viernes, 4 de enero de 2013

PEQUEÑO TRATADO DE GEOLOGÍA DOMÉSTICA




Tengo en mis manos una piedra de canto rodado que encontré en Sierra de la Ventana. Su interior seco y compacto permanece imperturbable acaso desde la extinción de los últimos grandes reptiles, sin recibir el sol que iluminó la aparición de los primeros cazadores nómades y sus pinturas rupestres, la construcción de la gran pirámide, el ascenso y caída de Roma, el nacimiento de Jesús, los trovadores y Shakespeare, las correrías de los tehuelches por la meseta patagónica, la Revolución de Mayo, las esperanzas y desdichas de esta ciudad que está sobre un mar que no es un mar sino, apenas, una entrada de ría de barro pegajoso y gris.
Si la partiese con un martillo, recibiría directamente el resplandor de una tarde calurosa, mis miradas, los ruidos ahogados de la calle, los ladridos del Yago. Me pregunto qué entendería de todo esto, si es que una piedra pudiese tener algún pensamiento. 
La dejo junto a la maceta, intacta.
Si no sufre algún accidente, los días y las noches, el viento y la lluvia la erosionarán muy lentamente. 
En algún momento, desaparecemos el Yago y yo, los lugares y rostros de siempre. 
Partícula a partícula se desgranará hasta que, devenida un pequeño cascotito, exhiba por fin lo que fue ese interior seco y oscuro ante un mundo absolutamente desconocido.
Para ese entonces, estas palabras y esta tarde habrán sido, apenas, menos que imágenes fugaces de un sueño interminable. 

La piedra está a la sombra de la maceta. 
Almacena frescura.




Mario Ortiz (Buenos Aires, Bahía Blanca, 1965)