miércoles, 22 de mayo de 2013

¡Oh, yo, mi efímero Dios!


El mundo nace y muere en uno


El mundo nace y muere en uno, 
cualquier otra conjetura no es más que eso, 
como el amor o el porvenir. Este poema 
será otro y único ante cada lector, así como 
tu encanto y mi deseo son sólo míos. 
Como en una linterna mágica la vida 
se pasea entre el fulgor y la penumbra. 
No somos más que viajeros asustados 
revisando un mapa confuso. Cada mañana 
reclama carácter, la osadía de resistir 
en la fugacidad, en lo indescifrable.



Sólo agua

Agua limpia, sólo agua limpia,
que dice para mí por entre las piedras.
Aire limpio, sólo aire limpio, que dice
para mí por entre el ramaje. Me dejo estar
sobre la frágil voz de la hierba, cierro
los ojos, estremecido agasajo
el peso del cíelo sobre mi cuerpo.



Mío es mi dolor

Mío es mi dolor, mi hambre
y mi abundancia. Vuelo en círculos,
bajo el sol, allí donde se me pueda ver,
desafiante. El mundo no existiría sin mí.
Miro y creo. No voy a tolerar que nadie
hostigue el candor de mis sentidos, de mi afán.
Aunque sucio, inapropiado: puro, mío.

Brillo entre rejas, mi furia es fresca, 
como mi grito. ¡Oh, Yo, mi efímero Dios!



La lata con el agua

La lata con el agua de los perros 
al pie de la ventana de la cocina, 
desde la que ella, al asomarse, 
ve con extrañeza cómo 
su rostro reflejado relampaguea 
bajo el cálido sol del mediodía.



Ella se quedó dormida

Ella se quedó dormida
sobre la colchoneta inflable
en medio de la pileta.
La colchoneta es transparente
con grandes flores de colores.
Un universo de reflejos
enmaraña su cuerpo, que se hamaca
a impulsos de una brisa suave.
Me es casi imposible imaginar
que alguna otra cosa pueda
estar sucediendo en cualquier parte
simultánea a este prodigio.



A la hora de la siesta reinaba el pecado

A la hora de la siesta reinaba el pecado 
y mi prima Susana era la Gran Sacerdotisa. 
Anda ahí, vení acá... Ahora pónete el sombrero 
y la capa, ahora álzame y canta una canción... 
Todavía siento el peso y la consistencia 
de su cuerpo misterioso quemando entre mis brazos. 
En cada mujer busqué violentar a mi prima Susana, 
ella fundó en mí esta insatisfacción ambigua 
que desluce cada nueva escaramuza.



Sólo la escritura

Sólo la escritura, 
la palabra, ese rayo 
que me atraviesa, ese río 
que me pierde, sólo ella, 
paciente y leal, 
sostiene mi ilusión.



Qué raro esto de saber desde siempre

Qué raro esto de saber desde siempre
que estamos destinados a la muerte, y aceptarlo,
qué raro, despreocupados, y más aún
que esa cita, que se insinuaba remota, fijada
de antemano, de pronto se revele tan próxima.
Es la muerte una pregunta que avanza bajo la fría
superficie. ¿Será un cardumen de sardinas?
¿Será un calamar gigante? ¿O será ella que ya viene
por nosotros? ¿A qué distancia está?
Los viejos navegantes trepamos a los mástiles
y oteamos, inquisidores, el horizonte...
Esta vez es un banco de sardinas, todos vitoreamos
la continuidad de la vida, y recibimos el aire salado
sobre nuestros rostros como una bendición.



Vas, Tati, junto a tus hermanas

Vas, Tati, junto a tus hermanas 
en tu vestido floreado, infartante 
en tus sandalias de taco altísimo, 
desde las que los machotes se ven 
más confundidos que nunca. El pelo 
crespo, arrebatado, con tu pañuelo 
colorido y perfumado y combativo, 
a lo Janis.




César Bandin Ron (Buenos Aires, 1948)