EL MURO DE MANDELSHTAM (2017)
Significados
ALGUIEN se lleva la mano al corazón
y dice unas palabras.
Pero las palabras son en realidad insensibles
y quien las hizo
no calculó su capacidad
para significados tan enormes.
A pesar de los cuidados que les prodigamos:
la forma de agruparlas,
el tallado y la orquestación:
siempre los adjetivos
merecerán una reprimenda
por nuestra sentimental torpeza
y los gerundios estancados
en el encabezamiento del verso
codiciarán el sonido de cada vocablo.
Pero además, qué puede ser un verso
sino un corralito de estantillos
de madera podrida
en demasía inútil para contener
el animal que somos.
Apenas un retrato
HE visto caminar
al transformista
moviendo sus labios
en la doble sombra
y supongo que entona
una cierta monodia,
junto al basural
de las nubes de julio.
Aunque
al parecer
el primer verso
le resulta... «demasiado lírico».
—Son
las heces
retóricas
del bien.
(Sentenció Mandelshtam)
Así... pues
el discreto confidente
se fue a dormir:
luego del registro, la incriminación
y la detención.
Mandelshtam
ANTES de escribir
yo solo tengo unos labios
que se mueven resecos.
Es algo que me ha urgido a gastar
la suela de mis zapatos
en una caminata estrecha y desértica.
Hasta que la voz del poema
es audible
y me grita:
— ¡Ya basta! (...) ¡Suéltame!
— ¡No me toques!
— ¡Ya no me toques!
Entonces, estoy seguro:
que el ágape
ha llegado a su fin:
y otra vez
el lobo devoró al cordero.
RETORNO
(a la clase media)
El canario
EN el desayuno
mientras el pan está caliente
mi amada Xiomi
y yo
y el canario
en la ventana
dentro de su jaula
(amarillo y pardo)
mientras gustamos el pan
conversando
y haciendo el recuento
cotidiano
que nos mantiene vivos
en un presente
eterno
y charlamos
frente a la taza de café
pero el canario en la ventana
no entiende
y supongo que imagina
que somos
otras aves
que con el albor
se han desatado
en cantos
celebrando otro día
en que las plumas relucen
y aún
no se pudren
en la muda de los años
y entonces
el canario (creo yo) confundido
y pensando
que nuestra charla
no es charla
sino canto
comienza también
él
a cantar
cada vez más fuerte
hasta que nos calla
y volteamos a verlo
en silencio
y él se queda en silencio
y me parece
que nos miramos a los ojos,
aunque sus ojos sean tan pequeños
y nos quedamos mirando
por un rato
escribiendo la pregunta de la distancia
entre él y nosotros,
de aquello
que posiblemente
esta mañana cantando
nos dijimos
pero no se entendió.
Quizás
era
tan solo
la partitura
de una monodia:
la suya
y la de cada uno
tan bella
y sin sentido.
EL LLANO CIEGO (2006)
Naturaleza intacta
Contra «la naturaleza intacta»
opongo el momento cuando abro
de madrugada las puertas
hacia el pasillo exterior de la casa
y veo el triciclo de mi hija
en colores primarios
y la luz amarilla (¡que tanto amo!)
de un bombillo
opongo al blancor
(cristalino o difuso)
que llega con el alba.
Esta es mi «naturaleza humana»:
mi humildad mutilada.
XI
Escribir desde la conciencia del exilio. Desarticular una visión lírica de la naturaleza, enferma de alabanza y de paisaje.
XVI
Cuál será la imagen que busco de la naturaleza. Sin duda que no se trata de una deificada y espiritualizada hasta el hartazgo. Pero tampoco esa otra más moderna de la que habla Gottfried Benn en su Carta a Oelze: La naturaleza es vacía, desierta; sólo los venados ven algo en ella, pobres diablos condenados a constante sufrimiento. ¡Huya de la naturaleza que echa a perder los pensamientos y estropea notoriamente el estilo! En Benn, cuya voz proviene del intramundo urbano, se expresa una visión ausente de piedad. El poeta alemán no quiere ser la voz de un colectivo, ni de la impostura burguesa de sus valores: la solidaridad, la autenticidad, la identidad, la trascendencia. Aunque me inclino por su poesía sin piedad, despojada y libre, no tolero su desapego y vaciamiento de alma. Si la naturaleza ha sido pervertida e intervenida y sobrevive apenas en el imaginario del exilio, es preciso que cargados de esta conciencia del deterioro (y recuerdo a James Hillman) nos dispongamos a restituir el alma al mundo.
XVII
¿Naturaleza? Lo no-humano, simplemente aquella porción del cosmos que no he visto, lo más apartado, el lugar donde unos pájaros comen semillas de árboles para los cuales carezco de nombres. La sola presencia de una persona ahuyenta la naturaleza, la descoloca con su orgullo y humanidad. Decir «hombre» y huir, todo lo que transcurre sin ley alguna, es la misma cosa.
XX
El paisaje ha muerto. El paisaje de tradición romántica ha muerto, a pesar de que aún descubrimos marcas de lirismo alabancioso en nuestros poemas. En él la naturaleza se identificaba con un estado edénico anterior a la «caída». La naturaleza era su «paraíso perdido», algo que nos abandonó al cruzar la puerta de la infancia, tal como leemos en la «Oda de los indicios de inmortalidad en los recuerdos de la primera infancia» de Wordsworth. Éramos roussonianamente felices en los predios de ese paisaje hasta la llegada de la modernidad que precipitó el abandono de nuestra memoria ancestral y colectiva. Pero la modernidad también trajo consciencia ideológica y lingüística, señalando la gran carga de simple utilería que se acumulaba en nuestra visión de la naturaleza. Aunque habría que decir que el romanticismo estuvo animado por un espíritu nacional de reconocimiento de lo geográfico, donde la representación del paisaje constituía una forma de encarnar estéticamente lo que en otros ámbitos era un destino político.
LA SOMBRA DEL APOSTADOR (2020)
El tiempo de vida de las aves
La edad de un ave tiene que ver
con la cantidad de veces
que muda las plumas de su cuerpo.
Nunca se habla de muchos años
sino de pocas ocasiones
generalmente lluviosas
en que de nuevo se «viste»
con plumas de parecido color.
Qué vanidoso es el que cambia
con cierta frecuencia
su camisa y hasta un par de zapatos,
aunque lo haga con dolor casero
frente al televisor
para asistir a esos empleos sin salida
o a los bares de toda la noche.
Mientras que un ave siempre se vestirá menos
y morirá más pronto:
justo en el momento cuando toda su sangre
corra a cambiar su plumaje
antes del último relámpago.
Alectromaquia
El Gallo Combatiente es una llama.
Eso explica su arrojo ante la muerte
mas no su complicidad con la sombra del apostador
que sólo ansia recuperar
unas monedas de plata
atesoradas en una chácara de cuero.
¡Qué profanación divinizada!
ese momento donde el hombre y el gallo
se miran a los ojos:
y uno quiere ser el otro.
Algo semejante ocurrió cuando los Dioses
combatían a la par nuestra
jurando que éramos «iguales».
Pero aclaremos algo:
al menos la sangre del ave derramada
bajo el cobertizo que sombrea el palenque
siempre le retornó certezas al mundo.
Y ese gesto puro del Gallo de Combate
es la parte baja de la llama. Desde allí,
asciende con simplicidad aterradora.
El Bar La Sirena
Elegimos mirar.
San Agustín, El orden
Era un bar con paredes y techo de zinc
y al acercarse la hora tercia
el dueño vistiendo una guayabera de lino blanco
anunciaba para todos el espectáculo de la noche.
Entonces, subió a la tarima una mujer de cota roja
con minifalda de lentejuelas,
traía una cesta de mimbre colgando del brazo,
la que dejó sobre un mostrador
y comenzó a contorsionarse al ritmo
del acordeón de un vallenato
silenciado por el enjambre de las murmuraciones.
Una ondulación cuasi-musical ascendía por aquel cuerpo menudo
desde sus pies hasta el extremo de sus manos,
donde el metalizado tintineo de unas pulseras
de plata negra
era escuchado (sólo) por los que se encontraban
en las mesas más cercanas
o parados y absortos por lo que ocurría.
Junto a mí había un hombre muy obeso
y en la barra
un par de sátiros sordomudos
nos daban la espalda.
La odalisca se quitó la cota
dejando al descubierto las dos ciruelas de huesito
que eran sus senos.
El zanganerío se acallaba:
y ella abría sus brazos,
movía sus dedos
como el detalle relevante de su desnudez.
Las botellas de cervezas quedaron inmóviles
en una sudoración fría
al desabrochar
el sujetador de su minifalda,
y en pocos segundos
la prenda más íntima de polyester negro, también cayó.
Luego se fue acercando a la pequeña cesta de mimbre
para sacar una culebra boa:
mantona, mazacuata, jiboia,
que extendía la cabeza triangular
ofreciendo un saludo con su lengua bifida.
Afuera del local
la Vía Láctea
flotaba sobre una carretera de tierra
y la vaguedad del celaje de una bicicleta.
Mientras, la odalisca pueblera, iba de aquí para allá
acompasadamente.
Y de pronto la boa
entornada a su cuerpo
descendió a la cintura
y obedeciendo
a un coito antiguo
se introdujo por la rajita
guarnecida con vellos aceitosos,
la cual se tragó cincuenta centímetros de reptil.
Desde el plafón del techo pendía
un cable con su bombilla
— que ni siquiera parpadeó — .
No aletearon los esfíngidos
que suele traer la noche.
Transcurrieron breves minutos
(...)
y fue halando el decapitado músculo
hasta ver la cabeza
con sus pupilas verticales.
La respuesta fue un clamor.
Y un gallo
de plumaje hollinezco
amarrado en algún lugar de la trastienda,
cantó dos veces.
En el rostro de la mujer apareció el surco
de una sonrisa
que la acompañaría
frente a su cena
de un plato de arroz con pescado frito.
Mientras la boa mantona, mazacuata, jiboia,
se arremansaba
en su jaula,
hasta la próxima función.
*
¡Dime alma mía!
cuánto valdrás algún día,
que en la pobreza yo quiero:
tener dinero, tener dinero.
(Del libro homónimo,
"Una antología,
Edición de Juan Cardenas,
Fondo de Cultura Económica,
2025)
Igor Barreto
Igor Barreto. Poeta, ensayista, escritor y editor venezolano. Nació en San Fernando de Apure, en 1952, y residió varios años en Rumania; a su regreso se incorporó al taller Calicanto. Luego cofundó, tras su ruptura, el conocido Grupo Tráfico del Arte en el Instituto Caragiale, de Bucarest. Realizó estudios de cine y dramaturgia; ha desarrollado una importante carrera durante la cual ha sido editor de catálogos de arte para diversos museos de Venezuela. Trabajó en la Dirección de Publicaciones de Museos, adscrita al Ministerio de Cultura de Venezuela. Profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Colaborador como articulista de prestigiosos diarios y revistas literarias nacionales e internacionales. Ha representado al país en diferentes encuentros internacionales en Rumania, España, Estados Unidos, Colombia, Cuba y Argentina. Sus poemas son incluidos en las antologías de poesía venezolana contemporánea y algunos de ellos traducidos al inglés y al francés. Barreto es una de las voces más importantes de la poesía venezolana contemporánea. A través de un archivo de materiales diversos que enrarecen la noción de literatura, este autor explora estados de interrupción de la vida como experiencias en las que el poeta ensaya los límites de su lengua e interviene las formas dominantes de sentir e imaginar, para proponer una poética de la vulnerabilidad y de la dificultad. Ha ganado el Premio Municipal de Literatura, mención Poesía, en 1986, y el Premio Universidad Central de Venezuela, mención Poesía, en 1993. Obtuvo la beca Guggenheim, en 2008. Además, fundó en la década de los ochenta la editorial Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, Han sido publicados sus libros de poesía: ¿Y si el amor no llega? (1983), Soy el muchacho más hermoso de esta ciudad (1986), Crónicas llanas (1989), Tierranegra (1993), Carama (2001), Soul of Apure (2006), El llano ciego (2006), El duelo (2010), Carreteras nocturnas (2010), Annapurna. La montaña empírica (2012), El campo/el ascensor. Poesía reunida (1983-2013) (2014), El muro de Mandelshtam (2017) y La sombra del apostador. El Gallo Combatiente y su ritual analfabeto (2021). Además, forma parte de la antología poética 25 antenas, poesía hispanoamericana (2017).

