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lunes, 24 de noviembre de 2025

De: Lo que se puede hacer con el fuego (2023)

 



LA EXTRACCIÓN DEL AGUA


Nada sucedía que no volviera a suceder: 
la palanca una vez alta, otra vez baja; 
los dos movimientos encadenados y sucesivos 
para extraer el agua del pozo.

Y el futuro, desde entonces, era eso: 
primero, agua turbia, con cristales de mica en el fondo; 
luego, borbollones sucios, inaptos para beber; 
recién, al final, agua fresca, hasta empañar el vaso.

Esa arquitectura había abolido el azar.
De ella aprendimos a descubrir la insistencia: 
tanto la oscuridad de la que nacen las cosas 
como la afinación con la que terminan.

Tuvo que transcurrir toda la vida para saberlo: 
un viaje de ida y vuelta para enfrentar el vacío, 
y la ambición de impedir que, en el trayecto, 
lo que había comenzado a brotar se corte.

De este modo, sin pedir la palabra, Ella habrá hablado,
aunque debas esperar toda la vida
para entender lo que dice,
mientras el lugar desaparece en poder del humo.

Detente, quédate ahí, abre despacio esa puerta, 
ahora que el tiempo se vuelve espeso en tus manos.
No había que pensarlo dos veces
para rescatar esta música extremada.

Consérvala como si la escucharas por última vez 
(con una pizca de dolor entremezclada con alegría). 
Que sea tu diapasón y tu lágrima.
Nunca bebiste agua tan fresca.                               a J.M.O.




ACTO DE FE


Me aferro al rayo de sol, al grano de arena, 
a la nube que cruza de oeste a este.
Me aferró al agua que bebo y a la tierra que piso, 
a la corteza del árbol y a la raíz.

Me aferro al mes de julio, 
a las páginas del Quijote, 
a la lluvia lenta y a la pajarita de papel.

Me aferro al ámbar, al lapislázuli, 
a las vetas de la madera, 
a la piel del durazno y a la oración.

Me aferro al fagot grave, al solo de violín, 
al Adagietto de Mahler.

Me aferro al mar porque es mar 
y a la roca porque es roca, 
al laberinto porque me extravía 
y a la línea del horizonte porque me llama.

Me aferro a las enumeraciones, 
a la cifra exacta, al número impar.

A la niebla
que pronuncia, en sus intervalos, 
el nombre de Dios
y deja al descubierto una gran colina blanca.
Me aferro al viento,
a la noche oscura, a los senderos de grava.

Al viento, al viento
que desespera en las hojas
y borra, con misericordia, todas las señales.




SALMO

Nunca se equivocaron 
los Viejos Maestros 
W. H. Auden

El mundo existe, las cosas existen: 
la piedra, el sol, el aire, 
el pájaro en vuelo 
y la primavera en la rama.

Cuando el desánimo nos abate 
la memoria se encarga de recogerlos 
y forma con sus semillas 
el volcán y la rosa, la cantera y el sonido.

También la ola, el claro del bosque, 
las iglesias góticas 
y los campos de lavanda 
nos salvan de la tristeza.

Eso lo sabían los Viejos Maestros, 
y amaban la perspectiva, 
los álamos de Italia 
y la sal de la tierra.

Eran incansables: repetían 
el oro brillante y la esfera celeste, 
las nubes en el cielo 
y el suelo bajo los pies.

Que lo visible perdure,
que lo incontable renazca:
eso debatían en los talleres,
y en las telas abundan colinas, iglesias, árboles.


(Del libro Antología personal
-1966-2023-), Libros del
Zorzal, 2024)

Rafael Felipe Oteriño (Argentina, La Plata, 1945)

Pueden leer la biografía y más poemas en entradas anteriores.



sábado, 1 de octubre de 2022

Y EL MUNDO ESTÁ AHÍ

Imagina que todo recomienza y que tu cuerpo está ahí,
rodeado de plantas y animales, bajo la columna y el dintel,
mientras voces jamás oídas golpean a la puerta;
que das un paso y otro y que nada se opone a los siguientes.
Imagina que espíritus protectores te acompañan,
hasta una calle dormida en la que se oyen voces anteriores.
Imagínalo, porque todo eso ya pasó: las casas fueron

                                             tapiadas
con una pluma de ave del paraíso en cada mano,
para quien sea capaz de dar el próximo paso y los siguientes.

y los ángeles de la infancia abandonaron sus puestos.

Las columnas continúan firmes con su dintel.

Un silbido nuevo ensordece el día. Y el mundo está ahí,

(de: "Y el mundo está ahí", 
Libros del Zorzal, 2021)

Rafaael Felipe Oteriño 



Rafael Felipe Oteriño nació en La Plata, en 1945. Es poeta, abogado, crítico y ensayista sobre poesía. Fue representante argentino en el Encuentro de Poetas del Mundo Latino (México, 1978) y en las VII Jornadas de Poesía en Español (Logroño, España, 2005).Miembro de la Academia Argentina de Letras y de la RAE. Publicó los libros de poesía: Altas lluvias (1966), Campo visual (1976), Rara materia (1980), El príncipe de la fiesta (1983), El invierno lúcido (1987), La colina (1992), Lengua madre (1995), El orden de las olas (2000), Ágora (2005), Todas las mañanas (2010) y Viento extranjero (2014), y el volumen de ensayos sobre poesía: Una conversación infinita (2016). Su obra se encuentra reunida en Antología poética (1997), Cármenes (2003), En la mesa desnuda (2008) y Eolo y otros poemas (2016).


Pueden LEER más datos de la biografía en una entrada anterior del autor (Nota del administrador)
 
 

domingo, 26 de julio de 2015

VIENTO EXTRANJERO





LAS HAMACAS


a Pilar

Las hamacas que visitábamos de noche nos interpelan, 
el bosque que recorrimos juntos nos interpela: 
hablan de nosotros y repiten nuestros nombres.

No es todo lo que quisiéramos oír
pero su voz se oye clara en cuanto apoyamos la cabeza.

Dicen sí y dicen no,
dicen claridad y oscuridad, siempre de a pares;
de dos en dos, no se cansan de repetirnos.
Hablan de lo que llega limpio y no tarda en desvanecerse,
de lo que se eclipsa y regresa cuando ya no lo buscas.

En el vaivén está su secreto,
en el soplo y en la brasa, en la aparición y en la desaparición. 
Por su abundancia, la luz tiene necesidad de repetirse, 
hace nido en la piel y se transforma en memoria.

Dispuestos a partir -no una, sino mil veces-, regresamos; 
regresamos porque no hay otro lugar y el mundo es éste 
y aceptar la vida es el lugar.

Tu estatura no era elevada como para escuchar esa voz 
que se abalanzaba desde las sombras,
pero juntos, tomados de la mano, formábamos una columna 
más fuerte que tu miedo y el mío.

Las hamacas nos enseñaron a escribir sobre el agua,
a dibujar grandes círculos en la arena
y a confiar en el bosque del que no hemos salido.



TODOS, ALGUNA VEZ, ESTUVIMOS EN EL PARAÍSO

El que observó a medianoche la espuma blanca del cielo, 
el que oyó un galope prolongado en la estepa de la mañana, 
los que presintieron la lluvia y se refugiaron en ella, 
el pescador que aguarda el próximo pez que prenderá esa tarde, 
el que recuerda el olor a café detrás de una puerta que no existe, 
quien siente en la boca la primera palabra de un verso:

todos, alguna vez, estuvimos en el paraíso;
las manos lo tocaron y el pecho aspiró su aroma,
el Paraíso cedió por un instante -se detuvo allí—
alzó un vivac en el que cada fragmento coincidió con su parte:
las sombras con el árbol, el árbol con el camino,
el río de Heráclito con el río a secas.



SEGUNDA NATURALEZA

El amanecer comienza, como siempre, en voz baja.
Lo acompaña un trino que, con el paso de las horas, se apaga.
Entonces entran los grandes autobuses,
palas mecánicas y grúas a reinar sobre el planeta.
Un taladro avisa que el mundo ya está en marcha.

En el silencio de la habitación continúa aquel trino, 
aunque sólo esta página lo escucha.

Levanto la vista
y sobre la pared cuelgan fotografías de familia.
Cuadriculan el tiempo, lo fijan: es su modo de reinar en el silencio.
Pero padre, madre, abuelo, hermana, no están allí.
Son como esos pájaros del amanecer
que una luz, casi dorada, despierta.

Hojas de papel, paredes blancas: escudos contra la desaparición.



PEDÍ QUE ESTE VIENTO

Pedí que este viento no terminara nunca
y eso es imposible:
las cosas nacen para sucederse, no para durar.
Es lo que marcan las estaciones,
los cambios en la piel
y esta misma plegaria a través de los años.

No permanecen igual: se suceden.
Incluso la propia imagen del viento
lo dice claramente:
lo que hay es cambio y nada lo frena.
De lo más cálido a lo frío
y del frío a la frialdad extrema.

El viento desprende las hojas,
que son otras, otras.
Contagiadas por esta lección,
las manos se sueltan de las manos.
Nada permanece:
ningún trabajo sobre la superficie blanca del mar.




Rafael Felipe Oteriño


Rafael Felipe Oteriño. Poeta argentino. Nació en La Plata, en 1945. Vive en Mar del Plata, donde es Profesor de la Universidad Nacional. Ex juez del fuero civil y comercial y miembro de la Academia Argentina de Letras. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Altas lluvias (Cármina, 1966), Campo visual (Cármina, 1976), Rara materia (Cármina, 1980), El príncipe de la fiesta (Cármina, 1983), El invierno lúcido (El imaginero, 1987), La colina (Ediciones del Dock, 1992), Lengua madre (Grupo Editor Latinoamericano, 1995), El orden de las olas (Ediciones del Copista, Colección Fénix, 2000), Cármenes (Vinciguerra, 2003), Ágora (Ed.del Copista, Colección Fénix, 2005) y Viento extranjero (Ediciones del Dock, 2014). En 1997, el Fondo Nacional de las Artes publicó su Antología poética. Ha recibido numerosos premios, entre ellos, el Konec de Poesía y el de la Secretaría de Cultura de la Nación.








miércoles, 17 de junio de 2009

DESDE ESTA EDAD SE VE TODO
















Desde esta edad se ve todo:

se ve la orilla impetuosa,
se ve el fulgor de las colinas,
se ve el patio donde todo sucede,
se ven las puertas que nadie abre,
se ven los desiertos que ninguno celebra,
se ve el mar y se ve la espuma del mar,
se ve el río que viene desde la infancia,
se ven las nubes corriendo ligeras más allá,
se ve la luna y el resplandor de la caverna
-la cumbre como un pensamiento inacabado-,
se ve el centro del mundo sin cambiar de lugar,
se ve arriba y abajo, a derecha e izquierda, con los ojos fijos,
y se ven nítidos, hechos de espanto y libertad,
nuestros pies desnudos en el aire,
lejos aún de las colinas, del caritativo viento y del mar.



Rafael Felipe Oteriño (Argentina, La Plata, 1945)



viernes, 24 de abril de 2009

AHORA ÉL ES MÁS JOVEN



No me llevó a pescar,

no hizo un barrilete de bandas rojas y blancas para mí,
no corrigió la declinación de mis verbos,
no me leyó junto a la cama "Las mil y una noches",
no apagó la luz cuando quedé dormido
ni me vio, bajo su propia luz, dormido.

Él ya no estaba cuando yo nacía.

Ahora él es más joven:
una rama alta que no produce sombra,
un árbol desclavado de la tierra,
fundador de un bosque.

No necesita elevar la voz para que lo oiga
ni saber que estoy solo o enmudezco
para empezar a hablar;
no necesita siquiera hablar:
está presente como el espesor de un muro
(él es el bosque y nosotros las ramas).

Marchamos juntos,
caminamos por las mismas calles,
damos vuelta en las mismas esquinas,
entramos a las mismas casas
y, una vez en ellas, esperamos que alguien nos despierte.

Mis cosas se agrupan con las suyas
sin respetar un límite,
pero entre una cosa y otra media un abismo.
Tesoros de letra menuda, son prolongaciones,

no objetos:
artes de una navegación que ha seguido su rumbo.

Toda mi vida reposa en la suya,
pero él necesita de la mía
para no repetirse,

Sé que es mi abuelo
por pequeñas partículas en la piel.
Me da su pan: su pan de humo.



Rafael Felipe Oteriño (Argentina, La Plata, 1945)




sábado, 20 de diciembre de 2008

TODOS ALGUNA VEZ TUVIMOS EMBLEMAS




Hemos colgado fotografías de Annie Girardot en la cabecera
de la cama
y cada noche al dormir ensayamos un diálogo amoroso.
Hemos hecho anotaciones en los libros y señalado en el margen
el día y la hora.
Hemos creído que alguien tomaría esos libros, esas fotos, y
vincularía fechas en busca de alianzas.
Pensamos que alguna vez se ocuparían de nosotros y fuimos
pacientes en la espera.
Muy tarde comprendimos
que frágiles archivos somos, invisibles y puros como esos monjes
que meditan en jardines de arena.



Rafael Felipe Oteriño (Argentina, La Plata, 1945)



IMAGEN- La actriz Annie Girardot, en el papel de prostituta del film Rocco y sus hermanos (1960) de Luchino Visconti.