martes, 17 de abril de 2012

Esas flores amarillas...



















El yuyo es lo que casi por definición no requiere cuidados. Otras plantas que resultan apreciadas por el hombre porque producen alimentos o belleza necesitan una cantidad de atenciones casi sin límite. A ninguna le puede faltar su dosis de humedad. Unas deben ser apuntaladas o sujetas con hilos a cañas o ramas que les sirven de tutores, como los tomates y las chauchas. Otras necesitan soportes más vigorosos, como las parras, las enamoradas de los muros o las hiedras. A muchas hay que fumigarlas contra plagas repentinas, arañuelas, hongos, hormigas negras. Hay flores delicadísimas que no resisten el sol (las buenas noches o la pata de buey) que de día se marchitan y al atardecer reviven; otras, por el contrario, sólo se abren con abundante luminosidad desde la mañana.
Muchas veces ni siquiera esto es suficiente; a pesar de todos los cuidados, los frutales suelen quedan estériles por heladas muy tempranas. Las hojas de las parras se deforman por una extraña enfermedad que les produce abultamientos con forma de verruga. Las hojas de los zapallos se resecan en los bordes y se cubren de una pátina blancuzca. Tampoco es extraño levantarse una mañana y encontrar solamente los brotes pelados de las acelgas comidas por los bichos moro en una sola noche.
El yuyo no necesita absolutamente nada. O si lo precisa, no le prestamos atención.
Aparece tanto como desaparece. Y si aparece en una quinta o un jardín, hay que arrancarlo.
Es aquello que para el hombre carece de sentido.
Es lo insignificante.
Las mismas palabras con que genéricamente se designa a todo este vasto sector del reino vegetal son bastante explícitas. “Yuyo” viene del quechua “yuyu”. Este nombre, a pesar de todo, otorga cierto valor a esas plantas, porque hay “té de yuyos”, o “yuyos para el amor”. En este aspecto, el término aborigen se asocia con el más neutro y castizo “hierba”. En cambio, la palabra “maleza” no deja dudas. Proviene del latín “malitia”, y refiere a lo malo. Es el equivalente vegetal del “bicho”. Casi se diría que no tienen nombre, o uno muy genérico e impreciso que se contenta con dar cierta forma a lo que se considera sin forma, ámbito de lo indeterminado e indeseable.
Hay rosas, hay zapallos, y hay malezas.
Hay abejas, hay mariposas, y hay bichos.

Acaso sea cierto. La maleza es lo que no se desea.
Y sin embargo se multiplica desaforadamente.
Aparece sin que la hayamos sembrado. Se nos da sin que la hayamos pedido.

Los yuyos y los bichos están del lado del don.

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Nelson habrá dicho por primera vez la palabra “acelga”; fue al fondo del patio con un paquetito de semillas y semanas más tarde apareció la planta. Luego, en el centro del plato, al cortar un canelón con salsa blanca, se asomó entre las espirales del panqueque aquello mismo que había pronunciado por primera vez, cocido, triturado y mezclado con un poco de carne picada para el relleno.
Ahora en su plato no tiene más una acelga previamente nombrada: no sólo en la clínica falta espacio para la quinta, sino que las palabras que acaso pronuncia han perdido su conexión con la tierra, con las cosas y las personas.
Los yuyos aparecen sin que los hayamos sembrado.
Aparecen sin que los hayamos nombrado.
Entonces, posiblemente no demandan riego, ni tutores, ni plaguicidas: lo que necesitan son palabras, y si no las encuentran tratan de producirlas. Esta es una posible explicación.
Los tallos resecos y desordenados de la esquina debían tener algún nombre además de “yuyo”, pero yo en aquel momento lo desconocía. Esa mata era anterior a mi lenguaje; no tenía qué decir ni cómo porque estaba discapacitado. En estas condiciones, nos cruzamos fugazmente a lo largo de los primeros días, hasta que poco a poco esa planta empezó a actuar en mi sistema nervioso generando sus primeros efectos aquella mañana junto a la pava.
Lentamente, a lo largo de varias semanas, fue restableciendo algunas conexiones entre las palabras y las cosas.
Tentativamente.
Todo debía recomenzar del modo más humilde, como el que comienza a caminar de nuevo después de un accidente; como el niño que balbucea las primeras palabras.
Rosa – Abeja – Nelson - Zapallo – Plantita – Mariposa

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Entonces, contra todos mis pronósticos de exterminio final, una mañana advertí cierto verdor que crecía desde la base misma de la mata reseca. Avanzaba octubre. ¿La gramilla estaba rebrotando? Sin dudas. Pero días más tarde pude ver que esas hojitas eran más grandes que las del pasto común.
Detuve la bicicleta y me bajé.
Lo que quedaba del mimbreral de varillas resecas estaba renaciendo. Quizá no fuera la misma planta, sino un nuevo brote que nacía de sus propias semillas. Daba lo mismo.
Lo cierto es que lo nuevo se abría paso entre viejo, lo verde entre lo amarillento; se mezclaban y convivían, al menos por un tiempo, porque esas hojitas lustrosas y repletas de savia no tardarían en imponerse desalojando por fin los últimos vestigios del ciclo anterior. Pocos días más tarde, se abrieron unas florcitas amarillas.
Un domingo a la mañana bien temprano, aprovechando que había poca gente en la calle, volví con la bicicleta, me acosté contra el cordón de la vereda y tomé unas fotos.




Cuando llegué a mi casa, vi que en la vereda de enfrente se abrieron otras flores amarillas. De repente, terrenos baldíos, espacios libres junto al entubado, los costados de las vías y los bordes de las veredas se cubrieron de flores amarillas iguales a la de la esquina, como si ella hubiese sido el origen de todas,
No era así, por supuesto; pero reconocer a esa planta en primer lugar me permitió reconocer a todas las demás. De lo contrario, ni siquiera las hubiese visto. Habrían quedado relegadas. Manchitas que se movían en el borde de la mirada, siempre a punto de volverse invisibles.

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Me di cuenta de que en algunos aspectos ya conocía ese yuyo. Había escuchado hablar de él, como tantas cosas. Tiene un nombre bien simple, evidente y directo: es la “flor amarilla”. Con este descubrimiento, no puedo afirmar que ese vegetal perdió su efecto sobre el sistema nervioso. Todo lo contrario. Si antes tenía la capacidad de generar palabras, advertía que ahora ese poder se multiplicaba.
Estaba seguro de que una nueva ciencia surgía en ese momento. Quizá demasiado pretencioso afirmar que es una rama del saber; haciendo un jueguito de palabras bastante tonto, diríamos que es un tallo, una brizna de saber tan acotado como la ciencia de las pavas, y cuyo objeto de estudio son, en este caso, las relaciones entre el lenguaje, los vegetales y su efecto en el hombre. Llamemos a esta ciencia “neurobotánica” o bien “fitolingüística”.
Esa relación existe. Mi cuerpo lo testimonia. Este mismo texto que usted, querido lector, está leyendo es una prueba suficiente.
Para avanzar en esta ciencia, sólo debía revisar los apuntes y profundizar las observaciones.
Lo primero que pude comprobar es que esa relación entre el lenguaje y el yuyo no es inmediata, al menos en un sentido groseramente literal. El injerto entre las delgadas ramificaciones vegetales y palabras como “gimansio”, “oferta Lucaioli” o “alfajor triple” se ha revelado como una unión inestable, absolutamente volátil.
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Una variedad de flores que se abren sólo al atardecer son las “buenas noches”. Una enredadera que trepa por las paredes es la “enamorada del muro”.
Llamaron “nomeolvides” a una florcita azul; otra que produce un conjunto de inflorescencias blancas arracimadas en esfera es una “bola de nieve”; hay “coronas de novia”, “bella Raquel”; incluso hay otros de nombres deliberadamente ásperos que aluden a alguna característica negativa de esa planta como “revientacaballos”, “abrepuños” (un yuyito espinoso que produce una flor también amarilla, rodeada de afiladas púas en forma de estrella que lastiman si se las toca desprevenido) e incluso las desagradables “culo de vieja”.
Quienes pusieron “flor amarilla” a esta planta no realizaron ciertamente un esfuerzo inventivo, ni tuvieron intención de establecer analogías pretendidamente poéticas. Es un nombre directo, referencial; y sin embargo en esa falta de connotaciones estéticas hay algo significativo. Pareciera que es la flor amarilla por excelencia, que no puede haber otra, al menos tan importante como ésta. “Si mencionamos solamente las palabras ‘flor amarilla’, todo el mundo sabe a qué nos referimos”, habrán razonado.
A partir del nombre no puede inferirse ninguna cualidad diferencial de nuestra plantita con respecto a otras que también poseen flores amarillas. Y sin embargo, en esta carencia absoluta de metáforas, se oculta un significado inquietante que sin dudas debe tener relación con la sobreabundancia.


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Desde un punto de vista humano, la rosa es una flor que presenta un equilibrio inestable: está en constante peligro de transformarse en símbolo; en cualquier momento puede volverse representación del amor, de la belleza femenina y de la mujer misma, del corazón sangrante, de la Virgen María como Rosa Mística. El fenómeno se extiende a toda la planta y a su ciclo vital, y entonces el pimpollo es una jovencita que recién comienza la juventud; las espinas son el sufrimiento que encierra toda pasión; el momento en que empieza a marchitarse, el aviso de la vejez y la caducidad de todo lo que parecía eterno. Sin embargo, este proceso no estorba la función reproductiva propia de la flor: el espesor aterciopelado de sus pétalos continúa en relación a los estambres, pistilos e insectos que vienen involuntariamente a polenizarlas, pero siempre corre el peligro de un tijeretazo que la separa de su tallo y la coloca en un florero.
Nada de esto parece ocurrir con la flor amarilla. Su forma despojada de sólo cuatro pétalos y el tamaño reducido que compensa con una sobreabundancia monótona ponen a salvo a esta florcita dentro de más prosaica literalidad hasta el punto de la redundancia: esta flor amarilla es una flor amarilla.
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Es una convención cultural que la rosa sea el paradigma de toda flor. Con razones igualmente válidas, puede afirmarse que la flor del zapallo es de una belleza incomparable.
En su fase de desarrollo, el zapallo tiende a trepar y por eso posee unos zarcillos muy parecidos a los de las parras; pero si no encuentra ninguna superficie vertical, se extiende sus guías por el suelo de manera invasiva. Los tallos y las hojas están cubiertos por una vellosidad de pequeñísimas púas flexibles, casi mínimas, a tal punto que es necesario acercar el ojo a pocos centímetros para reconocerla. Al paso de las yemas de los dedos se siente una cierta aspereza parecida a la de los cepillos o la de esos abrojos de material plástico que se usan para abrochar los abrigos y zapatillas.
Luego de caer el agua en forma de riego, lluvia o rocío, las hojas retienen gotitas que se acumulan entre sí y llegan a formar voluminosas esferas cristalinas que funcionan como lupas; entonces, podemos comprobar que esas púas, desmesuradamente amplificadas, son casi transparentes.
Si la planta está en el suelo, las hojas gigantes se elevan a la misma altura y se ubican unas junto a otras en apretados conjuntos que llegan a ocultar a los tallos, y tratan de mantener un plano horizontal quizá para aprovechar el sol. Entonces lo que uno ve desde cierta distancia es una alfombra verde suspendida en el aire. Y en un momento determinado, desde lo hondo de esa superficie, emergen las flores, intensamente amarillas; una estrella de cinco puntas y pétalos ondulados que apenas cabrían en el cuenco de nuestras manos. En el interior de la cámara dorada, los estambres y pistilos se agitan vigorosos con el paso del viento.
Las flores parecen marchitarse cuando el sol cobra fuerza, y se reavivan al atardecer. Apenas amanece, el ojo se hunde en aquella bóveda y comienza a polenizarse en absoluto silencio.

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Donde se creía encontrar la Naturaleza, hay capas sobre capas de significado que los hombres fueron depositando a lo largo de los siglos. La palabra que, en principio, designa la totalidad de una cosa en verdad muchas veces la fragmenta, ilumina un aspecto y relega a la oscuridad al resto. La “rosa” es ante todo el nombre de la flor, y de allí se extiende al resto de la planta lo mismo que la amenaza de simbolismo. El rosal se justifica en cuanto produce ese conjunto de pétalos no siempre aromáticos.
En cambio, “zapallo” prioriza sólo el fruto e ignora por completo su flor desmesurada, la detonación de estrellas sobre una alfombra de lentes esféricos. Agregado al puchero con las papas, o cortado en cuadraditos para mezclar en el guiso. El tenedor se hunde en la pulpa caliente que está sobre el plato; le agregamos un chorrito de aceite y lo probamos. Falta un poco de sal.
El puré es anaranjado, y se disuelve en la boca.
Ese color es casi el mismo de las flores.
Tiene una suavidad de miel.



Cuaderno de Lengua y literatura Volumen VII
(Fragmentos)

Mario Ortiz (Buenos Aires, Bahía Blanca, 1965)