martes, 26 de marzo de 2013

Yo, la incesante nieve


















A LO LARGO de mi vida
construí muchas casas.
De todas me fui, las dejé vacías,
plenas. Entre una y otra fui encontrando
una soledad donde mi alma aprendió
que lo que amamos no tiene protección.

Ninguna de ellas me pertenece.
Para mí, las paredes, los cuartos de baño,
las piezas, responden sólo -ahora lo veo-
a la tenue organización de la nada.
¿Cómo dejar intactos los cimientos
de mi errancia,
si todas las puertas están abiertas
para que llegue a cualquier punto
de su encierro ?
                  Pero si no hay adonde ir 
en rigor, no podemos ser prisioneros.

Bajo cada techo
pienso con tranquilidad y malicia: 
Estos refugios que amparan mi desvarío 
no saben hasta dónde podría llegar.




NO HAY un sólo lugar de este patio 
que yo no haya recorrido 
por equivocación o por juego.

El césped está muy desgastado
y cuando llueve me embarro,
y al volver al día siguiente
examino unas huellas que yo no dejé.
Alguien anda detrás de mí,
alguien que da pasos largos y pausados
como los míos, y por lo que veo

siempre sale acompañado pero preguntándose:
¿De quién serán estas huellas?




LA IDEA era hundir los pies en la arena caliente
cerrarlos ojos
y desaparecer, dejar sólo los pies
como se deja la mirada
frente al mar.

Se tiene que mantener la atención
suelta entre el pie y la arena,
confundida con el calor que va
perdido y concentrado
en un lugar y en otro
de la sensación
que me exalta y me saca
de la playa donde estoy parado.




SÉ que por algún lugar 
no muy lejos de acá 
estuvo mi casa.

Quizá no la alcance 
nunca más. A lo mejor 
ya la pasé sin haberla

reconocido. Pero me consuela 
pensar que, aunque sólo 
queden un par de vigas

y paredes que apenas
se sostienen, allí había luces
que nunca se apagaban.

Pero no existe más, 
por fin lo entiendo. 
¿Se habrá volado con el mal

tiempo, o la tierra
se la habrá tragado ? No lo sé.
Ahora que llegué al lugar exacto

y ya no está, me doy cuenta: 
estoy infinitamente cerca 
de lo que me falta

y a la vez, si lo pienso, estoy 
más alejado que ninguno 
como para volver a perderla.

Por eso, la miro por última vez
hasta que se pierde de vista.
Y sonrío porque en medio de este

páramo, hay algo que me colma 
como si, finalmente, 
hubiera encontrado mi lugar.



         ***


EN LA SEMIOSCURIDAD de una música 
que nadie parece estar tocando 
hay dos personas que bailan

una danza inspirada en la quietud 
del mundo cuando se detiene 
un instante a mirar lo que ama.

Tan cerca bailan uno del otro 
en esta hora de la madrugada 
que no se sabe cuál de los dos

-si la noche o el día-
tomará primero la decisión 
de separarse e irse.




          ***


1. ESTAMOS de acuerdo, entonces, 
en que soy un sujeto normal. 
Pero a despecho de esto
a veces de noche escribo poemas
y digo "yo" como defendiéndome de algo
o de alguien que viniera a rendirme cuentas.

2. Yo: esa extraña sílaba 
sin significado
y que no le pertenece a nadie, 
a veces no puede tomar la palabra 
porque no sabe más quién es 
como un actor que balbucea 
en un escenario vacío 
tratando de leer un parlamento 
cuyas palabras están en su contra.

3. Yo: eso es lo que queda 
del poema cuando no hay 
nada más que agregar.
Es el escenario que todos usan
y nadie barre, la luz que permanece
encendida como a punto
de mostrar algo,
y que no deja un solo espacio
donde poder escondernos
de nosotros mismos.

4. Pero no se queda atrás, 
me rodea y no me deja salida,
me pide que me explique, 
que la haga corta,
está bien, ya va, digo por decir algo, 
pero se apresura a sofocarme, 
me palpa de armas, 
quiere que sea yo y nadie más,
se me mete en los ojos como una basurita
y en esa distracción
no me encuentra más en mí
y el poema queda girando
como un faro enloquecido
repitiendo yo yo yo
no sé si estúpidamente
o pidiendo disculpas.




Tom Maver (Argentina, Buenos Aires, 1985)