sábado, 27 de noviembre de 2010

POR ERROR




Después de viajar una hora, quedé un rato en la estación recordando la charla con mi compañero de asiento.
—Creo que estamos equivocados -me dijo.
No entendí a qué se refería.
-Vivimos en el error permanente.
-Discúlpeme -dije- ¿a qué se refiere?
-Digo que usted y yo, y los demás, estamos equivocados.
-¿Equivocados?
-Por supuesto.
—Pero por qué yo estoy equivocado.
-Por el simple hecho de estar aquí, viajando.
-Discúlpeme, pero yo mismo quise tomar este tren.
-Yo no discuto si usted quiso o no tomar este tren, lo único que digo es que lo tomó por error.
-¿Por error? No es este el tren que va a...
-No lo digo por eso.
-Porque yo puedo mostrarle mi boleto y,
-Sí, ya sé, usted sacó el boleto muy convencido. Pero está equivocado.
-No entiendo.
-Alguna vez se arrepentirá de haberlo hecho.
-Qué cosa.
-De haber tomado este tren.
-Por qué habría de arrepentirme.
-Siempre estamos pensando que no hicimos lo correcto.
—No es mi caso.
-Y por qué no viaja en auto entonces.
-Porque no tengo.
-Pero usted trabaja.
-Sí, pero no gano lo suficiente como para comprarme uno.
-¿Por qué?
—Los salarios están deprimidos. -Sin embargo hay gente que vive de un salario y viaja en su propio auto.
-Son otras realidades.
-Y por qué no la suya.
-Es que.
—Es que alguna vez en su vida habrá cometido un error.
-Siempre traté de hacer lo que quise.
—Es una buena excusa.
-Quiero decir que es lógico que alguna vez me haya equivocado, soy falible como cualquier ser humano, aunque de ahí a pensar que he vivido equivocado hay un buen trecho.
-Sin embargo usted no puede dar razón de sí mismo. No supo explicarme por qué viajaba en tren en lugar de hacerlo en auto.
-Sería muy largo.
-Otra excusa.
-Discúlpeme, pero si usted cree que su vida fue un error no entiendo por qué tengo que pensar lo mismo acerca de la mía.
—No quiero que lo piense, quiero que reconozca que al menos una vez estuvo equivocado y que en más de una ocasión supuso que su vida era un error.
-Por supuesto, y ya se lo dije.
—Usted dijo que era lógico que alguna vez se hubiera equivocado, no fue más que eso.
-Bueno.
-Lo que trato de explicarle es que la vida de cualquiera es un error.
-¿Aún la de los que viajan en auto?
-Sin dudas. Fíjese qué tan equivocada está nuestra vida, que no hace más que terminar en un error.
-La muerte es natural.
-Entonces usted ama la muerte.
-No quise decir eso.
-Pero lo dijo.
-Quiero decir que si en este momento estoy vivo y me siento saludable no tengo motivos para pensar en la muerte.
-Coincida conmigo que ha de ser muy feo morirse.
-Claro.
-Que a nadie le gusta.
—Desde luego.
—Y por qué lo toma con tanta naturalidad entonces.
-No, yo no lo tomo así, simplemente digo que es natural, lógico. Uno nace, crece, se reproduce si puede y muere.
-¿Y en el medio?
—En el medio de qué.
-Entre que nace y se muere.
—Vive.
-Sufre. Sufre por sus errores.
-No sé corno hacer para explicarle que no es mi caso.
-No es su caso, es el caso de todos. Todos los que viajamos en este tren estamos equivocados, cometeremos el peor de lo errores.
-Creo que lo entiendo, lo que usted sugiere es que algún día todos moriremos, cometeremos el peor de los errores.
—No, lo que quiero decir es que vivimos con la sensación de estar equivocados y, a veces, tenemos una convicción tan certera que volvemos a equivocarnos.
—Ahora sí que no entiendo.
-Quiero decirle que la vida no es más que una sucesión de errores.
-Sí, es muy cierto que uno aprende equivocándose.
-Aún así...
-Aún así, también es cierto, puede volver a cometer el mismo error. Es muy común.
-Aún así ya no puede salvar esos errores. Suponga que usted tiene absoluta conciencia de que dentro de cinco minutos morirá y en ese instante no sabe qué hacer, trata de remontar su vida. Y lo hace. Dígame cómo salvará los errores cometidos.
-Es muy fácil rebatirlo. A cada momento, y esa es la realidad, no tenemos conciencia de que moriremos, por consiguiente, no hacemos permanentes balances de nuestra existencia. Vivimos nada más.
-Quise llevarlo a un supuesto.
-De acuerdo, pero un supuesto poco probable. Con ese criterio podríamos preguntarnos qué pasaría si este tren, en lugar de reptar, volara.
-Pero los trenes no vuelan.
-Desde luego.
-Y la gente sí se muere.
Hice una mueca de sobreentendido.
-Y piensa.
Respondí con otra mueca y enseguida intenté robarle las palabras.
-Y piensa que está equivocada. No hay caso, su idea es demasiado fuerte para mí.
—Entiéndame, no se trata de que yo esté más convencido de lo que parezca, sino de que la gente piense en sus problemas.
-Discúlpeme, pero la gente, como usted dice, piensa en lo que quiere. También en sus problemas. La verdad es que no entiendo por qué pone tanto énfasis en eso, habiendo cosas más interesantes en las que pensar.
-Y usted qué cree.
-Creo que es «su» problema y que quiere que todo el mundo se haga cargo.
-Le aseguro que no.
-Entonces tendrá algún cometido.
-Como cuál.
-No sé, filosófico, o religioso. Puedo preguntarle a qué se dedica.
—Por supuesto. Vendo cucharitas de plástico a heladerías.
-Nunca lo hubiera imaginado.
-A veces hasta la imaginación se equivoca.
—Sí, está bien -dije- córrase por favor que quiero bajarme.
-¿Aquí?
-Sí, aunque me equivoque.
-Usted sabe lo que hace.


(De: Astucias que por sutiles se aniquilan
a sí mismas)



Fernando Belottini (Argentina, Santa Fe, San Jorge, 1962)