domingo, 13 de julio de 2014

ESA SAL EN LA LENGUA PARA DECIR MANGLAR




















Como ese cumpleaños al que llegamos tarde

Y al preguntar por la tía enferma
una prima dijo “tenía sueño, se fue a dormir”
por la forma en que miró el rincón
donde una nena chupaba restos
de corazón de torta
pegados a una vela, supimos
no la veríamos otra vez.

Alguien hizo con los dedos un hueco
probó encender la llama que el viento apagaba,
alguien recogió del suelo uno por uno  
pañuelos de papel,
alguien tomó papel y lapicera
pero la tinta no salía,   
alguien dejó su pálido rouge en el borde de una copa,
alguien frotó el círculo de esa copa marcado en la madera,
alguien miró la madera y dijo “Oh”
cuando no había  
de qué asombrarse, antes
de que otra nena 
saliera de su escondite bajo la mesa y de un tirón
del mantel 
arrasara con la medida de esos gestos.


La conversación

Había memorizado
las formas de encajar
el cuerpo en las palabras
cómo hacer un relámpago
de una mínima risa
incrustar cada tanto
el nombre propio
en busca del punto firme
de la piedra
donde comienza el salto a la otra orilla.
Había hecho todo
pero todo
fuera de ritmo
como quien ve un cartel que señala
una montaña y piedras
piedras que caen,
no sabía detener ese derrumbe.  


Desayuno 

La mesa entre nosotros
cada cabeza en su libro
levanto la vista
das vuelta una página 
tomás un sorbo de café
mirás el charco negro que hay en el plato
al apoyar la taza una gota salpica tu manga
das vuelta otra página
das una pitada la ceniza al borde de quebrarse,
empujo el cenicero hasta tu lado de la mesa
el ruido del cenicero al deslizarse 
te hace levantar un instante los ojos

mi boca deja salir
un humo que no alcanza a tomar forma y tu mirada otra vez
sigue de largo

cierro mi libro
giro la rueda metálica del encendedor
ese chasquido, ese chasquido.



Silvina López Medin (Buenos Aires, Argentina, 1976)