lunes, 11 de septiembre de 2017

ESCRITURA Y ESPACIO




           El espacio de la escritura es, por cierto y obviamente, el recinto de la lengua, dentro del cual quien escribe estable­ce, bien o mal, su propia sede. Así, el espacio de la escri­tura es por excelencia un espacio subjetivo en cada caso particular, que suele intercalar en capas semejantes a las geológicas la percepción y la experiencia individuales acu­mulándolas sobre un fundamento magmático nuclear y profundo que sería el acervo heredado de la lengua natal. Lo denomino un espacio subjetivo porque en él coexisten varios sujetos: el sujeto de la percepción, el sujeto de la experiencia, el sujeto lingüístico, el sujeto histórico, el sujeto musical incluso, y todos ellos se debaten con la materialidad objetiva del mundo que parece desafiarlos y desmentirlos constantemente. El espacio de la escritura está además ocupado de antemano por la lectura, que transforma tanto la percepción como la experiencia. Mi espacio personal de escritura, sin embargo, se ha negado a ofrecer lugar a preceptivas y decálogos, (ya escritos o en situación de inminente escritura) que reducirían el hori­zonte que, a pesar de ser miope, pretendo alcanzar con los sentidos (tanto de la lengua como de la percepción). Lo que quiero decir es que un espacio de escritura sólo cobra para mí existencia verdadera como sede de un poeta cuan­do logra asentar sus reales más allá de los límites del con­senso poético de la época y el lugar, no para aspirar a los «universales» sino al arraigo de una subjetividad lingüísti­ca propia en la época y el lugar, aunque no sea propia de la época y el lugar, o no resulte oportuna ni a favor de la corriente. En definitiva, lo que en un lenguaje ya pasado de moda solía llamarse «una voz propia».
          Sucede además que esta clase de espacio al que aludo plantea por añadidura ciertas exigencias, éticas y estéticas, como el candor, la inteligencia y la voluntad de estilo. Candor para no tener que borrar con el codo lo que se escribió con la mano, inteligencia para saber descartar lo superfluo y distinguirlo de lo necesario, lo más ascética­mente posible, y voluntad de estilo que permita articular esos elementos dispares y de distintas procedencias que constituyen, a mi entender, la cualidad siempre sorpren­dente (aunque no novedosa) que da vida a la poesía.
           Al espacio de la escritura traslada el poeta, en perpe­tua mudanza, la carga de percepción y experiencia que la vida le ha concedido convirtiéndola en materia de la len­gua. En mi espacio de escritura, esta tarea de peón de mudanzas se enriquece también con el traslado de una lengua a otra que implica mi actividad de traductora. La traducción me ha enseñado a discernir pluralidad y poli­semia aun en un simple monosílabo, a acoplar entre sí rit­mos y sentidos que no podrían parecer más disímiles, a incorporar literalmente expresiones de otras lenguas que me ayudan a des familiarizar la propia. Y también me ha ayudado a leer (lo que escribo yo y la escritura ajena) con la suspicacia de un buen detective privado.
           Releo lo que he escrito en esta breve página, por ejem­plo, y ya observo, con cierta incertidumbre, pero también con júbilo, que el término sujeto que empleé al principio, tanto en inglés («subject»), como en francés («sujet») o en italiano (soggétto»), significa también «asunto» o «tema». El término español comparte la raíz latina con las lenguas mencionadas, y sin duda eso podría ser para mí el dispa­rador de un poema sobre, pongamos, el tema del sujeto o el sujeto como asunto, algo que acabo de descubrir y me sorprende. Como me sorprende siempre que logro tradu­cir un poema de otra lengua a otro poema en mi lengua, sin sentirme como Caronte, que trasladaba de una a otra margen de la laguna Estigia a las almas dentro de sus cadá­veres.
          En otro plano, termino diciendo que mi espacio lite­ral de escritura se define a partir de la segunda mitad del siglo XX (nací en 1951), en el contexto urbano de dos ciu­dades (Rosario y Buenos Aires) y en el recorrido (en ómni­bus o en tren) de los 300km. que las separan. Y a eso había que agregar, en este momento, los 30 metros cuadrados del espacio que constituye mi lugar de trabajo, lectura y escritura, y algu­nos diálogos enriquecedores con algunos poetas que, por suerte, me han tocado como coetáneos.



Mirta Rosenberg




Mirta Rosenberg. Poeta y traductora argentina, nacida en Rosario en 1951.  Actualmente reside en Buenos Aires. Publicó los libros de poemas: Pasajes (1984), Madam (1988), Teoría sentimental (1994), El Arte de Perder (1998), El árbol de palabras; Obra reunida, 2006, El paisaje interior, 2012 y Cuaderno de oficio (2016).  Integró el Consejo de redacción del desaparecido Diario de Poesía desde su origen, hasta su cierre, en 2011.   Realizó estudios de Letras en la Universidad Nacional del Litoral; de francés, en la Alianza Francesa, y entre 1973 y 1976 cursó el traductorado literario y técnico-científico de inglés en el Instituto Superior Nacional del Profesorado de Rosario.  En 1990 fundó el sello editorial rosarino: Bajo la Luna. Tradujo y publicó, entre otros, poemas de Katherine Mansfield, William Blake, Walt Whitman, Emily Dickinson, Marianne Moore, James Laughlin, Seamus Heaney, Elizabeth Bishop, D. H. Lawrence, Louise Gluck, Anne Carson, Robert Hass, Anne Sexton, Joseph Brodsky y Ted Hughes.




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