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sábado, 3 de agosto de 2019

EL ARTE DE PERDER






















REVELADOS


Estabas sentada a la mesa de la cocina
diciéndome esto y aquello
sobre la preparación de la comida.
Tenías la mirada seria
pero divertida de quien transmite
secretos irrisorios y definitivos,
como la cantidad de perejil en la simetría
que pedías de las albóndigas, y en el medio
«tu padre era muy ordenado» -intercalabas-,
o «si quisieras podrías ser bella».
Y tu mano aleteaba, y tus párpados batían
-levemente como un pequeño pájaro precioso
que el aire sostiene por galantería.



(De "El arte de perder"; tomado del libro:
El árbol de las palabras, obra reunida,
Bajo la luna, 2018)
Mirta Rosenberg 





Mirta Rosenberg. Poeta y traductora argentina, nacida en Rosario en 1951; murió en Buenos Aires, en 2019. Publicó los libros de poemas: Pasajes (1984), Madam (1988), Teoría sentimental (1994), El Arte de Perder (1998), El árbol de palabras; Obra reunida, 2006, El paisaje interior, 2012 y Cuaderno de oficio (2016).  Integró el Consejo de redacción del desaparecido Diario de Poesía desde su origen, hasta su cierre, en 2011.   Realizó estudios de Letras en la Universidad Nacional del Litoral; de francés, en la Alianza Francesa, y entre 1973 y 1976 cursó el traductorado literario y técnico-científico de inglés en el Instituto Superior Nacional del Profesorado de Rosario.  En 1990 fundó el sello editorial rosarino: Bajo la Luna. Tradujo y publicó, entre otros, poemas de Katherine Mansfield, William Blake, Walt Whitman, Emily Dickinson, Marianne Moore, James Laughlin, Seamus Heaney, Elizabeth Bishop, D. H. Lawrence, Louise Gluck, Anne Carson, Robert Hass, Anne Sexton, Joseph Brodsky y Ted Hughes.






jueves, 1 de agosto de 2019

MADAM


























No tengo arte. El arte de una amada
es ocultarlo tras el cuerpo. Este poder,
decía,  es un espectro. Porque amo soy,
esclava y gozne de ilusión, insomne
que abrirá, tras el jardín, la cerca.
Atrás nardos, ciclámenes, violetas: se completa
la guirnalda, y aquella falda drapeada,
cuando era bella. ¿Aquel amado? ¿Recuerdas?
¿Tuvo otra casa, ella? ¿Otro jardin, y cerca?
Tantos abrazos. ¿Gemía acaso ‘no tengo arte’
cuando observaba, erguida en falso,
lo fatal del lazo? Su parte era ser bella,
misteriosa por demás, urdida sobre si
como celdilla de un panal desalojado. Las abejas,
en otro lado y tiempo, finito, para espiar
por la mirilla. Esta mujer, decía,
admiraba la traición y la insuflaba en peso.
Ese, digo yo, sería su exceso. Cada movimiento
de su voluntad un átomo duraba, que volvía
con tiento a la materia irreal del tiempo.
Allí cabía verdad, olvido, igual, ausente.




(De "Madam", 1988; tomado del libro:
El árbol de las palabras, obra reunida,
Bajo la luna, 2018)

Mirta Rosenberg (Argentina, Rosario, 1951, murió en Buenos Aires, en 2019)




IMAGEN: Fotografía de Nobuyoshi Araki.



martes, 30 de julio de 2019

PASAJES


























4


El terror de la emoción que no se dice:
                            Matamos
lo que amamos (*)
                            porque
                                          va a morir
de todos modos o Encuentro
mucho que admirar (**) en esta formación
volcánica.

es abrupta
                         la belleza
y espontánea. El ascetismo
el rito, alguno
                         de aspiración
a la excelencia
                        de espiración
volcánica.
No hay resguardo,
hay el coro y vuelta al sitio
donde no fui
antes.

(*) Verso de Rosario Castellanos.
(**) Fragmento de un poema de Padeletti.

CONTRA EL ESPEJO

El grano de maíz
dentro del vientre
del torso de mujer
de la escultura de Moore,
en el museo, demora la mirada
de quien mira. Detenida, la mano visitante
puja por el grano pero no lo apresa, pendiente
del instante. Habría vida en esa curva, dura belleza,
y sostenida, la promesa: presente en cada vientre.
La que ve el maíz se turba, guarda la mano
seducida, y se lleva el grano y la promesa,
el torso de mujer de Moore,
la curva de la vida
esculpida
en la cabeza.

(De "Pasajes", 1984; tomados del libro:
El árbol de las palabras, obra reunida,
Bajo la luna, 2018)



Mirta Rosenberg (Argentina, Rosario, 1951, Murió en Buenos Aires, en 2019)





IMAGEN: Mujer (1957), escultura del artista Henry Moore.


lunes, 11 de septiembre de 2017

ESCRITURA Y ESPACIO




           El espacio de la escritura es, por cierto y obviamente, el recinto de la lengua, dentro del cual quien escribe estable­ce, bien o mal, su propia sede. Así, el espacio de la escri­tura es por excelencia un espacio subjetivo en cada caso particular, que suele intercalar en capas semejantes a las geológicas la percepción y la experiencia individuales acu­mulándolas sobre un fundamento magmático nuclear y profundo que sería el acervo heredado de la lengua natal. Lo denomino un espacio subjetivo porque en él coexisten varios sujetos: el sujeto de la percepción, el sujeto de la experiencia, el sujeto lingüístico, el sujeto histórico, el sujeto musical incluso, y todos ellos se debaten con la materialidad objetiva del mundo que parece desafiarlos y desmentirlos constantemente. El espacio de la escritura está además ocupado de antemano por la lectura, que transforma tanto la percepción como la experiencia. Mi espacio personal de escritura, sin embargo, se ha negado a ofrecer lugar a preceptivas y decálogos, (ya escritos o en situación de inminente escritura) que reducirían el hori­zonte que, a pesar de ser miope, pretendo alcanzar con los sentidos (tanto de la lengua como de la percepción). Lo que quiero decir es que un espacio de escritura sólo cobra para mí existencia verdadera como sede de un poeta cuan­do logra asentar sus reales más allá de los límites del con­senso poético de la época y el lugar, no para aspirar a los «universales» sino al arraigo de una subjetividad lingüísti­ca propia en la época y el lugar, aunque no sea propia de la época y el lugar, o no resulte oportuna ni a favor de la corriente. En definitiva, lo que en un lenguaje ya pasado de moda solía llamarse «una voz propia».
          Sucede además que esta clase de espacio al que aludo plantea por añadidura ciertas exigencias, éticas y estéticas, como el candor, la inteligencia y la voluntad de estilo. Candor para no tener que borrar con el codo lo que se escribió con la mano, inteligencia para saber descartar lo superfluo y distinguirlo de lo necesario, lo más ascética­mente posible, y voluntad de estilo que permita articular esos elementos dispares y de distintas procedencias que constituyen, a mi entender, la cualidad siempre sorpren­dente (aunque no novedosa) que da vida a la poesía.
           Al espacio de la escritura traslada el poeta, en perpe­tua mudanza, la carga de percepción y experiencia que la vida le ha concedido convirtiéndola en materia de la len­gua. En mi espacio de escritura, esta tarea de peón de mudanzas se enriquece también con el traslado de una lengua a otra que implica mi actividad de traductora. La traducción me ha enseñado a discernir pluralidad y poli­semia aun en un simple monosílabo, a acoplar entre sí rit­mos y sentidos que no podrían parecer más disímiles, a incorporar literalmente expresiones de otras lenguas que me ayudan a des familiarizar la propia. Y también me ha ayudado a leer (lo que escribo yo y la escritura ajena) con la suspicacia de un buen detective privado.
           Releo lo que he escrito en esta breve página, por ejem­plo, y ya observo, con cierta incertidumbre, pero también con júbilo, que el término sujeto que empleé al principio, tanto en inglés («subject»), como en francés («sujet») o en italiano (soggétto»), significa también «asunto» o «tema». El término español comparte la raíz latina con las lenguas mencionadas, y sin duda eso podría ser para mí el dispa­rador de un poema sobre, pongamos, el tema del sujeto o el sujeto como asunto, algo que acabo de descubrir y me sorprende. Como me sorprende siempre que logro tradu­cir un poema de otra lengua a otro poema en mi lengua, sin sentirme como Caronte, que trasladaba de una a otra margen de la laguna Estigia a las almas dentro de sus cadá­veres.
          En otro plano, termino diciendo que mi espacio lite­ral de escritura se define a partir de la segunda mitad del siglo XX (nací en 1951), en el contexto urbano de dos ciu­dades (Rosario y Buenos Aires) y en el recorrido (en ómni­bus o en tren) de los 300km. que las separan. Y a eso había que agregar, en este momento, los 30 metros cuadrados del espacio que constituye mi lugar de trabajo, lectura y escritura, y algu­nos diálogos enriquecedores con algunos poetas que, por suerte, me han tocado como coetáneos.





Mirta Rosenberg (Argentina, Rosario, 1951, reside en Buenos Aires) 




viernes, 24 de mayo de 2013

El paisaje interior


YO

Haciendo del error virtud,
estoy donde mi cabeza estuvo y vio todo
hasta donde alcanzaba la vista,
porque ella —no yo— nunca se perdió:

en la entrevista oscuridad
del túnel, adelante, dio a pensar
—haciendo de virtud verdad— que esa cabeza
era todo el acontecimiento de la luz.

Y ella acontecía mientras yo 
dentro del cuerpo me encerraba, 
haciendo de cada órgano mí casa: 
oeste o este era un todo sin ventanas,

una feliz ciudad descentrada 
en la cuadrícula de la ocasión. 
El horizonte desprestigiado 
se retiró, se acercó, cambió todo

y todo para que entrara yo: 
abajo, arriba, ejido, centro y alrededor. 
¿Dónde pasó cada cosa, dónde todo 
sucedió? ¿Infancia, juventud, virtud, error?

El tiempo fue quien pasó: salió, subió, 
se puso y terminó. Aunque poco, no del todo 
definido, el mundo —cabeza y cuerpo— 
cobró la forma del contenido,
                          agrandó la o del yo.




AHORA, más cerca de la tierra, 
veo las mismas cosas 
pero veo más. Sentarse 
para evitar la distracción, 
y la ilusión retrocede. 
Puede menos y sé más 
aunque no sepa nada nuevo: 
¿seguramente no habrá? 
propone el yo 
que no alcanzó el desapego.

Sentarse y desconfiar.




NO SÉ por qué
veo más. Esta
atmósfera sedente
no atrapó mí cabeza
obstinada en ganar altura,
acontecer allá arriba,
gobernar. El paisaje
interior, Manley Hopkins,
sangra por la herida,
sutura el yo. La verdad,
la virtud, la ilusión, son leudantes
de la vida. Ir adelante, arriba,
avanzar hacia allá, tener pensamientos,
evitar los adjetivos. No calificar.
Sentarse y saber dominar.



Mirta Rosenberg (Argentina, Rosario, 1951, reside en Buenos Aires)






domingo, 9 de diciembre de 2012

LA CONSECUENCIA





















Esto es un árbol. La raíz dice raíz, 
rama cada rama, y en la copa 
está la sala de recibo 
de un mirlo que habla.

La mesa donde escribo
-una fiesta de solteras-
está hecha de madera de ese árbol
convertida por el uso y por el tiempo
en la palabra mesa.

Es porque da frutos que caen
y por el gremio perenne de sus hojas
que se renueva el árbol
y que existe la palabra árbol:

aunque a veces el bosque
lo oculte a la vista, lo contiene
el árbol en la palabra árbol.

Y no es que éste sea un poema abstracto. 
Es que las palabras se repiten entre sí 
por el sentido: son solteras y sociables 
y de sus raíces crece un árbol.



Mirta Rosenberg (Argentina, Rosario, 1951, reside en Buenos Aires)






lunes, 3 de octubre de 2011

Mi casa


Mi casa era diferente. Mi tía no me crió, mi abuela prefería a mi hermano. Más sano hubiera sido preferirme a mí, o más osado. Sin embargo, todo era perfecto así, en un sentido errado. Erré perfectamente el camino, y fue acertado el sino del fracaso en la presencia. La música fue el caso, y la poesía, para perderse en los sentidos, la enfermedad, la experiencia. Parecía saberlo todo y no hacer nada para impedirlo. ¿Quién podría decirlo, salvo un secreto?


(de: Madam, 1988)


Mirta Rosenberg (Argentina, Rosario, 1951, reside en Buenos Aires)





miércoles, 29 de abril de 2009

POCA PACIENCIA



Mi primer amante

me doblaba en edad.

Era de pequeña estatura,
hablaba con diminutivos
y prefería los verbos en potencial,
las inminencias demoradas.

Decía hoy a la nochecita
podríamos, y no vamos
ni esta noche,

y me obligó a ser paciente
y a esperar del futuro
otras cosas pequeñas y tardías

en vez de entonar letanías
por lo que nunca
llegaríamos a ser.



Mirta Rosenberg (Argentina, Rosario, 1951, reside en Buenos Aires)






sábado, 13 de diciembre de 2008

UNA CARTA CONVERTIDA EN COSA


Cada vez, amiga, soporto menos

las emociones y sé que a veces tengo una expresión
capaz de entristecer el mediodía.
Con razón creo recordar otros días
cuya única sombra era
la que proyectaban los árboles,
y también recuerdo otras cosas.


Pero en fin, los recuerdos son pavadas.


Son como vendas, la momifican
a una, y soy como una momia
privada: últimamente tomo
la vida como es, como el carozo
que se sabe, entorpece la aceituna
y le da un alma laboriosamente amarga.


Últimamente murió rni madre

cuando ya era vieja.
He empezado a pensar en la vejez
como quien vaga en su catacumba privada
donde se aloja su propia momia privada
y ve pasar cada cosa como es.

Últimamente no soy del todo yo misma, claro,
y veo pasar las cosas
hasta terminar con ellas
como un reflejo de mí
estacionado en los espejos.


Casi todas las cosas.


Estás tan lejos que pensé
hacer un movimiento de fondo
y escribir una carta a mi amiga.
Pero en esta oscuridad del yo
no puedo pegar un ojo
por miedo de no ver el cambio
en la forma de las cosas


y me he ido convirtiendo en una
de ellas, de esas cosas.


Pensé escribir una carta a mi amiga
que fuera materia sólida entre otras cosas
más inasibles o más gaseosas, sombras
más serias que lo perdido.


Menos una carta que una cosa.
Y en vez de enviarla recordarla
como un cambio de la cosa,
y que se hiciera entre las dos,
mi amiga y yo,
materia de metáfora.




Mirta Rosenberg (Argentina, Rosario, 1951, reside en Buenos Aires)




sábado, 11 de octubre de 2008

TEORÍA SENTIMENTAL -Fragmento
























Quiero para mí esa belleza, quiero para mí esa confianza, así, del cuerpo

con su cabeza, apropiada como remate, y pensar en eso. Me acerco
y los vestidos no caen pero igual el corazón me late
contra los huesos de estar desnuda: cambiar, tonta muchacha,
pantalón por camisón no es la cosa ni es poner seda dura
de una rosa en la balanza: una jaca está salvada
por olvido -si no corre la carrera, nadie le pierde
el respeto. Me cansa el reto como la cera de vela:
acumulación y olor, laca sobre escultura o la norma
de la rosa y su perfume sin tacha, que es la rosa
ignorante de la espina. Quiero entender, es decir,
quiero la ruina y la altura, esa luz de luna que riela
caída en el Paraná. ¡Ah, más allá, entre las islas,
los vuelos de mangangá! Sé de una que me dice
vivir una vida impune, sin el riesgo de la falla,
es decir,
como tierra sin garganta,
desfiladero o quebrada, y no es insecto que vuela
sino apenas superficie
al sesgo sobrevolada. Pura
molicie de persuasión más oscura: un cero,
es decir, nadie escucha y todo habla en cualquier lenguaje
y laya; a la ocasión la pintan sola v a la muerte, calva. Yo espero
y me muerdo la cola. Depende de qué se espera lo que se lleve a su término:
la salva de la metralla o la absolución que no salva de eso que había que dar.
¡Ay si es que doy, si me diera, ya no queda más que hablar! ¿Quién soy?
¿Miraje de qué mirada? ¿La que me podría amar? ¿Si me esmero?
¡Bah! Lo que diría, dirá: no hay nada. No soy yo ésa
que digo "quiero para mí esa belleza", etc.,
y sigo en la letra.



Mirta Rosenberg (Argentina, Rosario, 1951, reside en Buenos Aires)