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jueves, 19 de noviembre de 2009

ADIÓS



















Un día más, sólo un minuto más, para estar vivo
y despedirme de cuanto amé.
Para decir adiós a las cosas que vi y toqué mientras moría
desde el instante mismo en que nací.
Y vino el niño con el premio que sacó en el colegio por su sabiduría,
y el ala de la gaviota golpeando en lo infinito con su vuelo,
vino la cabellera derramada y el rostro de la misteriosa
mujer que estuvo a mi lado, en el lecho, sin que yo lo supiera,
y'el río con su lenta corriente musculosa
a través de cada mueble, de cada objeto y cada gesto
de quien me ve partir, ¡oh Dios mío!

Un instante más aún en el suelo que pisé,
en el aire de mi respiración
sofocada por el amor, en los vestigios de la pasión,
con cuanto -mosca o sol- me deslumbró en este extraño
planeta, donde perduré año tras año, presintiendo
este límite de espumas, este revuelto torbellino
de la despedida, yo, que tanto fui deslumbrado
por la centelleante atracción de la tierra,
por cuanto fue caricia o solamente un espejismo del mundo
en mi destino.
Así, pues, despídeme de los caballos, de la canoa,
los pájaros, el gato y sus costumbres. Déjame
una vez más mirar las flores y la lluvia. Es este
el trágico instante en que uno descubre
el delirio misterioso de las cosas, sus raíces secretas,
el instante supremo de decir adiós.
a cuanto se adoró en esta vida.


Enrique Molina


Enrique Molina (Buenos Aires, 1910- id, 1996). Escritor argentino. Desde la publicación de su primer libro, Las cosas y el delirio (1941), que señala la aparición de la llamada generación del cuarenta, su obra es un recorrido por el surrealismo en el que, tras inspirarse en Éluard, Supervielle o Neruda (Pasiones terrestres, 1946), ahonda en los temas de América (Costumbres errantes o la redondez de la tierra, 1951) y en el tratamiento de lo cotidiano (Amantes antípodas, 1961; Fuego libre, 1962, etc.).




Vuelve del sueño...




















Vuelve del sueño la lluvia pegajosa

que sostiene su peso sobre las almas
-agua lenta, insaciable, inmensa, vacilante,
aún niña- con las antiguas flores
cuya pared se ha rajado
para dejarla ir lejos, donde quiera.
Risas de la extranjera de las barcas, la plata
de sus rodillas con sal, la tan pequeña
bombacha de encaje negro, la partida
del tren azorado en el humo
de los brebajes y los fuertes adioses
hasta el horizonte perdido de su boca,
hasta apagarse en la distancia la música
desequilibrada por las olas y el viento
de la memoria. En la torre del mercado
la gorda vendedora de sandías, con un pañuelo
rojo en la cabeza; y las hojas
empezaron a volar otra vez para siempre
entre los dientes amarillos del tiempo,
desde tales lugares y su gloria
que sostuvieron sus pechos, donde la lluvia
tendió de nuevo el anillo insondable
para la ceremonia. Y todo lo perdido
es adorable y espléndido, el resplandor
de Dios en la cascara del camarón y la piedra,
los soles pasionales, la ciega
belleza sin consuelo del mundo.



Enrique Molina (Argentina, Buenos Aires, 1910-id, 1996)




jueves, 6 de agosto de 2009

LOS PRESAGIOS


























No han sido tan graves mis errores para pagarlos con la vida,
sin embargo hasta el paso de una mosca se paga con la vida.
También el campo infantil suspiró y tembló la luz de la luna
cubierto con una sábana inmensa.
La morena mujer que me cuidaba
se desprendía del suelo y levitaba para ofrecerme
el
terror mientras lloraba,
mestiza ocre, cuerpo cálido y lento,
enseñándome el bien y el mal, y sólo ella
me anunció la pisada de fuego y la señal del réprobo.
Tal vez fuera apasionadamente contrahecha,
con un ligero jadeo y el viaje a lo profundo de sus ojos de siglos,
y tan hermosa, con un hilillo de sudor en el canal de los senos,
se contraía como una medusa cuando la tocaban,
y en vano la llamaré.
y hablaba un idioma remoto desde laslagunas,
sirvienta descalza del sol, la adorada.

Excitante niñera en las excavaciones del sol con el
incienso de sus axilas,
querida para siempre, única en la muchedumbre de
los helechos,
madre y amante ciega en un lugar de rapiña,
y a quien grita de miedo en la noche ella lo azuza con una brasa,
tierna como un sauce a la orilla del río,
tirada en el monte con sus hombres
su cuerpo sostenía las tormentas en el silencio nocturno.

"Cree en mí —me decía— los condenados bailan
desnudos en una enorme caldera en la hoguera de sus pasiones
iluminados por grandes milagros celebrantes."

Y añadía: "Disuélvete también en el viento mendigo, querido niño,
obedece piadosamente a las tentaciones,

elegido para el día del Juicio entre las almas reverentes".

Vibrante como una estrella para calmar los lamentos
el ángel de lo tantálico desplegaba con ella sus alas
entre los cuatro elementos,
para el desamparo de futuros amantes que jamás se unirían.



Enrique Molina (Argentina, Buenos Aires, 1910-id.,1996)



IMAGEN: La modelo Mariana Markina.



domingo, 30 de noviembre de 2008

ALTA MAREA




Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan
se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo
la errónea maravilla de sus noches de amor
las constelaciones pasionales
los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través de
las piedras sus plegarias y cóleras
sus dramas de secretas injurias enterradas
sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas
el oscuro relámpago humano que aprisionó un instante
el furor de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas
los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños
la mirada de pulpo de la memoria
los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto
con la palidez de la tristeza y todos los gestos del abandono
dos o tres libros y una camisa en una maleta
llueve y el tren desliza un espejo frenético por los rieles de la tormenta
el hotel da al mar
¡tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca!
tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles
o enfundadas en ropas polvorientas
pasan cementerios de pájaros
cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes
cada noche cuando te desvestías
la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros hasta el techo
los enormes roperos crujían en las habitaciones inundadas
puertas desconocidas rostros vírgenes
los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura
siempre a punto de partir
siempre esperando el desenlace
la cabeza sobre el tajo
el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo.
Y ese reguero de sangre
un continente sumergido en cuya boca aún hierve la espuma
de los días indefensos bajo el soplo del sol
el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de lentejuelas insaciables
esos labios besados en otro país en otra raza en otro
planeta en otro cielo en otro infierno
regresaba en un barco
una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de sal
como un enorme galápago
todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del
trabajo marítimo con el desplomado trono de las olas
y el árbol de la hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta
éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo el
mundo desesperado como una fiesta en su huracán de estrellas
pero no hay piedad para mí
ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos
ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por la boca
de las aguas y de los campos con las violencias de este planeta
que nos pertenece y se nos escapa
entonces tú estabas al final
esperando en el muelle mientras el viento me devolvía
a tus brazos como un pájaro
en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en la punta
y el cabo de Manila fue recogido
todo termina
los viajes y el amor
nada termina
ni viajes ni amor ni olvido ni avidez
todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia
que acecha en el sol de su instinto
todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a su
dicha y a sus muertos
todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa
unos labios lavados por el diluvio
y queda atrás
el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia
del verano y el remolino de las hojas sobre las sábanas vacías
y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón de su presa
en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones
donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso
y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed intacta y sin raíces
cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan.



Enrique Molina (Argentina, Buenos Aires, 1910 -1996)

domingo, 3 de agosto de 2008

DISTANCIA



ENTRE un cuerpo y otro se interpone la tierra,

los mares y las nubes sin fin donde los sueños
toman formas ansiosas, ríos y bosques, tribus
que acechan en la sombra del corazón del mundo,
extraños animales que husmean y desgarran, desiertos
de la luna en torno a cada ser, a cada beso,
edificios, vajillas, vestuarios, dormitorios
con temblorosos muebles, mapas de la deriva
y la profundidad con las islas secretas
de las errancias del deseo, gotas de lluvia
que caen sin perdón como las lágrimas
praderas que se pierden con el vuelo de un pájaro,
crueldades, gentes de rostros blancos como mármoles
interpoladas entre los amantes, y toda clase
de espléndidos obstáculos, veranos, tentaciones,
el espacio infinito de lo orgánico, su sombra
más allá de los labios besadores, la suplica
de un encuentro en el ciego remolino del mundo.
Tanto furor tantálico, tanta sed convertida
en el latido solitario de un hombre
Por eso ruego al fuego y al viento
que desde un cuerpo al otro la poesía
nunca desaparezca: el delirante vínculo
del cielo y el infierno entre dos corazones.



Enrique Molina (Argentina, Buenos Aires, 1910 -1996)