martes, 31 de julio de 2012

FILIACIÓN




Tengo un recuerdo, o una sensación
que se habrá repetido muchas veces
y que resurge apenas formulada cuando
me acuesto boca abajo: era muy chico
y creo que de noche aún tenía miedo
y hasta pánico antes de poder
entregarme al sueño. Me resistía, ¿quién sabe
lo que puede pasar mientras se duerme:
que llegue una banda y te golpee o peor aún
soñarla? Debía tener un sueño firme,
acerado, siempre alerta, y entonces
adoptaba la postura de vuelo de Astroboy,
el niño robot de un dibujo japonés,
que parecía un Pinocho combativo. Ahora
veo que aquel científico excéntrico, autor
del robot, cumplía el papel del viejo
carpintero. Y ambos son fantasías quizás
no de niños que quisieran ser hechos
de madera o metal, sino de padres
que alucinan su propia antropogénesis.
¿Acaso el metal promete durar más
que la carne y la piel? ¿No se oxida?
¿Y no se pudre finalmente la madera?
Lo que importa es el miedo, inevitable,
hijito, y ya se siente en tu breve semestre
de vida, cuando agarrás un dedo
de mi mano derecha con toda tu fuerza
prensil, y no aflojás el puño hasta sumirte
en un sopor profundo. Aunque nadie nunca
te vaya a dejar solo, no tenés
todavía palabras que te calmen. Te daría
el puño en alto y la pierna flexionada
apuntando al cielo, para que salves
lo que sea del mundo, pero no te olvidés
de la fragilidad, porque seré un anciano
o un tarro de cenizas protectoras, un nombre
nada más, cuando vos empecés
a escribir con piecitos de varón
el baile de tu guerra y tu regreso a casa. 


PEDIDO

A pesar de saber que todo tiene
un final, que se acelera la pérdida
de fuerza, que las cosas vivientes van
a desaparecer o que igual mi mundo
limita con la nada percibida,
de todas formas las nubes grises viajan
cruzando el frío y me dictan, les dicto
un pedido para la primavera: que él
pueda tocar las flores amarillas del patio,
y que pueda aprender a pronunciar
la ardua sílaba “flor” en nuestro idioma;
que pueda ver las sierras verdes todavía,
que sepa caminar por sus senderos
de piedra y granza formados con huellas
durante años, antes de que naciera
yo, su padre. Aunque la función paterna
parezca siempre una carga, el viejo cuerpo
sobre los hombros nuevos, aunque mi edad
le recuerde el final, la brevedad del brillo
de estar vivo, un pobre toldo verde
en la terraza de gente desconocida
me repite que pida, aunque no haya
nadie más que yo y mis frases pensándose
en un escritorio: que él hable, piense, ría
a carcajadas como ahora puede,
que quiera, juegue y llore cuando descubra
una imagen, un nombre; que esté contento
la mayor parte del tiempo, que no se apene
cuando me muera porque ya hice
casi todo; que podamos ver juntos la creciente
de un río, arriba, y meditar acaso
sobre las frases hechas y el paso de los años.
Más allá de la verdad o el delirio
que imagina la nada, que acumula
tantos signos siniestros, las yemas de sus dedos
tanteando mi palma, hace un rato, antes
de dormitarse, me recuerdan como si fuera
ciego, sordo y mudo, en un lenguaje
de puntos de percusión, que aún debo pedir: 
que la alegría y lo que siempre falta
para seguir deseando estén con él
como siempre han estado conmigo, como están
su madre y sus hermanas en la casa
picando y repicando las sílabas preciosas
que forman un mensaje balbuceado;
que no preste atención a las palabras
más que al gesto, el cielo pareciera
llover pero no llueve ni hace señas,
estas gotas cayendo son de mi lapicera. 




SEÑALAMIENTOS

No dejás de agarrarte a la baranda
de caucho y aluminio, aunque no salta
el coche rojo y rápido, un triciclo
de ruedas con aire, que cruzan suavemente
cualquier pozo o fisura en las veredas.
Hoy no vienen tus hermanas, pero vendrán
mañana a visitar la calesita y asistirte
en tus primeras vueltas. Nos movemos
a un ritmo casi gimnástico. Yo empujo
más con la izquierda que con la derecha:
se ha descentrado la rueda delantera
pero igual anda bien. Un mecanismo, pienso,
aunque se mueva no señala vida.
Y vos en el trayecto sólo reclamarás
con el índice erguido seres vivos.
No hay mucho más que perros en la calle
y sus distintos pelos y tamaños se pronuncian
con tu mínima sílaba de boca cerrada,
la misma que canturrea de alegría
cuando se acuerda de los tonos aprendidos
en un año de acunarse, bañarse, estar jugando,
¿cómo escribir el murmullo, el exclamado
aliento que toca tus cuerdas vocales
y apenas sale quizá por las narices?
En cada cuadra, un perro, le apuntás
con el dedo y lo llamás: “¡hum!” Te das vuelta
para explicármelo: “¡hummm!” Como en el campo
ante un gran pájaro que caminaba por el pasto
cerca de la cabaña o al descubrir los sapos
gigantescos o chicos que se sentaban a mirar
las mariposas pululando alrededor
de los focos de noche. Y no pudiste ver
la liebre de febrero que atravesó el camino
y se detuvo a esperar el paso de las luces
del auto, porque también hubieras
levantado el índice derecho y habrías dicho,
mirándonos a todos, allá: “¡hum!” Incluso
un visitante, un amigo, algún pariente
necesitan tu dedo para ser el objeto
de la palabra que inventaste. Un nene: “hum”,
para jugar, tocar. Un caballo: “hummm”,
demasiado grande. Un sapo: “humm”, quisieras
apretarlo un poquito entre tus dedos. Un hombre: “humm”,
que te lleve en brazos a ver cosas lejanas.
Ahora seguimos viaje sin frenar casi nunca
salvo que alguien elogie tu belleza canónica,
sobre todo mujeres aficionadas a los bucles
rubios, ojos azules y cara redondeada
de angelitos barrocos. Entonces tu ostensión
indicial simula el roce de un dios
que no articula frases, tan sólo el acto
del querer decir: eso, ahí está
lo que quiero, lo que me gustaría
tocar. Nunca comida, más bien alguien
que acaso alcance la yema del dedo
erguido en su señalamiento: “humm… hum”,
a pesar del chupete que trajiste
y modula tu propio signo único.
Las tres hermanas mayores no están
acá con vos, sin embargo almacenan
las interpretaciones de tu gesto
pragmático, infinito. Rodeamos ya la plaza.
Se alquila un pony: “humm”, pero nadie
me cuidaría el coche si te animaras
a subir encima. Mañana volveremos
a probar tu aniversario en el vértigo
de moverse al aire del mundo, dando vueltas
en aquella calesita enclenque, al compás
de canciones monótonas que te harán
bailar sentado. Te subirás al cisne
de plástico y metal con una hermana
atenta, seguidora de cada idea tuya.
El león y el caballo son muy altos
pero el cisne se sienta y prestará ese cuello
estilizado, absurdo para que lo agarres
y expreses una felicidad dubitativa.
Antes de que volvamos por las mismas veredas,
rápido porque ya viene una tormenta, quiero
registrar el colmo de tu intervención
que hiciste bajo la bóveda de la noche
en tu primera ida fuera de la ciudad.
Señalé arriba y miraste el chorro blanco
de puntos desordenados, algunos que titilan
dicen que son estrellas moribundas.
¿Cuántos fragmentos del guerrero Orión
habían desaparecido cuando vimos
juntos en el cielo del campo y las sierras
su cinturón, su espada, sus brazos extendidos?
Rastros de luz a mil millones de años
de distancia, pero tu dedo los señala y dice
“¡hum!”, porque nunca en los patios de casa
brillaron tanto, y yo te digo: “Sí, Orión,
al cinturón acá le dicen Las tres
Marías.” Y como todo mensaje
llega a destino, hasta el de una estrella
que murió y yace en el fondo de un pozo
oscuro, sé que pronto, en unos años,
tendrás el telescopio que inventó tu tocayo.
Las primeras gotas caen en las baldosas
que hierven. Faltan dos cuadras, empujo
tu carrito con más fuerza, le corro
el toldo negro y rojo, aunque te inclines
hacia adelante, siempre, devorando el paisaje
del barrio. La razón está en tu signo:
no vale más la arbitraria constelación
–que vimos de cabeza– que las últimas flores
de un arbusto de verano o los sonidos
de la gente que pasamos o los saltos bruscos
de un piso de adoquines justo antes de llegar
y que ahí estaba cuando yo nací
y mi padre y el padre de mi padre, es decir,
“¡hum!”, piedras que son como tatarabuelos.


(del libro inédito
La canción de los héroes)
Silvio Mattoni (Argentina, Córdoba, 1969)





domingo, 29 de julio de 2012

Esperando la nieve















a Glauce Baldovín, in memoria


Todos dicen que va a nevar en la ciudad.
Todos quieren ver en la nieve algo nuevo,
algo raro y ligero porque
no sabríamos convivir con eso. El rostro
del otro es nuestro rostro y el hielo de la nieve
lo refleja. Pero nunca cayó. Sólo piedras
de hielo y algo de la tempestad
que destruyó a los árboles. La tarde
se hizo noche y el cielo
me develó el humor de los pájaros, la tijera 
de una bandada ruidosa
buscando dónde anidar. 


Y nada
que no supiéramos –salvo volar- 
nos pasa. La nieve 
cae siempre en otra parte. 


El derroche es una ley
del arte y de la naturaleza apaleada. Siempre
hay tiempo, tibiezas
de Barragán antiguo, enaguas de jerga, 
lienzos bordados por mi abuela
contra la guerra que,
en ese hacer sumida, florecía en la tela.
Flor rebelada contra la nieve
que había que cavar para ver la luz,
el suelo fangoso que dejaba la pala
enterrando la bala del cansancio
que le hizo estallar una noche
el corazón. 


El tuyo, el de ella. Se supone cordial
la huella del pespunte, el hilván,
la mirada ciclópea de la aguja, lo que cava
la pala cuando siembra . El filo del papel
o del hilo. Se supone cordial
entre los yuyos donde se afila un lirio
no pisar su destino de cuchillo


salvando una parte
de un día de pesar.


Del peso del avatar, de ese mal
expresado nombre 
de lo adverso. Reverso 
del candor, cuando te mata. 




Concepción Bertone 

(Del libro inédito “Esperando 
la nieve”) 




Concepción Bertone. Poeta argentina. Nació en Rosario el 23 de abril de 1947. Publicó cuatro libros de poemas: De la piel hacia adentro, 1973; El vuelo inmóvil, Ediciones La Cachimba, 1983;  Citas, Ediciones bajo la luna, 1993;  Aria Da Capo, Ediciones del Dock y Revista La Guacha, 2006. Realizó Las Cuarenta. Poetas Santafesinas 1922-1981, antología que reúne a tres generaciones de poetas mujeres vivas. La poesía de Bertone está antologada en el país y en el exterior, y traducida a varios idiomas.






viernes, 27 de julio de 2012

Sobre la corrupción


















Puede ser que
haya en cada forma un gesto, una cifra,
y que de las piedras se infiera
perdurabilidad, fugacidad de los insectos
y la rosa. Que perfumes,
sonidos, colores se correspondan,
o que arrojados contra los pinos
el viento nos haga una advertencia.
Incluso que cualquiera de nosotros
se crea sacerdote de estos y otros símbolos,
cualquiera capaz de convertir
lo concreto en abstracción, lo invisible
en cosa visible, lo familiar, lo inerte,
lo alejado en sus contrarios.
Sea o no esto así, de algo estoy seguro:
no me conviene interpretar mensajes en nada,
menos aun, en este momento,
descifrar lo que las rachas del aire
traen para acá –zumbido de moscas verdes,
hedor de pescados exangües
pudriéndose al sol sobre los mostradores
de venta, en la costa.

 ("El faro del guereño"
Libros de Tierra Firme, Bs. As., 1990)





Daniel García Helder (Argentina, Rosario, 1961)





miércoles, 25 de julio de 2012

Tampoco aquí

http://youtu.be/tIImrnQbwvk






María Poliduri




(Traducción: Miguel Chiovetta)





lunes, 23 de julio de 2012

RUEGO


















Que a nadie 
que yo conozca
se le ocurra
morir esta noche
accidentarse
tener dudas metafísicas
llamar para aclararlas.
Soy un animal cansado
que quiere dormir.






PIDO DISCULPAS...


Pido disculpas
a los vecinos
por los gritos
con que a
todas horas
sobre todo
los fines de semana
daba rienda suelta 
a la vida
que en mi estallaba.






ANODINA




Un hombre
de mediana edad
que viaja en colectivo
sentado
los ojos cerrados
pensando
recordando
cubriendo en media hora
medio siglo de vida
recorre en el espacio
del universo
una distancia 
que es nada
un tiempo en el Tiempo
como pompa de jabón
que revienta
sin estruendo
sin dejar huella
ni siquiera
la del asombro.



(De la misma llama-1980-1989)
Darío Canton








Darío Canton. Poeta argentino. Nació en 1928 en Nueve de Julio, prov. de Buenos Aires. Su obra literatura, bastante inclasificable en cuanto a género, como se advierte ya por sus títulos, comprende La saga del peronismo (Ediciones Ancora, Bs. As., 1964), Corrupción de la naranja (Ediciones del Mediodía, Bs. As., 1968), Poamorio (Ed. del Mediodía, 1969; hay edición bilingue inglés-castellano: Ed. Saru, Tucson, Arizona, 1984), La mesa. Tratado poeti-lógico (Editorial Siglo XXI, Bs. As., 1972; observación: el nombre del autor no aparece en la tapa ni en el interior del libro, y no por omisión), Poemas familiares (Ediciones Crisis, Bs. As., 1975) y Abecedario Médico Canton. Vademedicumnemotecnicusabreviatus (Archivo Gráfico Editorial, Bs. As., 1977). Además, entre 1975 y 1979, Canton distribuyó por correo la publicación periódica Asemal (la mesa escrito de derecha a izquierda), a la que calificó de "tentempié de poesía". En total salieron veinte números, a partir de lo cual Canton empezó a cartearse con numerosos corresponsales: el resultado de esa experiencia está recogido íntegramente en La historia de Asemal y sus lectores, publicado en varios tomos.







sábado, 21 de julio de 2012

El hombre de ojos celestes













Según lo veo
           justo
                cuando crees tenerlo
todo muy claro
entra
        en escena un globo azul desde la izquierda
martillando.






HABLANDO SOBRE ARTE


existen tantas
tentaciones en 
"una pausa que la mente realiza
entre vacilaciones" estas
conversaciones, la cofradía de no saber
dónde viajamos "abruptas
conexiones con lo remoto" pocas
continuidades
cambian en lo doméstico
una ausencia de ritmo cardíaco
un par de gatos heridos
ninguno verídico
que ruegan ser el centro del mundo.






Wendy Mulford 






Wendy Mulford (nacido en 1941, País de Gales) es una poeta británica, asociada con el renacimiento británico de la poesía , y con el desarrollo de la poesía feministas de 1970. Su poesía ha sido vista como "difícil de clasificar". Ha dado clases y trabaja como asistente social.  Se crió en Gales, se mudó luego a Cambridgeyahoravive en Benhall, Suffolk. Fundó Street Editions Press,en 1972. Algunos de sus libros: Las reacciones a Puestas de sol (1980), Los Durmientes Luz (1980), El ABC de la escritura y otros poemas (1985), Un Puñado De Mañana: Poemas 1993-1997 (1999) y La tierra entre (2009).











jueves, 19 de julio de 2012

Retrospectiva














He trabajado todos los años, he visto
tras la ventana el poco cambio de las estaciones, trabajando
para el coche, los periódicos, los médicos, la comida y la casa.
No hice lo que debía ni
lo que me gustaba hacer; no con el ánimo
tranquilo de los sabios, ni con el ojo luciente
ni con la mente alegre.


Pero el agua oscura más allá del futuro.
el lago inmóvil que en soledad está,
yo los supe expresar; y  ustedes que dudando
están sobre esta palabra sepan que,
detrás del llanto soberbio y la débil ira,
es la misma cosa en ti que en mi.




Franco Fortini




Ho lavorato tutti gli anni, ho veduto
popco mutar le stagioni dietro i vetri, lavorando
pero l'auto, i giornali, i medici, il cibo e la casa.
Non quello che dovevo ma nemmeno+
quello che mi piacera, facendo; non con l'animo
lento dei savim nè con l'occhio lucente
nè con la mente allegra.


Ma l'acqua buia oltre l'avvenire,
il lago fermo che in solitudine sta,
io l'ho saputo dire; e voi che siete
esitanti su queste parole sappiate che è,
dietro il pianto superbo e la debole ira,
in voi eguale in me.





Franco Fortini, pseudónimo de Lattes Franco ( Florencia , 10 de septiembre 1917 - Milán, 28 de noviembre 1994 ), fue un ensayista , crítico literario y poeta italiano . Se considera una de las personalidades más interesantes del panorama cultural del siglo XX. Escribió entre otros libros: Sei poesie per Ruth e una per me , 1953,  Una facile allegoria, 1954, Il movimento surrealista ,  1959, Poesia e errore ,  1959, Sere in Valdossola ,  1963, L'ospite ingrato. Testi e note per versi ironici ,  1966, Ventiquattro poesie 1961-1968, SIE( 1969 ), Questo muro , Mondadori, Milano 1973, Una volta per sempre (Foglio di via - Poesia e errore - Una volta per sempre - Questo muro ) Poesie 1938-1973 ,  1978 , Pesaggio con serpente , 1984, Versi scelti 1939-1989 , 1990.






martes, 17 de julio de 2012

Libro del engaño y del desengaño


1

Qué harás con los días sucios y fríos,
cuando el gato trepa a la ventana
y el tiempo recorta con salvaje continuidad
el perfil de los edificios en la ceniza del cielo.

Apenas dos o tres días, y la habitación luce desordenada, desierta,
ruedan por el suelo pelusas y fragmentos de hojas secas y la tierra
que entra por las rendijas, ávida de habitar los huecos
grises del pensamiento que no ha sido tratado durante semanas.
Amplia de alas y de rimas, la literatura abandonada.
Qué harás con los días si te dan la oportunidad.

Pedí misterio, leguas.
Pedí divinidad.


2

Lidiando con la idea de que la poesía es un sujeto sólido.
Atravesando aún los desiertos de la luz,
del agua y el crepitar de los techos.
Patios interiores cubiertos
de pátina de aceite, el olor grasoso de
las paredes por las que se desliza
la lluvia, el recorrido igual del agua
trazando mapas imprecisos:
disolución de los hemisferios,
huida del reptil confuso, cuyo dispositivo sin embargo
le permite percibir la intensidad del clima:
no los trazados, los diagramas, sino el calor de la sangre, la
cercanía del carnívoro, el acecho de los pájaros de presa.


3

De algún modo está todo asociado a las proclamas
lucubradas sobre una mesa; a los mapas
de las reyertas; al fatídico peso de los otros.
En tiempos de mal clima, en inviernos de hosquedad,
cuando sobre el cielo avanzaban humo y tormenta,
cuando eran las ciudades llenas de pesar y de vida; 
 cuando caminabas por calles con la mirada hecha palabra,
puro presente, malestar y convicción,
de algún modo sabías que el golpe de una puerta,
la tos sempiterna en el patio, los ruidos en las escaleras,
horadaban el espacio conquistado, reiteraban,
claveteaban, recordaban la lentitud, el peso, la densidad
en los que se hunden los días como en una sábana.


4

Ahora entrás en el living quieto, cómodo, y hay en él
sin embargo un deslizarse de suaves sombras. Es sábado.
Ventanas entreabiertas, cortinas detenidas.
Algo dice el living amodorrado. Habla de humanos que hablaron,
que dijeron, que fumaron, tosieron, escucharon
dentro de sí ruidos de armas y bastiones, ecos de órdenes
en los corredores entre sus huesos; una advertencia,
una lejana vibración que pautaba sus palabras, pues
no es gratuita el habla:  intercambiaban datos sobre el tiempo,
trituradas opiniones que podían modificarse como masa
en las manos de la conversación; sorbieron café sentados
en estos mismos muebles, y el aura de batallas y descubrimientos
estaba en los términos que emplearon; está en la distancia
que es al mismo tiempo cercanía de estos tapizados,
los lomos de los libros, la dócil madera de una mesa de apoyo
cuya pátina disimula una grieta, un astillado, un golpe; 
acalla una mancha; oscurece el roce de una punta; amortigua un eco. 


(de: Libro del engaño y
del desengaño,
Ed En Danza, 2011)
Jorge Aulicino  (Buenos Aires, 1949)




domingo, 15 de julio de 2012

Comprensión del paisaje cerebral











Un gato come paté con vidrio molido.
Mastica con fuerza inhibiendo el dolor.
Sonríe. Por detrás del horizonte
del pico montañoso de la oreja
brilla el cuchillo de una culoncita que corta
una mandarina. Todo parece coincidir:
el gato con sonrisa ensangrentada, el cuchillo
salivado de ácido naranja, el culito
ortodoxo en tiro alto transpirado
por la inflamación climática de la estufa.
Pero es sólo un orden gráfico
y en realidad la obsesión que cubre la escena
es de un fracaso total: ningún día de invierno
van a recuperar la carnalidad del pensamiento,
el sueño adánico es visual, semejanza de los muslos
de pollo que cortaba mi abuela con tanta precisión
que la piel verrugosa cubría la herida.


Las ideas no son más que la risa de las cosas en la mente.


A la croqueta del cerebro se le descascara la fritura
con los pasos de los días que andan lentos
o se humedece  con las nabas deformes mulliditas
que anidan en el chat descafeinando la rutina
en silabeos de pericos.


Si mi especie pudiera rendirle culto al cerebro de las plantas:
ellas piensan en el aire, el aire las completa de lenguaje,
transparencia con la que se funden
a los revoques invisibles del oxígeno. 



(De Paijearse,
Colección Chapita,
2011)

Matías Heer





Matías Heer. Poeta y traductor argentino. Nació en Buenos Aires, en 1984. Aparte de sus estudios de antropología, por su fisionomía y biografía, se sospecha que es hijo del Pato Fillol. Publicó Plaza Houssay e Irrisoria complexión, en la Colección Chapita, editorial que codirige junto a Daniel Durand.







viernes, 13 de julio de 2012

Es el fin del mundo, tía Berta

















Las copas de los árboles que se agitan como banderas (contratapa)

 
Las copas de los árboles que se agitan como banderas
sobre el muro que oculta de cada cosa el tronco
para quienes estamos del otro lado
esparcen el aroma a incienso y producen un silbido en la
tiznado por carne que se consume en hornos
de la chacarita

quien resolvió la altura sabía que algún día
solo árboles podrían verse desde la ciudad que funciona
como si allí no hubiera

suponer que la belleza siempre oculta horror
sería negar tesoros que descansan bajo la superficie del mundo
cuando el viajero pretende algo más que cacharros de turista

y si ahora viene la pregunta de por qué junto tantas biblias
aclaro tía Berta, solo son de tapa dura, la prédica no habla

yo también apuesto al muro
biblias como ladrillos huecos impiden
conexión entre ambos lados
son aislantes perfectas del sonido

hasta ahora tengo cien, ciento veinte
no parece mucho aunque apiladas bastan
para agitar mi torso y preservar el resto



 

Como algunas especies de coleóptero


Como algunas especies de coleóptero
hay pericia sumaria en el arte
de cosechar entre flores mi desecho
un alud que no crece en la pendiente
crece a cuestas, en el recuerdo de quien
cada mañana remonta su roca
y enseguida cae, pero aquí
entre cuesta y cuesta se registran
detenciones frente al quiosco
un paquete de snacks para saciar al necesitado

vos en cambio, tía Berta, compraste un lampazo
de hebras flamantes y un balde que te gusta
para hacer eso que corresponde a las veredas
aunque sepas que en minutos detonan la ciudad
descifrás en el agua
la verdad municipal de la topografía

asocio dos hechos en apariencia aislados para pedirte:
en el último balde
preservá a un costado
aquella suciedad que pueda ser mía
 
el peso que llevo crece como nada
y estaría bueno sumarle identidad


                                             (de: Es el fin del mundo, tía Berta, Bajo la luna, 2012)
 
Gabriel Reches
 

Gabriel Reches: nació en Buenos Aires, en 1968. Publicó Gómez (araucaria 1997), el resto (Siesta 1999), Strip (bajo la luna 2000) y la evolución (Siesta 2004) , Hamster en la Rueda (ediciones obsoletas 2002) y La Caja (novela) por el sello Interzona (2008)-




miércoles, 11 de julio de 2012

ESPACIO INTERIOR
















A cinco millas del mar, en una torre octogonal
vive tranquilo con sus libros y sus gaviotas
las paredes del todo blancas, algunos días lleva
anteojos verdes, no lee


pasa las páginas -sonidos ahogados de pájaros y su vuelo


se aferra al uso de objetos familiares
en la luz que no está del todo allí.




Tom Raworth


(Traducción de Matías Serra Bradford)


INNER  SPACE


in an octagonal tower, five miles from the sea
he lives quietly with his books and doves
all walls are white, some days he wears
green spectacles, not reading


riffling the pages -low sounds of birds and their flying


holding to the use of familiar objects
in the light that is not quite. 







Tom Rawort. Poeta inglés, nacido en Londres, en 1938.  Ha publicado más de 40 libros de poesía y prosa desde 1966. Sus obras han sido traducidas y publicadas en muchos países. Figura clave en el renacimiento británico de poesía. Vive en Brighton, Inglaterra. Es, además, artista plástico. Trabajó de gestor de seguros, empacador y telefonista intercontinental. Fue editor y es fotógrafo amateur.Publicó Ace (1974); Catacoustics  (1978);  West Wind (1984); Survival (1994); Caller and other pieces (2007)  y Windmillsin flames (2010), entre otros. 




lunes, 9 de julio de 2012

Para Andrew, con menos de un año
















Sostiene una cuchara, seguro de lo que sostiene:
nada más sólido y cierto que su cuchara:
el puño cerrado se aferra a algo sólido, lo mismo:
ninguna separación entre un sustantivo y otro.


Mueve la cuchara, seguro de lo que mueve:
perdido en el ritmo del peso de lo que se mueve
la pequeña cara remota pero con una intención:
sentir, pensar, soñar y hacer son todo lo mismo:
ninguna separación entre un verbo y otro.


Bebe a su madre: la dulzura es un árbol
cuyas ramas se hamacan y lo alimentan:
ninguna separación entre sustantivo y verbo.


"No lo hagas" le hace saber que no es Dios
disociando pensar de sentir y soñar de hacer
creando adjetivos como bueno y malo
y pronombres como yo y tú y mío y aquellos
hasta que su hogar es un sitio triturado de palabras diminutas,
la cuchara una cosa peligrosa ya no propia
y el alimento el señuelo de una gigantesca trampa
que a duras penas aceptará como el universo.






Alasdair Gray

(Traducción de Matías Serra Bradford)


To Andrew, before one


He holds a spoon, certain of what he holds:
nothing more solid-certain than his spoon:
at clenching fist andhardthing clenched, the same:
no separation between noun andnoun.


He waves the spoon, ceertain ofwhat he waves:
lost in the rhythm of the waving weight
the small face is remote and yet intent:
to feel, think, dream and do are all the same:
no separation between werb and verb.


He drinks his mother: sweetness is a tree
whose branches swing and feet him:
mother, mouth, sweet and drinking are the same:
no separation between noun and verb.


"You shall not" makes him knowhe is not God,
dividing think from feel and dream from do,
creating adjectives like good and bad,
pronouns like you and me and mine and those, 
till home is a place minced into tiny words,
the spoon aperilous thing no longer his
and food the bait of an enormous trap
he hardly will accept as universe.





Alasdair Gray (Riddrie, Glasgow, Escocia, 28 de diciembre de 1934) es un escritor y artista escocés. Su obra más aclamada fue su primera novela Lanark, publicada en 1981 y escrita durante un periodo de 30 años. Se identifica a sí mismo como nacionalista escocés y republicano. La obra de Alasdair Gray combina elementos de realismo, fantasía y ciencia ficción, además de un uso inteligente de la tipografía y sus propias ilustraciones.











sábado, 7 de julio de 2012

EL ÉXTASIS


















Caminando juntos por el camino embarrado
las pausas vacías en  su conversación
eran profundas, como charcos, como el cielo azul,
tan fina era la película que separaba nuestros firmamentos.
Nosotros los tenaces permanecemos de pie en terreno propio.
Me malentiendes. Estamos de pie sobre los reflejos de nuestros pies.
Sin soporte, no sabemos si caer hacia arriba o hacia abajo,
y tampoco cuándo será que el agua atraviese nuestros zapatos.




William Empson


(Traducción: Matías Serra Bradford)


THE EXTASIE


Walking together in the muddy lane
The shallow pauses in her conversation
Were deep, like puddles, as the blue sky;
So thin a film separated our firmaments.
We who are strong stand on our own feet.
You misunderstand me. We stand on the reflections of our feet
Unsupported, we don not know whether to fall upwards or downwards,
Nor when the water will come through our shoes.









William Empson (Yokefleet, 1906-Londres, 1984) Poeta y crítico literario británico. Bajo el influjo de T.S. Eliot y de W.H. Auden, su poesía y sus ensayos se caracterizan por una tendencia hacia el intelectualismo (Siete formas de ambigüedad, 1930; La estructura de las palabras complejas, 1951; El Dios de Milton, 1961.








jueves, 5 de julio de 2012

LAS ÚLTIMAS BANDERAS





Finalmente
abandono el refugio del lenguaje.

Voy a vivir a la intemperie.
Voy a vivir donde nadie vive.




Todo se va y escapa.




Arrojo palabras y conceptos.

Dejo mi cuerpo
sobre la palma abierta del instante.                     

Arrojo palabras,
restos del tiempo,
la ilusoria sustancia de los sueños.




Ahora giro y me ato
al centro de un viaje sin retorno.

Pronuncio un Nombre
que deshace todos los nombres.

El aire se diluye.
La noche devora la Noche.




¿Quién habla? ¿Quién pregunta todavía?




El que superó el inestable círculo del tiempo,
Aquel que se estableció en una comprensión absoluta,
sonríe y repite en silencio:

Nada respira, nada permanece.




En este declive de las horas
los signos se ocultan,
se despojan.
Pierden peso y consistencia.

El aire se diluye.

Y yo encuentro lo que no buscaba,
lo que se evade y crece.

Lo que se evade y crece.

Caigo como quien cae.

Como quien cierra y rompe
la invisible puerta de la Sombra.

Caigo.




Los colores emigraron hacia Oriente.




Miro mis manos,
miro mis ojos y mis pies.

Me arrodillo y me inclino
ante lo que palpita y huye,
ante lo que respira y parte.

Permanezco sobre esa huella
                                              que se desplaza y tiembla.                                 

Vivo donde nadie vive.




Estoy suspendido
entre un cielo y otro cielo.
Avanzo sin mirar atrás.

Habito en la última línea del espacio.




Pero, ¿qué late, qué vive en mí?




Yo sólo veo espectros.




Tantas veces pisé este suelo,
esta pendiente del camino,
este país donde todo vuelve a repetirse.

Tantas veces.




Voy hacia un lugar
que se borra y reaparece,

que se borra y salta.





(de Los Jardines del aire, 
Ed. El mono armado, 2012)





Diego Roel (Temperley, Provincia de Buenos Aires, 1980)