sábado, 24 de agosto de 2013

Casa de tabaco


















MONOLOGO DEL QUE ESCRIBE

Tanto educar la lengua para hundirla finalmente en tu boca. 
A la fuerza vas a creer en el idioma que escribo.

Quieras o no,
hay palabras incontables para hundirte toda la vida.

Voy a hacer con vos lo que oscuramente buscabas. 

Bajo la lámpara voy toda la noche.

Hasta que entiendas de una vez este reflejo que me persigue:
un hombre lía tabaco
sobre la mesa pulida por las mangas de la infancia.



CITA CANTADA

El que lee Mizoguchi templo de oro
y no entiende que fuego es la cita que se esconde
pero sigue de todas maneras palabra por palabra
creyendo:
habrá que advertirle sobre el uso de las máscaras
sobre la visión de una mujer en el orgasmo
sobre el accidente azulado de un tren.
Habrá que aconsejarlo sobre las imágenes de un sueño
        a la sombra del cáñamo índico. 
Incluso:
disuadirlo -frente al poema- del instinto de frotarse 
los dedos sobre el filo de un cucbillo. 
Habrá que advertirle que no es hora de recordar 
el pañuelo blanco que acariciaba el cuello de su madre 
ni la porcelana de un pájaro en celo
              o el grito de Mishima en su jaula.

Aunque diga SI
el que lee Mizoguchi no apagará el fuego.



EN EL MERCADO DE LA ANÉCDOTA

Es hora de escribir.
La esposa que me llama se puede envenenar con mi lengua.
El trabajo pendiente se puede incendiar con mi infancia.
El hijo que me busca se puede ir con todos mis años.
Tengo que construir mi casa de tabaco
entregar lo que hice en la vida:
para la muerte todo y siempre estará bien hecho porque
ni con un pie en la muerte se puede pisotear el pasado.

Es hora y escribir también pasa.

Es como intentar vender un ojo en el mercado de la
    anécdota.
Dar con el instante en que el agua se desliza 
entre las piernas de toda mujer que lustra lo dorado 
en que la piedra se arroja desde la fragilidad 
de todo hijo que mira ventanas altas. 
Y la puerta que encerró al beso. 
Y el cuerpo que alfabetizó al silencio. 
Y el sexo que se hizo sexo.

Veo alimentos que se pudren
sobre la mesa tendida bajo la sombra de mi cabeza
y cartas
libros.

Alguien en la calle huyendo de una presencia que amenaza. 
Pero eso no es poesía.
Ahí se escucha el tren azulado llevándose a mi familia.
Y la casa queda a oscuras
mientras la infancia me circula en sangre
a la velocidad que pasa la muerte por el espejo.


Lautaro Ortiz



Lautaro Ortiz (La Plata, Buenos Aires,  1973). Publicó en poesía “A estas horas y en este día” (1993), “Casa de tabaco” (2010) y el trabajo de investigación “Árabes. Poemas, crónicas y relatos en Sudamérica” (2003). Ejerce como periodista en varios medios y actualmente se desempeña como jefe de redacción de la revista de historieta Fierro.