lunes, 21 de julio de 2014

MI PRIMER RATÓN



















Es el primer ratón. 
Se instala en mi
biblioteca. 
Masca mis libros. 
No lo escucho. 
Pero a la mañana 
deja sus señas. 
Pequeñas mierditas 
como si fueran 
perlas.

Pasan los días.
Lo busco.
Es astuto.
No lo encuentro.
Se ha refugiado
detrás de la cocina.

Al encargado del 
edificio le digo: 
¿puede ayudarme? 
Hay un ratón. 
Se come mis libros.

Pasamos toda 
una mañana
en la cocina.
El encargado
llena de papeles
el horno.
El humo nos ahoga.
Pero el ratón resiste.

Luego desarmamos 
la cocina.
Cuando el encargado 
desmonta la tapa, 
el ratón sale. 
Corre desesperado 
por toda la cocina.

Es un ovillo gris 
grandote. Veo en 
sus movimientos, 
desesperación. 
Se refugia detrás 
de la heladera.

Lo acorralamos.

Vuelve a la cocina. 
Lo acorralamos.

Vuelve detrás de 
la heladera.

Cuando intenta
huir de nuevo
el palo de la escoba
le da en la cabeza.

Ya está dice
el encargado.

Yace en el piso 
con su boca llena 
de sangre.

Es una rata inmunda, 
me dice el encargado.

Pone su cuerpo 
sobre el periódico 
y se lo lleva.

En la madrugada, 
concluyo la novela "Maus".
Es un cómic novelado.

Todos tienen la 
expresión del ratón 
que murió en mi 
cocina.

Son ratones que van 
y vienen en un campo 
de concentración.

El país está lleno 
de gatos.

Cierro el libro 
y pienso. 
Liquidé a alguien 
que se comía 
mi biblioteca.

Era un parásito. 
Llevaba gérmenes.

En la noche 
detrás de mi ventana, 
los diversos 
letreros luminosos 
de bebidas, autos, 
ropa interior, viajes, 
clubes exclusivos, 
resaltan ciertas palabras.

Son palabras diáfanas,
claras, precisas,
sólo que en mi
mente,
muchas están
contaminadas,
por cruces svásticas.

El aire de la mañana 
vuelve limpio.

Borro los hedores. 
Normalizo mi casa.

Junto a la bolsa 
de basura, 
el cuerpo del ratón 
yace en el periódico. 
Un titular lo envuelve: 
"Congreso de la lengua. 
Se abordó la pureza 
del idioma".



PLAZA ITALIA

Es como entrar en 
un sueño. La noche 
y la niebla agigantan 
la figura de Garibaldi 
la distorsionan 
como todas las aureolas 
del neón que 
rodean Plaza Italia.

Voy por una calle 
semioscura, y algunas 
de las frases de Adorno 
giran en mi cabeza. 
Un rato antes lo estuve 
releyendo en un bar. 
Un rato antes lo 
tenía presente en la 
Feria del libro.

El hablaba de la música.
La música siempre tiene
que expresar una negatividad
crítica.
Viendo desfilar los árboles
oscuros, las marquesinas tenues,
los faros de los autos
como ojos de liebres
sorprendidas, pienso, 
la música no tiene que 
ser complaciente.

Pero la niebla me 
lleva de vuelta a casa. 
Lo transfigura todo, 
casi como el escritor 
que interrumpió mi 
lectura en el bar, 
desde un televisor.

Él decía que la 
obra de arte tiene que 
saber relacionarse con 
el poder, porque sino 
resulta estéril.



EL ÁNGEL DE LA HISTORIA

Los españoles dicen 
escaparates. Nosotros 
decimos vidrieras
Y son ellas con sus 
luces opacas, en la 
mediatarde de 
invierno, en Once, 
que ofrecen 
maniquíes.

Ellos están desnudos, 
sin cabellera, calvos, 
sean hombres o mujeres, 
algunos con rasgos 
de negros, otros con 
rasgos aborígenes.

Desde el fondo 
de la tarde oscura, 
desplazándose entre 
contenedores de basura, 
avanzan judíos religiosos 
con levitas y sombreros 
de ala ancha.

Benjamín decía que 
en los detalles mínimos 
transcurre la historia. 
En esas vidrieras 
los maniquíes tienen 
una mirada perdida 
como el ángel de la historia 
que miraba las ruinas 
de una sociedad.

Los hombres de levita 
cruzan ante los maniquíes. 
No los doblega ninguna 
duda. Para ellos 
las ruinas de una sociedad 
son superadas por un más 
allá: una trascendencia.

Ya en la noche cerrada,
hay un tema
que se le escapó
a Benjamín.
Que los maniquíes,
como el ángel
o algunos hombres,
están enamorados
de la eternidad.



Fernando Kofman




Fernando Kofman. Poeta y ensayista, nacido en Posadas, Misiones, en 1947. Vive en Buenos Aires desde fines de los ‘60. Fue co-fundador en 1980 de la revista Satura. Publicó los siguientes libros de poesía: Diez poemas y un aporte (1979), Tiempo de convulsión (1982), Caída de la Catedral (1987), Zarza remueve (1992)- traducido al inglés,en 2008;  De Bell a Campana (1995), El dúo de música de cámara (2001), Tres óperas políticas (2006) y Mi primer ratón (Ed.La Carta de Oliver, 2012). Con características particulares, publicó varios ensayos sobre temas que van de la literatura a la arquitectura, de la filosofía a la política, entre los que se cuentan: Poesía entre dos épocas (1985), Años de ceniza y escombros (1988), Polifonía en el páramo (1990), La cultura depende del lenguaje (1997), Poesía para la arquitectura (2000), La insolación (2004), La poesía opaca (2008) y La idea de absoluto y sus fundamentalismos (2009). Tiene dos obras de teatro en verso inéditas: La tempestad en Florida y El ferry. Dirige con Santiago Espel la revista FrankBaires, orientada hacia el pensamiento crítico.




3 comentarios:

Rolando Revagliatti dijo...

No son pocos los poemas de diversos autores en esta Biblioteca que merecerían comentarios, de ser posible, medulosos. No seré capaz de formular un comentario meduloso sobre estos poemas de Fernando Kofman (como él si es muy capaz de serlo en sus ensayos): módicamente diré que me maravillan.


Rolando Revagliatti
*

Marcelo dijo...

Gracias, Rolando, por lo que me toca. Un abrazo.

SK dijo...

La sencillez de un sabio conmovedor. Impresionantes todos los poemas publicados aquí. Gracias.