sábado, 28 de abril de 2012

Sobre la poesía













Dos caminos puede seguir la poesía para llegar a su fin, que es expresar la Idea humana. El poeta mismo puede ser el objeto que pinta, y entonces la poesía es lírica, es la canción propiamente dicha. Como el autor se inspira en sus propios sentimientos y los expresa, este género presenta siempre cierta subjetividad en su tema. El otro camino es el de los demás géneros poéticos: el sujeto que describe es diferente del objeto descrito; el poeta se oculta siempre más o menos detrás de su asunto y acaba por desaparecer completamente. En el romance, por el tono y el procedimiento general, se vislumbra todavía algo personal. Aunque más objetivo que la canción, presenta, sin embargo, cierta subjetividad, que va borrándose cada vez más en el idilio y en la novela, para desaparecer casi completamente en el poema épico y de que en el drama no quedan ya huellas; este último, no sólo es el género más impersonal, sino también por muchas razones el más perfecto y el más difícil. Por esto mismo el género lírico es el más fácil de todos, y si en general el don poético sólo es concedido al genio, tan excepcional en el mundo, no es menos cierto que un hombre de medianas dotes podrá escribir una hermosa poesía lírica, cuando algún vivo impulso exterior o alguna repentina inspiración exalte su espíritu, pues para ello le bastará tener una intuición profunda de su estado, durante ese momento de sobreexcitación. Tenemos numerosas pruebas de esto en las canciones compuestas por personas que no han salido de la obscuridad, y especialmente en las canciones populares alemanas, de que nos ofrece una excelente colección el Wunderhorn (La trompa mágica), como también en las innumerables canciones de amor y de otros asuntos, de autores populares desconocidos, que abundan en todos los países y en todos los idiomas.
Este género de poesía se reduce a sentir vivamente una disposición de ánimo momentánea y formularla en una canción. Pero cuando el poeta lírico es un verdadero poeta, su obra es el espejo del corazón humano en general. Con una sencilla canción sabrá expresar de un modo asombroso todo cuanto en lo pasado, en lo presente o en lo porvenir, experimentaron, experimentan o experimentarán millones de seres humanos en determinadas situaciones, siempre idénticas y siempre renovadas. Estas situaciones parecen tan perpetuas como el género humano, en vista de su retorno incesante, y como los sentimientos que despiertan son siempre los mismos, las obras líricas de los grandes poetas conservan siempre su verdad y su juventud. Un gran poeta representa por sí solo toda la humanidad, pues todo cuanto ha hecho latir en algún instante un corazón humano, todo lo que ha podido sacar de sí misma una naturaleza humana en una situación cualquiera, todo lo que puede nacer y ocupar algún lugar en el interior de un hombre, le sirve de tema y de materia junto al resto de la Naturaleza. El poeta puede cantar la voluptuosidad o el misticismo, puede ser Anacreonte o Ángel Silesio, escribir una comedia o una tragedia, pintar un carácter sublime o un carácter vulgar, según su fantasía o su vocación. Nadie puede prescribirle ser noble, elevado, moral, piadoso o cristiano, ni puede imponerle que sea de esta manera o de la otra, y menos derecho hay todavía para censurarle por ser como es y no diferente, pues es un espejo de la humanidad, a la que presenta la imagen de todos los sentimientos y todas las acciones humanas.


(Fragmento de El mundo como voluntad
                                                                     y representación-Libros III y IV)
Arthur Schopenhauer



Arthur Schopenhauer (Danzig, actual Gdansk, Polonia, 1788-Frankfurt, Alemania, 1860) Filósofo alemán. Fue hijo de un rico comerciante que se trasladó con su familia a Hamburgo cuando Danzig cayó en manos de los prusianos en 1793. Su madre fue una escritora que llegó a gozar de cierta fama, y aunque el Schopenhauer maduro no tuvo buenas relaciones con ella, el salón literario que fundó en Weimar proporcionó al filósofo la ocasión de entrar en contacto con personalidades como Goethe. En 1805 inició, contra sus deseos, una carrera comercial como aprendiz por voluntad de su padre; la muerte de éste (al parecer, por suicidio) le permitió prepararse para los estudios superiores e ingresó en la Universidad de Gotinga como estudiante de medicina en 1809. Pero la lectura de Platón y de Kant orientó sus intereses hacia la filosofía, y en 1811 se trasladó a Berlín, donde estudió durante dos años, siguiendo los cursos de Fichte y Schleiermacher; la decepción que ambos le causaron fue motivo de un momentáneo alejamiento de la filosofía y un interés por la filología clásica. Las campañas napoleónicas le brindaron la ocasión de retirarse a Rudolfstadt, donde preparó su tesis titulada La cuádruple raíz del principio de razón suficiente que le valió el título de doctor por la Universidad de Jena y que fue publicada en 1813. Regresó después a Weimar, donde se relacionó estrechamente con Goethe y fue introducido por F. Mayer en la antigua filosofía hindú, uno de los pilares, junto con Platón y Kant, del que había de ser su propio sistema filosófico. Éste quedó definitivamente expuesto en su obra El mundo como voluntad y representación. La realidad auténtica corresponde a un principio que Schopenhauer denominó voluntad, de la cual el mundo como representación es su manifestación; el sistema se completa con una ética y una estética. Cuando el individuo, enfrentado al mundo como representación, se pregunta por lo que se encuentra tras las apariencias, obtiene la respuesta como resultado de su experiencia interna, en lo que se conoce como voluntad; pero la irracionalidad de ésta, su condición de afán de vida perpetuamente insatisfecho, produce una insatisfacción que la conciencia sólo puede suprimir a través de una serie de fases que conducen a la negación consciente de la voluntad de vivir. El filósofo confiaba en un reconocimiento inmediato de la importancia de su obra, pero ésta no suscitó demasiada atención, aunque sí le ayudó a obtener en 1820, tras un viaje a Italia, la condición de docente en la Universidad de Berlín. Allí trató en vano de competir con Hegel, a la sazón en la cumbre de su popularidad, para lo que anunció sus cursos a la misma hora que los de aquél, al que consideró abiertamente como su adversario. Pero no tuvo éxito; en 1825, después de un nuevo viaje a Italia y un año de enfermedad en Munich, renunció a la carrera universitaria. Vivió a partir de entonces y hasta su muerte una existencia recluida, que desde 1831 transcurrió en Frankfurt, adonde se trasladó huyendo del cólera que ese mismo año llevó a la tumba a Hegel. Tras la segunda edición (1844) de su obra principal, considerablemente aumentada con cincuenta nuevos capítulos, empezó a ser conocido merced a una colección de ensayos y aforismos publicada en 1851. En el clima intelectual creado después de la revolución de 1848, su filosofía alcanzó finalmente reconocimiento internacional y ejerció una considerable influencia sobre pensadores como Friedrich Nietzsche.