domingo, 1 de noviembre de 2026

OBRA POÉTICA -Dora Hoffmann-

 


LOS HABITANTES DE LA MEMORIA (1975)


Perspectiva

A veces,
si te asomas al fondo, 
a la pupila de los animales, 
si viajas por su río 
entre ramos de luz oscura, 
encuentras un sol 
recóndito, 
una gota
de equilibrio nunca derramado 
donde flota un instante 
tu reflejo, 
rey
de minúscula corona.



Pasaba un tren a veces

Entonces era el verano con pétalos y piedras, 
y el mundo fragmentado 
decía su idioma en cada prisma.
Pasaba un tren a veces 
curvándonos el alma, 
y el humo se ahuecaba, 
murallas del exilio.
Quedábamos afuera para siempre.

Cadenas de la tarde,
la sombra nos golpeaba al primer gesto
de mínimo rescate.



Ciclo

Lo que habitó los ojos 
y giró
hasta limar el punto extremo 
y gastar las ultimas cadenas de la tierra, 
cae por la sangre 
-sombra desordenada, 
río de pan,
alimento de lunas y memorias-
pero regresa
a repartir la dura permanencia, 
las secas aristas de las horas.



Los habitantes de la memoria

Andarás a ciegas 
cercado por la memoria, 
uno
de los límites del ser.
Los habitantes de la memoria 
no tienen contorno.
Crecen en la humedad, 
en lo profundo, 
confundidos sus brazos 
y sus pechos 
dormidos, 
casi acuáticos 
o vegetales,
vueltos los ojos hacia adentro. 
Suben silenciosamente sin luz 
entrelazando 
sus largos dedos opacos.

No te dejarán pasar.
No pasarás.
No llegarás al descarnado 
sol que buscas.



CUADERNO DE VIAJE (1977)


III


Hay viajes que no haremos.
Desde el mapa
puntos rojos como bocas nos guiñan, 
ríos enmascarados nos esperan en vano.
En cierta esquina un aire 
congela los encuentros, 
y ese temblor o aquel deslumbramiento 
es un agujero en donde nada 
sucede.

Hay formas que debían nacer de una palabra, 
silencios que nuestros cuerpos hubieran aprendido, 
espacios derramados que no levantaremos 
con un recuerdo solo.
Hay estatuas y calles que flotan sin destino, 
un jardín imposible,
y un cielo que no encuentra lugar en la mirada.



V

Será en algún callejón de Cuzco, 
o en las terrazas quebradas 
de Machu-Picchu,
(allí donde los muertos suben a nacer 
en la voz de un hermano) 
o en el miserable mercado de Acapulco 
tendido junto al mar 
lujoso.
O tal vez en Cajamarca, 
blanca y medida como el pan, 
o en la plaza de Oaxaca, 
apenas sostenida por la música 
de marimbas y bandas; 
o en la siesta amarilla de Chan-Chan, 
cuando los peces petrificados de sus muros 
vuelcan una sombra áspera.
Tal vez en la espesura de La Venta,
donde un dios cautivo desnuda sus cuatro rostros
furiosos,
o sentados junto a las frías serpientes de Tenayuca, 
prontas a reiniciar, bajo la epidermis del silencio, 
un ciclo sin fin,
(el mismo que sin saberlo trama la tejedora de Pisac). 
Quizás en compañía de los atlantes de Tula, 
que ya difícilmente sostienen el cielo 
sobre sus cabezas.
O comiendo naranjas por la avenida de los muertos, 
allá en Teotihuacán.
Pero simplemente puede suceder en una ciudad desconocida, 
en cualquier lugar.

En alguna parte, 
alguien que se nos parece 
avanza a nuestro encuentro, 
nos mira con ojos 
que reconocemos.
Es allí donde todo viaje tiene fin y comienzo.



LA CASA Y OTRAS AUSENCIAS (1981)



Una orilla largamente deseada

La casa 
replegada
en cuclillas sobre la tierra 
guarda sus muertos 
y a cada uno distribuye 
su lágrima, 
su ración de amparo.
Ella los mantiene 
verticales en la huida, 
los pasos atados 
a puertas imposibles, 
aherrojados los huesos 
que otra brújula 
convoca tercamente.

Hasta que un día 
de golpe
abre las ventanas,
los deja que vuelen al olvido
como a una orilla largamente deseada.



Televisor

En mi poema arde 
mi casa parecida a un puño, 
en medio del agua cansada 
del día, 
y hay
cuerpos y cadencias 
espejos de sombra 
y un cuadrado de tierra 
donde crece
el árbol desordenado de la memoria 
y de la infancia.

Pero más que todo 
brilla
el punto vertiginoso 
donde se abisman los rostros 
y la voz
en la noche instantánea 
de la pantalla a ciegas.

Único guiño que quizá reconozcan 
los satélites que pasan en la noche.



Ventana de invierno

Ahora como en un sueño 
recuerdo nuestros rostros arrinconados 
adentro de la breve luna del frío, 
contra el vidrio que pulía 
la canción de la noche.
Era cuando el invierno 
levantaba una torre inaccesible, 
una altísima ausencia, 
y en las últimas calles 
parecía que un solo paso lento 
nos llamaba.

Detrás de la ventana
éramos los huespedes del humo,
formas que una lampara inventaba...

(a nuestro lado alguien 
disponía las sillas, 
repartía en los platos 
la sopa de la certidumbre 
y el consuelo)

(Del libro homónimo;
Oyé Ndén,2022)

Dora Hoffmann


Dora Hoffmann, (Gualeguaychú,Entre Ríos, Argentina ( 1930-1978) desarrolló una obra poética única que quedó reflejada en tres poemarios: Los habitantes de la memoria (Buenos Aires: Colombo, (1975), Cuaderno de viaje (Santa Fe: Colmegna,1977) y el postumo La casa y otras ausencias (Paraná: Comarca, 1981). Por sus trabajos recibió la medalla de plata en los Juegos Florales de Villaguay -1973-, la de oro en el Premio “Andrés Chabrillón” de FACER -1974- (por el poema “Camino por una ciudad desconocida”), el primer premio en el Concurso Nacional del Ateneo Popular La Boca — 1974— (por Cuaderno de viaje) y el segundo premio de Fundación Dupuytrén (por Los habitantes de la memoria).



viernes, 30 de octubre de 2026

(NO) ME ACUERDO

 


1.

No me acuerdo cuándo inauguré la necesidad de la escritura ni cómo era el mundo antes de eso.

2.

No me acuerdo de mi carne, a qué olía el tiempo ni por qué un hospital que se decía español quedaba en Mendoza.


3.

No me acuerdo del viento que nos hacía enloquecer en verano.



5.

No me acuerdo del universo, salvo cuando estoy sola.


7.

No me acuerdo del momento exacto, pero dudé muy temprano de dios y nunca pude recuperarme.


9.

No me acuerdo contra qué limite se formó mi deseo.


10.

No me acuerdo del primer beso que me gustó, sí del que no, sorpresivo hasta la tráquea.


11.

No me acuerdo con la memoria. Lo que sé, me ha sucedido en el cuerpo, lo demás es información. Es decir, versiones.




17.

No me acuerdo del momento exacto en el que tuve tetas ni qué pensé al menstruar. Sí del olor, de la gracia del desborde, del pantalón que lavé en el baño de un bar mientras la fila crecía afuera, inquietante, a los golpes.


19.

No me acuerdo de haber envidiado jamás un pene. Tampoco del primero que vi. Pero la cosa me pareció extraña: una criatura sorda, abisal.


20.

No me acuerdo de las rupturas, cerco bien la tristeza.



29.

No me acuerdo de mi voz cuando era chica ni de la voz de nadie de antes, salvo la de mi madre. El pasado de ella suena todavía en presente.


30.

No me acuerdo de lo que perdí, recordarlo sería caer en la trampa.


31

No me acuerdo cuándo empecé a desobedecer en casa. Pero si algún tumulto había, enseguida sonaba mi nombre.


32.

No me acuerdo cuándo murió la idea del amor. Ahora, sólo un goteo en el estómago.

44.

No me acuerdo cuándo descubrí que todo era una farsa, pero fue liberador. La gente que se proclama verdadera me asusta.


47.

No me acuerdo del amor hasta que lo tengo encima.


60.

No me acuerdo cómo era el mundo, pero aspiro a que no sea igual cuando me vaya, El optimismo me avergüenza.


65.

No me acuerdo de la letra entera, pero escucho una melodía nueva y la retengo: oreja para lo abstracto tengo.


71.

No me acuerdo cuándo comencé a convertir en comedia lo que me hace daño.


78.

No me acuerdo del primer poema que escribí ni del segundo o el tercero, pero si de mi madre preguntando, a ver, qué significa asfódelo. Escribe con palabras que entiendas.


83.

No me acuerdo cuándo empecé a advertir en las caras de los hombres al niño que fueron ni por qué en cada rostro joven veo un futuro roto.



85.

No me acuerdo de ningún diálogo de película, salvo de Buenas noches, señora Vogler. Que duerma bien. Y de los labios sellados de Liv Ullmann.


86.

No me acuerdo qué amé en quien hube amado una vez que pasa el tiempo. Pero sé que el pretérito anterior es perfecto.


105.

No me acuerdo del autor del Me acuerdo primera versión.


107.

No me acuerdo del instante previo a quererte ni en qué momento quedaste tan lejos de mi centro sensible.


126.

No me acuerdo de pensar antes de hablar. Soy dislógica por intuición.


127.


No me acuerdo de la temporada en que fui esposa de alguien, el divorcio borró los sectores felices del emprendimiento.


137.


No me acuerdo del impacto que me causó tu olor en el cuerpo, quedé temblando hasta recién.


141.

No recuerdo cuándo empecé a sospechar de mis personajes, ni el instante en que decidí buscarlos para descartar su existencia.


157.

No me acuerdo de hacerme fácil la existencia. A menudo quiero lo que no hay.


158.

No me acuerdo cómo supe en cuanto te vi que íbamos a besarnos.


159.

No me acuerdo del día en que vivo hasta que se termina.


160,

No me acuerdo del daño que he provocado con la lengua. Olvido sutilmente lo que digo.


178.

No me acuerdo por qué llego tan tarde a mi alma. Vivo fuera de mí. Y luego, enteramente me monto.


211.

No me acuerdo de la última vez que dije te amo y era cierto.



213.

No me acuerdo cuándo pensé que podría sustituirte. Pero lo intenté varias veces. Incluso ensayando una versión más acabada de tu persona sobre alguien que estaba a medias.



214. 

No me acuerdo cuáles son los límites de la forma.


226. 

No me acuerdo de aquel Adagietto sin contemplar la nostalgia. Soy melancólica de oídas.


228.

No me acuerdo si escribo para desfasar la realidad hacia atrás o hacia adelante. Chupo la corteza de lo real hasta dejarla blanda como una seda china.


(Del libro homónimo,
Krikker 71,Ed.,2025)

Fernanda García Lao



Fernanda García Lao nació en Mendoza en 1966. Vivió en España desde 1976 hasta 1993. Es narradora, dramaturga y poeta. Ha escrito y dirigido piezas teatrales que le valieron, entre otros, el premio Antorchas. Publicó las novelas Muerta de hambre, primer premio del Fondo Nacional de las Artes; La perfecta otra cosa, La piel dura, Vagabundas, Fuera de la jaula y litación Vacuna, los libros de cuentos Cómo usar un cuchillo, El tormento más puro y Teoría del Tacto (Finalista Premio Tigre Juan, 2024), los poemarios Carnívora y Dolorosa. Ha sido traducida al inglés, al francés y al italiano. Su obra fue publicada en América Latina, España, Francia, Italia y Estados Unidos. En Kriller71 ha publicado Autobiografía con objetos (Colección Poesía, #59).


miércoles, 28 de octubre de 2026

PAISAJE MUERTO

 


EL MURO DE MANDELSHTAM (2017)


Significados

ALGUIEN se lleva la mano al corazón 
     y dice unas palabras.
Pero las palabras son en realidad insensibles 
    y quien las hizo 
   no calculó su capacidad 
  para significados tan enormes.
A pesar de los cuidados que les prodigamos: 
     la forma de agruparlas, 
    el tallado y la orquestación: 
    siempre los adjetivos 
  merecerán una reprimenda 
  por nuestra sentimental torpeza 
    y los gerundios estancados 
  en el encabezamiento del verso 
 codiciarán el sonido de cada vocablo.
 Pero además, qué puede ser un verso 
   sino un corralito de estantillos 
     de madera podrida 
   en demasía inútil para contener 
      el animal que somos.



Apenas un retrato

   HE visto caminar 
   al transformista 
moviendo sus labios 
en la doble sombra

y supongo que entona 
una cierta monodia, 
   junto al basural 
de las nubes de julio.

Aunque 
al parecer 
el primer verso
le resulta... «demasiado lírico».


—Son 

las heces 

retóricas 

del bien.

(Sentenció Mandelshtam)


Así... pues

el discreto confidente 
  se fue a dormir:
luego del registro, la incriminación 
y la detención.



Mandelshtam

   ANTES de escribir 
yo solo tengo unos labios 
  que se mueven resecos.

Es algo que me ha urgido a gastar 
   la suela de mis zapatos 
en una caminata estrecha y desértica.

Hasta que la voz del poema 
             es audible 
y me grita:


— ¡Ya basta! (...) ¡Suéltame!
— ¡No me toques!
— ¡Ya no me toques!

Entonces, estoy seguro: 
   que el ágape 
  ha llegado a su fin:
  
           y otra vez

el lobo devoró al cordero.


RETORNO
(a la clase media)



El canario


   EN el desayuno 
mientras el pan está caliente 
   mi amada Xiomi 
       y yo
     y el canario 
     en la ventana 
    dentro de su jaula 
    (amarillo y pardo)


mientras gustamos el pan 
    conversando 
y haciendo el recuento 
    cotidiano
   que nos mantiene vivos 
   en un presente 
      eterno

    y charlamos 
frente a la taza de café


pero el canario en la ventana 
no entiende

y supongo que imagina 
    que somos 
    otras aves 
   que con el albor 
  se han desatado 
     en cantos
celebrando otro día 
   en que las plumas relucen
      y aún
     no se pudren 
en la muda de los años

     y entonces
el canario (creo yo) confundido 
    y pensando 
   que nuestra charla 
     no es charla 
     sino canto 
comienza también
         él
       a cantar
cada vez más fuerte 
hasta que nos calla 
y volteamos a verlo 
    en silencio


y él se queda en silencio 


    y me parece
   que nos miramos a los ojos, 
aunque sus ojos sean tan pequeños 
   y nos quedamos mirando 
     por un rato
escribiendo la pregunta de la distancia 
    entre él y nosotros, 
      de aquello 
    que posiblemente 
     esta mañana cantando 
       nos dijimos 
     pero no se entendió.
         Quizás
          era
        tan solo      
      la partitura
      de una monodia:
        la suya
    y la de cada uno
   
     tan bella
   y sin sentido.




EL LLANO CIEGO (2006)



Naturaleza intacta

Contra «la naturaleza intacta»
opongo el momento cuando abro
de madrugada las puertas
hacia el pasillo exterior de la casa
y veo el triciclo de mi hija
en colores primarios
y la luz amarilla (¡que tanto amo!)
de un bombillo
opongo al blancor
(cristalino o difuso)
que llega con el alba.
Esta es mi «naturaleza humana»: 
mi humildad mutilada.


XI

Escribir desde la conciencia del exilio. Desarticular una visión lírica de la naturaleza, enferma de alabanza y de paisaje.


XVI

Cuál será la imagen que busco de la naturaleza. Sin duda que no se trata de una deificada y espiritualizada hasta el hartazgo. Pero tampoco esa otra más moderna de la que habla Gottfried Benn en su Carta a Oelze: La naturaleza es vacía, desierta; sólo los venados ven algo en ella, pobres diablos condenados a constante sufrimiento. ¡Huya de la naturaleza que echa a perder los pensamientos y estropea notoriamente el estilo! En Benn, cuya voz proviene del intramundo urbano, se expresa una visión ausente de piedad. El poeta alemán no quiere ser la voz de un colectivo, ni de la impostura burguesa de sus valores: la solidaridad, la autenticidad, la identidad, la trascendencia. Aunque me inclino por su poesía sin piedad, despojada y libre, no tolero su desapego y vaciamiento de alma. Si la naturaleza ha sido pervertida e intervenida y sobrevive apenas en el imaginario del exilio, es preciso que cargados de esta conciencia del deterioro (y recuerdo a James Hillman) nos dispongamos a restituir el alma al mundo.


XVII

¿Naturaleza? Lo no-humano, simplemente aquella porción del cosmos que no he visto, lo más apartado, el lugar donde unos pájaros comen semillas de árboles para los cuales carezco de nombres. La sola presencia de una persona ahuyenta la naturaleza, la descoloca con su orgullo y humanidad. Decir «hombre» y huir, todo lo que transcurre sin ley alguna, es la misma cosa.


XX

El paisaje ha muerto. El paisaje de tradición romántica ha muerto, a pesar de que aún descubrimos marcas de lirismo alabancioso en nuestros poemas. En él la naturaleza se identificaba con un estado edénico anterior a la «caída». La naturaleza era su «paraíso perdido», algo que nos abandonó al cruzar la puerta de la infancia, tal como leemos en la «Oda de los indicios de inmortalidad en los recuerdos de la primera infancia» de Wordsworth. Éramos roussonianamente felices en los predios de ese paisaje hasta la llegada de la modernidad que precipitó el abandono de nuestra memoria ancestral y colectiva. Pero la modernidad también trajo consciencia ideológica y lingüística, señalando la gran carga de simple utilería que se acumulaba en nuestra visión de la naturaleza. Aunque habría que decir que el romanticismo estuvo animado por un espíritu nacional de reconocimiento de lo geográfico, donde la representación del paisaje constituía una forma de encarnar estéticamente lo que en otros ámbitos era un destino político.



LA SOMBRA DEL APOSTADOR (2020)


El tiempo de vida de las aves

La edad de un ave tiene que ver
con la cantidad de veces
que muda las plumas de su cuerpo.
Nunca se habla de muchos años 
     sino de pocas ocasiones 
     generalmente lluviosas 
en que de nuevo se «viste»
     con plumas de parecido color.
Qué vanidoso es el que cambia 
     con cierta frecuencia 
su camisa y hasta un par de zapatos, 
aunque lo haga con dolor casero 
     frente al televisor
para asistir a esos empleos sin salida 
o a los bares de toda la noche.
Mientras que un ave siempre se vestirá menos 
     y morirá más pronto:
justo en el momento cuando toda su sangre 
     corra a cambiar su plumaje

     antes del último relámpago.



Alectromaquia

El Gallo Combatiente es una llama.
    Eso explica su arrojo ante la muerte

mas no su complicidad con la sombra del apostador 
    que sólo ansia recuperar

unas monedas de plata
    atesoradas en una chácara de cuero.

¡Qué profanación divinizada!
    ese momento donde el hombre y el gallo

se miran a los ojos:
    y uno quiere ser el otro.

Algo semejante ocurrió cuando los Dioses 
    combatían a la par nuestra

jurando que éramos «iguales».
    Pero aclaremos algo:

al menos la sangre del ave derramada
    bajo el cobertizo que sombrea el palenque

siempre le retornó certezas al mundo.
    Y ese gesto puro del Gallo de Combate

es la parte baja de la llama. Desde allí,
    asciende con simplicidad aterradora.




El Bar La Sirena

Elegimos mirar.
San Agustín, El orden


Era un bar con paredes y techo de zinc 
    y al acercarse la hora tercia 
    el dueño vistiendo una guayabera de lino blanco 
    anunciaba para todos el espectáculo de la noche.

Entonces, subió a la tarima una mujer de cota roja 
    con minifalda de lentejuelas, 
    traía una cesta de mimbre colgando del brazo, 
    la que dejó sobre un mostrador 
    y comenzó a contorsionarse al ritmo
    del acordeón de un vallenato 
silenciado por el enjambre de las murmuraciones.

Una ondulación cuasi-musical ascendía por aquel cuerpo menudo 
    desde sus pies hasta el extremo de sus manos, 
    donde el metalizado tintineo de unas pulseras 
    de plata negra
    era escuchado (sólo) por los que se encontraban 
    en las mesas más cercanas 
o parados y absortos por lo que ocurría.

Junto a mí había un hombre muy obeso 
    y en la barra
    un par de sátiros sordomudos 
nos daban la espalda.

La odalisca se quitó la cota
    dejando al descubierto las dos ciruelas de huesito
    que eran sus senos.

El zanganerío se acallaba:
    y ella abría sus brazos, 
    movía sus dedos
como el detalle relevante de su desnudez.

Las botellas de cervezas quedaron inmóviles 
    en una sudoración fría 
    al desabrochar 
    el sujetador de su minifalda, 
    y en pocos segundos
la prenda más íntima de polyester negro, también cayó.

Luego se fue acercando a la pequeña cesta de mimbre 
    para sacar una culebra boa: 
    mantona, mazacuata, jiboia, 
    que extendía la cabeza triangular 
ofreciendo un saludo con su lengua bifida.

Afuera del local
    la Vía Láctea
    flotaba sobre una carretera de tierra 
y la vaguedad del celaje de una bicicleta.

Mientras, la odalisca pueblera, iba de aquí para allá 
   acompasadamente.
   Y de pronto la boa 
   entornada a su cuerpo 
   descendió a la cintura 
   y obedeciendo
   a  un coito  antiguo
   se introdujo por la rajita 
   guarnecida con vellos aceitosos, 
   la cual se tragó cincuenta centímetros de reptil.

Desde el plafón del techo pendía 
    un cable con su bombilla 
— que ni siquiera parpadeó — .

No aletearon los esfíngidos
    que suele traer la noche.

Transcurrieron breves minutos

(...)

y fue halando el decapitado músculo 
    hasta ver la cabeza 
con sus pupilas verticales.

La respuesta fue un clamor.
    Y un gallo
    de plumaje hollinezco 
    amarrado en algún lugar de la trastienda, 
cantó dos veces.

En el rostro de la mujer apareció el surco 
    de una sonrisa 
    que la acompañaría 
    frente a su cena
de un plato de arroz con pescado frito.

Mientras la boa mantona, mazacuata, jiboia, 
    se arremansaba 
    en su jaula,
hasta la próxima función.

*
¡Dime alma mía! 
cuánto valdrás algún día, 
que en la pobreza yo quiero: 
tener dinero, tener dinero.

(Del libro homónimo,
"Una antología,
Edición de Juan Cardenas,
Fondo de Cultura Económica,
2025)
Igor Barreto


Igor Barreto. Poeta, ensayista, escritor y editor venezolano. Nació en San Fernando de Apure, en 1952, y residió varios años en Rumania; a su regreso se incorporó al taller Calicanto. Luego cofundó, tras su ruptura, el conocido Grupo Tráfico del Arte en el Instituto Caragiale, de Bucarest. Realizó estudios de cine y dramaturgia; ha desarrollado una importante carrera durante la cual ha sido editor de catálogos de arte para diversos museos de Venezuela. Trabajó en la Dirección de Publicaciones de Museos, adscrita al Ministerio de Cultura de Venezuela. Profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Colaborador como articulista de prestigiosos diarios y revistas literarias nacionales e internacionales. Ha representado al país en diferentes encuentros internacionales en Rumania, España, Estados Unidos, Colombia, Cuba y Argentina. Sus poemas son incluidos en las antologías de poesía venezolana contemporánea y algunos de ellos traducidos al inglés y al francés. Barreto es una de las voces más importantes de la poesía venezolana contemporánea. A través de un archivo de materiales diversos que enrarecen la noción de literatura, este autor explora estados de interrupción de la vida como experiencias en las que el poeta ensaya los límites de su lengua e interviene las formas dominantes de sentir e imaginar, para proponer una poética de la vulnerabilidad y de la dificultad. Ha ganado el Premio Municipal de Literatura, mención Poesía, en 1986, y el Premio Universidad Central de Venezuela, mención Poesía, en 1993. Obtuvo la beca Guggenheim, en 2008. Además, fundó en la década de los ochenta la editorial Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, Han sido publicados sus libros de poesía: ¿Y si el amor no llega? (1983), Soy el muchacho más hermoso de esta ciudad (1986), Crónicas llanas (1989), Tierranegra (1993), Carama (2001), Soul of Apure (2006), El llano ciego (2006), El duelo (2010), Carreteras nocturnas (2010), Annapurna. La montaña empírica (2012), El campo/el ascensor. Poesía reunida (1983-2013) (2014), El muro de Mandelshtam (2017) y La sombra del apostador. El Gallo Combatiente y su ritual analfabeto (2021). Además, forma parte de la antología poética 25 antenas, poesía hispanoamericana (2017).