sábado, 18 de julio de 2026

ANTOLOGÍA PERSONAL -Juano Villafañe-

 

 Poemas anteriores
(Universidad Central del Ecuador, Quito: 1982)

Regreso al patio anterior
Acostumbrarás a ver en el jardín el juguete roto
de tu infancia menor
como un regreso al abandono
al hambre transitorio
a la parquedad de la idea femenina
débil
aprendida en familia.
Así circula el tiempo
como la idea de un muñeco roto.


El combate en el parque

Ella le llevaba sus almuerzos al parque
debe ser hermoso para los pájaros que ella vaya
le lleve sus asuntos 
su pollera.
Él debe almorzar sobre su falda
hacer las lágrimas de un trabajo duro
porque ella sabe que el amor es difícil
y hay que almorzar para dolerse.
Yo solo paso y la miro tenue
también tendré un almuerzo sobre el parque
a todos nos toca un amor debajo de los pájaros
a todos nos toca,
el combate arriba de la tierra



Visión retrospectiva de la botella

(Ediciones Libros de Tierra Firme: Buenos Aires, 1987)


“No vine a vuelo de pájaro y he aprendido otras miserias,
regresé sobre mi pensamiento incauto a la piedra, 
para pedirme estilos en la fuerza de los golpes. 
Era dolido por algunas tragedias, 
pero no vine a vuelo de pájaro, ni saldrán de mí
míseras palabras o sombras de la boca. 
En dolores de la carne se aprende a levantar las rosas 
y grandes columnas para que vivan. 
La alegría de los cuerpos son danzas posibles 
a donde he llegado para asaltar el mundo. 
Los párpados del vino o raza de hombres parecidos 
se atiborran por las calles del cansancio, sombras
del alcohol por donde he bebido para lastimar 
aún más la mujer herida o el duelo 
pródigo de los que compiten. 
Levantaba muertos de mañana como a 12.000 kilómetros
del mundo, a la tarde buscar las que me acompañan 
los puertos, lejos del hambre 
y no será jamás la retórica del cansancio, 
los puertos rostros náufragos o la muerte”.


Carta para Vicki en la botella rota

(Buenos Aires 1976, una mujer daba su último combate)
                                                          
                                                     A Rodolfo Walsh
                                                                             A Vicki   
           
“Anoche tuve una pesadilla torrencial
en la que había una columna de fuego
poderosa pero contenida en sus límites
que brotaba de alguna profundidad…” *

de un mar oculto en una botella rota
quebrada en un combate natural
en infinitudes de vidrios y de ráfagas 
que incendiaban sus límites
las terrazas sobre las casas bajas
y el vestido de niña.
Porque eras una niña así como a la
1.10 h cuando reciben los informes del infierno, 
de los ojos trizados
de las explicaciones en esa carne viva
en lo breve, en lo inútil
donde todo se pudre.
Ahora sólo hago cartas sobre filas de botellas 
que quiebro con los tiros
con los tiros, con el calibre del revólver que llevo 
en la cintura
por si nos sorprenden en el último gesto 
en la oscuridad
o en la humedad de la bebida que marca la miseria.
Hablé con tu madre
quien te inventó en tu vestido corto
y sólo se despide en los alientos que deja el frío 
en el espejo, orgullosa.
(Pero no habrás de saber
que se muere en la ignorancia
que tu padre en el relámpago de otras ráfagas
no tuvo cómo acercarte una carta a la botella rota
o a un sitio más normal, más célebre, más alto
para que la muchacha no fuera excedida por la suerte
excedida por la barbarie, por los torrentes
del que escribe,
                            luego de tu padre).

* Carta de Rodolfo Walsh a su hija María Victoria, 
escrita 10 horas después de su muerte.




Una leona entra en el mar
(Ediciones del Dock: Buenos Aires, 2000; 
Editorial Arte y Literatura: La Habana, 2004)


Ella

Ella podía enamorarse a las tres de la tarde
salir con su blusa al mundo
o mirarse al espejo.
Ella era esbelta
difícilmente esbelta 
más próxima al amor que a los objetos.
Ella podía abandonar el dolor
salir una mañana 
terminar agotada
y agotarme.
Ella podía darse vuelta sobre sí
abrir la puerta
contemplarme.
Ella estuvo una vez a las tres de la tarde.
Por eso es preciso beber, olvidar, dormirme,
alcanzar de nuevo este silencio


Una leona entra en el mar

Una leona entra en el mar
hacia las arenas 
ella la grande
ante lo colosal que dejan las mareas
las medusas frías
y los caracoles muertos.
Cientos de bañistas dioses fundadores revuelan su olfato
lo precioso de un felino que se moja en las aguas
en lo natural de una zona de playa
que invita a esa fiesta entre soles y peces
a la gran fiesta
entre el demasiado público
y el gran público de mar que invade los veranos.
Una leona sale al mar
hacia la música de playa
ella la grande
ante lo colosal que invade los veranos
con los golpes de sol
con los golpes del agua.
Cientos de dioses revuelan lo precioso de un felino 
que se moja en las aguas
en lo natural que dejan las mareas
y esos cuerpos de playa que se llevan al fondo
de otra noche de fiesta de un silencio jadeante
sonidos al fin con ruidos de mareas
altas y bajas que regresan del fondo.
Una leona entra en el mar
hacia la música jadeante
ante lo colosal que invade los veranos.


Deconstrucción de la mañana

(Ediciones Atuel: Buenos Aires, 2006)

La escena contemporánea

En un inmenso mar de fuego se ha perdido la dicha.
En tu calendario arden sólo días de conquista 
y se muere de frente.
Eran todos los árboles en la tormenta.
Todo caía desde un cielo de vapor y humedad de mundo.
No eran el tumulto ni la gloria, ni una piedra dormida 
luego de correr el agua.
No eran así, ni la felicidad ni el olvido.
Rodeada de hojas te dejabas ver en la ventana 
que ilumina el parque profundo,
la noche sin mar
el invierno sin fuego.
Otro calendario vive sin quemarse.
Viven los días que se esparcen en la arena,
con infinitos caballos que regresan del frente


Públicos y privados

(Melón Editora: Vicente López, 2013; Editorial Lisboa: 
Comodoro Rivadavia, 2018)



Una mujer y su hija caminan con una sombrilla de verano

La ceremonia se produce por la rigidez de una mecánica 
que sirve para cubrirse del sol.
Se trata de una sombra que se deriva de una poética 
de metal más alta que las propias mujeres.
De la naturaleza de una protección que se conduce 
caminando y deja su estela de sombras y de luces, 
de arenas hacia el fondo de los montes y de orillas 
hacia el fondo del mar.
No se sumerge una sombrilla, ni su sombra, 
solo van por un camino que las aleja en la mecánica 
que se ha inventado para cubrirse del sol.
Miran el horizonte, sea de agua o de médanos 
o de árboles, no miran el cielo.
El sentido es visible a los ojos, lo que deja la sombra 
siempre se pierde en las espaldas de las mujeres 
y al caer la luz sobre el resto del camino.
Más allá la mujer le dice a su hija: “eran así la felicidad 
y el olvido”, “córrete un poco de mi lado, para que no 
sufras, que la luz te ciegue y te bañe la piel con todos 
los colores del mundo”.


Ciudad Capital, agua de río


Qué será de lo público como una multitud que brilla 
en la ciudad y en los puentes agrestes de rocío 
y césped de comedores.
Qué será de lo privado en un espíritu que bebe 
su vaso de vino desde la altura que dejan las luces del centro,
giro de una provincia que va como siempre hasta la vuelta 
sobre sí, 
tan corta y respirada.
Qué será de mi amor en los puertos y en los claroscuros 
que caen otra vez y otra, para que descanses sobre esta calle 
y la casa del bosque con un frío de alientos 
en la madrugada de un caballo fugado.
Porque el borde de lo sagrado y del agua 
a unas cuadras de aquí, serán altura para darte, 
altillo, secreto mirador 
de una avenida que concluye al río.
Será secreto a voces, con un público que ingresa, 
salida al balcón y a los días que van con los vecinos, 
con los herrajes, los llamadores y el silencio 
de las llanuras construidas y penetradas.
Multitudes rodeadas en los verticales rígidos.
Río extendido, a pasos de aquí, sobre los infinitos de la luz 
y sus reservas, conquistas que fueron una provincia, 
un parador de noche, un campo de indios y malevos 
con copas en su arteria, en su avenida, en sus pendientes 
de las lluvias eternas.
Oh, Ciudad Capital, agua de río.


El corte argentino
(Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2020)


Ella nunca comprendió mis poemas

James Joyce se había enamorado de una mujer
Se trataba de Nora Barnacle, que era una camarera 
del hotel Finn’s, de Dublín
Y que nunca pudo realmente reconocer la figura de Molly Bloom
Ni comprender las imágenes de Joyce y el viaje de Ulises
Aunque para muchos la propia Nora era también 
la propia Molly y la propia Penélope
Y así ella terminaba con su monólogo de mujer inventada
Con un sí, siempre con un sí, o como termina 
la vida realmente con un sí
Que es la palabra más hermosa que puede pronunciar una mujer
Porque realmente yo he sufrido
Porque deseaba destruir la imagen clásica del mundo
Y que mi amante terminara de decirme el propio final 
de su propia palabra como fin
Para poder disolver la imagen de la realidad 
en un cuadro de melancolía
Porque al entrar al restaurant ella me dijo: 
sería ideal que una camarera
se enamorara de un intelectual moderno
Y que lo importante era amar 
y no comprender absolutamente nada de mis poemas
Y que ella podía terminar con un sí, iniciar con un sí, 
que es la palabra más bella que puede pronunciar una mujer
Y queda ese dolor por no pedirlo todo
Al quedarme solamente explicando mi última imagen 
de un intelectual moderno
Y que una estación del sur no se recorre en un solo día
Ni Temperley es Dublín, ni en mi barrio 
hay un hotel como Finn’s,
Aunque mi camarera me lo dijo con una claridad extraordinaria
Puedo amarte y no entender nada de tus poemas
Y decirte sí una mañana, 
que es la palabra más hermosa que puede pronunciar una mujer
Y recorrer el sur como si fuese una calle con su plaza
Y dar la vuelta tantas veces como ocurre con tu barrio
Cuando siempre te pregunté lo mismo
Y que no hace falta que yo entienda tus poemas para decirte sí
Que es la palabra más hermosa 
que puede pronunciar una mujer
Y que yo puedo llevarte por el mundo 
sin comprender la menor de las metáforas
Verte con esta boca de tan cerca
Decirte sí de nuevo
Volver sobre el fin con una sola palabra, 
que es la palabra más bella que pueda pronunciar una mujer
Y yo tratar de terminar este propio monólogo 
sin que hayas entendido
absolutamente nada
Y que me digas que sí
Que yo imagino que me dices que sí
Que yo escribo que sí
Que es la palabra más bella que puede pronunciar una mujer 
cuando te escribo.


La pared

Cuando una pared se pinta de blanco
Queda bien blanca
Con los días avanza el primer brillo
Una segunda naturaleza y una extraña luz encendida
Cuando una pared se deja blanca
Por cierto tiempo
Pasa a ser una pared con espíritus que hay que volver a blanquear
Cuando uno se olvida de pintar definitivamente 
una pared con los años
Es una pared donde queda todo:  
besos secos, gritos impregnados, la humedad de los días
Espejos rotos, una muñeca, una respiración, 
un humo que todavía circula casi solo
Las fatigas con fantasmas y con miedos
La pared así es un tiempo oscuro, casi blanco, indescifrable
Es una pared real
Como el amor real de lo perdido, con infinitos besos 
adheridos por el mundo.

(Del libro homónimo,
Barnacle, 2026,Envío
de Alberto Cisnero)
Juano Villafañe


Juano Villafañe (Quito, Ecuador, 1952). Es poeta, ensayista, periodista y gestor cultural.Vive en la Argentina desde que tenía 3 años y es hijo del famoso titiritero y poeta, Javier Villafañe. Comenzó a escribir a los 14 años. Dirigió durante quince años (1987-2002) Liber-Arte / Bodega Cultural. Tuvo a su cargo la Dirección Artística del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” (2002-2025). Publicó: “Poemas anteriores” (Editorial de la Universidad Central, Quito, Ecuador, 1982); “Visión retrospectiva de la botella” (Libros de Tierra Firme, 1987); “Una leona entra en el mar” (Ediciones del Dock, 2000 - Editorial Arte y Literatura, La Habana, Cuba, 2004); “Deconstrucción de la mañana” (Ediciones Atuel, 2006); “Los Villafañe. Poesía familiar”: selección de poemas de Javier Villafañe, Elba Fábregas y Juano Villafañe (Ediciones Colihue, 2012); “Públicos y privados” (Melón Editora, 2013); y “El Corte argentino” (Ediciones en Danza, 2020).

IMAGEN: Villafañe--PH : Gisella Romino


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