miércoles, 26 de noviembre de 2014

EL CAUTIVO















HE AQUÍ YA LA POESÍA

Un herrero de Sevilla
regaló a mi padre
una guitarra y le habló de
la desgracia
como el caso de una huérfana
maldita que aunque nunca
tuvo padres ha parido
muchos hijos: he aquí ya la poesía.

El dolor y la esperanza
se retoñan
en el fuego y en el agua, revolver
la yerba en una lata
para ir sorbiendo el tiempo
en un campo de tristezas
y trigales.

Necesito muchas cosas
que jamás voy a tener pero
un hombre
nunca es pobre si es valiente
ni tampoco
si es hermosa, la mujer.

Un fogón que hace crujir
a los chañares, un caballo que galopa
la llanura: poesía: pajonales.

Con las gotas deliciosas
refrescándome
los labios me despierta,
qué dulzura, la llovizna,
pero luego otra visita puede ser
la fiera hambrienta,
o un concierto de avestruces,
o una gran melancolía.

Esos ruidos
que uno siente sin saber
de dónde vienen son
el eco
de los cantos de las grandes
soledades: he aquí ya
la poesía:
las mentiras: las verdades.



DESCUBRIR UN ARROYUELO

¿Para qué escaparse
amigo, y hacia dónde?

Nada falta en el desierto,
el pasado sólo ocupa
algún trébol que yo elija,
tres estrellas
muy pequeñas, rama noble
que crepita en el fogón.

Lo demás no es más
que yerba:
carne: yuyos:
la serpiente: descubrir
un arroyuelo
como quien dice un amor.



-LA BELLEZA: LA BARBARIE-

Baila en medio de la selva
que depuras
la belleza: la barbarie.

He venido a verte,
necesito lastimarme.

Se te ha soltado
un pecho: el pezón
es una flecha
que has lanzado sin pudor a
la belleza: la barbarie.

Se acabó la
hipocresía: necesitas
con urgencia
en el medio de la selva
estar desnuda.

Somos una misma
masa maldecida
de la virginal belleza:
la barbarie: honorables
miembros de
ancestral orgía.



EL MILAGRO

No hay
más santo que
la
muerte
ni mirada más
profunda
que sus dos
vacíos ojos.


Una vez mi
madre dijo: sabe,
Antonio:
la bondad es tan
extraña
que ejercerla
sin codicia basta
para que los
hombres, aunque
andes con
bandidos, te
conviertan en
un santo: pero antes
es preciso que
uno tenga
que morirse, a la
espera del
cuchillo, de los
pies colgado.

Yo le digo a
mi verdugo: tú
me matas
pero luego yo
te salvo: la justicia,
amigo mío,
es lo mismo que
el milagro.



-COMO SI ESTUVIERA MUERTO-

Siempre solo en el desierto
galopando
galopando
como si estuviera muerto.

Allá voy,
¿alguien hay que a mí me vea?

Este campo peligroso:
este campo incierto:
galopando
galopando
siempre solo en el desierto.

¿Dónde voy? ¿Qué me espera?

¿Dónde hay una frontera
que no sea
este campo peligroso
este campo incierto
galopando
siempre solo
como si estuviera muerto?



Alejandro Marzioni



Alejandro Marzioni nació en Buenos Aires en 1980. Es poeta y además profesor y licenciado en Letras. Se puede decir que vive en Buenos Aires aunque suele andar perdido por distintas partes del mundo. Escribió varios poemarios que va publicando por internet en el siguiente sitio: http://alejandromarzionipoemas.blogspot.com.ar/. En papel, todavía es inédito.