jueves, 5 de septiembre de 2013

En la aldea de los pescadores















A pesar del frío atardecer,
en una de las casas
un viejo remienda su red
en la casi invisible caída de la noche;
brilla el oscuro marrón-púrpura
de su gastada lanzadera.
Es tan fuerte el olor a bacalao
que lloran los ojos y se humedece la nariz.
Las cinco casas visten pronunciados tejados
y angostos travesaños
que conducen a desvanes
para el ir y venir de las carretillas.
Todo es plata: la pesada superficie del mar,
que lenta asciende como si temiera derramarse,
es opaca, pero lo plateado de los bancos,
las nasas langosteras y los mástiles, esparcidos
entre dentadas rocas salvajes,
revelan la aparente translucidez
de los vetustos, diminutos edificios de musgo esmeralda
que crecen junto al mar.
Los barriles desbordan
hermosas escamas de arenque
y las cestas de pescado repletas
de lechosas e iridiscentes conchas
e iridiscentes pequeñitas moscas cintilando.
Ladera arriba, tras las casas,
plantado en el rocío disperso de la hierba,
yace un cabestrante de viga raída,
con dos descoloridas manivelas
y manchas de sangre seca, como la melancolía,
donde el hierro ya se oxidó.
El viejo, amigo de mi abuelo,
acepta un Lucky Strike.
Hablamos del descenso en la población
de bacalao y arenque
mientras espera que llegue la barca arenquera.
Brillan las escamas como lentejuelas en su chaleco y su pulgar;
ha escamado, su esencial belleza,
tantos peces con ese viejo cuchillo negro
cuya hoja es casi roma.

Abajo, en la orilla del agua, donde arrastran
las barcas hacia la rampa
que entra al mar, esbeltos plateados
troncos horizontales
sobre grises piedras, descienden
a intervalos de más de un metro.

Frío oscuro profundo y absolutamente diáfano,
elemento intolerable a los humanos,
a los peces y a las focas... tarde tras tarde
he visto aquí a una foca en particular.
Despertaba su curiosidad. Le interesaba la música
y creía, como yo, en la total inmersión;
así que solía cantarle himnos baptistas.
También le cantaba «Fortaleza todopoderosa es nuestro Dios».
Erguida desde el agua me miraba
atenta, sacudiendo su cabeza.

Desaparecía y de pronto volvía a emerger
en el mismo sitio, con cierto desgaire,
como si actuara en contra de su voluntad.
Fría oscura profunda y absolutamente diáfana
la claridad grisácea del agua helada... al fondo, tras nosotros,
los graves, altos abetos.

Azulados, reunidos en sus sombras,
miles de árboles navideños esperan
la Navidad. El agua pareciera suspendida
sobre el azul gris de las redondas piedras.
He visto una y otra vez el mismo mar, el mismo
leve e indiferente mecerse sobre las piedras,
gélido y libre por encima de las piedras,
sobre las piedras y luego sobre el mundo.
Si hundieras la mano en él,
de inmediato te dolería la muñeca;
lastimaría tus huesos y ardería tu mano
como si el agua fuese la transmutación del fuego
alimentada de piedras para arder en la oscura llama gris.
Si lo probaras, al principio te sabría amargo,
después, salado, luego seguro te quemaría la lengua.
Es como imaginamos el conocimiento:
oscuro, salado, claro, móvil, plenamente libre,
extraído de la fría y áspera boca
del mundo, nacido de rocoso seno,
siempre fluye y se retrae; y como
nuestro conocimiento es histórico, transcurre y pasa.



Elizabeth Bishop (E.E.U.U.Worcester, 1911-Boston, 1979)

(Traducción: Jeannette L.Clariond)

At the Fishhouses

Although it is a cold evening,
down by one of the fishhouses
an old man sits netting,
his net, in the gloaming almost invisible
a dark purple-brown,
and his shuttle worn and polished.
The air smells so strong of codfish
it makes one's nose run and one's eyes water.
The five fishhouses have steeply peaked roofs
and narrow, cleated gangplanks slant up
to storerooms in the gables
for the wheelbarrows to be pushed up and down on.
All is silver: the heavy surface of the sea,
swelling slowly as if considering spilling over,
is opaque, but the silver of the benches,
the lobster pots, and masts, scattered
among the wild jagged rocks,
is of an apparent translucence
like the small old buildings with an emerald moss
growing on their shoreward walls.
The big fish tubs are completely lined
with layers of beautiful herring scales
and the wheelbarrows are similarly plastered
with creamy iridescent coats of mail,
with small iridescent flies crawling on them.
Up on the little slope behind the houses,
set in the sparse bright sprinkle of grass,
is an ancient wooden capstan,
cracked, with two long bleached handles
and some melancholy stains, like dried blood,
where the ironwork has rusted.
The old man accepts a Lucky Strike.
He was a friend of my grandfather.
We talk of the decline in the population
and of codfish and herring
while he waits for a herring boat to come in.
There are sequins on his vest and on his thumb.
He has scraped the scales, the principal beauty,
from unnumbered fish with that black old knife,
the blade of which is almost worn away.
Down at the water's edge, at the place
where they haul up the boats, up the long ramp
descending into the water, thin silver
tree trunks are laid horizontally
across the gray stones, down and down
at intervals of four or five feet.
Cold dark deep and absolutely clear,
element bearable to no mortal,
to fish and to seals... One seal particularly
I have seen here evening after evening.
He was curious about me. He was interested in music;
like me a believer in total immersion,
so I used to sing him Baptist hymns.
I also sang «A Mighty Fortress Is Our God.»
He stood up in the water and regarded me
steadily, moving his head a little.
Then he would disappear, then suddenly emerge 
almost in the same spot, with a sort of shrug 
as if it were against his better judgment. 
Cold dark deep and absolutely clear, 
the clear gray icy water... Back, behind us, 
the dignified tall firs begin.
Bluish, associating with their shadows,
a million Christmas trees stand
waiting for Christmas. The water seems suspended
above the rounded gray and blue-gray stones.
I have seen it over and over, the same sea, the same,
slightly, indifferently swinging above the stones,
icily free above the stones,
above the stones and then the world.
If you should dip your hand in,
your wrist would ache immediately;
your bones would begin to ache and your hand would burn
as if the water were a transmutation of fire
that feeds on stones and burns with a dark gray flame.
If you tasted it, it would first taste bitter,
then briny, then surely burn your tongue.
It is like what we imagine knowledge to be:
dark, salt, clear, moving, utterly free,
drawn from the cold hard mouth
of the world, derived from the rocky breasts
forever, flowing and drawn, and since
our knowledge is historical, flowing, and flown.