martes, 15 de diciembre de 2015

ELEGÍA A MI PADRE


2. RESPUESTAS

¿Por qué viajaste?
Porque la casa estaba fría.
¿Por qué viajaste?
Porque lo he hecho siempre, desde el anochecer
  hasta la llegada del alba.
¿Qué llevabas puesto?
Llevaba un traje azul, una camisa blanca, una corbata
  amarilla y medias amarillas.
¿Qué llevabas puesto?
No llevé nada. Una bufanda de dolor
  me mantuvo abrigado.
¿Con quiénes dormiste?
Dormí con mujeres distintas cada noche.
¿Con quiénes dormiste?
Dormí solo. Siempre he dormido solo.
¿Por qué me mentiste?
Siempre pensé que decía la verdad.
¿Por qué me mentiste?
Porque no hay nada que mienta más que la verdad
  y yo amo la verdad.
¿Por qué te vas?
Porque las cosas no tienen ningún sentido para mí.
¿Por qué te vas?
No lo sé. Nunca lo he sabido.
¿Cuánto tiempo debería esperarte?
No me esperes. Estoy cansado y quiero
  echarme a descansar.
¿Estás cansado y quieres echarte a descansar?
Sí, estoy cansado y quiero echarme a descansar.




3. MURIENDO

Nada pudo detenerte.
Ni tu mejor día. Ni el reposo. Ni el movimiento del mar.
Tú continuaste muriendo.
Ni los árboles que abrigaron tus pasos,
ni los árboles que te ensombrecieron.
Ni el doctor que te advirtió,
el canoso y joven doctor que te salvó una vez.
Tú continuaste muriendo.
Nada pudo detenerte. Ni tu hijo. Ni tu hija
que te alimentó y te hizo un niño nuevamente.
Ni tu hijo, que creyó que vivirías para siempre.
Ni el viento que agitó tus solapas.
Ni la quietud que se ofreció a tu movimiento.
Ni tus zapatos que se hicieron cada vez más pesados.
Ni tus ojos que rehusaron mirar hacia adelante. 
Nada pudo detenerte.
Te sentaste en tu cuarto y miraste fijamente la ciudad
y continuaste muriendo.
Ibas a trabajar y dejabas que el frío entrara en tus ropas.
Que la sangre chorreara en tus medias.
Que tu rostro se volviera blanco.
Que la voz se te quebrara.
Te apoyabas en el bastón.
Pero nada pudo detenerte.
Ni los amigos a quienes aconsejaste.
Ni tu hijo. Ni tu hija, que cuidó tu crecer a lo pequeño.
Ni la fatiga que vivió en tu aliento.
Ni tus pulmones, que se llenarían de agua.
Ni tus mangas que cargaron el dolor de tus brazos.
Nada pudo detenerte.
Tú continuaste muriendo. 
Cuando jugabas con los niños continuabas muriendo.
Cuando te sentabas a comer.
Cuando despertabas por las noches, bañado en lágrimas,
  el cuerpo llorando.
Tú continuaste muriendo.
Nada pudo detenerte.
Ni el pasado.
Ni el furturo con su promesa de buen tiempo.
Ni la visión de tu ventana, abierta al cementerio.
Ni la ciudad. La terrible ciudad con sus edificios
  de madera.
Ni la derrota. Ni el éxito.
Nada hiciste sino seguir muriendo,
Apoyabas el reloj en el oído.
Te sentías resbalar.
Te echabas en la cama.
Cruzabas los brazos sobre el pecho y soñabas
  el mundo sin ti,
en el espacio bajo los árboles,
en el espacio en tu dormitorio,
en los espacios vacíos de ti
y tú continuaste muriendo.
Nada pudo detenerte.
Ni tu respiración. Ni tu vida.
Ni la vida que esperabas.
Ni la vida que tuviste.
Nada pudo detenerte.




Mark Strand (Summerside, Isla del Príncipe Eduardo, Canadá,  1934 - Nueva York, E.E.U.U., 2014)

(Traducción: Eduardo Chirinos)