miércoles, 16 de septiembre de 2026

POEMAS SENTIMENTALES

 

CARTA
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¿Regalos de una caligrafía muerta?
Se dirigía a los que habían emigrado, 
el padre a la hija que se llevaba 
todo, con quien le llevaban toda 
la suave espera del futuro. 23 
de diciembre de 1951.
“Mañana es Nochebuena y pienso... 
quisiera que hoy estuvieras aquí... 
con nosotros... armar un lindo pesebre... 
tu sei tanto lontano... la alegría 
que no pude tener... Brindaremos 
una y otra vez por tu salvación...”
¿El porvenir fue óptimo, excelente?
Quizás. Pero el abuelo no vería 
a su nieto niño, no conocería 
al bisnieto poeta: eccomi qua!
“Pienso... ahora pienso... hubiese 
querido bajarte los regalos de la chimenea... 
un bel pulcinella... una bella bicicletta... 
un calzettone pleno di dolci... torroni... 
y ni siquiera eso pude hacer...”
Una estilográfica, sin duda, y un papel 
que absorbe la tinta para que las letras 
dibujen sus curvas precisas, de artista.
El dolor se esconde tras la cortesía, 
apenas. “Este año no armé el pesebre, 
no armé el árbol... me faltaba todo... 
me faltabas... angelo bello. No puedo darte 
mis deseos... tus queridos... te mando 
al niño, José y la Virgen... ti auguro 
tante belle cose... il tuo papá Milo baci." 
La escritura se inclina a la derecha
apenas. Los palitos que atraviesan
las “t” y las dobles “tt” parecen escaparse
de las lágrimas negras que inician las palabras.
La “M” mayúscula de “Madonna” hace
un extraño arabesco antes de subir
sus dos crestas. Al final el papel
se acaba: las cuatro últimas líneas
se apilan en dos renglones. Una parte
de mí se queda en el apostrofe que falta,
en medio de la ciudad desconocida:
L'Aquila. La otra parte, en su idioma, 
piensa que va a morir sin que nada 
pueda sacarla del lugar natal.
En la pantalla líquida contemplo 
la imagen de la carta consumida.
Nada es eterno, aunque ningún amor 
se va del mundo sin dejar su huella.


ENTRELACS


La poesía era un confidencia 
para los muertos. Nadie me veía 
escribiendo cuadernos que perdí.
De memoria, los digo de nuevo 
como cuando trenzaba hilo sisal 
para mi clase de manualidades. 
Apenas un efluvio tenue 
de aquel olor en mi pieza cerrada 
se despierta ahora, y parece inútil 
querer apresarlo. Pero no era 
del todo en mí que pasaba algo 
por mis palabras. Viene de muy lejos 
el susurro imperceptible, persiste 
en ríos subterráneos, se diría 
que dioses diminutos entrelazan 
sus cuerpos y el roce de la piel 
espanta porque no podrá tocarse.




PRIMERA NOVIA

Vuelvo a pensar a veces en tu cara, 
pero no puedo armarla, otras formas 
de sonreír brillan encima y cierro 
vanamente los ojos para verte.
No están los labios que besé en el cielo 
donde campea un arco iris de bocas 
sin dueñas. ¿Fue en la siesta del domingo 
cuando creí que te tocaba y éramos 
de nuevo esos niños que aprenden cosas 
ya sabidas? Algo que iba a faltar 
entre nosotros para siempre: un deseo 
que no llega a su fin, que se derrocha 
lejos de toda huella. Las diez cuadras 
que separaban tu casa de la mía 
vieron pasar volando cada noche 
una imagen de mí que no era yo.
¿Serás una simpática señora, 
una madre con una ansiosa espera 
comiendo para no abrir agujeros 
en la saciedad? Al menos me parece 
que tu memoria habrá guardado el nombre 
del chico temeroso que besaste.
Lástima que no escribas un poema 
para que yo conozca la distancia 
de casi dos decenios entre vos 
y esa belleza no recuperable.



MUSEO

Durante años escribí 
sin entender lo que leía 
en versos libres, profecías plenas 
de enigmas. Pero ya sin fe,
¿cómo aceptar la pérdida
del reino de la muerte, el vuelo
de un demonio que habla y se convierte
en araña o en pulga? Cuando supe
contar sílabas con los dedos
de una mano, de pronto todo
ató la sombra al hilo
y la obligó a dar cuenta del silencio.
Ese miedo a estar muerto y que no hubiera
más imágenes se hizo espejo
donde la oscuridad mostraba cosas
no vítreas, blandas, fibriladas
como cuerpos vivos. En los papeles
abandonados perdura una eficacia
que ninguna palabra alcanza.
Recuerdo el rostro enloquecido 
de una mujer pintada en fondo negro 
y cuyos ojos parecían irritados 
por drogas o sutiles fluidos 
generados por la electricidad 
tensa, anhelante de los ejes neuronales.
El pelo hacia arriba casi formaba 
una aureola y se parecía a Rimbaud.
Esas caras nórdicas, presas 
en la trampa infinita de mirar 
la nieve. Y volví a un sueño tan distante 
que me alejaba del poeta 
comentando al lado mío la pintura.
Los hilos de aquel augurio perforaban 
el paquete en que me transformaron 
una exigencia atroz y un gran desorden, 
como si el miedo a la muerte tuviese 
en su reverso un deseo suicida.
Il miglior fabbro no pudo escuchar 
lo que no supe decir. Con sus versos 
no había nada que aprender: 
pero era estar ahí, en ese mundo 
perfectamente tangible. El sueño 
ponía el cuerpo de Rimbaud en un libro 
que su foto ilustraba. Yo leía, 
en un francés que mi vigilia nunca 
había estudiado, los poemas últimos, 
la despedida antes del fin. Los pies 
en la imagen se iban hundiendo, barro 
ascendente y gris, o más bien 
una masa pululante de larvas 
blancas e indistinguibles. Nada podía 
salvar al joven poeta indefenso, 
petrificado pasto en el altar 
de un dios rumiante. En un momento quise 
que mi lectura detuviera el flujo 
de gusanos voraces. Pero el horror 
se instalaba en los ojos del muchacho 
que entraba en la putrefacción 
sin armas ni poemas. Desperté 
y desde entonces transmuté la pena 
que me tocaba en trémula nostalgia 
por esa carne leída y olvidada.
No quería memorias del pasado, 
sino la vida de otro que se iba.



LO OLVIDADO


¿Qué fue dicho por el niño que vuelve 
al lugar del martirio? ¿Ya sabía 
lo que cruzó su cabeza al nacer?
El miedo a no poder perderse nunca 
desde que habló y pensó, lo congelaba 
como a mí el frío demasiado libre 
para abrazarme las piernas. Tu sombra 
quedó varada allá, limbo dichoso 
donde estás extraviado, mi proyecto 
de líneas sin abandono se alejaba 
justo cuando mi más pequeño yo 
confirmaba que no tenía asilo.
Ya no estás conmigo sino en efigie 
y soy la sombra de ella, aunque seré 
algún día el espectro de mis hijas.
Ojalá un dios fallecido me vuelva 
tan olvidable como fue mi infancia.



INCIPIT IDYLLIUM

No, no es la puerta que crucé al nacer, 
ni una ventana al morir. ¿Qué vuelve hoy 
entre el polvillo flotante del invierno 
bailando con el sol de la mañana?
¿Cómo llegaron hasta mí esta niña, 
su llanto persistente que me dice:
“ahora, ya, ya, ya...”? ¿Qué dios de mayo 
me empujó a hablarte en esa construcción 
de plástico y cemento, donde sufríamos 
vos, ella, yo, vagas ambigüedades 
por infringir las reglas de concordancia? 
Nuestros paraguas descansaban juntos 
y algo nos distraía del pudor 
que en vano desplegaba su habitual 
manto sobre la clase de gramática.
Al poco tiempo, un día me llevaste
hasta mi casa, con tu piloto beige,
tus manos pequeñitas manejando
y tu certidumbre de niña
que ha crecido hacia adentro, y pregunté:
“¿A vos te gusta coger? Para mí
es apenas un limbo que permite
hablar mejor.” Hablar como ya entonces
sin habernos tocado yo te hablaba.
“No es lo más importante”, contestaste, 
con una risa oculta. ¿Percibiste 
que no habría sorpresas, sólo gracias, 
descubrimientos de mí en vos, 
de vos en mí? Y aunque queríamos 
gozar de la belleza, conocernos, 
pusimos el deseo en las palabras.
Y cuando las dijimos siguió el tiempo.
Bajo el arco del cielo fuimos flechas. 
Tenemos una pieza, estamos solos.
Nos sacamos la ropa, los dos vemos 
un cuerpo más hermoso que el ansiado, 
el adivinado. Besos de bajo 
bisbiseo. ¿La escuchaste, la viste, 
a esa vida pasada que se iba?
La suave crema del futuro unta 
nuestros sexos cansados, insensibles 
por un instante. Nunca supe 
por qué lloraste esa noche, después, 
acostada, desnuda y revisando 
la pulcritud del techo. ¿Fue placer, 
fue pena o despedida de otro cuerpo 
que ya no volvería? ¿O la emoción 
vacía que altera todos los líquidos 
internos y extraños? Era imposible 
que sospecháramos en cada lágrima 
tuya, en cristal nocturno, una 
nena, tras otra, tras otra, y vos 
eras su madre y la mitad del padre 
cuando sonó tu llanto en el deleite, 
cuando miré en tus ojos el silencio, 
espléndida como aire que relumbra.


(Del libro homónimo,
Caleta Olivia,2026)
Silvio Mattoni


Silvio Mattoni (Córdoba, Argentina,1969). Publicó los libros de poemas: El bizantino (1994), Tres poemas dramáticos (1995), Sagitario (1998), Canéforas (2000), El país de las larvas (2001), Hilos (2002), El paseo (2003), Poemas sentimentales (2005), Excursiones (2006), El descuido (2007), La división del día. Poemas 1992-2000 (2008), La chica del volcán (2010), La canción de los héroes (2012), Avenida de Mayo (2012), Peluquería masculina (2013), El gigante de tinta (2016), Caja de fotos (2016), Tanatocresis (2018), La buena suerte (2020) y Postales eslovenas (2024). Los ensayos: Koré (2000), El cuenco de plata (2003), El presente (2008), Bataille. Una introducción (2011), Camino de agua (2013), Muerte, alma, naturaleza y yo (2014), Música rota (2015), Tekhné (2018), ¿Qué hay en escribir? (2021), La extensión más sutil (2021) y Un cielo de inmanencia (2024). Los diarios:Campus (2014) y Capturas (2021). Tradujo libros de Catulo, Arnaut Daniel, Dante, Sade, Diderot, Bataille, Bonnefoy, Pavese, Luzi, Duras, Weil, Michaux, Ponge, Quignard, Marteau, Valéry, Mallarmé, Artaud y Desnos, entre otros. Recibió, entre otros, el Primer premio de Ensayo del Fondo Nacional de las Artes en 2007 y 2012, la Beca Guggenheim en 2004 y el Segundo Premio Nacional de Poesía en 2019. Da clases de Estética en la Universidad Nacional de Córdoba.

Pueden LEER todos los poemas y ensayos del autor aquí: Silvio Mattoni


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