sábado, 11 de octubre de 2014

LA ESCUELA DE POESÍA DE NUEVA YORK



















He sido invitado aquí en representación de algo llamado Escuela de Poesía de Nueva York. La gente inventa estas etiquetas y después te informan qué significa y que ya te la han aplicado. En mi caso resulta especialmente asombroso porque la expresión "Escuela de Poesía de Nueva York" se la inventó alguien, no sé bien quién, en algún momento de los diez años que pasé en Europa. Cuando regresé a América a vivir me hablaron de la Escuela de Nueva York, y así fue como me enteré de que era uno de sus miembros, pese a que la mayor parte de mis años creativos los pasé en Francia. Por supuesto, estoy enterado de quiénes son los poetas que se considera que pertenecen a la Escuela de Nueva York, pero no estoy seguro de lo que se pretende designar con ese nombre; ni siquiera estoy seguro de si es bueno o malo pertenecer a la Escuela de Nueva York. Creo que no me gusta el nombre porque parece como si intentase sujetarme con un alfiler a algo. Ése es el problema con cualquiera de esas etiquetas: Beat, Escuela de San Francisco, Imagen Profunda, Objetivismo, Poesía Concreta y tantas otras. Parecen presuponer que la poesía debería ser una sola cosa, y te empujan a ello. Si empiezas escribiendo haikus, entonces, de aquí en adelante, amigo, lo tuyo serán los haikus, podrás escribirlos sobre cualquier cosa.

Si de algo estoy seguro sobre la poesía es que debería ser aquello que cada uno quiera que sea; el poeta debe ser libre para sentarse y escribir lo que le plazca sin la sensación de tener a alguien de pie, a su lado, refrescándole cuáles deberían ser sus objetivos o si se ha saltado un pie yámbico. Así, cuando termine el poema, si es bueno, sólo podrá culparse a sí mismo, y podrá pasar al poema siguiente en un estado de ánimo alentador. Y, bueno, ésta sí podría ser una característica reconocible de la Escuela de Nueva York: su reticencia a plegarse a cualquier cosa parecida a un programa. Por supuesto, no se trata de una característica exclusiva de la Escuela de Nueva York, sino de la poesía en general, siempre que cuando hables de poesía te refieras a Keats, Spencer, Chaucer, Whitman, Rimbaud o los surrealistas. Todos ellos escribieron lo que creían que era poesía sin preocuparse demasiado de nada más, y al cabo de los años resultó que la poesía era lo que ellos escribían, por eso los recordamos y los seguimos leyendo. Cuando buscamos poesía sabemos adonde acudir.


Sin embargo, por mucho que odie estas etiquetas, me doy cuenta de que son necesarias en esta época y en este momento. Si un crítico desea aludir brevemente a un movimiento poético en marcha, parece legítimo que use la etiqueta sin detenerse a discutir los motivos por los que resulta insatisfactoria, y quizás esté bien actuar así; quizás lo incorrecto sea emplearla para asuntos más complejos, a los que una simple etiqueta no puede hacer justicia. Así que intentaré volver a contar la historia de la Escuela de Poesía de Nueva York. Todo empezó con Kenneth Koch, Frank O'Hara y yo mismo, cuando coincidimos en la universidad. Los tres ya escribíamos poesía en ese momento, y nada de lo que hacía ninguno de nosotros se parecía demasiado a lo que hacían los demás, pero compartíamos el mismo entusiasmo por la poesía moderna francesa, la música moderna y la pintura, asuntos que nos hicieron congeniar más que lo que sabíamos de poesía americana e inglesa. Al final, los tres terminamos en Nueva York, estudiando o buscando trabajo, lo que me recuerda algo que me gustaría decir de Nueva York: si vives en cualquier otro sitio, en San Francisco, en París o en Bloomington, estás, aunque sea contra tu voluntad, posicionándote de alguna manera, y tu posición es que no vives en Nueva York. Y si vives en Nueva York posiblemente no lo hagas porque te guste o porque te identifiques, sino porque es el sitio que más te conviene: hay allí personas interesantes, oportunidades de empleo, conciertos y muchas cosas más. Ahora bien, no te estás incorporando a un lugar: en Nueva York nunca tienes la sensación de vivir en un sitio. Éste es otro motivo por el que no me gusta la etiqueta Escuela de Nueva York; no me gusta porque parece designar un lugar, mientras que si lo piensas bien Nueva York es un antilugar, un espacio abstracto, y no estoy dispuesto a romper una lanza a su favor como lugar, cuando preferiría mil veces vivir en San Francisco. 

En cualquier caso, cuando Koch, O'Hara y yo llegamos a Nueva York conocimos a otros poetas como James Schuyler, Barbara Guest y Kenward Elmslie, entre otros. Tampoco es que la poesía que hacían ellos se pareciese a la nuestra, pero al final todo quedó amparado bajo el nombre Escuela de Nueva York porque nos hicimos amigos. También conocimos a algunos artistas plásticos, y un puñado de nosotros empezó a escribir sobre arte en ARTnews, porque los poetas estamos siempre a punto de venirnos abajo, y el editor era una bellísima persona a la que al parecer le gustaban los poetas. Después vino ese período de tiempo en el que viví en Francia como estudiante Fulbright, y que duró y duró y duró.

Cuando regresé me pareció que la Escuela de Nueva York se había convertido en una especie de movimiento. De hecho, hace poco se publicó un artículo sobre el asunto en la Times Book Review, y una dama le escribió a Kenneth Koch para preguntarle por la dirección de la Escuela de Poesía de Nueva York porque quería inscribirse en ella. Al intentar atar cabos sobre lo que había ocurrido mientras estuve fuera, tropecé con lo siguiente. En primer lugar hubo un enorme auge de la poesía en 1957, que arrancó con Allen Ginsberg y Gregory Corso, y que fue extendíéndose por toda la nación hasta que llegó un momento en el que cualquier noche, en Nueva York pero también en otras ciudades, podías escoger varias lecturas poéticas a las que acudir. Era algo impensable unos años antes, cuando las únicas lecturas de poesía se hacían en la YMHA (Young Men's Hebrew Association, institución cultural situada en la Calle 92 de Nueva York) y corrían a cargo de poetas distinguidos, y a nadie le importaba la poesía, ni siquiera si la escribían tus mejores amigos. Ahora se ha convertido en un asunto que interesa a todo el mundo, intuyen que puede ser un estilo de vida, y creo que el responsable de todo es Allen. Volviendo a la Escuela de Nueva York, tengo que decir que en ese momento ya había una Escuela de Pintura de Nueva York, y que todos nosotros seguimos escribiendo para ARTnews y relacionándonos con artistas plásticos, no porque, como se ha dicho de manera gratuita, estuviésemos influidos por la pintura, sino porque los artistas nos cayeron bien y nos invitaron a bebidas, y porque, por otro lado, sentíamos que ellos (estamos hablando de artistas como De Kooning, Franz Kline, Motherwell o Pollock) disfrutaban en sus pinturas de una libertad de ser libres que la mayoría de gente consideraba inalcanzable para la poesía. Así que creo que aprendimos mucho de ellos y de aquella época, y que también aprendimos de compositores como John Cage y Morton Feldman. Pero la lección que nos impartieron fue más de carácter abstracto (algo así como "sé tú mismo") que un consejo práctico. En otras palabras, ninguno de nosotros pensó en dispersar las palabras en una página en imitación a la forma en que Pollock dispersaba sus gotas de pintura, aunque en ambos casos se podrían haber aducido los mismos motivos para hacerlo. Creo que la etiqueta Escuela de Poesía de Nueva York tomó cuerpo gracias a la famosa Escuela de Pintura de Nueva York y de nuestra participación marginal en ella.

Me temo que les he contado una serie de cosas que no son la Escuela de Nueva York, y me gustaría decirles algunas que sí lo son, pero es una tarea ardua, porque nuestro programa se basa en la ausencia de cualquier programa. Supongo que esto equivale a no planificar el poema de antemano, a dejar que siga su camino, a vivir en un estado permanente de alerta y a estar preparado para cambiar de opinión si las circunstancias así lo exigen. Odio repetir el consejo cursi que Henry James dio a los escritores: "Sé una de esas persona para las que nada se pierde", pero es eminentemente práctico y no veo que se pueda actuar de otra manera. Se parece mucho a lo que profesaban los surrealistas (resueltos a no permitir que se perdiese una sola parte de ellos), y nuestra poesía desciende del surrealismo en el sentido de que se mantiene abierta. No soy un poeta surrealista, pero me siento afín a ellos de la misma manera en que lo era el poeta Henri Michaux (quien una vez dijo que no era surrealista, pero que el surrealismo era para él la grande permission). La gran licencia es, según creo, una definición de poesía tan buena como cualquier otra, y, en cualquier caso, es la definición que a mí me interesa destacar.


Conferencia leída, en 1968, en el St. Regis Hotel, N. York, en el marco de un ciclo "Poesía Hoy"".

John Ashbery

(Traducción: Gonzalo Torné)



John Ashbery (Rocheste(Nueva York)- 1927. Poeta norteamericano, considerado el máximo exponente de la escuela poética neoyorquina. Profesor de literatura de la universidad Bard College, vive entre Nueva York y la ciudad de Hudson, en las riberas del río del mismo nombre, en el Condado de Columbia. Autor de más de una veintena de libros de poesía, ha sido distinguido con numerosos premios y reconocimientos, entre los que se cuentan el Premio Pulitzer, 1976, por su libro Autorretrato en un espejo convexo, (Self-portrait in a convex mirror); el Premio Nacional del Libro, La medalla Bollingen y el reconocimiento de la academia de los miembros del dei Lincei de Italia Ha sido el primer poeta de lengua inglesa en ganar el Gran Premio de las Bienales Internacionales de Poesía de Bruselas y, en 1992, obtuvo el premio de Feltrinelli de Italia para poesía internacional. Ashbery realiza su obra artística principalmente en un ámbito meditativo, en el que intenta hacer confluir el lenguaje y los estilos contemporáneos, a menudo derivados del mundo de las comunicaciones o particularmente de la cinematografía y del espacio coloquial corriente, manteniendo siempre una correlación con el mundo urbano neoyorquino que le proporciona el trasfondo a su articulación poética. El ingenio verbal, la intensidad lírica y la lógica paradójica colaboran en su escritura, en una conspiración contra la previsibilidad y el tedio. Sus libros más recientes son: The Ice Storm . La Tormenta de hielo. (1987), Flow Chart . Organigrama (1991), Hotel Lautréamont (1992), And the Stars Were Shining Y las estrellas estaban brillando (1994), Girls on the Run Niñas en acción (1994), Can You Hear, Bird? Puedes escuchar, Bird? (1995), Wakefulness En alerta (1998), Your Name Here Pon tu nombre aquí (2000), As Umbrellas Follow Rain Como los paraguas siguen a la lluvia (2000), Chinese Whispers Susurradores chinos (2002), Where Shall I Wander Donde iré a vagar (2005), A Worldly Country Un país mundano (2007).