Los machos no pican
Publicado en El diario de Paraná, abril de 2012.
Estaba en el patio de casa tomando fresco y un mosquito se posó sobre mi antebrazo. Una estrategia que desarrollé hace muchos años es la de dejar que el mosquito me pique y, una vez que me pincha y queda inmovilizado unos segundos, lo aplasto con un manotazo. Estaba por dar ese manotazo cuando escucho una voz apenas audible que me dice pará pará pará pará pará pará... I’ensé que la voz estaba dentro de mí. A veces logro escuchar mensajes que me da la imaginación, pero no, en este caso, la voz provenía del mosquito. Que ahora, en lugar de pretender chuparme la sangre, estaba con las alas sobre la cabeza escondiéndola entre los hombros, atajándose de mi mano suspendida en el aire.
Yo no sabía que podía hablar con los animales, mucho menos con los insectos, no sé, los insectos me parecen más alejados de los humanos que otras especies. Tal vez era el mosquito el que tenía la facultad de comunicarse conmigo. Tampoco somos el ombligo del mundo.
-¿Me hablaste? -le pregunté.
-Sí, sí, fui yo, por favor, no me aplastes-Ahora había desplegado las alas y asomaba la cabeza como una tortuga, mirándome a los ojos (aunque esto último no puedo precisarlo).
-Sí, ok -le dije levantando la mano- pero convengamos que querías chuparme la sangre.
-Sí, sí, tenés razón, es verdad -el volumen de su voz era muy bajo y el tono bastante agudo (qué podemos pretender de una caja de resonancia tan pequeña, pensé), pero sonaba amable-disculpame, pero de eso vivo.
Quise explicarle que entre los humanos está muy mal vivir de la sangre de otros, que es una metáfora de la explotación del hombre por el hombre, pero dudé en que un insecto pudiera entender de plusvalía o a Hobbes, quizás su vida era un eterno y envidiable aquí y ahora.
-Sí, eso puedo entenderlo, porque entre los humanos también hacemos cosas propias de nuestra naturaleza que pueden causar daño.
Por suerte no pidió ejemplos.
-¿Y se reprochan esas conductas? ¿Se dan manotazos? -preguntó.
Se notaba que era un mosquito poco observador, o la capacidad de su cerebro no alcanzaba para almacenar muchos datos y relacionarlos.
-Sí, claro, hay reproches, manotazos, revoluciones. La naturaleza no es un paraíso en sí, querido amigo -lo sentí muy cercano.
-Amiga -corrigió-, los machos no pican.
-Ah, ¿sos hembra?
El cambio de género me alteró un poco, como si invitara a expresarme de otra manera.
-Sí -dijo- igual podemos ser amigos ¿verdad?
Era evidente que quería evitar que la asesinara, ya no podía a partir de ahí llamarla "mosquito". Empecé a llamarla "ella", porque no
sabía u nombre y no quería o no sabía si preguntar. Además, mosquita, me suena a mosquita muerta.
-Claro, pero por lo que sé ustedes no viven mucho tiempo...
-Ah, vivimos lo necesario.
Ella tomó la posición de loto con sus cuatro patas traseras plegadas, mientras que las delanteras caían como brazos sobre los muslos y las alas, flácidas, transparentes, se apoyaban alrededor del cuerpo como si fuera una capa y me hacía cosquillas en el antebrazo.
-¿Pero no sabes cuánto viven en días humanos?
-No, no es algo que me preocupe.
-Y qué te preocupa.
-El equilibrio del Universo, eso de que si matás un mosquito en Concordia, puede haber un terremoto en Tokio.
Era razonable... algo había leído de eso, pero en el ejemplo usaban una mariposa. ¿Qué diferencia habría?
-Tengo que confesarte que pensaba matarte antes de que me picaras, conozco gente que deja picarse para luego ver cómo estalla la sangre, a mí no me da para tanto.
-Percibí que eras otro tipo de persona.
-Gracias.
Mi vanidad es bastante lábil al halago. Seguimos conversando sobre otras cuestiones como los repelentes de moda, pero ya oscurecía y yo debía ir a preparar la cena, mientras que ella tenía que desovar y para eso necesitaba mi sangre.
Una picadura de mosquito no mata a nadie, es verdad, es un simple pinchazo más suave que el de una inyección y los seres humanos no debemos ser tan egoístas. Cerré los ojos y dejé que lo hiciera. Una vez que se sació, sin decir ni gracias, remontó un vuelo pesado con mi gota en el vientre. Imaginé que era un vuelo denso y feliz. Después, me quedé pensando en si no había sido muy débil de carácter: alguien a quien un par de razones en labios de una hembra lo convencen demasiado pronto.
El amigo invisible
Publicado en Rosario/12, febrero 1992.
Mi mente ya estaba planeando
miles de cosas maravillosas y extra-
vagantes que ahora podría realizar
con total impunidad.
H.G. Wells
Tengo un amigo que se llama Petrovich. Fuimos compañeros en la primaria. Petrovich siempre fue un tipo raro, de esos que sabían dos hojas más de las que tenía el libro y le gustaba hacer inventos. Un día inventó una maquinita para sacarle la piel a los salames y fue célebre su escarbadientes de puntas ajustable.
Lo volví a encontrar después de muchos años en la peatonal Córdoba después de muchos años. Él enseguida me reconoció porque además, es de esos tipos que a pesar de tener tantas cosas en la cabeza se acuerdan de la gente. Intercambiamos algunos datos sobre nuestros destinos. Le conté que yo estaba trabajando de cajero en el Banco Provincial de Santa Fe, que me había casado, que tenía dos pibes hermosos pero que comían como termitas. Cuando le pregunté por él, contó que estaba soltero y que seguía con los inventos. Quería ser invisible.
Imaginé que Petrovich de tanto hacer funcionar la cabeza se había pasado de vueltas. Nunca había sido muy cuerdo, pero ocurrírsele ser invisible... Le seguí la corriente porque quien más quien menos todos tenemos algo que ajustar. Entonces me explicó lo de la integración y desintegración molecular. Por supuesto que después de un día de haberle pagado a quinientos jubilados mi cerebro no estaba en condiciones de entender nada.
Nos dimos nuestras direcciones con la promesa de visitarnos. Él quería conocer a mi familia y al despedirse volvió a decirme que se alegraba de verme.
Tomé el ómnibus. Este Petrovich, pensé, acordándome de la vez que nos enseñó a hacer cerbatanas que tiraban dardos cargados de pequeñas dosis de cianuro, que él extraía de pepitas de durazno. Cuando nuestros padres se enteraron de su invento, se lo quisieron comer al pobre Petrovich, que no tenía palabras para explicar que todo era inocuo.
Pasaron varios días. Un domingo estaba en casa mirando tevé y tocaron a la puerta. Abrí. No había nadie, pero una voz me dijo:Soy yo, Petrovich.Al principio me asusté, miré para arriba, y dije: Dejáte de joder ruso, bajate. Estoy acá, a tu derecha, no me ves porque soy invisible, lo logré, ¿entendés? Sentí que alguien me abrazaba.
Era indudable, Petrovich se había vuelto invisible. Por favor,le dije, no te quedes afuera, pasá. Llamé a mi mujer, que en ese momento estaba renegando con el más chico porque se había hecho encima. No sabía si mi amigo había entrado, ni cómo iba a presentarlo. Mi mujer vino secándose las manos y me preguntó de mal humor qué pasaba. Quiero presentarte a mi amigo, le dije emocionado, el inventor ese del que te hablé el otro día. ¿Y?, dónde está –preguntó ella. No lo vas a ver, te acordás que te conté que estaba trabajando para hacerse invisible.Sí, me acuerdo.–Bueno, está acá. Hablá, Petrovich, hablá para que te conozcan. Petrovich no dijo nada. Dale ruso, hablá.Mi mujer me miraba como si yo estuviera loco y empezó a menear para todos lados la cabeza, pensando en una broma.Rodolfo, no estoy para bromas, haceme el favor, levantá la mesa que yo termino con el nene. Pero no, pará,le dije, a lo mejor se quedó afuera.Abrí la puerta. Llamé varias veces
a mi amigo. Petrovich, Petrovich –grité.
Algunos vecinos que se acuestan temprano me pidieron con insultos que me callara. Empecé a buscar explicaciones. Caminé varias cuadras sin saber a dónde y volví a casa. Terminé de ver el programa que había empezado y me fui a la cama. Estaba intranquilo, no entendía. Mi mujer ya dormía. Para sacarme las posibles alucinaciones de encima y de paso disculparme, intenté con caricias empezar a hacer el amor. Ella se negó. Entredormida preguntó qué me pasaba esa noche. Nunca había estado tan potente.
(Del libro homónimo,
Caburé,Bs.As.,2026,
Obsequio del autor)
Fernando Belottini
Fernando Belottini. Narrador, dramaturgo y poeta argentino, nació en San Jorge (Santa Fe) en enero de 1962, pasó su infancia en María Susana (Santa Fe), su adolescencia en Las Parejas (Santa Fe) y trató, con variada suerte, de hacerse adulto en Rosario (Santa Fe), luego vivió en Córdoba y desde abril de 2000 reside en Concordia (Entre Ríos). Es Contador y trabaja para una empresa que elabora jugos concentrados de cítricos. Es autor de la novela: "La venganza del pulga" (Ápeiron, Edic.,España,2023), de la obra teatral "Una imaginación que no alcanza" (Trópico sur ed.,Uruguay, 2016); de los relatos de "Astucias que por sutiles se aniquilan a sí mismas" (No muerden, Rosario, 1990); de los cuentos de "Textos sin destino"(Editorial de Entre Ríos, Premio Fray Mocho,2010) y "El trigal maduro" (Tropico Sur Ed., Uruguay,2013); asimismo es autor de reseñas de obras teatrales y como tal, ha publicado un libro en colaboración con el fotógrafo Omar Lagraña: "Lo que vimos" (Dunken, 2025). Ha sido distinguido con numerosos premios.
Pueden LEER sus POEMAS en esta Biblio.: Fernando
Pueden visitar su página Casi todo .
IMAGEN: Perfil del face del autor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario