sábado, 18 de julio de 2015

LA MUERTE DE FREUD
















Si ya los perros no se acercan, huelen. Huelen el despellejamiento, carne corrompida, huesos moliéndose  lentamente como un reloj más  implacable. El  tiempo no  es,  esa  abstracción no  es  lo  que cuenta sino el camino de los perros, habré tenido, perdido, cuántos, amores  cuántos, pero  reales,  tan  irreal  como minutos  todo.Las noches fue la vida, despierto después de haber dejado gente, gestos, palabras. Escribo, los perros aúllan, tampoco me abandonan, miran de lejos con desconfianza, aceptan la comida. El sol es real desde lejos, de noche no parece que el día haya existido. Calor, frío. Todo está ahí, lejos, cerca, flores, perros, gente que mueve una palanca y arma un auto, una lámpara, una guerra, un árbol de navidad. Se dice la guerra es un hecho. Pero tampoco, alucinación cristalizada, como toda conversación. Ahí. Y dentro de mí una película en que los perros suben a mis piernas, los he traído heridos o ateridos de la calle, con más hedor del que ahora exudo. En mis venas lentamente fluye una vida de colores sepia, oro  rancio de un cáliz en que el mundo oficiaba un círculo perfecto de ignorancia que comprendía a todos. Me transparento. Dije lo que dije? Algún corazón cambió su rumbo? Mejor o peor. Los hijos, como los perros, se alejan. Los amigos, como caminos,  son  tiempos de uno. Todo es pesadez y nada es sólido, la noche huele a café y metales vivos, un instinto de animal que sobrevive por imprecisión. El viento que sólo existe si doblega, ese soplar con que intenta aplacar su temor de desasido. Y lo exacerba. Poder tan vasto y tan inútil, fuir continuo el viento que todo deja atrás, ni perros. No tengo esa suerte del aullido. La pantera  del  opio  está  dormida  ahora,  se  enfrían  las  brasas. No hay dolor si no hay espera. El mundo es esta casa y ésta  toda  la luz que se soporta. Un nadador en su braceo que olvida el fondo. La noche,  el día,  sólo otro  tono  en  el mundo de  cosas, nada es seguro salvo los objetos. Los niños son oscuros, saben lo que no saben. Siempre a pocos pasos de la mecha. Fui durante demasiado tiempo el náufrago, qué haré al entrar en un océano real? No soy más grande que el agua. Ninguna orilla se ofrecía realmente. Los perros  duermen  sin  dudas  y  sin  remordimientos,  una  presa  un deseo preciso, una mordida, el hambre no el afán encuentra en este mundo correlato. A cada paso  inventaba un  lugar donde  ir. Una ficción que hizo cuerpo en su criatura. El mundo hizo su síntoma, hizo un hombre. Dr. Frankestein, también mi piel es el remiendo de fracasos antiguos y ajenos, como la manta del mendigo. Hay un osario anónimo y común en la frontera. Puedo ser un nombre, una marca, una manera de fumar, puedo ser un traje que quedó en una silla, nunca pude ser un hijo, un amor, un perro, nunca pude ser la inherencia de las cosas, nunca pude ser feliz con mi imbecilidad, como  cualquiera. Una  pierna  hinchada  dando  un  salto  en  la ciencia  inútil de pensar, un experimento que observa e  informa su  experiencia. Escribo. Me  permito  dudar,  aparentemente me puedo permitir cualquier cosa. Por la mañana envidio al árbol, su constancia en  la  luz, en el silencio; por  la noche creo que en su falsa quietud acecha y luego emana el veneno de todo el que a su sombra calla. Hasta el árbol puede ser otro, y no es que miento, se sienten cosas diferentes al mismo tiempo. Los pájaros ya no son sino la nota en una postal de mundo, tan reiterada que termina por aceptarse  como marco de  lo humano. Sólo  los objetos, dóciles, no miran a los ojos. Los árboles fueron antes que nosotros y sin nosotros persistirán. Cuanto más azul, más verde, el día más nos abandona,  exige  una  disolución  para  la  que  no  fuimos  hechos. El  que  ama  no  pertenece. El  que  con  una  exclamación  une  la piedra, el río, el sol, el que mira no pertenece. Me senté frente a una  fuente  durante horas,  el  agua parecía  infinita pero  siempre era la misma, de pronto todos los mitos me parecieron infantiles.Lo que  la memoria  toma no devuelve y  sin embargo no puedo empezar  de  nuevo  a  partir  de  lo  que  vi. Merezco  esta  llaga  de mi boca? Por qué creí que hablaba por el silencio de otro? Es el secreto  la  eficacia de parecer  un  cuerpo  en dominio  de  un ser. Lo dejé con su alma desmontada como un juguete roto entre las manos. 
El amor es el sonido de pasos en la niebla, se fue la vida en escuchar, en seguir ese confuso rumor lejano. Esa niebla somos. Y esta ceniza azul que ahora es mi sangre en sístole perpetua, ya vencida en  los ancestros. Un dios que no se cree me ha creado, camino  y  es  su  gloria  y  si  tropiezo  su manera  de mostrar  que no hay puntada sin hilo. Los perros gruñen cuando rebusco por el  tabaco que me esconden. Sólo el  tabaco  importa, el sol, esos momentos de placer  animal. De noche  soy un hombre  con  los sueños del mundo apilados en cajones. Escribo: no hay respuesta,  el mundo  soñaba  con  soñar un mundo. Temo  la hora  ambigua del crepúsculo, cuando no soy la tierra ni su argumento ni la casa ni  su bohardilla ni el agua mansa ni  la pasión del  fuego que no pregunta  si arder vale  la pena. Destripo una muñeca y no hago  más que lo que se hizo siempre, iniciar el festín de los perros. Y ya nadie sueña para mí. Ya nadie sueña. 




Susana Villalba



Susana Villalba nació en Buenos Aires, en 1956. Integró el Consejo de redacción de la revista Último Reino, dictó talleres literarios en la Universidad de Letras de la U.B.A. y talleres de cine y literatura. Cursó la carrera de dramaturgia y distintos seminarios de cine. Dirigió la Casa Nacional de la Poesía y los Festivales Internacionales de Poesía del Gobierno de la Ciudad y de la Secretaría de Cultura de la Nación.  Dirige  la Casa  de  la  Lectura  del Gobierno  de  la Ciudad de Buenos Aires.  Diseña y conduce un programa radial de Poesía en la página Web de la Biblioteca Nacional.  Libros publicados: Oficiante de Sombras, 1982; Clínica de muñecas, 1986; Susy, secretos del corazón, 1989; Matar un animal, 1995 en Venezuela, 1997 en Argentina; Caminatas, 2000; Plegarias, New York, 2002.


IMAGEN: Sigmund Freud, hacia 1935.