lunes, 30 de abril de 2012

Los sonetos del otoño


















Si puedo dejarte ir como los árboles dejan ir

Sus hojas, tan naturalmente, una por una;

Si puedo llegar a saber lo que ellos saben,

Que la caída es alivio, es consumación,

Entonces el miedo al tiempo y a la fruta incierta

No perturbaría los grandes cielos lúcidos,

Este otoño extrañísimo, dulce y severo.

Si puedo soportar lo oscuro con los ojos abiertos

Y llamarlo estacional, no áspero o extraño

(Porque también el amor necesita un tiempo de descanso),

Y como un árbol estarme quieta ante los cambios,

Perder lo que se pierda para guardar lo que se pueda,

La extraña raíz todavía viva bajo la nieve,

El amor resistirá ­si puedo dejarte ir.





May Sarton (Belgica, 1912, 1996 -vivió en E.E.U.U -desde los 3 años)









sábado, 28 de abril de 2012

Sobre la poesía













Dos caminos puede seguir la poesía para llegar a su fin, que es expresar la Idea humana. El poeta mismo puede ser el objeto que pinta, y entonces la poesía es lírica, es la canción propiamente dicha. Como el autor se inspira en sus propios sentimientos y los expresa, este género presenta siempre cierta subjetividad en su tema. El otro camino es el de los demás géneros poéticos: el sujeto que describe es diferente del objeto descrito; el poeta se oculta siempre más o menos detrás de su asunto y acaba por desaparecer completamente. En el romance, por el tono y el procedimiento general, se vislumbra todavía algo personal. Aunque más objetivo que la canción, presenta, sin embargo, cierta subjetividad, que va borrándose cada vez más en el idilio y en la novela, para desaparecer casi completamente en el poema épico y de que en el drama no quedan ya huellas; este último, no sólo es el género más impersonal, sino también por muchas razones el más perfecto y el más difícil. Por esto mismo el género lírico es el más fácil de todos, y si en general el don poético sólo es concedido al genio, tan excepcional en el mundo, no es menos cierto que un hombre de medianas dotes podrá escribir una hermosa poesía lírica, cuando algún vivo impulso exterior o alguna repentina inspiración exalte su espíritu, pues para ello le bastará tener una intuición profunda de su estado, durante ese momento de sobreexcitación. Tenemos numerosas pruebas de esto en las canciones compuestas por personas que no han salido de la obscuridad, y especialmente en las canciones populares alemanas, de que nos ofrece una excelente colección el Wunderhorn (La trompa mágica), como también en las innumerables canciones de amor y de otros asuntos, de autores populares desconocidos, que abundan en todos los países y en todos los idiomas.
Este género de poesía se reduce a sentir vivamente una disposición de ánimo momentánea y formularla en una canción. Pero cuando el poeta lírico es un verdadero poeta, su obra es el espejo del corazón humano en general. Con una sencilla canción sabrá expresar de un modo asombroso todo cuanto en lo pasado, en lo presente o en lo porvenir, experimentaron, experimentan o experimentarán millones de seres humanos en determinadas situaciones, siempre idénticas y siempre renovadas. Estas situaciones parecen tan perpetuas como el género humano, en vista de su retorno incesante, y como los sentimientos que despiertan son siempre los mismos, las obras líricas de los grandes poetas conservan siempre su verdad y su juventud. Un gran poeta representa por sí solo toda la humanidad, pues todo cuanto ha hecho latir en algún instante un corazón humano, todo lo que ha podido sacar de sí misma una naturaleza humana en una situación cualquiera, todo lo que puede nacer y ocupar algún lugar en el interior de un hombre, le sirve de tema y de materia junto al resto de la Naturaleza. El poeta puede cantar la voluptuosidad o el misticismo, puede ser Anacreonte o Ángel Silesio, escribir una comedia o una tragedia, pintar un carácter sublime o un carácter vulgar, según su fantasía o su vocación. Nadie puede prescribirle ser noble, elevado, moral, piadoso o cristiano, ni puede imponerle que sea de esta manera o de la otra, y menos derecho hay todavía para censurarle por ser como es y no diferente, pues es un espejo de la humanidad, a la que presenta la imagen de todos los sentimientos y todas las acciones humanas.


(Fragmento de El mundo como voluntad
                                                                     y representación-Libros III y IV)
Arthur Schopenhauer



Arthur Schopenhauer (Danzig, actual Gdansk, Polonia, 1788-Frankfurt, Alemania, 1860) Filósofo alemán. Fue hijo de un rico comerciante que se trasladó con su familia a Hamburgo cuando Danzig cayó en manos de los prusianos en 1793. Su madre fue una escritora que llegó a gozar de cierta fama, y aunque el Schopenhauer maduro no tuvo buenas relaciones con ella, el salón literario que fundó en Weimar proporcionó al filósofo la ocasión de entrar en contacto con personalidades como Goethe. En 1805 inició, contra sus deseos, una carrera comercial como aprendiz por voluntad de su padre; la muerte de éste (al parecer, por suicidio) le permitió prepararse para los estudios superiores e ingresó en la Universidad de Gotinga como estudiante de medicina en 1809. Pero la lectura de Platón y de Kant orientó sus intereses hacia la filosofía, y en 1811 se trasladó a Berlín, donde estudió durante dos años, siguiendo los cursos de Fichte y Schleiermacher; la decepción que ambos le causaron fue motivo de un momentáneo alejamiento de la filosofía y un interés por la filología clásica. Las campañas napoleónicas le brindaron la ocasión de retirarse a Rudolfstadt, donde preparó su tesis titulada La cuádruple raíz del principio de razón suficiente que le valió el título de doctor por la Universidad de Jena y que fue publicada en 1813. Regresó después a Weimar, donde se relacionó estrechamente con Goethe y fue introducido por F. Mayer en la antigua filosofía hindú, uno de los pilares, junto con Platón y Kant, del que había de ser su propio sistema filosófico. Éste quedó definitivamente expuesto en su obra El mundo como voluntad y representación. La realidad auténtica corresponde a un principio que Schopenhauer denominó voluntad, de la cual el mundo como representación es su manifestación; el sistema se completa con una ética y una estética. Cuando el individuo, enfrentado al mundo como representación, se pregunta por lo que se encuentra tras las apariencias, obtiene la respuesta como resultado de su experiencia interna, en lo que se conoce como voluntad; pero la irracionalidad de ésta, su condición de afán de vida perpetuamente insatisfecho, produce una insatisfacción que la conciencia sólo puede suprimir a través de una serie de fases que conducen a la negación consciente de la voluntad de vivir. El filósofo confiaba en un reconocimiento inmediato de la importancia de su obra, pero ésta no suscitó demasiada atención, aunque sí le ayudó a obtener en 1820, tras un viaje a Italia, la condición de docente en la Universidad de Berlín. Allí trató en vano de competir con Hegel, a la sazón en la cumbre de su popularidad, para lo que anunció sus cursos a la misma hora que los de aquél, al que consideró abiertamente como su adversario. Pero no tuvo éxito; en 1825, después de un nuevo viaje a Italia y un año de enfermedad en Munich, renunció a la carrera universitaria. Vivió a partir de entonces y hasta su muerte una existencia recluida, que desde 1831 transcurrió en Frankfurt, adonde se trasladó huyendo del cólera que ese mismo año llevó a la tumba a Hegel. Tras la segunda edición (1844) de su obra principal, considerablemente aumentada con cincuenta nuevos capítulos, empezó a ser conocido merced a una colección de ensayos y aforismos publicada en 1851. En el clima intelectual creado después de la revolución de 1848, su filosofía alcanzó finalmente reconocimiento internacional y ejerció una considerable influencia sobre pensadores como Friedrich Nietzsche.




viernes, 27 de abril de 2012

Los albañiles me gustan





llegan en bandada, un día,
al terreno baldío, al gran hueco,
con su música de cuarteto
en las radios
llegan gritando, llegan
puteando al trompa,
codiciándole la mujer que nunca vieron,
llegan para lastimarse,
para caerse de los andamios,
para romperse la médula jugando
a los angelitos,
llegan para ponerle el hombro
al asunto

y el asunto es acarrear tierra,
arena, agua, cemento,
el asunto,
lo que los cogotudos de la zona
dirían business, es
hacerlo 8, 10, 12 horas seguidas,
con el sol bravo de la siesta,
hacerlo, con el viento sur
del invierno,
hacerlo cansados, poner
ladrillo sobre ladrillo,
sin llorar histéricos por ninguna
cuestión metafísica, porque el tiempo
que les sobra del día
-y siempre son miguitas-
hay que usarlo
para comer,
para bañarse,
para hacerle el amor a la mujer y mirar
cómo crecen los hijos

me gustan, los albañiles,
me gustan
porque todavía tienen tiempo
de gritarnos obscenidades a las mujeres,
de sonreírnos en la vía pública,
de hacernos saber que nos ven,
que nos escuchan el taconeo,
que se fijaron
en el brillo del pelo

me gustan porque cuando se van,
donde había un vacío,
de pronto hay una casa,
una casa armoniosa y a prueba
de tormentas,
es justo recordar de quién fueron las manos,
es justo





Elena Anníbali (Argentina, Córdoba, Oncativo, 1978)





miércoles, 25 de abril de 2012

Entre muros



En las alas del fondo
del


hospital donde
nada


crece hay
cenizas


entre las cuales brillan



pedazos de una botella
verde.




William Carlos Williams (E.E.U.U., New Jersey, 1883, Rutherford, 1963)

(Traducción: Marcelo Cohen)




lunes, 23 de abril de 2012

Carta a Michèle













La veo en su casa de la colina
buscando un leño para que el fuego acompañe
su corazón.

Pendiente es el camino que la lleva al pueblo
y que sus ojos de invitada me señalan de lejos:
Es allí por donde paso y sueño con otra tierra.
¿La de una costa austral,
desnuda para el sol arrancado a la estación rápida,
montando sobre la altura de los pastos
más y más como esas nubes que ahora llegan
sin el mensaje deseado?
Ah muchacha que desafía en el aro de esta medianoche,
y dilata un horizonte a mi alrededor.

¿Vuelve al fin?
Todo ese campo y también el oleaje son suyos.
Yo, recostado en el ajado sillón azul, fumo
para creer que algo se mueve.
Mi pensamiento que le habla no se parece a nada.



Federico Gorbea


Federico Gorbea. Buenos Aires, 1934. Reside en Girona, España. Obra poética: Para sostener una esperanza, 1959. Doble vista, 1964. El arte único, 1968. Logopea, 1972. Interior exterior, 1973; En el activo puente, 1975; De poder a poder, Antología poética (1964-1987), Persona del instante, 1990; Realidad Necesidad Presencia, 1999.






domingo, 22 de abril de 2012

ayer soñé...





ayer soñé con un jardín helado
donde mis manos plantaban bambú
y no había sombras 
durmiendo 
sobre la nieve.


***



Dijeron que iban a jugar 
con los otros chicos del hotel.
Pero no era cierto porque esa siesta, 
el parque estaba desierto.
Se pusieron un rato a juntar 
“venenitos” de los paraísos
con los que después 
se organizaban luchas de bandos.
En un momento, la mayor, 
que tendría unos 8 años, 
sugirió: “¿no te gustaría ir
a la cantera abandonada?”
Y fueron, 
primero revolvieron trozos de piedras, 
probablemente, mármoles. 
Había unos blancos 
con reflejos azules 
que parecían de hielo.
Y después, se fueron alejando 
hacia el ruido del torrente.
Allí se dieron con el puentecito 
por donde alguna vez
se deslizaba el cangilón con las piedras, 
“¿cruzamos?”
pero ponete en cuatro patas 
y, antes de avanzar, 
empujá la madera hacia abajo 
por si está podrida.
La mayor iba adelante,  
avanzaron hasta la mitad,
cuando a la menor, que venía detrás, 
al probar la madera, 
se le quebró y la miró caer al precipicio, 
                      ella, temblando, se aferró 
al resto de los troncos que vibraban.
Veía al torrente  arremolinarse 
unos quince o  veinte metros hacia abajo.
El agua atronaba y la hermana mayor
seguía  avanzando.
“¡Volvé! ¡cuidado!¡Se cayó!” 
Gritaba la más chica. 
“No, no te des vuelta, 
estirá de a poco la pierna para atrás, 
yo te digo hasta dónde.”
El cielo intensamente azul 
desafiaba en lo alto
a estas dos criaturas que
nadie sabía dónde estaban.
Lo consiguieron, sí, medio arañadas 
pudieron regresar.
Ningún adulto supo 
en la larga siesta provinciana, 
aún dormían.
La menor, que tendría 5,  
jamás pudo olvidar el chirriar 
del durmiente cuando lo presionó,
la visión del espiral en su caída 
y el agua blanca, blanca de espuma 
allá en lo hondo.
Nunca olvidó qué frágil era 
el hilo de la aventura
ni qué cotidiana 
la acechanza del peligro.
                                                                                                                                                                                       (Inéditos)



Graciela Perosio (Argentina, Buenos Aires, 1950) 

viernes, 20 de abril de 2012

Parte de la oración





En cuanto a las estrellas, siempre están ahí.
Es decir, si hay una, siempre viene otra.
Y sólo así es dado mirar de allá hacia aquí;
de noche, tras las ocho, refulgiendo.
Mejor aspecto tiene el cielo sin luceros.
Mas qué certeza habría de conquistar el cosmos
si no fuera por ellas. Siempre que ni por un instante
te alces del sillón, en la terraza.
Pues, como dijo, en vuelo, el piloto a una estrella
media cara escondida en la sombra:
en parte alguna parece que haya vida,
y en ninguna de ellas se fija la vista.



Joseph Brodsky (Leningrado, 1940 - Nueva York, 1996)




martes, 17 de abril de 2012

Crítica de la imaginación pura






ESTUDIO Nº 6 – Desplazamiento de partículas sobre las superficies

23- Partículas de finísimo polvo se depositan en el papel y dejan noticias de haces luminosos, de trabajos y días de los hombres.
24- No flotarán, a menos que las agite de nuevo con la punta de la birome.



No hace mucho tiempo, observaba por casualidad el remate superior de una fachada bastante antigua que forma ochava en Brown y Fitz Roy. Allá arriba, una estela alargada de mampostería abarcaba casi toda la esquina, y sobre ella todavía eran perfectamente legibles unas letras mayúsculas en bajorrelieve que formaban el nombre AGAR CROSS & CO. LTD.
Debajo de esas letras, está el supermercado BURGOS.
Sin dudas, el motor ha salido de estos mismos salones; quizá haya podido verse desde las amplias vidrieras que sirven de escaparates. La pintura verde que cubre la carcaza en ese entonces relucía y se mostraba orgulloso, flanqueado por partes de cosechadoras y ruedas de molino que aparecían desproporcionadamente enormes al descender de sus torres de hierro.
Me acerqué al vidrio.
Una muchacha embarazada consultaba el precio de las latas de arvejas. Un nenito se le acercó corriendo y se abrazó a sus piernas. Ella le dijo algo que no alcancé a oír.
Dentro del carrito de las compras me pareció ver paquetes de pañales, una botella de gaseosa y otros bultos indefinibles.
Sólo sé que tomó una lata de arvejas, acarició el pelo del nene y juntos desaparecieron atrás de los estantes.
El resto lo ignoro.
Sobre la superficie del vidrio se reflejaba el cielo transparente. A través de ellos, la mortadela se anunciaba en oferta. Una nube comenzó a atravesar las palabras y las cosas.
Ya no las distinguía bien.

Metí las manos en los bolsillos y seguí caminando.



ESTUDIO Nº 7 – Otra lata

Y sí, es necesario que sigamos un poco más con el tema de los tarros, o más concretamente, de este tarro que no incluí con los anteriores porque merece un tratamiento propio.
Una lata de NESQUIK de 1 kg., similar a las de leche NIDO; al fin de cuentas, pertenecen a la misma fábrica. Está sobre un aparador en la casa del campo, llena de broches para colgar la ropa.
"Sabor a chocolate".
En la parte inferior, la inscripción que dice INSTANTÁNEO está en el centro de un óvalo dentado, pictograma de una explosión, precisamente como si la palabra misma hubiese estallado y por lo tanto nos obligase a dirigir hacia ella la mayor de nuestras atenciones. La poesía debería detonar con la misma precisión en la mente de cada lector, pero la sucesión constante de una misma imagen termina acostumbrando al ojo y al oído para los cuales lo instantáneo se ha vuelto un texto que no se diferencia de los demás, una palabra invisible, casi inaudible, el peculiar silencio de los imitadores acríticos, o de los que empiezan a repetir mecánicamente sus primeros hallazgos.
¿Hoy debiera llamarnos la atención que ese polvo marrón produzca en el instante una taza de leche chocolotada fría o caliente, teniendo en cuenta que lo conocemos desde nuestra más temprana infancia? Debiera, sí, sobre todo si tenemos en cuenta el tiempo demorado de sumergir la barrita de chocolate en una leche a la que debió llevarse casi a punto de hervor, el trabajo acompasado de la cucharita que hace girar la barra de bordes ya fláccidos, y cuya blandura se profundiza hasta hacerse una con la del líquido caliente. Pero éste es ya el sabor de las madres. Quiero decir: aquellas que han sumergido para nosotros y nuestros hermanos no una barra sino una tableta entera en una cacerola algún fin de semana de invierno.
También debiera demorar nuestra atención el hecho de que esta sustancia no tenga un nombre bien definido. "Cacao en polvo" o bien "chocolate en polvo" podrían ser los más sencillos y próximos a la realidad del objeto, y sin embargo no me parece que sean los más usados; también sería absurdo que un chico le pidiese a su madre un vaso de leche con "alimento a base de azúcar, cacao, lecitina de soja y aromatizado con etilvainilla", tal como se lo nombra en el envase. Todos recurrimos a la vieja figura retórica de la antonomasia de manera inconciente, claro, del mismo modo en que los chicos del jardín de infantes emplean sujetos y predicados, modificadores, términos de complemento, objetos directos y proposiciones subordinadas sin la menor dificultad. Sí, uno debiera experimentar el mismo asombro que Monsieur Jourdain cuando se enteró que había estado cuarenta años de su vida hablando prosa.
NESQUICK o TODDY son los nombres definitivos.
La marca comercial ha reemplazado al posible nombre de la cosa, se ha impuesto sobre ella en nuestras cabezas. La antonomasia es aquí manifestación del triunfo capitalista.
Inconciente como la respiración que en sus elevaciones y depresiones alternativas nos hace ondular, nos convierte en lenguaje, o los imperceptibles movimientos con que el intestino absorbe una taza de chocolatada, con que el cerebro asimila ideas que no ha digerido.


Este chocolate en polvo - así lo dicen unos números grabados en relieve que están en la base del tarro - fue envasado en 1976. María Julia, mi compañera, tenía 8 años; su hermano Guillermo, 6 y Ricardo, 4; Cristina todavía no había nacido. Yo, 10 años.
Estaba en quinto grado de la Escuela Normal que lleva el nombre del filósofo argentino Vicente Fatone, y un vago recuerdo, al iniciar las clases, de una foto en blanco y negro publicada en la revista Gente en la que tres hombres uniformados estaban de pie ante de un telón grisáceo sobre el que gravitaba un Escudo Nacional.

Esa lección la aprenderíamos más tarde, reponiendo los nombres y apellidos correspondientes.

Mientras tanto, los gránulos de chocolate comenzaban a desaparecer, sumergidos en un torbellino de leche.





COMENTARIO Nº 2 - JUNIO DE 2011


El campo es felicidad de los planchones de hielo y niños sentados en reposeras.

El viento del atardecer entre hojas de acacia trae la quietud. Remueve cristales.

El viento del atardecer entre hojas de acacia no trae la quietud.

El viento es el viento. Cristales en reposo.

La quietud no es la quietud.

El campo es el campo no es el campo.

Esto no es una contradicción. Es un conflicto.

Felicidad en las constelaciones y pétalos como niños.

La conciencia desgarrada. El conflicto con el campo.



(Cuaderno de lengua y literatura Vol.VI)
(Fragmentos)

Mario Ortiz (Buenos Aires, Bahía Blanca, 1965)




Esas flores amarillas...



















El yuyo es lo que casi por definición no requiere cuidados. Otras plantas que resultan apreciadas por el hombre porque producen alimentos o belleza necesitan una cantidad de atenciones casi sin límite. A ninguna le puede faltar su dosis de humedad. Unas deben ser apuntaladas o sujetas con hilos a cañas o ramas que les sirven de tutores, como los tomates y las chauchas. Otras necesitan soportes más vigorosos, como las parras, las enamoradas de los muros o las hiedras. A muchas hay que fumigarlas contra plagas repentinas, arañuelas, hongos, hormigas negras. Hay flores delicadísimas que no resisten el sol (las buenas noches o la pata de buey) que de día se marchitan y al atardecer reviven; otras, por el contrario, sólo se abren con abundante luminosidad desde la mañana.
Muchas veces ni siquiera esto es suficiente; a pesar de todos los cuidados, los frutales suelen quedan estériles por heladas muy tempranas. Las hojas de las parras se deforman por una extraña enfermedad que les produce abultamientos con forma de verruga. Las hojas de los zapallos se resecan en los bordes y se cubren de una pátina blancuzca. Tampoco es extraño levantarse una mañana y encontrar solamente los brotes pelados de las acelgas comidas por los bichos moro en una sola noche.
El yuyo no necesita absolutamente nada. O si lo precisa, no le prestamos atención.
Aparece tanto como desaparece. Y si aparece en una quinta o un jardín, hay que arrancarlo.
Es aquello que para el hombre carece de sentido.
Es lo insignificante.
Las mismas palabras con que genéricamente se designa a todo este vasto sector del reino vegetal son bastante explícitas. “Yuyo” viene del quechua “yuyu”. Este nombre, a pesar de todo, otorga cierto valor a esas plantas, porque hay “té de yuyos”, o “yuyos para el amor”. En este aspecto, el término aborigen se asocia con el más neutro y castizo “hierba”. En cambio, la palabra “maleza” no deja dudas. Proviene del latín “malitia”, y refiere a lo malo. Es el equivalente vegetal del “bicho”. Casi se diría que no tienen nombre, o uno muy genérico e impreciso que se contenta con dar cierta forma a lo que se considera sin forma, ámbito de lo indeterminado e indeseable.
Hay rosas, hay zapallos, y hay malezas.
Hay abejas, hay mariposas, y hay bichos.

Acaso sea cierto. La maleza es lo que no se desea.
Y sin embargo se multiplica desaforadamente.
Aparece sin que la hayamos sembrado. Se nos da sin que la hayamos pedido.

Los yuyos y los bichos están del lado del don.

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Nelson habrá dicho por primera vez la palabra “acelga”; fue al fondo del patio con un paquetito de semillas y semanas más tarde apareció la planta. Luego, en el centro del plato, al cortar un canelón con salsa blanca, se asomó entre las espirales del panqueque aquello mismo que había pronunciado por primera vez, cocido, triturado y mezclado con un poco de carne picada para el relleno.
Ahora en su plato no tiene más una acelga previamente nombrada: no sólo en la clínica falta espacio para la quinta, sino que las palabras que acaso pronuncia han perdido su conexión con la tierra, con las cosas y las personas.
Los yuyos aparecen sin que los hayamos sembrado.
Aparecen sin que los hayamos nombrado.
Entonces, posiblemente no demandan riego, ni tutores, ni plaguicidas: lo que necesitan son palabras, y si no las encuentran tratan de producirlas. Esta es una posible explicación.
Los tallos resecos y desordenados de la esquina debían tener algún nombre además de “yuyo”, pero yo en aquel momento lo desconocía. Esa mata era anterior a mi lenguaje; no tenía qué decir ni cómo porque estaba discapacitado. En estas condiciones, nos cruzamos fugazmente a lo largo de los primeros días, hasta que poco a poco esa planta empezó a actuar en mi sistema nervioso generando sus primeros efectos aquella mañana junto a la pava.
Lentamente, a lo largo de varias semanas, fue restableciendo algunas conexiones entre las palabras y las cosas.
Tentativamente.
Todo debía recomenzar del modo más humilde, como el que comienza a caminar de nuevo después de un accidente; como el niño que balbucea las primeras palabras.
Rosa – Abeja – Nelson - Zapallo – Plantita – Mariposa

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Entonces, contra todos mis pronósticos de exterminio final, una mañana advertí cierto verdor que crecía desde la base misma de la mata reseca. Avanzaba octubre. ¿La gramilla estaba rebrotando? Sin dudas. Pero días más tarde pude ver que esas hojitas eran más grandes que las del pasto común.
Detuve la bicicleta y me bajé.
Lo que quedaba del mimbreral de varillas resecas estaba renaciendo. Quizá no fuera la misma planta, sino un nuevo brote que nacía de sus propias semillas. Daba lo mismo.
Lo cierto es que lo nuevo se abría paso entre viejo, lo verde entre lo amarillento; se mezclaban y convivían, al menos por un tiempo, porque esas hojitas lustrosas y repletas de savia no tardarían en imponerse desalojando por fin los últimos vestigios del ciclo anterior. Pocos días más tarde, se abrieron unas florcitas amarillas.
Un domingo a la mañana bien temprano, aprovechando que había poca gente en la calle, volví con la bicicleta, me acosté contra el cordón de la vereda y tomé unas fotos.




Cuando llegué a mi casa, vi que en la vereda de enfrente se abrieron otras flores amarillas. De repente, terrenos baldíos, espacios libres junto al entubado, los costados de las vías y los bordes de las veredas se cubrieron de flores amarillas iguales a la de la esquina, como si ella hubiese sido el origen de todas,
No era así, por supuesto; pero reconocer a esa planta en primer lugar me permitió reconocer a todas las demás. De lo contrario, ni siquiera las hubiese visto. Habrían quedado relegadas. Manchitas que se movían en el borde de la mirada, siempre a punto de volverse invisibles.

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Me di cuenta de que en algunos aspectos ya conocía ese yuyo. Había escuchado hablar de él, como tantas cosas. Tiene un nombre bien simple, evidente y directo: es la “flor amarilla”. Con este descubrimiento, no puedo afirmar que ese vegetal perdió su efecto sobre el sistema nervioso. Todo lo contrario. Si antes tenía la capacidad de generar palabras, advertía que ahora ese poder se multiplicaba.
Estaba seguro de que una nueva ciencia surgía en ese momento. Quizá demasiado pretencioso afirmar que es una rama del saber; haciendo un jueguito de palabras bastante tonto, diríamos que es un tallo, una brizna de saber tan acotado como la ciencia de las pavas, y cuyo objeto de estudio son, en este caso, las relaciones entre el lenguaje, los vegetales y su efecto en el hombre. Llamemos a esta ciencia “neurobotánica” o bien “fitolingüística”.
Esa relación existe. Mi cuerpo lo testimonia. Este mismo texto que usted, querido lector, está leyendo es una prueba suficiente.
Para avanzar en esta ciencia, sólo debía revisar los apuntes y profundizar las observaciones.
Lo primero que pude comprobar es que esa relación entre el lenguaje y el yuyo no es inmediata, al menos en un sentido groseramente literal. El injerto entre las delgadas ramificaciones vegetales y palabras como “gimansio”, “oferta Lucaioli” o “alfajor triple” se ha revelado como una unión inestable, absolutamente volátil.
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Una variedad de flores que se abren sólo al atardecer son las “buenas noches”. Una enredadera que trepa por las paredes es la “enamorada del muro”.
Llamaron “nomeolvides” a una florcita azul; otra que produce un conjunto de inflorescencias blancas arracimadas en esfera es una “bola de nieve”; hay “coronas de novia”, “bella Raquel”; incluso hay otros de nombres deliberadamente ásperos que aluden a alguna característica negativa de esa planta como “revientacaballos”, “abrepuños” (un yuyito espinoso que produce una flor también amarilla, rodeada de afiladas púas en forma de estrella que lastiman si se las toca desprevenido) e incluso las desagradables “culo de vieja”.
Quienes pusieron “flor amarilla” a esta planta no realizaron ciertamente un esfuerzo inventivo, ni tuvieron intención de establecer analogías pretendidamente poéticas. Es un nombre directo, referencial; y sin embargo en esa falta de connotaciones estéticas hay algo significativo. Pareciera que es la flor amarilla por excelencia, que no puede haber otra, al menos tan importante como ésta. “Si mencionamos solamente las palabras ‘flor amarilla’, todo el mundo sabe a qué nos referimos”, habrán razonado.
A partir del nombre no puede inferirse ninguna cualidad diferencial de nuestra plantita con respecto a otras que también poseen flores amarillas. Y sin embargo, en esta carencia absoluta de metáforas, se oculta un significado inquietante que sin dudas debe tener relación con la sobreabundancia.


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Desde un punto de vista humano, la rosa es una flor que presenta un equilibrio inestable: está en constante peligro de transformarse en símbolo; en cualquier momento puede volverse representación del amor, de la belleza femenina y de la mujer misma, del corazón sangrante, de la Virgen María como Rosa Mística. El fenómeno se extiende a toda la planta y a su ciclo vital, y entonces el pimpollo es una jovencita que recién comienza la juventud; las espinas son el sufrimiento que encierra toda pasión; el momento en que empieza a marchitarse, el aviso de la vejez y la caducidad de todo lo que parecía eterno. Sin embargo, este proceso no estorba la función reproductiva propia de la flor: el espesor aterciopelado de sus pétalos continúa en relación a los estambres, pistilos e insectos que vienen involuntariamente a polenizarlas, pero siempre corre el peligro de un tijeretazo que la separa de su tallo y la coloca en un florero.
Nada de esto parece ocurrir con la flor amarilla. Su forma despojada de sólo cuatro pétalos y el tamaño reducido que compensa con una sobreabundancia monótona ponen a salvo a esta florcita dentro de más prosaica literalidad hasta el punto de la redundancia: esta flor amarilla es una flor amarilla.
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Es una convención cultural que la rosa sea el paradigma de toda flor. Con razones igualmente válidas, puede afirmarse que la flor del zapallo es de una belleza incomparable.
En su fase de desarrollo, el zapallo tiende a trepar y por eso posee unos zarcillos muy parecidos a los de las parras; pero si no encuentra ninguna superficie vertical, se extiende sus guías por el suelo de manera invasiva. Los tallos y las hojas están cubiertos por una vellosidad de pequeñísimas púas flexibles, casi mínimas, a tal punto que es necesario acercar el ojo a pocos centímetros para reconocerla. Al paso de las yemas de los dedos se siente una cierta aspereza parecida a la de los cepillos o la de esos abrojos de material plástico que se usan para abrochar los abrigos y zapatillas.
Luego de caer el agua en forma de riego, lluvia o rocío, las hojas retienen gotitas que se acumulan entre sí y llegan a formar voluminosas esferas cristalinas que funcionan como lupas; entonces, podemos comprobar que esas púas, desmesuradamente amplificadas, son casi transparentes.
Si la planta está en el suelo, las hojas gigantes se elevan a la misma altura y se ubican unas junto a otras en apretados conjuntos que llegan a ocultar a los tallos, y tratan de mantener un plano horizontal quizá para aprovechar el sol. Entonces lo que uno ve desde cierta distancia es una alfombra verde suspendida en el aire. Y en un momento determinado, desde lo hondo de esa superficie, emergen las flores, intensamente amarillas; una estrella de cinco puntas y pétalos ondulados que apenas cabrían en el cuenco de nuestras manos. En el interior de la cámara dorada, los estambres y pistilos se agitan vigorosos con el paso del viento.
Las flores parecen marchitarse cuando el sol cobra fuerza, y se reavivan al atardecer. Apenas amanece, el ojo se hunde en aquella bóveda y comienza a polenizarse en absoluto silencio.

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Donde se creía encontrar la Naturaleza, hay capas sobre capas de significado que los hombres fueron depositando a lo largo de los siglos. La palabra que, en principio, designa la totalidad de una cosa en verdad muchas veces la fragmenta, ilumina un aspecto y relega a la oscuridad al resto. La “rosa” es ante todo el nombre de la flor, y de allí se extiende al resto de la planta lo mismo que la amenaza de simbolismo. El rosal se justifica en cuanto produce ese conjunto de pétalos no siempre aromáticos.
En cambio, “zapallo” prioriza sólo el fruto e ignora por completo su flor desmesurada, la detonación de estrellas sobre una alfombra de lentes esféricos. Agregado al puchero con las papas, o cortado en cuadraditos para mezclar en el guiso. El tenedor se hunde en la pulpa caliente que está sobre el plato; le agregamos un chorrito de aceite y lo probamos. Falta un poco de sal.
El puré es anaranjado, y se disuelve en la boca.
Ese color es casi el mismo de las flores.
Tiene una suavidad de miel.



Cuaderno de Lengua y literatura Volumen VII
(Fragmentos)

Mario Ortiz (Buenos Aires, Bahía Blanca, 1965)



domingo, 15 de abril de 2012

ÁRBOL



















Para ahorrar tiempo
-dado que tengo una impresora,
imprimo la mínima variante, aunque podría evitarlo;
calculo que en todo mi trabajo
habré empleado un árbol
en tareas inútiles o, de todos modos, evitables.
Querido árbol no te enojes.
Tengo poco tiempo, una vida complicada,
tantos problemas y tantas dudas.
Me duele haberte matado para facilitarme la existencia.
Lo sé que es algo feo.
De todos modos te prometo que,
cuando me maten,
no me voy a quejar tanto.



Carlo Bordini


Carlo Bordini (Roma, Italia, 1938) Enseñó historia Moderna en la Universidad La Sapienza de Roma. Sus poemarios más recientes son: Sasso, Piedra, 2008; I custrottori di vulcani - Tutte le poesie 1975-2010; Los constructores de volcanes - Poesía reunida -1975-2010; Non è un gioco -Appunti di viaggio sulla poesia in America Latina, 2009. Sus poemas han sido traducidos a varias lenguas.

viernes, 13 de abril de 2012

Dice...




Dice que, ahora,
cuando el viento sacude las plantas
y hace caer hilitos de hojas
sobre las baldosas —
dice que ahora
su vocación es lavar ropa
de madrugada —
un concierto de baldes, agua y espuma de jabón,
telas varias y sus manos —
pequeñas como la menta
y perfumadas de un aire que ya no habito;
sus manos, digo,
en tareas rotundas, familiares
que aún se niegan al reparo del olvido.
De noche, no muy lejos
de la casa donde hoy vivo
ella lava su ropa como si soñara.
Luego escribe — describe los colores
la selva de humo y silencio
el correr del agua por la rejilla
y las baldosas rojas —
mansas y delicadas como el viento
que noche a noche roza sus manos
como queriendo avivar el fuego
entre uno y otro corazón.


II
Dejamos atrás horas y horas,
el derroche de un mundo —
muda memoria de
un pasado que pasó
y sonríe desde una foto,
como si supiera.



III

Toda reparación es un comienzo —
manera de matar, de sosegar, de sojuzgar.


Toda reparación es levantar

un muro donde antes había viento.

Levantar un muro para que pase el viento.



(coda)

La foto movida, sin fecha. Un aeropuerto. La idea del viaje.
Encadenada a su imagen fugitiva a perpetuidad.
¿Y el corazón? Estaba en otra parte.





Teresa Arijón (Buenos Aires, Argentina, 1960)


Los poemas publicados pertenecen a "óstraca, poesía reunida", Curandera, 2011.



lunes, 9 de abril de 2012

Las cenizas

http://youtu.be/D-s_102g4fQ




Tasos Livaditis


(Traducción de Miguel Chiovetta)

RESONANCIAS RENUENTES
















-Algunos fragmentos-


la ciudad
la ciudad
se recuesta sobre
el río
y los riachos
sobre islas
pero más bien
sobre un campo liso
llano
sin sobresaltos
una especie de descanso
¿de qué fatiga?

la hicieron de a poco
pusieron los mojones
las marcas iniciales
cuatro siglos atrás



sobre un desierto
sobre un vacío
las tierras eran muy fértiles
no un desierto
entonces
sino campos extendidos
sin surcos
sin gente
hombres vinieron luego
los árboles enhiestos
endulzaron por momentos
aquellas ráfagas
de viento despiadado
y rebajaron
en parte al menos
las desmedidas rachas
de calor
atenuaron
la amenaza
de locura



mosquitos
mosquitos
con aguijones
agresivos
desvelaron
las tardes
y las noches
y hubo caballos
salvajes
con las crines
al viento
inalcanzables
en la llanura abierta

estos fueron
los primeros pobladores
dieron color a aquellas soledades
los colores
de su pelo variado
colores que se alojaron
en la retina



los hombres
las palabras
el ganado
fueron ganando
ese espacio silvestre
palabras primarias
llegadas de todos
los suburbios
sirvieron al principio
para intercambiar desdichas
para resistir
las embestidas de la
extensión
y el desamparo

no es posible
olvidar ese comienzo
está enredado en las vueltas
y revueltas de la sangre
en los primeros sobresaltos
del corazón
también en los relatos
primordiales
aquellas búsquedas
eran tropiezos sucesivos
repletos de horror
y de coraje
así se fue gestando
aquel sonido
de la palabra
bárbara
un incipiente perfil
que luego forjó
la diferencia



es más difícil
penetrar
que describir
alcanzar el nudo
la semilla
la claridad sutil
que se resiste
las palabras huyen
se esconden
o se prestan fácilmente
a repetir lo visible
construir afinidades
extraer la médula
revelar los tonos
secretos
es otro cuento



la copia
sí la copia
es el primer escalón
cuesta crecer
si no hay raíces
un aire diferente
no alcanza
tampoco un cielo
como aquél
tan limpio
y despejado

al principio
las palabras
son sólo herramientas
de trabajo
se resisten a los requerimientos
sutiles del amor
por ejemplo
a las demandas
internas

muy cerca de allí
un coro de pájaros
negros grises de pecho
colorado ofrecía sonidos
desconocidos
golondrinas al comienzo
del verano
lechuzas palomas y caranchos
hacían temblar el aire
liebres zorros y avestruces
llenaron los campos llanos
fueron los espontáneos
pobladores de esas tierras
desiertas
ríos de la región
arroyos pedregosos
lagunas y bañados
más un río mayor
que viene de muy arriba
y que regula el comportamiento
de estas aguas
crecidas y bajantes
responden a su impulso
crea y suprime islas
con una furia de ruidos
y de rabia

la historia es breve
los latidos de la historia
apenas duran
aunque parezcan esenciales
tempestades
son apenas una brisa
un soplo fugaz que se apaga
con los días

mejor subir la cuesta
abrazar la luz del horizonte
atrapar el ritmo de la canción
apresar el silbido ronco
de la urraca
los vértigos imprevisibles
del vencejo

la historia
la historia
que no te atrape
sustituir su correntada
con los asomos
de la intimidad
o la fractura de la pasión
vale más el desaire
el desencuentro
la pena de amor
o el abandono que no
tiene peso
conservar vivo
el corazón que padece
vivo el ardor
de la sangre
y ese calor que cubre
el cuerpo
y lo despierta



no es el otoño aún
no priman los días
opacos
lentos
los cielos ligeramente
desgarrados
con nubes que deambulan
sin destino fijo
no es el otoño
aunque quisiera

lo que viene
es el rojo encendido
del verano
esa desmesura
que sólo en el alba
se atenúa
para el día queda
un fragor que humilla
los perros
con la lengua afuera
buscan la sombra
las vacas huyen del sol
y de las moscas
se cierran los postigos
que no entre el incendio
de las calles
los hombres intentan
escapar de estos rigores
con una charla insulsa
a la hora de la
siesta
se animan uno a otro
se olvidan en el recuerdo
rememoran otros veranos
inhumanos
los pájaros abatidos
abren sus picos
la arena de las calles
absorbe el sol
lo entierra en su
entraña
que a su vez derrama
más fuego
algunos chicos
desentendidos
corren detrás de una
pelota pobre
la magia que salta
y rueda
burlan en su carrera
cualquier indicio
de realidad
la realidad
la realidad
una manera de mirar



te gustaría saber
algo más sobre
la muerte
lo que sabés no basta
los días se suman
el hilo suspendido
en el aire
se agita
y desvanece
muestra su palpable
finitud
el enigma sigue
muchos de los que
se han ido
se van borrando
suavemente
ninguna señal nos llega
nunca
también se apagaron
los fresnos los olmos
las altas casuarinas
las hojas primero
luego las ramas
y los tallos
igualmente cayeron
esos mínimos seres
emplumados
que se esconden en la
fronda del ligustro

lo que respira
todo lo que respira
se desliza hacia un foso
sin fondo
deserta de su especie
y de toda compañía
mas se podría
igualmente aludir
a la piedra
a esa piedra roja
blanca
afilada que no
cambia bajo los pies
o a esas nubes veloces
e informes que viajan
sin destino
y se deshacen luego
para volver a iniciar
su travesía
se unen
se dispersan
se cargan
rocas cielos nubes
el tránsito de la muerte
imágenes del retorno
de la pérdida total
y del retorno
del fin y del comienzo
vida y muerte
son acaso sólo rostros
de una misma realidad?
fases sucesivas de una permanencia?
la muerte
el origen de la vida
la vida
el umbral de la muerte?
"en el principio
está su fin
en su fin está
su principio"?



no sé qué lugar
ocupa aún
aquella torre
aquel campanario aéreo
cuyo sonido
suena y suena
aquel reloj
que desde lo alto
marcaba el comienzo
y el fin de la jornada
otras campanas venían
de la torre
eran el vocero del pueblo
que irrumpía en la
labor de todos
se contaban los golpes
los números pares
correspondían a las mujeres
los impares a los hombres
eran las graves campanadas
de la muerte
el dolor
o el júbilo
descendían de lo alto
a veces repicaban livianas
y alegres
otras doblaban graves
repitiendo en su sonido
el memento mori

en torno al campanario
a su enhiesta altura
y a su cruz extrema
se ordenaban los pasos
de los hombres

la iglesia
irradiaba desde la torre
su estrecho catecismo
hombres incrédulos
deambulaban corridos
por el incienso
y los coros
por la música monótona
y las largas procesiones
era el imperio
en el reino de la tierra
para algunos el cielo
para otros el infierno
con sus lenguas de fuego
a ras del suelo
premio y castigo
un infierno muy poblado
y un cielo al que
pocos llegan
difícil cobijarse
a la diestra del Señor



el contrapunto no basta
a un punto oponer otro
no configura un nuevo ser
es apenas un eco
que depende de un sonido
anterior
sin el cual no existiría
tampoco el mero cruce de líneas
el lugar frágil de ese encuentro
el sitio donde
se cortan la horizontal
y la vertical
engendra una unidad
por sí mismo da su aliento
lo que viene de una raíz
lo que se hizo absorbiendo
de a poco el suelo propio
el cuadrado pequeño
donde el pie calza y se hunde
allí el germen único
se nutre y crece
inaudible para otros oídos
pero válido para el embrión
puro y real
el gesto se repite
la materia cambia
la lluvia de ayer
tenue y constante
es lluvia igual
que ésta huracanada
que azota las ramas
y las playas
cada día
las mismas cosas
pueden ser otras



para Bela Tarr

prefirió
la forma
eligió la imagen
y la dejó vibrando
tanto tiempo
la dejó inmóvil
sin palabra
ella era la palabra
y el gesto
y la evidencia
¿para qué más?
¿qué es el poema?
respiración sonido
sílaba silbante
ni siquiera intención
imagen quieta
desbordada de sí
perfora el tiempo
y lo aprisiona
dando dando
en su quietud
el pozo inagotable
la danza que se esfuma

el cuento
sobra
la línea vertical
se impone
y hasta dibuja una espiral
que sube y sube
prescinde de nudos
de eslabones
allí se carga de materia

la calle abierta
interminable
los árboles
a la orilla del camino
envueltos en agua
en niebla
y siempre el sonido
de la lluvia
adentro afuera
la marcha hacia ninguna parte
la imagen rueda
por las piedras
las descubre
el horizonte inalcanzable
franja de luz lejana
y la oscuridad
que se expande a cada paso
sombra y luz
entrelazadas
luz y sombra
sombra final


(De: Resonancias renuentes,
Ediciones en Danza, 2011)


Hugo Gola



Hugo Gola. Poeta argentino. Nació en Pilar, provincia de Santa Fe, en 1927. Cursó estudios en la Universidad Nacional del Litoral graduándose de abogado. Fue profesor de literatura en el Instituto del Profesorado (UNL) y en el Instituto de Cinematografía de Santa Fe (UNL) y coordinó el Taller Municipal de poesía de esa ciudad. Desde 1976 reside en México D.F. donde ha llevado a cabo una importante labor de enseñanza y difusión de la poesía moderna y contemporánea. Allí ha dictado cursos de literatura en la Universidad Iberoamericana y en la Universidad Autónoma de Puebla. Punto culminante de esa dedicación ha sido la creación de las revistas Poesía y Poética (1990-1999) y El poeta y su trabajo (fundada en el año 2000). En el año 1987 publicó el libro titulado “Jugar con Fuego”, Poemas 1956-1984, que reúne cuatro libros anteriores (UNL). Ese libro se publicó también en Francia en edición bilingüe, en la editorial Arcane 17, en 1989. Es autor, además, de una Antología de literatura para jóvenes (Universidad Iberoamericana, 1984). En l996 publicó el libro titulado “Filtraciones”, y en el 2004 la editorial Fondo de Cultura Económica de México publicó su poesía reunida que incluye la totalidad de su obra bajo el mismo título. Tradujo del francés y del italiano a varios escritores contemporáneos (Pavese, Valéry, Reverdy, Bachelard y Michaux, entre otros) En 2004 recibió el Premio Konex, de Poesía, por el quinquenio 1999-2003. En 2007 publicó “Prosas”, libro de reflexión sobre el quehacer poético y crítica literaria en Alción Editora, de Córdoba, Argentina.Y en la misma editorial apareció su último libro de poemas "Retomas" (2009).

Nota bene: Lamentablemente no se pudo respetar la diposición ondulante de los versos del texto original, debido a las limitaciones propias del blog. Intenté una aproximación con el margen en el centro de la página.
(Nota del administrador).