viernes, 11 de marzo de 2022

GEORGE STEINER: LA PASIÓN INTACTA DE UN LECTOR


 



















Fuente: Revista Ñ -Clarín.com, 11 de febrero de 2020


GEORGE STEINER (1929-2020), el crítico erudito que enseñó a leer y marcó una época.

 Ensayista y escritor prolífico, brilló en la revista The New Yorker. En 2001 fue Premio Príncipe de Asturias. Murió en Cambridge, Inglaterra, a los 90 años.

 

Por Graciela Speranza (Entrevista realizada en 1998 para el suplemento Cultura y Nación de Clarín y publicado en su libro (Pasiones intensas).

 

Hay un dejo de tristeza en toda traducción, dice mientras hojea la edición en español de El año del señor, su primer libro de ficciones. Tristitia, corrige luego en latín, tratando de precisar el sentimiento que acompaña al traductor, cuando después de un encuentro erótico violento con otra lengua que ha hecho suya vuelve a la propia, como quien regresa a casa. El viajero frecuente de las lenguas, asegura, acaba por quedar a la intemperie, en una tierra de nadie.

Es probable que George Steiner, parisino de origen, hijo de vieneses judíos, educado en Francia, los Estados Unidos y Gran Bretaña, habite esa tierra de nadie desde la infancia. Recibe al visitante en su estudio del Churchill College en Cambridge, pero es posible imaginar el encuentro en un cuarto idéntico repleto de libros en Ginebra, Oxford, Harvard. Habla un inglés británico elegante, matizado con alguna expresión francesa intraducible y una ligera prosodia germánica. El alemán, el francés y el inglés son sin ninguna preferencia sus tres lenguas natales. Sólo después, cuando cita con pasión a Stendhal o a Dante, a Wittgenstein o a Kafka, se descubre su verdadera patria. Ha dedicado la vida a la lectura de la gran literatura y recuerda momentos sublimes de los clásicos, como se recuerdan las plegarias, las calles de la infancia o las canciones patrias.

Descree de la teoría en las humanidades (“mera intuición que se impacienta”), del psicoanálisis (“una narrativa mitológica brillante”) y del complejo de Edipo (“un melodrama irresponsable”), pero admite que quizá no ha alcanzado suficiente originalidad y deseo de poder porque no supo rebelarse contra la biblioteca y el mandato de su padre. Su tarea de escritor, maestro, crítico, ha sido un in memoriam y él mismo, un curador de recuerdos. ¿Pero podría haber sido de otro modo –se pregunta– después del Holocausto? Ha confundido los límites de la filosofía, la crítica, la lingüística y la ficción con la misma libertad con que atraviesa lenguas y fronteras políticas. Los campos cercados son para el ganado, dictamina con cierta malevolencia; las pasiones en movimiento, en cambio, son el privilegio de la mente humana.

El precio han sido la marginalidad y la sospecha. Es un anarquista platónico y un pensador solitario. Hay una tristeza profunda en la mirada de Steiner. La tristitia del traductor, la desesperanza o una vergüenza infinita que se traduce en cólera ante la ignorancia y la miseria humanas. Por momentos, sin embargo, se insinúa cierta calma. Los títulos de sus dos últimos libros se leen como el epílogo de una cuenta personal saldada: Pasión intacta, una colección de ensayos y una autobiografía intelectual, Errata. Por los errores cometidos, explica, más penosos cuanto más irreparables.

–Filósofo, crítico literario, escritor, hombre de letras. ¿Cómo se definiría?

–Me considero un maestro de lectura, una actividad que está ligada a una vieja tradición judía. Durante cincuenta años ya he sido un comentador, un lector de textos, alguien que ayuda a los otros a leer. Los franceses se refieren a mí como maître à penser, una expresión difícil de traducir, algo así como un pensador que tiene discípulos. Más sencillamente, me veo a mí mismo como alguien que se sienta a una mesa con un grupo de jóvenes y tiene el enorme placer de volver a leer algunos textos junto a ellos.

–Cada lectura implica un modo de leer. ¿Cómo describiría el suyo, el que propone a sus alumnos?

–Si me permite voy a describir brevemente una especie de método ideal con el cual he trabajado en todos estos años. En principio elegimos un texto importante, un poema, un texto en prosa. Comenzamos por el diccionario y por la gramática. Si en los primeros seis versos del “Licidas” de Milton –quizás el más grande poema breve de la lengua inglesa– encontramos cuatro gerundios y tres ablativos absolutos no es porque Milton haga alardes, sino porque la gramática es la música del pensamiento. La sintaxis contiene una visión del mundo, una metafísica. Luego, en la medida de lo posible, intentamos reconstruir el contexto histórico, social, porque contra gran parte de la teoría moderna –tengo aquí una importante deuda con la tradición marxista, Lukacs, la escuela de Francfort– creo que es importante saber, por ejemplo, cuál era la estructura económica detrás de la novela inglesa del siglo XVIII. Luego, poco a poco, nos acercamos al plano semántico, el sentido, la hermenéutica, sin esperar respuestas sino más bien mejores preguntas. Un gran maestro o un gran crítico debe hacer florecer el deslumbramiento del lector. No trata de decirnos qué debemos amar u odiar, sino que rodea el texto con una serie de preguntas que, con suerte, permiten que la obra se abra un poco más. Podemos argumentar nuestro desacuerdo, hacerlo más rico e interesante pero es imposible votar sobre la calidad.

–El desacuerdo crítico no debería ser para usted una cuestión de valor.

–Efectivamente. Y es aquí donde acierta el deconstruccionismo. He combatido las teorías de Derrida durante toda mi vida porque creo que son de una frivolidad profunda, pero sin embargo es cierto que dan respuesta a una cuestión importante: no puede haber demostración en la estética como la hay en la ciencia, no hay pruebas. Llegamos así al último paso. Si mis alumnos se han enriquecido con esta lectura, les pido que aprendan un fragmento o un poema de memoria conmigo, by heart. ¿Por qué? By heart en la expresión inglesa hace referencia al corazón y es casi lo opuesto a aprehender algo con la razón. Ese poema o ese fragmento que uno guarda dentro de sí, cuya música conserva, ya nadie puede quitárnoslo. Ni la policía secreta, ni Wall Street, ni las drogas. Está dentro de uno, se ha hecho parte de uno y crece, cambia con nosotros a medida que pasa el tiempo.

 

–La memoria sufrió un desprestigio considerable en las humanidades modernas.

–Las humanidades se han convertido en el pons asinorum, el puente de los asnos, de aquellos que no quieren dedicarse a las ciencias o no se interesan por las matemáticas. La situación de las humanidades es muy sombría: las ciencias exigen más y más, nosotros exigimos cada vez menos. Olvidamos que la mejor forma de deshonrar al ser humano es no exigirle aquello que es capaz de alcanzar. Durante toda mi vida he sido acusado de ser un elitista. Por el contrario, creo que honramos al ser humano exigiéndole lo que puede dar. O, para decirlo con palabras de Nietzche: “Sé lo que eres”. No hay nada más barato y fascista en un sentido profundo que pensar que para el 90% de los seres humanos las Spice Girls son el máximo de su musicología.

 

–Se ha definido como un maestro de lectura. Sin embargo ha escrito varios libros de ficción.

–En realidad no sé si soy un verdadero escritor de ficciones. En el verdadero creador hay cierto misterio que roza la estupidez, una gran inocencia, una inteligencia enorme no necesariamente intelectual. Aunque he tenido bastante éxito con mis ficciones sé que son discusión de ideas, diálogos de pensamiento político, literario o social y argumentos. Espero que sean algo más pero no estoy seguro, otros decidirán. El verdadero escritor de ficciones que crea mundos y personajes, lo hace con una espontaneidad que no es intelectual.

 

¿La literatura de Borges no demuestra lo contrario?

–No necesariamente. En el caso de un verdadero genio como Borges, la inteligencia suprema permite crear no ya ficciones sino fábulas. Las Ficciones de Borges no son ficciones en el sentido estricto. No tiene el menor sentido reunir a Faulkner, a Thomas Mann o a Joyce con Borges. Borges no es uno de ellos, es otra cosa, es el más grande alegorista del siglo. Es por eso que elige la forma breve; es en la forma breve donde la inteligencia suprema encuentra su mejor realización y no en la novela que está poblada de personajes que crecen y se desarrollan. Tal como Kafka, si se quiere, que sólo escribió un par de novelas, bastante excepcionales en su obra. El verdadero narrador posee otra fuerza, casi física, una fuerza somática, diría.

 

–¿Qué busca entonces en la novela, en el relato, que no encuentra en el ensayo?

Escribo ficciones para dejar que otras voces me ayuden a escuchar aquello sobre lo cual no tengo certezas, aquello que me atormenta o me angustia. La mía es una tarea muy solitaria. El Times me dedicó un artículo en setiembre titulado “El pensador solitario”. No pertenezco a ninguna escuela reconocida, a ningún círculo académico, no tengo grandes honores. Hay un momento magnífico en el Ricardo III de Shakespeare en el que el rey, solo en la prisión, dice: “Poblaré este pequeño mundo para no quedarme tan solo”. Si uno tiende a ser un solitario, la ficción es una compañía.

 

–Hay un recuerdo suyo de infancia, que ha relatado muchas veces, que aparece en el primer cuento de El año del señor.

–Así es. París, 1934. Grupos de las juventudes fascistas subían por la calle frente a mi casa gritando “Mueran los judíos”. Mi madre, muy asustada, quería cerrar las ventanas, pero mi padre insistió en que mirara la calle desde la ventana. Yo tenía cinco años pero recuerdo perfectamente la frase de mi padre: “No temas pequeño, eso que ves allí es lo que llaman historia”. Desde entonces nunca le he temido a la historia.

–Me sorprendió encontrar esa escena convertida en un recuerdo de infancia de un oficial alemán. La trasposición es bastante curiosa para un escritor judío.

–A lo largo de los años, me he encontrado con uno o dos alemanes que con unas copas de más me han confesado: “Steiner, no puedes imaginarte lo que fue eso. Marchamos de Tobruk a Moscú, del norte de Noruega a Sicilia. Hitler nos prometió que el Tercer Reich duraría mil años. Fueron sólo doce pero valieron por mil. Nunca sabrás lo que es esa experiencia única, tan próxima a la hazaña de los hombres que marcharon junto a Napoleón”. Y yo, que estuve a salvo en casa, con la posibilidad de escapar a Nueva York durante los años de Auschwitz, debo confesar que envidié por un momento la totalidad de la experiencia de esos hombres.

 

¿La ficción es entonces un modo de imaginar respuestas a esas preguntas?

–El segundo relato, “Torta”, es una pregunta que me he formulado muchas veces: ¿Qué haría si me torturaran? Cada uno de los hombres y las mujeres de Argentina, supongo, se lo habrán preguntado. Hay personas muy firmes y muy valientes que se quiebran inmediatamente y hay otras, tímidas, asustadizas, que resisten. Y nadie lo sabe hasta que ha caído en la trampa. De modo que es eso lo que exploro en la ficción. Preguntas que no puedo responder analíticamente, pesadillas, esperanzas, fantasmas.

 

¿Por qué el título de esta primera colección de relatos, Anno Domini?

–Para el cristianismo, desde el nacimiento de Jesucristo, cada año es un Anno Domini, un año del señor. ¿Cómo es posible que llamemos a esos años entre 1941 y 1945, años del Señor?

 

–Adorno se preguntaba cómo es posible escribir después de Auschwitz. También para usted hay allí un límite en la historia de la literatura y el arte.

–No solo para la literatura y el arte sino para el hombre. Auschwitz significa que hemos perdido cualquier derecho a confiar en el hombre. ¿Cuánta gente sabía lo que estaba sucediendo allí? ¿Podríamos haberlo evitado? He aquí una pregunta muy difícil. Sin embargo, hay para mí un segundo punto de inflexión. Cuando Pol Pot enterró a mil hombres, mujeres y niños vivos –una frase que nadie podría haber pronunciado en voz alta–, lo sabíamos y ¿qué hicimos? Nada, vendimos armas. Hoy, podría ser Ruanda, mañana las masacres de Argelia. Por supuesto que podemos detenerlo, los franceses podrían detenerlo, la OTAN podría detenerlo. No con argumentos ideológicos en favor de unos u otros sino simplemente como seres humanos: “Suficiente. Ya hemos tenido demasiado”. Pero nadie dice una palabra. Vivimos en una barbarie aún mayor que en otros tiempos porque la televisión nos informa todos los días. Ahora sabemos pero no nos importa. Hay una masacre por día, habrá otra mañana. Las Spice Girls despiertan mucho más interés que las carnicerías diarias en todo el mundo. Y no hay vuelta atrás a las esperanzas del Iluminismo, a Montesquieu, Jefferson, Locke, Voltaire, aquellos que prometieron al hombre un gran progreso moral, a Marx que prometió un reino de justicia en la tierra. Se equivocaron. Fueron un maravilloso error.

 

–¿Eso significa que ya no hay esperanzas?

–Una de las últimas frases de Kafka a un amigo fue: “Hay esperanza pero no para nosotros”. Es una respuesta terrible que cito muy a menudo. Pero por favor, piense que tengo 68 años, tal vez se deba a la edad, al cansancio, al hecho de que me he pasado la vida preocupándome por estas cuestiones. Tal vez no pueda ver lo bueno que se aproxima.

 

–¿Es también ése el origen de su escepticismo respecto del futuro de la novela?

–No, no. Esa es otra cuestión. Estamos entrando en una relación completamente diferente con el lenguaje y el texto. Hace muy poco me entrevistaron en un programa de televisión con motivo de la inauguración de la Nueva Biblioteca Británica. Habrá 18 millones de libros allí, pero no pasarán por nuestras manos. Aparecerán en pantallas de computadora, en todo el mundo. Me pregunto entonces con verdadero interés si algunas de las formas literarias tradicionales se adaptarán a la nueva tecnología. Las formas orales, la poesía, tienen un futuro enorme porque se adaptan a las formas electrónicas perfectamente. La novela, en cambio, está ligada a la imprenta, a un cierto concepto de página y de lectores, de silencio y propiedad de los libros, de distribución en librerías, todo aquello que parece estar perdiéndose. Los expertos dicen que la ficción en su formato tradicional de libro tiene un futuro de no más de 50 años. Si esto es verdad, significa que las bellas letras serán aún más preciosas, estarán aún más aisladas de la corriente esencial de las necesidades humanas. Hay muy poca ficción en este momento que pueda competir con el impacto de la mejor televisión, los mejores documentales, los mejores filmes. Sé que siempre hubo escritores mediocres, pero creo que hoy más que nunca lo mejor de la imaginación humana, los talentos más creativos y más poderosos, están en los medios. Ahora bien, ¿cómo es posible que esto suceda a sabiendas de que los medios son efímeros? Aun el mejor programa de televisión, el mejor filme, pueden emitirse dos o tres veces y luego mueren. Es cierto que mi pregunta parte de una concepción hebrea, helénica, o cristiana, que supone la inmortalidad de la palabra escrita.

 

–¿Cree entonces que las formas artísticas se están adecuando a la inmediatez de los medios?

–Los dos artistas más importantes de este siglo –no digo los más grandes sino los más importantes– son quizá Marcel Duchamp con sus ready mades y Jean Tinguely, cuyas maravillosas esculturas fueron pensadas para destruirse, para consumirse en las llamas. Tal vez sean éstas las dos mentes decisivas en la estética de nuestro siglo y quizás algún día Picasso, que dice una y otra vez: “Soy inmortal”, será incluido en una lista junto con Velázquez, Goya, Manet, Veronese, como un artista clásico, tradicional. Con la historia, como con el tiempo, no podemos hacer demasiado: está en marcha, ¿cómo detener los huracanes? Después de todo, las ilusiones clásicas que hago mías, no nos protegieron demasiado. No hay Miguel Ángel que nos haya protegido cuando llegó la policía fascista. No hay sonata de Beethoven que nos haya protegido cuando los trenes corrían hacia Auschwitz.

 

–¿Cómo imagina la situación del escritor en esa escena que describe?

–Hay algunos hombres profundamente honestos que han abandonado la literatura o el arte. Otros, Paul Celan, Primo Levi, se suicidaron; no cuando los liberaron de los campos de concentración, y esto es lo más importante, sino 45, 50 años después. Otros, sencillamente, no se formulan estas preguntas porque las consideran demasiado metafísicas, desesperanzadas, muy europeas o muy judías. La consigna es avanzar con el trabajo, hacerlo lo mejor posible, escribir la próxima novela, esperar el éxito. Muchos de los mejores talentos –lo he visto durante todos estos años como profesor–, los alumnos más dotados que podrían haberse dedicado a la literatura, al teatro o a la labor editorial, están hoy en los medios. Conseguir un lugar en la BBC significa hoy lo que significaba antes conseguir un cargo editorial en Faber & Faber o escribir la primera novela. Sé que hay un tremendo entusiasmo por el ciberespacio, la Web, y es cierto que aún no sabemos dónde podremos llegar por allí. Si se piensa que con la realidad virtual es posible sentarnos en medio de una orquesta tridimensional para aprender a tocar un instrumento, que es posible colgar en una misma pared todos los cuadros de la historia de la pintura, compararlos, estudiarlos, que es posible reunir un poema de Keats con todos sus borradores, todas las traducciones, todas las ediciones y estudiarlas como nunca antes, el futuro es alentador. No voy a vivir para verlo, pero me interesa tratar de imaginarlo.

 

–¿Cómo imagina el lugar del crítico en esa escena? Pensaba en la reacción de Harold Bloom que, frente a lo que él llama “balcanización” de la crítica literaria, decide volver a los clásicos y escribe El canon occidental.

–Harold Bloom es una especie de rabino amateur. Para ser un verdadero rabino hay que estudiar 25 años y la tarea es muy ardua. Bloom es un hombre de una enorme energía, una enorme presencia y una gran pasión por la poesía, que ve que América adolece de esta tremenda falta de lectura, aun en una universidad de elites como Yale, y reacciona de un modo absolutamente rabínico, diciendo por todas partes: “Por el amor de Dios, ¿qué sucederá si no leen estos textos y no los leen conmigo?”. Hay entre nosotros una diferencia esencial. Bloom ha pasado por años de psicoanálisis y tiene una gran confianza en la teoría freudiana. Respeto esa diferencia, pero eso implica dos visiones completamente diferentes de la literatura. Sin embargo, creo que no es ése el punto más importante. No creo en instituciones ni en fundaciones. Creo en una habitación como ésta, en la que uno no se puede mover porque hay libros en el piso, en la que uno o dos alumnos se sientan conmigo, se enamoran o aborrecen un texto importante y empiezan a darse cuenta de que su vida ha cambiado después de ese texto. Recuerdo un alumno norteamericano que me llamó por teléfono muy tarde una noche, cuando estaba enseñando en la Universidad de California, para decirme que no podía seguir viviendo porque acababa de leer Crimen y castigo. Ese es un premio que ningún comité para el Nobel podría darme: que un ser humano con nuestro ejemplo o nuestra ayuda tenga que llamarnos por la noche, porque ya no puede soportar la compañía de Raskolnikov. ¡Bravo! Entonces Dostoievski está a salvo, el ser humano está a salvo, hay algo allí que no puede ser tocado o destruido.

 

–Su último libro, Pasión intacta, incluye un ensayo muy polémico sobre la cultura norteamericana “Los archivos del Edén”. ¿Se considera un custodio de la gran tradición centroeuropea?

–Hay algunas cuestiones que han sido malinterpretadas. Hay una escena bastante lejana ya, que está en el origen de ese ensayo. En la última reunión del famoso Instituto de Estudios Avanzados, con sede en Princeton, se discutía la elección de un nuevo profesor de Física, creo. Recuerdo que Oppenheimer, en ese estilo suyo gélido, aterrorizante, dijo: “Estamos aquí porque muchos refugiados vinieron a los Estados Unidos. ¿Dónde estaremos cuando ya no haya diáspora de talentos?”. Alrededor de esa mesa habían estado Einstein, Panofsky, Von Neumann, Fermi, Kantorovich, Auerbach. Fue ése el germen de mi reflexión sobre la cultura en los Estados Unidos.

 

–A partir de esa escena usted cuestiona el espíritu democratizador de la cultura norteamericana.

–Es que hay una pregunta por detrás de la pregunta de Oppenheimer, que en realidad es doble. En primer lugar, ¿puede la democracia cultivar la excelencia? Spinoza –siempre vuelvo a Spinoza– no lo creía así. Y luego, en segundo lugar, ¿la felicidad es el bien supremo? Permítame explayarme un poco en la respuesta. Todos sabemos que en la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos, en la declaración de derechos hay un deseo claro de búsqueda de la felicidad. Ningún “ismo” europeo se ha atrevido nunca a tanto. Es esa, podríamos pensar, la meta de California: vivir bien, comer lo suficiente, tener una casa confortable, dos o tres autos. Noventa por ciento de la humanidad dice: “Sí, queremos ser felices. Ya hemos padecido bastante el infierno de la historia mundial”. Ahora bien, supongamos que tienen razón. Entonces ¿qué? ¿Podríamos curar a King Lear alojándolo en un buen geriátrico donde Cordelia pudiera visitarlo todas las semanas? ¿Podríamos curar a Edipo con una operación de catarata? ¿El Valium y el Prozac son las píldoras de la felicidad que imaginó Aldous Huxley? Si esto es así, luego la humanidad tiene todo el derecho de decir: “Retírese, Steiner, ya no estamos interesados en la gran tragedia, en la gran filosofía trágica, hemos tenido suficiente, el precio fue demasiado alto”. Insisto, puede que estén en lo cierto, pero no puedo adoptar esa posición.

 

–Usted habla de hipocresía y oportunismo en la cultura norteamericana.

–Porque mi verdadero enemigo es el establishment liberal que quiere ambas cosas a la vez, enseñar Dostoievski y vivir al estilo californiano; estar en un Edén democrático e igualitario con los alumnos y gozar de privilegios intelectuales. Eso es imposible. Lo vi muy claro en el 68. Afortunadamente, los alumnos tienen mucho olfato y descubren en seguida el oportunismo liberal. No estaban de acuerdo con mucho de lo que yo decía, pero querían escucharme porque sabían que estaban frente a alguien que vivía de acuerdo a sus convicciones. ¿Eso significa que un nazi o un estalinista es mejor que un liberal? He aquí un gran dilema, una pregunta aterradora: “¿Qué hacer cuando la convicción es el mal?” No tengo respuestas. Tal vez sea el tema de mi próxima novela. Pero sé que me resulta muy difícil entenderme con aquellos que quieren ambas cosas, que quieren llegar en su auto a una cómoda oficina en una fundación, en el Palacio de Berkeley y luego dicen: “Estoy a favor de la igualdad total”.

 

Usted habla sobre todo de los Estados Unidos, pero ¿no sucede lo mismo en Europa?

​–Por supuesto. Son los tiempos de la “traición de los intelectuales” que Benda previó perfectamente. Los intelectuales bailan por dinero, por una beca, por una columna en un periódico importante, por un productor de televisión. La autohumillación es bastante sorprendente porque las retribuciones son enormes. Aunque también es cierto que hay uno en un millón que juega el juego y gana, sin por eso humillarse. Tengo un enorme afecto y una gran admiración por Umberto Eco. Umberto juega el juego y sale airoso, como un maestro, sin comprometer sus mejores cualidades intelectuales y académicas. Usa el dinero para reeditar su tesis doctoral sobre lingüística medieval. Es necesario tener muchas dotes, una gran habilidad y una gran diplomacia para poder hacerlo. Marshall McLuhan es otro caso. Sólo lo tentaron en el final. Estábamos cenando una noche en un restaurante, recuerdo, le trajeron un teléfono y Marshall dijo una frase absurda: “Las palabras son el código Morse del alma”. Era la compañía Bell, pidiéndole un eslogan para un almanaque. Cinco mil dólares. Fui testigo de esa escena. Muy bien, pero es una pena tratándose de una mente como la suya, con todo su talento y su fuerza. Ni siquiera lo necesitaba. Por suerte, nunca nadie me ha tentado. Nadie me sedujo. Tal vez porque no les intereso demasiado.

 


miércoles, 9 de marzo de 2022

ERIK SATIE: LA IMPERTINENCIA ESTÉTICA

 











Fuente: Revista Ñ, 26 de enero 2019. Clarin.com

 

Por María Negroni

Erik Satie (Honfleur, 1866-París, 1925) ocupa el panel derecho de un tríptico que escribí en los últimos años. Ese tríptico tiene en su centro a Emily Dickinson, la gran poeta de Amherst, y en el panel izquierdo al artista visual norteamericano Joseph Cornell.

Las afinidades entre los tres son notables: comparten la propensión al aislamiento (y cierta atonía sexual), el apego al coleccionismo, la pasión por la miniatura, el desdén por cualquier tipo de inserción canónica. Se diría que sólo les interesa esa forma sutil del juego que es el arte, que a las trascendencias monumentales prefieren las epifanías mínimas.

De esas tres figuras, quizá la más excéntrica sea la de Erik Satie. Hijo de la Belle Époque, tenía más 50 años a comienzos del siglo XX cuando surgen las primeras vanguardias parisinas. Sin embargo, para entonces ya contaba con un pedigree inusual: había creado, bajo la égida del rosicruciano Joseph Péladan, la Iglesia Metropolitana de Arte de Cristo el Guía, había compuesto Ogives, Gimnopédies y Gnossiennes, y todos los días atravesaba la ciudad a pie, desde el suburbio paupérrimo de Arcueil (que él apodaba su Kremlin privado) hasta Montmartre, donde tocaba el piano en los cabarets.

Todo en él era de una singularidad irreprochable: la sorna, el malhumor, la misantropía, y la vestimenta: tenía una colección entera de trajes de terciopelo azul, y nunca le faltaban ni el sombrero bombín ni el paraguas. Quizá fue eso lo que le granjeó la amistad de Ravel y Debussy, y también de Picasso, Cocteau, Diaghilev, Man Ray, Duchamp, Max Jacob, Apollinaire o Picabia, con quienes colaboraría más tarde en proyectos de cine, teatro y danza. Es posible, también, que esas mismas virtudes hayan sido la causa del comienzo y fin de su relación con la pintora Suzanne Valadon, que le duró seis meses, ni un minuto más.

Como fuere, su obra representa una de las experiencias de creación más innovadoras de su tiempo. No sólo escribió partituras con directivas estrictas (y desopilantes) para los intérpretes; también fue el inventor de la llamada música ambiental o música de mobiliario, y el autor de numerosas misceláneas, todas comiquísimas, como la conferencia sobre la música y los animales, que publicó en 1920 la revista Vanity Fair de Nueva York, o los fragmentos de Memorias de un amnésico, que alcanzan por sí solos para hacer trastabillar cualquier orden bienpensante.

No resulta extraño, por eso, que varias décadas después, John Cage, uno de los pioneros de la música experimental norteamericana, en su afición por las combinatorias de azar, humor y silencio, lo señalara como su maestro y lo catapultara al reconocimiento mundial. A él le debemos el estreno maratónico en el Pocket Theatre de Nueva York de una de sus obras más enigmáticas, Vexations, que consiste en la “diabólica” repetición de un solo motivo 840 veces (el adjetivo es del New Yorker).

Estilo, en suma; sesgo, ironía y anacronismo; la impertinencia como categoría estética: Satie quería concentrarse en su presa más honda (él mismo) con el volumen muy roto y el aburrimiento intacto. Por eso, ningún amigo suyo conoció nunca la cueva en que vivía. A su muerte, la policía dejó constancia, en una inspección ocular del sitio, que había encontrado, además de un piano destartalado y un ejemplar de Las flores del mal, cuatro mil papelitos, con apuntes para pequeños ruidos, dibujos de edificios mentales, e instrumentos musicales absurdos. Nada, en síntesis, que perteneciera al Libro de la Realidad.

 

Fragmento

Datos para una biografía mínima

“Me llamo como el Fantasma de la Opera, como Erik el Rojo. Fui huérfano, alumno irrisorio, de una impericia astronómica. Dicen que hablé el argot de mañana. Más tarde, amé los Caligramas de Apollinaire. Cuando recibí una carta de Debussy que me conversaba del laberinto de Knossos, supe que sería mi amigo. Los demás que me circundaban, antes y después de conocerme, nunca entendieron mi música ni mi debilidad por las ojivas, la tinta roja, las miniaturas, la rue Condorcet, y los tinglados de circo. ¡Menuda profesión tan magnífica! decían de mi vocación sin entender un rábano, alababan mi cabeza de madera los lunes por la noche, y el resto de la semana, me atribuían coqueteos con la Exposición Universal de la Infamia, mientras yo me encerraba en mi placard sin calefacción para fumar, beber, descreer de la Historia del Arte, soñar con Genoveva de Brabante, y buscar la puerta heroica del cielo. Por entonces, hasta creé mi propia vanguardia, de un solo miembro, el Art Repugn, con manifiestos. Siempre fui un joven con inquietudes, incluso de joven. No iban a pararme así nomás. Seguí adelante. Una noche de invierno, para ser más exacto, el día sábado 14 de enero del año de gracia 1893, tuve la mala idea de enamorarme, o de creerme enamorado, y fue como una caída repentina en una enfermedad de los nervios que ni siquiera curé completamente con mis dotes de cabalista (me duró seis meses). No pasé, en una palabra, desapercibido. Tuve enemigos, fieles naturalmente. Me llamaron ‘loco’, ‘farsante’, “Monsieur le Pauvre”, y otras vaguedades por el estilo. Respondí con varios duelos, y una sola consigna: Compongo para que me oigan en 1598”.

Fragmento de Objeto Satie, de María Negroni (Caja Negra Editora)

Y aquí comparto su composición más vanguardista: Vexations para piano (1949); precursora del minimalismo,  Son sólo 18 notas En la intro a la partitura, Satie escribió: «Para tocar 840 veces este motivo, será bueno prepararse con antelación, y en el más profundo silencio, para la más intensa inmovilidad". Esta es una versión para orquesta:



 








 


lunes, 7 de marzo de 2022

LA POESÍA COMO UN TEMPLO















Fuente: Radar del 3.1.21 -Página 12.com.ar

 

Una cuidada edición de la editorial platense La Comuna

Se publica la "Obra reunida" del poeta Horacio Castillo

Fue uno de los pocos traductores de poesía griega al castellano, pero la influencia helénica fue todavía más decisiva en la escritura del poeta platense Horacio Castillo, llegando a ser el centro de su proyecto. Ahora, a diez años de su muerte, la editorial La Comuna lanza su Obra reunida: poesía, semblanzas y textos críticos desde 1974 a 2010.

 

Por Lautaro Ortiz

 Es válido afirmar que Horacio Castillo fue un poeta platense? Nació, es cierto, en 1934 en el partido grande de La Plata, Ensenada, frente al Astillero de Río Santiago. Vivió la inundación del 40; vio la gran llamarada del petrolero San Blas en el 44, y asistió a la marcha de los obreros del Swift hacia Plaza de Mayo en el 45. Se graduó más tarde como abogado en la UNLP, ejerció durante décadas el periodismo cultural local, fue llamado uno de los Cinco poetas Capitales (ensayo de Ana Emilia Lahitte que incluye a sus contemporáneos Osvaldo Ballina, Néstor Mux, Rafael Felipe Oteriño y Horacio Preler), y ahora la editorial La Comuna, la más importante de la ciudad, lanzó a 10 años de su muerte –en generoso formato– la obra reunida: poesía, semblanzas y textos críticos desde 1974 a 2010. Sin embargo la literatura de Castillo siempre estuvo en otra parte.

“Para mí Ensenada no está sobre el Río de la Plata sino a orillas del Egeo. Y si cruzo el puente levadizo –que ya no está– desemboco en las callejuelas del barrio Plaka, en Atenas, y me siento a tomar una portokalada (naranjada) en una taberna de la calle Pandrosu donde venden las pesadas cuentas azules de las que habla un poema de Elytis”.

Esa mirada en fuga, sobrevolando la costa barrosa del río natal, y que el poeta explicó en el largo reportaje que le hiciera Augusto Munaro (incluido en esta edición), fue el resultado de un plan de escritura previamente trazado. En primer lugar hay que decir que Castillo fue uno de los pocos y buenos traductores de griego moderno que se dedicó casi en exclusividad a versionar al español la poesía de Constantino Kavafis, Odysséas Elýtis, Yorgos Seferis, Yannis Ritsos, Takis Varvitsiotis, Nikiforos Vrettakos, y algunos otros.

Su plan de evasión se inició a los 26 años cuando se aventuró en el aprendizaje de ese idioma no como lengua muerta sino como lenguaje vital, ondulante, al igual que las banderas de los barcos que atracaban en el puerto de Ensenada y Berisso. Porque Castillo aprendió a traducir a través de inmigrantes y marinos ocasionales con quienes mantuvo largas conversaciones y de quienes asimiló los matices y los relieves de la variante demótica.

Mucho después, aquella idea de unión entre la vieja Ensenada y la mítica Grecia, se completó con dos viajes en barco a la tierra homérica y un intenso intercambio epistolar con sus poetas más importantes: “Me consideré un inmigrante, y todo lo que se relacionaba con la vida diaria lo iba refiriendo al griego. Si tomaba agua, me decía a mí mismo neró; si compraba azúcar pensaba zájari; si llovía murmuraba breji”, dijo de aquellos primeros años de estudio.

Pero su plan no incluía sólo la traducción y la lectura de los poetas modernos y clásicos, también buscaba ahondar en su propia escritura, hacer un hueco que le permitiera llegar desde Ensenada a Grecia, concepto (el pozo) que está presente en sus mejores poemas: “Hice el hoyo”; “El foso”, “Excavaciones” o “Mono llorando sobre una tumba”.

Al recorrer su obra poética –excelentemente editada y cuidada por Juan Gianella- es notoria la presencia de un orden que rige a sus siete libros: Materia Acre (1971), Tuerto Rey (1982), Alaska (1993), Los gatos de la Acrópolis (1998), Cendra (2000), Música de la víctima y Mandala, ambos de 2003. Ese orden podría asimilarse a aquellos tres momentos claves de la arquitectura griega donde lo que importa es el trabajo sobre “la piedra pesada”: la austeridad del dórico, la fragilidad del jónico y la preocupación por lo formal del corintio. Tan estudiado fue su proyecto que para respetarlo Castillo eliminó su primer libro Descripción (1971), y que esta edición incorpora como Anexo: “Yo por entonces estaba bajo la influencia de Ricardo Molinari, me sentí identificado con esa levedad, con esa exquisita musicalidad, a la que se sumaron luego Saint-John Perse, Pierre Jean Jouve y otros poetas franceses. Después entró en escena Hölderlin, que me llevó a Heidegger y de toda esa mezcla surgió Descripción, libro que, cuando adivino mi propia voz, consideré demasiado literario, sujeto a influencia evidentes, poéticamente pretencioso. De allí que al reunir mi obra resolví excluirlo para darle unidad”.

Desde la devoción inicial por el primer Molinari pasando por la precisión del libanés Georges Schehadé (que tradujo Madame Maffei, responsable del sello Cármina donde Castillo publicó sus dos primeros libros), y por los fervorosos del mundo helénico como Hölderlin y Keats hasta la seducción de la sombra grande de Altazor de Hiudobro, la poesía de Castillo siempre pareció construirse en solitario.

Rafael Felipe Oteriño en “Retrato íntimo”, texto final de este tomo que ilumina maravillosamente el nudo central de la escritura su amigo, puntualizó: “El título de sus libros habla de un proyecto en el que está latente la contienda entre la ininteligibilidad de la materia y el ansia de absoluto”.

Obra reunida (que no es completa porque no incluye sus libros sobre Sarmiento, Rubén Darío, y ni sus ensayos sobre poetas griegos) reproduce también “Colectánea”, editado en 2010 por Ediciones Al Margen de Mario Goloboff, conjunto de semblanzas y textos críticos en donde el poeta narra su amistad con Ricardo Rojas (fue su secretario); sus encuentros con Borges, Neruda, Elytis y Aleixandre, y donde ensaya admirables visiones sobre “Alberto Girri: Poesía y Abstracción” y sobre “Vicente Huidobro y la paradoja Vanguardista”. Además, hay allí textos de reflexión creativa como “Apuntes para una gneosología poética” donde Castillo revela, refiriéndose a Mallarmé, parte de su meditado y elaborado plan al sostener que el poema es “el instante en que lo absoluto, mediante su inserción en el seno de la palabra poétrica, realiza su propia esencia y prolonga sin fin el acto de su nacimiento”.

Castillo hizo de su poesía aquello que buscaron los arquitectos griegos: levantar templos para que anide el misterio. Entre las muchas diagonales que ofrece la poesía platense, su obra es la celebración de una escritura solitaria con un propósito irrenunciable: ser un poeta de espíritu helenista.

 


sábado, 5 de marzo de 2022

El impresionismo litoraleño de Carlos Aguirre


 













NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS

Fuente: Radar del 22.9.19 -Página 12.com.ar

El artista entrerriano presenta su disco "La música del agua"

Con una carrera de más de treinta años y un sello discográfico propio, Shagrada Medra, Aguirre es uno de los artistas más complejos de la actualidad. En su nuevo álbum, acompañado de su piano, canta a Chacho Muller, Ramón Ayala, Jaime Dávalos, Alfredo Zitarrosa y Sampayo junto a músicos de su generación como Luis Barbiero, Coqui Ortiz, Matías Arriazu o Silvia Salomone.


Por Mariano del Mazo

  

En su diversidad de registros, Carlos Aguirre es uno de los artistas más originales de la música argentina. En más de treinta años ha dejado macerar una obra compleja, de tiempos morosos, que no admite visitas fugaces. Aguirre exige una escucha atenta y, si eso fuera posible en esta era de cataratas de estímulos por minuto, invita a asimilar sus discos como parte de una trama en la que no está solo; una trama que imagina un poco en broma como parte de un cuadro “impresionista litoraleño”.

Nació y vive en Entre Ríos, tiene un sello discográfico propio (Shagrada Medra) como atalaya de una insobornable independencia, toca piano y guitarra, compone, arregla, escribe, improvisa, arma bandas y tríos, actúa en solitario, urde encuentros insospechados y desarrolla proyectos en el que aglutina músicos y poetas canónicos e ignotos, clásicos y contemporáneos. Los nombres y apellidos de su universo son incontables: al azar, Coqui Ortiz, Jorge Fandermole, Juan José Saer, Aníbal Sampayo, Juan L. Ortiz y hasta un israelí, de otras aguas, el compositor Yotam Silberstein. Ahora decidió sentarse al piano para echar a andar todo ese magma en clave cancionística: con una voz dulce, nada afectada, coloquial, entonada, Aguirre canta a Chacho Muller, Ramón Ayala, Jaime Dávalos, Alfredo Zitarrosa, Sampayo, y los ubica en el mismo plano con músicos de su generación. El resultado tiene la coherencia de un paisaje muy preciso y es delicado, sofisticado, sereno. Piano y voz, río y melancolía: La música del agua.

El disco comienza con uno de los temas más hermosos de Chacho Muller, “Juancito en la siesta” (la cara B, de alguna manera, de otra joya de Muller, “La niñez”). El tono sepia de esa canción vertebra la profundidad que habita el álbum. La música del agua se escucha como un largo y único tema, aún en el complemento con piezas transitadísimas como “Río de los pájaros” (Sampayo), “Corrientes cambá” (Mansilla-Romero Maciel), “El loco Antonio” (Zitarrosa). Los temas actuales se incorporan naturalmente al cauce de los clásicos: una confirmación de la robusta salud de la música del Litoral. “Felizmente –dice Aguirre- el cancionero litoraleño viene dando frutos. Son relecturas necesarias del paisaje. En el disco hay temas de Luis Barbiero, un compositor de Paraná con una fuerte voz literaria; Coqui Ortiz, notable poeta y compositor chaqueño; Matías Arriazu, un enorme guitarrista formoseño; Silvia Salomone, cantora y compositora paranaense de finísima sensibilidad… Para mí todos ellos constituyen una forma amorosa del encuentro, como si ocuparan juntos un tiempo imaginario”.

El nombre del sello discográfico de Aguirre, Shagrada Medra –que no quiere decir nada, es apenas un residuo onírico, dos palabras que sobrevivieron a un sueño-, desprende un perfume oriental que empatiza con cierto aire zen que respira su música. La ausencia de énfasis es una manera de entender el arte y puede relacionarse con puntuales versos de Juan L. Ortiz en los que el poeta discurre –se interroga- si su poesía debe parecerse al río. “Somos muchos los que nos sentimos atravesados tanto por la mirada de Juan Ele como por la de Saer –amplía Aguirre-. Sus textos son lentes para leer el paisaje del que somos parte. Por eso cuando decimos ‘impresionismo litoraleño’ es porque en esas obras, por ejemplo, hay un zoom muy preciso sobre universos mínimos, que parecen intervenidos por atmósferas brumosas, levemente fantásticas, diría. Y yo creo que de alguna manera evocan las formas pictóricas y musicales del impresionismo que nació en Francia”.

“La música del agua” fue grabado en agosto del 2018 en la Sala Argentina del CCK. El espíritu mínimo, sus formas austeras, el toque y el canto, lo vinculan a otros de los grandes discos de la región: Monedas de sol, de Chacho Muller (1998). Fue producido por Jorge Fandermole y arreglado por Aguirre: todo tiene que ver con todo. Es el mismo río que va, hondura, sedimento, remolinos. “Chacho no me conocía y desconfiaba, con toda razón, de lo que yo pudiera hacer. Le propuse instalarme en su casa durante el proceso de gestación del disco. Fue un tiempo bellísimo. Fui atravesando día a día las capas de dureza con las que se solía mostrar… Al fin logré llegar a ese ser hermosamente sensible”.

La economía del canto de Aguirre puede confundirse con esa especie de pudor artístico que sabía calibrar Atahualpa Yupanqui. El entrerriano conoce perfectamente los espacios abiertos entre la canción popular y la música instrumental, y su obra se despliega entre el péndulo que se desplaza entre ambas formas. Una alternancia. “La palabra tiene el don de acercar las músicas a personas que tal vez no están acostumbradas a frecuentar las propuestas instrumentales. De todas maneras, el disco no está concebido desde la especulación de ganar adeptos. Lo hice porque adoro la canción. Es un espacio de intersección entre poesía y música que no deja de emocionarme. En mi adolescencia, plena dictadura militar, algunos nombres de la música popular resultaban de difícil acceso. Con mis amigos era un hábito juntarnos a escuchar vinilos. Peregrinábamos por diferentes casas conforme a quién tenía la novedad. Extraño esa práctica colectiva. Trajo a mi vida obras de mucha sustancia: don Alfredo Zitarrosa con las guitarras sonando todas juntas y ese decir tan claro, Mercedes Sosa con ese disco con temas de Sampayo, del Chacho, de Ramón Ayala… Todo vive en este disco”.

La música del agua es tal vez una de los ediciones más destacadas de este 2019. Uno de los rituales de Carlos Aguirre durante años fue acercarse a la costa para sentarse cada atardecer frente al río Paraná. Perderse en ese paisaje, observar, cavilar, dejarse marear por la hipnótica correntada. Esa exuberancia natural no sólo inspira: atraviesa. La música del agua es la consecuencia directa, preciosa, trascendente, de ese ritual.

 



jueves, 3 de marzo de 2022

TRES RELOJES











 

Fuente: Contratapa de Radar del 31-05-20 -Página 12.com.ar

 


 

En el amanecer del 2 de diciembre de 1805, cerca de Brno, en Moravia, están por morir miles de hombres. Pertenecen a los ejércitos aliados de Austria y Rusia intentado frenar la voracidad napoleónica de Francia. Desde distintos puntos de vista, Tolstoi describe con estudiosa morosidad la bruma que tarda en despegar del campo, los minutos previos al combate, y se detiene en la observación de las tropas comparando su preparación para la carga con el funcionamiento de un reloj “cuyo complicado movimiento de ruedas y ejes innumerables no produce más que el desliz imperceptible y regular de la aguja que indica el tiempo, el resultado de todos los complicados movimientos humanos de aquellos ciento sesenta mil hombres, que todas sus pasiones, deseos, arrepentimientos, humillaciones y exaltaciones de orgullo, de miedo y entusiasmo, vino a ser sólo la pérdida de la batalla de Austerlitz, llamada de los tres emperadores, es decir, un avance fortísimo de la aguja de la historia universal sobre la esfera de la historia de la humanidad”.

Es madrugada. Últimamente, cada vez que miro el reloj es madrugada, casi las cuatro. Y esta hora, siempre la misma, me encuentra en un libro. La relectura de ese pasaje de “Guerra y Paz” me ha devuelto, entre elíptico y tangencial, a la realidad, el tormento pandémico, el confinamiento y la alteración del tiempo como uno de sus efectos. En el insomnio el tiempo se estira, se dilata y transcurre con una lentitud que puede exasperar. Hace años aprendí que al sentir la inminencia del insomnio lo mejor es no dejarse amedrentar y levantarse, entretenerse en algo. Entonces me levanto a merodear la biblioteca, leer, releer, anotar ideas que tal vez orienten una reflexión existencial.

Qué fue primero, me pregunto, el insomnio o la biblioteca. A esta altura, a esta edad, me digo que la causante fue una biblioteca anterior, la de mi padre. De pibe me preguntaba cómo hacía él para leer todos esos libros. Y procuraba imitarlo desvelándome con Víctor Hugo o Dostoievski. Esta madrugada se me ocurre que tal vez deba agradecerle al insomnio las derivas de un libro a otro, el hallazgo de ese misterio que comunica un verso con un ensayo o la representación de un paisaje con una escena íntima. También me pregunto qué habrá sido de los muertos en Austerlitz, quién puede recordarlos ahora cuando la muerte encuentra un método sustituto de la guerra para enseñorearse sobre nuestras cabezas. Más de dieciséis mil, encuentro en Wikipedia. Más de dieciséis mil muertos en Austerlitz. Si Tolstoi, con experiencia militar, registra ochenta mil hombres en lucha mortal, la cifra de víctimas en la web patina. A la vez me pregunto cómo leer una estadística mientras el segundero pega un avance imperceptible y en ese fugaz transcurso aumenta el número de contagiados y difuntos.

Me levanto con toda la intención de acudir a su diario, internarme en sus venéreas juveniles, sus grescas conyugales, sus estallidos de culpa clasista y la evangelización de los mujicks, su personal pedagogía del oprimido cifrada en un cristianismo de tinte socialista. Uno de estos días, quizás hoy, empiece, me prometo, voy a dedicarme a leer rigurosamente su diario en vez de entrarle y leer al azar tal o cual instante que funciona como anzuelo. Y no son pocos esos momentos: Tolstoi pesca lectores con medio mundo. Pero junto a su diario está el de Kafka. Entonces me desvío a este anotado y maltrecho ejemplar tan cercano siempre. Lo abro al azar en la entrada del 16 de enero de 1922 en Praga. Como a menudo a lo largo de su vida, Kafka experimenta el desánimo y siente ese bloqueo que lo anula. Las exigencias del padre, la fábrica, su sueño frustrado de Palestina, la soledad y el amor siempre contrariado lo extenúan y atentan contra su escritura. Todo lo que tiene para consolarse es este diario. Se sabe, el tono de todo diario es siempre grave, quejoso. En el caso de Kafka, si se tienen en cuenta las más de ochocientas páginas del diario, el bloqueo no parece tal. Aquí se encuentran anécdotas, narraciones, frases inolvidables. En estos días tristes de agosto Kafka se recrimina su soltería a los cuarenta años, los malentendidos con Milena Jesenska y se pregunta: “¿Qué has hecho con el regalo del sexo?”. Al recapacitar en el curso de su vida escribe: “Los relojes no coinciden, el reloj interior corre de una manera diabólica o demoníaca o en todo caso inhumana, el reloj exterior sigue su marcha habitual titubeando. Qué otra cosa puede ocurrir sino que esos dos mundos distintos se separen, y se separan o al menos se desgarran horriblemente. El salvajismo de la marcha interna puede tener distintos motivos, el más visible es la observación de sí mismo, observación que no deja tranquila a ninguna idea, las persigue a todas hasta sacarlas a la luz para luego ella misma ser a su vez perseguida, en cuanto idea, por una nueva observación de uno mismo”. Dos días más tarde, Kafka apunta una intuición de Milena: “El miedo es la desdicha”. Pero el miedo no es sonso. Y esa paranoia que acecha a los personajes kafkianos, una paranoia que supera el angst personal del escritor torturado, es un sentimiento que, reflexionando en lo que el porvenir deparará a estos seres, podría funcionar de profecía: sus tres hermanas y también Milena, integrantes del elenco de su memorial, habrían de acabar en los campos de exterminio. Kafka moriría diecinueve años antes de que lo comprendiera “la solución final”.

También es cierto, el insomnio que puede ser propicio para la imaginación es capaz de entenebrecerla. Consulto la hora, las cinco pasadas, y el número de víctimas se fue alargando en los rincones del cuarto. A veces me pregunto quién escucha los gritos de dolor provenientes de esos volúmenes. Entonces me acuerdo de aquella piba villera que, en Villa Gesell, se frenó antes de entrar a una librería. Se resistía a entrar. Miraba con terror el interior del local, los libros en los estantes, los libros en las mesas de ofertas y más allá los libros en las mesas de novedades. Le pregunté de qué tenía miedo: Está lleno de muertos, me dijo. Este lugar está lleno de muertos.

 

Cada vez falta menos para el amanecer. Vuelvo, previsible, a la cuestión de los relojes. Los relojes domadores del ego de quienes creen que un libro puede arañar la eternidad. De la ilusión de vencer la muerte, hablo. Y mientras clarea en la ventana dudo qué fecha es hoy. Según Faulkner, 2 de junio de 1910, el día en que se suicidará Quentin, el hijo introspectivo de la trágica familia Compson. En Cambridge, Massachusetts, en su cuarto universitario de Harvard, el fluir de la conciencia le trae a Quentin lo que su padre, sentencioso, le dijo al regalarle su reloj: “Era del abuelo y cuando mi padre me lo dio dijo: Te entrego el mausoleo de toda esperanza y deseo. Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo. Porque ninguna batalla se gana jamás. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles”. Este mismo día Quentin se arroja al río Charles. Una placa de latón en el puente lo recuerda: "Quentin Compson. 1891-1910. Ahogado en el olor de la madreselva”.


Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, 1948)



 

martes, 1 de marzo de 2022

HAY RITUALES QUE TODAVÍA MANTIENEN CON VIDA EL DIARIO DE PAPEL PESE A SU CRISIS












Fuente: https://www.perfil.com/seccion/elobservador 10-11-2019

 
Facundo Suenzo* / Eugenia Mitchelstein** / Pablo J. Boczkowski**
 
Por qué las personas siguen leyendo el diario en papel? ¿En qué contextos lo hacen? ¿Va a desaparecer el diario impreso? Los argentinos que siguen accediendo a las noticias en papel lo hacen motivados por la experiencia sensorial de la lectura más que por el contenido de la información, en situaciones sociales que estimulan ese consumo, como los desayunos en familia los fines de semana, y lo combinan con el acceso a noticias por vía digital.
Estos hallazgos se desprenden de una investigación del Centro de Estudios sobre Medios y Sociedad en Argentina (MESO), basada en 158 entrevistas realizadas entre marzo de 2016 y diciembre de 2017. Los participantes de nuestro estudio, de diversas edades, niveles de educación y actividades, provenían principalmente de la Ciudad de Buenos Aires y Gran Buenos Aires, y también de Córdoba, Salta, Santa Fe y San Juan (https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/1461670X.2019.1670092).
Acceso, encuentro y contacto. Existen diferentes formas en las que el diario ingresa al hogar de las personas. Hay quienes todavía prefieren ir a buscarlo al kiosco de la esquina y otros que simplemente lo reciben en la puerta de sus casas. Estos últimos generalmente mencionan diferentes modelos de suscripción donde los beneficios que se reciben (descuentos, regalos) refuerzan el vínculo con el diario, pero no necesariamente la lectura. “Me suscribí a La Nación de nuevo porque la edición del domingo venía con libros de Borges”, explicó un empleado público de 24 años. El rol que los cafés y bares tienen en nuestra cultura urbana hace que estos espacios también sean considerados lugares fundamentales de encuentro con el diario. Un visitador médico de 51 años que por su trabajo almuerza en bares nos contaba: “Hojeo el diario si hay algo que me interesa, cualquiera sea, La Nación, Clarín o Página/12, el diario que esté en el restaurante”.
Las diferentes formas de acceso al diario se organizan alrededor de prácticas temporales y espaciales altamente rutinizadas. La lectura del diario en papel aparece principalmente asociada a los domingos y se suele complementar con otras actividades como el desayuno familiar. Una jubilada de 62 años comenta que el diario “ya está en la puerta cuando me levanto los domingos, entonces lo leo mientras tomo unos mates”. De modo similar, un contador de 58 años señala: “Cuando me despierto el domingo, ya lo tengo, cuando lo pido, en la puerta. Entonces, bueno, mientras tomo mates, ya no pongo el televisor, entonces leo el diario”.
Para otros entrevistados, la práctica de los domingos a menudo se combina con la lectura de versiones en digital durante la semana, especialmente en el trabajo. Un profesor de 41 años dice que lee “noticias digitales durante la semana, (pero) durante los fines de semana no hay nada mejor que un café con leche, medialunas y el diario”.
 
Tocar, oler, sentir. Uno de los hallazgos más interesantes de nuestra investigación es la relación corporal que se establece en el encuentro de los lectores con el diario, particularmente en lo que hace a la experiencia sensorial. Algunos entrevistados subrayaron la importancia de tener el diario en sus manos para resaltar visualmente ciertos artículos o recortar historias que les interesaron mucho. Un empleado del sector público de 24 años señaló que se siente “más cómodo” con el diario impreso que con la versión digital: “Es un tema visual (…) No sé, si quiero resaltar o marcar algo (...) puedo recortarlo y llevarlo conmigo”.
No estás solo. Un ama de casa de 63 años dice: “Miro la tapa, pero tal vez de repente lo doy vuelta y empiezo a mirarlo desde la última página, no sé por qué. Puede ser costumbre”. La misma práctica fue relatada por varios entrevistados. Además, muchos lectores y lectoras mencionan que les gusta diseccionar el diario en partes, desplegarlas sobre una mesa: tocar el periódico, olerlo, subrayar y mancharse las manos con tinta son experiencias que no son equiparables a la lectura en digital. Transportan a los lectores a otros tiempos. Un comerciante de 57 años comentó: “La verdad es que me gusta el papel, el olor a tinta, es una cosa que uno trae ya de la juventud. A mí ya me gustaba mucho leer desde chico, siempre leía del papel, no existía internet”.
Si bien el contenido de las noticias tanto en papel como en digital suele ser similar, o incluso idéntico, la nostalgia y la tranquilidad que devienen de la lectura se contraponen a un mundo con información que avanza de manera vertiginosa. La lectura en papel es un contrapeso indispensable para equilibrar la jornada laboral, inundada de bits y estructurada alrededor del último momento. Para un abogado de 30 años: “Cuando leo en papel me tomo más (tiempo), o sea me gusta más leerlo en forma más tranquila. Cuando estoy leyendo en soporte digital, la verdad es que la velocidad con la que uno lo lee, el medio cuando uno lo lee –porque la verdad es que lo estoy leyendo en el trabajo, mientras recibo llamadas trabajo al mismo tiempo– no es lo mismo que sentarse y dedicarle una hora y media o dos y leer el diario tranquilo. Obviamente los domingos digiero mucho más la noticia, la analizo mucho más, y sobre todo me dedico más a leer opiniones, algo que quizás en la semana no hago. En la semana voy a la noticia”.
Causas y consecuencias. ¿Qué motivos están asociados a estos comportamientos? Como las citas de arriba describen, para algunos entrevistados la lectura del diario en papel es una actividad que se disfruta y se conecta con escenarios de tranquilidad. Quienes prefieren acceder a editoriales o notas de opinión mencionan que para “comprender” mejor es necesario hacerlo de manera lenta y tranquila, algo que el papel favorece ampliamente. Para una abogada de 45 años, las noticias en papel son “cómodas, es cómodo leerlo en papel y ahí tengo lo que son las noticias y los artículos de fondo. A veces soy poco tecnológica, entonces me cuesta ubicarlos, si los hay, a través del celular”.
Pero no todo es lectura a fondo. Aun en contextos de mayor tranquilidad, otros entrevistados refieren simplemente hojear el diario o acceder solo a los titulares y copetes. Si algo interesante aparece, quizás se lo lee. Estos comportamientos observados suceden en diferentes contextos de socialización. Por ejemplo, que el diario llegue a la casa muchas veces colabora en la construcción de vínculos de intercambio de noticias y de discusiones alrededor de ciertos temas. Un ama de casa de 49 años dice que todos en la casa leen el diario: “Yo, mi marido y mis tres hijos. El más chico lee los títulos nada más, pero los otros dos lo leen todo y mi marido también”. Otra entrevistada dice que ella no lee el diario; “Mi pareja lo hace y me comparte las publicidades (…) aprendo mucho sobre las noticias de él. Me dice ‘¡Guau, mirá lo que pasó!’”. Para otras personas, la práctica de la lectura, por el contrario, se disfruta en soledad.
¿Y qué pasa con los más jóvenes? Aunque el diario esté presente en sus hogares, y a diferencia de las experiencias románticas de los mayores, los jóvenes tienden a rechazar las características físicas del diario. Les resulta pesado, molesto, grande, difícil de manipular y aburrido. En contraposición, las ventajas de la lectura en digital se imponen. Una empleada de 26 años comenta que no lee el diario porque le “da como impresión (…) tipo en las manos. Además es como muy grande, como que no. De repente me abruma, prefiero que sea digital”. Un entrevistado de 30 años alegaba: “La edición en papel me aburre, online es más dinámico, rápido, y obviamente te estructura [la lectura] más”.
Muchos entrevistados que prefieren leer las noticias online enfatizan la facilidad del acceso, la interactividad, la variedad y las características multimedia que estas ofrecen, en contraposición al diario en papel. Una estudiante universitaria de 23 años mencionaba: “Me parece que internet también puede integrar cosas multimedia que en el diario no hay. Entonces prefiero justamente consumir por internet por eso de que hay más cantidad de información y más variedad. Me gusta esa mezcla. Y también me resulta más fácil de leer, más llevadero”.
El apego a las noticias impresas no parece ser hereditario. ¿Va a morir el diario con sus últimos lectores? En un contexto donde la mayoría de las investigaciones sobre la crisis del diario en papel se han focalizado en comprender la caída de la publicidad y los cambios en los modelos de negocios, los hallazgos de nuestra investigación evidencian que es necesario volver a las ya conocidas premisas de los estudios de recepción: qué hace la gente con los medios en su vida cotidiana, cómo se integra social y sensorialmente la tinta sobre el papel a sus rutinas individuales y familiares. El diario no hablaba de ti, pero nosotros seguimos hablando del diario.
 
*Coordinador del Centro de Estudios sobre Medios y Sociedad (MESO), **Directores del Centro del Estudios sobre Medios y Sociedad (MESO).
 

viernes, 31 de diciembre de 2021

FIN DE AÑO

 











Ahora que parece que el virus ha disminuido; ahora que podemos estar más juntos; ahora que en vez de la cepa delta podemos regocijarnos con la cepa Malbec y olvidarnos un poco de la Ómicron, (y de cualquier otra letra griega que aparezca); ahora que podremos brindar, ahora que podemos mirarnos cara a cara, ahora que cualquier cosa parece posible; es el tiempo de abrazarnos largamente, el tiempo de los proyectos, el tiempo de las realizaciones, teatro, cine, conciertos, lecturas de poemas, exposiciones de pintura, el tiempo del arte, de tomarnos unas vacaciones y estar -por ej- en contacto con el agua, uno de los elementos que nos constituyen; el tiempo, en fin, de la comunión entre todos los argentinos. 


Muchas gracias a los seguidores de la Biblio., gracias a los lectores y los que de vez en cuando se dan una vuelta por acá.

Feliz año nuevo!. Brindo por un nuevo año,donde podamos abrazarnos, besarnos y amarnos, como antes.Un buen comienzo de año. Salud!

Este blog entra en receso, los meses de enero y febrero, durante los cuales permanecerá inactivo, mientras tanto pueden leer o releer las entradas ya publicadas. Nos reencontramos en marzo. Un gran abrazo para todos.


Marcelo Leites

Imagen: Fotografía/pintura de Patricia Claro.




VIA CON ME



Paolo Conte (Asti, 1937), uno de los máximos referentes de la canción italiana. Cantante y compositor. Se ha dicho -por su voz carrasposa- que es el Tom Waits italiano, cosa que lo divierte mucho. Tiene, además, una banda de jazz.


 




 

jueves, 30 de diciembre de 2021

FÓSFOROS









Está oscuro cuando salgo
A la calle.
Pero luego él aparece
El que juega con fósforos
En mis sueños
 
Nunca vi
Su cara sus ojos.
 
Por qué siempre
Tengo que ser tan lento
Cuando los fósforos ya
Queman la punta de sus dedos.
 
Si es una casa
Solo alcanzo a dar un vistazo.
Si una mujer –
Apenas un beso
Antes de que las sombras converjan.
 
Podría estar cenando,
Haciendo una bola de nieve,
Esperando que el Papa en Roma
Me extraiga un diente
O corriendo desnudo
En un campo de batalla.
 
El de los fósforos
Sabe y no hablará.
 
Solo le gustan los juegos abandonados,
Las ciudades ilegibles,
Los grandes amores que se apagan
En un soplo.
 
 
(De Hotel insomnio,
Zindo & Gafuri, 2017
 
Charles Simic (Belgrado, Yugoslavia, 1938-En 1953 emigra a E.E.U.U.)
 
(Traducción: María Negroni y Federico Barea)
 
Matches
 
Very dark ehen I step
On the street,
But then he shows up
The one who playds with matches
In my dreams.
 
I have never seen
his face his eyes.
Why do I always
Have to be so slow
And the matches already
Down to his fingertips.
 
If it’s a house
Time only for a glimpse.
If a woman-
Just a single kiss
Before the shadow converge.
 
I could be dining.
Making a snowball
Having my teeth pulled
By thePope in Rome
Or running naked
Over a battlefield.
 
The one with matches
Knows and won't say.
 
He likes only abandoned games
Illegible cities,
Great loves that go out
In a puff.
 
 

martes, 28 de diciembre de 2021

ÁLBUM

 









ÁNGELES
 
Donde estaba el impulso
ahora hay una cuchara.
 
Donde estaba la taza
hay un círculo negro.
 
Donde estaba el verano
quedan miga y harina.
 
Donde va el adjetivo
hay un círculo negro.
 
 
 
 CANCIÓN DE CUNA
 
La mamadera no te sirve.
 
Te ofrezco una pipeta, un bol de leche tibia
y le vas dando hasta que puede al fin
sorber las gotas.
 
Lo siguiente es ubicarla en el lugar más cálido,
entre tu pecho y tu clavícula.
 
De a poco se duerme, tenés que mecerla,
si se despierta hace un chirrido
insoportable.
 
Afuera el viento mueve los álamos
como para entretenerte
o darte en qué pensar el rato que esté quieta.
 
Poseída por tu insomnio materno,
olés con ternura a una cría de zorrino.
 
 
 
LA VIDA ES SUEÑO
 
Llegamos de a poco a reunirnos ante el nicho,
un mausoleo prestado.
 
Quién hubiese creído que iba a ser necesario
erigir un lugar de reposo
(la obra está en proceso, le quedan tres vacantes);
 
es como cuando
una pareja joven alquila su cochera.
 
Y de a poco los otros empiezan a irse,
es como si los palcos y plateas,
los asientos delanteros
se desintegraran y ante la escena desnuda,
el escenario vacío, el drama,
solo quedásemos mi hermano y yo.
 
Como la puerta de una heladera
cierran el nicho ante nosotros.
 
Mi hermano dice cómo puede ser,
cómo puede terminar la vida ahí.
 
De a poco nos vamos también.
 
El gozne del portón del camposanto
gruñó a nuestras espaldas.
 
Las cadenas, el candado se cerró.
Ya está. Se terminó.
Miramos para atrás.
Nadie nos sigue.
 
 

ACACIA NEGRA
 
Las ramas desnudas de los árboles
de fines del invierno
son las ramas desnudas de los árboles de siempre.
 
Las hojas a sus pies son las escamas secas,
la yarará que se renueva en una historia
de las cosas que mueren, de los ciervos que escapan.
 
Mirá, Orion el cazador cubrió
con nubes tenues las estrellas de su cinto.
Después mandó a cavar seis pozos
para los árboles que van a titilar entre la nebulosa.
 
Los álamos, la hiedra trepadora y una ofrenda
de romero se van a levantar al lado
de los árboles de siempre, las ramas desnudas,
las hojas a sus pies escamas irisadas del invierno.
 
Pero en mi corazón, mirá, la acacia negra,
la pareja de patos en la Hoya de los Buitres,
la niebla sobre el agua preocupada
y en la noche de ayer el oscuro arcoiris,
relámpagos entre la sombra,
las ramas desnudas de los árboles de siempre.
 (Del libro Álbum,
Caleta Olivia, 2021)
 Nahuel Lardies


 
Nahuel Lardies. Nació en 1987, en Floresta, Capital Federal, pero vivió sus primeros dieciocho años en Neuquén. Participó como prologuista de “La belleza mortal”, una antología del poeta inglés Gerard Manley Hopkins, editada en Argentina por Audisea y en Méxixo por la Universidad Autónoma de Nueva León. Es editor de la revista “Hablar de poesía”, desde el Nro.36. Álbum es su primer libro de poemas.
 
 
 


domingo, 26 de diciembre de 2021

MIGRACIONES


 










Fragmentos


SHAJARIT
 
Una gaviota aletea en el cemento
Luz fría en las habitaciones recién pintadas
                                                            Huellas de fotos
Mis muertos son tan reales como yo. Les hablo en ruso y en yiddish. Casi me he olvidado del español. ¿Qué son las palabras? Sigo confusa, sigo viva. Como antes, cuestiono mis días. Soy la que era. La muchacha que lloraba abrazada a su madre muerta sigue llorando dentro de mí
 
Queda un manojo de flores en un vaso de agua
La oscuridad de los armarios, la ropa impecable, las baldosas pulidas
Los espejos están colgados alto para verse apenas la cara
Cada objeto está en su lugar. Camino en las orillas
Ya no tengo prisa
Anochece. No me canso y barro una y otra vez
El polvo se enrosca como un animal
 
                                              ¿Y hacia dónde avanzo con el pie sobre el corazón?
 
 
 
 
 
Estoy en el mismo lugar. El mismo lugar donde todo comenzó
Donde se comienza. Donde todo comienza
Ya casi en el olvido la misma cara entre las manos
Ella la misma muchacha aunque apenas si todavía una muchacha
 
Abro las persianas, cierro las persianas. Se pone la mesa
Se limpia la mesa
Enciendo las luces. Apago. Doblo la ropa, desdoblo, doblo
El mismo polvo, la misma estación seca y larga
Los frascos vacíos y vueltos a llenar por si tú vienes
Todo está en orden
Todo en orden siempre por si un día quieres venir
Cualquier día, cualquier otro día. Te espero
Caen las hojas, cae el viento
Caigo
 
Arrúllame
              Envuélveme
 
 
TRENO
 
 
estoy en tu silencio
en este tu olvido —que es el mío
 
como un sol el cuerpo se arrodilla
                                        y se hunde
 
estoy ahí en lo quieto
en ese tu fluir quietismo
                            en esa tu luz
 
 Del Libro: “Migraciones”, Fondo
de Cultura Económica, 1991.P

 Gloria Gervitz


 
Gloria Gervitz. Nació en la Ciudad de México, en 1943. Poeta y traductora. Estudió Historia del arte en la Universidad Iberoamericana. Podría decirse que su obra consta de un solo poema largo, Migraciones, que ha ido escribiendo desde los veintiseis años. Para la publicación parcial de su obra recibió el apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las artes (México). Fragmentos de Migraciones se han traducido a ocho idiomas. En 2019 recibió el Premio Iberoamericano Pablo Neruda, que entrega anualmente el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile.




viernes, 24 de diciembre de 2021

NAVIDAD


 










Jesús, el dulce, viene...
Las noches huelen a romero...
¡Oh, qué pureza tiene
la luna en el sendero!

Palacios, catedrales,
tienden la luz de sus cristales
insomnes en la sombra dura y fría...
Mas la celeste melodía
suena fuera...
Celeste primavera
que la nieve, al pasar, blanda, deshace,
y deja atrás eterna calma...

¡Señor del cielo, nace
esta vez en mi alma!

 

Juan Ramón Jinénez (Moguer, España, 1881 -San Juan, Puerto Rico, 1958)




A CAPRI