martes, 15 de julio de 2014

ESCRIBIÓ DICKINSON






















Los días se acortan y vuelven a alargarse

del invierno al verano.
Pero no la vida. 



Enciendo la lámpara de sal de la montaña

junto a mi cama.
Me suelto el pelo
recordando las canas invisibles.
Me acuesto entre las sábanas de hilo
con la bata dorada de la China.
Debajo mi piel blanca no desea
ni en sus botones rosados 
ni en sus lunares pálidos.
Sobre la almohada se escuchan mis anillos
porque está fresco, quizás, 
y se afinaron mis dedos.
El oro, la plata, la amatista.
Afuera la noche se ha espesado
porque terminó la luna llena.
Empieza el mes que precede al invierno.

Qué ligera que soy sin tus deseos.

Qué dulce corre el alma 
en mi esqueleto.
Qué cierta es esta cara y estos flancos
qué ciertos que son,
qué delicados.
Me admira mi gata, blanca y parda,
y yo la admiro a ella en su silencio.
Hasta el perfume rojo de las flores
tengo.

Qué ligera que soy sin mis deseos. 



Ayer compré un cuarto de sandía.

Desparejo, pálido, pastoso.

A veces
las cosas que uno tiene al alcance de la mano
y corta a la mañana sobre un plato

no parecen venidas de la tierra.

Las semillas resbalan y crepitan 
en el fondo acerado de la fuente.

Miro la roja tajada 
desbastada. 

Pienso en limpiar el balcón abandonado.  



Quería escribir sobre las aceitunas.

Tal vez
sobre aquellas que son pasas.

Tal vez sobre aquellas
que son negras.

Amo las cosas negras que se comen.
Amo las cosas saladas
que se tocan.

Amo las cosas duras por adentro,
las cosas densas y pringosas
por afuera.

Me hacen justicia.
Me parecen ciertas.



Hoy disolví un amor.

Algunos signos se vieron desplazados.

Algunos otros
quedaron en el aire.

Podría pensarse que es un día distinto.

Lo único cierto es que empezó el invierno. 



A veces es triste lo que hago con mis manos.

Hoy remendé el camisón de seda
que me trajiste de la China.

Lo uso solamente para mí:

se va gastando
y no habrá más camisones de la China.

Sólo éste.

Lo voy a usar como solía usar tu amor:
todos los días.

Que dure lo que dure
y que conserve las huellas

de mi cuerpo, 
que sigue estando vivo,

y de todas
las cosas aledañas.


Paso la vida sentada ante la mesa

leyendo 
y escribiendo

y bebo 

y celebro a los poetas chinos
que le cantan al vino,
a la contemplación.

Pero si veo a mi hijo borracho
me preocupo

y si lo veo ocioso
me entristezco.



No quiero cargar con otra cosa

que la fina lámina del cielo
que mis ojos pueden alcanzar. 





Carina Sedevich (Santa Fe, 1972- Reside en Villa María, Córdoba, Argentina)






3 comentarios:

Pablo Romero dijo...

No conocía esta autora. Precioso

Darío dijo...

Maravillosa y eterna.

SK dijo...

Un digno homenaje.