domingo, 30 de noviembre de 2014

PELIGROSA HORIZONTAL



















Hilos suaves recorren mi cuerpo
mi mente grita
no quiero
me arrastran
doy vuelta
me agarran el pelo
caigo
los escalones dan contra mi espalda
me arrastran
me atan
no puedo escapar

manos inmóviles
la cabeza tambaleando
en la almohada
desespero
el grito no sale
todo se vuelve gris

me duermo.




Mujeres de blanco amarillento me quieren llevar
mis ojos se cierran
me duermo con la boca seca
sabor a pastillas de colores
brazos morados
en el piso: un hilo
respiración quieta
duermo.



despierto
abro los ojos
ya no estoy
ahí
el mundo de los cuerdos

entro y salgo
una y otra vez
las marcas no desaparecen
mi otro yo duerme

–Shhh

despejo

todo es exacto
la forma redonda
los radios iguales



Hilo rojo que brota
ver cómo se rompe
no me asusta

me asusta
saber adentro
por debajo
detrás de la piel

sangre

carne

huesos


estoy YO
escondida


vos cortaste



se escapó por el tajo
el dolor.





Soy peligrosa de manera horizontal

quiebro

la columna no puede sostenerme
vértebras atadas con hilitos dorados
se amontonan sobre la piel
otra piel vuelve
mis sombras se visten de azul
para verte nacer

en el útero
un laberinto cubierto de alfileres te nombra
y lo que fue
figura llena de líneas
sin puntos
se hunde
dándole lugar a la muerte.




No me interesa estar viva
sigo muerta
solo es un trámite
dejar de respirar.



Ayer eras
hoy fuiste
solo es un tiempo verbal.




alguien dijo alguna vez
que hay pastillas
para ser feliz



desde los cimientos
golpean las olas
intentan derribar este frágil castillo:
sostengo la mirada



creciste dentro
como una raíz
un brote
acaparaste mi cuerpo
árbol de locura



partime
par ti me
mi cuerpo es mío
te lo había prestado
ahora quiero
que lo uses a tu antojo


¿manipularlo?
también si querés


te dije que lo usaras
porque una parte me molesta
la necesito fuera
cerca tuyo


la parte que te doy
no te va a vigilar
no tiene ojos
los ojos me los quedo yo
para volverte a ver


de eso hablo
cuando las piernas
tiemblan
y late el cuerpo




me minimizo
me hago chiquitita para que me quieras
me arrodillo en el piso
con ojos de quiero todo el mundo en mi pecho
espero algo
y me confundo


 ¡no esperes!
sos un cuerpo
que se rompe


sin embargo quiebro y pego
para que no duela
esperar
nunca esperé
nunca quise nada


hoy sí


verbotrágica
atada a la violencia
única
habitada en mí
como un parásito
mi cuerpo por las noches brota




morí de locura
de silencios
de sombra
morí de vida



era como si me tocara pero no
como si no quisiera pero sí
como poner un límite que no existe
revolvernos en la noche
como tener un pedazo de tu boca en la mía
como si me acariciaras desnuda pero estaba vestida
como si jugáramos a que no nos conocíamos
como inventar una película para sentir
como esconderme de tu lengua pero aferrarme a tu lengua
no quería que entraras en mi cuerpo
pero estabas
ese espasmo que latía
era como si no pasara nada
pero pasaba todo



(si pudiera encontrarte
entre mis hojas
sería feliz para siempre)



Lorena García




Lorena García (Buenos Aires, 1981). Estudia la carrera de Contador Público en la Universidad Nacional de Luján y asiste al taller de literatura Siempre de Viaje. Ha leído en diversos ciclos literarios, como Letras Combinadas, Viajera Visita, Arte insurgente, Poesía & Rock, en el Festival de literatura en Córdoba y otros, participo en lecturas en la Feria del libro del 2012 y 2013. En el 2011 Publicó un libro de poemas Espasmo Perfecto. Los poemas que publicamos pertencen a su segundo libro Peligrosa Horizonta, editado por Viajera editorial, en 2014.





viernes, 28 de noviembre de 2014

LOCA




















Me han llamado loca
la loca de la luciérnaga en la lengua

Me tiran lluvia en tejados transparentes
piedras de  pintados  suplicios 

Lavan mi rostro con sables
me arrojan los trapos, la mierda 
mis piernas se recogen
las  voces  ahogan mis pulmones

La loca de la luciérnaga en la lengua
tiene algo que contarles:
Se han pronunciado los remiendos de los callos
parapetos de las uñas cortadas por la mitad

Los Puños en las tráqueas
son los amantes de mi morfina
pero ni los codos del  odio
vacilan en mi garganta
lejanos están ellos
con sus decanas máscaras
que se oxidan en los venenos del día



FURIA DE POETAS

El poeta añora lejos
la distancia ahogada.
No la quiere en sus orillas,
bufón de sus zapatos
destino con aromas de sal.
En su hoguera
echa patas de cangrejo con su nombre
y repite dulcemente:
chupasangre,
insidiosa mujer que pintas en tu vocablo
el balcón de los pesares
sirenuda, ojalá un aromascuezo
te aromatice con girasoles
te lleve lejos,
goce maldito de los ojos

Con una lágrima de venas
su furia poética entrega
abraza sus fluidos caídos
con guantes empuñados
El poeta le escribe ensoñado
embriagado en su gritos,
en una hiena de ríos en su garganta,
con su sombrilla de tristes aguijones
sentado en su silla cubierta de ojos
Ella no estará para sus hombros
su sangre seducida
suicida



AYER 

Recordé
que hasta una cerveza partida
me estruja con ojos asombrados
la frente

El brandy remueve mis pies
como saliva dolida de este vino
baldosa tan blanca
llena de sangre helada
que como piel usas

Juega tus lágrimas rojas
en mi camisa pegadita,
mi pantalón brillante
y en mi pañoleta de dije

Vino...
has hecho una papa con mis dientes,
un vinilo espeso en las paredes
asustados en papelitos

sangrante....
me rascan los zancudos por predicción

Recordé que esperaba
cada cual,
mentiras en el camino,
recordé que no debía mencionar mis desdenes

Recordé al final
en una cachetada que despierta
que no era su estela la mayor penumbra
ni su sacrificio

Recordé en mariachis escondidos
todo aquello que pisé tantas veces

(Del libro: "Un licor del meu",
en proceso de escritura)


Sofía Rodríguez García (Bucaramanga, Colombia, 1976)








miércoles, 26 de noviembre de 2014

EL CAUTIVO















HE AQUÍ YA LA POESÍA

Un herrero de Sevilla
regaló a mi padre
una guitarra y le habló de
la desgracia
como el caso de una huérfana
maldita que aunque nunca
tuvo padres ha parido
muchos hijos: he aquí ya la poesía.

El dolor y la esperanza
se retoñan
en el fuego y en el agua, revolver
la yerba en una lata
para ir sorbiendo el tiempo
en un campo de tristezas
y trigales.

Necesito muchas cosas
que jamás voy a tener pero
un hombre
nunca es pobre si es valiente
ni tampoco
si es hermosa, la mujer.

Un fogón que hace crujir
a los chañares, un caballo que galopa
la llanura: poesía: pajonales.

Con las gotas deliciosas
refrescándome
los labios me despierta,
qué dulzura, la llovizna,
pero luego otra visita puede ser
la fiera hambrienta,
o un concierto de avestruces,
o una gran melancolía.

Esos ruidos
que uno siente sin saber
de dónde vienen son
el eco
de los cantos de las grandes
soledades: he aquí ya
la poesía:
las mentiras: las verdades.



DESCUBRIR UN ARROYUELO

¿Para qué escaparse
amigo, y hacia dónde?

Nada falta en el desierto,
el pasado sólo ocupa
algún trébol que yo elija,
tres estrellas
muy pequeñas, rama noble
que crepita en el fogón.

Lo demás no es más
que yerba:
carne: yuyos:
la serpiente: descubrir
un arroyuelo
como quien dice un amor.



-LA BELLEZA: LA BARBARIE-

Baila en medio de la selva
que depuras
la belleza: la barbarie.

He venido a verte,
necesito lastimarme.

Se te ha soltado
un pecho: el pezón
es una flecha
que has lanzado sin pudor a
la belleza: la barbarie.

Se acabó la
hipocresía: necesitas
con urgencia
en el medio de la selva
estar desnuda.

Somos una misma
masa maldecida
de la virginal belleza:
la barbarie: honorables
miembros de
ancestral orgía.



EL MILAGRO

No hay
más santo que
la
muerte
ni mirada más
profunda
que sus dos
vacíos ojos.


Una vez mi
madre dijo: sabe,
Antonio:
la bondad es tan
extraña
que ejercerla
sin codicia basta
para que los
hombres, aunque
andes con
bandidos, te
conviertan en
un santo: pero antes
es preciso que
uno tenga
que morirse, a la
espera del
cuchillo, de los
pies colgado.

Yo le digo a
mi verdugo: tú
me matas
pero luego yo
te salvo: la justicia,
amigo mío,
es lo mismo que
el milagro.



-COMO SI ESTUVIERA MUERTO-

Siempre solo en el desierto
galopando
galopando
como si estuviera muerto.

Allá voy,
¿alguien hay que a mí me vea?

Este campo peligroso:
este campo incierto:
galopando
galopando
siempre solo en el desierto.

¿Dónde voy? ¿Qué me espera?

¿Dónde hay una frontera
que no sea
este campo peligroso
este campo incierto
galopando
siempre solo
como si estuviera muerto?



Alejandro Marzioni



Alejandro Marzioni nació en Buenos Aires en 1980. Es poeta y además profesor y licenciado en Letras. Se puede decir que vive en Buenos Aires aunque suele andar perdido por distintas partes del mundo. Escribió varios poemarios que va publicando por internet en el siguiente sitio: http://alejandromarzionipoemas.blogspot.com.ar/. En papel, todavía es inédito.




lunes, 24 de noviembre de 2014

VOS AHORA VOZ



















paradojas

el amor come palabras
termina siempre antes 
de digerirlas por completo

las palabras comen amor
lo digieren por completo
y no terminan nunca



círculo

después del amor viene
la negociación
después de la negociación
la crisis

entre crisis 
y negociación 
vienen 
los años
y con los años
una creencia 
el amor es
acumulativo



que te quedes
quiero
cuando no estás

que te vayas 
cuando volvés



preparo la cena

riña doméstica si las hay
la de escucharte 
hablarme fuerte
mientras cocino
sin romper los platos
ni tirar nada
picar las respuestas
con la cebolla
el morrón
el ajo
la verdad que no hacía falta
trozar así ese pollo


más tarde 
dormiremos juntos
me vas a abrazar
voy a abrazarte
haremos 
más que eso
mentiremos 
que hacerlo
con esa energía
significa 
mucho



estoico

cicatricé 
miro el dolor sin miedo
a veces froto la marca que quedó
en cada unión de mis partes rotas
porque recuerdo y ya
soy una persona 
exageradamente entera
nunca ando sin mi dolor
sin mis cicatrices
sin mi predisposición para sentir
sin mi infierno y sin
mi cielo
eso sí
no me pidan que no cante
aunque mi voz sea horrible

para c.



entre tu corazón y el mío hay
un simple paso y
la duda de
si ese paso es
suficiente



viste que hay personas
que tienen el corazón como un hogar
que aún sin creer en la palabra 
hogar
ese corazón te gusta

bueno
eso
así de simple



Franco Rivero



Franco Eduardo Rivero. Nació en Corrientes, en 1981. Es Profesor de Lengua y Literatura, Licenciado en Letras –Universidad Nacional del Noroeste– y Doctorando en Semiótica, por la Universidad Nacional de Córdoba. Ejerce la docencia en el Chaco y colabora con publicaciones de Argentina. En poesía publicó “Situación desbridamiento”, Edición Ananga Ranga, Colección LSD –Letras Sin Descarte- (2010) y forma parte de las antologías “Ida y Vuelta”, poesía contemporánea de Chaco y Corrientes (2007); “Cuentos Inéditos, Profesora Adriana Rendo”, Publicación de Norte y UNITAN, (2008), “Poesía Chaqueña: entre la tradición y la vanguardia”, Imprenta Kram, Chaco (2009), y “De Cuentaderas, carpeta de antologías 2014”, El Juntadero, Córdoba. Su segundo poemario vos ahora voz fue publicado recientemente por Editorial Deacá de Villa Mercedes, San Luis.Ud no viaja asegurado es un poemario inédito de pronta aparición.




sábado, 22 de noviembre de 2014

LOS HOMBRES SE QUEDAN AL BORDE DE LAS MUJERES QUE DESEAN















Al otro lado del vestíbulo hay una mujer insomne y un televisor encendido.
No sé por qué pienso en una mujer, en una película blanco y negro. 
Será que a las cuatro de la mañana una ve su propia sombra. 
Me quedaré un rato aquí, con la puerta abierta. 
Me destejo el pelo. 
Me había dormido. 
Apenas escuché tu voz busqué la ropa y dije "está todo bien".
Era como una plegaria. Yo rezo. ¿Sabés? La voz me sostiene cuando siento el vacío.
Cada vez que subo y miro hacia abajo, aparece el vértigo.
Ese punto que no distingo me llama como una sirena desde el fondo del océano.
Veo su pelo abierto en la corriente, sus senos cargados con gotas de agua.
Pero no.
Debo levantarme. Debo irme. Aquí sigo.
Cuando me conociste, tenía el pelo mojado. Estaba desnuda, pensando en otra cosa. 
Ibas a cruzar el mar pero prometiste que volverías. No te lo pedí. Lo hiciste, de todos modos.
Un día te dije que la casa parecía desierta, como si recién hubieras mudado tus cosas.
 “Es la idea", escuché.
Entonces sí levanté los ojos. 
Nos reímos, felices.
Como quienes no tienen nada y toman un terreno cuyos bordes señalan con palos.
Ahí jugábamos.
Abría las piernas.
Si alguien preguntaba, hubiese dicho “la reina soy yo”.
Fui entendiendo los modales de tu piel.
Podíamos acabar con solo mirarnos. 
Estaba atenta a vos y a la vez, absorta en mí. 
Como ahora, que caigo exhausta.
Me abrazás para que la oscuridad no duela. 
Esta vez podemos hundirnos y desaparecer en el mar. 
Juego con tus llaves. 
Las voces al otro lado son cada vez más audibles. Es el silencio, que todo lo eleva.
Cierro la puerta. 
Me calzo los zapatos. 
Cepillo el pelo con los dedos, otra vez. 
Sé que estoy hermosa.
Creo que me iré a casa. 


LA PALMA DE NUESTRAS MANOS

Qué cosa las mujeres. Con nuestras vidas intensas, luminosas, difíciles.
Vamos por la vida abrazadas a otras, que nos llevan para no caer.
Vamos por la vida sosteniendo a las que hoy no pueden para que mañana sí.
Reímos y nos besamos en la calle porque no necesitamos explicar nada.
Qué bellas que somos.
Escuchándonos por horas en bares y pizzerías
mientras los hombres solitarios nos miran
y se hacen los desentendidos
porque estos fulgores, estos chispazos los desconciertan.
Saben los hombres mantener distancia,
venir a nuestro encuentro sólo cuando sienten que ya no molestan.
Hablamos mal de nosotras, las mujeres.
Nos creemos poca cosa cuando nos miramos en el espejo.
Hablamos bien de nosotras.
Tomamos los micrófonos, las calles, las iglesias, los juzgados.
Arrojamos todos los papeles que sobran por las ventanas.
Salimos en bicicleta por la ciudad, en taxis, en autos que echa fuego
para socorrernos para protegernos de la desdicha
como talismanes.
Nos contamos secretos escondidos en los astros
porque los astros llevan nuestro nombre.
Abortamos, las mujeres.
Nos desnudamos.
Tenemos hijos y desafiamos el desconcierto.
Hacemos de nuestros cuerpos el territorio de todas las batallas.
Dejamos amores y nos dejan.
Así vamos armando una trama invisible.
Nosotras somos mejores cuando aceptamos dejar las cenizas en el viento
Somos nuevas cada vez que ponemos la palma de nuestra mano
Sobre la tierra y escuchamos su latido milenario y decimos
“aquí dejo mi historia para que otra se la lleve”
Y nos vamos y seguimos, cantando.


AMY

Amy iba al laundry de vez en cuando.
Laundry, lavadero, lavandería.
Camino por Camden Square pensando cuál es la palabra adecuada
para un poema que quiera contar esto.
Ella sale por esa puerta de rejas.
Los árboles de enfrente no son aún santuario cubierto de flores secas
y nombres en los troncos como arañazos.
Son apenas árboles anónimos en una plaza
donde las chicas trotan.
Como esta africana que ya pasa por segunda vez.
Amy se cruza con americanas, orientales, indias,
que son el corazón verdadero de este barrio con música en los pubs.
Lleva sus sábanas al laundry, 
las mete en una máquina,
se sienta,
ve la espuma hacer su trabajo.
No tiene nada mejor que hacer.
Hojea una revista.
Está acostumbrada a ver sus fotos en todos lados.
Muchas paredes tienen su cara dibujada
como un sudario,
una sábana con rastros de humo negro
donde quedan impresas sus huellas.
En todos los dibujos
 siempre mira fijo y tiene las piernas desnudas.
Amy se mira las piernas.
Pasa la chica africana una vez más.
Sus piernas son fuertes y las de Amy parecen
a punto de quebrarse.
Amy siente que su piel es transparente,
que podría disgregarse como la espuma.
No está segura de seguir acá.


Ivana Romero




Ivana Romero. Nació en Firmat, provincia de Santa Fe, en 1976. Es Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Rosario y Magister en Periodismo por la Universidad de San Andrés. Vive en Buenos Aires desde 2007 y trabaja en la sección cultural de diario Tiempo Argentino. Textos suyos fueron incluidos en diversas antologías, entre ellas De la sombra a la luz. 12 narradores jóvenes (Editorial Municipal de Rosario, Rosario, 2006) y Nada que ver (Caballo Negro/Recovecos, Córdoba, 2012). Publicó el libro de poemas Caja de costura (Eloísa Cartonera, Buenos Aires, 2014) y la crónica autobiográfica Las hamacas de Firmat (Editorial Municipal de Rosario, Rosario, 2014). Administra desde 2009 el blog El corazón de las cosas.




jueves, 20 de noviembre de 2014

RUIDOS EN EL PAISAJE





















LUZ DEL BORDE

¿Es la memoria
que hace humo
o son sólo
formas del fuego
las que golpean
la puerta
esta noche?



DOBLE EXPOSICIÓN

No preguntés cómo vine.
Estoy aquí, detrás tuyo,
caminando siempre.
Preguntás igual cómo vine.
No vengo, estoy.
Te sorprende lo mismo verme
del otro lado de la mesa,
aveces con tu ropa.
Así soy,
no preguntés porqué.

Soñás conmigo,
es inevitable, pero no me recordás
sino que tenés la sensación
de estar solo dentro tuyo
pero también estoy yo.
Me preguntás porqué, te digo:
hay otra habitación u otra cara,
sobre todo, otra voz.
Y te asombrás, ¿pero de qué?,
quizás de mi sombra, que te recibe.

Lo sabés, uno se mueve
a través de cosas olvidadas,
de recuerdos de otros.
No se te ocurra preguntar
qué forma de locura es ésta,
yo solo visito lugares inexistentes,
canto canciones que no sé,
bebo de tu taza,
me encuentro con restos de conversaciones,
palabras salvajes.

¿Qué es esto? preguntás,
yo no sé, las frases son siempre
dichas por nadie,
sólo puedo ver imágenes en el silencio,
paisajes en un vaso, ciudades en el viento,
infinidad de pasillos en tus ojos: ese es mi poder.
Así y todo, es mi propio cuerpo
el que te duele.
Es tu propia voz
la que me calla.



OFELIA EN EL PARANÁ

Dicen al filo del río, en los sueños: ahí pasa, señalan.
Ofelia pasa, manjar húmedo del sacrificio.
Anochece, la novia de la inundación
se desliza, en vértigo, sobre el canto de los camalotes.

Materia de natación, fantasma mojado,
flota, traza, escribe sobre el techo de las palometas
con el misterio del cuerpo de las niñas,
su canción de amores vegetales y enaguas muertas.

La chica silenciosa, una canoa de niebla que nunca llega,
con pulseras de plástico, dones de la tristeza.
Sus muslos, desayuno de bagres, enredados,
hierven de amor en la belleza de un agua enferma.

Naútica del beso, remar en la voz es amar en el vacío
a un príncipe ciego bajo las sombras de los juncos.
Aquella voz serena, ahora acuática, mimando el olvido,
agitando la insurrección de las cosas muertas y sumergidas.

El río está aprendiendo sobre el sexo de las niñas,
escupe el fuego de los nombres, su filiación húmeda en los ceibos.
Padre de las aguas, padre mudo, con su abrazo de cadáver del amor,
Ofelia acunada, acariciada, por los sauces del abismo.

Esa chica loca que pisaba el viento,
un bolsito marrón, una naranja en la mano
y en la piel un nido de tormentas.
La Ofelia ahora flota, infinita, flor de un barro que quema.




Pablo Fuentes




Pablo Fuentes es poeta, ensayista y psicoanalista. Nació en Buenos Aires en 1960. Ha colaborado con ensayos, artículos, poesía y ficción en diversos diarios, revistas y ediciones colectivas en la Argentina y el exterior. Desde hace años trabaja en investigación sobre los cruces de la literatura y el psicoanálisis. Ha sido docente en diversas instituciones psicoanalíticas y, como invitado, en la Universidad de Buenos Aires. Coordinó talleres de lectura en forma privada. Integró el colectivo Reanudando con Joyce que se especializó en la investigación y difusión del lugar de James Joyce en la obra de Jacques Lacan. En materia de la publicación de libros propios de poesía, una mezcla de neurosis grave e infortunios personales lo mantienen implacablemente inédito por el momento.




martes, 18 de noviembre de 2014

Mira toda esa gente feliz












Mira toda esa gente feliz en Disney, Japón o Rumania
turistas, somos turistas en la vida de otros
captamos momentos, los guardamos
pero no vivimos ahí
a cierta hora la gente saca la basura
los pájaros cantan una canción
son modos de despedir la noche
es la segunda vez que veo una paloma muerta
el cuerpo sólido todavía, sobre la vereda
retumban mis pasos
sola en una ciudad que duerme
en este momento
no sé si me sirve
pegar etiquetas en las cosas y escribir con letra clara
los nombres.



Una lista de cosas que van a venir

¿Te gustaría mi forma de vestir si fueras desconocido
lo que soy cuando oscurece, en camisón, en bici con pollera?
¿te gustaría sentir el viento entre las piernas
mientras tu camisa adelante se infla?
¿podemos hacernos bien?
¿no tenemos tantos días?
¿les crees a tus padres cuando dicen no?
¿protecciones? ¿miedo?
Al final del camino un cartel blanco
con letras grandes y luminosas:
EL PLACER ES DE TODOS.



Meli Depetris




Meli Depetris (Punta Alta, cabecera del partido Coronel Rosales, provincia de Buenos Aires, 1985). Vive en Bahía Blanca. Publicó Vayonesa {La Propia Cartonera, Montevideo, 2013). Trabaja actualmente como profesora de Lengua y literatura en una escuela rural y en el área educativa del Museo de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca. Da talleres a niños. Es socia del Club de Arte y Hobbie Salvaje.


domingo, 16 de noviembre de 2014

LUGANO 1 y 2















Nunca vi a mis padres darse un beso
ni tuve un hermano que me explicara
cómo eran las cosas. Cuando tenía ocho años,
ellos se separaron
y como parte de la división, mi madre
me llevó con ella al departamento de mis abuelos.
Era el departamento más chico del mundo
una pecera para hámsters,
rectangular y transparente, una cocina,
el living, un baño y el cuarto.


No había escapatoria, aunque afuera el sol 
iluminara la tarde en el campito. 
Yo podía bajar, fingir que jugaba 
con mis nuevos vecinos 
pero en realidad no había escapatoria. 
Como cualquier hámster, estaba desesperado, 
mis dedos ardían de tanto rasgar un vidrio 
al que nada ni nadie parecía quebrarlo.


Lo que pasaba, pasaba a la vista de todos.
Vivíamos en un complejo de edificios,
peceras sobre peceras,
conectadas entre sí, como en la pesadilla
de un arquitecto que alucina
en una noche una ciudad futura,
una perdida civilización roedora.


En el barrio
cada personaje tenía un apodo,
acompañándolo en secreto.
Mis abuelos se asomaban por la ventana,
se disfrazaban de francotiradores
jubilados
practicando su viejo oficio.
A veces, agarrábamos la gomera,
le tirábamos a los gorriones, a los zorzales
a todos esos pájaros que cantaban
como estúpidos, porque sí.


Sin embargo, nadie juzgaba a nadie.
Mi mamá hablaba muy seguido
con una vecina
que cada vez que me veía
me decía que era el novio ideal
para su hija. La señora estaba enferma,
y siempre en bata, no importaba si era de día
o de noche, y su hija se había escapado.
A mí me alegraba cruzarme con ella,
verla atravesar su propio nubarrón,
la neblina del polvo de sus pesares.


Antes, mis padres discutían todo el tiempo.
Después, era mi madre la que discutía
con sus padres, en un ínfimo ring
en dónde nadie era capaz de esquivar los golpes.
De todas formas, yo nunca estuve expuesto
y cada vez que veía que la pecera iba a estallar,
me alejaba, encendía mi tele,
ponía todos mis sentidos
al servicio de mi balsa, mar adentro,
de espaldas a la catástrofe.


Mis padres me usaban de burro de carga
hablando mal, el uno del otro.
Me tocaba transportar material radioactivo
y el líquido espeso de las conversaciones
se filtraba en su goteo
pero a mí no me importaba convertirme
en un burro fluorescente
brillando en medio de la noche.


Una vez por semana aparecía mí padre
y me llevaba a algún restaurante. Comíamos
bajo el régimen de la visita carcelaria,
como si hablásemos por micrófonos.
La voz salía entrecortada,
con interferencias.
Ninguno de los dos sabíamos
cómo usar esos aparatos,
y preferíamos el silencio.


Algunas noches de insomnio, en plena madrugada
caminaba hacia la heladera.
Era chico y también
uno de los más gordos de la escuela.
No tenía muy claro por qué
pero en medio de la noche, abrir la heladera
y dejarme hipnotizar por su luz
me calmaba. Por eso
me siento amigo de los que roban,
de los que se drogan, de todos esos pibes
en la esquina, esperando.


Vivíamos enfrente de la comisaría 52,
a unas cuadras del Jumbo. Con mi abuelo
íbamos al super para merendar.
A veces, me subía al changuito y me decía
que estábamos en un barco o en un tanque de guerra.
Juntos
nos robábamos gaseosas, galletitas
aprovechando sus manos de mago:
mi abuelo era un verdadero mago,
él me enseñó
a jugar a las cartas y a mentir en el truco,
pero lo más importante:
me enseñó a transformar
roedores en cautiverio en conejos
que huían directamente desde su galera.



Patricio Foglia




Patricio Foglia, nació en 1985, en Buenos Aires.Publicó Temperley, en 2011, por la Editorial En el aura del sauce. Coordina junto a Tom Maver, el blog de poesía Malón Malón.