de los insectos 
del universo

vos en cambio 
insistís
sostenés la ilusión 
de la luna brillante 
en el delirio del día



Las cosas celestes

por qué son tan lindos
los caballos
los perros
las flores en el sur
las tardes con luz
los glaciares
de color celeste?

me pregunto 
por qué es tan lindo 
el cielo oscuro 
atravesado de estrellas 
el agua donde el mar 
se vuelve azul nocturno

hasta las piedras
por qué son tan lindas
los laureles con sus flores
al viento o al sol
más perfumadas cuando
oscurece

por qué es tan lindo 
el ruido que hacen al pasar 
como una ráfaga suave 
los pocos trenes 
que quedan

el perfil del gato que viene
siempre a casa 
el rumor del mallín 
el de la nieve 
cuando apenas 
se comprime

y ese ángulo 
en su diente 
como un bloquecito 
de hielo 
apenas roto?


(Del libro homónimo,
Mansalva,2025)

Rosalía Iturbe


Rosalía Iturbe, nació en 1971, en Córdoba, Argentina. Es licenciada en Ciencias Sociales y Humanidades y magíster en Escritura Creativa por la Universidad Diego Portales, de Chile. Por su obra narrativa obtuvo premios de la Fundación Victoria Ocampo y del Fondo Nacional de las Artes. Participó con sus poemas en el Festival Landskrona (Suecia, 2022) y en la antología poética Prufrock, la canción que no termina (Taller Nómade, 2023). Es autora del libro de poemas Peces plateados (Enero editorial, 2024). Actualmente dirige el taller Fábrica de Historias y coordina ciclos de lecturas. Vive en Hudson, provincia de Buenos Aires.