sábado, 13 de julio de 2013

El foso

















Respiré por última vez el aroma de los eucaliptos 
y pasé bajo el arco donde estaba escrito: Aquí termina 
     el mundo.
¿Dónde estamos? —preguntó el niño que todavía no 
     había nacido.
En ninguna parte —contestó el hombre que ya había 
     muerto.
Y señalando en el medio del campo un inmenso foso
agregó: Todos saldrán por ese mismo lugar.
¿Dónde estamos? —preguntó el hombre escondiendo los
ojos en el bolsillo de la chaqueta. 
En ninguna parte —contestó la mujer plegando su
     cabellera como un mantel. 
En ese momento el viento cambió de dirección 
y sentí por primera vez el olor de la nada. 
Y ese olor nos atormentó durante el resto de la jornada,
     y la jornada siguiente,
y todas las que siguieron hasta el fin de nuestros días. 
¿Dónde estamos? —preguntó el hijo templando las
     cuerdas de las alambradas. 
En ninguna parte —contestó el padre pasando una
     esponja sobre los árboles. 
Pero los veteranos, encendiendo fogatas, se ponían a
     cantar
y todo parecía un alegre campamento de verano. 
¿Dónde estamos? —preguntó el muchacho con el cordero
     sobre los hombros.
En ninguna parte —contestó la muchacha con el ramo de
     nomeolvides en el pelo. 
¿Cómo podíamos cantar mirando día y noche el negro
     foso?
Un día, sin embargo, el aire amaneció fragante; 
olía a almidón, a cabello de mujer recién lavado, 
acaso porque ese día ella descendió por el negro foso, 
¿Dónde estamos? —preguntó el niño con el rayo de sol
     entre los dientes. 
En ninguna parte —contestó el anciano revolviendo el
     caldo negro de la memoria. 
Ese día, en cuclillas junto al fuego, empezamos a
     cantar.
Cantábamos bajo las duchas de la luna llena, 
cantábamos pelando papas infinitamente oscuras, 
cantábamos separando la uña de la carne. 
Aun el último día entre los vivos cantamos. 
En fila india, con el clavel de los mansos en el corazón, 
caminamos lentamente hasta el borde del pozo. 
¿Dónde estamos? —preguntó la niña que dormía con el
     ave fénix en sus brazos. 
En ninguna parte —contestó la madre con el balde de
     olvido sobre la cabeza.
Así, tomados de la mano, esperamos el amanecer 
y bajamos cantando a la eternidad.



Horacio Castillo


Horacio Castillo (Ensenada, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1934 – La Plata 5 de julio de 2010 ). Poeta que utiliza el imaginario clásico griego y latino en su escritura. Acude con frecuencia a las figuras del mito, la historia o la leyenda. Su labor poética goza de un prestigio seguro pero casi secreto entre un número exiguo de lectores y críticos. Recibió premios nacionales: Premio de la Subsecretaría de Cultura de la Nación en 1972; Premio Nacional-Región Buenos Aires- 1978; Primer Premio Fondo Nacional de las Artes por traducción literaria en 1988; Premio Conex-Diploma al Mérito en 1993; Premio Municipal de la Municipalidad de La Plata,1995. El año último fue designado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de La Plata. Además, ha sido distinguido como Miembro Correspondiente de la Real Academia Española y en lo que respecta a nuestro país, es Académico Correspondiente de la Academia Argentina de Letras desde 1991. Castillo realiza una importante tarea como traductor de poesía griega: Epigramas de Calímaco (1979); Poemas de Odisseas Elytis (1982); María la Nube de O. Elytis (1986, en colaboración); Romiosini, de Yannis Ritsos (1988); Poesía griega moderna (1997); Seis poetas griegos: Poesía de Takis Varbitsiotis (2001). Sus libros de poesía son: Descripción (1971); Materia acre (1974); Tuerto Rey (1982); Alaska (1993); La casa del ahorcado (1999); Los gatos de la Acrópolis (1998); Cendra (2000).