martes, 25 de agosto de 2026

EDIPO REY



Fragmentos de la Introducción

...El teatro clásico griego supo narrar los acontecimientos trágicos de tal modo que el espectador pudiera percibir el elemento sublime que hay en ellos, esa categoría que Kant describiera como “el dominio artístico de lo sublime”.
   Del griego trágos (macho cabrío) y ádein (cantar), por el papel que desempeñaba la figura del macho cabrío en las celebraciones dionisíacas, la tragedia es, en principio, un canto o drama heroico. Pero tal vez la definición más pertinente y aguda la proporcionó Hegel, no en vano el romanticismo e idealismo alemán retornó al mundo griego y se distanció del racionalismo ilustrado del siglo XVIII: “Para lo trágico auténtico es menester que las dos potencias en lucha estén justificadas cada una por su parte, que sean éticas”. Vale decir: que a cada una de las partes les asista algo de razón; es condición de la emergencia de la libertad que salga a la luz la oposición, por ello la eticidad griega se halla radicalmente escindida, sobre ese fértil suelo crece la planta de la tragedia griega: “La sustancia se escinde, pues —sigue diciendo Hegel—, en una sustancia ética diferenciada, en una ley humana y otra divina...”

  ...De manera análoga, tal equilibrio de forma se desplaza al fondo. Se puede inferir que en la tragedia griega el hombre debe pasar por el chaos (a la manera de expiación o ascesis) para arribar al kosmós. En la gran mayoría de las piezas, la tragedia se desata cuando el hombre incurre en hybris (orgullo desmedido, soberbio, ánimo de rivalizar con los dioses): es Jerjes desafiando a la voluntad de los cielos en Los persas, de Esquilo; es la flota griega ofendiendo la majestad de los altares en Las troyanas, de Eurípides; es la vanagloria de Edipo en el Edipo rey, de Sófocles. La hybris, la desmesura, es la que provoca el desequilibrio, la que desata el furor de los dioses y la que pone en peligro, en ocasiones, a la entera polis; en el agón entre Dionyso y Apolo, la hybris es la borrachera dionisíaca que comienza infringiendo los límites de la condición humana y termina precipitando en la ruina a los mortales; quien incurre en hybris, pues, debe ser castigado. Por tanto, todas las peripecias de la tragedia (aun las más sangrientas, como las que se refieren en la Orestía, la maravillosa trilogía esquiliana) conducen a la Temis: la ley, el equilibrio eterno, el orden finalmente recuperado; es el anhelado momento en que a la hybris se le opone la sophrosine (la moderación, la templanza). Como bien señala Murray, un drama griego se desarrolla como si trazara una curva de creciente tensión que se va agudizando hasta la penúltima escena, para luego desvanecerse en un clima de majestuosa calma.
  Pues, ¿quién es, al cabo, Edipo? Un (desafortunado) buscador de la verdad, de la alétheia, palabra conformada por la privación a y el y el verbo lantháno: permanecer oculto. Como bien observa Carlos García Gual aludiendo a Heidegger, la verdad, no es algo dado, sino algo que hay que descubrir y comprobar, algo que necesariamente hay que des-ocultar. Al modo de una exquisita paradoja, Edipo paga el desocultamiento con el precio de su ceguera.
   Toda gran obra literaria nos sitúa frente a un paisaje de cumbres y mesetas, una pieza en la cual se alternan el adagio y el allegro (las malogradas sólo pueden hacer alarde de declives y monodia). Edipo rey —para asombro, para estupor, para embeleso del lector o espectador— es una sucesión de cúspides que en raras ocasiones se concede y nos concede el descenso a la planicie, la tregua del andante: desde el anuncio de la peste, apenas comenzada la obra, hasta ese desenlace escalofriante con Edipo ciego y partiendo rumbo a su exilio en Colono, no hay escena que se pueda añadir o quitar porque todas y cada una resultan cerradas en sí mismas, esenciales para el desarrollo general de la trama e intraducibles a otros términos que no sean los propios. La estructura de Edipo rey no desmiente la apreciación de Murray respecto a la analogía entre el desarrollo de una tragedia griega y el trazado de una curva de tensión creciente, sólo que en el caso particular de Edipo rey, el punto más alto de esa curva, su vértice, se prolonga mucho más allá de lo que resulta habitual en cualquier tragedia.
   En cuanto al trabajo que aquí se expone a la benevolencia del eventual lector —el traslado de la tragedia de Sófocles a endecasílabos castellanos—, entiendo que no requiere de explicación alguna; un libro se justifica por sí mismo, o bien y desafortunadamente no hay nada que lo justifique.  Desde el fondo de los tiempos, ajenos a las mudanzas de la estética y las arbitrariedades del canon, los griegos nos siguen interpelando y esclareciendo; acaso ello confirme en toda la línea un concepto luminoso acuñado por esa exquisita filósofa y escritora española que fue María Zambrano: propio de la filosofía es la pregunta, la respuesta habita en la razón poética.

Osvaldo Gallone (Introducción y traducción)

        Publicó dos libros de poemas, cinco novelas y tres volúmenes de ensayo. Obtuvo, entre otros: Primer Premio en la Convocatoria Nacional Cuentos y Ensayo organizada por San Luis Libro (2010), Primer Premio a la Mejor Novela en la convocatoria realizada por V.S. Editores (2013), Primer Premio del Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet (2014), Primer Premio en la Quinta Edición de Novela Negra “A sangre fría” (Ápeiron Ediciones, 2020). En el curso del año 2023, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires le otorgó un reconocimiento por su trayectoria literaria.


EDIPO REY - SÓFOCLES

ESCENAS FINALES

TIRESIAS:
Nadie hay detrás de las palabras dichas,
sólo tú eres autor de tus desdichas.

EDIPO:
¿Por qué tendré que estar siempre al acecho?
Todos quieren sacar algún provecho,
la traición se revela en tantos modos,
pues hambre de poder lo tienen todos.
¿Cuál es, profeta, tu ilusión siniestra?
¿Te imaginas sentado ya a la diestra
de Creonte, después de haber tomado
el sitio que los dos me han usurpado?
Pero no será fácil, son dos necios
que pagarán por esto un alto precio.

CORIFEO:
Si el ciego habló con cierta impertinencia,
tú, Edipo, no apelaste a la prudencia.
Pues ahora lo único atinado
es cumplir lo que el dios nos ha mandado.

TIRESIAS:
Rey eres. Yo no dudo de tal hecho,
pero somos iguales en derecho
de hablar. No estoy sujeto a ti, pues solo
soy sujeto y vehículo de Apolo.
Connivencias no busco ni reclamo;
el rey siempre es un rey, mas no mi amo.
Soy ciego, y eso el sueño no me quita,
mas tú no sabes ver con quién cohabitas.

EDIPO:
¡Ya no soporto más estos rumores!
¡Fuera, malvado, fuera! ¡No demores!

TIRESIAS:
¿Acaso no me has dicho que querías
que te alumbrara con mis profecías?
Estas son, las diré. Pero procura
que no te suman en la noche oscura.
La persona a buscar no es extranjera;
aquí nació, aquí vive y aquí impera.
Que esto que digo, se recuerde luego:
quien ahora ve, muy pronto estará ciego.
Quien se envuelve en los fastos de su herencia,
acabará muy pronto en la indigencia.
Quien vertical camina soberano,
muy pronto tendrá un báculo en la mano.
No digan que el vidente no predijo
que él es hermano de sus propios hijos,
y aunque el saber no alivie ni conforte
de su madre también hizo consorte.
Ahora me voy. Si mi palabra miente
renuncio a mi estatuto de vidente.
(Sale Tiresias).

EDIPO:
¡Es Creonte el canalla que ha dictado
las palabras que el ciego ha pronunciado!
(Edipo entra en palacio).

ESTROFA:
Horror me habita, pues jamás he oído
un vaticinio como el proferido
por Tiresias. Me hundió en amargo llanto
y todavía tiemblo del espanto.

ANTIESTROFA:
De su palabra aún no hay evidencia,
pero tampoco dudo de su ciencia.
Pero a un rey, más allá de sus errores,
no se lo inculpa a base de rumores.

ESTROFA:
Por más que busco con afán no hallo
cuál es el vínculo entre Edipo y Layo,
y hasta que no haya prueba o plebiscito
no le puedo imputar ningún delito.

ANTIESTROFA:
Preveo, en cuanto a mi razón alcanza,
que las diosas de unánime venganza
van a rodear a Tebas de tal suerte
que aquí no habrá más que dolor y muerte.
(Entra Creonte).

CREONTE:
Ciudadanos: el rey, voz imperiosa,
me ha mentado de forma calumniosa.
No puede mi lealtad ser discutida,
prefiero poner límite a mi vida.
¿A qué seguir la vida en adelante
cargando con baldón tan infamante?

CORIFEO:
No le prestes oídos al dicterio,
de la ira nació tal vituperio.
Si tu lealtad está en tela de juicio,
quien lo hizo ha caído en el desquicio.

CREONTE:
Pero, ¿acaso no dijo que alimento
de Tiresias discurso y argumento?

CORIFEO:
Es verdad, y es verdad que se equivoca,
el furor hizo presa de su boca.
Pero aquí viene el rey. Lo veo transido.
Háblale con prudencia y con sentido.
(Entra Edipo).

EDIPO:
Con que eres tú, Creonte, ¡clamo al cielo!
¿Cómo te atreves a pisar mi suelo?
¿Creías que tejiendo red de araña
no iba yo a descubrir tus artimañas?
Loco y más loco estás, desatinado,
si piensas ocupar trono usurpado.

CREONTE:
Ya hablaste tú de mi intención macabra,
quiero que ahora seas juez de mi palabra.

EDIPO:
El don de la palabra te fue dado.
Yo, en cambio, soy inculto y limitado.
Mas no te fíes de estos pormenores,
pues sé reconocer a los traidores.

CREONTE:
¿Quien es mi hermana, no es también tu esposa?

EDIPO:
¿Cómo puedo negar tamaña cosa?

CREONTE:
Pues bien, quiero que hagamos el intento
de pensar los dos juntos un momento.
¿Qué hombre quisiera urdir una maniobra
para reinar viviendo entre zozobras?
Si me dan a elegir para que escoja,
¿quisiera un trono envuelto en la congoja?
Y en lugar de mi sueño sosegado
¡desvelarme por tópicos de Estado!
De lo que quiero y de lo que me abstengo
de mi hermana y de ti todo lo obtengo.
¡Quién precisa ser rey si para ello
debe sacrificar hasta el resuello!
El trato con traidores me es ingrato,
y no pienses que soy tan insensato:
¿que yo puse palabras en la boca
de Tiresias? Te engañas y equivocas.
Para probarlo creo necesario
que envíes al santuario a un emisario,
así dirá el oráculo virtuoso
si yo he sido veraz o mentiroso.

EDIPO:
No me convence tu palabra culta.
Y tu traición tampoco se me oculta.

CREONTE:
Tu obcecación es dura como el hierro.
¿Qué quieres? ¿Confinarme en el destierro?

EDIPO:
¿El destierro? No sueñes con tal suerte,
pues la traición se paga con la muerte.

CREONTE:
Apetito de sangre te alimenta.
¡Cuánto rencor tu corazón alienta!

EDIPO:
Al rey se acata. Un rey es soberano.

CREONTE:
A un rey cuando es un rey, y no un tirano.

CORIFEO:
Aquí llega la reina. ¡Loada sea!
Tal vez ella mitigue esta pelea.
(Entra Yocasta).

YOCASTA:
A la ciudad ya no hay quién la defienda
¡y ustedes se levantan en contienda!
¿No les hace sentirse abochornados
lidiar mientras el pueblo está enlutado?
Creonte, ve a tu casa. Ten sosiego.
Y tú, Edipo, al palacio. Te lo ruego.

CREONTE:
Sabias palabras brotan de tus labios,
mas Edipo empezó con mil agravios.

EDIPO:
De acuerdo. No lo niego. Mas, ¿qué tono
se usa para quien codicia el trono?

CREONTE:
¡No, no y mil veces no! Vana disputa,
nada hice de cuanto se me imputa.

CORIFEO:
Edipo, tu razón por tierra echas.
A nadie se lo imputa por sospechas.

EDIPO:
De acuerdo. Creonte, date por perdido,
donde mores serás aborrecido.

CREONTE:
Entendido. Me voy con toda calma.
No dejes tú de atormentarte el alma.

CORIFEO:
Señora, lleva al rey. Yo te lo pido.

YOCASTA:
Debo saber aquí qué ha sucedido.

CORIFEO:
Palabras vanas y sospechas locas.

YOCASTA:
Quiero saberlo de su propia boca.
(A Edipo):
¡Oh, rey! Toda atención a ti dispenso,
¿qué ha causado tu enojo tan intenso?

EDIPO:
Tu hermano, a quien jamás hube ofendido,
una celada indigna me ha tendido.
Con interés tan bajo cual mezquino
de Layo me declara el asesino.

YOCASTA:
¿Él mismo te lo ha dicho, cara a cara?

EDIPO:
Por medio de Tiresias, quien declara
no haber jamás con nadie concertado
todo aquello que me ha vaticinado.

YOCASTA:
¿Un adivino? ¡Apelo al raciocinio!
Ningún hombre es capaz de vaticinios. 
En cuanto al resto, bien puedes quedarte
tranquilo. Ahora mismo voy a darte
prueba de que una sombra no se cierne
sobre un crimen que en nada te concierne.
Alguna vez a Layo alguien le dijo
que si ambos concibiéramos un hijo,
él moriría cruelmente asesinado
a manos de ese hijo en mí engendrado.
Cierto es que tuvimos sólo un hijo
y a estar por lo que antaño se predijo,
Layo confinó al niño a tierra extraña
a fin de que yaciera en la montaña.
Ya ves qué escandaloso desacierto
es tomar un oráculo por cierto:
no resultó aquel niño un asesino,
Layo murió en un cruce de caminos.

EDIPO:
Un cruce de caminos convergentes…,
¿puedes decirme dónde, exactamente?

YOCASTA:
En ello y sin dudar, todos coinciden:
donde el camino a Delfos se divide.

EDIPO:
¿Y hace cuánto pasó? ¿No me lo aclaras?

YOCASTA:
Sí. Tres días antes de que tú arribaras.
Si mi memoria no falla ni olvida
la tal noticia estaba difundida.

EDIPO:
¡Oh, Zeus! ¡Tan poderoso y tan loado!
¿Hacer de mí qué cosa has decretado?

YOCASTA:
No alcanzo a comprender qué es lo que buscas.

EDIPO:
Más bien pregúntame qué no me ofusca.
O nada me preguntes al respecto.
Dime de Layo cuál era su aspecto.

YOCASTA:
Cabello blanco, ponderable altura...
muy parecido a ti en cuanto a apostura.

EDIPO:
Bien pudiera ocurrir que el adivino
supiera más que yo de mi destino.

YOCASTA:
¿Qué te sucede, Edipo? ¿En qué reparas?
El terror se apodera de tu cara.

EDIPO:
Una pregunta más y sólo una
que aligere la carga que me abruma:
¿Layo iba solo o en séquito completo
como conviene a tan alto sujeto?

YOCASTA:
Cinco en total eran su compañía
y a Layo una carreta conducía.

EDIPO:
Y… ¿quién notificó del accidente?

YOCASTA:
Un criado. Único sobreviviente.

EDIPO:
¿Dónde está? ¿Vive aquí? ¿En los aledaños?

YOCASTA:
No. Se fue al campo a pastorear rebaños.
Muerto Layo y tú mismo entronizado,
decidió vivir solo y alejado.
Dejé que se marchara, pues al cabo
era digno a pesar de ser esclavo.

EDIPO:
¿Regresar puede y con vital urgencia?

YOCASTA:
Claro, pero… ¿por qué tanta impaciencia?

EDIPO:
¡Qué necio soy! Hablé más de la cuenta.

YOCASTA:
Pero…, ¿puedo saber qué te atormenta?

EDIPO:
Negártelo no puedo. En mí se afianza
una angustia que extirpa la esperanza.
Pólibo fue mi padre. De Corinto.
Varón sin par, cabal, claro y distinto.
Un día, en una fiesta concurrida,
cuando la misma estaba concluida,
un ebrio fue acercándose a mi lado
y me dijo que yo era hijo adoptado.

YOCASTA:
Palabra de borracho o de perdido
no llega ni siquiera hasta el oído.

EDIPO:
Con todo, con mi padre al día siguiente
hablé para aclarar el incidente,
y el diálogo me fue muy de provecho
pues de momento estuve satisfecho.
Pero la duda me dejó contrito,
partí furtivamente rumbo a Pito.

YOCASTA:
La espina que en el alma nos lacera
es aquella que no se saca entera.

EDIPO:
Allí Febo emitió una profecía
que de sólo escucharla estremecía:
que yo perpetraría horrendo hecho:
compartiría con mi madre el lecho
y de esa unión tan turbia y execrable
engendraría una prole abominable,
y, por si fuera poco, yo sería
al que a mi propio padre mataría.
De Corinto marché sin desconsuelo,
huir del vaticinio era mi anhelo.
Y así errando llegué, como al descuido,
al sendero de Delfos dividido.

YOCASTA:
Como tantos… mañana, ahora y antes:
clérigos, vagabundos, mendicantes...

EDIPO:
Allí, con una marcha majestuosa,
apareció en la senda una carroza;
sobre ella, un hombre de años ya cargado
tal y como tu boca lo ha pintado.
Un heraldo, sin discreción ni tino,
apartarme pretende del camino,
y yo, de justa ira arrebatado,
con un golpe lo dejo quebrantado.
Viendo ello, el anciano hacia mí apunta
y armado con un fuete de dos puntas
me da un furioso azote, mas te aclaro
que tal fustazo lo pagó muy caro:
con mi bastón y en un furioso arresto
maté al anciano junto a todo el resto.
¿Era de Layo aquel algún pariente
o era Layo sin más? Es evidente
que un dios nefasto y cruel ha decretado
que yo sea el mortal más desgraciado,
que aliente en mí, por mi naturaleza,
ser un hombre colmado de impureza.

CORIFEO:
¡No te rindas, no pierdas la esperanza!
Débiles son las pruebas. Ten templanza.
Todo es rumor y ruido. Aún no has oído
a aquel criado que ha sobrevivido.

EDIPO:
La única esperanza que me alienta
es escuchar lo que el pastor me cuenta.

YOCASTA:
Está muy bien y piensa como quieras,
pero no sé qué del pastor esperas.

EDIPO:
Que diga aquello que yo siempre he oído,
que diga la palabra “forajidos”,
pues si son varios los que lo han matado,
entonces yo no estoy involucrado.

YOCASTA:
Dudo que el hombre sea tan insensato
para cambiar el curso del relato.
Pero aun así, si tal fuera el proceso,
¿acaso cambiaría algo por eso?
Repito, porque en tal razón me obstino:
su hijo no fue de Layo el asesino
por un motivo más que relevante:
¡ese hijo había muerto mucho antes!

EDIPO:
Es razonable. El resto es desatino.
Pero que alguien me traiga al campesino.

YOCASTA:
Yo mandaré por él. Sereno aguarda.
Entremos a palacio. No se tarda.
(Salen Yocasta y Edipo).

CORO:
¡Oráculos de Layo dan por tierra!
Y sin embargo hay algo que me aterra:
en medio de argumentos y oradores
a Apolo le han hurtado los honores.
(Entra Yocasta con dos criadas que llevan flores, vasos de perfumes y una corona de laurel).

YOCASTA:
Yo me acuerdo de Apolo y sus favores,
le ofrendo estos perfumes y estas flores.
A él acudo en plegaria y solicito
que nos alivie el peso del delito.
Edipo está en palacio. Su alma mustia
se hunde en un mar de pronunciada angustia.
(Entra un mensajero).

MENSAJERO:
Señoras, ¿me disculpan? Aquí traje
para Edipo urgentísimo mensaje.

YOCASTA:
Es este su palacio. A él me dirijo.
Y esta que ves, la madre de sus hijos.

MENSAJERO:
¡Oh, señora! Le rindo pleitesía,
creo ser portador de una alegría.
Yo vengo de Corinto y aquilato
que el mensaje que tengo ha de ser grato.

YOCASTA:
Pues, ¡dilo de una vez! Y sé sucinto.

MENSAJERO:
Edipo reina ya sobre Corinto.

YOCASTA:
¿Y Pólibo abdicó? ¿Con qué argumento?

MENSAJERO:
¡Oh, no! La muerte reina en su aposento.

YOCASTA (a una de las criadas):
Esclava, un dios piadoso nos propicia.
Ve y corre a darle al rey esta noticia.
(Llega Edipo).

EDIPO:
Esposa, es increíble esta alegría.

YOCASTA:
Mira qué queda de la profecía:
vaticinios oscuros y banales,
ningún bien hacen y originan males.

EDIPO:
Deja, mujer, que tu sapiencia alabe,
¡qué inútil leer el vuelo de las aves!
Pólibo está en su tránsito postrero
y yo siquiera me acerqué a mi acero.
Consigo se llevó, de modo presto,
el peso de un oráculo funesto.
Ahora solamente me consterno
por lo dicho del tálamo materno,
pues según el oráculo espantoso
mi madre vive y yo seré su esposo.

YOCASTA:
El hombre nada tiene que temer
pues nada con certeza ha de prever.
Y déjame decir que hay muchos hombres,
tan ignorados como de renombre,
que sueñan con su madre y no por ello
les ponen una soga en torno al cuello.

MENSAJERO:
¡Oh, rey! Si mis sospechas no son vanas,
el retorno no ves de buena gana.

EDIPO:
Así es. Por razón o por instinto
prefiero no volver nunca a Corinto.


MENSAJERO:
¿Macularte recelas si incursionas?

EDIPO:
Ese es el temor que me obsesiona.

MENSAJERO:
Si tal es, no le temas al ultraje,
nada tienes de Pólibo en linaje.

EDIPO:
Pero, cómo… ¿no es él quien me engendró?

MENSAJERO:
Te dio la vida tanto como yo.
Te cobijaron, todo te lo dieron,
fuiste un don que mis manos le ofrecieron.
Te recibió con tal benevolencia
pues él no había tenido descendencia.

EDIPO:
Pero, entonces… mi padre, ¿quién ha sido?

MENSAJERO:
Nunca lo supe. Nunca lo he sabido.
Así el azar lo concertó y dispuso,
entre mis manos un pastor te puso.

EDIPO:
¿Aún vive? ¿Cómo doy con ese hombre?

MENSAJERO:
Unos de los de Layo. Tal su nombre.


EDIPO:
¿Alguien sabe de él? Que me esclarezca.
Llegó la hora de que comparezca.

CORIFEO:
Aquí llega Yocasta. Está indecisa.
¿Podrá ayudar al rey en su pesquisa?

EDIPO:
Mujer, ayúdame, contigo cuento.
¿Tal criado es aquel que hace un momento,
cuando me confesaba yo contigo,
queríamos convocarlo de testigo?

YOCASTA:
Que sea o que no sea nada altera,
deja ya de pensar tanta tontera.

EDIPO:
¡Oh! Cada vez que la verdad tangible
se insinúa a la altura de mis ojos,
tú haces lo posible y lo imposible
para encerrarla bajo cien cerrojos.

YOCASTA:
Mi silencio tendrás si es tal tu empeño.
Que los dioses se apiaden de tu sueño.

EDIPO:
¡Calla, mujer, ya calla! Al fin y al cabo
¿temes que yo sea hijo de un esclavo?

YOCASTA:
No es temor lo que acecha en mi conciencia,
sólo quiero apelar a la prudencia.

EDIPO:
A la verdad mis pasos se dirigen,
pues que debo saber cuál es mi origen.
(Yocasta entra precipitadamente en palacio).

ESTROFA:
Cordura en femenina voz habita,
y en la sordera el rey se precipita.
Los dioses van urdiendo telarañas
y el hombre entre sus hilos se enmaraña.

ANTIESTROFA:
Sabias palabras dijo el adivino,
pero el rey desdeñó su relevancia.
Connatural del pájaro es su trino
y del mortal, su inútil arrogancia.

ESTROFA:
El divino apetito es insaciable
y fagocita al hombre en lo más hondo.
Y el aguante del hombre es insondable,
es un pozo sin límite ni fondo.
(Llegan dos esclavos conduciendo al viejo pastor).

EDIPO (Al mensajero):
Mensajero, ¿es el hombre señalado?

MENSAJERO:
Este es, oh rey, el hombre del que he hablado.

EDIPO (Al pastor):
¿Fuiste siervo de Layo o adquirido?

SIERVO:
Siervo. En su casa también he nacido.

EDIPO:
¿Y a qué se limitaban tus labores?

SIERVO:
Era un pastor mezclado entre pastores.

EDIPO:
¿Y asignada te fue alguna región?

SIERVO:
Generalmente iba al Citerón.

EDIPO:
¿Reconoces a este hombre, al mensajero?

SIERVO:
Puede ser. Mas te voy a ser sincero:
a cierta edad se nublan cuerpo y mente,
y la memoria viene lentamente.

MENSAJERO:
Así será. Si el rey está de acuerdo
yo voy a despertarle los recuerdos.
¿Recuerdas que hace tiempo tú me diste
un niño porque pena le tuviste?

SIERVO:
¿Y eso a qué viene? No tengo memoria
para acordarme de tan vieja historia.

MENSAJERO:
Mejor es que te acuerdes del pasado
pues ese niño en rey se ha transformado.

SIERVO:
¡Desgraciado! ¡Silencio! No alborotes.

EDIPO:
¿Quieres cambiar palabras por azotes?

SIERVO:
Rey, ni ofenderte ni irritarte quise.

EDIPO:
Ocultas mucho más de cuanto dices.
Y ahora habla: sin prisa y harto tino,
que de tu boca pende mi destino.

SIERVO:
Si así ordenas, señor, mi boca, presta, 
dirá verdad, aunque ésta sea funesta.
No desearía que mi boca se abra,
mis labios deberían estar sellados,
pero el rey me estimula a la palabra:
tú eras el niño de los pies hinchados.
A poco de nacer y sin retraso,
Layo puso al tal niño en mi regazo
y me impartió una única instrucción:
abandonar al niño en Citerón.

EDIPO:
¿Abandonar al niño en la ladera?

SIERVO:
Así es, señor; a fin de que muriera.

EDIPO:
¡Oh, madre desalmada! ¡Qué alma impía!

SIERVO:
Vaticinio terrible lo exigía.

EDIPO:
Pero… ¿qué ciego y negro sentimiento
puede llevar a tal quebrantamiento?

SIERVO:
Al rey Layo, el oráculo predijo
que moriría a manos de su hijo.
Tenía los pies atados con cadenas,
su indefensión causaba mucha pena.
Y a causa de sus pies, tan inflamados,
lo nombramos Edipo: pies hinchados.

EDIPO:
¡Ay de mí! Mi razón has conturbado:
desde siempre arrastré pies deformados.

SIERVO:
Años después, en medio del camino,
Layo se tropezó con su asesino.

EDIPO:
¿Es posible que todo mi destino
se redujera a un cruce del camino?

ESTROFA:
Es posible porque es posible todo:
en un cruce, un atajo o un recodo.
Aunque no se la advierta a simple vista,
allí está agazapada la imprevista

ANTIESTROFA:
garra que se revela lacerante:
mano de hierro envuelta en frágil guante.
El hombre cuya vida has extinguido…
fue tu padre, mi rey, tu padre ha sido.

EDIPO:
¿Estas palabras son parte de un sueño?

CORIFEO:
No, majestad, son fruto de tu empeño.
(Entra Yocasta).

YOCASTA:
Pero… ¿no he de fiar en mis oídos?
Siempre se ha hablado de “los forajidos”.
No sólo yo escuché lo aseverado,
también el pueblo entero lo ha escuchado.
Y ahora, en un segundo, en un instante,
el grupo se redujo a un integrante.
(Al siervo):
Serás, esclavo, carne de suplicio,
en tu boca germina el artificio.

EDIPO:
¡Calla, mujer! Verdad ha declarado,
aunque la misma me haya aniquilado.
(Yocasta entra violentamente en palacio).

EDIPO:
¿Quién goza del dolor de los mortales,
quién en ese dolor encuentra goce?
Pues no pueden ser otros que los dioses,
quienes se afanan en labores tales.
(Se oye un grito en palacio. Edipo entra).

ESTROFA:
¡Es de Yocasta el grito sobrehumano!
¡Se ha dado muerte con su propia mano!

ANTIESTROFA:
¡Alma sin par, morando en cuerpo bello,
yace en palacio con la soga al cuello!

CORIFEO:
Del vestido, el rey toma dos broches
y en sus ojos gimientes se los clava;
así ha ingresado en la infinita noche,
la noche que no empieza y que no acaba.
(Entra Edipo con los ojos sangrantes).

EDIPO:
¿Sacrificios al dios? Vana tarea.
¿Imprecar contra el cielo? Tarea vana.
Persistir en aquello que desea
es lo más digno de la especie humana,
de la que yo me siento un desterrado,
lo que queda de mí son los despojos
de este pobre mortal que hubo ignorado
lo que tuvo delante de los ojos.

CORO:
Que el cielo lo conforte y que lo ampare,
no hay cosa que en el tiempo no se aclare.
Tal es una verdad que no discuto:
el tiempo es el pesquisa más astuto.
(Entra Creonte).

EDIPO:
A ti, Creonte, de lealtad probada,
lo que es más caro al corazón te entrego,
vela por la progenie infortunada
de este hombre que siempre estuvo ciego.
Creonte, déjame emprender el viaje
para que viva oculto en la montaña,
como si fuera un animal salvaje
que todo cuanto toca, ensucia o daña.

CREONTE:
Lo que pides, Edipo, descoloca,
pues solamente a un dios ello le toca.

EDIPO:
Ahora que todo se hunde y se derrumba,
el Citerón será mi cuna y tumba.
¿Sabes, Creonte, lo que más deseo?
Que mis dos niñas vengan a mi lado.
Yo me haré la ilusión de que las veo
y ellas verán a un padre embelesado.

CREONTE:
Ya te las traigo. En medio de este duelo
creo que serán tu único consuelo.
(Sale Creonte y regresa de inmediato con las dos hijas de Edipo).

EDIPO (A sus hijas):
Tengan una existencia corta o larga,
la vida les será por siempre amarga.
De la ciudad podrán gozar bien poco,
y no crean que en esto me equivoco.
Y cuando esperen, prudencial deseo,
que una mano las lleve al himeneo
ninguna mano habrá, pues desconfío
que algún hombre se enfrente al desafío.
Sois el fruto de un crimen sin reparo;
para ellas, Creonte, pido amparo.

CREONTE:
Sin duda lo tendrán. Mas, por ahora,
haré lo que me pides sin demora.
Obedecerte en esto no me es grato,
mas entiendo tu súplica y la acato.
Obtendrás lo que quieres de mi parte,
mas de las niñas debes separarte.

EDIPO:
¡Oh, no! Me dejas solo en mi calvario…

CREONTE:
Si te las quito es porque es necesario.
(Entran las niñas en el gineceo y Edipo en palacio).

CORIFEO:
¡Ay de aquel que de ser feliz presume
antes de que su vida se consume!
Aquello que profiere por su boca
en envida de dioses desemboca.
Y quien se jacte de alcanzar la cumbre
destinado estará a la pesadumbre.
¡Ay de aquel que de ser feliz presume
antes de que su vida se consume! 


Sófocles 

(Traducción e Introducción: Osvaldo Gallone)

Sófocles (Grecia; Colono, 496 a. C.-Atenas, 406 a. C.) fue un dramaturgo trágico griego. Autor de obras como Antígona o Edipo rey, se lo considera una de las figuras más destacadas de la tragedia griega, junto con Esquilo y Eurípides. De toda su producción literaria, solo se conservan siete tragedias completas, que son de importancia capital para el género.



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