jueves, 17 de diciembre de 2015

MI VIDA





El muñeco enorme de mi cuerpo
rehúsa levantarse.
Soy el juguete de las mujeres.
Mi madre

me exhibía a sus amigas.
"Habla, habla", imploraba.
Y me movía la boca
pero nunca llegaron las palabras.

Mi esposa me tomó del escaparate.
Me acomodé en sus brazos. "Sufrimos
la enfermedad de ser", susurró
y me acomodé en silencio.

Ahora mi hija me ofrece
un biberón con agua y dice:
"Tú eres mi verdadero bebé".

¡Pobre criatura!
Miro el oscuro
espejo de sus ojos
y me veo a mí mismo
disminuyendo, hundiéndome
en una profundidad que ella desconoce.
Aliento no me queda,
no me levantaré otra vez.

Yo crezco en mi muerte.
Mi vida es insignificante.
El mundo es verde.
Nada es todo.


PARA JESSICA, MI HIJA

Esta noche caminé
cerca de casa
y sentí temor,
no del rumbo del viento
que me hizo amar y ser
sino de la oscuridad y la distancia.
Caminaba escuchando el viento,
sintiendo frío, interesado
en las estrellas que alumbran
la inmensa bóveda del cielo.

Jessica, es más fácil
pensar en nuestras vidas
mientras caminamos
bajo el breve lustre de las hojas,
amando lo que poseemos,
que pensar en seres tan pequeños
como nosotros
viajando en la oscuridad
sin un camino posible,
sin un final a la vista.

Aún recuerdo otras épocas
bajo el mismo cielo
cuando se aligeraban los huesos
y la heridad del cráneo estaba abierta
a los fríos rayos del mundo
y por un instante eran el mundo.
Entonces yo creía
que éramos hijos de las estrellas,
que nuestras palabras estaban hechas
del mismo polvo que brilla en el espacio.
Entonces podía sentir en la levedad del aliento
el peso de un día entero
venir suavemente a descansar.

Pero esta noche
es distinto.
Temeroso de la oscuridad donde vagamos
o nos desvanecemos juntos,
imagino una luz
que impedirá que nos apartemos demasiado,
una secreta luna o un espejo,
una hoja de papel,
algo que tú puedas llevar
en la oscuridad
cuando esté lejos.


MI HIJO

A la manera de Carlos Drummond de Andrade

MI hijo
mi único hijo,
el que nunca tuve,
podría ser un hombre.

Se mueve 
en el viento
descarnado y sin nombre.
A veces

viene 
y apoya en mi hombro
su cabeza
más ligera que aire.

Y yo le pregunto,
hijo,
¿dónde te encuentras,
dónde te ocultas?

Con frío aliento 
me responde,
no lo advertiste
y sin embargo llamé
y llamé
y sigo llamando
desde un lugar
lejano,

más allá del amor,
donde nada,
todo,
quiere nacer.


AMARÉ EL SIGLO VEINTIUNO

La cena se enfriaba. Los huéspedes, en espera de breves
y azarosos encuentros, estaban tendidos en sus cuartos.
Las papas estaban duras, los porotos blandos, la carne
no había carne. El sol invernal había amarillado 
         los olmos y las casas;
los ciervos se marchaban como refugiados por la carretera;
         en el sendero los gatos
se calentaban entre sí sobre la cubierta de un coche.
Entonces un hombre se volvió y me dijo:
    "Aunque yo amo el pasado y amo su oscuridad y su peso
     que nada nos enseña, y amo su pérdida y todo él
     pidiéndonos nada, yo amaré más el siglo veintiuno
     porque en él veo a alguien en bata y chinelas; alguien
     de ojos oscuros y humildes que camina a través de la nieve
     dejando a sus espaldas no más que sus huellas".

"Oh", dije poniéndome el sombrero, "Oh".







Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, Canadá,  1934 - Nueva York, E.E.U.U., 2014)


(Traducción: Eduardo Chirinos)








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