Colores
“Porque ese cielo azul que todos vemos
no es cielo ni es azul, ¡lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!” (*)
Bartolomé Leonardo de Argensola
El sentido de los colores vive pegado
a la ligereza del capricho
la pasión es rojo blanca la pureza
gris la tarde de lo triste o del aburrimiento
así con tantas cosas… y lo negro
siempre lo negro
el color todo es apenas un límite
la escasez del ojo que no alcanza
ínfimas o enormes vibraciones acaso
como quienes aman a los ángeles
aunque nunca los vieron los fabulan
como esos atributos las pasiones
con que se han vestido los colores
tal es el poder de lo invisible
tan cerca como la furia la locura
las heridas del pesar el amor también
y las alegrías (eso tan tenue)
en cambio el tiempo flecha incolora
y los tiempos presentes que acechan
con los colores del imaginario
el virus de la palabra
y la voz que no se detiene.
(*) Del soneto “A una mujer que se afeitaba [maquillaba] y estaba hermosa”.
Asuntos de la memoria
El ángel ha observado desde lo alto el divagar
de los peripatéticos mojados en la levedad
pero ya sin sus alas mira y no soporta
la ligereza que abruma sin poderlo evitar
y campea por lo nuevo de sí un viento
el vientre
los huesos
los fluidos de la finitud
le preocupan algunas formas que toma
un peregrino que repudia
es la tristeza y sus posibles mudanzas
entonces difunde su mundo celeste
con verba y verbos enigmáticos y olvida
en el olvidar del apuro que su olvido
esa proposición diurna
no es el de la oscuridad más fértil
noche sin luna en el cielo estrellado
la temible la torre
que fortalece los calibres de lo triste
y acerca su horizonte y la memoria
no
su olvido es una luz que ciega
cualquiera mirada para que no vea y crea
que nada hubo ni pasó en su detrás
que nada espera en su adelante
ni en la pena del penar en el transcurso.
Destellos
Polvo de luz piedra triturada rayo
vuelto partículas el fuego que alumbra
la errancia del ángel contemporáneo
él sabe de su condición material pero
evoca y está convencido que la luz
los rayos enteros están en su interior
viven escondidos a la espera
y sostienen con mano de hierro
la fuerza de su certeza
¿Saben del resplandor vuelto polvo de sal?
¿Han visto —vislumbrado siquiera—
el brillo postrero en los ojos de la mujer de Lot?
Volver la mirada tiene muchos matices
y el riesgo de no poder ignorar
las erinias de la repetición
por la cercanía del sol arden sin cesar las alas
de todo Ícaro y tal vez la imagen en vuelo
del ángel contemporáneo
si los rayos del mirar de la legión
vislumbraran el propio padecer
la oscuridad en el sonido de las tripas
y otra vuelta de la rueda.
Orden terrenal
Él desconoce algunas cosas
el palabreo musical de los poetas
o las muecas del tahúr
el susurro en los huesos del que hablan
a escondidas aquellos que meditan
Es que parado en las piedras del planeta
no está en sus pies la firmeza de la luz
ahora y aquí ya no es el cielo
y aquella dimensión es un incendio
un calzado varios números más chico
en los pies de su corazón radiante
acaso por eso el ángel contemporáneo
ve latir un temblor en su mano diestra
y un paso vacilante que debe sustraer
a las miradas curiosas de la insidia
¡…y ese ruido! —grita
es el zumbido del enjambre —le responden
pero el desconcierto no se retira y no puede
oír la voz que le dicta en su cabeza
entonces ordena que sus querubines
vuelen en manada y paren el bramido
que se extingan también los aparatos
del aire acondicionado.
Crepúsculo angelical
Declina el sol y nadie mira la luz hacia el poniente
en la gran ciudad se camina veloz por la rush hour
entre turistas de andar cansino que toman fotografías
con sus aparatos robóticos
pero vos detuviste la mirada en el cielo
el ocaso adivinándolo tal vez en el cambio de los colores
en alguna sonoridad
en un amarillo final
cierto naranja detrás de animosos ruidos
o el rojo en pos del azul demacrado por los avisos de la noche
recordaste que a campo abierto te gustaba verlo hundirse
la última rodaja decías
un punto de brillo apagándose y ahora como aquellos
de la caverna que todo fabulaban por su sombra
vos hiciste igual con los colores y el sonido
con la pura imagen de la luz pero
bajaste la mirada y el mundo en movimiento
el azar… otra vez
en las grandes pesadillas y en las grandes urbes la noche
te dijiste
llega
cae
nadie mira ni te acompaña
una piedra sigilosa golpea
raja el cristal de tu callada vidriera.
(Del libro homónimo,
Barnacle, 2026,
Envío de Alberto Cisnero)
Alberto Boco
Alberto Boco nació en la Ciudad de Buenos Aires, República Argentina, en 1949, donde actualmente reside. Ha publicado 10 libros de poemas: “Arcas o pequeñas señales”; Buenos Aires, 1986, Libros de Tierra Firme. “Galería de ecos”, Buenos Aires, 1989, Ediciones Último Reino; “Ausentes con aviso”, Buenos Aires, 1997, Libros de Tierra Firme; “Cartas para Beb”, Buenos Aires, 2007, Edición del Autor. “Riachuelo”, Buenos Aires, 2008, Ediciones de la Quintana; “Malena”, Buenos Aires, 2012, Edición del Autor; “Estación de nosotros”, Buenos Aires, 2014, Buenos Aires Poetry; “Visitas inoportunas”, Buenos Aires, 2014, Editorial El Jardín de las Delicias; “Para un programa de disolución y otros textos”, Buenos Aires, 2016, Ediciones En Danza; “Enigmática gracia de las cosas”, Pinap Ediciones, 2025. Mantiene inéditos 14 volúmenes de poesía (12 libros y 2 plaquetas).

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