miércoles, 22 de febrero de 2012

EL CUARTO



















I

Persigo imágenes que recomponen la realidad. Ficción de noche. Adúltera en el ojo dormido. ¿Quién sos para decirme lo que se puede? Yo puse al desconsuelo de rodillas, atado, verde, en la puerta abierta. Cubrí con hojas su frío y amontoné un vocabulario de cintas desplegadas, de cuerdas, de tensas maravillas cuando crujen los árboles.

III

Si pudiera reír en vez de hacer un puño, una sortija que encandila, aún en el ojo dormido. Si pudiera contener, armar, depositar sobre la mesa el calor en forma de plato, las bocas ávidas del calor en forma de plato, los sueños que voltean el sabor de las bocas en forma de plato, la muerte de los sueños del calor de la boca en el sabor del plato.

V

Sólo descanso de la mano feroz que me quita las paredes. Vuelo, sólo vuelo, estopa que cruje debajo de mis brazos. Acunar a nadie. Dormir separados, cada uno en su ojo. El llanto en común y solos. Deliberadamente.

VI

En todos los inviernos cerramos los brazos. Descarne de la transformación. Sé que merodean los salvajes, que sus guaridas están vacías. Bajaremos juntos por la sombra del árbol, abandonados en las mismas palabras. Él dirá mi nombre, yo la nombraré a ella, ella volverá a llamar, círculo de identidad entre seres distintos. Jadeo, aullidos, quejas de sobresalto, fieras extinguidas pero al acecho. En todos los inviernos la misma celda. Atrapar al otro primero, que es uno. Al que le sigue, que vuelve a ser uno en el otro. Historia repetida como el goteo en el techo de la fría estación. Después esperaremos el viento, en la puntual cena, como un puntual tren que vendrá, que barrerá el pan sobre la mesa, los dientes apretados, la turbulencia del mantel. Devorará todo a su paso: las delicadezas, las mentiras piadosas, un amanecer en dudas, la humillación, el pensamiento, lo irreconocible, las certezas. Y dejará el miedo como memoria, como alimento único sin piedad en las bocas congeladas. En todos los inviernos bajamos los brazos. Los inexpertos del amor en la casa desolada vacían el hambre en las grietas oscuras de su dependencia.


María Kril



María Kril nació en la provincia de Buenos Aires en 1952. Publicó en diarios del interior y antologías en los años 70. Participó en encuentros literarios (Villa Dolores, Chilecito, La Banda) y obtuvo una mención de honor por su libro inédito “Palabras del pozo celeste”, otorgado por S.A.D.E. en 1981. Actualmente participa en la Clínica de la Escritura de la Biblioteca Nacional, en donde ha publicado en dos antologías (años 2008/2009 y 2010/2011).