martes, 30 de agosto de 2022

SOMBRAS BAJO LA LÁMPARA DE ACEITE (III)



 










Sombras bajo la lámpara de aceite

 

Poemas de después de la fiesta

a la memoria de Irene Gruss (Febrero 2019)

     EJ mundo incompleto se publicó en 1987 y está dedicado a Lea Fletcher y a José Luis Mangieri, el creador de la mítica editorial de poesía Libros de Tierra Firme. Por este libro conocí la poesía de Irene y de algún modo a Irene misma. Algunos fragmentos habían salido como anticipo un año antes, en el primer número del Diario de poesía, que casualmente iniciaba su derrotero con un dossier dedicado a Juan 1. Ortiz, hecho de relevancia ya que fue un poco el comienzo del rescate y revisión del poeta de Gualeguay. Entre la selección de poetas que en ese primer número del Diario acompañaban a Irene estaban Oscar Taborda, Víctor Redondo y Néstor Perlongher. Había ya un desliz y una emergencia en esos nombres con respecto a lo que se venía escribiendo.

     El mundo incompleto es la entrada fulgurante a la poesía de alguien que por entonces tenía 37 años, una segunda entrada si se quiere, ya que cinco años antes había publicado La luz en la ventana en la editorial El Escarabajo de Oro.

     Desde el arranque del primer poema, titulado “Tercera persona”, se plantea una actitud ante lo comunicable y el acto de escribir: “Tiene problemas con el lenguaje: / habla y no se le entiende, / escribe y no se le entiende. / Ironiza, da todo / por sentado, cree que lo que ve/es simple, / claro / nada fácil para traducir”. Esa dificultad para hablar y traducir lo claro, lo tangible y real, que el narrador atribuye a una tercera persona, es la puerta de acceso al trabajo y la destreza de Irene para estratificar mensajes, enrarecer cuestiones en apariencia simples o banales, renovar sensaciones y formas de decir. Mediante la torsión que producen sus síncopas, su rarísima forma de escandir y encabalgar los versos, o recursos como las preguntas y las frases hechas, tanto la oralidad como la reflexión o el movimiento de una escena, todo se transforma en música. Una música insólita, descreída, empedernidamente individual, capaz de asumir tanto las taras propias como de iluminar lo colectivo mirando puertas adentro, como el mentado poema de aquella que no olvida a los muchos que sufrieron, que desaparecieron, mientras lavaba ropa, acunaba o cantaba con la persiana a oscuras.

     En los poemas de El mundo incompleto -por lo general breves- la anécdota le cede su lugar a la reacción ante lo visto, algo que siempre es efecto de un movimiento oculto, y en muchas ocasiones la duda, la sorpresa o el descreimiento, desatan una inflexión liberadora.

     Frecuentemente está la sensación de que quien habla quiere desembarazarse de algo, sacarse un peso de encima, huir -¿de las apariencias? ¿del teatro social? ¿de algo más hondo?-. Aún tras la ironía ante lo propio o un estado de cosas, algo pulsa entre la pena y la nada. Como si solo a partir de la lenta aceptación de esa fisura, de ese estado incompleto y defectuoso, se pudiese aspirar a alguna epifanía, a alguna necesaria plenitud momentánea.

     En El mundo incompleto la guerra -o la fiesta- terminó; el amor es apenas conclusiones, se mira por la ventana sucia y se calla hondamente ante el mar. La guerra, alguna guerra, diferentes guerras, permitieron por un tiempo vivir en la pasión, el miedo y la inminencia, (“...Picasso y / sus mujeres: Gertrude Stein / manejando una camioneta de la / Cruz Roja Internacional, en el paisaje / del frente”), ahora, solo quedan los restos que dejó esa emoción. Y hay otra fuerza ahí, una fuerza secreta, hecha con el reverso de la vida: un amor que se exalta en su falta de hechos, en lo que no se hizo; la experiencia de luz en el nombre del hijo, y la maternidad como una zona lejos de lo idílico, (“No la escuches. / Tu hija llora / pero no la escuches”); juegos improvisados que descubren una felicidad clandestina; y las manos, dedos manchados de pelar papas, de nicotina y limón, de tinta.

     Varias veces aparece el después de la fiesta en los poemas de Gruss, lo que queda después de algo intenso, de todo lo que mueve la sociabilidad. El lavar y ordenar, el agua que se lleva los detritus y que borra las marcas, la vuelta a un orden áspero, sin placebo. Pero en ese llevarse hay también un volver a vivir, un vivir por segunda vez, con más calma y distancia, sin la urgencia de dar una respuesta. Del poema “Fue una fiesta” (Elmundo incompleto), al “Después de la fiesta” (Entre la pena y la nada, su último libro), el jabón y el agua tibia se llevan todo rastro de alegría, pero a la vez preparan lo que viene, “lo que brilla es pasado y preparación para lo que urge, lo / que se aproxima”, “cuenta /lo que no puedes atrapar”.

     En la segunda y la tercera parte del libro aparecen las distintas fases, el devenir cambiante de una mujer que juega a adjetivarse, que sabe que no hay algo que se pueda fijar: indómita, irresuelta, agraciada u horrible, por momentos multitudinaria, agradecida, la que ambiciona aquello que solo espíritus atentos y sutiles pueden apreciar -el color de un pullover, el olor a pintura de un cuadro, la raíz del pasto “apenas raspado por la más suave zapatilla”-, mujer que más allá de los estereotipos, las reivindicaciones, quisiera liberarse, que la dejen en paz, “quisiera, como Gauguin, largar / todo e irme, / dejar mi familia, la no tan sólida / posición / e irme a escribir a alguna isla.. .’’(“Mujer irresuelta”).

     Hay frases, expresiones que asocio inevitablemente a la imagen de Irene, a su poesía: “anotar un goteo”, o “dijo que decía”, y esa especie de súplica: “Por favor no sufran más / me cansa, / dejen de respirar así / como si no hubiera aire” (“Mutatis Mutandi”).

     Eso, y la pregunta que va y viene a través de sus libros, la pregunta sobre lo real: “Quién necesita esas flores / quién se queda en describirlas / tal como están, allá lejos, / quién sabe cómo son esas flores / Y si no son margaritas? / Si no se llega / si no se completa el mundo?” (El mundo incompleto).

     Después de haber leído por primera vez estos poemas y de ver un aviso en el que anunciaba sus talleres de escritura, le pedí una entrevista y fui a verla a su departamento. Me acuerdo de su risa un poco rea, de su mirada atenta y su amabilidad, de que tenía un poster de Serrat pegado en la pared y de que justo cuando entré sonaba por lo bajo “Nací en el mediterráneo”. Aunque nos vimos pocas veces, Irene siempre tuvo para mí esa impronta: en su presencia y sus palabras había algo que te bajaba a tierra, (“no escribo con el cuerpo, sino con la mano y un lápiz”, dice en una entrevista), algo que se ofrecía sin dobleces, sin la necesidad de explicarse o agradar. Y a la vez algo guardaba, algo que solo se puede atisbar en su poesía, mezcla de extrañeza y risa, dolor e insumisión.

 

Mario Nosotti

 

Mario Nosotti nació en San Fernando, provincia de Buenos Aires, en 1966. Cursó estudios de Letras (UBA) y la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad de Tres de Febrero. Poeta y ensayista, colabora con diversos medios ligados a la literatura. Publicó los libros de poesía Parto mular (Ultimo Reino, 1998), El proceso de fotografiar (Viajera Editorial, 2014) y La casa de la playa (Club Hem, 2018). Entre 2004 y 2006 editó la plaquette Música Rara -poesía & aledaños; en 2021 publicó Dos poemas inconclusos en Caleta Olivia- y su ensayo La casa de los pájaros en ed. de la Universidad Nacional del Litoral, sobre la vida y la obra de Juan L. Ortiz. Obtuvo la beca de Creación del Fondo Nacional de las Artes en 2014. Tuvo a su cargo la elaboración de la cronología que integra la nueva edición de la Obra Completa de Juan L. Ortiz, (UNL / EDUNER). Coordina talleres de escritura y lleva adelante el blog Música Rara.


Irene Gruss (Buenos Aires, 1950- 2018) 


IMÁGENES: Irene Gruss y Mario Nosotti.

domingo, 28 de agosto de 2022

SOMBRAS BAJO LA LÁMPARA DE ACEITE (II)


 












Poetas ensayando


La experiencia de lo provisorio

sobre la serie Zen I, II, III, IV, Alberto Silva (Bajo La Luna)

Zen I / Zen II (2012)

     No es sencillo abordar discursivamente un fenómeno múltiple, potencialmente extraño a nuestros paradigmas como es el caso del Zen. No al menos sin caer en lo codificable o en la asimilación al supermercado de experiencias propio de la cultura occidental. Es este el desafío que enfrenta Alberto Silva -poeta, traductor, especialista en temas japoneses- el de constituir un método para poder dar cuenta de un objeto que por su calidad de inaprensible, su vacío pregnante, ha sido germen de infinidad de explicaciones, usos y distorsiones. Y para eso, la mirada del autor encuentra un “entre”: por un lado su experiencia personal, su práctica del Zen, y por otro su formación como sociólogo que le hace aprovechar categorías propias de nuestro pensamiento.

     El presente trabajo consta de cuatro volúmenes. Los dos primeros, Zen I Ruta hacia Occidente, y Zen II ¿qué decimos cuando decimos experiencia?

     A Silva le interesa pensar el discurrir del Zen como fenómeno histórico y cultural para escuchar de qué forma nos habla a nosotros —occidentales siglo XXI— y para qué puede servirnos. Y la hipótesis es que su influencia puede ser decisiva en la transformación radical del individuo y de la sociedad.

    

El camino del zen

     De movida el autor nos invita a dejar en suspenso todo lo que creemos saber sobre Zen -vulgata que incluiría ser rama del budismo, filosofía japonesa, forma de meditación o de control mental y sello estético, entre otras- para de esta manera aventurarse a descubrir su propia lógica. Silva se ajustará a tratar una forma concreta del Zen, aquélla que florece en Japón a partir del SXIII de la mano del maestro Dôgen, el fundador de la escuela Soto. Así, el primer volumen da cuenta de la progresión histórica del Zen - una compleja amalgama de elementos procedentes de la tradición India, China y Tibetana- en su camino “desilachado y disperso”- hacia el Occidente actual.

     A contramano del consabido y aparentemente inevitable proceso de occidentalización, interesa indagar en la penetración que lenta y sin aspavientos se da desde hace un siglo desde Oriente a esta parte. El Zen sería un aporte decisivo en el proceso de la actual “revolución metafísica” de la que habla el filósofo alemán Peter Sloterdijk, revolución que parte del legado de pensadores como Nietzsche, Bergson, Freud y Heiddeger, propulsores de un pensar al margen del idealismo y la subjetividad, y críticos del ego metafísico. Y es a través de la lengua alemana y del sustrato fértil de la obra de Heiddegger que el Zen emprende su trasvase a Occidente, un proceso que aún continua.

Un Zen que piensa

     Para una buena parte de la filosofía occidental la cuestión de la experiencia es cuando menos un asunto espinoso. Silva encuentra en una distinción de la filosofía antigua por un lado, un pensamiento de la abstracción (concepto de skolé) y por otro, un pensar que surge de un estilo de vida (háiersis) -la base para hacer hablar al Zen. Porque para Dôgen, el Zen es básicamente un acontecimiento: zazen (sentarse, atento a la respiración para, en el mejor de los casos, sin buscarlo, arrancarse de si). El Zen acepta ser fuente de conocimiento a condición de que el mismo esté constantemente resignificándose en la práctica. A través de ese hacer es que transforma nuestro modus vivendi”

     Y es aquí donde Silva abre una veta poco habitual en este tipo de estudios. Más que pensar el Zen como experiencia -inevitablemente irreductible y opaca- nos propone “experimentar un Zen capaz de destilar un pensamiento”. En este sentido, su propuesta es casi una propedéutica. La práctica de Zen confluiría en un tipo de discurso capaz de devolver al lenguaje gastado su condición de “palabra viva”. Varias veces el autor se refiere a esas “hebras de lenguaje”, como restos latentes que la marea del Zen deja sobre la playa.

     La pregunta de fondo es, como bien advierte Silva ¿cómo se relaciona la dupla experiencia-palabra? “El zen busca continuamente releer toda versión convencional del mundo e incluso de sí mismo, a fin de orientarse cada vez hacia una elocución intempestiva de sí”. Como pensamiento -siempre trenzado en su práctica, zazen- constituye un discurso donde lo que se ha dicho está siempre migrando hacia lo por decir. Dôgen lo expresa así: “Zen es pensar, no pensar y sin pensar”. Una práctica que genera un discurso que a la vez se disuelve en la práctica para emerger inédito de esta. Y para hacer hablar a este ejercicio, modesto, pero de resonancias incalculables, es claro que los recursos normales no alcancen. Por eso muchos de los interlocutores de Silva en este ensayo son poetas -Philip Larkin, Rilke, J. L Ortiz, Nicanor Parra- y por eso es que él mismo es un fino traductor de esa poesía extrema, el haiku, forma que aspira a captar lo instantáneo y nombrar la experiencia sin sujeto de la que habló Bataille.

     Para cerrar quizás sirva aclarar que el Zen no se resiste a la teoría; solo sonríe un poco cuando el discurso explicativo amenaza borrar la sed de una insistencia.

 

Zen III / Zen IV (2014)

     Allá por los años 80, en una columna semanal que tenía en una radio de Barcelona, Silva disponía de sesenta segundos para hablar de algún tema relacionado con la cultura japonesa: “Si tuviera que decir en un minuto qué es el Zen diría lo que Dógen: Zen es zazen”. Zen es un pensar y un comprender, y zazen una práctica, vinculados de aquí para allá. Zen es solo en caso de Zazen, y el pensamiento, el discurso, la cultura y el arte del Japón a partir del siglo XIII en adelante tiene que ver con esa experiencia. Ahí me callaría yo”.

     Sin embargo, dar cuenta de ese acto sencillo y radical le traccionó al autor escribir cuatro libros —una obra única por su exhaustividad y variedad de abordajes- de los cuales acaban de salir los dos últimos que completan la serie.

     Para Dôgen (el maestro que inició la escuela soto, en el SXII) “estudiarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo”. Y para demostrar qué significa que el Zen ocurre en el cuerpo y con el cuerpo, Silva acomete en este tercer tomo (Zensualidad) una especie de historia Japonesa del cuerpo que toma seis de sus iconografía básicas, desde el siglo XI hasta la actualidad: la dama de corte, el samurái, el haijin, la geisha, el burgués y el asalariado contemporáneo, desentrañando cuál es la relación de una cultura con el cuerpo y de qué forma el Zen amparó o criticó esas formas como más libres o aherrojadas. Cabe aclarar que cuando Dôgen habla del cuerpo, habla de anatomía, entendimiento, emoción y lenguaje -nada más alejado de la “cárcel del alma” platónica-. El Zen crea ese tiempo condicional capaz destituir el uso convencional del cuerpo y ayudar a liberarlo.

     Es sabido que el Zen ama lo provisorio. Su símbolo más conocido es un círculo imperfecto, que no cierra. Esto, lejos de convertirse en desazón, en desamparo, es lo que lo mantiene constantemente renovado. El zen puede ayudar a la persona a estimarse a sí misma como provisoria, sin lamentar que todo lo que vivimos sea provisional. Vivir desde la experiencia del zazen significa que el lenguaje no es definitivo. Su práctica es capaz de generar un intercambio en busca de esas “palabras nuevas” que la experiencia “reclama para sí”. De eso trata el cuarto tomo de la serie, El oficio de vivir -en alusión al libro de Cesare Pavese-, volumen colectivo donde dialogan poemas, citas de filósofos y anécdotas personales y en donde seis o siete practicantes van triturando términos en busca de dar cuerpo a esa experiencia, así como los árboles dibujan su postura adaptándose al medio en que les toca vivir.

  

(Del libro: “Sombras bajo la lámpara”

de aceite”; Borde perdido editora,2020)

Mario Nosotti (San Fernando, provincia de Buenos Aires, 1966)

Alberto Silva (Buenos Aires, 1943)

 



 Imagen: Alberto Silva.


viernes, 26 de agosto de 2022

SOMBRAS BAJO LA LÁMPARA DE ACEITE (I)


 
















Prosas de atura…87

sobre Mi libro enterrado, Mauro Libertella (Mansalva, 2013)


El gen literario

 
     La muerte de un padre no solo es el momento del ajuste de cuentas o de la redención, es quizás, llegada cierta edad, una oportunidad única para constituir el propio territorio. Siempre será mi padre, se podría decir, pero a partir de ahora, yo dejo de ser hijo. Aquí nos separamos. Su muerte es como el último empujón.
     Pero, ¿cómo lidiar con un legado, cómo constituirse a partir de un sustrato que mezcla prescripciones, dotes, y lo que nunca hubo, lo que ya nunca habrá? Mi libro enterrado, el debut literario de Mauro Libertella, se interna en esa tierra ambigua, a ratos dolorosa, abierta a epifanías que son la transfiguración de ese dolor.
     El caso es el de un padre que es a la vez un escritor de culto — Héctor Libertella, fallecido en 2006- cuya obra gravita en el canon excéntrico de nuestras letras, y el hijo que creció a la sombra del árbol de su literatura, y que en algún momento se propone escribir.
     En la página diecinueve Mauro cita un párrafo de La arquitectura del fantasma, novela autobiográfica de Héctor editada poco después de su muerte. El gesto no es menor: en su primer libro —también autobiográfico— el hijo da cabida a la escritura del padre, y selecciona un párrafo donde este justamente habla de sus inicios como escritor. Este juego de cajas chinas, de imbricación de una escritura en otra —como las fotos del padre en las que el hijo se busca— son el juego mediante el cual se construye el escritor. Apropiarse de un nombre y una herencia, también como una forma de neutralizarlos. “Desde su muerte, entonces, el apellido Libertella vuelve a cero. Yo tendré que encontrar el modo de inventarle un nuevo origen, un relato”.
     El libro comienza la tarde en que Héctor Libertella muere en el departamento al que hacía unos años se había retirado a escribir. El enigma de aquella reclusión, de su alcoholismo, la elección más o menos consciente de dejarse morir, quedan intactos. El narrador no pide explicaciones. Separación, mudanzas, el paso por Alcohólicos Anónimos, el deterioro físico, las visitas del hijo al hospital y luego al departamento son incisos del veloz —o lento, según cómo se mire— camino hacia el final. Dentro de esa debacle que va eclipsando todo, hay idas y venidas a tiempos más felices, buscados con ahínco por el hijo: las charlas con su padre “signadas por el humor y los juegos retóricos”, la lectura de un cuento de Borges que sella el vínculo de ambos con la literatura, entre otros.
  Desde el arranque, lo que resalta en la escritura de Mauro Libertella es su claridad y su precisión sintáctica; eso, y el tratamiento sobrio, contenido, de un material de alto voltaje emocional. Un libro valiente, donde la pose irónica o maldita —tan bien pagadas en la literatura— quedan a un lado para exhibir esa desolación y esa belleza que tan solo a partir ciertas experiencias y de mucho talento pueden volverse literatura.
 
de aceite”; Borde perdido editora,2020)
Mario Nosotti (San Fernando, provincia de Buenos Aires, 1966)
 

Mauro Libertella (Ciudad de México, 5 de enero de 1983). Vive en Buenos Aires y es considerado un escritor argentino. 

Imagen: Mauro Libertella.


miércoles, 24 de agosto de 2022

FICCIONES SUPREMAS (IV)



 










MATADEROS
RICARDO CARREIRA
Ediciones Stanton Buenos Aires. 2010
 
Entre las palabras y las cosas
 
     El artista plástico y escritor argentino Ricardo Carrei­ra ha dejado una obra desperdigada, inclasificable, que a pesar de su marginalidad ha logrado trazar una zona atí­pica dentro de la literatura argentina. Hacedor de curio­sos textos conceptuales, desarrolló a través de una vida azarosa (interrumpida por varias internaciones en el Bor­da), un singular trabajo poético y teórico sobre el lenguaje. Con una escritura que abre otra relación lingüística con la realidad, su mayor logro consistió en buscar un nuevo sistema de significación. Su poesía denotativa se descubre paulatinamente mientras se enuncia mediante subraya­dos y cuestionamientos gramaticales. A través del verso libre introduce conceptos para llegar, con un léxico sim­ple, a deshabituar al lector de la funcionalidad de las pala­bras con el fin de arrimarlo a otro grado de literalidad. El lenguaje sirve muchas veces (más) para perderse que para encontrarse”, nos advierte en un pasaje desconfiando de la utilidad con que la sociedad se sirve de él. “Lo único que queda es la distancia entre nosotros y la realidad que nombramos” afirma, convencido en volver a los funda­mentos del valor subversivo que encripta toda palabra. Su vida fue una tentativa de acortar ese recorrido, de crear y organizar otro lenguaje.
     El escaso centenar de páginas de este tomo dividido en tres partes, constituye un verdadero muestrario de su visión utópica. La primera sección del libro, titulada Poe­mas”, reproduce un importante número de textos éditos e inéditos de Carreira. La segunda parte es, tal vez, más inte­resante. Titulada “No creemos en los amos, ni en sus dioses ni en sus palabras ni en sus historias oficiales”, presenta prosas y apuntes que desglosan los conceptos de libertad, amor fanatis­mo, alineación y memoria. La tercera y última sección, “Epílogos y anexos , ademas de un epílogo escrito por Ricardo Piglia ofrece una minuciosa cronología de la vida y obra de este inusual vanguardista.
     La cuidada edición a cargo del poeta y artista plástico Gerardo Jorge cuenta asimismo con una inestimable colección de imágenes y dibujos que ayudan a completar el riguroso trabajo de contextualizar la obra de Carreira sobre los límites de la cultura oficial argentina de los años 6o y 90 del siglo pasado.
 
 
 
 
(Del libro “Ficciones supremas”,
Ed. Griselda García, 2021,
originalmente publicado en
Revista Escáner Cultural. Nº 160 /julio 2013)
 
 
Augusto Munaro (Buenos Aires, 1980)
 
Pueden LEER la biografía de Munaro en una de las entradas anterior del autor,
 

IMAGEN: El escritor Augusto Munaro.


lunes, 22 de agosto de 2022

FICCIONES SUPREMAS (III)













LOS DOMINIOS PERDIDOS

JORGE TEILLIER
Fondo de Cultura Económica Santiago, Chile. 2007.

El pasado-futuro de la poesía lárica


     La literatura, nuestra fiel testigo histórica, ha registra­do a través de los siglos ese sentimiento de añoranza que acompaña el destino del hombre. Ya Hesíodo en Trabajos y días echaba de menos aquel tiempo idílico del reinado de Saturno, donde los días eran inocentes, plenos de jus­ticia, abundancia y bondad; una Edad de Oro donde la hu­manidad, que entonces vivía su primavera perpetua, era pura e inmortal.
     El pasado siempre ha sido útil a la hora de estimular la imaginación, ese paraíso perdido que resulta la memo­ria. À la recherche du temps perdu, de Marcel Proust, tal vez sea el esfuerzo intelectual más ambicioso y sostenido por ese principio, puesto que intentó recuperar del pasa­do los mejores días vividos con el fin de convertirlos en presente continuo. Otros, más modestos, se han refugiado            en la nostalgia, aunque circunstancialmente revestida por aire romántico. Lord Alfred Tennyson, por ejemplo, cuyos temas mitológicos y medievales desarrollados en plena época victoriana revivieron con su poemario Idylls of the King, las historias artúricas, buscando siempre el heroi­co espíritu británico de antaño. En Latinoamérica, Felisberto Hernández, José Antonio Ramos Sucre e inclusive Rolando Cárdenas avivaron a través de distintos grados de escritura la esperanza que despierta el futuro como re­greso al venturoso pasado.
     Pero ha sido Jorge Teillier quien más acertadamente supo crear un espacio para recordar el pasado. Los domi­nios perdidos lo comprueba. Todos sus libros vindican y aspiran a ese estado de gracia cuya tendencia de replegarse hacia la infancia ofrece una alternativa ética y estética que se articula con un fuerte sentido de unidad. Su crepusculismo hace hincapié en la búsqueda de los valores del paisaje del sur de Chile, de sus aldeas y de la provincia atravesada por los solitarios y hui­dizos trenes de frontera. Con un lenguaje sencillo y sereno, diseña un sentimiento de evasión por el presente. La ensoñación alcanza realidades más altas y secretas a través de acertadas metáforas. “Un día u otro / todos seremos felices. / Yo estaré libre / de mi sombra y mi nombre. / El que tuvo temor/ escuchará junto a los suyos/ los pasos de su madre, / el rostro de su amada será siempre joven / el reflejo de la luz antigua en la ventana, / y el padre hallará en la despensa la linterna/ para buscar en el patio / la navaja extraviada.” Versos íntimos que marcan el estilo de un sobreviviente, tal vez el último, de una Edad de Oro. Así, la presente selección de poemas intenta recuperar los últimos vestigios del mundo misterioso del que se imaginó honroso testigo.
     Ahistórica, situada en las antípodas de la poesía social, la escri­tura teilliereana tiñe sus libros de una realidad que subvierte lo co­tidiano, dotándolo de mayor vitalidad. Su lírica desde Para ángeles y gorriones (1956), hasta el póstumo En el mudo corazón del bosque (1997)- producto de un fino lenguaje arcádico,
revela un paciente ca­mino de búsqueda de identidad, algo que pudo consolidar durante cuarenta años de abnegada vocación. Jorge Teillier fundó una mito­logía lárica, poesía del Lar, del Origen.
 
 
Ed. Griselda García, 2021,
originalmente publicado en
Revista La Mancha N° 14 Junio 2009)
 
 
 
Augusto Munaro (Buenos Aires, 1980)



sábado, 20 de agosto de 2022

FICCIONES SUPREMAS (II)

 














LA POESÍA TERMINÓ CONMIGO. VIDA DE RODRIGO LIRA
ROBERTOCAREAGA, Ed. Universidad Diego Portales.
Santiago, Chile. 2017
 

La vida breve
 
     Acceder a la biografía exhaustiva de un autor resulta apasionante por múltiples motivos. El lector conoce el iti­nerario del trabajo del poeta, asiste al laboratorio privado que fueron sus días. Más aún cuando se trata de la prime­ra biografía escrita sobre un chileno de culto como Rodri­go Lira. En una edición a cargo de Leila Guerriero para la colección "Vidas ajenas” de la Universidad Diego Portales, el periodista Roberto Careaga nos brinda la posibilidad de conocer a uno de los poetas latinoamericanos que mejor ha sabido poner en tensión el lenguaje. Su enfermedad, su obra contradictoria y su suicidio a los 32 años ayuda­ron a alimentar la figura de un extravagante, un maldito y complejo que se ganó un lugar entre las figuras míticas de las letras chilenas. La biografía menciona que Lira pasó por duras internaciones psiquiátricas y pone en primer plano muchos de sus mejores poemas como fragmentos de una vida profundamente existencial. Porque Lira, vi­vía en carne propia casi todo lo que escribía, sus frustra­ciones amorosas, su difícil inserción en el mundo, el no encontrar un trabajo. Durante su corta pero intensa vida, se mantuvo ambivalente en el rótulo de poeta. Paradóji­camente le resistía. Hay varios misterios por resolverse. El biógrafo sigue pistas perdidas como si se tratara de un enigma policial.
     Ante todo, el programa de Rodrigo Lira atenta contra la vanidad de las vacas sagradas, la solemnidad de la poe­sía “seria”, de Neruda a Mistral, pasando por la generación del 38, los surrealistas de La mandràgora (especialmente Braulio Arenas) y la poesía lárica (Cárdenas, Teillier), in­cluso, claro, la obra de Raúl Zurita, blanco de muchos de sus mejores instantes poéticos. “Angustioso caso de soltería” “Gre­cia 907, 1975”, su extravagante “doQ.mentos del antayer Q.atro ga- tos.s”, “Eia, Elle, Ella, She, Lei, Sie”, o “Es Ti Pi”, aquel poema trágico disfrazado de un juego lingüístico, son ejemplos de poemas don­de su huella está siempre presente, junto a esa tensión desbocada que amenaza toda su escritura. Intensos e insistentes laberintos de mayúsculas, cursivas, paréntesis, comillas, notas, símbolos. Versos fracturados, derivativos y retorcidos que bien podrían ser una ex­tensión de su odiosa enfermedad: la esquizofrenia hebefrénica que le habían diagnosticado. ¿Era aquello eco de la anti-poesía de Parra? Tal vez. Nacido en una familia adinerada, tuvo una educación res­petable. Sin embargo, algo desde su adolescencia lo hacía distinto al resto. “Creo que descubrió muy tempranamente la incertidumbre y el sin sentido”, dice en otro pasaje de esta biografía el cineasta y amigo Carlos Flores. Lira era disruptivo y, al mismo tiempo, lateral. No creía en nada. Jamás pudo concluir ninguna carrera. Intentó sí exploraciones espirituales, probó las drogas, se hizo un melómano de vanguardia. Las numerosas anécdotas fueron compiladas a tra­vés de decenas de entrevistas realizadas por Careaga durante siete años. Y está también, acaso más importante que ninguna otra, la palabra de su madre, Elisa Canguilhem, quien tanto hizo por su hijo (gracias a ella se publicó póstumamente, en 1984, su Proyecto de obras completas), Antonio de la Fuente y, desde luego, el testimonio de Roberto Merino, uno de los mayores cronistas latinoamerica­nos. Casi todos, coinciden en que había un aura especial en él. “Su cabeza estaba en otra parte”, dice una de sus “pololas” esporádicas. La poesía terminó conmigo muestra los hechos sin tomar partido, la objetividad del periodista que sabe no caer ante la seductora tenta­ción de los mitos. Tal vez por eso mismo no abundan opiniones en torno a sus internaciones y aplicación de electroshock.
     Lira tuvo la desdicha de vivir y escribir su hiperculturosa pro­ducción poética durante la larga dictadura de Pinochet, época os­cura en la que sus textos aparecían en pequeñas revistas artesana­les que él mismo se encargaba de diseñar, fotocopiar y distribuir. Por esos días de plomo participó de algunos recitales (en los insti­tutos Goethe y Cultural de Las Condes, por ejemplo), ganó un modesto premio entregado por la revista cultural La Bicicleta y tuvo su instante de fama al participar en el programa televisivo ¿Cuánto vale el show?, días antes de su suicidio.
     Como Nicanor Parra, aunque más histriónico, Lira ayuda a combatir los fantasmas de la hipocresía y la solemnidad. Quiebra la continuidad de una tradición poética enmarcada en la opresión ob­jetiva de la entonces dictadura pinochetista y produce una síntesis más radical y de vanguardia. Era un desaforado al punto de inco­modar. Admiraba hasta el plagio a Kerouac y era un obseso confeso de la obra de Enrique Lihn, acaso su mayor influencia entre los poe­tas chilenos que frecuentaba. De este último, trabajó durante cin­co años en la más retórica y artificiosa novela suya: La orquesta de cristal. Hizo una nueva edición desmembrando la original, que por desgracia se ha perdido. Rescatamos en esa intervención atisbos de su ars poetica: homenaje, apropiación y burla.
     Físicamente tenía un look particular, ligeramente anticuado. Verlo en fotografías desconcierta. Pero cuando nos atinamos al escenario textual, en Lira nada envejece. No hay impostura en la cadencia de sus versos. Se construye a medida que se lee. Sílaba a sílaba. Nada pareciera estar fuera de lugar. Estira tanto las po­sibilidades fonéticas que las palabras se vuelven, por momentos, ilegibles. La suya es una operatoria deliberada de extremar las es­trategias poéticas. Si bien no concluyó sus estudios universitarios, era un autodidacta nato. Su erudición se movía caóticamente entre la música, la botánica, los saberes esotéricos y un sinnúmero de in­tereses diversos. Basta leer la presente biografía para comprobarlo.
     La obra de Rodrigo Lira es pura dispersión y digresión, un ex­perimento performático e iconoclasta que se resiste a pasar inad­vertido. Irónico, intertextual, crítico, de un humor negro del que todos son víctima, incluso él mismo. A la altura de Grosso modo (Deniz), Cuerdas para Aleister (García Vega), El cutis patrio (Espina) y, por qué no, Carroña última forma (L. Lamborghini), Lira puede, después de todo, ser cronológicamente “el último poeta de Chile (Bolaño dixit), y uno de los primeros de la lengua castellana de los últimos tiempos.
 
 
(Del libro “Ficciones supremas”,
Ed. Griselda García, 2021,
originalmente publicado en
Página 12. Hadar Libros. 4/3/18)
 
 
Augusto Munaro
(Buenos Aires, 1980)


jueves, 18 de agosto de 2022

FICCIONES SUPREMAS (I)


 











POESÍA REUNIDA
ARNALDO CALVEYRA
Adriana Hidalgo Buenos Aires. 2008
 

Tiempo convertido en lugar

     Resultaría una exageración afirmar que las letras ar­gentinas están atravesando la etapa más crítica de su his­toria. Sin embargo, en la última década, el deterioro de la calidad literaria de las publicaciones revelan, grosso modo, un ligero y mantenido declive. Este cuadro des­alentador, por cierto, se debe a la banalización con que las leyes mercantiles se han impuesto en la industria edito­rial local, dictaminando políticas que tienden, a través de sus pautas erradas, a desplazar la literatura por una prosa light, de convención. Surge así una escritura normativa e insulsa donde los géneros tienden a diluirse de modo mo­nocorde y chato. Todo parece ser lo mismo. En la era de sociedades de consumo, prevalecen los autores sin esti­lo. El tono “pasteurizado”, invisible, demasiado correcto, no corre ningún riesgo más que el de yacer saturado de convención. Se jacta de agradar siempre al lector, un lec­tor cada vez más permisivo y hedónico. Este conformis­mo cultural no hace más que poner en crisis el lenguaje, puesto que esta fabricación estética superficial, puramen­te pasiva, conlleva irremediablemente a la desaparición de la verdadera literatura.
     Por eso, la publicación de Poesía reunida resulta un acontecimiento destacable. Este libro, que reúne el traba­jo de seis décadas del entrerriano Arnaldo Calveyra, cons­tituye el resultado de toda una vida de morosa dedicación a la palabra. Un ejemplo de obrar a contracorriente de las modas imperantes, ya que subvierte factores perniciosos como la inmediatez y la producción masiva por la tozuda extenuación de la reescritura. Calveyra es, por sobre todo, un lirico moroso; jamás se apresuró a publicar. Tampoco formó parte de ningún cenáculo o grupo de pertenencia. Fue un feliz so­litario. La presente edición revela de qué modo este singular autor ha puesto en juego los límites de la escritura. Reúne nueve libros que siguen un orden cronológico, desde 1947 hasta 2008, facilitan­do paisajes originales e íntimos. Una muestra cabal de lo que no es escritura normativa.
     Las ideas y conceptos inmanentes de su poética están dictami­nados por un afán de sentir la poesía como una ética del lenguaje; entendida no como una mera ejercitación espiritual, un estado de ánimo deliberado, sino como la extrañeza de un mundo lejano y vedado. La palabra como un ente vivo que, a su vez, se hunde en la mitología personal y secreta del autor, aludiendo a memorias soña­das de su infancia en Mansilla, el campo, las noches estrelladas, ela­boradas a través de ritmos, aliteraciones melódicas y repeticiones propias. Conformando una expresión legítima, una pulsión perso­nal de sentir el mundo.
     Con el transcurso de años de paciente búsqueda, Calveyra construye su espacio, su colección de objetos y mitos; su identidad. Imágenes, elocución, léxico propio que “nacen del cuerpo y pasa­do del escritor”, como afirma Roland Barthes. Textos medulares como Libro de las mariposas, Diario de Eleusis y Apuntes para una reencarnación, se revelan a través de una prosa poética autárquica. Una respiración inventiva análoga a la del venezolano José Antonio Ramos Sucre o el limeño José María Eguren, quienes asociaban en cada palabra sentimientos tan complejos y ambiguos como sole­dad, pasión y esplendor, para así hilvanarlos y crear textos poéti­cos breves. Toda su poética entraña un destino, el de dialogar lúci­damente con la autonomía de su propio lenguaje.
     Este extenso volumen posibilita un quiebre ante la serialización complaciente en la que está hundiéndose el panorama poético ar­gentino, proponiendo a cambio topografías nunca antes transita­das, un viraje localizado en las antípodas de los lugares comunes Sin dudas, Calveyra está llamado a ser una de las voces fundamen­tales de la poesía argentina del siglo XX.
 
 
Ed. Griselda García, 2021,
originalmente publicado en
la Revista El niño Stanton Nº 7,
 Mayo 2009)
 
Augusto Munaro (Buenos Aires, 1980)
 
 


martes, 16 de agosto de 2022

SOBRE LA FORMA POÉTICA (II)


 













 XVIII-Algunos puntos de vista

1. Los riesgos del presente


     Cada vez que tengamos la tentación de escribir sobre poesía, tendríamos que recordar a Chesterton: “nada en esta vida mortal es perfecto, ni la mala poesía”. El punto irónico de la frase parece consecuencia de haberse asomado al momento actual, donde abunda la mala poesía. Dicho así, esto requiere explicación.
    Desde la antigua Grecia, la mala poesía pertenece “al momento actual”. Y es así porque el presente no ha hecho todavía la criba, mientras que el pasado casi no es otra cosa: selección y supervivencia. La mala poesía del pasado ya no cuenta, está olvidada y no es motivo de debate; sobre todo nadie la echa en falta; en cambio la actualidad, revuelta como es, aguanta el dilema de que todo vale o puede valer, los buenos poetas y los malos agilizan sus méritos y justifican sus tareas con mucha sociabilidad; y esto es algo que sabemos. La avalancha de mala poesía que nos deparan talleres literarios, recitales, festivales, revistas, antologías y el mundo digital, forma parte de lo que estamos viendo, y a la vez de la dificultad de juzgar lo que vemos. La mala poesía no es una fatalidad de esta época, sino de todas; es cuestión de moverse en el presente, en cualquier presente, para saberlo.
     Decir que un poema pertenece al pasado no quiere decir necesariamente que haya sido escrito en el pasado, sino que se lo percibe como algo ya dicho: suena a insistencia de algo que conocemos. Flaubert, en una carta a Louise Colet, opinaba sobre un contemporáneo: “Lo leo históricamente, pues es hombre de otra época”. Por otra parte, conviene recordar que no es lo mismo ser original que armar un escándalo, la novedad no es un gesto más bien teatral. Aquí cabe otra afirmación complementaria de Flaubert: un poema bueno pierde su estilo; es decir, deja de ser importante la escuela, la estética que lo ampare y, desde luego, la época.
     Pero hay otra consideración: la idea de buena o mala poesía ha sido cam­biante en la historia. Su labilidad es evidente cuando se recuerda qué poetas tuvieron todas las luces en el escenario de sus respectivas épocas, y qué poetas no salieron de la sombra; y demasiadas veces el tiempo puso a la sombra lo que había estado a la luz, y al revés. Ejemplos hay muchos y las razones son variadas: unas veces se consideró inhábil al que anticipó una energía que sería recogida en un tiempo posterior, y otras gozó fama en vida lo que se estaba desgastando pero aún no se le veía el desgaste. Otras veces sucede que el tiempo es simplemente caprichoso con un poeta. Un buen ejemplo es Góngora, y me refiero sobre todo a lo genuinamente “gongorino” de su obra: las Soledades, la Fábula de Polifemo y Galatea. Fue reconocido y desconocido en vida, imitado hasta el abuso por unos y denostado con saña por otros. Lope de Vega llegó a decir en una carta: “como admiro en Góngora lo que entiendo, no condeno lo que no entiendo”, aunque no se privó de mofarse del barroquismo culterano de Góngora y sus seguidores, imaginando en un poema que Boscán y Garcilaso se sentirían ‘agredidos’ por esas novedades (1) (precisamente ellos, que medio siglo antes habían sido agredidos por las novedades que ellos mismos portaban: una prueba excelente de que el tiempo pasa). Quevedo, por su parte, escribió como epitafio para Góngora uno de los poemas más malignos que puede dedicarse a alguien que acaba de morir (2). Y si esto sucedía con Lope y con Quevedo, podemos imaginar con los demás. Luego cayó por dos siglos en la indiferencia, hasta que la generación española del 27 lo colocó en sitio preferencial y en Latinoamérica fue visitado por poetas fundamentales como Lezama Lima. No sé qué significa actualmente cuando la lectura parece marcadamente funcional; da la impresión de que hoy no tiene mucha chance: dicho con algo de cinismo, la dificultad de su lectura no ayuda a resolver un problema.
     Como ejemplo de signo contrario se puede nombrar a Bukowski y a lo que se llamó “dirty realism” o llanamente realismo sucio. Bukowski ayuda a resolver al menos un problema: su temática nos coloca en el ojo de un tipo de actualidad. El tema de la noche, de la vida difícil, con mezcla de prostitución, alcohol y drogas en el paisaje urbano, aprueba el examen y, por lo tanto, se perciben abundantes huellas de su paso. El realismo sucio se organiza en esa dirección, podría asegurarse que ahí radica gran parte de su sentido; fue tratado con mucho éxito por la narrativa de los EE.UU., y en nuestros países (claramen­te en Argentina) acompaña los problemas, da materia y soluciones literarias, incluso ha creado un costumbrismo, con todas las características de un “ismo”,

(1) Ver el soneto que comienza: “—Boscán, tarde llegamos. ¿Hay posada?"
(2) Empieza y termina así: “Este que, en negra tumba, rodeado/ de luces, yace muerto y condenado,/ vendió el alma y el cuerpo por dinero’’ ...“Fuese con Satanás, culto y pelado./ ¡Mirad si Satanás es desdichado!”
 
que termina recordando aquella advertencia de Enzensberger: “transformar el subdesarrollo en arte es más fácil que eliminarlo”.
     Hay muchos casos de valoración cambiante en la historia de la poesía; lo que es bueno en un tiempo puede ser prescindible en otro y al revés. No hay que descartar, sin embargo, la sentencia de Lautréamont: “No existen dos cla­ses de poesía; sólo existe una”. Es apodíctico, y no se toma el trabajo de hacer aclaraciones: da por cierto que sabemos a qué se refiere; y tal vez tenga razón.
     Quisiera agregar a lo dicho, a modo de ejemplo, que detecto al menos dos versiones que forman parte de la retórica de la época. Hay otras.
     La primera podría caracterizarse así: si no tiene qué decir, dígalo largo. No están convocados aquí los poemas largos que sí tienen qué decir (hay muchos), sino los que provienen, creo, entre otras procedencias, de cierta oralidad: lec­turas públicas, festivales, ciclos, y esa necesidad de escenario, tan actual. Da la impresión de que el asunto se estira más por reclamo del auditorio que de la precisión. Sin embargo, conviene recordar que no es lo mismo poema que “clima poético”. No siempre es fácil discernir entre uno y otro; pero tratando de explicar podría decirse que en un poema, corto o largo, lo evidente es la intención de instalar algo que previamente no había: esto es así incluso por razones etimológicas; en cambio un “clima poético” trabaja con recortes co­nocidos y plenamente aceptados: retazos que se van ordenando en un camino que ya está trazado. Tal vez sea el momento de recordar un adagia de Wallace Stevens: “No es lo mismo tener algo que decir que no tener nada que decir y decirlo de una manera trágica’. Donde Wallace Stevens dice ‘trágica’ hay que traducir en este caso ‘efectista’.
     La segunda se caracteriza por una deliberada inanidad temática, o un tratamiento inane de los temas. Se presenta como poesía que, agotado el rumbo objetivista, ha derivado en poesía de constatación: que llueve o se ha enfriado el café, que el poeta ha perdido las llaves o tiene algún brote escato­lógico con el que quiere asustar. Comida rápida. Daniel Freidemberg habló de “poquitismo”, refiriéndose a lo mismo. He oído una justificación en el abuso de trascendentalismo de la poesía anterior, generaciones dedicadas a algún tipo de altura (política, filosófica, etc.), de modo que podríamos estar ante la vieja aspiración de “torcerle el cuello a la elocuencia” (Verlaine) ; pero el resultado, que es lo que interesa, es otro: contar sucesos más o menos triviales de la vida cotidiana, con el peligro de darle la razón a Cornelius Castoriadis cuando analiza “el avance de la insignificancia”. Sospecho que la trivialidad esconde algún desencanto, y habría que averiguar las razones; la poesía refleja siempre el momento en el que se da, y por lo tanto detecto que la idea base pregona que vivimos una época trivial. Mi opinión es exactamente la contraria: ésta no es en absoluto una época trivial, salvo que se entre por la puerta equivocada. Hay tanta intensidad de pensamiento, revisión de costumbres, incorporación de asuntos y reivindicaciones, que me resulta imposible entender que no vivamos un tiempo de interés abundante. No creo que la reflexión que lo represente consista en constatar que se ha enfriado el café, o lo contrario; aun contando con que poesía se puede sacar de cualquier parte.
 
 
Eudeba, 2019)
 
Santiago Sylvester
 
 
Santiago Sylvester nació en Salta en 1942. Vivió veinte años en Madrid y actualmente reside en Buenos Aires. Sus últimos libros de poesía son Llaman a la puerta (2019); La conversación (2017), publicado por Visor en Madrid, y El que vuelve a ver (2016). Entre otras antologías es autor de Poesía del Noroeste Argentino. Siglo XX, del Fondo Nacional de las Artes. Cultiva también otros géneros como el cuento (La prima carnal) y ensayos (La identidad como problema. Sobre la cultura del Norte). Ha recibido, entre otros, los premios Provincia de Salta, Nacional de Poesía, Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Jorge Luis Borges y, en España, los premios Ignacio Aldecoa y Jaime Gil de Biedma. Dirigió las colecciones "Pez Náufrago” (de poesía) y “Época” (de ensayos), de Ediciones del Dock. Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras.