martes, 8 de enero de 2013

El teléfono de la casa paterna




















A LOS VIEJOS

                    a Lydia Szichman


A los viejos les gusta más que a nadie 
caminar bajo el sol en el invierno, 
tomar a largos sorbos té caliente 
y, cuando hay viento afuera, estar adentro. 
Si es que se cuece algo en la cocina, 
no se quieren mover de ahí los viejos. 
Poco antes de que el frío los encierre, 
aun sin saber porqué buscan el fuego. 
Y por eso a sus días los ocupan 
en tal parte calentadores, termos, 
carbón, estufas, edredones, gorros, 
mañanitas, bufandas y chalecos.




EL TELEFONO DE LA CASA PATERNA


a la memoria de mis padres Jane Szichman y Samuel Moisés Reches


Acabo de cambiar el aparato telefónico.

En la casa de mi infancia,
adonde he vuelto a vivir con mujer e hijos.

Desconectado, entre tornillos y pedazos de cable,
el aparato viejo parece esperar en la mesa del comedor
a que se proceda con él a un baño ritual.

Y ahí se está, como resto de un antiguo naufragio
que ha vuelto a tierra firme y se ha puesto a secar:
pierde su envoltura de cosa de humano
en el breve rato que necesita cualquier objeto depositado por
                                                      el mar 
para secarse de siglos de errar sumergido.

Muy pronto me parece que podría vacilar en decir para qué
sirve, 
qué fue, si es algo que ya estaba en la casa o si lo acaban
de traer, 
cuando durante cuarenta años por él llegaban y salían las
voces 
que tejieron la historia de un continente perdido en el que
yo fui hijo,
y mis propios dedos pequeños giraban su disco para llamar
a amigos de pantalón corto.
Muchas de las escenas centrales de la historia de mi primera
familia 
se constituyeron a su alrededor y al cabo de un rato se
disgregaron,
¡en este caleidoscopio donde cada pedacito de papel es un ser
humano!

Por él se anunciaron nacimientos de seres que muy pronto iban
a decidir exponer sus pechos a las balas de la tierra. 
Por él un día mi madre oyó después de cincuenta años 
la voz de su hermano soviético que acababa de llegar a Israel 
mientras en otra pieza esperaban su turno de hablar tías y tíos. 
Al volver a la pieza cada uno debía transmitir con la mayor
fidelidad
las pocas palabras dichas por el hermano mayor que se había 
quedado en Moscú porque ya era un hombre y
optaba por guerrear
mientras el padre rabino y la madre cuyo vientre había dado
diez veces a luz
decidían emigrar con todos los hijos que pudieran. 
Por él nos felicitaban por casamientos, 
-por el de mi hermano primero, por el mío después-. 
En los días que precedieron al de mi hermano, 
recuerdo las llamadas a la modista, a la confitería, a todo
lo que se alquilaba.
Por él dije mis primeras palabras de amor. 
El ocultó el temblor, el enrojecimiento, el rostro demudado 
y sólo dejó pasar las palabras casi puras. 
Por él mi padre anunció la muerte de mi hermano 
después de arrancar su tubo de las manos de mi madre 
para abreviar un llamado que los sollozos de mamá rota para
siempre
podían prolongar hasta la exasperación. 
Por él llamé y me llamaron amigos para decirnos, sin disculpas
ni preámbulos,
poemas recién terminados o un verso que acabábamos de modificar
en algo, 
en días en que no dudábamos, -¡y con cuánta razón entonces!-
de la incondicional disponibilidad del otro, 
de que al otro ese poema anunciado o ese verso imperfecto
lo habían mantenido en vilo con tanta intensidad como a uno
mismo.
Por él circularon conversaciones clandestinas 
con sus circunlocuciones y sus claves.
Las de mi hermano comunista primero, y luego, muchos años más 
más tarde, las de yo mismo comunista.

Finalmente, de los cuatro, fui yo quien lo desconectó.

Aunque el balance final de sus días entre nosotros no fue bueno, 
lo guardo con respeto junto a las herramientas en la oscuridad
de un placard.
Al depositarlo, roza levemente un obstáculo y vuelve a sonar
su campanilla.
No descubro razones para que yo quiera sacarlo alguna vez de
donde está,
pero me digo que las manos que un día lo hagan 
no tendrán motivo para actuar con extrema delicadeza 
y la campanilla sonará de nuevo.

Porque él reserva gotas de sonido para cuando yo mismo ya no
esté.



(De: Poesía reunida, 
Ruinas circulares, 2012)


Rubén Reches



Rubén Reches (Argentina, Buenos Aires, 1949). Poeta, autor-compositor-intérprete de canciones, profesor de francés. Fue miembro del taller literario Mario Jorge de Lellis. Vivió en Francia desde 1976 hasta 1980. Poesía: Arrabal de esferas (1984), Ed. "La Lámpara Errante". Tradujo diversas obras de narrativa (Victor Hugo, Flaubert), las poesías completas de Frangois Villon, poemas de Victor Hugo y de poetas del siglo XVII francés y letras de Georges Brassens. Grabó el disco "Canciones artesanales" para el sello Mandioca y un C.D. con sus traducciones de Brassens.