Sabemos que los cortes
no cortan la historia,
no separan la raíz
de lo que se abre,
solo hacen tajos en la piel que resiste,
una hendidura que deje ver
cierta expresión intraducibie de dolor.
Pero abierto el recorrido,
¿qué queda para cada cuerpo? ¿Una corona
de fósiles que se resecan? Quizá la marca
de una rodilla después de la arena:
el amor es la distancia hasta el infinito
en el que una vez nos reconocimos,
ese vuelo de polvo
que no termina de caer.
Dicen que esta ciudad tiene un río
que aún toca sus orillas a pleno sol,
que hay quienes todavía buscan su oleaje
como si no fuera mentira pintada tras los ceibos,
o recuerdan travesías desde el otro lado del mundo para no volver.
Dicen que esta ciudad tiene un río,
que bañaba su tierra cuando no era promesa imposible
ni persecuciones ni centros de dolor,
que alguna vez los cuerpos disfrutaron sus aguas
y criaturas de las profundidades visitaban su costa
en un tiempo en que no temían volverse despojo.
Dicen que esta ciudad tiene un río,
aunque no logre verlo más allá de mis sueños,
como un manto lejano que persigue el horizonte
en medio de una brisa que roza noviembre,
un espejismo de este lado del desierto que alimenta
un futuro de dientes de león.
Lo mejor de diciembre
en Buenos Aires son los tilos.
Sus pétalos no tiñen la ciudad como los de las tipas
ni maravillan como los tonos de lapachos
o jacarandás.
Simplemente están ahí,
sin destacarse
entre los árboles del barrio.
Su flor elige nacer casi a escondidas,
pero la presencia de su perfume cambia
el aire y la densidad
de nuestro ánimo.
Su secreto se hace esperar meses
y de pronto, nos recuerdan
que el año es ese manojo
de florcitas olorosas e invisibles
que lo inundan todo y a punto de caer.
Constatar que todo sigue,
aunque no nos demos cuenta
—como una muestrita de muerte en vida—,
y que está bien así,
si en el todo, la parte,
te toque o no,
deja su huella
llena de luz, sombra,
trompeteo, vuelo utópico,
leve caricia de mariposa yuyera
que en un segundo cruzó
y se fue.
Una vez escribí
‘una parte de este mundo protege su pausa”,
y hoy, cuando casi todo está en pausa,
ese mundo ya no existe,
o bien parece una postal desde una ventana a otros tiempos.
Ahora, detrás del vidrio,
solo veo el cuerpo del palo borracho florecido
contra el cielo gris que simula
una síntesis del momento, pero sé
que es otra distorsión de lo pequeño en lo pequeño.
A veces creo que perdí el hilo,
o tal vez la historia me abandonó hace rato
y ya casi no logro distinguir
qué dibujo en la pared encarna cada rajadura,
qué piedrita sostiene un universo.
Una porción del abismo se siente casa,
pero cómo imaginar
paredes en medio de este viento.
(Del libro homónimo,
Llantén Editorial,2025)
Valeria Cervero
Valeria Cervero nació en Buenos Aires en 1972. Trabaja como correctora y editora. Integró diferentes proyectos de difusión de poesía para todas las edades. Es parte del equipo de la revista digital Op. cit. y una de las organizadoras de Salvaje Fruta, recital de poesía y música en el tejido de lo vivo. Publicó los libros de poemas Cadencias (2011), Escondidas (libro-álbum junto a la ilustradora Vivi Chaves, 113), Equilibristas (2014), Sin órbitas (2016), Madrecitas (2017), Seres pequeños (2018), Sibilejo (2018), Ctalamochita (2020) y Agujeros en la superficie (2021).
IMAGEN: Valeria Cervero- Festival de poesía de Bogotá-2021
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