sábado, 20 de agosto de 2022

FICCIONES SUPREMAS (II)

 














LA POESÍA TERMINÓ CONMIGO. VIDA DE RODRIGO LIRA
ROBERTOCAREAGA, Ed. Universidad Diego Portales.
Santiago, Chile. 2017
 

La vida breve
 
     Acceder a la biografía exhaustiva de un autor resulta apasionante por múltiples motivos. El lector conoce el iti­nerario del trabajo del poeta, asiste al laboratorio privado que fueron sus días. Más aún cuando se trata de la prime­ra biografía escrita sobre un chileno de culto como Rodri­go Lira. En una edición a cargo de Leila Guerriero para la colección "Vidas ajenas” de la Universidad Diego Portales, el periodista Roberto Careaga nos brinda la posibilidad de conocer a uno de los poetas latinoamericanos que mejor ha sabido poner en tensión el lenguaje. Su enfermedad, su obra contradictoria y su suicidio a los 32 años ayuda­ron a alimentar la figura de un extravagante, un maldito y complejo que se ganó un lugar entre las figuras míticas de las letras chilenas. La biografía menciona que Lira pasó por duras internaciones psiquiátricas y pone en primer plano muchos de sus mejores poemas como fragmentos de una vida profundamente existencial. Porque Lira, vi­vía en carne propia casi todo lo que escribía, sus frustra­ciones amorosas, su difícil inserción en el mundo, el no encontrar un trabajo. Durante su corta pero intensa vida, se mantuvo ambivalente en el rótulo de poeta. Paradóji­camente le resistía. Hay varios misterios por resolverse. El biógrafo sigue pistas perdidas como si se tratara de un enigma policial.
     Ante todo, el programa de Rodrigo Lira atenta contra la vanidad de las vacas sagradas, la solemnidad de la poe­sía “seria”, de Neruda a Mistral, pasando por la generación del 38, los surrealistas de La mandràgora (especialmente Braulio Arenas) y la poesía lárica (Cárdenas, Teillier), in­cluso, claro, la obra de Raúl Zurita, blanco de muchos de sus mejores instantes poéticos. “Angustioso caso de soltería” “Gre­cia 907, 1975”, su extravagante “doQ.mentos del antayer Q.atro ga- tos.s”, “Eia, Elle, Ella, She, Lei, Sie”, o “Es Ti Pi”, aquel poema trágico disfrazado de un juego lingüístico, son ejemplos de poemas don­de su huella está siempre presente, junto a esa tensión desbocada que amenaza toda su escritura. Intensos e insistentes laberintos de mayúsculas, cursivas, paréntesis, comillas, notas, símbolos. Versos fracturados, derivativos y retorcidos que bien podrían ser una ex­tensión de su odiosa enfermedad: la esquizofrenia hebefrénica que le habían diagnosticado. ¿Era aquello eco de la anti-poesía de Parra? Tal vez. Nacido en una familia adinerada, tuvo una educación res­petable. Sin embargo, algo desde su adolescencia lo hacía distinto al resto. “Creo que descubrió muy tempranamente la incertidumbre y el sin sentido”, dice en otro pasaje de esta biografía el cineasta y amigo Carlos Flores. Lira era disruptivo y, al mismo tiempo, lateral. No creía en nada. Jamás pudo concluir ninguna carrera. Intentó sí exploraciones espirituales, probó las drogas, se hizo un melómano de vanguardia. Las numerosas anécdotas fueron compiladas a tra­vés de decenas de entrevistas realizadas por Careaga durante siete años. Y está también, acaso más importante que ninguna otra, la palabra de su madre, Elisa Canguilhem, quien tanto hizo por su hijo (gracias a ella se publicó póstumamente, en 1984, su Proyecto de obras completas), Antonio de la Fuente y, desde luego, el testimonio de Roberto Merino, uno de los mayores cronistas latinoamerica­nos. Casi todos, coinciden en que había un aura especial en él. “Su cabeza estaba en otra parte”, dice una de sus “pololas” esporádicas. La poesía terminó conmigo muestra los hechos sin tomar partido, la objetividad del periodista que sabe no caer ante la seductora tenta­ción de los mitos. Tal vez por eso mismo no abundan opiniones en torno a sus internaciones y aplicación de electroshock.
     Lira tuvo la desdicha de vivir y escribir su hiperculturosa pro­ducción poética durante la larga dictadura de Pinochet, época os­cura en la que sus textos aparecían en pequeñas revistas artesana­les que él mismo se encargaba de diseñar, fotocopiar y distribuir. Por esos días de plomo participó de algunos recitales (en los insti­tutos Goethe y Cultural de Las Condes, por ejemplo), ganó un modesto premio entregado por la revista cultural La Bicicleta y tuvo su instante de fama al participar en el programa televisivo ¿Cuánto vale el show?, días antes de su suicidio.
     Como Nicanor Parra, aunque más histriónico, Lira ayuda a combatir los fantasmas de la hipocresía y la solemnidad. Quiebra la continuidad de una tradición poética enmarcada en la opresión ob­jetiva de la entonces dictadura pinochetista y produce una síntesis más radical y de vanguardia. Era un desaforado al punto de inco­modar. Admiraba hasta el plagio a Kerouac y era un obseso confeso de la obra de Enrique Lihn, acaso su mayor influencia entre los poe­tas chilenos que frecuentaba. De este último, trabajó durante cin­co años en la más retórica y artificiosa novela suya: La orquesta de cristal. Hizo una nueva edición desmembrando la original, que por desgracia se ha perdido. Rescatamos en esa intervención atisbos de su ars poetica: homenaje, apropiación y burla.
     Físicamente tenía un look particular, ligeramente anticuado. Verlo en fotografías desconcierta. Pero cuando nos atinamos al escenario textual, en Lira nada envejece. No hay impostura en la cadencia de sus versos. Se construye a medida que se lee. Sílaba a sílaba. Nada pareciera estar fuera de lugar. Estira tanto las po­sibilidades fonéticas que las palabras se vuelven, por momentos, ilegibles. La suya es una operatoria deliberada de extremar las es­trategias poéticas. Si bien no concluyó sus estudios universitarios, era un autodidacta nato. Su erudición se movía caóticamente entre la música, la botánica, los saberes esotéricos y un sinnúmero de in­tereses diversos. Basta leer la presente biografía para comprobarlo.
     La obra de Rodrigo Lira es pura dispersión y digresión, un ex­perimento performático e iconoclasta que se resiste a pasar inad­vertido. Irónico, intertextual, crítico, de un humor negro del que todos son víctima, incluso él mismo. A la altura de Grosso modo (Deniz), Cuerdas para Aleister (García Vega), El cutis patrio (Espina) y, por qué no, Carroña última forma (L. Lamborghini), Lira puede, después de todo, ser cronológicamente “el último poeta de Chile (Bolaño dixit), y uno de los primeros de la lengua castellana de los últimos tiempos.
 
 
(Del libro “Ficciones supremas”,
Ed. Griselda García, 2021,
originalmente publicado en
Página 12. Hadar Libros. 4/3/18)
 
 
Augusto Munaro
(Buenos Aires, 1980)


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