viernes, 30 de octubre de 2015

LA CASA DE LA NIEBLA

































I
señor, vos le diste a mi hermano un ford falcon rojo 
para llegar a la casa de la niebla

y después qué 

le dijiste?
le explicaste que el camino estaba cortado?
¿que el motor estaba roto?
¿que todo estaba roto?
¿que no había vuelta?

¿qué hiciste, cómo 
para convencerlo?

para que te diera la mano
se sentara en la sillita de mentira
dejara que la oscura hostia de tu nombre 
le llegara a la boca

¿o le metiste una piedra?
o una moneda, un gancho, 
un papelito

de dónde lo enmudeciste, lo hiciste 
olvidar
olvidarnos

qué señas le habrás hecho para que en vez de volver a casa 

apagara el motor del falcon
se escurriera de la sedosa perfección del cuero 
de la música en la radio
del ronroneo cachondo del auto 
y se bajara con vos
para ir adónde

¿a cazar pajaritos?
¿a ver el dorado pasto extinguirse tras el fuego del invierno?
¿a romper el cristal del agua para que beban las crías?

o era verano, quizá, por entonces
y le diste el agua peligrosa de tu cielo

entradora, el aguita, sí
clarita, el agua, bueno
pero detrás de eso vos sabés que un agua así da más sed uno se 

entierra más en el pozo
y más
hasta echarse tierra en el lomo

y ni el ángel constante y poderoso de los molinos de viento 

puede salvarte
no

¿sabías que mi hermano iba a decir sí?

cuando viste el polvito que levantaba el falcon rojo en el 

caminono pensaste dejarlo ir?

aunque sea, señor, porque él era toda belleza, 
a esa edad,
toda alegría 
toda
razón de ser

II-
plantamos un árbol en la casa de la niebla

se doraban al sol los girasoles 
moría otro día
otra noche

el árbol creció, arraigó 
en la penumbra

modelaba con hueso su estatura 

cada pájaro que probó los frutos
caía en somnolencia 
en ausencia de vida

en la radical ceguera de los muertos

III
Epumer el cobrizo, el glorioso,
te prestó la escopeta, y el galgo 
que no temía hundirse en el agua

en la laguna espejeaba, todavía, la luna 

no sabías matar, hasta entonces,
y mataste 
esa mañana 
mataste

dos o tres sirirís, en pleno vuelo

no conociste el arco glorioso del sexo practicado
no viajaste más allá de ese campo y la colonia
no le viste la mueca al diablo 
y su diente de oro

pero aprendiste que la muerte entra en cada 
pequeña
grande carne

que el incendio del cañaveral te tocaría 
taparía las entradas
mustiaría el paraíso y su flor

V
no, mi casa no se derrumbó,
no temblaron los vidrios
ni la araña cayó de la amapola del infierno

todo vino, empezó adentro:
nos tragaba un ojo

éramos o somos
el pan corruptible

por cada hueso hubo una boca
un diente
un hambre distinto

feroz, el ojo eligió
al Imprescindible
al Dulce
al que sigue cantando

somos tan tristes sin él
a veces no hay de qué hablar, ¿sabe?
no hay fuerza para decir las cosas de la vida

pero llega la lluvia, a veces,
que es mansa y hace música en las canaletas

llega la lluvia por el este para ungir la herida
para hacer grandes las flores de carne

de ángel se pone el patio

detrás del ligustro, el Dulce renace
me dice: poné, hermanita, tu mano
en mi corazón

hace el mismo ruido que los caballos
¿viste?
¿no es un milagro?



De: LA ZONA

EL RÍO

vendrá el xanaes
con su lengua de muerta
a cruzarnos el campo

vendrá arrastrando los fetos tibios
de las cloacas distantes
la sal, el malvón
la blonda cabellera artificial de las estatuas
la semilla de caín

en su orilla beberás la lepra
en su orilla habrá un espejo turbio
que revuelva tus gestos
que los deforme hasta ver en ellos
tu real imagen

beberás el caos
el espanto
la verdad

habrás sido arrojado a tu propio infierno



EL TELÉFONO

desde alguna ciudad han llamado los otros
los que por alguna razón están afuera

ignoramos lo que eso signifique

pueden estar, quizá, retozando
de felicidad
-el pulso candoroso-
amando o dejándose amar
por extraños

pueden, también,
estar caminando, aún,
sobre el áspero desierto
de sus alucinaciones

han llamado

y hemos ido, vehementes,
a levantar
el rojo auricular que creíamos muerto

y no hemos entendido nada:

un idioma extranjero
tal vez
la interferencia del viento
entre un balbuceo y otro
una falla mecánica

la lengua que nos hermanaba
ha caído, rota,
como un vaso en el piso
y es inútil reconstruirla

¿qué decían, aquellos?
¿sigan la línea del lago
hacia el Sur?

¿nos pedían esperarlos?
¿o el mensaje era
permanezcan allí
que la zona es infinita
e inusual su infierno,
y triste?



LOS TRENES

un día los viajes cesaron 

a las dos, a las cinco,
los trenes cruzan el pueblo 
vacíos,
fantasmales

su vapor se confunde con la niebla 
que ciega a los caballos
con el humo de neón
de las cafeterías públicas
con el tabaco amargo de los suicidas 
que a esa hora
en grupos
van a mirar los rieles
a oler el perfume del aceite ardido

una noche recordé a la mujer etrusca 
que sacó un pañuelo blanco
por la ventanilla
y me hizo la seña del adiós

así de antigua es la felicidad 
así de inexacta

las máquinas no hallan 
las salidas

su timbre de soledad
nos hace doler el corazón



LOS TELARES

las mujeres se llaman faustine
o amelia

labran el telar

en los buenos tiempos urdieron
en las tramas
niños sudorosos corriendo
tras los rebaños
díscolos ancianos domando la tierra de potrero
segando la hilacha rubia de los trigos

tejieron en ronda
la canción del atardecer
la muerte del albañil
el pelaje suntuoso de la loba

no recordamos cuándo
pero comenzó un día

los dibujos se hicieron frágiles
difusos
como si el vidrio prístino de los ojos
se hubiera ensuciado
como si el paisaje se diluyera
entre los dedos
o fuera
un sueño difícil

cuesta pensar en el vuelo
al ver el pájaro en la trama
cuesta imaginar los sábalos radiantes
si los hilos se cruzan
formando un río

todos los colores tienden
hacia la noche
donde todos los rostros son
idénticos
donde las manos tejen
cosas de las que no se habla



De: OTROS POEMAS

IX

soy
la doméstica de esta vidita
cuando la otra se ausenta, yo
entro a la casa, saco
la basura
la grasa de la vajilla, saco al sol
el colchón con pelos de gato
donde se deshoja el tiempo
de la muerte
me quedo mirando piadosamente
las pelusas contra el sol de la mañana
a veces, también por piedad
acomodo su corazón
pongo en hora el reloj del pasillo
cuando la otra que soy vuelve
pasa un dedo sobre el mueble y dice
que soy buena haciendo eso:
esconder la mugre
perfumar la áspera verdad


(Envío de Valeria Cervero)

Elena Anníbali












Elena Anníbali (1978, Oncativo, Córdoba, Argentina). Estudió Licenciatura en Letras Modernas en la Universidad Nacional de Córdoba.Tiene publicados los libros de poesía Las madres remotas (Editorial Cartografías, 2007) , Tabaco mariposa (Caballo Negro, 2009) y  La casa de la niebla (2015). Integró varias antologías de poesía y narrativa, entre ellas: Cucrito-Antología de poetas argentinos (Editorial Ratona Cartonera, México, 2010); Quince-Antología de poetas mujeres de Córdoba (Editorial Tinta de negros ediciones; 2010); Dora Narra (co-edición Caballo Negro & Recovecos). La Editorial Universitaria de Villa María publicó su relato El tigre, en el marco del Plan Provincial de Lectura.Lleva adelante su blog Che, madamme.