martes, 26 de febrero de 2013

La realidad y el deseo





A Luis Cernuda

La realidad, sí, la realidad,
ese relámpago de lo invisible
que revela en nosotros la soledad de Dios.

Es este cielo que huye.
Es este territorio engalanado por las burbujas de
            la muerte.
Es esta larga mesa a la deriva 
donde los comensales persisten ataviados por el
            prestigio de no estar. 
A cada cual su copa 
para medir el vino que se acaba donde empieza
            la sed.
A cada cual su plato 
para encerrar el hambre que se extingue sin
            saciarse jamás.
Y cada dos la división del pan: 
el milagro al revés,  la comunión tan sólo en lo 
            imposible

Y en medio del amor,
entre uno y otro cuerpo la caída,
algo que se asemeja al latido sombrío de unas
          alas que vuelven desde la eternidad
al pulso del adiós debajo de la tierra.

La realidad,  sí, la realidad:
un sello de clausura sobre todas las puertas del 
          deseo.



(Mutaciones de la realidad)



Olga Orozco



Olga Orozco nació en 1920 en Toay, provincia de La Pampa. Su infancia y adolescencia transcurrieron en Bahía Blanca. Se la ubica entre las autoras más notables de la llamada “generación del 40” y está considerada, tal vez junto a Alfonsina Storni y Alejandra Pizarnik, como una de las poetas nacionales más prestigiosas y valoradas en Argentina y en el exterior. Colaboró en numerosas publicaciones, Reseña, Correo literario, A Partir de Cero, Espiga, Claudia y La Nación. En ocasiones utilizaba seudónimos, particularmente cuando escribía horóscopos y predicciones zodiacales. Su obra destacó por configurar un universo personal, cargado de elementos místicos, sugerentes y profundos. La magia, los talismanes, la astrología y la sensualidad onírica abundaron entre las imágenes de su poética, emparentada con el surrealismo, a pesar del rechazo de la propia autora a dicha adscripción. Pletórica de conjuros y ocultismo, de fascinación y fatalismos, su poesía también acusó la influencia de los poetas franceses que admiraba, Arthur Rimbaud y Charles Baudelaire. Justamente, y a semejanza del autor de Las flores del mal, le dedicó un poemario a su gata, Cantos a Berenice (1977). En 1980 recibió el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes y en 1988 el Premio Nacional de Poesía. En 1998 obtuvo uno los máximos galardones literarios concedidos en América Latina, el Premio Juan Rulfo. Sus últimos libros publicados en vida fueron: Con esta boca, en este mundo (1994) y las antologías Olga Orozco (Fondo Nacional de las Artes, 1996) y Eclipses y Fulgores (Lumen, Barcelona, 1998). Falleció en Buenos Aires en 1999.