martes, 29 de julio de 2014

avenida de mayo















Persecución

Dormís, en la víspera de tu segundo año 
sobre la tierra, Y hace pocos días 
estuve a punto de dejar salir 
casi un quejido de alegría, persiguiéndote 
en un gimnasio escolar lleno de chicos 
y sus padres. Corrías, te escapabas 
pero sin darte vuelta sentías mis pasos 
cerca de tu espaldita vigorosa. De pronto 
un coro temible, trágico que se escucha 
en los infieles altoparlantes: tengo ya 
cuarenta años, mis héroes son apenas 
nombres, libros, valentías de haber 
vivido, pero desaparecen. Mi nombre 
está más próximo al eclipse, el tuyo 
devuelve a las estrellas otro ciclo. 
La música me trajo el vacío que somos. 
Las paredes, llenas de dibujos, de réplicas 
de pinturas famosas, hechas por manos 
que tienen siete, ocho, nueve, y un destino 
seguramente utilitario, la tortura: el trabajo. 
La paz de tu sueño, el aliento que ritma 
este dormir en un pequeño viaje 
recuerdan los instantes en que te dabas vuelta 
y te reías mirándome seguirte. 
Galileo, en tu nombre, vacío como todos, 
máscara funeraria de paisajes que nunca 
vamos a ver, resplandecían tus dientes, 
y en tus pupilas claras creí ver el sentido
de las elipses constantes. Por supuesto 
que no lo tienen. Pero dormís, feliz, 
como si el mundo no estuviese colgando 
del hilo que algún sueño negativo 
ató a tus palabras, igual que aquella noche 
en que decías soñando: "¡no!, ¡no!, ¡no!" 
Me acompañará siempre, en la degradación 
inevitable, la manera en que frenabas 
y acelerabas por el gran gimnasio 
y el sonido pronunciado, la tercera persona, 
no yo, ni vos, cuando te preguntaron 
quién se golpeó la cabeza: "¡Galileio!"



Fragmento órfico

Como hijo de la tierra y del cielo estrellado,
tengo sed y quisiera olvidarme de todo
y volver a las risas sin memoria
ni geografía, así nos hace chistes
constantemente el caminante inquieto
de tan sólo dos años. Y no se acordará
de una palabra. Esta noche el soplo etéreo
de la embriaguez me devuelve al encanto
como si bajara de golpe una maraña
de hebras enredadas, pero levísimas
y disolviéndose al calor del vino,
para sentir después la sensación
luminosa de estar pensando cada instante
en ideas geniales, inmejorables frases,
los títulos más breves para un libro:
"el hilo del olvido", "la raíz de la lágrima",
"el origen perdido", "recuerdos del principio",
Ojalá que esas iluminaciones
al otro día no fuesen tan banales,
pero si no sabemos qué cosa es
el sufrimiento ni lo que está bien:
¿no es absurdo que mucho antes del fin
de la noche nuestra imprudencia mate
lo que está por nacer? Y así se salvó esto
de la nada, un cuerpo repleto de órganos
incomprensibles, hígado, vesícula,
su coloración íctica, su renguera.
Hasta que llega pura entre los puros
la reina de este mundo, en su esplendor poseo
un don de la memoria, los versitos
que aprecian los lectores. Vení, Cecilia,
divinizada por la ley que ordena
el trabajo inconcluso, interminable
de desenmarañar la incertidumbre.
¡Cuántas noches despierto te miré
desparramada como una estrella tibia
y en cuántos lugares! ¿Quién sabe? Esta noche
podría ser la última. Las luces
del patio se desplazan por el techo
de nuestra pieza, parecida a las otras
que daban a tu cara un habla en permanente
modificación, el tácito mensaje
de algo que conocí entonces, un soplido
ciego al fondo del cuerpo, imperceptible
casi en el enredo de imposturas
de la poesía, el concepto y el cinismo.
Amanece y el sol que filtran las rendijas
de cedro rojo te hace mover, decirme
una pregunta con mi nombre. Tu voz
como la de una chica que nunca hubiera
conocido abandonos ni traición,
sospechas ni mentiras, me invita ya a dormir
más que el cansancio. ¿Sabré mañana
cuando de día empañe su recuerdo
que tu espejo brillante todavía
está ahí, detrás de la maraña, el soplo
ciego, la respiración corroída?
Y yo que estoy perdido y condenado
con las palabras, no puedo decir
qué se mueve libre en mí, por vos, ahora, 
sin oficio y sin arte. Estas palabras, 
este poema son confusión y olvido 
pero sé que guiado por tu piel 
blanca en el río oscuro de la noche 
respiré una vez más, no me ahogué, 
mandé a todos los órganos la sangre 
que impulsa de verdad nuestro barquito.



Silvio Mattoni (Argentina, Córdoba, 1969)